...y esto es todo, amigos.
Punto y aparte.
Meditación
He tenido una mañana de locura en el trabajo, estresante, que ha puesto a prueba mi paciencia varias veces y en la que he tenido que salir un par de veces del edificio para buscar buscar la soledad del cigarrillo, mientras miraba al mar.
Cuando por fin terminó mi jornada laboral, no me apetecía hacerme la comida, así que decidí ir a un restaurante musulmán que está cerca de mi casa a comer, pero resulta que está cerrado por vacaciones durante el Ramadán.
Subo los tres pisos que me separan de mi madriguera, porque todavía no funciona el ascensor y me acuerdo de que esta tarde no puedo dormir la siesta porque a las cuatro y media vienen a traerme una mesa y cuatro sillas, ya que uno estaba ya cansado de vivir como los hippies, con sillas de plástico compradas en una gran superficie.
Mientras me hago la comida, compruebo que tampoco hoy me funciona el messenger. Lo desinstalo, lo descargo y lo vuelvo a instalar. Nada: sigue el mismo error (8100030d)
Después de comer intento no dormirme, aunque sé que una siesta de pijama, orinal y gorro de dormir sería lo que reinstalaría en el mundo. Últimamente duermo muy poco por las noches y desde luego no es por culpa del insomnio (siempre he dormido muy bien), pero no pienso desvelar mis secretos nocturnos. Van pasando los minutos, llegan las cuatro y media y no vienen a traerme la mesa ni las sillas y yo sin dormir. Ojeo blogs, pero me pesan los párpados y apenas puedo concentrarme en lo que leo. Además tampoco me siento con inspiración para ponerme a escribir en el mío.
De pronto recuerdo que te sorprendiste de que yo nunca intentará la meditación, y eso que te parecía una persona con una capacidad innata para ella.
- Vaya maestro zen de las narices, supongo que pensarías un poco defraudada. Pero qué se a hacer si a uno le molan más el rollo cultureta de los koan y los haikus .
Decido encender mi incienso (Nagchampa), poner música new age, bajar las persianas buscando penunbra y un ambiente propicio para el za-zen y sentarme en el sofa lo más parecido a la posición de loto que un occidental con tendencia a la vida bohemia puede, y por fin, cierro los ojos, casi seguro de que a la más mínima me quedo dormido, y me convierto en un ultracuerpo.
Con no demasiada fe, intento no pensar en nada y olvidarme de los sentidos que nos distraen con la maya de la realidad y centrarme en mi respiración, que se parece a un niño que llora porque quiere teta.
- De ésta me quedo dormido, pienso, pero estoy tan a gusto que decido seguir un poquito más, ya me desperarán los de la mesa cuando llamen al timbre.
Abandono todos mis pensamientos y cuando se acercan les doy un manotazo mental, hasta que hartos de mi tozudez se van a llorar al cuarto de baño. Mi respiración se hace cada vez más pesada, como si en lugar de mover el diafragma levantara el planeta entero con el meñique. El ritmo de mi corazón se ralentiza y me siento más relajado, inundado por la paz de bar de copas por la mañana.
Cuando siento que debo abrir los ojos, convencido de que han pasado apenas unos cinco minutos, miro el reloj por curiosidad y compruebo que en realidad han pasado más de veinte.
No sé si ésto de la meditación funciona, pero a estas horas, uno sigue en pie, como un auténtico hombre pero de los de antes, sin dormir la siesta y sin parecerle que deba hacerlo ya, y aunque la mesa y las sillas sigan sin aparecer, el messenger siga sin funcionar, uno está tranquilo, feliz, con la suficiente inspiración para escribir un post y pensando en repetirlo mañana.
Cuando por fin terminó mi jornada laboral, no me apetecía hacerme la comida, así que decidí ir a un restaurante musulmán que está cerca de mi casa a comer, pero resulta que está cerrado por vacaciones durante el Ramadán.
Subo los tres pisos que me separan de mi madriguera, porque todavía no funciona el ascensor y me acuerdo de que esta tarde no puedo dormir la siesta porque a las cuatro y media vienen a traerme una mesa y cuatro sillas, ya que uno estaba ya cansado de vivir como los hippies, con sillas de plástico compradas en una gran superficie.
Mientras me hago la comida, compruebo que tampoco hoy me funciona el messenger. Lo desinstalo, lo descargo y lo vuelvo a instalar. Nada: sigue el mismo error (8100030d)
Después de comer intento no dormirme, aunque sé que una siesta de pijama, orinal y gorro de dormir sería lo que reinstalaría en el mundo. Últimamente duermo muy poco por las noches y desde luego no es por culpa del insomnio (siempre he dormido muy bien), pero no pienso desvelar mis secretos nocturnos. Van pasando los minutos, llegan las cuatro y media y no vienen a traerme la mesa ni las sillas y yo sin dormir. Ojeo blogs, pero me pesan los párpados y apenas puedo concentrarme en lo que leo. Además tampoco me siento con inspiración para ponerme a escribir en el mío.
De pronto recuerdo que te sorprendiste de que yo nunca intentará la meditación, y eso que te parecía una persona con una capacidad innata para ella.
- Vaya maestro zen de las narices, supongo que pensarías un poco defraudada. Pero qué se a hacer si a uno le molan más el rollo cultureta de los koan y los haikus .
Decido encender mi incienso (Nagchampa), poner música new age, bajar las persianas buscando penunbra y un ambiente propicio para el za-zen y sentarme en el sofa lo más parecido a la posición de loto que un occidental con tendencia a la vida bohemia puede, y por fin, cierro los ojos, casi seguro de que a la más mínima me quedo dormido, y me convierto en un ultracuerpo.
Con no demasiada fe, intento no pensar en nada y olvidarme de los sentidos que nos distraen con la maya de la realidad y centrarme en mi respiración, que se parece a un niño que llora porque quiere teta.
- De ésta me quedo dormido, pienso, pero estoy tan a gusto que decido seguir un poquito más, ya me desperarán los de la mesa cuando llamen al timbre.
Abandono todos mis pensamientos y cuando se acercan les doy un manotazo mental, hasta que hartos de mi tozudez se van a llorar al cuarto de baño. Mi respiración se hace cada vez más pesada, como si en lugar de mover el diafragma levantara el planeta entero con el meñique. El ritmo de mi corazón se ralentiza y me siento más relajado, inundado por la paz de bar de copas por la mañana.
Cuando siento que debo abrir los ojos, convencido de que han pasado apenas unos cinco minutos, miro el reloj por curiosidad y compruebo que en realidad han pasado más de veinte.
No sé si ésto de la meditación funciona, pero a estas horas, uno sigue en pie, como un auténtico hombre pero de los de antes, sin dormir la siesta y sin parecerle que deba hacerlo ya, y aunque la mesa y las sillas sigan sin aparecer, el messenger siga sin funcionar, uno está tranquilo, feliz, con la suficiente inspiración para escribir un post y pensando en repetirlo mañana.
Dos años
El próximo lunes hará dos años que vivo en la Fortaleza.
Todavía recuerdo la cara que pusieron las personas de mi entorno cuando decidí venirme para acá. Pensaban que me había vuelto loco. No comprendían que necesitaba una patada en el culo que me sacara del tedio en el que se estaba convirtiendo mi vida.
El primer viaje me lo plantée como un viaje iniciático: recorrería prácticamente todo la península en tren para coger un barco que me trajera hasta la Fortaleza. Deseaba ver desde la borda como me acercaba a las costas de un continente (vida) nuevo (nueva). Fue una auténtica paliza de casi veinte horas pero conseguí revivir lo que sintieron quienes fueron arrancados de los sus pueblos para morir mutilados y con los genitales en la boca en las guerras de Marruecos que por aquel entonces sólo importaban a militares ansiosos de ascensos y a los dueños de las minas de mineral del Rif. Ahora siempre que viajo a mi ciudad de origen, lo hago en avión porque es mucho más cómodo y rápido, aunque después del primer viaje volviera en más de una ocasión en barco a la península, buscando un anochecer en alta mar.
La imagen que tenía de la Fortaleza antes de llegar aquí, no tiene nada que ver con la que tengo en la actualidad. Buscaba el exotismo del mundo árabe y me encontré con la realidad de las diferencias sociales que supone vivir en la Frontera entre el Primer y el Tercer mundo.

La Fortaleza es una ciudad bonita que se apelotona a los pies de un monte manchado por la sangre de cinco siglos de guerras, en la que ahora conviven pacíficamente cuatro culturas oficiales (cristianos, musulmánes, hebreos e hindúes), aunque también existe un porcentaje que no entra en las estadísticas, porque son inmigrantes subsaharianos que esperan en el Centro de Internamiento Temporal de Inmigrantes su orden de expulsión, que les lleve de nuevo a la desesperación del hambre o al futuro incierto del desierto.
A veces me agobia vivir en sus catorce kilómetros cuadrados, rodeado de un perímetro fronterizo con una doble valla de seis metros de altura con una serpentina en el medio, cámaras térmicas, y torres de vigilancia, y su caracter excesivamente conservador, aparte de la pésima situación cultural, que te impide no estar al tanto de la música, la literatura, el teatro, ni el cine. Soy un animal de ciudad a quien le encanta el anonimato, perderse por las calles sin que le reconozcan los sesenta mil habitantes de la Fortaleza, si bien siempre vuelvo a sonreir cuando tengo una tarjeta de embarque en mis manos.
Pero, a pesar de todo, su alma ya me ha seducido y me siento parte de ella. Ha inundado todas las páginas de mi blog y ha conseguido que encuentre un lugar del que, de momento, no me apetezca huir.

Todavía recuerdo la cara que pusieron las personas de mi entorno cuando decidí venirme para acá. Pensaban que me había vuelto loco. No comprendían que necesitaba una patada en el culo que me sacara del tedio en el que se estaba convirtiendo mi vida.
El primer viaje me lo plantée como un viaje iniciático: recorrería prácticamente todo la península en tren para coger un barco que me trajera hasta la Fortaleza. Deseaba ver desde la borda como me acercaba a las costas de un continente (vida) nuevo (nueva). Fue una auténtica paliza de casi veinte horas pero conseguí revivir lo que sintieron quienes fueron arrancados de los sus pueblos para morir mutilados y con los genitales en la boca en las guerras de Marruecos que por aquel entonces sólo importaban a militares ansiosos de ascensos y a los dueños de las minas de mineral del Rif. Ahora siempre que viajo a mi ciudad de origen, lo hago en avión porque es mucho más cómodo y rápido, aunque después del primer viaje volviera en más de una ocasión en barco a la península, buscando un anochecer en alta mar.
La imagen que tenía de la Fortaleza antes de llegar aquí, no tiene nada que ver con la que tengo en la actualidad. Buscaba el exotismo del mundo árabe y me encontré con la realidad de las diferencias sociales que supone vivir en la Frontera entre el Primer y el Tercer mundo.

La Fortaleza es una ciudad bonita que se apelotona a los pies de un monte manchado por la sangre de cinco siglos de guerras, en la que ahora conviven pacíficamente cuatro culturas oficiales (cristianos, musulmánes, hebreos e hindúes), aunque también existe un porcentaje que no entra en las estadísticas, porque son inmigrantes subsaharianos que esperan en el Centro de Internamiento Temporal de Inmigrantes su orden de expulsión, que les lleve de nuevo a la desesperación del hambre o al futuro incierto del desierto.
A veces me agobia vivir en sus catorce kilómetros cuadrados, rodeado de un perímetro fronterizo con una doble valla de seis metros de altura con una serpentina en el medio, cámaras térmicas, y torres de vigilancia, y su caracter excesivamente conservador, aparte de la pésima situación cultural, que te impide no estar al tanto de la música, la literatura, el teatro, ni el cine. Soy un animal de ciudad a quien le encanta el anonimato, perderse por las calles sin que le reconozcan los sesenta mil habitantes de la Fortaleza, si bien siempre vuelvo a sonreir cuando tengo una tarjeta de embarque en mis manos.
Pero, a pesar de todo, su alma ya me ha seducido y me siento parte de ella. Ha inundado todas las páginas de mi blog y ha conseguido que encuentre un lugar del que, de momento, no me apetezca huir.

Deseo
Algunas noches, después de hablar contigo por teléfono, cierro los ojos e imagino que toda la casa está llena de velas, que te tengo cerca y que mirándote a los ojos se me ocurren haikus :
En la penumbra
las sombras del deseo
se posan en tí.
Beso tus labios
buscando respuestas,
y te desgajo,
poco a poco,
para beber tu copa
de luna dulce.
Cierro los ojos y los efluvios de un quemador de incienso, se confunden con el olor de tu cuerpo, en el que escribo con mis dedos de tinta todas las palabras del diccionario de un lenguaje que juntos inventamos (kalanda, kalanda, mimo kalanda, susta gusita araibo la busa, tíndala, mosiba, sumaramente), mientras mis manos te arrrancan otro haiku del alma.
Eres todo mar
y tu boca son peces
que me suspiran.
Cierro los ojos y sé que no puedo dormir si no me levanto, busco el móvil para resumir un beso en ciento sesenta caracteres, selecciono tu nombre en la agenda y te lo envío, mientras siento como me adormezco a tu lado, hasta que con cuatro zumbidos tus labios convertidos en sms se posan en los míos.
Y me acerco,
y mi piel siente tu piel
interrogante.
Cierro los ojos y eres un continente nuevo que recorrer sin visado, una cordillera de ocho mil metros que escalar sin oxígeno, una fosa marina en la que sumergirme sin bastiscafo, y mientras te acaricio, busco con más haikus
esa explosión,
ese nacimiento
del universo,
entre tus piernas,
que mate el deseo
antes de dormir.

En la penumbra
las sombras del deseo
se posan en tí.
Beso tus labios
buscando respuestas,
y te desgajo,
poco a poco,
para beber tu copa
de luna dulce.
Cierro los ojos y los efluvios de un quemador de incienso, se confunden con el olor de tu cuerpo, en el que escribo con mis dedos de tinta todas las palabras del diccionario de un lenguaje que juntos inventamos (kalanda, kalanda, mimo kalanda, susta gusita araibo la busa, tíndala, mosiba, sumaramente), mientras mis manos te arrrancan otro haiku del alma.
Eres todo mar
y tu boca son peces
que me suspiran.
Cierro los ojos y sé que no puedo dormir si no me levanto, busco el móvil para resumir un beso en ciento sesenta caracteres, selecciono tu nombre en la agenda y te lo envío, mientras siento como me adormezco a tu lado, hasta que con cuatro zumbidos tus labios convertidos en sms se posan en los míos.
Y me acerco,
y mi piel siente tu piel
interrogante.
Cierro los ojos y eres un continente nuevo que recorrer sin visado, una cordillera de ocho mil metros que escalar sin oxígeno, una fosa marina en la que sumergirme sin bastiscafo, y mientras te acaricio, busco con más haikus
esa explosión,
ese nacimiento
del universo,
entre tus piernas,
que mate el deseo
antes de dormir.

Wahed Ramadan
Hoy comienza el Ramadán, el noveno mes del calendario musulmán. Desde que amanece hasta que se pone el sol no se puede comer, mantener relaciones sexuales, ni pecar con la palabra, el pensamiento ni la mirada. No todos los musulmanes están obligados a seguirlo. Los enfermos, los niños y los que están de viaje, si lo desean pueden no hacerlo.
No sólo es uno de los cinco preceptos básicos del Islam, sino también es, para mí, una forma de comprender y solidarizarse con los desposeídos que no tienen nada que llevarse a la boca, de saborear los pequeños placeres que nos da la vida y a los que casi nunca les damos importancia.
En mi calle de la Fortaleza han puesto luces que encenderán esta noche, cuando se rompa por primera vez el ayuno con una harira (una sopa fuerte y especiada) y se celebre el impresionante autocontrol que se necesita para cumplir el ramadán, con los familiares y amigos.
Tiene que llenarte de orgullo ver que se pone el sol y que has sido capaz de soportarlo. Se refleja esa alegría cuando me paseo por los barrios musulmanes por la noche, y me siento en una terraza a cenar con ellos, un poco avergonzado porque sé en mi foro interno que yo sería incapaz, o quizá no y el próximo año (este ya he comido) lo intente.
Said ramadan
No sólo es uno de los cinco preceptos básicos del Islam, sino también es, para mí, una forma de comprender y solidarizarse con los desposeídos que no tienen nada que llevarse a la boca, de saborear los pequeños placeres que nos da la vida y a los que casi nunca les damos importancia.
En mi calle de la Fortaleza han puesto luces que encenderán esta noche, cuando se rompa por primera vez el ayuno con una harira (una sopa fuerte y especiada) y se celebre el impresionante autocontrol que se necesita para cumplir el ramadán, con los familiares y amigos.
Tiene que llenarte de orgullo ver que se pone el sol y que has sido capaz de soportarlo. Se refleja esa alegría cuando me paseo por los barrios musulmanes por la noche, y me siento en una terraza a cenar con ellos, un poco avergonzado porque sé en mi foro interno que yo sería incapaz, o quizá no y el próximo año (este ya he comido) lo intente.
Said ramadan