
No hay nada peor como decir la verdad y que no te crean. Claro que esto es como el cuento del pastorcillo y los lobos. Cuando has metido la pata y has hecho algo que no debías, es difícil que alguien pueda confiar de nuevo en ti como si nada. No suelen valer las palabras entonces. Pedir perdón de nada sirve, porque en la otra persona lo único que queda es el hecho. Y el hecho es siempre susceptible de volverse a cometer, aunque uno sepa de seguro que no. ¿Qué hacer entonces? Si no hay nada que hacer ¿hemos de quedarnos esperando que la espada de Damocles caiga de forma irremediable? Por mucho que quieras hacer ver cómo son las cosas, es inútil. Quizá este establecido en las normas socio-culturales que has de pagar por tu error. ¿Pero no es el tormento de haberlo cometido y saberte culpable bastante error? En una sociedad donde nadie da duros por pesetas, no. Estamos hechos para vivir de esta forma. Una sociedad donde la religión de máximo seguimiento tiene como ídolo una cruz, un símbolo de sometimiento y sufrimiento. Una sociedad donde la desproporción se ceba con quien cambia de idea, con quien mira a otro lado o con quien se equivoca. Martires nos creemos y no somos más que víctimas de nuestra propia necedad y mezquindad. Confusión, despiste o minucia; tu yerras, tu pagas.
Me toca pagar.