Una moneda al aire
Durante unos días he estado pensando en volver.
Motivos:
1º.- Las facturas del banco siempre vienen a mi nombre
2º.- Llevo unos días duchándome con agua fría porque la bombona se terminó y nunca me acuerdo de llamar para que me traigan una nueva.
3º.- Cuando hablo de música me miran como si fuera de otro planeta (ANUNCIO POR PALABRAS: BUSCO NOVIA QUE SEPA QUIEN COÑO SON RADIOHEAD)
4º.- Me aburre pensar qué hacer para cenar esta noche. Se aceptan sugerencias.
5º.- Ya me conocen en todos los bares y siguen pidiéndome que les pague las copas, cuando yo siempre que invito a alguien a mi casa nunca le cobro nada.
6º.- Nadie sabe jugar al mus.
7º.- Las mujeres de aquí sólo piensan en casarse (y lo peor de todo ninguna conmigo, aunque la idea me horrorice)
8º:- Hace cincuenta años que por aquí no pasa un tren.
9º.- Gasto un montón le teléfono llamándote desde el móvil.
10º.- Nadie baila tregua ni cátala.
Me sentí nuevamente obligado a acudir al azar:
Cara me voy.
Cruz me quedo.
Tiré una moneda de dos euros belga al aire y salió un dos junto al mapa de la Unión Europea.

- Mierda, ha salido cara - pensé.
- Esta no vale que ha caído mal.
Otro dos.
- Joder, que me tengo que ir. Que no quiero, que era broma. Dios mío, porqué me has abandonado (hacía años que no me dirigía a Él, perdóneme Su Divinidad por molestarle con asuntos tan triviales)
De nuevo al aire, a ver si desde arriba me echaban una mano.
Otro dos.
- Tengo que ir haciéndome a la idea de que tengo que volver.
Cogí la moneda y al darle la vuelta, me dí cuenta de que en el reverso de la moneda estaba la efigie del Rey de Bélgica con gafas y peinado hacia atrás, rodeado de doce estrellas y el año dos mil.
- Balduino, te quiero- grité y seguro que confirmé a mis vecinos que definitivamente era gay, aparte de sordo, pero eso lo piensan por el volumen de la música.
Por si acaso y una vez que comprendí que me había equivocado tres veces, tiré de nuevo la moneda al aire y volvió a salir el ansiado dos.
- Definitivamente me quedo- volví a gritar, para que mis vecinos se fueran mentalizando de que iban a continuar con ese vecino sordogay.
Ahora mismo estoy tirando la misma moneda de dos euros al aire y no hay forma de que salga el dichoso dos. Con el negocio que podía hacer yo de trilero.
Motivos:
1º.- Las facturas del banco siempre vienen a mi nombre
2º.- Llevo unos días duchándome con agua fría porque la bombona se terminó y nunca me acuerdo de llamar para que me traigan una nueva.
3º.- Cuando hablo de música me miran como si fuera de otro planeta (ANUNCIO POR PALABRAS: BUSCO NOVIA QUE SEPA QUIEN COÑO SON RADIOHEAD)
4º.- Me aburre pensar qué hacer para cenar esta noche. Se aceptan sugerencias.
5º.- Ya me conocen en todos los bares y siguen pidiéndome que les pague las copas, cuando yo siempre que invito a alguien a mi casa nunca le cobro nada.
6º.- Nadie sabe jugar al mus.
7º.- Las mujeres de aquí sólo piensan en casarse (y lo peor de todo ninguna conmigo, aunque la idea me horrorice)
8º:- Hace cincuenta años que por aquí no pasa un tren.
9º.- Gasto un montón le teléfono llamándote desde el móvil.
10º.- Nadie baila tregua ni cátala.
Me sentí nuevamente obligado a acudir al azar:
Cara me voy.
Cruz me quedo.
Tiré una moneda de dos euros belga al aire y salió un dos junto al mapa de la Unión Europea.

- Mierda, ha salido cara - pensé.
- Esta no vale que ha caído mal.
Otro dos.
- Joder, que me tengo que ir. Que no quiero, que era broma. Dios mío, porqué me has abandonado (hacía años que no me dirigía a Él, perdóneme Su Divinidad por molestarle con asuntos tan triviales)
De nuevo al aire, a ver si desde arriba me echaban una mano.
Otro dos.
- Tengo que ir haciéndome a la idea de que tengo que volver.
Cogí la moneda y al darle la vuelta, me dí cuenta de que en el reverso de la moneda estaba la efigie del Rey de Bélgica con gafas y peinado hacia atrás, rodeado de doce estrellas y el año dos mil.
- Balduino, te quiero- grité y seguro que confirmé a mis vecinos que definitivamente era gay, aparte de sordo, pero eso lo piensan por el volumen de la música.
Por si acaso y una vez que comprendí que me había equivocado tres veces, tiré de nuevo la moneda al aire y volvió a salir el ansiado dos.
- Definitivamente me quedo- volví a gritar, para que mis vecinos se fueran mentalizando de que iban a continuar con ese vecino sordogay.
Ahora mismo estoy tirando la misma moneda de dos euros al aire y no hay forma de que salga el dichoso dos. Con el negocio que podía hacer yo de trilero.
Imaginate
Imaginate una tierra donde no había fronteras sino tan solo una fortaleza que se levantaba sobre los acantilados desde hacía casi cuatrocientos años.
Imaginate que los habitantes de esa tierra entran en guerra con los habitantes de la fortaleza.
Imaginate que los habitantes de esa tierra pierden la guerra y firman un tratado con los habitantes de la fortaleza.
Imaginate que el tratado consiste en disparar un cañón desde la fortaleza y trazar una frontera donde caiga el proyectil.
Imaginate que para distinguir la frontera se levantan unas pequeñas columnas de piedra.
Imaginate que después de ese guerra, de ese tratado y de esas columnas de piedra y de esa frontera hay muchas más guerras.
Imaginate que como todas esas guerras no han arreglado nada, se levanta una alambrada a unos pasos de las columnas de piedra.
Imaginate que esa alambrada intenta saltarla el hambre que no entiende de fronteras ni de visados, que ha venido de muy lejos y que se refugia en bosques, desde donde ve las olas del mar rompiendo en los acantilados sobre los que se levanta la fortaleza.
Imaginate que de tanto regarla con sangre y jirones de piel, la alambrada va creciendo metros y más metros, como una rosa de espinas de acero.
FINAL UNO: Imaginate que el hambre, que no entiende de fronteras ni de visados, provoca otra guerra y otro tratado y en lugar de otro cañón, se dispara un misil intercontinental para resituar una nueva frontera.
FINAL DOS: Imaginate que el hambre no encuentra la alambrada y pasa sin problemas y se acaban las guerras, los tratados, los visados, los cañones, las fortalezas, los misiles y las fronteras.
Imaginate que los habitantes de esa tierra entran en guerra con los habitantes de la fortaleza.
Imaginate que los habitantes de esa tierra pierden la guerra y firman un tratado con los habitantes de la fortaleza.
Imaginate que el tratado consiste en disparar un cañón desde la fortaleza y trazar una frontera donde caiga el proyectil.
Imaginate que para distinguir la frontera se levantan unas pequeñas columnas de piedra.
Imaginate que después de ese guerra, de ese tratado y de esas columnas de piedra y de esa frontera hay muchas más guerras.
Imaginate que como todas esas guerras no han arreglado nada, se levanta una alambrada a unos pasos de las columnas de piedra.
Imaginate que esa alambrada intenta saltarla el hambre que no entiende de fronteras ni de visados, que ha venido de muy lejos y que se refugia en bosques, desde donde ve las olas del mar rompiendo en los acantilados sobre los que se levanta la fortaleza.
Imaginate que de tanto regarla con sangre y jirones de piel, la alambrada va creciendo metros y más metros, como una rosa de espinas de acero.
FINAL UNO: Imaginate que el hambre, que no entiende de fronteras ni de visados, provoca otra guerra y otro tratado y en lugar de otro cañón, se dispara un misil intercontinental para resituar una nueva frontera.
FINAL DOS: Imaginate que el hambre no encuentra la alambrada y pasa sin problemas y se acaban las guerras, los tratados, los visados, los cañones, las fortalezas, los misiles y las fronteras.
Miradas
Me llamó mucho la atención nada más llegar aquí, que nadie me quitara el ojo de encima. ¿Llevaré la bragueta abierta? ¿Tendré un zapato de cada color? ¿No me habré peinado bien? ¿No voy a la moda? ¿Nunca han visto a nadie que vaya por la calle escuchando música con un emepetrés?
Si mi vida se grabara con una cámara de cine, se verían planos de distintas personas mirándome como iba de casa al trabajo y del trabajo a casa: el de la gasolinera con el surtidor de la mano goteando líquido inflamable, el guardia civil desde su coche observándome como si tuviera cara de terrorista, el vagabundo que rebusca en los contenedores de basura, los niños que van al colegio con su mochila cargada de libros, el tío que está siempre en la misma esquina de cuclillas a cualquier hora del día y cualquiera día del año aunque llueva o nieve (que aquí también nieva, una vez cada veinte años, pero nieva), el dueño del quiosco donde ahora compro el periódico, el subsahariano que llama por teléfono a su casa más allá de la valla.
Una mañana me paré a hablar con el tío que está de cuclillas siempre en la misma esquina, como un Woody Allen de pacotilla, para preguntarles el motivo existencial y teleológico de sus miradas.
- Perdóneme usted, pero me gustaría saber porqué desperdicia unos instantes de su vida en mirar a alguien que pretende pasar desapercibido por la vida.
Y me contestó:
- Perdóneme usted a mí, pero me temo que cuando lleve más tiempo aquí lo comprenderá.
Y efectivamente lo he comprendido: la vida es una película que ya ha empezado, y de pronto aparece un personaje nuevo que no estaba en el guión incialmente y todos se preguntan de donde ha salido, si es el hijo de la amante del marqués que ha vuelto de su viaje a Francia o un espontáneo que se ha confundido de rodaje.
Ahora mismo, yo me uno al de la gasolinera, al guardiacivil, al vagabundo, a los niños que van al colegio, al tío que está en cuclillas, al dueño del quiosco, y al subsahariano y miramos al nuevo que desde su soledad se pregunta si tendrá la bragueta abierta.
¿No has visto cómo acaba de comprobarlo ahora mismo disimuladamente?
Que no tío, que no es eso.
Si mi vida se grabara con una cámara de cine, se verían planos de distintas personas mirándome como iba de casa al trabajo y del trabajo a casa: el de la gasolinera con el surtidor de la mano goteando líquido inflamable, el guardia civil desde su coche observándome como si tuviera cara de terrorista, el vagabundo que rebusca en los contenedores de basura, los niños que van al colegio con su mochila cargada de libros, el tío que está siempre en la misma esquina de cuclillas a cualquier hora del día y cualquiera día del año aunque llueva o nieve (que aquí también nieva, una vez cada veinte años, pero nieva), el dueño del quiosco donde ahora compro el periódico, el subsahariano que llama por teléfono a su casa más allá de la valla.
Una mañana me paré a hablar con el tío que está de cuclillas siempre en la misma esquina, como un Woody Allen de pacotilla, para preguntarles el motivo existencial y teleológico de sus miradas.
- Perdóneme usted, pero me gustaría saber porqué desperdicia unos instantes de su vida en mirar a alguien que pretende pasar desapercibido por la vida.
Y me contestó:
- Perdóneme usted a mí, pero me temo que cuando lleve más tiempo aquí lo comprenderá.
Y efectivamente lo he comprendido: la vida es una película que ya ha empezado, y de pronto aparece un personaje nuevo que no estaba en el guión incialmente y todos se preguntan de donde ha salido, si es el hijo de la amante del marqués que ha vuelto de su viaje a Francia o un espontáneo que se ha confundido de rodaje.
Ahora mismo, yo me uno al de la gasolinera, al guardiacivil, al vagabundo, a los niños que van al colegio, al tío que está en cuclillas, al dueño del quiosco, y al subsahariano y miramos al nuevo que desde su soledad se pregunta si tendrá la bragueta abierta.
¿No has visto cómo acaba de comprobarlo ahora mismo disimuladamente?
Que no tío, que no es eso.
Ya me pasó otra vez
Nada, que anoche me pasó otra vez y mira que me puse guapo, que hasta me dieron ganas de hacerme una foto y mandársela a mi madre (la única mujer que todavía me quiere) para que viera en qué se ha transformado su hijo, ahora que se ha ido tan lejos de casa.
Total, que cuando vino a buscarme con su coche, yo iba tan seguro de mí, tan soltero recien afeitado y duchado oliendo a eau de toilette pour homme de moda, tan sintiéndome joven a su lado, tan convencido de que era ella quien intentaba seducirme a mí y yo por fin quien se había rendido, tan con sabor de chicle de menta en la boca, que en ningún momento me esperaba que me dijera lo que me dijo.
NO
Pertenezco a esa última generación de desgraciados en la que las mujeres de su edad se niegan a declararse y tenemos que ser nosotros siempre quienes metemos la pata.
Se supone que me sé las reglas: ellas despliegan todas sus armas delante de nosotros, su larga cola (cola, he dicho cola, no rabo, bueno, mejor me callo) de pavo real, hecha de tardes perdidas en la peluquería, de saltos con música de fondo en el gimnasio, de objetos extraños cuyo nombre olvidamos justo después de preguntarlo, en fin, que pretenden deslumbrarnos tanto como las luces de neón de la noche de una gran ciudad, y nosotros tenemos que acercarnos a ellas y decirles todo lo que esperan oir.
Y yo, como soy obediente, quedo con ella, me pongo guapo, que para algo uno es un hombre postmoderno, postuniversitario, post generación equis, casi Z, de esos que se han pasado media vida estudiando y la otra media soñando, y se lo digo y no es lo que esperaba o sí es lo que esperaba (que a uno se le nota mucho), pero no es lo que quería oir (o de quien lo quería oir) en ese momento y utiliza toda un laberinto gramatical de frases que seguro se había preparado delante del espejo para decir algo que se puede resumir en un monosílabo.
NO
Y yo me quedo quieto, ya no tan seguro de mí mismo, pero sí tan soltero recien afeitado y duchado, oliendo a eau de toilette pour homme de moda y un poco a tabaco del antro en que nos habíamos metido, tan sintiéndome joven a su lado, tan pero no era ella quien intentaba seducirme a mí y yo por fin quien se había rendido, tan con sabor de chicle de menta en la boca y a cubata de importación, sin saber donde meterme, preguntándome si me he confundido de dirección o de planeta o si aquí, tan lejos de mi tierra, las reglas son distintas, aunque el resultado siempre sea el mismo.
NO
Pero coño, a pesar de todo, soy un hombre y reivindico mi derecho a no enterarme de nada y a meter la pata de nuevo.
Total, que cuando vino a buscarme con su coche, yo iba tan seguro de mí, tan soltero recien afeitado y duchado oliendo a eau de toilette pour homme de moda, tan sintiéndome joven a su lado, tan convencido de que era ella quien intentaba seducirme a mí y yo por fin quien se había rendido, tan con sabor de chicle de menta en la boca, que en ningún momento me esperaba que me dijera lo que me dijo.
NO
Pertenezco a esa última generación de desgraciados en la que las mujeres de su edad se niegan a declararse y tenemos que ser nosotros siempre quienes metemos la pata.
Se supone que me sé las reglas: ellas despliegan todas sus armas delante de nosotros, su larga cola (cola, he dicho cola, no rabo, bueno, mejor me callo) de pavo real, hecha de tardes perdidas en la peluquería, de saltos con música de fondo en el gimnasio, de objetos extraños cuyo nombre olvidamos justo después de preguntarlo, en fin, que pretenden deslumbrarnos tanto como las luces de neón de la noche de una gran ciudad, y nosotros tenemos que acercarnos a ellas y decirles todo lo que esperan oir.
Y yo, como soy obediente, quedo con ella, me pongo guapo, que para algo uno es un hombre postmoderno, postuniversitario, post generación equis, casi Z, de esos que se han pasado media vida estudiando y la otra media soñando, y se lo digo y no es lo que esperaba o sí es lo que esperaba (que a uno se le nota mucho), pero no es lo que quería oir (o de quien lo quería oir) en ese momento y utiliza toda un laberinto gramatical de frases que seguro se había preparado delante del espejo para decir algo que se puede resumir en un monosílabo.
NO
Y yo me quedo quieto, ya no tan seguro de mí mismo, pero sí tan soltero recien afeitado y duchado, oliendo a eau de toilette pour homme de moda y un poco a tabaco del antro en que nos habíamos metido, tan sintiéndome joven a su lado, tan pero no era ella quien intentaba seducirme a mí y yo por fin quien se había rendido, tan con sabor de chicle de menta en la boca y a cubata de importación, sin saber donde meterme, preguntándome si me he confundido de dirección o de planeta o si aquí, tan lejos de mi tierra, las reglas son distintas, aunque el resultado siempre sea el mismo.
NO
Pero coño, a pesar de todo, soy un hombre y reivindico mi derecho a no enterarme de nada y a meter la pata de nuevo.
Si molesto me voy más lejos
Mira que es difícil, pero si tú quieres, creo que todavía podría irme más lejos. Aunque siempre me pondré en contacto contigo, para preguntarte si esta distancia es suficiente. y para irte contando todo lo que me pasa por estas tierras.





