De amantes religiosas
Amantes religiosas.
Esta noche, atraído por la luz supongo, ha entrado en la garita un bicho volando. Era enorme. Creo que era una mantis religiosa. Curioso nombre. Siempre he creído, cacofónicamente (y estúpidamente, sí), que mantis venía de amante, por lo que “religiosa” convierte el nombre completo en un hoxímoron la mar de morboso. Es una de esas ideas surgidas de palabras que vienen a la cabeza desde que somos pequeños, y que aún sabiendo la realidad, nos sugieren cosas distintas. Seguro que más de uno tiene un buen saco de ellas. Como digo, ha entrado una mantis y ha revoloteado hasta posarse tras la mesa. Yo he dado un buen respingo ya que, aunque no me dan miedo, si tengo cierto repelus a estos bichos tan grandes. Maravillosos y grandiosos insectos, sin duda, pero que me dan repelus. Piensen si no en una polilla, por ejemplo, aleteando junto a su oreja… ¿Da o no da repelus?
Mi primera idea ha sido tomar el periódico y azuzarle para hacerle salir de detrás de la mesa. He tardado lo mío en sacarle de ahí. Cuando le he visto asomar sus picudas patas delanteras moviéndose frenéticamente, he decidido usar la artillería. Al más puro estilo Clint Eastwood he sacado le insecticida y he rociado al insecto una primera vez. Al ver sus movimientos espasmódicos he resuelto bombardearle hasta matarlo. Le he rociado un buen rato, hasta que he visto que en el suelo se formaban charquitos blancos del letal líquido. El bicho, impregnado y viscoso, ha comenzado a moverse despacio, casi imperceptiblemente. Ha sido entonces cuando me he arrepentido. He tomado de nuevo el periódico y le he sacado fuera suavemente (sí, aún arrepentido me sigue dando repelus). Una vez fuera, le he dado un par de golpecitos con la idea de que reaccionara. Le he echado un poquito de agua, como si fuese un boxeador al que hay que despabilar, como si esa agua fuese a arreglar el haberle rociado con el insecticida. Coño, si es que el nombre lo dice clarito; “insecticida”, que no hay nada que hacer, vamos. Pero sí ha habido reacción. Aunque, como el enfermo que se recupera antes de caer mortalmente, ha vuelto a quedarse quieto. Esta vez petrificado. Estaba arrugado, constreñido, como las víctimas de Pompeya, calcinadas en posturas en las que se cubrían y se acurrucaban ante la explosión del Vesubio. Parecía tener ese “rigor mortis” que tantas veces Scully nombraba y que nos hace parecer cadáveres ridículos, como fotografiados en el catre, haciendo de vientre. Apretando, vamos, hablando mal y pronto. Si la cara de este bicho no hubiesen sido la de esos ojos alienígenas y la cabeza de garbanzo, y hubiese tenido expresiones humanas, sin duda hubiese tenido un gesto de horror, con el ceño fruncido y la mandíbula prieta. El charco del agua se extendía a su alrededor. Parecía que el agua había surgido de él, ennegreciendo el suelo pavimentado, como si su savia vital, sus vísceras, se escaparan por su abdomen. Finalmente, con la vergüenza y la incomodidad que crece en momentos así en el ser humano, la misma que hace dar la vuelta a las fotos de la pareja cuando se le está siendo infiel, o que cambia el canal cuando ve negritos llenos de moscas en la tele, me he deshecho del cadáver. Lo he pisado hasta desintegrar sus crujientes pedacitos en restos apenas visibles. Lo que no se ve, no duele. No le he dado sepultura. Quizá no era católico. Además me daba repelus... Decía un sabio chino que “aquél que es capaz de matar a un insecto con la frialdad del que cree que nada cambia por ello, no me merece más que ser ignorado, sabiendo que nada cambiará por ello.”
A veces, me doy asco.
Mi primera idea ha sido tomar el periódico y azuzarle para hacerle salir de detrás de la mesa. He tardado lo mío en sacarle de ahí. Cuando le he visto asomar sus picudas patas delanteras moviéndose frenéticamente, he decidido usar la artillería. Al más puro estilo Clint Eastwood he sacado le insecticida y he rociado al insecto una primera vez. Al ver sus movimientos espasmódicos he resuelto bombardearle hasta matarlo. Le he rociado un buen rato, hasta que he visto que en el suelo se formaban charquitos blancos del letal líquido. El bicho, impregnado y viscoso, ha comenzado a moverse despacio, casi imperceptiblemente. Ha sido entonces cuando me he arrepentido. He tomado de nuevo el periódico y le he sacado fuera suavemente (sí, aún arrepentido me sigue dando repelus). Una vez fuera, le he dado un par de golpecitos con la idea de que reaccionara. Le he echado un poquito de agua, como si fuese un boxeador al que hay que despabilar, como si esa agua fuese a arreglar el haberle rociado con el insecticida. Coño, si es que el nombre lo dice clarito; “insecticida”, que no hay nada que hacer, vamos. Pero sí ha habido reacción. Aunque, como el enfermo que se recupera antes de caer mortalmente, ha vuelto a quedarse quieto. Esta vez petrificado. Estaba arrugado, constreñido, como las víctimas de Pompeya, calcinadas en posturas en las que se cubrían y se acurrucaban ante la explosión del Vesubio. Parecía tener ese “rigor mortis” que tantas veces Scully nombraba y que nos hace parecer cadáveres ridículos, como fotografiados en el catre, haciendo de vientre. Apretando, vamos, hablando mal y pronto. Si la cara de este bicho no hubiesen sido la de esos ojos alienígenas y la cabeza de garbanzo, y hubiese tenido expresiones humanas, sin duda hubiese tenido un gesto de horror, con el ceño fruncido y la mandíbula prieta. El charco del agua se extendía a su alrededor. Parecía que el agua había surgido de él, ennegreciendo el suelo pavimentado, como si su savia vital, sus vísceras, se escaparan por su abdomen. Finalmente, con la vergüenza y la incomodidad que crece en momentos así en el ser humano, la misma que hace dar la vuelta a las fotos de la pareja cuando se le está siendo infiel, o que cambia el canal cuando ve negritos llenos de moscas en la tele, me he deshecho del cadáver. Lo he pisado hasta desintegrar sus crujientes pedacitos en restos apenas visibles. Lo que no se ve, no duele. No le he dado sepultura. Quizá no era católico. Además me daba repelus... Decía un sabio chino que “aquél que es capaz de matar a un insecto con la frialdad del que cree que nada cambia por ello, no me merece más que ser ignorado, sabiendo que nada cambiará por ello.”
A veces, me doy asco.
Comentario:
Me estoy leyendo el blog desde el principio, leí unpar de post aleatoriamente y me gustaron, así que aquí me tienes, por los comienzos del blog.
Eso de lo que no se ve, no duele me ha recordado a Hommer Simpson, "lo que no se nombre no existe".
A mi me dan mucho repelus los insectos, pero me da "cosa" matarlos, así que siempre convenzo a alguien para que los eche. Si estoy sola, lo que hago es irme yo dejando al bicho campando a sus anchas.
Hace años, de vacaciones en una caravana... mi amiga y yo encerradas en una de las minihabitaciones de la caravana y una araña (enorme, eso si) tranquilamente en el salón/cocina. Qué vergüenza por dios...
Eso de lo que no se ve, no duele me ha recordado a Hommer Simpson, "lo que no se nombre no existe".
A mi me dan mucho repelus los insectos, pero me da "cosa" matarlos, así que siempre convenzo a alguien para que los eche. Si estoy sola, lo que hago es irme yo dejando al bicho campando a sus anchas.
Hace años, de vacaciones en una caravana... mi amiga y yo encerradas en una de las minihabitaciones de la caravana y una araña (enorme, eso si) tranquilamente en el salón/cocina. Qué vergüenza por dios...





