
Anoche. Un viejo radiocasette sobre una silla junto a mi cama. Pasadas las tres de la madrugada. Dejo la ventana entreabierta y relajo mis músculos. La
música empieza a sonar. No comienza de forma gradual, comienza con los violines en pleno, en el movimiento que será la clave de toda la melodía. Se mueve entre sonidos varios, llevando las sensaciones desde la mayor de las tristezas, hasta la desbordante alegría, pasando por la melancolía y la festividad. ¿Es posible que una música de apenas varios minutos desemboque en tal cantidad de sensaciones? Es oyendola cuando me doy cuenta de todo. De todo lo que no conozco y se que debo conocer. Es como darse cuenta de la cantidad de agujeros que hay en mi mente y que debo rellenar. Es algo que ha estado ahi y que nunca me he detenido a observar. Como el cuadro que hay colgado en algun lugar de todo hogar y que nunca nos hemos parado a mirar concienzudamente. Ese conocimiento del desconocimiento, que no deja de ser desconocido a pesar de ser conocido. He tenido que poner la música para escribir esto. Es imposible no hacerlo. No es música que me mueva, que me transporte, es la que me sugiere un espacio-tiempo aquí, ahora, siempre y después. Una conjunción cuasi-apocaliptica de lo concreto y lo inconcreto... Si existe la perfeción, es esto. Y no existe, por lo tanto, esta música
no es. Napoleón decía que la perfección era bella porque era una quimera. ¿Es una quimera esta melodía? No es posible que algo hecho por el ser humano sea tan bello.
Tan perfecto.
Busco esa imperfección en esta supuesta perfección. Una posibilidad remota de que la excepción confirme la regla. Una llave, un resorte, un ápice, un matiz, una señal. Algo que eleve el todo a lo sagrado. Algo que lo ascienda más allá del hombre que lo ha creado, y más allá de el hombre como raza, como una señal de la religiosidad, de lo sacro de esta sinfonía. Una clave oculta que me muestre la imperfección o que me obligue a seguir buscando. ¿Quizá ese residuo invisible es que no dura eternamente? ¿Quizá es que me duele el alma a medida que va acabandose la pieza? ¿Es ese dolor el tesoro que oculta este sonido? ¿Es ese bienestar y malestar la cara oculta del enigma? Puede que la búsqueda de esta
energía con forma de música como perfección sea el
todo. La eterna búsqueda de la verdad, sea cual fuere ésta. Puede que la perfección esté en esa búsqueda. Y esa busqueda parece comienzar y acabar en uno mismo.
De nada vale especular...
Ahora suena el estrambótico e insuperable movimiento final.
Dejo de escribir.
Allegro non troppode la Sinfonia Nº 4 en mi menor, opus 98 de
Johannes Brahms