| | Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario para un órgano disolver los vínculos que lo han ligado a otro y tomar entre las partes el puesto separado e igual a que las leyes de la naturaleza y esa naturaleza le da derecho, un justo respeto al juicio del (corazón) exige que declare las causas que lo impulsan a la separación.
Sostenemos como evidentes estas verdades:
que todos los sentimientos son creados iguales; que son dotados de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los sentimientos la razón; que cuando quiera que una forma de razón se haga destructora de estos principios, los sentimientos tienen el derecho a reformarla o abolirla e instituir una nueva razón que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su felicidad.
La prudencia, claro está, aconsejará que no se cambie por motivos leves y transitorios razones de antiguo establecidos; y, en efecto, toda la experiencia ha demostrado que el corazón está más dispuesta a padecer, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia aboliendo las formas a que está acostumbrado.
Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, dirigida invariablemente al mismo objetivo, demuestra el designio de someter a los sentimientos a un despotismo absoluto, es su derecho, es su deber, derrocar esa razón y establecer nuevos resguardos para su futura seguridad.
Tal ha sido el paciente sufrimiento de estos sentimientos; tal es ahora la necesidad que las obliga a reformar su anterior sistema de razón.
La historia del actual Rey de la Gran Cabeza es una historia de repetidos agravios y usurpaciones, encaminados todos directamente hacia el establecimiento de una tiranía absoluta sobre estos sentimientos. Para probar esto, sometemos los hechos al juicio de un mundo imparcial.
(Aquí los sentimientos exponen unos 25 agravios concretos de que acusan al monarca cerebril)
En cada etapa de estas opresiones, hemos pedido justicia en los términos más humildes: a nuestras repetidas peticiones se ha contestado solamente con repetidos agravios. Un Príncipe, cuyo carácter está así señalado con cada uno de los actos que pueden definir a un tirano, no es digno de ser el gobernante de un sentimiento libre.
Tampoco hemos dejado de dirigirnos a nuestras hermanas las neuronas. Las hemos prevenido de tiempo en tiempo de las tentativas de su poder legislativo para englobarnos en una jurisdicción injustificable. Les hemos recordado las circunstancias de nuestra emigración y radicación aquí.
Hemos apelado a su innato sentido de justicia y magnanimidad, y los hemos conjurado, por los vínculos de nuestro parentesco, a repudiar esas usurpaciones, las cuales interrumpirían inevitablemente nuestras relaciones y correspondencia. También ellos han sido sordos a la voz de la justicia y de la consanguinidad. Debemos, pues, convenir en la necesidad, que establece nuestra separación y considerarlos, como consideramos a las demás colectividades humanas: enemigos en la guerra, en la paz, amigos.
Por lo tanto, los Representantes de los Sentimientos Unidos de HSolo, convocados en Congreso General, apelando al Juez Supremo por la rectitud de nuestras intenciones, en nombre y por la autoridad del buen pueblo de estas Colonias Sentimentales, solemnemente hacemos público y declaramos:
que estos Sentimientos Unidos son, y deben serlo por derecho, Estados Libres e Independientes; que quedan libres de toda lealtad a la Corona Cerebril, y que toda vinculación política entre ellas y el Estado de la Gran Cabeza queda y debe quedar totalmente disuelta; y que, como Sentimientos Libres o Independientes, tienen pleno poder para hacer la guerra, hacer el amor, concertar la paz, concertar alianzas, establecer el comercio y efectuar los actos, providencias citas y cenas románticas a que tienen derecho los Sentimientos Independientes.
Y en apoyo de esta Declaración, con absoluta confianza en la protección de la Diosa Fortuna, empeñamos nuestra vida, nuestra hacienda y nuestro sagrado honor.
En Ciudad, a 14 de noviembre de 2005
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