(XXX) LA BRUMA DEL ZAMBEZE NO ES LO QUE PARECE (I)
Ungo hundió sus manos en el Zambeze. Como cada mañana, temió por un instante que alguna piraña le mordiese. Pero luego, como cada mañana se dio cuenta de que las pirañas viven en Brasil, en el Amazonas, y no en el Zambeze.
Y , como cada mañana, suspiró aliviado.
Luego se puso en pie, y se entretuvo en oír el machacón sonido del amasado de la mandioca llevado a cabo cada día por las infatigables mujeres de la aldea. Ese era el único sonido que se podía oir aquel día. Los niños estaban en silencio, asistiendo a la escuela, donde impartía clases el célebre misionero holandés Patrick Nanninga. Y los hombres estaban todos asistiendo a la ceremonia del limado de uñas del Enorme Elefante Blanco...
Por cierto, él era un hombre...
¿Qué hacía que no estaba con el resto de los hombres?
Se dio cuenta de que él tenía que estar en la ceremonia.
Ungo se echó las manos a la cabeza y salió corriendo a perseguir al resto de los hombres del poblado. Como hacía a menudo Raquel Gaztelu, una indígena que tenía muy mala fama.
- ¡Ay Dios, ay Dios, que cabeza la mía!
Mientras corría Ungo se iba torturando, pensando en cómo le iban a mirar los otros, por llegar tarde. Por llegar tarde una vez más. Pero no solo a la ceremonia trimestral del limado de uñas del elefante blanco (enorme), sino a cualquier acto solemne y no solemne que tuviera lugar.
Cuando llegó el Elefante ya tenía la uña delicadamente hecha, y los hombres volvían hacia el poblado. Ungo se iba cruzando con los primeros que volvían. Justo debía coincidir que eran los agoreros.
- ..de verdad que...
- ...prepárate Ungo...
- ...esta vez te has pasado...
- ...la que te va a caer...
- ...está Giovanni contigo que trina...
Ungo lo iba oyendo mientras los esquivaba. E iba totalmente rabioso haciéndoles el signo del dedo corazón. Hasta que llegó al círculo un poco mágico donde había tenido lugar la ceremonia. El elefante también se había pirado ya. Sólo quedaba allí Giovanni, que ni siquiera se dio la vuelta, (A lo mejor miró un poco de reojillo) para decirle a Ungo, que estaba fatigado y se había puesto las manos sobre los muslos, en plan “Oye que tengo que tirar un par de tiros libres, y estoy cansadísimo”:
- De verdad que prepárate Ungo. Esta vez te has pasado, la que te a caer, estoy contigo que trino.
- Pero yo...argumentó hábilmente Ungo
- ¡Pst! Silencio ya, leche. Voy a hablar yo.
Y vaya si habló, el Giovanni
“Cuando cumpliste 18 años, y pasaste la prueba del guerrero, todos en el consejo pensamos que estábamos ante un buen soldado y un buen trabajador de esta tribu. En el consejo de ancianos podemos equivocarnos de vez en cuando, por ejemplo, Abel, a veces se bebe el agua donde su mujer deja la dentadura, Mateo, otras veces saca a pastorear a sus ovejas, solo que en vez de llevarse a las ovejas se lleva a los niños de clase del pastor Nanninga. Pero he llegado a la conclusión de que lo tuyo no tiene remedio, así que voy a proponer tu destierro”.
Y este es el modo en que se plantearon las cosas. Del modo en que se embrollaron y desembrollaron, os contaré en capítulos sucesivos.
Es verdaderamente sorprendente.
Y , como cada mañana, suspiró aliviado.
Luego se puso en pie, y se entretuvo en oír el machacón sonido del amasado de la mandioca llevado a cabo cada día por las infatigables mujeres de la aldea. Ese era el único sonido que se podía oir aquel día. Los niños estaban en silencio, asistiendo a la escuela, donde impartía clases el célebre misionero holandés Patrick Nanninga. Y los hombres estaban todos asistiendo a la ceremonia del limado de uñas del Enorme Elefante Blanco...
Por cierto, él era un hombre...
¿Qué hacía que no estaba con el resto de los hombres?
Se dio cuenta de que él tenía que estar en la ceremonia.
Ungo se echó las manos a la cabeza y salió corriendo a perseguir al resto de los hombres del poblado. Como hacía a menudo Raquel Gaztelu, una indígena que tenía muy mala fama.
- ¡Ay Dios, ay Dios, que cabeza la mía!
Mientras corría Ungo se iba torturando, pensando en cómo le iban a mirar los otros, por llegar tarde. Por llegar tarde una vez más. Pero no solo a la ceremonia trimestral del limado de uñas del elefante blanco (enorme), sino a cualquier acto solemne y no solemne que tuviera lugar.
Cuando llegó el Elefante ya tenía la uña delicadamente hecha, y los hombres volvían hacia el poblado. Ungo se iba cruzando con los primeros que volvían. Justo debía coincidir que eran los agoreros.
- ..de verdad que...
- ...prepárate Ungo...
- ...esta vez te has pasado...
- ...la que te va a caer...
- ...está Giovanni contigo que trina...
Ungo lo iba oyendo mientras los esquivaba. E iba totalmente rabioso haciéndoles el signo del dedo corazón. Hasta que llegó al círculo un poco mágico donde había tenido lugar la ceremonia. El elefante también se había pirado ya. Sólo quedaba allí Giovanni, que ni siquiera se dio la vuelta, (A lo mejor miró un poco de reojillo) para decirle a Ungo, que estaba fatigado y se había puesto las manos sobre los muslos, en plan “Oye que tengo que tirar un par de tiros libres, y estoy cansadísimo”:
- De verdad que prepárate Ungo. Esta vez te has pasado, la que te a caer, estoy contigo que trino.
- Pero yo...argumentó hábilmente Ungo
- ¡Pst! Silencio ya, leche. Voy a hablar yo.
Y vaya si habló, el Giovanni
“Cuando cumpliste 18 años, y pasaste la prueba del guerrero, todos en el consejo pensamos que estábamos ante un buen soldado y un buen trabajador de esta tribu. En el consejo de ancianos podemos equivocarnos de vez en cuando, por ejemplo, Abel, a veces se bebe el agua donde su mujer deja la dentadura, Mateo, otras veces saca a pastorear a sus ovejas, solo que en vez de llevarse a las ovejas se lleva a los niños de clase del pastor Nanninga. Pero he llegado a la conclusión de que lo tuyo no tiene remedio, así que voy a proponer tu destierro”.
Y este es el modo en que se plantearon las cosas. Del modo en que se embrollaron y desembrollaron, os contaré en capítulos sucesivos.
Es verdaderamente sorprendente.
(XXIX) LA CONOCIDA HISTORIA DE ARN (Arn, Trini y Adito: La Movida V)
Veo que no entendemos de besos. Veo que nos es difícil distinguir entre besos históricos y eternamente recordables y besos de “hola ¿qué haces por aquí?”. Es normal. Y da igual.
Adito, el hombre que nunca sabía que decir cuando le besaban. Bueno, mejor dicho que nunca supo que decir aquella vez que le besaron, tuvo la sensación de que le estaba ocurriendo otra vez, así que puso toda la voluntad del mundo en decir algo, cualquier cosa.
- La correa del reloj es falsa. Se oxida. No es titanio.
Trini, que tampoco era una experta, no se sabía su clásica respuesta de “calla tonto y le besó otra vez”, sino que de un modo que , de todas formas sonó mágico para el tontorrón de Adito, dijo:
- ¿Cómo? ¿Titanio? ¿Qué?
Y resulta que Adito, tampoco se sabía bien su papel de “la cogió fuerte entre sus brazos y la estrechó contra su varonil pecho...” ni ningún otro papel, el desgraciado, de modo que se vió obligado a declarar:
- Es que me dijeron que era Titanio la correa del reloj y que el año se presentaba muy lluvioso, y que era mejor que llevara la correa de Titanio. Que menudo cante si el reloj es waterproof, y, va la correa y se oxida.
- Creo que no entiendo nada de lo que dices.
- Lo que no sé si es antichoc.
Y ella, esta vez sí, le beso otra vez. Y él empezó a razonar deprisa, y razonó que no estaba mostrando ningún encanto especial. Y que una cosa tan grande como Trini, seguramente requería de un modo de conquista original, talentoso, y no la mierda de balbuceo que estaba ofreciendo.
Y mientras ella, le besaba por tercera vez, el deseó que el beso durase lo máximo posible para darle tiempo a corresponder con talento a tanta efusividad. Porque el sabía que ella se merecía más que el máximo que él podía dar, así que lo mínimo era dar el máximo.
Mientras buscaba algo brillante en su interior, se dio perfecta cuenta de que los besos de Trini eran dulces como caramelos chupados de Coca Cola. Sin duda un dato hipnotizador, claro. Ella le concedió una prórroga.
- Perdona he de bajar al excusado un momento.
- Si, claro.
Mientras ella bajaba con gran elegancia las estrechas escaleras, él se dio cuenta de que tenía la solución en la mano. Sabía que Trini adoraba a Arn, y que si él tenía un buen detalle con Arn, probablemente ganaría puntos tipo oro con ella. Y se acordó de un solomillo que tenía en el refrigerador. Y lo cogió. Un pedazo de solomillo de ternera de más de un kilo. Así que salió a la puerta del bar, y gritó. Y aquello fue un tremendo error, porque lo que la pobre Trini escuchó desde el servicio fue lo siguiente.
- ¡¡¡Eh, vuelve, vuelve!! ¡¡Mira que cacho de carne tengo preparado para ti!!
Por supuesto Trini desapareció para siempre.
Besos para todos
Adito, el hombre que nunca sabía que decir cuando le besaban. Bueno, mejor dicho que nunca supo que decir aquella vez que le besaron, tuvo la sensación de que le estaba ocurriendo otra vez, así que puso toda la voluntad del mundo en decir algo, cualquier cosa.
- La correa del reloj es falsa. Se oxida. No es titanio.
Trini, que tampoco era una experta, no se sabía su clásica respuesta de “calla tonto y le besó otra vez”, sino que de un modo que , de todas formas sonó mágico para el tontorrón de Adito, dijo:
- ¿Cómo? ¿Titanio? ¿Qué?
Y resulta que Adito, tampoco se sabía bien su papel de “la cogió fuerte entre sus brazos y la estrechó contra su varonil pecho...” ni ningún otro papel, el desgraciado, de modo que se vió obligado a declarar:
- Es que me dijeron que era Titanio la correa del reloj y que el año se presentaba muy lluvioso, y que era mejor que llevara la correa de Titanio. Que menudo cante si el reloj es waterproof, y, va la correa y se oxida.
- Creo que no entiendo nada de lo que dices.
- Lo que no sé si es antichoc.
Y ella, esta vez sí, le beso otra vez. Y él empezó a razonar deprisa, y razonó que no estaba mostrando ningún encanto especial. Y que una cosa tan grande como Trini, seguramente requería de un modo de conquista original, talentoso, y no la mierda de balbuceo que estaba ofreciendo.
Y mientras ella, le besaba por tercera vez, el deseó que el beso durase lo máximo posible para darle tiempo a corresponder con talento a tanta efusividad. Porque el sabía que ella se merecía más que el máximo que él podía dar, así que lo mínimo era dar el máximo.
Mientras buscaba algo brillante en su interior, se dio perfecta cuenta de que los besos de Trini eran dulces como caramelos chupados de Coca Cola. Sin duda un dato hipnotizador, claro. Ella le concedió una prórroga.
- Perdona he de bajar al excusado un momento.
- Si, claro.
Mientras ella bajaba con gran elegancia las estrechas escaleras, él se dio cuenta de que tenía la solución en la mano. Sabía que Trini adoraba a Arn, y que si él tenía un buen detalle con Arn, probablemente ganaría puntos tipo oro con ella. Y se acordó de un solomillo que tenía en el refrigerador. Y lo cogió. Un pedazo de solomillo de ternera de más de un kilo. Así que salió a la puerta del bar, y gritó. Y aquello fue un tremendo error, porque lo que la pobre Trini escuchó desde el servicio fue lo siguiente.
- ¡¡¡Eh, vuelve, vuelve!! ¡¡Mira que cacho de carne tengo preparado para ti!!
Por supuesto Trini desapareció para siempre.
Besos para todos
(XXIX) LA CONOCIDA HISTORIA DE ARN (¡Castigo! ¿Castigo? IV)
Yo no sé ya ni cuantas veces ni en cuantos idiomas he dicho que el frío de aquel invierno era intensísimo. ¿Cuántas veces lo puedo haber dicho? ¿Quince, veinte veces? Por favor, a ver si nos enteramos ya...
Esto es muy importante en la historia. Muchísimo más importante que el hecho de que Arn hiciese un ruido asqueroso al masticar o como se llame eso (Slurpear, quizá) las sopas de pan y café. Y que por eso, Adito y Trini, la de los besos dulces, estuviesen callados esperando a que Arn terminase de una vez su desayuno, y se fuera a perrear al solar de al lado.
Ocurrió al fin, Arn por fin pasó su jamón york por el fondo del cacharro, y cuando quedó limpio del todo, y sin esperar a ver si le caía una colleja de propina salió por la puerta que, previsoramente le abrió Trini. Después de todo, Trini no sólo daba besos dulces, sino que también abría la puerta a perros buenos en apuros. Después de todo una patada de Adito hubiera sido irreparable. Demasiado humillante como para perdonar.
Pero no hubo. Arn salió flexionando las piernas, como hacen los perros cuando saben que han hecho algo malo. (Hay otros que, aunque en aquel momento no hayan hecho nada malo, también se sienten culpables todo el tiempo, quizá por un pasado tormentoso, y basta con que les digas ¿Qué has hecho?, para que huyan flexionados y cabizbajos. Si conocéis a la linda Sam, sabéis de lo que hablo)
- ¿Qué hacemos con él?
Por la mente de Trini, creo que del sabor de sus besos ya os he hablado, cruzó por un momento la idea de “es tu perro, a mi que me cuentas”. Pero esa idea no se paró. En realidad la idea salió disparada, atravesó la ventana sin romperla y se chocó con una farola, que no nos habíamos fijado en ella, pero que estaba muy currada con unos relieves tremendamente decorativos y una forma especial. (Forma de pera invertida, a su vez invertida.)
- Ya bastante ha tenido, el pobre, déjale tranquilo, Adito.
Que Adito recordara Trini jamás había pronunciado su nombre...Y esto le sonó más cálido de lo que esperaba. Así que intentó que lo dijese otra vez. Bueno, mejor dicho intentó pensar una estrategia para que lo dijese otra vez. Sin embargo todas las que pensaba eran estúpidas: “Como me llamo...er...¿Cómo me llamo?” o “Si fuese yo muy pequeño y estuviese apurado en realidad estaría apur....”
Como todo esto eran tonterías pensó que lo mejor era...
- Adito...
Se sorprendió de que Trini, la de los besos dulces dijese su nombre por segunda vez en quince segundos, en los últimos años. Pero, claro, no era cuestión de dejarse llevar, además nunca se había planteado que se pudiese amar a Trini, la de los besos dulces,...Pero sobre todo, ella lo único que había hecho era pronunciar su nombre, no había que hacerse ilusiones. Además que él supiese el no había pensado que esto, si fuera así, le tuviese que hacer ilusión.
- Adito...
Y pensó que ¡tres!. Algo le quería decir, claro. Y eso en pura lógica no tendría que inquietarle, además podía echar el freno perfectamente.
- ¡Adito, coño!
- ¡Qué!
Y, fue entonces cuando Trini, la de los besos dulces, le besó.
La tía jodía.
Al mismo tiempo Arn perseguía un gato. Pero ni siquiera él pretendía ostentar el protagonismo por ahora.
(En la siguiente parte la lujuria y la movida se desatan, eso os lo digo desde ya)
Esto es muy importante en la historia. Muchísimo más importante que el hecho de que Arn hiciese un ruido asqueroso al masticar o como se llame eso (Slurpear, quizá) las sopas de pan y café. Y que por eso, Adito y Trini, la de los besos dulces, estuviesen callados esperando a que Arn terminase de una vez su desayuno, y se fuera a perrear al solar de al lado.
Ocurrió al fin, Arn por fin pasó su jamón york por el fondo del cacharro, y cuando quedó limpio del todo, y sin esperar a ver si le caía una colleja de propina salió por la puerta que, previsoramente le abrió Trini. Después de todo, Trini no sólo daba besos dulces, sino que también abría la puerta a perros buenos en apuros. Después de todo una patada de Adito hubiera sido irreparable. Demasiado humillante como para perdonar.
Pero no hubo. Arn salió flexionando las piernas, como hacen los perros cuando saben que han hecho algo malo. (Hay otros que, aunque en aquel momento no hayan hecho nada malo, también se sienten culpables todo el tiempo, quizá por un pasado tormentoso, y basta con que les digas ¿Qué has hecho?, para que huyan flexionados y cabizbajos. Si conocéis a la linda Sam, sabéis de lo que hablo)
- ¿Qué hacemos con él?
Por la mente de Trini, creo que del sabor de sus besos ya os he hablado, cruzó por un momento la idea de “es tu perro, a mi que me cuentas”. Pero esa idea no se paró. En realidad la idea salió disparada, atravesó la ventana sin romperla y se chocó con una farola, que no nos habíamos fijado en ella, pero que estaba muy currada con unos relieves tremendamente decorativos y una forma especial. (Forma de pera invertida, a su vez invertida.)
- Ya bastante ha tenido, el pobre, déjale tranquilo, Adito.
Que Adito recordara Trini jamás había pronunciado su nombre...Y esto le sonó más cálido de lo que esperaba. Así que intentó que lo dijese otra vez. Bueno, mejor dicho intentó pensar una estrategia para que lo dijese otra vez. Sin embargo todas las que pensaba eran estúpidas: “Como me llamo...er...¿Cómo me llamo?” o “Si fuese yo muy pequeño y estuviese apurado en realidad estaría apur....”
Como todo esto eran tonterías pensó que lo mejor era...
- Adito...
Se sorprendió de que Trini, la de los besos dulces dijese su nombre por segunda vez en quince segundos, en los últimos años. Pero, claro, no era cuestión de dejarse llevar, además nunca se había planteado que se pudiese amar a Trini, la de los besos dulces,...Pero sobre todo, ella lo único que había hecho era pronunciar su nombre, no había que hacerse ilusiones. Además que él supiese el no había pensado que esto, si fuera así, le tuviese que hacer ilusión.
- Adito...
Y pensó que ¡tres!. Algo le quería decir, claro. Y eso en pura lógica no tendría que inquietarle, además podía echar el freno perfectamente.
- ¡Adito, coño!
- ¡Qué!
Y, fue entonces cuando Trini, la de los besos dulces, le besó.
La tía jodía.
Al mismo tiempo Arn perseguía un gato. Pero ni siquiera él pretendía ostentar el protagonismo por ahora.
(En la siguiente parte la lujuria y la movida se desatan, eso os lo digo desde ya)
(XXIX) LA CONOCIDA HISTORIA DE ARN (Calentito te quedaste III)
Adito tenía una cosa buena. Era el que se presentaba el primero en la mañana, para abrir el bar. Y lo hacía muy bien. Media hora antes de que llegara Trini, la de los besos dulces, se plantaba en pie delante de la puerta, y a pesar del frío intensísimo, abría con la llave, sin que le temblara lo más mínimo la mano. Fue exactamente lo que hizo aquella mañana. Y, de ninguna manera, os vais a creer lo que vio:
Arn, dormía a ronquido suelto, todo extendido sobre la plancha. La plancha sobre la que se hacían los sanwiches mixtos y los bocatas de panceta. Adito sintió dolor. Dolor espiritual.
Ese pellizco doloroso fue el que le hizo exclamar:
- ¡Pero qué es esto! ¡Perro cabrón!
Las perros tienen el mágico poder de oír frecuencias que son inaudibles para el ser humano. Esto es muy bonito, por supuesto, pero, a cambio se asustan del mismo modo que los seres humanos. Pegando un brinco. Así que, Arn, al que no le era desconocida la voz de Adito, ni tampoco le era desconocido el hecho de que al dormir encima de la plancha, estaba haciendo algo punible.
O sea, que pegó un brinco. Y fue de tal calibre, que cayó patas arriba en el suelo. Y se hizo daño. Al mismo tiempo que se hacía daño, deseó con todas sus fuerzas que aquel conflicto acabara allí y no fuese más lejos. Pero el conflicto era de esos tan mamones que si sospechan que tu quieres que se acaben, subsisten y subsiten y subsiten, aunque se perjudiquen a ellos mismos.
Es decir que Adito se sentó en una silla y se tapó los ojos con las manos. Arn no hizo ni un solo movimiento, para no llamar la atención.
El aire se podía cortar con un cuchillo.
Pero nadie lo intentó.
Y, tampoco nadie intentó cortarlo con otra cosa que no fuera un cuchillo.
Con unos alicates, por ejemplo.
No.
Nadie.
El único que estaba ahí, de todos modos era Adito. Y no tenía ganas de experimentos.
Pero en eso llegó Trini, con su digna coleta bamboleante. Una coleta cachas, si queréis saberlo. También se trajo su voz (Trini tenía voz-suspiro, si me perdonáis).
- Buenos días.
- Si, claro-respondió Adito, quitándose las manos de los ojos.
Arn se sintió aliviado al ver, que por lo menos Adito no había roto a llorar. Le entró cierto alivio, sí. Pero al mismo tiempo le entró una nueva angustia. Era la hora de su fuerte desayuno...¿Cómo podía afectar a eso la situación? ¿Se quedaría sin café con pan? ¿Tendría que pasar el día en ayunas? ¿Tal vez el resto de su vida en ayunas?
Pronto salió de dudas el perro. Adito se dirigió a Trini.
- Ponle el desayuno al perro. Te tengo que contar.
Pero lo dijo en un tono tan frío que Arn se sintió hasta mal. Aliviado en lo hambruno, pero mal en lo psicológico. Y sin embargo el pecado no era de intención, sino de debilidad. Un pecado perdonable a todas luces. Después de todo era una noche fría, y el único lugar calentito a primera hora de la noche, era la plancha. Encima, con el susto se había depilado, porque al caerse de la plancha, había notado un tirón en sus pelillos amarillos de la tripa. Se ve que la grasa de la panceta, había hecho las labores de cera depilatoria.
- ¡Que es esto!
Eso fue lo que dijo Adito cuando vió una mata de pelos amarillos pegados en la plancha. Incluso soltó un cruel:
- ¡Por Dios, que asco!
Y esa exclamación, o lo que pudo oír Arn de ella mientras masticaba el pan con café del desayuno le dolió al perro en sus adentros. Fue entonces cuando pensó en irse de allí para siempre.
No era tan estúpido como para ignorar que la pelusa amarilla podía ser un asco. Pero...eran sus pelos. NO hacía falta decirlo. Y si Adito lo decía era para humillarle. Y si quería humillarle, es que no le tenía mucho aprecio. Y si no le tenía aprecio...¿Para qué continuar ahí?. Sólo Trini parecía quererle. Pero por un instante nada más, porque se unió rápidamente al Partido Escrupuloso:
- ¡Uf! Si. Es un asco, la verdad.
Todo se destruye cuando pasan estas cosas. De un día para otro crees que hay algo detrás de ti, y cuando te quieres dar cuenta, eres tu solo. Y tanto como quiso a Trini...
(La verdad, no sé que pasará ahora...¡Qué desazón!)
Arn, dormía a ronquido suelto, todo extendido sobre la plancha. La plancha sobre la que se hacían los sanwiches mixtos y los bocatas de panceta. Adito sintió dolor. Dolor espiritual.
Ese pellizco doloroso fue el que le hizo exclamar:
- ¡Pero qué es esto! ¡Perro cabrón!
Las perros tienen el mágico poder de oír frecuencias que son inaudibles para el ser humano. Esto es muy bonito, por supuesto, pero, a cambio se asustan del mismo modo que los seres humanos. Pegando un brinco. Así que, Arn, al que no le era desconocida la voz de Adito, ni tampoco le era desconocido el hecho de que al dormir encima de la plancha, estaba haciendo algo punible.
O sea, que pegó un brinco. Y fue de tal calibre, que cayó patas arriba en el suelo. Y se hizo daño. Al mismo tiempo que se hacía daño, deseó con todas sus fuerzas que aquel conflicto acabara allí y no fuese más lejos. Pero el conflicto era de esos tan mamones que si sospechan que tu quieres que se acaben, subsisten y subsiten y subsiten, aunque se perjudiquen a ellos mismos.
Es decir que Adito se sentó en una silla y se tapó los ojos con las manos. Arn no hizo ni un solo movimiento, para no llamar la atención.
El aire se podía cortar con un cuchillo.
Pero nadie lo intentó.
Y, tampoco nadie intentó cortarlo con otra cosa que no fuera un cuchillo.
Con unos alicates, por ejemplo.
No.
Nadie.
El único que estaba ahí, de todos modos era Adito. Y no tenía ganas de experimentos.
Pero en eso llegó Trini, con su digna coleta bamboleante. Una coleta cachas, si queréis saberlo. También se trajo su voz (Trini tenía voz-suspiro, si me perdonáis).
- Buenos días.
- Si, claro-respondió Adito, quitándose las manos de los ojos.
Arn se sintió aliviado al ver, que por lo menos Adito no había roto a llorar. Le entró cierto alivio, sí. Pero al mismo tiempo le entró una nueva angustia. Era la hora de su fuerte desayuno...¿Cómo podía afectar a eso la situación? ¿Se quedaría sin café con pan? ¿Tendría que pasar el día en ayunas? ¿Tal vez el resto de su vida en ayunas?
Pronto salió de dudas el perro. Adito se dirigió a Trini.
- Ponle el desayuno al perro. Te tengo que contar.
Pero lo dijo en un tono tan frío que Arn se sintió hasta mal. Aliviado en lo hambruno, pero mal en lo psicológico. Y sin embargo el pecado no era de intención, sino de debilidad. Un pecado perdonable a todas luces. Después de todo era una noche fría, y el único lugar calentito a primera hora de la noche, era la plancha. Encima, con el susto se había depilado, porque al caerse de la plancha, había notado un tirón en sus pelillos amarillos de la tripa. Se ve que la grasa de la panceta, había hecho las labores de cera depilatoria.
- ¡Que es esto!
Eso fue lo que dijo Adito cuando vió una mata de pelos amarillos pegados en la plancha. Incluso soltó un cruel:
- ¡Por Dios, que asco!
Y esa exclamación, o lo que pudo oír Arn de ella mientras masticaba el pan con café del desayuno le dolió al perro en sus adentros. Fue entonces cuando pensó en irse de allí para siempre.
No era tan estúpido como para ignorar que la pelusa amarilla podía ser un asco. Pero...eran sus pelos. NO hacía falta decirlo. Y si Adito lo decía era para humillarle. Y si quería humillarle, es que no le tenía mucho aprecio. Y si no le tenía aprecio...¿Para qué continuar ahí?. Sólo Trini parecía quererle. Pero por un instante nada más, porque se unió rápidamente al Partido Escrupuloso:
- ¡Uf! Si. Es un asco, la verdad.
Todo se destruye cuando pasan estas cosas. De un día para otro crees que hay algo detrás de ti, y cuando te quieres dar cuenta, eres tu solo. Y tanto como quiso a Trini...
(La verdad, no sé que pasará ahora...¡Qué desazón!)
(XXIX) LA CONOCIDA HISTORIA DE ARN (Adito, Trini también II)
Claro que por mucho que yo insistiera en describir las cosas, nadie le daba la menor importancia y el bar seguía funcionando como si yo no existiera. Nadie dejaba de tomar su bitter kas para decir:
- Espera Armando, ahora no, que nos están describiendo.
Eso no quita para que aquel día Trini estuviese toda atareada en la plancha, y Adito no parase de pedir y dar raciones, y de hacer caja. Y no digo que Adito fuese codicioso, pero tampoco se molestaba en ocultar que el dinero le gustaba. Y que con esa abundancia de aquel día se le ponía una sonrisa palurda, pero sincera.
- ¡Trini, alioli, bravas, alioli. Sándwich mixto y mixto con huevo!
- Lo he escuchado. Gracias.
Trini, ya sabéis, la de los besos dulces, trabajaba sin parar un instante, y, la verdad Adito también. Incluso Arn, que durante el día jugaba a su aire en el solar vecino, de vez en cuando se distraía de sus juegos y le echaba un ojo al bar.
Aquel día por la tarde se fueron dejando caer los primeros parroquianos. La tarde siempre era tranquila hasta las 9 más o menos. Empezaban llegando los de la peña del carajillo. Echaban una ruidosa partida de dominó. A menudo antes de llegar a mitad de partida, se dejaba caer por el Castilla, la ludópata de plantilla. Pero se quedaba poco. La paliza que le pegaba a la maquina era intensa, pero corta. A veces ni se acordaba de tomarse el café. También había un señor que tardaba un par de horas en leer el periódico. Así que no era raro que entre las 4 y las 8, Adito se quitara de en medio sin que nadie supiera donde iba.
A media tarde, llegaron resoplando de frío unos estudiantes, que habían suspendido Corriente Alterna III (Prácticas), y se pusieron a tomar cañas, quejándose del frío y poniendo a prueba sus conocimientos. Por eso la solitaria viuda no ludópata, (o sea, la otra) no les prestó la menor atención. Además se había comprado una camiseta beige, de escote cruzado, con el yin y el yan estampados, solo que en recto, entalladita, y con mil características imposibles de entender para los hombres, pero que las mujeres dicen entender a la primera.
Al fin llegaron las 8,30h.
Y la puerta ya empezó a animarse, y no dejó de abrirse y cerrarse hasta que dejaron de dar cenas.
Fuera hacía un frío intensísimo.
Bueno, pues quiero que sepáis que la gente cenó normal. De raciones y tal, porque allí solo había una plancha (para lo de la plancha) y una freidora (para lo de la freidora).
Después de las cenas, y antes de recoger, Adito se fue. Trini se quedó recogiendo, sin desanimarse porque pareciera que aquello era imposible. Y a media recogida salió a fumar un cigarro. Y automáticamente, como si todo estuviera programado en un gran servidor central correctamente programado en java o punto net o movidas, Arn entró en el bar.
Y ese día, sabe Dios por qué, Trini la de los besos dulces se sintió en estado de ternura, y aunque fuera hacía un frío tremendo, miró hacia dentro, y sintió un enorme cariño por Arn. Se arrepintió incluso de no haberle hecho una caricia cuando se cruzó con él. Simplemente lo miró con amor, y pensó aquello tan clásico de “Es un amor”.
Eso lo pensó Trini, la de los besos dulces.
(Continuará)





