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Segunda Utopía
Cada paso a la utopía es un paso más que dar.
Acerca de
La Segunda Utopía no tiene dueño, guardian o custodio.
Sindicación
 
La piscina de Babel
He pasado unos días en el pirineo aragonés. En concreto en las inmediaciones del parque nacional de Ordesa. He disfrutado de la tranquilidad de los bosques, del cielo estrellado, del relax que dan unas vacaciones, y de todo lo que conlleva un lugar paradisíaco como es, para mí, la alta montaña. El único pero que he de poner es la incomodidad. No soy persona vaga o comodona, pero no me agrada del todo eso de dormir en el suelo, ducharme y lavarme en lugares públicos, y en la tienda de campaña, tener la bolsa de la ropa sucia a escasos centímetros del cepillo de dientes. Pero esto no empaña en absoluto la aureola de positivismo y romanticismo que emana de cada arbol, río o roca. En uno de esos camping donde el compartir olores y sonidos dentro de una tienda no parece tan extraño, había una piscina. Siempre tenía el agua fría. Y por la tarde, jodidamente fría, para que engañarnos. No se si es cuestión de la edad o de mi flema delicadita, que muchas veces disfrutaba más viendo a los bañistas con sus hijos en el agua, que haciendo yo mismo uso de ella. Al imaginario sonido del Eleanor Rigby de los Beatles, en el McCartney cantaba; All the lonely people. Where do they all come from?, trataba de descubrir de dónde venían los bañistas. Había un tipo con bigote sentado en el borde, leyendo el periódico y comentando en catalán las noticias con su mujer, una oronda mujer que tomaba el sol tumbada tras él. Otro muchacho, joven, trataba de lanzar al agua a una muchacha de su edad, ambos de rasgos nórdicos. En la otra esquina un padre alentaba en vasco a nadar más rápido a su hijo mientras le perseguía. Unos franceses se achicharraban en sus toallas y unos valencianos discutían sobre fútbol. Sin duda aquel momento tenía una cosmología social tremenda. Sonreí al pensar que en ese instante media docena de culturas y lenguas fluían al ritmo del chapoteo de la piscina azul. Aquel rectángulo de apenas veinte metros de largo se había tornado en la misma utilidad ociosa para personas de índole totalmente distinta. Quizá la ociosidad un punto de unión. Miles de personas se juntan cada dia para jugar a videojuegos on-line, sin tener en cuenta la lengua que hablan. Otros tantos navegan por páginas extranjeras buscando finalidades particulares, sin importar de donde provenga su respuesta. Hay quienes prefieren “blogear”, chatear y demás “interneradas”. La unión de ociosidad que nos brinda internet es incomparable. Nada hoy en día puede compararse a este mundo escondido entre teclas y una pantalla luminosa. Quizá internet sea la llave para una globalización cultural definitiva, un expreso informativo total y absoluto, un marco para registrar una unión insoldable. ¿Habrá que esperar a que surja un mesías, o a que nos demos cuenta del arma tan poderosa que tenemos en nuestras manos para cambiar lo que no nos gusta?

Seguramente, esta vez también se nos adelanten los que adoran “lo que no nos gusta”.
 
Comentario:
Seguro, los que adoran "lo que no nos gusta" siempre tienen la sartén por el mango o al menos eso parece.
¡Qué pena!
O tal vez aún no nos hemos dado cuenta del poder que tenemos como masa.
No