(VI) BENITO, EL HOMBRE MALOTE, Y PEPE, EL PERRO MALOTE
De cómo llegó Pepe, el perro malote, a su nuevo hábitat nada se sabe, pero por lo que ya sabemos de los animales a través de estos documentales lo más probable es que buscara alimento o reproducción. Pero Benito ya llevaba 20 años en el barrio cuando Pepe llegó. Así que Pepe era el nuevo. Pepe conquistó pronto el corazón de los más niños, que jugaban con él sin descanso, y también el de algunas aburridas voluntarias de la parroquia, que lo alimentaban, y lo llevaban al veterinario de vez en cuando. Aunque probablemente Pepe estaba agradecido por tantos cuidados, lo cierto es que no quiso nunca renunciar a su libertad, y continuó durmiendo en la puta calle.
Benito era un veterano en el barrio. Y eso que a lo mejor había gente, como Chin-jo, que llevaba más tiempo que él, pero nadie estaba tan implicado como él en la actualidad vecinal. De hecho, era Presidente de la Comunidad desde que se recuerda. Y, como no trabajaba debido a una sospechosa baja laboral, dedicaba todo su ímpetu al barrio. Ése era Benito.
Lo que luego se recordó en eso que tiene ese nombre tan gracioso de “anales”, como “Carrusel de putadas mutuas”, comenzó en el heterodoxo parking de la comunidad, que no tenía las plazas pintadas, sino que los coches se disponían en semicírculo pegados a un poyete que delimitaba una rotonda, en medio de la cual se puso un frío día de Marzo a dormitar el amigo Pepe. Dormía estirado como un suricata, para ser acariciado por la máxima cantidad posible de rayos de sol. Dormía plácidamente.
Por su parte Benito conducía a un par de manzanas del parking, de bastante malhumor porque le había pillado la Hacienda Pública en un renuncio, un simpático truco del que además había presumido ante sus amigos. Quién sabe, tal vez le habían pillado por eso, por un traidor. Dobló para enfilar la puerta del parking, y le dio tres o cuatro veces al mando a distancia par abrir la puerta. A la cuarta se abrió la puerta lentamente, y cuando por fin pudo entrar por el estrecho acceso y llegó a la rotonda, encontró que en su camino hacía la única plaza que quedaba vacía estaba durmiendo el cabrón del perro vagabundo. Si algo tenía el coche de Benito era una bocina de cojones, así que la tocó con intensidad y persistencia. Ni el propio Pepe sabía seguramente que era capaz de desarrollar aquella velocidad. En el mismo movimiento se levantó, saltó y corrió.
Benito por su parte, ajeno al frenético palpitar del corazón del perro, aparcó, se bajo del coche y se dirigió a su portal, que se hallaba a menos de 50 metros. Cuando llegó al portal, sin que hasta hoy se sepa por qué, se dio la vuelta justo a tiempo de ver cómo Pepe meaba sobre la rueda delantera izquierda de su coche. Con dos cojones.
Benito no era Ben Jonson, o Don Jonson o Magic Jonson. Pero echó a correr enfurecido, dispuesto a patear a Pepe, aunque lo cierto es que el sentido común le intentó susurrar al oído que jamás alcanzaría al chucho. Y no lo alcanzó, y además al intentar saltar el poyete de la rotonda se tropezó y se metió una gaya dolorosísima, y pudo oir perfectamente las burlas de las niñas del barrio que jugaban al colección 1, algunas de las cuales eran hijas de combativos vecinos de la oposición, que le discutían los arreglos del ascensor.
Aquella misma noche, sobre las 3 de la mañana, Benito se dirigió a la entrada del garaje, con una lata de whiskas. Y el mando de la puerta, también. La lata de whiskas estaba abierta, y, aunque Benito sabía que el whiskas era comida de gato, pensaba que podía valer perfectamente para los perros, en especial para un chucho callejero y ex –muerto de hambre, como Pepe. Aquello fue más fácil de lo que cuesta contarlo. Benito abrió la puerta del garaje, puso el whiskas debajo, se quedó haciendo sombra a la célula fotoeléctrica para que la puerta no se bajara, apareció Pepe, se abalanzó sobre la lata de albondiguillas de hígado o de lo que fueran, Benito se apartó sigilosamente, la puerta comenzó a bajar, y cuando bajó lo suficiente como para atrapar a Pepe, el cabrón de Benito se piró y , por si fuera poco, se llevó la lata. Pepe, al principio no sabía qué pasaba. Estaba un poco incómodo, porque un peso le aplastaba, pero no se alarmó hasta que la puerta insistió de verdad. Entonces empezó a aullar.
Dieron las 6 de la mañana, y fue entonces cuando un vecino madrugador, que iba a recoger su coche del garaje, liberó a Pepe, sin ni siquiera darse cuenta de lo que hacía, porque iba dormido. Así que cuando Pepe salió corriendo como un disparo, el vecino pensó que aquel perro que habían recogido de la calle estaba loco.
Pepe perdió de vista al vecino, y enseguida llegó a la rotonda. Allí se metió corriendo bajo el coche de Benito, ante la pasividad del Satur, el portero, que ya estaba barriendo, y se puso a morder todo lo que alcanzaba, gracias a su pequeño tamaño (¡Ups! ¿No había comentado esto?), pastillas de freno, cables varios, incluso fue capaz de romper la chapa de los fondos, los neumáticos, que le produjeron un soplido de cojones en toda la cara....en fín, el coche de Benito quedó hecho un asco.
Benito bajó una hora y media después, casi se desmayó al comprobar que su coche estaba hecho trizas. Satur se chivó, le dijo quien había sido.
Casualmente, el domingo siguiente había una reunión de la comunidad de vecinos, donde había una serie de aburridos temas a tratar, y donde Benito, haciendo uso de sus galones, introdujo el interesante punto: “Castración del perro vagabundo”.
- Eso no está en el orden del día.
- Tu te callas, gilipollas.
¿Qué mas se puede decir? Pepe fue castrado. Engordó, y se hizo más hogareño.
Benito sufrió un infarto. Y palmó.
Quien sabe si fue cosa de Pepe.
A Pepe lo atropelló un coche......Y palmó...¿El coche lo conducía un espíritu?
¡Y yo que sé, hombre!
Benito era un veterano en el barrio. Y eso que a lo mejor había gente, como Chin-jo, que llevaba más tiempo que él, pero nadie estaba tan implicado como él en la actualidad vecinal. De hecho, era Presidente de la Comunidad desde que se recuerda. Y, como no trabajaba debido a una sospechosa baja laboral, dedicaba todo su ímpetu al barrio. Ése era Benito.
Lo que luego se recordó en eso que tiene ese nombre tan gracioso de “anales”, como “Carrusel de putadas mutuas”, comenzó en el heterodoxo parking de la comunidad, que no tenía las plazas pintadas, sino que los coches se disponían en semicírculo pegados a un poyete que delimitaba una rotonda, en medio de la cual se puso un frío día de Marzo a dormitar el amigo Pepe. Dormía estirado como un suricata, para ser acariciado por la máxima cantidad posible de rayos de sol. Dormía plácidamente.
Por su parte Benito conducía a un par de manzanas del parking, de bastante malhumor porque le había pillado la Hacienda Pública en un renuncio, un simpático truco del que además había presumido ante sus amigos. Quién sabe, tal vez le habían pillado por eso, por un traidor. Dobló para enfilar la puerta del parking, y le dio tres o cuatro veces al mando a distancia par abrir la puerta. A la cuarta se abrió la puerta lentamente, y cuando por fin pudo entrar por el estrecho acceso y llegó a la rotonda, encontró que en su camino hacía la única plaza que quedaba vacía estaba durmiendo el cabrón del perro vagabundo. Si algo tenía el coche de Benito era una bocina de cojones, así que la tocó con intensidad y persistencia. Ni el propio Pepe sabía seguramente que era capaz de desarrollar aquella velocidad. En el mismo movimiento se levantó, saltó y corrió.
Benito por su parte, ajeno al frenético palpitar del corazón del perro, aparcó, se bajo del coche y se dirigió a su portal, que se hallaba a menos de 50 metros. Cuando llegó al portal, sin que hasta hoy se sepa por qué, se dio la vuelta justo a tiempo de ver cómo Pepe meaba sobre la rueda delantera izquierda de su coche. Con dos cojones.
Benito no era Ben Jonson, o Don Jonson o Magic Jonson. Pero echó a correr enfurecido, dispuesto a patear a Pepe, aunque lo cierto es que el sentido común le intentó susurrar al oído que jamás alcanzaría al chucho. Y no lo alcanzó, y además al intentar saltar el poyete de la rotonda se tropezó y se metió una gaya dolorosísima, y pudo oir perfectamente las burlas de las niñas del barrio que jugaban al colección 1, algunas de las cuales eran hijas de combativos vecinos de la oposición, que le discutían los arreglos del ascensor.
Aquella misma noche, sobre las 3 de la mañana, Benito se dirigió a la entrada del garaje, con una lata de whiskas. Y el mando de la puerta, también. La lata de whiskas estaba abierta, y, aunque Benito sabía que el whiskas era comida de gato, pensaba que podía valer perfectamente para los perros, en especial para un chucho callejero y ex –muerto de hambre, como Pepe. Aquello fue más fácil de lo que cuesta contarlo. Benito abrió la puerta del garaje, puso el whiskas debajo, se quedó haciendo sombra a la célula fotoeléctrica para que la puerta no se bajara, apareció Pepe, se abalanzó sobre la lata de albondiguillas de hígado o de lo que fueran, Benito se apartó sigilosamente, la puerta comenzó a bajar, y cuando bajó lo suficiente como para atrapar a Pepe, el cabrón de Benito se piró y , por si fuera poco, se llevó la lata. Pepe, al principio no sabía qué pasaba. Estaba un poco incómodo, porque un peso le aplastaba, pero no se alarmó hasta que la puerta insistió de verdad. Entonces empezó a aullar.
Dieron las 6 de la mañana, y fue entonces cuando un vecino madrugador, que iba a recoger su coche del garaje, liberó a Pepe, sin ni siquiera darse cuenta de lo que hacía, porque iba dormido. Así que cuando Pepe salió corriendo como un disparo, el vecino pensó que aquel perro que habían recogido de la calle estaba loco.
Pepe perdió de vista al vecino, y enseguida llegó a la rotonda. Allí se metió corriendo bajo el coche de Benito, ante la pasividad del Satur, el portero, que ya estaba barriendo, y se puso a morder todo lo que alcanzaba, gracias a su pequeño tamaño (¡Ups! ¿No había comentado esto?), pastillas de freno, cables varios, incluso fue capaz de romper la chapa de los fondos, los neumáticos, que le produjeron un soplido de cojones en toda la cara....en fín, el coche de Benito quedó hecho un asco.
Benito bajó una hora y media después, casi se desmayó al comprobar que su coche estaba hecho trizas. Satur se chivó, le dijo quien había sido.
Casualmente, el domingo siguiente había una reunión de la comunidad de vecinos, donde había una serie de aburridos temas a tratar, y donde Benito, haciendo uso de sus galones, introdujo el interesante punto: “Castración del perro vagabundo”.
- Eso no está en el orden del día.
- Tu te callas, gilipollas.
¿Qué mas se puede decir? Pepe fue castrado. Engordó, y se hizo más hogareño.
Benito sufrió un infarto. Y palmó.
Quien sabe si fue cosa de Pepe.
A Pepe lo atropelló un coche......Y palmó...¿El coche lo conducía un espíritu?
¡Y yo que sé, hombre!
(V) EL CANARIO ARDIENTE
La señora Moore es el primer personaje de esta historia. Tenía una habitación para alquilar a un estudiante, y en el momento de los hechos la ocupaba uno de ingeniería apodado el Zurdo, despistadísimo, y una nulidad en la cocina, por lo que jamás se acercaba a ella, y comía y cenaba de menú en un pequeño restaurante cercano al piso, regentado por una encantadora pareja que no pintaba nada en esta historia.
El tercer personaje en aparecer es el verdadero protagonista de este documental. Aítor, un canario de plumaje amarillo sólido, y con un canto agudo y frecuente, que constituía la felicidad de la señora Moore. El cien por cien de su felicidad. El Zurdo no representaba nada en la vida de la señora Moore, ni la señora Moore en la del Zurdo, es decir ni se querían, ni se tenían un ligero cariño, ni asco, ni nada.
Pero aún no está todo, existía un tercer elemento que lo complicó todo. La cocina. No la habitación “cocina” sino el electrodoméstico. Tenía un grave problema. Al encender el horno, la encimera metálica se ponía al rojo vivo. Pero este problema estaba dormido, porque ya se ha dicho que el Zurdo no utilizaba la cocina para nada, y la señora Moore sólo utilizaba la encimera y allí hacía sus guisos de patatas y sus sopas de inviernos y calentaba la leche donde echaba pan (por dios que asco) para su ruidoso desayuno. Pero el horno jamás.
Aítor vivía en una preciosa jaula de plástico rígido verde y amarillo, colgado por la parte de dentro del coqueto ventanal del salón, donde le daba el débil sol del Norte, y podía cantar a gusto. Y ya lo creo que cantaba. Cantaba, cantaba y cantaba.
Un día, (y este es el principio de un montón de desgraciadas coincidencias), la señora Moore le comunicó a el Zurdo que se pensaba ausentar todo el día, porque le habían comentado que en una población cercana se inauguraba un mercadillo la mar de interesante, y que pensaba quedarse a comer por allí, con una especie de amiga de la infancia. La enigmática repuesta del zurdo fue:
- Ah, vale.
Tras la marcha de la señora Moore, el Zurdo se sentó en el salón a leer un periódico viejo, y una novela de naufragios. Sin embargo era la hora de que Aítor ensayase, y lo comenzó a hacer. Cinco minutos después la jaula de aítor, colgaba del gancho de la manija de la puerta de la nevera , en la cocina. La jaula no estaba vertical del todo, porque chocaba con la puerta de la nevera. Seguramente Aítor se cagó en la madre de el Zurdo, pero como el Zurdo había cerrado la puerta de la cocina para poder leer a gusto en el salón, comprendió que la queja era inútil, y persistió en su canto puramente artístico.
No todo es lectura en la vida del ser humano, y tampoco lo era en la del zurdo. Las penurias del náufrago le habían abierto el apetito, así que recordó que había guardado una pizza cuatro quesos en la nevera, y decidió zampársela, era un día de pereza y no le apetecía ir al restaurante de menú de la pareja intrascendente. Fue a la cocina, apartó la jaula del canario y la dejó sobre la encimera, abrió la nevera, cogió la pizza leyó las instrucciones, abrió el horno , metió la pizza, lo encendió, cerró el horno, y se fue a seguir leyendo. Entre 15 y 20 minutos de cocción daban para un capítulo y medio. Fueron los últimos minutos de paz de aquella mañana.
Cuando el zurdo presintió que la pizza estaba lista, se levantó, entró en la cocina y vio algo que no olvidaría jamás:
La encimera estaba al rojo, como era su costumbre cuando se encendía el horno. Sobre ella una mancha viscosa de plástico fundido, del color que resulta al mezclar el verde y el amarillo. Emergiendo de la mancha, la parte de arriba de la jaula, unos treinta centímetros, que aun no se habían fundido, y dentro de esta minúscula guarida, el pobre Aítor, revoloteando, pegado a la parte superior, y a punto de abrasarse la pancita amarilla con la encimera asesina.
Todo resultaba espectacular, pero el revoloteo frenético de Aítor, más propio de un colibrí que de un canario, se grabó en la mente del zurdo para siempre.
El zurdo apartó lo que quedaba de la jaula de un manotazo, se quemó con los hilos de plástico, se le quemó la pizza, se acojonó. Pero no era estúpido, consiguió serenarse, limpió algunas plumas chamuscadas de las tripas del canario, acomodó al pájaro en una caja de zapatos, con agujeritos, eso sí. Bajó a la calle, compró una jaula del mismo modelo que la ya extinguida, aunque naranja y verde, en vez de amarilla y verde, limpió la cocina, ensució un poco la jaula por dentro y metió al canario dentro.
Para cuando la señora Moore regresó de su cita, todo estaba igual que al principio. Tan sólo la jaula era un poco diferente, y Aítor no volvió a cantar jamás. Pero la señora Moore nunca sospechó lo que había ocurrido. El zurdo, que tenía conciencia, lo compensó ofreciendo un ligerísimo cariño a la señora Moore en el futuro. (De todas formas no había matado al canario, solo lo había enmudecido, ¿no te jode?)
El tercer personaje en aparecer es el verdadero protagonista de este documental. Aítor, un canario de plumaje amarillo sólido, y con un canto agudo y frecuente, que constituía la felicidad de la señora Moore. El cien por cien de su felicidad. El Zurdo no representaba nada en la vida de la señora Moore, ni la señora Moore en la del Zurdo, es decir ni se querían, ni se tenían un ligero cariño, ni asco, ni nada.
Pero aún no está todo, existía un tercer elemento que lo complicó todo. La cocina. No la habitación “cocina” sino el electrodoméstico. Tenía un grave problema. Al encender el horno, la encimera metálica se ponía al rojo vivo. Pero este problema estaba dormido, porque ya se ha dicho que el Zurdo no utilizaba la cocina para nada, y la señora Moore sólo utilizaba la encimera y allí hacía sus guisos de patatas y sus sopas de inviernos y calentaba la leche donde echaba pan (por dios que asco) para su ruidoso desayuno. Pero el horno jamás.
Aítor vivía en una preciosa jaula de plástico rígido verde y amarillo, colgado por la parte de dentro del coqueto ventanal del salón, donde le daba el débil sol del Norte, y podía cantar a gusto. Y ya lo creo que cantaba. Cantaba, cantaba y cantaba.
Un día, (y este es el principio de un montón de desgraciadas coincidencias), la señora Moore le comunicó a el Zurdo que se pensaba ausentar todo el día, porque le habían comentado que en una población cercana se inauguraba un mercadillo la mar de interesante, y que pensaba quedarse a comer por allí, con una especie de amiga de la infancia. La enigmática repuesta del zurdo fue:
- Ah, vale.
Tras la marcha de la señora Moore, el Zurdo se sentó en el salón a leer un periódico viejo, y una novela de naufragios. Sin embargo era la hora de que Aítor ensayase, y lo comenzó a hacer. Cinco minutos después la jaula de aítor, colgaba del gancho de la manija de la puerta de la nevera , en la cocina. La jaula no estaba vertical del todo, porque chocaba con la puerta de la nevera. Seguramente Aítor se cagó en la madre de el Zurdo, pero como el Zurdo había cerrado la puerta de la cocina para poder leer a gusto en el salón, comprendió que la queja era inútil, y persistió en su canto puramente artístico.
No todo es lectura en la vida del ser humano, y tampoco lo era en la del zurdo. Las penurias del náufrago le habían abierto el apetito, así que recordó que había guardado una pizza cuatro quesos en la nevera, y decidió zampársela, era un día de pereza y no le apetecía ir al restaurante de menú de la pareja intrascendente. Fue a la cocina, apartó la jaula del canario y la dejó sobre la encimera, abrió la nevera, cogió la pizza leyó las instrucciones, abrió el horno , metió la pizza, lo encendió, cerró el horno, y se fue a seguir leyendo. Entre 15 y 20 minutos de cocción daban para un capítulo y medio. Fueron los últimos minutos de paz de aquella mañana.
Cuando el zurdo presintió que la pizza estaba lista, se levantó, entró en la cocina y vio algo que no olvidaría jamás:
La encimera estaba al rojo, como era su costumbre cuando se encendía el horno. Sobre ella una mancha viscosa de plástico fundido, del color que resulta al mezclar el verde y el amarillo. Emergiendo de la mancha, la parte de arriba de la jaula, unos treinta centímetros, que aun no se habían fundido, y dentro de esta minúscula guarida, el pobre Aítor, revoloteando, pegado a la parte superior, y a punto de abrasarse la pancita amarilla con la encimera asesina.
Todo resultaba espectacular, pero el revoloteo frenético de Aítor, más propio de un colibrí que de un canario, se grabó en la mente del zurdo para siempre.
El zurdo apartó lo que quedaba de la jaula de un manotazo, se quemó con los hilos de plástico, se le quemó la pizza, se acojonó. Pero no era estúpido, consiguió serenarse, limpió algunas plumas chamuscadas de las tripas del canario, acomodó al pájaro en una caja de zapatos, con agujeritos, eso sí. Bajó a la calle, compró una jaula del mismo modelo que la ya extinguida, aunque naranja y verde, en vez de amarilla y verde, limpió la cocina, ensució un poco la jaula por dentro y metió al canario dentro.
Para cuando la señora Moore regresó de su cita, todo estaba igual que al principio. Tan sólo la jaula era un poco diferente, y Aítor no volvió a cantar jamás. Pero la señora Moore nunca sospechó lo que había ocurrido. El zurdo, que tenía conciencia, lo compensó ofreciendo un ligerísimo cariño a la señora Moore en el futuro. (De todas formas no había matado al canario, solo lo había enmudecido, ¿no te jode?)
20 DÏAS DE VACACIONES Y VUELVO CON UNA HISTORIA INQUIETANTE
El canario ardiente
LA DUQUESA Y EL PAJARRACO
La Duquesa sale de su casa por la mañana dispuesta a subirse a su coche y tener un plácido día de trabajo, resolviendo ciertos problemas y creando otros. Como todo el mundo. Un buen resumen de la Duquesa se conseguía con dos palabras, limpia y sensible. Y hasta la fecha de los hechos no se supo nunca que esas dos características pudieran ser contradictorias. En realidad, después de aquello, que se sepa, tampoco.
Pero ese día sí.
La Duquesa se dirige a su lindo coche azul cobalto y lo abre desde larga distancia, para impresionar al vecindario. Una vez impresionado, se dirige con toda la velocidad que le permiten sus tacones hacia el vehículo, y se sube en él. Pone su música preferida a toda mecha (una discutible selección de salsa caribeña), y se enciende ese cigarrito de después de desayunar que cuesta un poco, pero que luego el cuerpo tanto agradece.
Hasta ahora Duquesa limpia.
Al rato de estar circulando se detiene en un semáforo y gira la vista a la derecha, saboreando un montón su cigarro. Lo que ve ataca directamente a su sensibilidad. Un pobre gorrión aletea en el suelo junto a un árbol, probablemente malherido.
Ahora Duquesa sensible.
La Duquesa se baja del coche, y sin dudarlo un momento va a mirar al pobre pájaro. El pájaro se debate con toda probabilidad entre la vida y la muerte, de manera que la Duquesa, compadecida, pero a la vez con un poquito de asco, porque ya se sabe que los pájaros son en realidad sacos de infecciones, toma al gorrión por la punta de su alita, y se lo lleva al coche, depositándolo en el asiento del copiloto.
Y no contenta con eso, le habla:
¿Cómo estás chiquitín? No te preocupes, alguien te cuidará.
Como todos los fumadores sabemos, el primer cigarro no cuenta, porque es contra el cuerpo, la Duquesa se enciende otro. Con tal impericia que le sorprende otro semáforo, mirando al ave infeliz, de modo que tiene que pegar un frenazo de padre y muy señor mío, para no comerse al ¿cretino? Que esta delante. Desgraciadamente, el pajarraco no esta sujeto por ningún cinturón de seguridad, y resbala por el asiento del coche, pegándose un fuerte golpe contra el suelo. La Duquesa, algo incomóda por la situación recoge como puede al pájaro, sin soltar el cigarro y sin desatarse el cinturón, por lo que la recogida es algo brusca (pero no importa chaval, te acabo de salvar la vida hace un momento) y el pájaro cae sobre el asiento, quizá emitiendo una leve queja.
Entre tanto, la música caribeña sigue sonando con cierta estridencia, y al mismo tiempo, la atmósfera del elegante coche se llena de humo. Lo que da lugar, si hemos de hacer caso al modo en que la historia está relatada, a que el gorrión comience a toser y a quejarse con más angustia. Y, de repente un paso de cebra de esos sociales, de esos que se elevan para joder el coche, y que el peatón tenga una oportunidad. El pájaro algo inestable, a decir verdad, sale de nuevo impulsado del asiento, y en pleno vuelo involuntario, se estrella de cabeza contra el mando de la radio del coche de la Duquesa, cambiando la emisora caribeña por otra de noticias. La Duquesa se disgusta, coge del cuello al puto gorrión, con toda probabilidad, apretando más de la cuenta, y lo deja caer contra el asiento del copiloto
Esta vez la queja es perfectamente audible. Pero la Duquesa no está para quejas (Ya estás dando mucho el coñazo, guapo), y cambia, enfurecida el dial, seleccionando otra vez la música caliente y latina, y la sube de volumen. (porque a los gorriones hay que educarlos)
Esta vez no son toses, son convulsiones, el pajarito abre y cierra el pico sin emitir sonido alguno, y aletea fuertemente, y la Duquesa, que lo ve, le espeta:
Pero ¿qué coño te pasa?
Y al decimotercer o decimocuarto espasmo, el pájaro se queda rígido en incómoda postura. La sensibilidad se desata en la noble:
¿Estás muerto o te has quedado dormidito?
La Duquesa decide que el bicho se ha muerto, y se le cae una lágrima, y como tiene tan buen corazón, detiene el coche con la intención de bajarse y enterrar al pobre animal. Es sólo la intención, ya que toma al pájaro de un ala, y lo arroja por la ventanilla. (El círculo de la vida, esta carne alimentará a las putas hormigas)
Nosotros no juzgamos el carácter moral de la historia. Solo sabemos que el pájaro se suicidó con su mente. Ahora bien, no sabemos exactamente por qué:
Puede ser que no soportara la música latina.
Puede ser que no soportara el humo del tabaco.
El caso es que en los gorriones se da una falta de carácter muy acusada.
Pero ese día sí.
La Duquesa se dirige a su lindo coche azul cobalto y lo abre desde larga distancia, para impresionar al vecindario. Una vez impresionado, se dirige con toda la velocidad que le permiten sus tacones hacia el vehículo, y se sube en él. Pone su música preferida a toda mecha (una discutible selección de salsa caribeña), y se enciende ese cigarrito de después de desayunar que cuesta un poco, pero que luego el cuerpo tanto agradece.
Hasta ahora Duquesa limpia.
Al rato de estar circulando se detiene en un semáforo y gira la vista a la derecha, saboreando un montón su cigarro. Lo que ve ataca directamente a su sensibilidad. Un pobre gorrión aletea en el suelo junto a un árbol, probablemente malherido.
Ahora Duquesa sensible.
La Duquesa se baja del coche, y sin dudarlo un momento va a mirar al pobre pájaro. El pájaro se debate con toda probabilidad entre la vida y la muerte, de manera que la Duquesa, compadecida, pero a la vez con un poquito de asco, porque ya se sabe que los pájaros son en realidad sacos de infecciones, toma al gorrión por la punta de su alita, y se lo lleva al coche, depositándolo en el asiento del copiloto.
Y no contenta con eso, le habla:
¿Cómo estás chiquitín? No te preocupes, alguien te cuidará.
Como todos los fumadores sabemos, el primer cigarro no cuenta, porque es contra el cuerpo, la Duquesa se enciende otro. Con tal impericia que le sorprende otro semáforo, mirando al ave infeliz, de modo que tiene que pegar un frenazo de padre y muy señor mío, para no comerse al ¿cretino? Que esta delante. Desgraciadamente, el pajarraco no esta sujeto por ningún cinturón de seguridad, y resbala por el asiento del coche, pegándose un fuerte golpe contra el suelo. La Duquesa, algo incomóda por la situación recoge como puede al pájaro, sin soltar el cigarro y sin desatarse el cinturón, por lo que la recogida es algo brusca (pero no importa chaval, te acabo de salvar la vida hace un momento) y el pájaro cae sobre el asiento, quizá emitiendo una leve queja.
Entre tanto, la música caribeña sigue sonando con cierta estridencia, y al mismo tiempo, la atmósfera del elegante coche se llena de humo. Lo que da lugar, si hemos de hacer caso al modo en que la historia está relatada, a que el gorrión comience a toser y a quejarse con más angustia. Y, de repente un paso de cebra de esos sociales, de esos que se elevan para joder el coche, y que el peatón tenga una oportunidad. El pájaro algo inestable, a decir verdad, sale de nuevo impulsado del asiento, y en pleno vuelo involuntario, se estrella de cabeza contra el mando de la radio del coche de la Duquesa, cambiando la emisora caribeña por otra de noticias. La Duquesa se disgusta, coge del cuello al puto gorrión, con toda probabilidad, apretando más de la cuenta, y lo deja caer contra el asiento del copiloto
Esta vez la queja es perfectamente audible. Pero la Duquesa no está para quejas (Ya estás dando mucho el coñazo, guapo), y cambia, enfurecida el dial, seleccionando otra vez la música caliente y latina, y la sube de volumen. (porque a los gorriones hay que educarlos)
Esta vez no son toses, son convulsiones, el pajarito abre y cierra el pico sin emitir sonido alguno, y aletea fuertemente, y la Duquesa, que lo ve, le espeta:
Pero ¿qué coño te pasa?
Y al decimotercer o decimocuarto espasmo, el pájaro se queda rígido en incómoda postura. La sensibilidad se desata en la noble:
¿Estás muerto o te has quedado dormidito?
La Duquesa decide que el bicho se ha muerto, y se le cae una lágrima, y como tiene tan buen corazón, detiene el coche con la intención de bajarse y enterrar al pobre animal. Es sólo la intención, ya que toma al pájaro de un ala, y lo arroja por la ventanilla. (El círculo de la vida, esta carne alimentará a las putas hormigas)
Nosotros no juzgamos el carácter moral de la historia. Solo sabemos que el pájaro se suicidó con su mente. Ahora bien, no sabemos exactamente por qué:
Puede ser que no soportara la música latina.
Puede ser que no soportara el humo del tabaco.
El caso es que en los gorriones se da una falta de carácter muy acusada.