Ditirambo
No, no es ciego el amor, sino encendido
por una luz interna que deslumbra
los ojos que al principio claro vieron.
No es débil el amor, sino obediente
a la orden taxativa
de la piedad, que su alma reblandece.
No inquieto es el amor, sino empeñado
en la profunda dicha
que habita siempre la secreta bodega
donde el olor del vino lo embriaga.
No tornadizo es el amor:
es fijo igual que la veleta de una pieza
que se olvida del viento y siempre apunta,
hecha brújula, al Norte que lo guía.
No vocinglero es el amor:
silencio, o susurro a lo más, todo su idioma,
con los ojos pendientes de otros ojos
que le transmiten la única palabra.
Gesticulante no es el amor,
porque, sereno, sus manos acarician
las deseadas facciones
y en ellas se abandonan y adormecen.
Triste no es el amor, sino jocundo
en la conversación de las miradas,
alegre en el rocío de los labios,
jubiloso en los márgenes del cuerpo.
No es fugaz el amor, no transitorio:
reconoce el olor de su morada,
posa en ella su sed, su pan, su hoguera
e inmoviliza el tiempo mientras dura.
No es cobarde el amor, que es esforzado.
Su proeza de arder en el secreto
o la de proclamarse con orgullo
el universo todo entero mueven.
Sus testigos, el sol y las estrellas
que él ordena y conduce todavía.
El poema de Tobias desangelado.
A. Gala.
por una luz interna que deslumbra
los ojos que al principio claro vieron.
No es débil el amor, sino obediente
a la orden taxativa
de la piedad, que su alma reblandece.
No inquieto es el amor, sino empeñado
en la profunda dicha
que habita siempre la secreta bodega
donde el olor del vino lo embriaga.
No tornadizo es el amor:
es fijo igual que la veleta de una pieza
que se olvida del viento y siempre apunta,
hecha brújula, al Norte que lo guía.
No vocinglero es el amor:
silencio, o susurro a lo más, todo su idioma,
con los ojos pendientes de otros ojos
que le transmiten la única palabra.
Gesticulante no es el amor,
porque, sereno, sus manos acarician
las deseadas facciones
y en ellas se abandonan y adormecen.
Triste no es el amor, sino jocundo
en la conversación de las miradas,
alegre en el rocío de los labios,
jubiloso en los márgenes del cuerpo.
No es fugaz el amor, no transitorio:
reconoce el olor de su morada,
posa en ella su sed, su pan, su hoguera
e inmoviliza el tiempo mientras dura.
No es cobarde el amor, que es esforzado.
Su proeza de arder en el secreto
o la de proclamarse con orgullo
el universo todo entero mueven.
Sus testigos, el sol y las estrellas
que él ordena y conduce todavía.
El poema de Tobias desangelado.
A. Gala.
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