Fantaseando Nº 2
Nadie tiene la culpa de esto, más que el destino. Oh, el destino... Esto escapa a nuestras manos, a las tuyas, que crees tan poderosas... pero sin embargo nada pueden contra los designios divinos. Es el voluptuoso destino quien acapara el pasado, el presente y el futuro, y nosotros estamos sujetos por tanto a sus caprichos. No somos sino efímeros actores de un papel desconocido que se va abriendo paso en el camino, y que sólo podemos dignar a interpretar sin reprochar el guión, ni el guionista, pues va más allá de nosotros mismos. Es quizá, como un barco a la deriva en un mar intempestuoso.
Sincericidio
Detesto aquello que todos piensan pero que nadie dice.
Detesto aquello que ninguno se atreve a delucidar.
Detesto aquello que está entre líneas, y opaca la mirada al hablar.
Detesto aquello que se mueve detrás de las personas, aunque todos saben -quizá inconscientemente- de su presencia.
Detesto cuando la boca dice lo que el corazón no siente, lo que el cerebro no piensa, lo que nos aculta como una máscara ante los demás.
Detesto la mentira, la falsedad, la hipocresía.
No me agradan las "mentiras piadosas", ni las cosas que impidan que corra la realidad.
No me agradan las personas que hacen de ello un bastión, alegando desde cortesía hasta sensibilidad.
No me agrada, sencillamente, aquello que vaya contra la sinceridad.
Prefiero, cien veces la amarga verdad a la falsedad de la mentira, al engañoso arrullo de su voz, a la suavidad de su ficción.
Quimera es sobre las personas que en ella confían.
Prefiero, simplemente, mi honestidad.
Detesto aquello que ninguno se atreve a delucidar.
Detesto aquello que está entre líneas, y opaca la mirada al hablar.
Detesto aquello que se mueve detrás de las personas, aunque todos saben -quizá inconscientemente- de su presencia.
Detesto cuando la boca dice lo que el corazón no siente, lo que el cerebro no piensa, lo que nos aculta como una máscara ante los demás.
Detesto la mentira, la falsedad, la hipocresía.
No me agradan las "mentiras piadosas", ni las cosas que impidan que corra la realidad.
No me agradan las personas que hacen de ello un bastión, alegando desde cortesía hasta sensibilidad.
No me agrada, sencillamente, aquello que vaya contra la sinceridad.
Prefiero, cien veces la amarga verdad a la falsedad de la mentira, al engañoso arrullo de su voz, a la suavidad de su ficción.
Quimera es sobre las personas que en ella confían.
Prefiero, simplemente, mi honestidad.
Depresión
No es la primera vez. Vuelve por las tardes, como un huésped indeseado, y se instala entre las profundidades de mi ser. Hoy ha decidido hacer de mí una persona de mirada triste y corazón acongojado. No hay razón aparente, pues todo me parece ya absurdo y mínimo. Lo único que queda es el vacío. Un vacío que no es posible llenar con nada, un vacío que, succionador, hace sangrar gota a gota la herida oculta.
Y cuando parece que ya ha pasado, regresa, con renovadas energías. Parece decidido a no dejarme, a no abandonar el oscuro tugurio donde habita. Y me invade la soledad, sólo me hacen compañía un par de canciones tan grises como el día de hoy. Pero acabará cuando el sol del nuevo día disipe las tinieblas y se imponga también en mí, y brille, al fin, la luz.
Y cuando parece que ya ha pasado, regresa, con renovadas energías. Parece decidido a no dejarme, a no abandonar el oscuro tugurio donde habita. Y me invade la soledad, sólo me hacen compañía un par de canciones tan grises como el día de hoy. Pero acabará cuando el sol del nuevo día disipe las tinieblas y se imponga también en mí, y brille, al fin, la luz.
Fantaseando Nº 1
Rara vez una película me sigue inquietando cuando ya la he visto como tres veces, como Troya. Es que una cosa es recordarla, y otra es verla. Quizás no sea gran cosa la película, será ya vieja y nada histórica, pero a mí me gustó...
El asunto es que me dejó pensando.
También era de noche y tenía sueño, que es cuando me agarra el fantaseo y me pongo a escribir.
¿Nunca pensamos cómo sería si pudiéramos revivir el pasado, retroceder en la historia aún mucho más atrás que Cristo, preguntarnos sobre los hombres de aquel entonces cuáles eran sus pasiones, sus temores, sus emociones? ¿Sobre la vida que llevaban, el porqué arriesgaban la vida en cada batalla? ¿Descubrir si amaban, odiaban y en qué creían?
O, simplemente, porqué vivían...
¿Qué los hacía levantarse cada mañana en una época tan distinta y extraña a la que nos toca vivir?
¿Qué era lo que los empujaba con ardor y pasión cada día de sus vidas?
¿Cuál era el objetivo al cual decidían consagrar su existencia?
¿Cuáles fueron sus historias más emocionantes, acaso aquellas marcadas por la sangre y el fuego?
¿O aquellas de honor y traición, de deber y lealtad?
¿Será, tal vez, por la emoción que implicaba el hecho de que cada momento pudiera ser el último?
Quizá no eran concientes que con cada lucha diaria que libraban para abrirse paso en la dura vida estaban escribiendo historia. Su historia. La historia del mundo. Que estaban forjando, a golpe de espada, el futuro.
Pero de lo que sí con seguridad eran concientes, que su efímero paso por la tierra moría con los primeros fríos del invierno. Que el abrirse paso y llegar alto estaba en manos de sus propias capacidades.
Tan sólo... que la vida era una lucha, donde sólo sobevivían los más fuertes.
Que debían ganar.
El asunto es que me dejó pensando.
También era de noche y tenía sueño, que es cuando me agarra el fantaseo y me pongo a escribir.
¿Nunca pensamos cómo sería si pudiéramos revivir el pasado, retroceder en la historia aún mucho más atrás que Cristo, preguntarnos sobre los hombres de aquel entonces cuáles eran sus pasiones, sus temores, sus emociones? ¿Sobre la vida que llevaban, el porqué arriesgaban la vida en cada batalla? ¿Descubrir si amaban, odiaban y en qué creían?
O, simplemente, porqué vivían...
¿Qué los hacía levantarse cada mañana en una época tan distinta y extraña a la que nos toca vivir?
¿Qué era lo que los empujaba con ardor y pasión cada día de sus vidas?
¿Cuál era el objetivo al cual decidían consagrar su existencia?
¿Cuáles fueron sus historias más emocionantes, acaso aquellas marcadas por la sangre y el fuego?
¿O aquellas de honor y traición, de deber y lealtad?
¿Será, tal vez, por la emoción que implicaba el hecho de que cada momento pudiera ser el último?
Quizá no eran concientes que con cada lucha diaria que libraban para abrirse paso en la dura vida estaban escribiendo historia. Su historia. La historia del mundo. Que estaban forjando, a golpe de espada, el futuro.
Pero de lo que sí con seguridad eran concientes, que su efímero paso por la tierra moría con los primeros fríos del invierno. Que el abrirse paso y llegar alto estaba en manos de sus propias capacidades.
Tan sólo... que la vida era una lucha, donde sólo sobevivían los más fuertes.
Que debían ganar.





