«Que haya un cadáver más, qué importa al mundo» (Espronceda)
De nuestros paseos por la viña, recuerdo bien el paisaje, pero nada de sus palabras. Recuerdo los jamargos y las liebres muertas en plena carretera, recuerdo el sonido fertilizante de las chicharras, los pinos intermitentes e impertinentes que nos negaban el camino recto y los diminutos e improvisados partidos de futbito a base de chinas o piñones. Pero de su boca, qué se yo, podría haber salido cualquier cosa. Y yo, no lo recuerdo.