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Recuerda: No hay sentimientos...
Tan sólo, actúa...
Acerca de
Vuestras vidas forman parte de mi vida. Vuestras muertes... de mi existencia.
Sindicación
 
Gaseosa desventada

Me llena de ira pensar que escapa a mi control mi propio control. El deseo se abre paso a través de mis poros en forma de rabia apelmazada en mi interior durante tantos años...

He estado visitando cada día aquel bar. Antes lo hacía, ya dije que era un lugar visitado con frecuencia, pero desde ese día las mugrientas paredes de madera del local parecían recién barnizadas. Dicen que mientras hay vida hay esperanza, yo quito la vida, anulo la esperanza. Las víctimas que tienen suerte no tienen tiempo de ver ese recorrido existencial en sus mentes, no tienen tiempo de arrepentirse por haber mentido aquel día o de ahogar sus esperanzas al ver que aquellos labios al final no rozarán los suyos. Deseos... nada más que sueños, ahogados en su propia sangre... no hay más. Sin embargo, en ocasiones todo eso forma parte de la tortura. No, no es el dolor continuo de hierros ardientes, ni echar sal sobre pequeñas heridas en la cara, o mostrarle la extirpación de su propio escroto... no... la tortura no es sólo eso. Lo que de verdad duele, lo que hace a la víctima gritar, pedir clemencia, desgastar hasta su última lágrima, es el momento en el que se da cuenta de que todo ha terminado, de que "aquello" no va a suceder, de que el tiempo se agota y ya es tarde para reaccionar. Tal vez esa mañana se masturbara entre las sábanas pensando que su cita nocturna sería la definitiva para consolidar "aquella" relación, o tal vez conociera, con gran felicidad, que una importante herencia había caido en sus limitadas arcas, sin descartar la posible masturbación también en este caso. ¿Qué importa extirpar un escroto si no va a tener ninguna utilidad? ¿Qué más da arracar los ojos si no queda ya nada por contemplar?. El dolor físico no es más que una alarma que advierte el final. La tortura es ser consciente de ello.

Un mes después, ella volvió.

Olía igual. Lloraba igual.

El móvil sonó igual, la misma melodía.

Aquel hombré se la llevó de allí de la misma manera. Igual...

Y yo permanecí atento, observando sin más, hasta que abandonaron el bar. Inmóvil, como aquella noche... Igual que aquella noche.

Treinta días esperando ese momento, esa aparición. Un mes esperando a aquella mujer. Un mes calentando el mismo asiento, bebiendo del mismo vaso. En cuanto la pareja abandonó el local las paredes volvieron a apagarse después de un mes. El barniz desapareció y la grasa inundó los resquicios entre las tablas de oscura madera.

Las burbujas de la gaseosa se evaporaban sobre la mesa, sin compañía... el asiento comenzó a enfriarse y una sombra siguió a aquella pareja.

Una y media de la madrugada. Las calles vacías y una pareja sin coche avanza violentamente abrazada por la fría acera. En quince minutos llegan al portal de un edificio que hace esquina, se escucha el sonido de las llaves en toda la manzana –excitante silencio- y entran. La puerta es grande y de madera, de esas que abres y las dejas caer para que lentamente se cierren, evitando así que alguien la olvide abierta. Un guante soporta suavemente el portón justo antes de que llegue al final de su trayecto. A simple vista la puerta parece ya cerrada. La pareja habla... más bien es él quien parece susurrar algo. Se oye llegar el ascensor. Se abre. Se cierra. Se abre la puerta del patio y la aquella sombra entra. El ascensor comienza a subir y la sombra avanza hábil pero sigilosamente por las escaleras. El ruido del ascensor encubre cualquier posible sonido a su alrededor. El ascensor se detiene en el tercer piso. Hay dos puertas por cada piso. La pareja se detiene en la más cercana a la escalera que da acceso al siguiente piso. Las llaves abren la puerta de la casa. En el tercer piso ya hay tres personas. Un golpe seco en la nuca de la mujer. Al hombre se le retiene por el cuello, con fuerza, y se le atiza un idéntico golpe. Resultado: una mujer inconsciente y encerrada en su propio cuarto. Amordazada y bien atada, por si se despierta. Y un hombre atado de pies y manos en el salón de su casa.

Tardé unos veinte minutos en encontrar cinta aislante en una caja de herramientas fácilmente localizable, la cual me sirvió tanto para maniatar como para amordazar. Hasta que se despertara el hombre tenía bastante tiempo. Antes, mientras los dos cuerpos permanecían en la entrada de la casa, había inspeccionado con rapidez cada rincón de la casa, algo que me quedaba por confirmar: no había niños.
Mientras el rehén masculino despertaba registré aquel hogar y de paso adquirí unas improvisadas herramientas.

Despertó y ya sabeis... lo de siempre: asombro, pánico y confusión. Esos ojos siempre me preguntan lo mismo, se expresan con tanta intensidad... Dicen que los discapacitados que nacen sin un sentido potencian los otros cuatro restantes. Esto me recordaba esa teoría... no pueden hablar por la boca y sus ojos, llenos de lágrimas, te dejan sin palabras.

“¿Quién eres?... ¿Qué haces en mi casa?... ¿Dónde está mi mujer?... ¿Qué quieres de mí?”

Bah – bah – bah... Lo de siempre... todos los oficios tienen sus muletillas, hasta el de víctima... Yo en cambio, como ya sabeis guardo silencio... es algo que me encanta.

El cuerpo de aquel hombre se encontraba desnudo (otra frecuente muletilla es “¿Qué hago desnudo?”... pero a veces son tan tímidos...) y atado a uno de esos radiadores de obra antigua, pesados y unidos a la pared del salón principal (como si hubiera otro...). No tuve suficiente con la cinta aislante, pero un par de cordones para tender la ropa me facilitaron el trabajo. Así que lo coloqué de rodillas, atando sus tobillos y sus muñecas a la parte baja del radiador. En esa postura evitaba que se pusiera loco a dar pataletas con los talones, pero de todos modos algo podría intentar, con esfuerzo, usando sus rodillas... así que coloqué bajo ellas un par de acolchadas almohadas.

En la cocina me había ageniado un cuchillo de carne, mediano, tampoco era cuestión de impresionar... el tamaño no importa. Me fijé en su pene y me replanteé aquella frase, pero lo más desagradable fue comprobar como escapaba tímidamente un pequeño reguero de orina hasta empaparse en la almohada.

Que pronto... para un chico tan duro como él.

En fin... el pánico había llegado, era una señal inequívoca, y ahora tenía que ir a por un poco de papel de cocina. En cuestión de segundos estaba limpiando su pene y su pestilente muslo, quería mi campo de acción lo más limpio posible. Acerqué el cuchillo hacia sus testículos y llegaron las convulsiones, los sudores, las lágrimas... en fin, todo aquello. Comencé a serrar el escroto desde su inicio, estirándo suavemente de los testículos para tensar la piel, y así fue cediendo con facilidad. Se oía ese grito ahogado en su garganta, sin encontrar salida, ni siquiera por los ojos que se cerraban no sé si por la angustia, el dolor o la vergüenza por contemplar aquella escena...

Terminé el corte y en mi mano sostuve una ensangrentada bolsita de piel con dos pequeños testículos en su interior. Ascendí mi mano hasta la altura de su rostro que parecía clamar a algún ángel situado en el techo de su salón. Abrió sensiblemente los ojos bañados en lágrimas para contemplar como su verdugo sostenía esa delicada parte de su cuerpo que jamás pudo observar con tanto detalle. Con la otra mano sostuve el extirpado escroto por su base y dejé caer así, bañado en un pequeño arroyo de sangre, sus dos testículos, que hicieron carambola antes de chocar contra su enrojecido rostro. Volví a centrarme en su entrepierna, recubierta de oscura sangre y eché mano de la otra herramienta que había encontrado en la cocina. Era una botella medio llena de whisky escocés. La abrí y descargué todo su contenido sobre el nuevo orificio de su cuerpo... es dicen que quema, pero un bebedor lo sabrá con más certeza.

Se desmayó.

Tras la ablación terminé el trabajo. Había encontrado una jeringuilla en el cuarto de baño, y no precisamente en el botiquín. Le inyecté aire por la vena.

Me aproximé hasta la salida. Paré durante un segundo ante la puerta del dormitorio. Se oían ligeros movimientos sobre la cama. Sus ojos debían estar pidiendo auxilio entre la penumbra de su habitación. No me des las gracias.

Salí de aquel lugar con la intención de no volver a saber nada más de aquella mujer.

Alguien tendría que dedicarse esta noche a limpiar aquel lugar, tendría que hacer una llamada...

La noche era larga... y de nuevo, solitaria.
 
En un bar
Para empezar debo disculparme ante los contados lectores que siguen este blog debido a mi alargada ausencia. Todo tiene su explicación.

Las Navidades han llegado a esta ciudad frías, como siempre, el cambio climático aún no es tan grave como para que podamos tomar el sol en estas fechas, pero sin embargo mi cuerpo ha experimentado una revolución sofocante, un aumento de temperatura en su interior preocupante...

No he estado inmerso en otro de mis trabajos... simplemente he dejado pasar el tiempo hasta que el tiempo amenazaba con pasar de mí.

Soy un asiduo cliente de un bar del barrio, un sitio agradable con un íntegro mobiliario de robusta madera, suaves sombras y un ambiente cálido que invita a ver como se esfuman los segundos en cada burbuja de mi gaseosa. No bebo alcohol, me nubla la vista, como a todos, supongo, y siempre procuro ceder la seguridad de mi vida a mis propios reflejos. Aquel lugar es tranquilo, sin excesivo ruido ni alborotos, silencioso, como a mí me gusta todo, un sitio discreto y de confianza. El dueño, quien normalmente se encuentra tras la barra, cree que soy sencillo comercial, sin tener claro de qué tipo de producto. Las conversaciones entre nosotros no pasan a ser muy densas, y siempre evito que mi vida personal aparezca entre copas como tema de coloquio.

Hace ya varias noches, sentado en una de las esquinadas mesas que se pueden encontrar en el local, observé la presencia de una mujer a la cual no había visto nunca por ahí. Era morena, de pelo liso y largo, le caía por la cara, ocultando la mitad derecha de su rostro. Su complexión era delgada, no en exceso, al menos hasta la mitad de su torso, todo lo que pude divisar, pues ella estaba también sentada en otra apartada mesa. Durante varios minutos dediqué el tiempo a observarla entre sorbo y sorbo de gaseosa, mientras ella no era consciente de mi atención. Parecía concentrada en su bebida, sumida en el fondo del vaso, pensativa. Minutos más tarde preferí cambiar la cualidad de “pensativa” por la de “triste”, pues percibí como separaba una lágrima de su mejilla con una disimulada caricia de su dedo índice. Podía distinguir la mitad de su rostro descubierto cuando elevaba la mirada a algún punto muerto del local, una vista perdida y oculta tras algún incesante pensamiento que le estaba atormentando la cabeza. Era bonita. A pesar de mostrar una triste fachada no podía esconder la belleza que atesoraba. Rasgados ojos impregnados en lágrimas, finos rasgos perfilando su rostro, una puntiaguda y mediana nariz y una piel que parecía tener luz propia en aquel rincón oscuro del bar. Entonces volví a cambiar esa apreciación sobre su estado de ánimo, el cual pasó a ser de “triste” a “catastrófico”, cuando pareció que un ser invisible le susurrara al oído que le quedan tres minutos de vida, y así, de inmediato, desmoronarse sobre la mesa del local, con ambas manos extendidas sobre sus ojos, gimoteando casi en silencio, para no llamar en exceso la atención, para no mostrar en público su debilidad.

Desvié mi atención por un momento al dueño del lugar y a otra pareja que se encontraba pasando parte de la noche bajo las sombras del bar, pero el primero se encontraba ocupado limpiando unos cuantos vasos y la pareja, de espaldas a la mesa de aquella mujer, distraída en mimos y carantoñas. Mi mirada se posó de nuevo sobre la solitaria mujer... sus manos se desplazaron lateralmente desde sus ojos hasta las sienes, desplazando así su cabello y descubriendo por completo su rostro. Su otra mitad era igual de delicada que la que permaneció al aire durante el resto de la noche, pero con un ligero detalle, un desagradable detalle mejor dicho. El claroscuro que la tenue luz proyectaba sobre su cara alumbraba la, hasta ahora, parte oculta, y pudo percibirse como su ojo estaba enmarcado en una huella originada por alguna contusión, probablemente, voluntaria. En ese momento nuestros ojos se enlazaron por un instante, en mitad del pasillo, entre la pareja y el barman, un instante breve que tuvo su efecto inmediato en aquella mujer. Pronto soltó las manos de su cabello, avergonzada, y deslizándose este por su cara ocultó las marcas de violencia que ilustraban grotescamente su belleza.

En ese momento recibe una llamada en su teléfono móvil. Contesta y durante más de media hora mantiene una acalorada conversación acompañada de temblorosos movimientos con el brazo que no sostenía el celular. Durante los aproximadamente treinta minutos su mirada se pierde en el suelo, como si sobre él se proyectara la imagen de su interlocutor, probablemente aquel cuyas manos coincidieran con la huella que mostraba su cara. El contenido de la conversación podía adivinarse casi con detalle sin necesidad de acercarse ni un milímetro más a los participantes. Un “vuelve”, un “olvídame”, un “no volverá a pasar”, un “no te creo”, un “perdón”, un titubeo..., dos “te quiero”.

En la calle había poca gente, el local estaba prácticamente vacío... era Navidad y todo el mundo se reunía en familia o en sociedad para compartir su tiempo. Yo, como siempre, solo, y ella, por un momento, también. Me debatí entre levantarme o no, acompañarle en esa copa que parecía interminable, ofrecerle un poco de conversación. Estuve, la verdad, bastante tiempo encontrando razones para no moverme de mi asiento, pero cada vez que me fijaba en su vulnerabilidad, en su hipotética inocencia, tal vez toda fruto de mi imaginación, tenía más razones para levantarme y acudir en su ayuda... Qué paradójico era todo eso. Yo, que me familiarizo con la muerte casi sin estupor, ¿cómo pude sentir tanto apego hacia alguien tan desconocido por un simple sentimiento de protección?.

Salí de mi mesa y decidido comencé a recorrer el pasillo en dirección a ella. No se dio cuenta, seguía pensativa, mirando su vaso, su móvil... La puerta del bar se abrió detrás de mí, y escuché los acelerados pasos sobre las tablas de madera, cada vez más cercanos. Ya me encontraba a pocos metros de su mesa cuando un, tal vez involuntario, empujón me quitó del camino de aquel nuevo visitante. Se adelantó a mí, llamó la atención de la mujer y la agarró suavemente del brazo. Ella se levantó recogiendo su chaqueta, su bufanda y el bolso, y mientras él susurraba unas cuantas palabras a su oído, ambos caminaron hacia la salida del bar. Yo estaba algo perplejo... decidido a hablar con ella alguien se había colocado en el último instante entre los dos extremos. Supongo que era él, el que habló con ella por teléfono, el que deja el cuño de propiedad sobre lo que considera suyo... y sólo suyo. El que apestaba a alcohol al entrar al bar en lugar de al salir. El que había hecho que mi hombro se quejase de aquel golpe. Él la arrastraba desde su mesa a la salida, pasando ante mí, quien con la mirada pretendía grabar cada uno de los detalles de aquella mujer, cuyas curvas confeccionaban su esbelta figura más allá del medio tronco que hasta ahora vi, cuyo labio antes oculto mostraba la abierta muesca de otro golpe, todavía con aroma a agua oxigenada. Ella me observó, creo que pidiéndome disculpas, no sé por qué... ¿por el horrendo espectáculo que protagonizó toda la noche? ¿por su repentina desaparición? ... ¿por no poder hacer realidad un sueño de Navidad...?

Día a día he vuelto con más frecuencia a ese local, intentando encontrarla una vez más, sin éxito. No paro de preguntarme de dónde surge esta necesidad por verla, y si realmente es esa necesidad de protección lo que me motiva a hallarla... o si tal vez, a cada minuto que pasa, es a mí a quien hay que proteger...

Feliz Navidad... aunque todo es una farsa, vosotros seguro que sabréis aprovecharla.
 
Ese Test a mi manera
Esta vez me dispongo a integrarme un poco más en la cibercomunidad en la que narro mis historias, mi día a día. Para ello he pensado rellenar ese test tan popular que está causando un desmedido furor entre los autores de blogs. En su origen, como muchos sabréis, este test tiene como tema principal la vida sexual de aquel que lo contesta, así como sus preferencias entre los diferentes usuarios de blogs con los que interactúa. Mi vida sexual no es de tanto interés, así que, sin desviarnos del tema que tiene por objeto mi blog, he replanteado las preguntas:


1. ¿Cuál ha sido el mejor asesinato de tu vida?.

Y de la suya. ¿Con cuál disfruté más? o ¿de cuál me sentí más orgulloso?. En cualquiera de los casos, ambos responden al mismo hecho. No fue ningún encargo... simplemente fue algo personal. Y disfruté.

Primero hice que entrara en un profundo sueño, para más tarde poder atarlo a una silla, en su propia casa, un solitario chalet entre pinos. Cuando despertó ya comenzó a excitarme su cara de pánico. Era evidente que sabía quién era yo... Nos conocíamos bastante bien, y su rostro, en aquel momento, era una perfecta introducción para lo que vendría a continuación. Él sabía que había hecho algo imperdonable. Le amordacé, y procedí a extirparle las herramientas con las que cometió aquel error... Sus antebrazos estaban completamente asidos con cinta aislante a los posabrazos del asiento y con un fino pero resistente alambre de cobre me dispuse a cortarle las manos. Agarré el cable por las pequeñas arandelas de los extremos y deposité suavemente el frío hilo sobre su muñeca. Entonces comencé a deslizar con ritmo el cobre de un lado a otro, presionando cada vez más su carne blanda y blanquecina. Aumenté el ritmo con el que movía el hilo y éste alcanzaba cada vez una temperatura mayor, así cedía con mayor facilidad a través de un corte limpio, haciéndose camino hasta encontrarse con los huesos. Se podía percibir los gritos dentro de su estómago, intentando buscar una salida para pedir ayuda. La salida la encontró, pero en forma de pestilente orina. Encharcó el suelo de lágrimas, sudor y excrementos, mientras su mirada no encontraba un rincón a salvo... o miraba mi rostro satisfecho, o el hilo ensangrentado, o sus muñecas con los huesos tomando el aire. Era hora de deshacer los huesos. Había conectado una radial que encontré en su propio garaje (era muy aficionado a la carpintería), y el chirriante sonido de la cuchilla deslizándose a través del radio y del cúbito. Aún seccionada su mano derecha, el hombre permanecía despierto y atento a todo lo que ocurría en su cuerpo. Su expresión denotaba un terrible deseo por desmayarse o por morir de inmediato, pero su constitución le permitía soportar bastante dolor antes de desvanecerse.
Con mi guante cogí la mano recién independizada. La agarré de la muñeca. La mostré a su antiguo dueño. Él no quería ver aquello y desviaba la mirada. Entonces recibió la primera bofetada... con el revés de su propia mano. Sus mejillas estaban completamente encharcadas de lágrimas, y ahora iba mezclándose con restos de su propia sangre... parecía una puta mal maquillada y llorona. Con la palma de la diseccionada mano recibió la segunda bofetada. Entonces vomitó... ya era hora. Después de una sesión de bofetadas alguno de los dedos de la mano se habían roto. La agarré de los dedos, como si le estuviera saludando, y le quité la mordaza. El grito fue escandaloso, pero breve, pues inmediatamente le había introducido en la boca su propia muñeca, anclando los huesos en su garganta mientras agonizaba. El pobre no sabía qué hacer, si tragar, masticar, vomitar hacia dentro... estaba perdido. Dejé de presionar su mano hacia dentro y la escupió. Que alarido más patético, que súplica más lamentable, que pena me estaba dando, no podía dejar que sufriera más ese hijo de puta y yo necesitaba mi momento de silencio.

Disparé. Entre ceja y ceja.

2. ¿Cuál es el sitio más original donde te has cargado a alguien?.

Cualquier lugar es original para la muerte, o al menos, extraño. La cama es algo común en el acto sexual, pero ¿qué es común para un acto como el asesinato? Un día, hace tiempo ya, entre unos cuantos compañeros, fui yo quien redujo a un hombre condenado con el golpe de gracia, un disparo en todo el cráneo. Sigue en el mismo sitio donde murió, y nadie sospecha de su presencia, porque fue semi-enterrado en lo que sería su propio lecho de muerte, en un cementerio. Allí murió, allí recibió mi disparo cuando su cuerpo estaba cubierto de la misma tierra que ahora esconde sus huesos. No hay sitio más común para la muerte que la propia tumba, pero morir allí... ¿es original?


3. ¿Qué es lo que más te gusta en el momento en el que te deshaces de alguien?.

El final. Eres consciente de que has quitado una vida, la manera no importa, lo que cuenta es el hecho. Pero notas que a tu alrededor todo sigue igual. Son esos minutos de silencio que continúan después del fatídico acto, ese instante de calma después de un sonoro trueno en mitad de una tormenta. Me regocijo en esa sensación de que la vida continúa después de acabar con otra, de que el mundo sigue girando, el tiempo sigue avanzando, pero con un alma menos... y yo sigo ahí... disfrutando, en mi silencio.

4. ¿Y lo que menos te gusta?.

Lavar la ropa

5. ¿Qué fantasía sádica te queda por cumplir?.

No creo que exista en mi cabeza alguna fantasía de ese tipo. Cuando realizo un encargo o cuando el asunto es algo personal, la víctima tiene un merecido o no. El castigo es consecuente al motivo de su desaparición. Supongo que para que exista una fantasía ha de haber un deseo no cumplido, pero yo disfruto cuando sé que la persona que está bajo mi dominio merece ese castigo, y si es castigado significa que ha cometido un error. Siempre prefiero que esos errores no se cometan, y sobre todo cuando me afectan personalmente, a que alguna fantasía se haga real.

6. ¿A qué personaje masculino o femenino de la blogosfera matarías sin dudar?.

No creo que me haya integrado tanto en la blogosfera como para contar con favoritas posibles víctimas. Tal vez, ese temor que mi fiel lectora “espa” irradia cada vez que sale a la calle y observa a los conductores, despierte el oscuro instinto que cuido guardar en mi interior, imaginando su tierna carne adolescente cediendo ante el frío acero de un cuchillo de sierra. Pero no hay motivos para ello... de momento.


 
Normas para sentirse vivo
Tras el último post, alguno se preguntará qué tipo de normas morales, qué tipo de ética cabe en el oficio de un hombre como yo. Estas normas no pertenecen a ningún decálogo establecido por ningún tipo de gremio internacional de asesinos a sueldo, ni ninguna asociación clandestina. El origen y el sentido de estas reglas consiste en soportar mi propia persona. Si en este oficio no delimitas tu campo de acción puedes convertirte en un ser indeseable hasta para ti mismo, puedes acabar con tu propia identidad, puedes degenerar hasta convertirte un monstruo cuyo raciocinio se pudre entre el polvo.

Se establecen reglas. Normas para poder seguir viviendo.

1. No hay sentimientos.

No puedes involucrarte sentimentalmente con la víctima, ni con el cliente. He sido presa del encanto que transmite más de un celestial cuerpo que ha terminado desangrándose en mis manos. Mi objetivo es acabar con vidas, no disfrutar de ellas. Involucrarme sentimentalmente con un objetivo podría poner seriamente en peligro mi identidad, y por lo tanto mi libertad. A nadie le gusta sabe que le han intentado matar, por mucho que disfruten un buen polvo.

2. A los niños no se les toca.

Lo sé. A primera vista parece que contradecimos la primera norma, pero no es así. No se trata de sentimientos hacia esa persona, sino de respeto a una primera oportunidad. Existe un rango de edad, tanto física como mental (aprovecho para apuntar que también los retrasados mentales de alto nivel están fuera de mi campo de acción), en la cual el objetivo o posible víctima no es dueño racional de sus actos, por lo tanto no merece ser juzgados por ellos. Y yo soy el verdugo.

Se establece aquí un inciso: “Si una mujer es objetivo y está embarazada, ¿llega a cumplirse el encargo?”. Respuesta: Sí. No hay vida, por lo tanto, no hay muerte.
Mi posición ante el aborto es más que clara, y con esto no pretendo inducir al debate. Si viviéramos antes de nacer, nuestro cumpleaños sería nueve meses antes.

3. Sin nombres.

No quiero saber nada de mis clientes, ni de las víctimas. Únicamente lo estrictamente necesario para llevar a cabo el encargo. Lo mínimo. Una foto (y no siempre), una fecha, una hora y un lugar. Y eso cuando la tarea ha de ser realizada en un momento y en un espacio concreto, los hay que tienen prisa. No siempre es así, pues con sólo una foto puede llegarse ha hacer un seguimiento específico hasta llegar al momento más oportuno para concluir la misión. Los datos relevantes sobre la víctima, que pueden hacer el encargo incompatible con mis normas, puedo llegar a descubrirlos a escasos minutos de concluir el trabajo, momento en el cual la tarea quedaría abortada. No obstante, la mayoría de los “pedidos” vienen comunicados a través de un mediador, de confianza, por supuesto, el cual conoce mis restricciones, teniendo la posibilidad de no acceder a establecer el contacto conmigo cuando el trabajo no cumple las condiciones.

Mantenerse alejado de las identidades de todo aquel que se cruza en mi camino, en el camino del Silenciador, es un seguro a mi propia integridad. Yo soy el asesino, no otros.

4. Yo decido donde y cuando establecer el primer encuentro.


Aquellos que siguen el blog ya conocen que mi oficina es con frecuencia mi propio automóvil. Yo decido donde se estaciona, yo decido cuando mi cliente ocupa el asiento del copiloto. No existe posibilidad de personarse en otro lugar.


Hay una ética, y esta es una parte. Cumplirla es difícil y el oficio no está exento de tropiezos y tentaciones. Pero aún sigo considerándome una persona, y si quiero sentirme vivo eso es lo primero.

(Si alguien tiene alguna duda sobre estas normas, sobre cuales son sus limitaciones, sobre qué es ético y qué no lo es, espero que no dude en dejar su comentario.)
 
Hay una ética
Temo que, leídos los anteriores escritos hayáis creado en vuestro interior una concepción algo particular de mi persona, tal vez una visión algo demente. En parte es comprensible... Cada una de las líneas que anteceden a este párrafo plasman pinceladas un tanto turbulentas sobre la misteriosa imagen que a los pocos lectores pueda mostrarle. Mi oficio, no lo niego, no está exento de estas impresiones, todo aquel que me conoce acaba manteniendo una rigurosa distancia, pero tampoco se libra de normas morales, reglas éticas, las cuales hacen de esto una profesión y no un mero y sádico divertimento.

Hace un tiempo me encontraba en el interior de mi coche, por aquel entonces algo más discreto que en la actualidad, un Ford Mondeo azul, estacionado en una calle oscura de las afueras de la ciudad. Era de madrugada y, fiel a mi modus operandi, la tapicería de mis asientos constituía el mobiliario de mi oficina.
El papel de copiloto y cliente lo interpretaba esta vez un caballero cuya edad rondaría los cincuenta y cinco años, de mediana altura, tez blanquecina y sorprendentemente con escasas arrugas. Su cabello cano parecía suave, perfectamente cuidado, y contrastaba con las lúgubres vestimentas que lucía esa noche.

Acababa de entrar al coche y su expresión era de una tranquilidad poco común teniendo en cuenta lo delicada que resultaba la situación. Era una noche de invierno, hacía bastante frío. Nunca llegaba a nevar, en estos lugares nunca cae ni un copo de agua congelada, pero el frío es húmedo y acaba calándote la ropa hasta alcanzar los huesos. Más fría era su mirada, desplegando un torrente de seguridad que se anclaba sobre mi oculto rostro. El pasamontañas que llevaba puesto guardaba mi anonimato y se justificaba con el duro clima que azotaba la ciudad. Al hombre no pareció importarle, conocía las reglas y sabía respetarlas. Yo también le conocía a él, sabía a qué negocio se dedicaba, pero siempre he preferido no saber nada sobre aquellos que condenan a mis víctimas, la mínima información sobre mis clientes me aporta un máximo de seguridad en mis tareas.

El hombre extendió su alargada mano entregándome un sobre que contenía dos fotografías. La protagonista de ambas era una mujer de mediana edad, de una belleza casi caricaturesca, de rasgos exagerados. Su rostro era tan excéntrico como la ropa que vestía. Lucía esos conjuntos que se pueden observar en los escaparates de aquellas abusivas tiendas del centro destinadas a la jet-set. El análisis de las fotografías se interrumpió cuando de nuevo la mano de aquel hombre me acercó una nota y otro sobre. En la primera tan sólo había escritas dos líneas: la dirección de un Hospital privado y la fecha de pasado mañana, con una hora concreta. El otro sobre contenía la mitad del dinero acordado, la otra parte la recibiría una vez confirmada la realización del trabajo.

La reunión fue breve y sin ningún tipo de problema. Cruzamos pocas palabras para aclarar los detalles, pero aún así, el individuo insistió en un factor: acabar con ella y con lo que lleve encima. Parecía ser que esa mujer, fuera quien fuera, llevaba consigo algo de gran valor, algo que podía poner en jaque mate a algún inquieto verdugo. ¿Era aquel hombre que tan fríamente me miraba desde el asiento del copiloto el verdadero interesado en hacer desaparecer a aquella mujer?

Dos días después mi coche se encontraba estacionado frente a aquel Hospital privado. Yo estaba frente al volante, atento a cada persona que salía por la puerta principal, No necesitaba prismáticos para ver con claridad el rostro de cada individuo, y el de mi próxima víctima lo tenía grabado en la memoria. Unos minutos después de la hora prevista, las puertas se abrieron para dar paso a la mujer de las fotografías, Iba acompañada de la que bien podría ser su hermana, pues los marcados rasgos de su cara la delataban. En aquel momento mi atención aumentó, quería ver qué es lo que llevaba consigo el objetivo de aquella mañana. Me sorprendí.

Me apeé del vehículo, cerré con llave, y con paso firme me acerqué hacia la pareja de (supuestas) hermanas. Ambas hablaban alegremente sin advertir mi presencia, y siguieron sin verme al alcanzar su altura. En aquel momento los segundos parecieron durar más de lo normal. Mis ojos se clavaron en aquel paquete que la mujer mantenía aferrado contra su pecho... y los ojos del “paquete”, absolutamente negros, parecieron, por un momento, abrirse para grabar en mi frente su condena.

Las dos mujeres continuaron sin ninguna interrupción su camino hasta el taxi que les esperaba al final de la calle. Yo seguí adelante apretando mis puños, sentía ira, y si no me hubiera cortado las uñas tendría cuatro sangrantes marcas en cada palma de mi mano. Giré la esquina y desaparecí. A los pocos minutos estaba de nuevo al frente del volante de mi vehículo. El ruido de las calles, el estruendoso barullo del tráfico desapareció. Se hizo el silencio en mi interior. Así permanecí unos minutos, con mi mirada fija en el vacío.

En mi profesión existe una ética, aunque sea difícil de creer. Ese día me encendí.

Mi primera visita fue en toda regla un secuestro. Acabé con el hombre del encargo de nuevo en mi coche, pero esta vez en los asientos traseros. Estaba atado de pies y manos. Había conducido hasta un oscuro rincón de un abandonado camino de un olvidado bosque a las afueras de la ciudad. En ese momento el silenciador de mi pistola se encontraba a escasos centímetros de su entrecejo. Quería un nombre, y su rostro de pánico me confirmaba que sería cuestión de tiempo hacerme con uno. Acabó orinándose en mi tapicería y más tarde abandonado en los frondosos matorrales de un barranco, con un nuevo agujero en su cabeza. Tan sólo era un emisario. Ya sabía de qué iba toda esta historia.

A los tres días volvió a hacerse el silencio. En la tranquilidad de mi habitación, acompañado de un sandwich de crema de cacahuete (es difícil hacerse con un bote en esta ciudad, la importan de Estados Unidos), leía las primeras páginas del periódico. Un sacerdote había aparecido degollado en el interior de su propio coche. No había llegado a arrancar el vehículo, que permanecía estacionado en su garaje privado. Su cabeza descansaba sobre el volante y la sotana recogía entre las piernas, en un improvisado cuenco, una balsa de sangre. Cuando el cadáver fue encontrado, de su cuello todavía caía una intermitente gota hasta su falda, rompiendo con el continuo tic-tic-tic el sepulcral silencio que reinaba en el garaje. Sobre el asiento del copiloto, un sobre. Contenía un fajo de billetes.
El sacerdote no resultó ser un sacerdote cualquiera; en pocos días se resolvería su candidatura como obispo de una gran ciudad. Su camino debía ser limpio, impecable... pero acabó estampado por las gotas de su propia sangre.

En mi oficio hay una ética... sí, en mi oficio al menos la hay.
 
Sueña con los ángeles
Maldita noche...

Mi trabajo me absorbe... Ni siquiera yo puedo dormir tranquilo conmigo cerca. Mi sensibilidad corporal y mis entrenados reflejos han vuelto a salvarme la vida, esta vez contra mí mismo.

No es la primera vez que me pasa, pero si eres el protagonista de esta perturbada historia ( y no sólo soy yo el perturbado ) titulada "mi vida", no podrías escapar, ni en el momento más sosegado, de cualquier tipo de amenaza, por extraña que parezca...

Hoy me he despertado con el filo de un cuchillo deslizándose sobre mi vientre. el frío tacto del filo me ha desvelado. Una escurridiza gota de sangre se deslizaba hasta entrar en contacto con las sábanas de mi cama, y el arma la empuñaba mi propia mano. Siempre duermo con armas cerca de mi almohada, y cada noche las pesadillas tienen dificultades para superar las crueles imágenes que ilustran mi vida... la vida real.

Cuando no puedo distinguir entre sueño y realidad. Cuando ambas dimensiones se tiñen de sangre... Cuando en la más rigurosa calma de un nocturno letargo empuño un arma... entonces mi vida corre peligro, y yo soy mi peor enemigo.
 
Guillermo
Bonita historia...

Podríamos decir también “bonito cuento”, “entretenido relato” o “curiosa fábula”... pero todo eso no hace referencia a lo que de verdad se trata. A la más cruda realidad.

Si abro este blog no es para contar tristes y enigmáticos cuentos para adultos, sino para expulsar todo aquello, que después de unos cuantos años sumido en un oscuro pozo, comienza a atemorizarme. Reconozco que no he perdido la excitación que provoca mi trabajo, la sensación orgásmica que recorre cada palmo de mi cuerpo cada vez que actúo... pero la necesidad de abrir mi pequeño universo es algo que he de continuar... lo necesito. Ese es el único fin de este Blog.

Creeréis que estoy loco. Tal vez tenga un desorden funcional en mi cabeza, pero ¿quién no lo tiene?... lamentablemente, de padecerlo, es uno de esas desviaciones que se consideran ilegales... cuestión de tradición histórica y educación, nada más. Y a la educación misma retrocedo, a la infancia... allá donde toda mi sombría obsesión comenzó.

No penséis que con nueve años ya clavé mi primer cuchillo... para ello debió pasar aún una década.

Siempre fui un niño silencioso, callado... rarito pude llegar a oír. Lo que nadie entendía era que tenía la virtud de contar en mi interior con un espíritu tranquilo y la capacidad de mantener un carácter relajado. Todos los veranos acostumbrábamos a disfrutar las vacaciones junto a otra familia casi idéntica a la mía. Los padres rondaban la misma edad, tenían un hijo de nueve años, como yo por aquel entonces, y ambos teníamos una hermana de catorce. Aquel día gozábamos de una apacible mañana en la montaña, disfrutando de unas vistas excelentes de la naturaleza... advertir esos detalles a mi edad era poco común, pero desde muy pequeño supe apreciar las oportunidades que la Tierra nos brinda para fusionarnos con ella en un imperturbable clima de silencio y respeto. Las dos parejas de progenitores conversaban todavía alrededor de la mesa, descansando su estómago después de una apetitosa comida. Una baraja de cartas, una ineludible siesta, diversos cotilleos... varias maneras de centrar la atención de los cuatro adultos en tan sólo siete metros a la redonda. Las hermanitas se encontraban escondidas detrás de algún árbol robusto, comentando cualquier tipo de experiencia juvenil o inmadura anécdota colegial con la cual excitar sus intactos sexos sin que ellas todavía lo notaran. Más allá, dos niños de nueve años se divertían tirando piedras al fondo de un barranco.

Aquel fue el último verano que ambas familias disfrutaron en compañía.

Había piedras de distintas formas, múltiples tonalidades e incluso, si se prestaba atención, una sonoridad diferente entre cada una de ellas cuando se les escuchaba rodar por el precipicio. Guillermo, el hijo de la clonada familia, era de pequeña estatura, de cabello rubio y rebelde, su rostro de rasgo algo simiescos era rosado, casi rojizo diría yo, parecía incluso extranjero. Contrario a mí, él hablaba mucho... bueno, en realidad emitía sonidos, indescifrables en su mayoría, pero acordes con su aspecto natural.

Yo estaba siendo hipnotizado por el traqueteo de las piedras tropezando entre los grandes cascotes de la pendiente... una tras otra... hasta que llegaban al final, en ocasiones emitiendo un seco sonido que reverberaba con leve eco entre las ramas de los árboles. Me gustaba esa sensación, sentía como podía flotar sufriendo una interior metamorfosis hasta convertirme en una ligera brisa... Pero aquel niño comenzó a desgañitarse con una infantil y estúpida canción, de la cual no se sabía la letra, defendiéndose así con una patética improvisación digna de cualquier animal en celo.

La hermosa sensación se había esfumado. Aquel niño tenía la culpa. No escuchaba el rumor de las piedras. El eco se había perdido. Guillermo, hazme un favor... ve a buscarlo.

Lo empujé con toda la fuerza que mis pequeños brazos podían impulsar. El niño, torpe por naturaleza, comenzó a agitar los brazos como si quisiera escapar de aquella crítica situación nadando en el aire. Su absurda canción se convirtió en un grito de socorro, pero no se percibía la diferencia y el auxilio no llamó la atención de unos despistados e irresponsables padres. Guillermo rodaba y rodaba, con botes casi atléticos cada vez que tropezaba con alguna roca saliente. A los pocos metros cesaron los sonidos de angustia, después de unos cuantos golpes que se me antojaron mortales. Finalmente el cuerpo desapareció absorbido por un sepulcral entramado de zarzas. Me incliné casi como una reverencia, para observar como en su fatal trayecto había dejado, sobre una punzante roca, el rastro granate de su sangre, y como el sol se reflejaba en el borde húmedo. Me levanté con mi característica parsimonia y desvié mi mirada hacia el coche tras el cual se encontraban mis padres... y los de Guillermo. Recuerdo que pensé que debía correr hacía ellos, que no debía perder tiempo para comunicar aquel trágico accidente, aquel paso en falso de Guillermo mientras dejaba caer por el precipicio una piedra de gran peso... aquel triste y lamentable suceso.

Quise parecer algo afligido, pero no pude fingirlo. Al fin y al cabo, era un chico... algo raro.
 
Bello encargo (y II)
02h. 26m.

Una vez contado el dinero (estaba exacto) y leída la dirección de mi nocturno destino, me aproximé, por la tarde, hasta el lugar con intención de inspeccionarlo sin llamar la atención. Aparqué mi BMW unas cuantas calles más abajo y me encaminé hasta un grupo de bungalows construido en una decaída y discreta urbanización para la clase media. El conjunto de casas prefabricadas alcanzaría los quince años de antigüedad, y se hallaban muy cerca de las vías del tren. En la calle podía verse algún vecino paseando un huesudo animal de triste compañía. El silencio, incluso a estas horas, era relajante, casi completo.

Recordé el número de la casa a la cual debería acudir esa misma noche. Era justo la última, la más próxima a las vías del tren. Con paso calmado y sin levantar sospechas, paseé ante el bungalow que me interesaba, echando disimuladas miradas a cualquier detalle que pudiera llamarme la atención. No quise emplear mucho tiempo en tal tarea, pues cada bungalow de la misma calle me proporcionaba la información necesaria debido a lo idéntico de su construcción y analizar con detenimiento el lugar podría levantar inoportunas sospechas en cualquiera de los vecinos. El paseo me confirmaba la presencia de un obstáculo inoportuno y que, con necedad, olvidó ser comentado en las anteriores conversaciones. Se trataba de la presencia de una continua valla que limitaba el acceso al recinto. Una pequeña frontera de piedra y cipreses de unos dos metros y medio de largo que daba acceso al jardín y por tanto a la casa. El obstáculo tan sólo se interrumpía en la puerta principal. Un telón de negro acero de metro y medio bajo un arco de piedra del cual se descolgaba un adornado farolillo. El hueco que separaba ambos elementos parecía ser el único espacio por el cual podría accederse al recinto. El paseo a lo largo de quince gemelas construcciones finalizó cuando decidí desviarme por una calle paralela a las vías del tren. En ese mismo instante el silencio se quebró de manera estruendosa cuando un tren de mercancías apareció sin disminuir la velocidad. Las vías no contaban con ningún apeadero cercano y los trenes tan sólo dejaban tras de sí la insoportable contaminación acústica de la que había sido víctima. Aceleré el paso unas cuantas calles más abajo hasta introducirme de lleno en la tranquilidad de mi coche.

Ya de madrugada me encuentro de nuevo en las calles de ese mismo barrio. Con paso firme pero silencioso, me acerco hasta el punto clave. Me fijo en el contenedor de basura más cercano y confirmo que el camión encargado de vaciarlo ya ha hecho su trabajo en esta calle esta noche. Llegada esta hora no creo que vaya a encontrarme con ningún sonámbulo vecino.

Al acercarme desde las vías del tren, en plena oscuridad, evito recorrer las fachadas de cada uno de los bungalows que se reparten en la calle. He de entrar por la puerta principal, mejor dicho, sobre ella, y calculo que ese será el momento más delicado de la operación (matar es mi especialidad), ya que he de cerciorarme de no ser visto por ningún vecino al saltar la puerta de acero. Las farolas de la calle no iluminan con gran intensidad, y por suerte percibo algo que no pude advertir esa misma tarde. La farola más cercana al bungalow de mi futura víctima parpadea sin interrupción por algún problema técnico del que involuntariamente me podré aprovechar. Desde la penumbra de la esquina echo un vistazo y me aseguro que la calle se encuentra vacía. Tan sólo unos pasos me acercan hasta la puerta y sobre la misma asomo ligeramente la cabeza. No hay luces en la casa. Bajo la intermitente luz de la farola efectúo dos ágiles movimientos y tomo impulso para escalar, sin ruido, sobre la chapa de metal. En dos segundos ya me encuentro dentro, y satisfactoriamente el silencio continúa reinando en la zona.

Nunca sabes si las cosas se van a torcer en el último momento... si realmente existe un inesperado testigo que ha prestado atención a cada uno de tus movimientos... pero no, creo que hoy no es uno de esos días, la noche está muerta, tan muerta como mi próxima cita.

El acceso a la zona trasera de la casa no implica ninguna complicación. Parece que realmente la casa está habitada, hay algo de ropa tendida. De mi bolsillo extraigo la llave que la atractiva mujer depositó junto al dinero y me acerco hasta la puerta que me permite el acceso a la casa. La mujer no mentía, la puerta comunicaba directamente con la cocina. Estaba oscuro, pero prescindí de ninguna luz artificial... a lo largo de los años he aprendido a desenvolverme en la penumbra, amo el silencio, y el silencio también puede ser visual.

La cocina no es grande, y evito perder el tiempo atendiendo insignificantes detalles. Ahora mismo el siguiente paso que requiere toda mi atención es acceder al pasillo. Las facilidades se suceden en mi camino y tanto la puerta que da al pasillo como la que se divisa al fondo del mismo, están abiertas. No es la única, antes de llegar al final se pueden contar un total de tres puertas laterales, todas cerradas, menos una, pero el objetivo está al final, lo demás no importa, puede convertirse en simples distracciones, no obstante también en indeseables trampas, pero este no es uno de esos casos.

Avanzo con lentitud por el pasillo, mi calzado es suave y evito ejercer el más mínimo sonido que pueda advertir mi presencia. En el instante en que alcanzo la puerta abierta del lateral del pasillo, un sonido rompe el sepulcral silencio como si un punzón helado atravesase mis cálidas carnes. En el mismo momento no acierto el origen y naturaleza del imprevisto, pero segundos más tarde, paralizado en el pasillo, observo a través de la puerta, ante una ventana, la silueta de una pequeña jaula y como un diminuto ser alado estremece sus plumas. Parece que he despertado al animal de la casa.

Me mantengo rígidamente quieto en medio del pasillo, dejando pasar unos cuantos segundos para cerciorarme que el sujeto de mi encargo no se ha despertado. El silencio vuelve a reinar entre las paredes del triste hogar, de la futura escena del crimen. Avanzo y asomo mis ojos por el marco de la puerta. Es un dormitorio, tal y como indicaron las instrucciones. Un dormitorio sencillo. Una cama amplia, una mesita de noche, un armario grande, una silla cubierta de ropa, una ventana con las persianas medio bajadas... y un cuerpo desnudo entre las sábanas.

Al primer instante recibo una extraña sensación, y sin perder la serenidad me dispongo a confirmar mis sospechas. La ropa oscura que está depositada sin cuidado sobre la silla pertenece a una mujer, dato irrevocable al advertir las prendas de lencería. El cuerpo desnudo se halla medianamente tapado por las sábanas dándome la espalda. Percibo su cabello largo, extendido en la almohada y sus finas piernas reflejan la poca luz que intermitentemente entra por el hueco de la ventana. Parece profundamente dormida, y el bote de pastillas que permanece abierto sobre la mesilla de noche confirman tal observación. ¿Problemas para conciliar el sueño? ¿y si de pronto se desvela y advierte mi presencia a tan pocos metros de su cama?... Entonces algo llama tremendamente mi atención, nada visual, ni otro impertinente sonido... sino, un olor... un aroma... Inmediatamente, pero sin movimientos bruscos, me desplazo hacia el otro extremo de la cama y con la fallida luz de la farola puedo ver el rostro de la no todavía víctima.

Es ella.

Ese perfume... Esa noche muchas cosas cobran sentido. Una entrada limpia, con la misma llave de la casa... las puertas del interior abiertas para facilitarme el acceso, las pastillas para contrarrestar los nervios y poder esperar con descanso su propia muerte... El valor no es una condición de la que muchas personas puedan alardear. Lo mío no es valor, es profesionalidad, rigor. Para suicidarse hace falta una gran cantidad de valor antes que de ingerir cualquier nociva dosis, y esta mujer no cuenta con ese virtud. Contratar a un asesino para hacer el trabajo del que ella misma no podía encargarse, ese era el objetivo.

Mis ojos no cesaban de fijarse en los rasgos finos de su rostro, en su brillante y seguramente suave piel, en sus abultados senos que se acomodaban sobre uno de sus brazos... pero recuerda, no hay sentimientos. De mi bolsillo saqué un pequeño estuche negro, lo abrí desplazando dos pequeñas pestañas que actuaban como cierre, y en su interior encontré una jeringuilla con una dosis de cianuro. También disponía de un frasco de cloroformo y un pañuelo, pero no iba a ser necesaria su utilización. Con mis guantes de cuero extraje la aguja cargada de la tóxica solución, la justa medida para provocar una muerte casi instantánea. El conocido veneno colapsará las células y el oxígeno dejará de acceder a su sistema respiratorio. Sin dilación acerco la jeringa hasta su brazo derecho, que permanece débil y relajado sobre su costado. Con mis guantes no puedo confirmar la suavidad de su piel, una pena, pero no puedo permitirme entrar en contacto directo con mis víctimas. A partir de ese instante mi dedo pulgar, empuja con frialdad y profesionalidad la aguja y la dosis se introduce sin permiso directamente en sus venas. De pronto todo se acelera, los ojos de la bella y anónima víctima se abren súbitamente. Me da tiempo a separar la jeringuilla de su brazo cuando con fuerza extiende todo su cuerpo mirando hacia el techo. Sus extremidades se estiran con violencia, parece que vayan a despegarse del cuerpo, y su pecho se eleva como si un gancho estuviera anclado en sus costillas y un infernal pescador tirase desde las nubes. En cuestión de segundos me encuentro agarrando sus brazos, sin apretar, no quiero dejar tristes marcas de violencia en una mujer (cadáver) tan bella. Fue entonces cuando nuestras pupilas se entrelazaron. Un breve instante, ahogado en los segundos fatales de su propia muerte. Su pecho se hallaba erguido, su boca abierta en una mueca fantasmal y sus ojos casi fuera de las órbitas. Emitía un sonido acogotado que interrumpía sedosamente el silencio de su dormitorio. Pero al fin pudo ver mi rostro... una mirada fija, atenta... de la cual no quise huir.

Muchos asesinos extirpan los ojos de sus víctimas, dicen que en sus retinas se queda grabado lo último que ven antes de su muerte, y por miedo a ser desvelados, prefieren hacerlos desaparecer. Si tuviera que creer en las leyendas elegiría esta mirada para poder sumergirme eternamente en sus ojos... con ella, para siempre.
 
Bello encargo
Silencio. Sólo hay silencio.

23h. 27m.

Esa es una de las condiciones que hoy pretendía encontrar. Generalmente, cuando me cito con un posible cliente, lo hago en un lugar extremadamente silencioso... evidentemente es una consecuencia de la ausencia de testigos, pero debo reconocer que soy muy maniático con los ruidos. No me gusta mantener ninguna reunión de trabajo con desconocidos sonidos alrededor, no me gusta que el viento silbe, ni que un inoportuno animal urbano, desamparado y condenado a perecer ante el frío, rebusque entre cubos de basura a pocos metros de mí. Me siento observado, y odio sentirme observado.

De hecho, me encontraba en una de esas situaciones. Dentro de mi recién lavado BMW Serie 5 observaba fijamente como una semi-calva rata de alcantarilla hacía desaparecer medio cuerpo dentro de una bolsa grande de patatas fritas con sabor a queso. Las ventanillas de mi automóvil se encontraban cerradas y el motor parado. No se escuchaba nada en aquel oscuro callejón de aquel sombrío barrio deshabitado, salvo la incesante búsqueda de ese pestilente y despreciable error de la naturaleza. De tanto en tanto efectuaba unos movimientos bruscos, como si dentro de esa bolsa de aperitivo se llevara a cabo una incesante lucha con otro ser de igual o peor especie, y sus espasmos quebraban el relajante sosiego que dominaba.

Esperaba a que se cumpliera la hora de la cita prevista. Mi modus operandi en estos casos siempre es el mismo. Yo elijo dónde, yo elijo cuándo. Siempre convierto mi abrillantado coche en una oficina móvil, ya que me permite todas las ventajas necesarias para llevar a cabo la negociación. En primer lugar, dispongo del secretismo y la intimidad necesarias y fundamentales en este tipo de reuiniones, y por otra parte, si la cosa llega a torcerse, en cuestión de segundos puedo desaparecer del lugar haciendo chirriar las rueda.

Esta vez no existen sospechas. Mi mano no permanece inquieta cerca del cambio de marchas y los neumáticos descansan tranquilamente. Una persona de confianza, un viejo amigo, ha sido el encargado de ofrecer mi nombre ( mi otro nombre ) al anónimo interesado a quien espero, y no existe ninguna posibilidad de traición, sencillamente, porque llegado el caso, su nombre pasaría a encabezar mi lista de labores urgentes en mi agenda. No obstante no puedo descuidar los detalles, y, como cada vez, hoy también he trazado un eficaz recorrido para una posible escapada a todo gas.

Es una de las razones por las que me encuentro en un barrio marginal cercano a los límites de la ciudad. Cercano a calles anchas y desoladas, ausentes de tráfico y próximas a huertos y campos con caminos entrecruzados, se encuentra el apagado callejón en el que me encuentro yo y esa asquerosa rata.

Quedan dos minutos para que se cumpla la hora exacta... suelo esperar tan sólo siete minutos antes de desaparecer si el invitado no se presenta... y noto que cada vez me encuentro más excitado en estas situaciones...

23h. 33m.

Un pequeño automóvil plateado aparca en la acera de enfrente. El riguroso silencio que tanto absorbe mis nervios ha vuelto a ser atravesado por el motor del coche. Sus ruedas se paran, el motor se apaga, y durante cinco segundos el tiempo se congela. Permanecemos ambos conductores estáticos frente al parabrisas, un instante que se alarga hasta que el silencio vuelve a romperse cuando la puerta del automóvil recién llegado se abre. Del mismo aparece la figura del conductor. Se trata de una esbelta mujer, con un traje oscuro nada llamativo y con el cabello suelto sobre los hombros. Se gira para cerrar la puerta cuidadosamente y presencio a distancia la primera impresión de su rostro. Parece tranquila, incluso cuida los detalles, sabe en qué situación se encuentra, ya que evita usar el cierre centralizado del coche y así volver a romper, esta vez escandalosamente, la tranquilidad de la escena. Se acerca al callejón donde ha advertido la presencia de mi BMW. No usa tacones, su paso es silencioso, y su figura estirada, es una mujer atractiva, elegante y a su vez discreta.

La mujer accede al callejón recorriendo sin titubear los pocos metros que le distancian del lugar del aparcamiento, y al llegar, todo su esmero en no llamar la atención se echa a perder cuando, el tercer indeseable invitado, abandona la bolsa de patatas fritas para cruzarse de manera estrepitosa entre las piernas de la anónima mujer. La desconocida quiebra sus piernas como si le hubieran atizado una descarga eléctrica en las ingles, y emite un alarido que retumba con eco sobre las paredes sombrías del callejón. Al instante recobra con vergüenza la postura dirigiendo una mirada de lamento hacia el parabrisas de mi coche, pero ella no puede verme.

Cuando se encuentra a la altura de la puerta del copiloto desactivo el cierre para hacerle entender que puede abrirla y subir. Lo capta. Se introduce en el coche y cierra con cuidado la puerta.

Con interés gira su rostro hacia el mismo, intentando ver mi cara, pero le es imposible, el callejón es lo suficientemente oscuro para que, como mucho, sólo puedan percibirse sin detalle mis manos. En cambio yo percibo los perfiles de su rostro, lo suficiente para saber que se trata de una mujer bella, de mediana edad y (para esto no hace falta ver) con un perfume intenso y afrutado. Hecho el cierre a la puerta y en cuestión de segundos emite las primeras palabras:

Ella: Siento lo de la... rata.

Pienso que no importa, en realidad no debe haber nadie en varios cientos de metros a la redonda, tal vez un despreciable vagabundo, sin rumbo, y con el alma condenada a desvanecerse en cualquier rincón frío de este barrio marginal. Al grano:

Silenciador: ¿El sobre?

La mujer se echa la mano al sujetador y extrae un sobre. Lo podría haber guardado en un bolso, pero cuando acordamos la cita advertí que no me gusta que la gente (desconocida) entre con bolsos o maletines en mi coche. Otra de mis manías, pero soy un asesino y yo mismo no me dejaría entrar en casa con un maletín en la mano.

Ella: Toma...

Paso de contarlo. Ni siquiera podría ver con tanta oscuridad si el dinero está exacto, pero si no fuera así no cometería el encargo y la cantidad que fuera no volvería a su origen, así que más le vale que esté exacto.

Silenciador: Sé breve.

Ella: Bueno... en realidad no hay mucho que añadir... tan sólo el lugar y la hora donde puedes encontrarle. Es su casa, por la noche duerme... bueno, como la mayoría, supongo... Te he apuntado la dirección en un papel que hay dentro del sobre, y además he añadido la llave de la puerta trasera, por ahí podrás entrar sin ningún problema. Entrarás directamente en la cocina. Al salir de ella verás el pasillo, la puerta del fondo es la habitación donde podrás encontrarle.

Silenciador: ¿Animales?

Ella: ¿Cómo?

Silenciador: Si hay animales en la casa

Ella: Ah... no... bueno, un periquito en el salón, pero...

Respuesta absurda. Le interrumpo.

Silenciador: Recibirás una llamada del contacto. Si no hay ningún problema será una confirmación.

Ella: Pero tiene que ser mañana por la noche...

Silenciador: Recibirás la llamada.

Vuelvo a soltar el cierre de las puertas y tras un silencio de incertidumbre demuestra que ha vuelto a captar la señal. Abre la puerta y lentamente se baja del coche. Ahora mismo puedo ver con mayor detalle su figura, desde los hombros a los tobillos, es una escultura que lamentablemente no podré catar nunca, al menos nunca con este nombre, con esta identidad. La mujer cierra suavemente la puerta dejando en su interior pequeñas dudas que todo cliente tiene después de abandonar una reunión como esta, pero siempre han de estar tranquilos, del trabajo duro no se encargan ellos.

Deslizo mi mano hasta la llave de contacto y arranco el automóvil. Espero a que la mujer salga del callejón y me dispongo a desaparecer con un nuevo encargo entre manos. La invitada inclina su cabeza para ver si en la salida puede acertar a ver algo de mi rostro, pero le vuelve a ser imposible. Acelero el coche con tranquilidad y deslizo oportunamente el volante a un lado, en plena recta. Los neumáticos de la izquierda se levantan ligeramente y mi rostro dibuja una sensible sonrisa al observar admirado por el retrovisor el cálido cadáver de ese pestilente roedor.