Sexo de andar por casa
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Y con el número 9...
Ahora que estamos en tiempos de Eurocopa, recurro a una metáfora fácil. La vida son rachas. A veces estás en plan Güiza, que metes todos los fines de semana, y a veces te quedas estilo Anelka, que cuando metes, más que por tu propia iniciativa, es por un rebote de un compañero. Lógicamente, porque sino no escribiría sobre esto, yo estoy en esa segunda racha. Dos semanas sin follar llevo, y después de haber sido Bota de Oro durante unos pletóricos meses… ¡estoy que me subo por las paredes!

Hay quien dice que lo peor son los primeros días de sequía, porque tienes más fresco en la memoria y en la entrepierna esa consecución de polvos que te encumbraron no hace tanto. Que luego, con el paso del tiempo, la cosa se te va olvidando y dejas de contar los días. ¡Y una polla como un cuello! Día que pasa, día que me flagelo con el recuerdo y con la abstinencia. Porque lo mío va por fases, mis fases, y no entiendo que el tiempo sea aliado en este tema. ¡Dos semanas más y se me habrá olvidado ese repertorio de fintas, pases al hueco y voleas que antes ejecutaba con soltura!


Mis fases son, a saber:

Estadio 1: Una jornada sin meter: Después de muy buenos partidos, de repente te lesionan o ya no rindes como antes y pasas al banquillo. Los hinchas que antes coreaban tu nombre ya no se acuerdan ni de tu posición en el campo. El éxito es efímero en la vida del follador, digo, del futbolista.
Estadio 2: No entras en la convocatoria: tus grandes goles pasan al olvido, como mucho los recuperas en el youtube para recordarte que un día fuiste grande. Entras en fase de depresión y el brazo derecho empieza a tomar proporciones antes desconocidas. Tu antebrazo es de hierro forjado.
Estadio 3: La aceptación: Sin duda, la peor de las fases. Te levantas sabiendo que el mister no cuenta contigo. Entrenas por entrenar y pateas la bola con menos ganas que nunca. Hablas con ellas, pero ya no como antes, cuando soltabas perlas que embaucaban a la mismísima Hillary Clinton.
Estadio 4: La recaída: De repente, vuelves a pensar en ello, pero ya ni entrenas, pasas de cumplir horarios. Simplemente piensas en ello con apatía. Tu brazo derecho pierde fuelle. Tu imaginación, agotada, no tiene nada nuevo que ofrecer.
Estadio 5: El gol: Y de repente se lesiona el delantero centro en el que tanto confiaba el entrenador y no le queda otra que recurrir a ti de nuevo, que te creías ya defenestrado para los restos. Sales sin confianza. Pero te llega una bola buena. De repente, tus habilidades vuelven como por arte de magia, haces ese quiebro que has pensado y repasado tantas veces, encaras a esa enorme figura que es el portero, pero ahora, sin motivo, le ves pequeño. Sabes que vas a enchufar. Pateas y el gol es soberbio y la grada grita extasiada y eres de nuevo el puto amo del lugar. Sólo cuando estás en la ducha, quitándote el sudor y el olor a gloria, eres consciente de lo gilipollas que has sido por creerte que ya no eres lo que habías sido, que sigues siendo el mismo y que todo está en la mirada, en la pose y, claro, en tu confianza en ti mismo.

La putada es que yo no he dejado de confiar desde hace dos semanas y el jodido entrenador sigue sin acordarse de que tiene un delantero que un día batió récords y que ahora, vaya usted a saber porqué, no le mete un gol ni al Zubizarreta actual, al que tiene 50 años. ¡Pero, mister, con lo que yo he sido!

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