Hogares impecables
Tengo bastantes amigas cuyas casas visito con frecuencia y me gusta fijarme en cómo tienen los detalles, cómo cuidan la decoración, qué tipo de mobiliario y de cuadros decora las estancias, etc. porque pienso que el espacio en el que habitamos dice mucho de nosotros mismos, que son las muestras de nuestra forma de ser y son la primera imagen que ofrecemos cuando abrimos nuestra casa a los demás.
Curiosamente admiro cuando acudo a algunas casas el orden y la pulcritud. No me considero una persona ni especialmente ordenada ni tampoco desordenada pero en mi casa siempre hay cosas que no tienen un espacio propio donde guardarse y acaban formando parte de los objetos decorativos, o bien encima de una mesa o encima de un estante o en un rincón de la cocina.
Esa capacidad para siempre adjudicar un lugar en el que guardar algo y luego la constancia para que ese algo vuelva a su lugar adjudicado, me admiran. Siempre pienso que en estas casas debe haber pocos objetos y que en la mía el problema es que hay demasiadas cosas y no caben, pero no, estoy casi convencida que hay algún aspecto más. También me escudo en que con niños el orden es mucho más difícil y siempre hay más cosas tiradas por el medio, pero tampoco, mis amigas también tienen hijos y tienen casas impecablemente ordenadas. La única excusa que me queda ya para justificarme es pensar que una casa sin objetos de por medio es una casa con muy poca vida y que desgastan un montón de tiempo en poner orden.
Sea como sea, envidio la capacidad de organizar una vivienda de forma ordenada y la constancia en su mantenimiento.
Curiosamente admiro cuando acudo a algunas casas el orden y la pulcritud. No me considero una persona ni especialmente ordenada ni tampoco desordenada pero en mi casa siempre hay cosas que no tienen un espacio propio donde guardarse y acaban formando parte de los objetos decorativos, o bien encima de una mesa o encima de un estante o en un rincón de la cocina.
Esa capacidad para siempre adjudicar un lugar en el que guardar algo y luego la constancia para que ese algo vuelva a su lugar adjudicado, me admiran. Siempre pienso que en estas casas debe haber pocos objetos y que en la mía el problema es que hay demasiadas cosas y no caben, pero no, estoy casi convencida que hay algún aspecto más. También me escudo en que con niños el orden es mucho más difícil y siempre hay más cosas tiradas por el medio, pero tampoco, mis amigas también tienen hijos y tienen casas impecablemente ordenadas. La única excusa que me queda ya para justificarme es pensar que una casa sin objetos de por medio es una casa con muy poca vida y que desgastan un montón de tiempo en poner orden.
Sea como sea, envidio la capacidad de organizar una vivienda de forma ordenada y la constancia en su mantenimiento.
Preparando un funeral
El otro día en un blog amigo, me dedicaron un post en el que Marce hacía referencia a la incapacidad de asumir las propias emociones, tal y como Eugenia Weinstein relataba en el libro que estaba leyendo. Yo nunca había oído hablar de ella, es una psicóloga chilena con unos cuantos libros publicados y sobre la que navegando en la red me topé con un artículo que he querido reproducir aquí.
El artículo aborda el difícil tema del desamor en la pareja y reproduce una situación muy habitual en el matrimonio al paso del tiempo pero que usualmente no se reconoce y afronta. Cuando llega la infidelidad y la pareja se rompe es cuando acusamos a ésta de ser la culpable de la separación cuando en realidad el amor ya no existía y la pareja como unión, complicidad, comunicación, etc. estaba más muerta que viva antes de que entrara ese tercero.
Eugenia Weinstein escribe en :columna 14 de mayo de 2005, revista "El Sábado".
"Algunas relaciones amorosas son como los enfermos terminales. Los máximos cuidados y esfuerzos sólo consiguen impedir que se mueran, pero no logran hacerlos vivir. Se mantienen por años al borde del abismo, sin ninguna esperanza y en una agonía perpetua. No arriban, ni florecen, ni reportan amor o satisfacciones, pero no terminan de acabarse nunca.
Los consortes las estiran hasta el infinito, sin destino, sin ilusiones, sin futuro, empatando el tiempo para que pase luego, resistiéndose a dejar libre a quien, sienten, los hace infeliz. Siguen juntos por rabia o por miedo a la soledad, o por angustia frente al vacío, o por costumbre, o por deber, o por mantener las apariencias, o por la familia, o porque les es imposible desertar la relación después de haber invertido tanto en ella. No son capaces de hacer la pérdida.
Enfrentar crónicamente una situación inconclusa, incierta, que aparece sin solución y se prolonga por años, puede llevar a severos cuadros depresivos. Las personas experimentan sentimientos de angustia persistentes, síntomas psicosomáticos y una frustrante sensación de estar pegados y detenidos en el tiempo.
Se sienten malogrados, frustrados, rabiosos, sin destino e incapaces de reorganizar sus vidas. Ya no creen en la relación ni tienen las energías para hacer más esfuerzos. Han perdido la fe y se dedican día a día a acumular evidencias de que la situación ya no da para más. El otro se ha convertido en un mal menor, en una compensación transitoria a la soledad.
Ya nadie espera nada; las luces del amor se apagaron y hace a rato que están a oscuras. Se anticipa el fracaso y cada conversación termina peor que la anterior. Los que antes se amaron, ahora se desgastan construyendo cotidianamente ruinas.
En las relaciones moribundas los consortes experimentan el vínculo como habiendo sufrido daños y desengaños irreparables. Sin embargo, se sienten responsables de mantener vivo un amor al cual ya le extendieron un certificado de defunción.
Se debaten con mucha ansiedad entrampados entre las mismas alternativas de siempre. Matar la relación, de lo cual deben hacerse responsables y afrontar sus dolorosas consecuencias, o hacerla vivir, lo que implica prolongar la agonía, la soledad y el deterioro.
No se atreven a dejarla morir del todo, lo que eventualmente podría permitir un trabajo de duelo y una salida progresiva al dolor, ni tampoco permiten que de verdad ésta sea restituida en su integridad vital. La relación amorosa, en este estado intermedio entre la vida y la muerte, se convierte entonces en un interminable motivo de culpa y preocupación.
Es demasiado difícil pasarse la vida debatiéndose entre la vida y la muerte de una relación. No sólo cansa, sino que también daña y destruye. Por eso, Ud. debe indagar en su corazón hasta entender qué es lo que lo mantiene cautivo en círculos viciosos sin salida, y penetrar sin temor allí donde ya entró el desaliento.
Quizás si entiende sus motivaciones pueda hacer realmente un cambio. Incluso es probable que si deja salir los fantasmas que están atrapados en ese espacio sofocante en que se ha vuelto la pareja, aún pueda rescatar el amor. Si se encaran los problemas de frente y se les busca solución acaso todavía sea posible.
Evalúe la gravedad de conflictos y vea si a pesar de todo merecen una nueva oportunidad. Pero no siga ya más como muerto en vida, colmado de dudas y haciéndose trampas a sí mismo. O le pone al amor energía de verdad con el objetivo franco de reencantarlo o lo deja partir de una vez. Lo que no puede, porque lo agravia, amarga y confunde, es creer que se está haciendo todo lo posible para salvar su relación cuando en el fondo le está preparando un funeral.
Pasarse la vida cavando fosas donde enterrar el amor destruye el alma. Y hace perder el tiempo. Saque fuerzas de flaqueza y vuelva pronto a la vida. Atrévase, no tenga miedo y dé un paso hacia adelante. Encontrará a muchos dispuestos a apoyarlo."
El artículo aborda el difícil tema del desamor en la pareja y reproduce una situación muy habitual en el matrimonio al paso del tiempo pero que usualmente no se reconoce y afronta. Cuando llega la infidelidad y la pareja se rompe es cuando acusamos a ésta de ser la culpable de la separación cuando en realidad el amor ya no existía y la pareja como unión, complicidad, comunicación, etc. estaba más muerta que viva antes de que entrara ese tercero.
Eugenia Weinstein escribe en :columna 14 de mayo de 2005, revista "El Sábado".
"Algunas relaciones amorosas son como los enfermos terminales. Los máximos cuidados y esfuerzos sólo consiguen impedir que se mueran, pero no logran hacerlos vivir. Se mantienen por años al borde del abismo, sin ninguna esperanza y en una agonía perpetua. No arriban, ni florecen, ni reportan amor o satisfacciones, pero no terminan de acabarse nunca.
Los consortes las estiran hasta el infinito, sin destino, sin ilusiones, sin futuro, empatando el tiempo para que pase luego, resistiéndose a dejar libre a quien, sienten, los hace infeliz. Siguen juntos por rabia o por miedo a la soledad, o por angustia frente al vacío, o por costumbre, o por deber, o por mantener las apariencias, o por la familia, o porque les es imposible desertar la relación después de haber invertido tanto en ella. No son capaces de hacer la pérdida.
Enfrentar crónicamente una situación inconclusa, incierta, que aparece sin solución y se prolonga por años, puede llevar a severos cuadros depresivos. Las personas experimentan sentimientos de angustia persistentes, síntomas psicosomáticos y una frustrante sensación de estar pegados y detenidos en el tiempo.
Se sienten malogrados, frustrados, rabiosos, sin destino e incapaces de reorganizar sus vidas. Ya no creen en la relación ni tienen las energías para hacer más esfuerzos. Han perdido la fe y se dedican día a día a acumular evidencias de que la situación ya no da para más. El otro se ha convertido en un mal menor, en una compensación transitoria a la soledad.
Ya nadie espera nada; las luces del amor se apagaron y hace a rato que están a oscuras. Se anticipa el fracaso y cada conversación termina peor que la anterior. Los que antes se amaron, ahora se desgastan construyendo cotidianamente ruinas.
En las relaciones moribundas los consortes experimentan el vínculo como habiendo sufrido daños y desengaños irreparables. Sin embargo, se sienten responsables de mantener vivo un amor al cual ya le extendieron un certificado de defunción.
Se debaten con mucha ansiedad entrampados entre las mismas alternativas de siempre. Matar la relación, de lo cual deben hacerse responsables y afrontar sus dolorosas consecuencias, o hacerla vivir, lo que implica prolongar la agonía, la soledad y el deterioro.
No se atreven a dejarla morir del todo, lo que eventualmente podría permitir un trabajo de duelo y una salida progresiva al dolor, ni tampoco permiten que de verdad ésta sea restituida en su integridad vital. La relación amorosa, en este estado intermedio entre la vida y la muerte, se convierte entonces en un interminable motivo de culpa y preocupación.
Es demasiado difícil pasarse la vida debatiéndose entre la vida y la muerte de una relación. No sólo cansa, sino que también daña y destruye. Por eso, Ud. debe indagar en su corazón hasta entender qué es lo que lo mantiene cautivo en círculos viciosos sin salida, y penetrar sin temor allí donde ya entró el desaliento.
Quizás si entiende sus motivaciones pueda hacer realmente un cambio. Incluso es probable que si deja salir los fantasmas que están atrapados en ese espacio sofocante en que se ha vuelto la pareja, aún pueda rescatar el amor. Si se encaran los problemas de frente y se les busca solución acaso todavía sea posible.
Evalúe la gravedad de conflictos y vea si a pesar de todo merecen una nueva oportunidad. Pero no siga ya más como muerto en vida, colmado de dudas y haciéndose trampas a sí mismo. O le pone al amor energía de verdad con el objetivo franco de reencantarlo o lo deja partir de una vez. Lo que no puede, porque lo agravia, amarga y confunde, es creer que se está haciendo todo lo posible para salvar su relación cuando en el fondo le está preparando un funeral.
Pasarse la vida cavando fosas donde enterrar el amor destruye el alma. Y hace perder el tiempo. Saque fuerzas de flaqueza y vuelva pronto a la vida. Atrévase, no tenga miedo y dé un paso hacia adelante. Encontrará a muchos dispuestos a apoyarlo."
Deporte Infantil
Mi hija María de 11 años ha formado parte del equipo de básquet del pueblo desde los 6 años en que empezó a practicar deporte. Es una niña muy nerviosa y además de que le gusta el deporte le va fantásticamente bien para desahogarse y cansarse. Es un equipo de niñas que hace ya varios años que juegan juntas y han formado un grupito de amigas muy majo.
Bien, el problema es que este año ha entrado un nuevo entrenador (promocionado por algunos padres) cuya ambición es hacer un equipo “de élite”, es decir subir el equipo a la máxima categoría dentro de la edad y ganar para lo cual ha impuesto una disciplina y concentración en entrenamientos y partidos muy elevada. Como que hay unas cuantas niñas con muy buenas aptitudes físicas y mentales que han evolucionado mucho jugando se ha creado un grupito de niñas con las que cuenta y las demás (entre las que está mi hija) son el relleno, las que juegan porque tienen que jugar (por obligación de reglamento como mínimo 3 partes de las 8 de un partido) pero a las que prácticamente no se les pasa la pelota.
A razón de que no convocó a María para el anterior partido (cuando hasta ahora siempre iban todas las niñas a los partidos) fui a hablar con el entrenador. De la conversación deduje que esa va a ser la filosofía a partir de ahora, que si una niña sigue el ritmo y está a nivel bien y sino el año próximo formarán dos equipos de niveles diferentes. Lo cual implicará una separación de sus amigas.
María tiene la autoestima por los suelos y se dio un hartón de llorar porque después del partido en que no fue convocada se jugó un amistoso en el que al no haber reglamentación en cuanto a número de partes a jugar, mi hija sólo jugó un periodo y fue cuando el partido ya se vio que estaba resuelto. Ella tiene claro que no quiere ganar la copa de Europa que lo que quiere es jugar y disfrutar del básquet.
Yo también tengo otra visión del deporte infantil y pienso que el objetivo principal debe ser el pasárselo bien, el formar parte de un equipo, el promover el valor del esfuerzo y la constancia a través del ejercicio físico. Objetivos que en un principio también son los del Club, pero al Club también le gusta la buena reputación de tener un buen equipo y veo que apoya al entrenador. No soy nada partidaria de la “profesionalización” del deporte a estas edades.
Ahora me planteo qué hacer, son sus amigas, a María le gusta el básquet y no hay más equipos en el pueblo. Supongo que optaré porque siga en el equipo durante un tiempo, ella jugará sus tres partes, estará con sus amigas y que decida ella si quiere seguir o no, quizá buscar otro deporte.
Bien, el problema es que este año ha entrado un nuevo entrenador (promocionado por algunos padres) cuya ambición es hacer un equipo “de élite”, es decir subir el equipo a la máxima categoría dentro de la edad y ganar para lo cual ha impuesto una disciplina y concentración en entrenamientos y partidos muy elevada. Como que hay unas cuantas niñas con muy buenas aptitudes físicas y mentales que han evolucionado mucho jugando se ha creado un grupito de niñas con las que cuenta y las demás (entre las que está mi hija) son el relleno, las que juegan porque tienen que jugar (por obligación de reglamento como mínimo 3 partes de las 8 de un partido) pero a las que prácticamente no se les pasa la pelota.
A razón de que no convocó a María para el anterior partido (cuando hasta ahora siempre iban todas las niñas a los partidos) fui a hablar con el entrenador. De la conversación deduje que esa va a ser la filosofía a partir de ahora, que si una niña sigue el ritmo y está a nivel bien y sino el año próximo formarán dos equipos de niveles diferentes. Lo cual implicará una separación de sus amigas.
María tiene la autoestima por los suelos y se dio un hartón de llorar porque después del partido en que no fue convocada se jugó un amistoso en el que al no haber reglamentación en cuanto a número de partes a jugar, mi hija sólo jugó un periodo y fue cuando el partido ya se vio que estaba resuelto. Ella tiene claro que no quiere ganar la copa de Europa que lo que quiere es jugar y disfrutar del básquet.
Yo también tengo otra visión del deporte infantil y pienso que el objetivo principal debe ser el pasárselo bien, el formar parte de un equipo, el promover el valor del esfuerzo y la constancia a través del ejercicio físico. Objetivos que en un principio también son los del Club, pero al Club también le gusta la buena reputación de tener un buen equipo y veo que apoya al entrenador. No soy nada partidaria de la “profesionalización” del deporte a estas edades.
Ahora me planteo qué hacer, son sus amigas, a María le gusta el básquet y no hay más equipos en el pueblo. Supongo que optaré porque siga en el equipo durante un tiempo, ella jugará sus tres partes, estará con sus amigas y que decida ella si quiere seguir o no, quizá buscar otro deporte.
Qué ilusión !!!
He vuelto a los estudios después de más de quince años sin estudiar nada en serio. Mi década de los treinta a los cuarenta se ha caracterizado por un intenso estrés, en el que se me han acumulado las tareas, las obligaciones, el trabajo, se me llenó la vida con los hijos... y dejé de lado mi formación, al igual que otras muchas actividades, el deporte, mis aficiones... funcionaba a golpe de reloj y casi sin vida propia.
Poder volver en la cuarentena a recuperar el ocuparme un poco de mí y a disfrutar estudiando voluntariamente es muy gratificante y más cuando lo que haces te interesa y te llena. Cuesta algo más ejercitar la memoria y captar conceptos quizá porque el cerebro no funciona con la misma agilidad, o quizá porque olvidamos ejercitarlo y se oxida.
Bueno, lo de la ilusión viene porque presenté mi primer trabajo del Master, era un trabajo en grupo y hemos sacado un 10 !!!! Es agradable ver recompensado el esfuerzo.
En el mundo laboral todo son exigencias, siempre puedes dar más, aunque tu trabajo es valorado, se mezcla el que es tu obligación con que el ánimo que viene de tus superiores muchas veces es para no desanimarte y que aportes más a la empresa.
Estoy contenta, muy contenta de celebrar mis notas. Siento que vuelvo a la juventud.... vuelvo a las calificaciones....un lujo para mí.
Poder volver en la cuarentena a recuperar el ocuparme un poco de mí y a disfrutar estudiando voluntariamente es muy gratificante y más cuando lo que haces te interesa y te llena. Cuesta algo más ejercitar la memoria y captar conceptos quizá porque el cerebro no funciona con la misma agilidad, o quizá porque olvidamos ejercitarlo y se oxida.
Bueno, lo de la ilusión viene porque presenté mi primer trabajo del Master, era un trabajo en grupo y hemos sacado un 10 !!!! Es agradable ver recompensado el esfuerzo.
En el mundo laboral todo son exigencias, siempre puedes dar más, aunque tu trabajo es valorado, se mezcla el que es tu obligación con que el ánimo que viene de tus superiores muchas veces es para no desanimarte y que aportes más a la empresa.
Estoy contenta, muy contenta de celebrar mis notas. Siento que vuelvo a la juventud.... vuelvo a las calificaciones....un lujo para mí.
Si, en el fondo, somos los mismos...
Es curioso como habiendo pasado muchos años, más de veinte años, sin ver a alguien con quien tuviste algún tipo de relación en el pasado, por casualidades y vueltas que da la vida, te encuentras en otra situación bien distinta, con media vida recorrida por lugares y junto a personas diferentes.
Te pones a conversar, repasas a todos los conocidos, familiares, amigos con los que coincideisteis. Hacemos luego un breve relato-resumen de lo que ha sido nuestra vida en tantos años. Cuando te escuchas hasta piensas que es imposible que haya pasado tanto tiempo y tu sólo hayas dicho cuatro frases escuetas sin detalles, sensaciones y vida. Qué rápido queda resumida toda una vida !!
Me sorprendió mi amigo del pasado, con esta frase al final de la conversación, que encontré muy acertada: "Si, en el fondo, somos los mismos...".
Es cierto pasan años, pasan cosas, damos vueltas, estudiamos, trabajamos, nos casamos, tenemos hijos, nos separamos.... y en el fondo, no hace falta hablar mucho, somos los mismos. Es como si toda esa vida vivida en separado no importe nada, volvemos en un momento a recuperar todo aquello que sí vivimos, volvemos a sentir a ese amigo tan amigo como lo fué en un pasado, a ese ex-novio como lo fue en el pasado, a esa rival de la escuela como lo fue del pasado y retomamos el tiempo allí donde lo dejamos.
Eso sí, las experiencias vividas nos han curtido y si mantenemos ahora esa relación seguro que será diferente a como la hubieramos vivido de jóvenes.
Es bonito reencontrar amistades y conocidos del pasado porque parece que hay personas que te acompañan en la vida, que sin quererlo revolotean a tu lado, que ayudan a que ése tu baul de los recuerdos no sea sólo un baul, sino que te aporté el calor del día a día.
Si, en el fondo, somos los mismos...
Te pones a conversar, repasas a todos los conocidos, familiares, amigos con los que coincideisteis. Hacemos luego un breve relato-resumen de lo que ha sido nuestra vida en tantos años. Cuando te escuchas hasta piensas que es imposible que haya pasado tanto tiempo y tu sólo hayas dicho cuatro frases escuetas sin detalles, sensaciones y vida. Qué rápido queda resumida toda una vida !!
Me sorprendió mi amigo del pasado, con esta frase al final de la conversación, que encontré muy acertada: "Si, en el fondo, somos los mismos...".
Es cierto pasan años, pasan cosas, damos vueltas, estudiamos, trabajamos, nos casamos, tenemos hijos, nos separamos.... y en el fondo, no hace falta hablar mucho, somos los mismos. Es como si toda esa vida vivida en separado no importe nada, volvemos en un momento a recuperar todo aquello que sí vivimos, volvemos a sentir a ese amigo tan amigo como lo fué en un pasado, a ese ex-novio como lo fue en el pasado, a esa rival de la escuela como lo fue del pasado y retomamos el tiempo allí donde lo dejamos.
Eso sí, las experiencias vividas nos han curtido y si mantenemos ahora esa relación seguro que será diferente a como la hubieramos vivido de jóvenes.
Es bonito reencontrar amistades y conocidos del pasado porque parece que hay personas que te acompañan en la vida, que sin quererlo revolotean a tu lado, que ayudan a que ése tu baul de los recuerdos no sea sólo un baul, sino que te aporté el calor del día a día.
Si, en el fondo, somos los mismos...