¿Cómo se aman los lobos?
Los lobos siempre se aman en noche de luna llena, entre olores de tomillos, jaras, brezos y cantuesos, sobre un lecho de musgo hinchado y cubiertos por una tupida sábana de estrellas. Así es como bailan su danza de amor y se juran amor eterno, sabiendo que la única eternidad posible es precisamente ese presente que ahora mismo tienen y del que no quieren su final.
Hace años cuando mi cuerpo estaba menos ajado y el frío no penetraba en él, tuve un bonito sueño estando totalmente lúcido: mi mente viajaba por un valle muy hermoso, cercado de esbeltas montañas, allí reinaban los robles, enormes cual gigantes, viejos como sabios, acogedores y cálidos como el regazo de una madre, la paz se detenía cubriéndolo todo, el tiempo no existía como tampoco la vergüenza, el cuerpo vestido de nada ya que de nada había que esconder, todo era un regalo, sólo tu presencia faltaba y tal como lo habíamos pactado vendrías a la hora convenida dándome el tiempo suficiente para preparar nuestro tálamo. Me dijiste con timidez que sí querías venir, que te abandonabas a mí y a la locura que te ofrecía, decidiste embarcarte rumbo a lo desconocido sabiendo que íbamos juntos y de la mano en ese viaje.
El mañana no existía en nuestro vocabulario, el ayer quedaba muy lejano y el presente formaba la perfecta conjunción de nuestros astros, tú y yo, yo y tú, nosotros y el amor en la confianza, en la ternura, en la pasión de dar y recibir, en el deseo de regalar y ver como se acepta.
La luz del atardecer en la estación del otoño atravesaba pecando entre las hojas doradas invadiendo todo con su manto rubio, una ligera brisa cantaba odas silbando como un ruiseñor enamorado, el buen olor del monte acurrucando los sentidos y embriagando el alma de paz, el ronroneo de un arroyo con agua gélida mecía el pensamiento y todo era armonía.
El lugar elegido estaba al abrigo del mundo, era mi jardín y desde ahora también sería el tuyo. Allí las estrellas brillan más que en ningún otro sitio, intensas igual que el olor del incienso, sinceras como el llanto de un niño y verdaderas igual que mi amor por ti.
Llegué unas horas antes para preparar nuestro encuentro, cogí piedras e hice un circulo, cogí leña y la deposité, cogí flores y las escondí debajo de los helechos; todo era para ti. Y por fin viniste, en la palma de tu mano y aprovechando las líneas que tienes dibujadas, vida, cabeza y sobre todo corazón, te hice un plano y no te perdiste, encontraste el lugar sin titubeos. Recuerdo que llegaste temblorosa con una sonrisa esplendente, decidida, radiante, pelo suelto, hermosa, lozana y ufana. Deseaba esa hora igual que el corazón quiere bombear sangre. Quería que vinieras y llegaste. Nos hablamos con la vista y con la boca te besé. El último rayo de sol pasó por el jardín rozándote, acariciando tu vello, coqueteando contigo.
Prendí el fuego y mi deseo creció con él. Miles de estrellas fugaces nacían de entre el alma de la madera, su crepitar sonaba melódico y a todas les pedí lo mismo. Solicité tu mirada y que te abandonaras a lo que demandase tu alma.
Empecé a bailar alrededor del calor, un baile sin música, saliendo de mi boca sonidos guturales, ásperos, tribales, primitivos, con movimientos compulsos, arrítmicos, violentos, salvajes, crueles, sensuales. La locura reinaba en mí ser y por fin te contagiaste de la magia, envolviéndote por completo con su capa. Me seguiste en la locura y yo a ti, juntos avanzábamos hacia la nada y hacia el todo. Miraba al cielo y este sonreía, miraba las montañas y estas también bailaban, los árboles ahora se asemejaban a una inmensa orquesta representando un maravilloso concierto de violines.
Te miraba a ti y di gracias a la vida, gracias y mil millones de millones de gracias. Sin dolor, sin frío, sin hambre, sin odios, sin rencor, sin represiones. Con amor, con pasión, con deseo, exaltando nuestros sentidos seguimos y seguimos bailando alrededor del centro de la tierra, bailando al borde de los éxtasis, inmersos en el embeleso de la dulzura y la ternura, la noche se hizo presente y nuestras miradas se soldaron, la danza cesó, nos acercamos, sabíamos que nos íbamos a amar. Sentí el borde de tus labios en los míos, percibí el cálido aliento de tu existencia, toqué tus hombros y me parecieron sublimes. Nos despojamos de la única atadura que quedaba en nuestros cuerpos y así nos descubrimos desnudos, arrancamos la vergüenza, la miseria, el odio, la desdicha y emergió la inocencia, el idealismo, la magnanimidad y la fortuna del encuentro amoroso soñado. Apreté tu cuerpo al mío y la piel se me erizó. Crecí de deseo, quería tu locura ya que yo loco estaba, tus dedos apretaban mi espalda y la fuerza de la hoguera me parecía pequeña comparada con nuestro impulso. Mis manos palparon la suave miel de tu sexo y juntos decidimos, sin hablar, ser uno.
En el cielo la luna llena se hizo presente, redonda, resplandeciente y así ella fue el testigo ciego y mudo de nuestro amor.
Había otros dos observadores, pude ver un solo instante sus siluetas cortadas en lo alto de las rocas pero fue suficiente para reconocer quienes eran, otras noches de luna llena yo les observé escondido y de ellos aprendí. Hoy ha sido al revés.
Hace años cuando mi cuerpo estaba menos ajado y el frío no penetraba en él, tuve un bonito sueño estando totalmente lúcido: mi mente viajaba por un valle muy hermoso, cercado de esbeltas montañas, allí reinaban los robles, enormes cual gigantes, viejos como sabios, acogedores y cálidos como el regazo de una madre, la paz se detenía cubriéndolo todo, el tiempo no existía como tampoco la vergüenza, el cuerpo vestido de nada ya que de nada había que esconder, todo era un regalo, sólo tu presencia faltaba y tal como lo habíamos pactado vendrías a la hora convenida dándome el tiempo suficiente para preparar nuestro tálamo. Me dijiste con timidez que sí querías venir, que te abandonabas a mí y a la locura que te ofrecía, decidiste embarcarte rumbo a lo desconocido sabiendo que íbamos juntos y de la mano en ese viaje.
El mañana no existía en nuestro vocabulario, el ayer quedaba muy lejano y el presente formaba la perfecta conjunción de nuestros astros, tú y yo, yo y tú, nosotros y el amor en la confianza, en la ternura, en la pasión de dar y recibir, en el deseo de regalar y ver como se acepta.
La luz del atardecer en la estación del otoño atravesaba pecando entre las hojas doradas invadiendo todo con su manto rubio, una ligera brisa cantaba odas silbando como un ruiseñor enamorado, el buen olor del monte acurrucando los sentidos y embriagando el alma de paz, el ronroneo de un arroyo con agua gélida mecía el pensamiento y todo era armonía.
El lugar elegido estaba al abrigo del mundo, era mi jardín y desde ahora también sería el tuyo. Allí las estrellas brillan más que en ningún otro sitio, intensas igual que el olor del incienso, sinceras como el llanto de un niño y verdaderas igual que mi amor por ti.
Llegué unas horas antes para preparar nuestro encuentro, cogí piedras e hice un circulo, cogí leña y la deposité, cogí flores y las escondí debajo de los helechos; todo era para ti. Y por fin viniste, en la palma de tu mano y aprovechando las líneas que tienes dibujadas, vida, cabeza y sobre todo corazón, te hice un plano y no te perdiste, encontraste el lugar sin titubeos. Recuerdo que llegaste temblorosa con una sonrisa esplendente, decidida, radiante, pelo suelto, hermosa, lozana y ufana. Deseaba esa hora igual que el corazón quiere bombear sangre. Quería que vinieras y llegaste. Nos hablamos con la vista y con la boca te besé. El último rayo de sol pasó por el jardín rozándote, acariciando tu vello, coqueteando contigo.
Prendí el fuego y mi deseo creció con él. Miles de estrellas fugaces nacían de entre el alma de la madera, su crepitar sonaba melódico y a todas les pedí lo mismo. Solicité tu mirada y que te abandonaras a lo que demandase tu alma.
Empecé a bailar alrededor del calor, un baile sin música, saliendo de mi boca sonidos guturales, ásperos, tribales, primitivos, con movimientos compulsos, arrítmicos, violentos, salvajes, crueles, sensuales. La locura reinaba en mí ser y por fin te contagiaste de la magia, envolviéndote por completo con su capa. Me seguiste en la locura y yo a ti, juntos avanzábamos hacia la nada y hacia el todo. Miraba al cielo y este sonreía, miraba las montañas y estas también bailaban, los árboles ahora se asemejaban a una inmensa orquesta representando un maravilloso concierto de violines.
Te miraba a ti y di gracias a la vida, gracias y mil millones de millones de gracias. Sin dolor, sin frío, sin hambre, sin odios, sin rencor, sin represiones. Con amor, con pasión, con deseo, exaltando nuestros sentidos seguimos y seguimos bailando alrededor del centro de la tierra, bailando al borde de los éxtasis, inmersos en el embeleso de la dulzura y la ternura, la noche se hizo presente y nuestras miradas se soldaron, la danza cesó, nos acercamos, sabíamos que nos íbamos a amar. Sentí el borde de tus labios en los míos, percibí el cálido aliento de tu existencia, toqué tus hombros y me parecieron sublimes. Nos despojamos de la única atadura que quedaba en nuestros cuerpos y así nos descubrimos desnudos, arrancamos la vergüenza, la miseria, el odio, la desdicha y emergió la inocencia, el idealismo, la magnanimidad y la fortuna del encuentro amoroso soñado. Apreté tu cuerpo al mío y la piel se me erizó. Crecí de deseo, quería tu locura ya que yo loco estaba, tus dedos apretaban mi espalda y la fuerza de la hoguera me parecía pequeña comparada con nuestro impulso. Mis manos palparon la suave miel de tu sexo y juntos decidimos, sin hablar, ser uno.
En el cielo la luna llena se hizo presente, redonda, resplandeciente y así ella fue el testigo ciego y mudo de nuestro amor.
Había otros dos observadores, pude ver un solo instante sus siluetas cortadas en lo alto de las rocas pero fue suficiente para reconocer quienes eran, otras noches de luna llena yo les observé escondido y de ellos aprendí. Hoy ha sido al revés.





