(XIV) YO HE PASTOREADO VACAS Y SÉ DE LO QUE HABLO, INSISTO (II)
Cuando pasamos la curva, yo vi, sorprendido, y Paquito también, aunque no tanto, que las vacas se habían dado la vuelta, y que ahora la primera era la última, y la última, tras cuyo trasero había ido yo, me enseñaba ahora su hocico húmedo, rosado y caliente, a un palmo de mi cara. Así que para no besarla con pasión me detuve, y no dije nada. Solamente escuché el tap-tap de la muleta de Paquito, acercándose.
- ¿Se han dado la vuelta? ¿Se han dado la vuelta?
Él venía preguntando. Yo me rebelé porque me parecía una pregunta estúpida, y porque me pareció un listo, el Paquito, adivinándolo todo.
- ¿Se han dado la vuelta? ¿Se han dado la vuelta?
- Si, se han dado la vuelta. Si se han dado la vuelta
- ¡Mierda!
A mi me pareció que se estaba haciendo el listo con tanto aspaviento. ¿Qué pasaba con que se hubieran dado la vuelta? ¿Sería un problema de las supersticiones evangélicas de José? “Cuando las vacas se den la vuelta, será muy jodido” “Paquito, avísame cuando las vacas se den la vuelta”. O tal vez era una leyenda del pueblo, en el sentido de que un gigante se iba a despertar encolerizado, si notaba que encima de su nariz (el monte) un reducido grupo de vacas se había dado la vuelta....
- ¿Y?
- ¡Que va a haber tormenta, gilipollas!
- Tu más gilipollas.
No comprendía que ahora nos desviáramos del importantísimo problema de las vueltas de las vacas, con el asunto de la tormenta.
Probablemente gracias al mentalismo, no tuve que preguntar.
- Si va a haber tormenta, las vacas salen corriendo.
Y esa frase fue como un pistoletazo de salida. Las vacas salieron corriendo, como había vaticinado el listo, y además era una carrera desaforada (Un caballero no debe practicar ninguna de estas tres cosas; la carrera desaforada, el incesto, y los bailes regionales) una carrera de supervivencia.
No tardamos mucho en ver como las vacas desparecían carretera abajo.
- Van hacia el establo ¿verdad? Por instinto...
- No, eso son los caballos.
- Permanecerán siempre juntas...
- No eso son las ovejas....
En todo caso, yo era un testigo de una desgracia, no su víctima. Su víctima era el tonto de Paquito. Y la desgracia era grande, porque no podía presentarse ante su padre con 0 vacas. Ni siquiera con una o dos tenian que estar las...
- ¿Cuántas vacas eran?
- Son nueve vacas.
..tenian que estar las nueve vacas. Su padre le daría una buena paliza, a pesar de su evangélico hieratismo. Tal vez incluso le dijera “me cago en tu puta madre”, o algo así.
- Me tienes que hacer un favor muy grande.
- Es que no puedo...me tengo que ir dentro de dos horas a casa y...
- ..si eres mi amigo me lo tienes que hacer, a lo mejor lo solucionamos en menos de dos horas....
- A ver ¿qué es?
- Tienes que ir a buscarlas
- ¡¡¡¿A las vacas!!!? ¿Y yo que sé donde están?
- Están por los prados al borde de la carretera, se van parando.
- Pero yo no puedo.. a ver ¿qué hago con ellas?
- Las vas recogiendo, coño. De verdad que no es tan difícil, si en diez minutos estás aquí con ellas, yo no puedo ir por la pierna. Sólo las tienes que ir llamando y las subes, las tienes que decir asÍ: ¡Kuok Kuok!
-......Está bien....a ver que puedo hacer.
Fui caminando carretera abajo, con la languidez propia del que va sin ganas y jodido, a su destino asqueroso.
Oí la voz de Paquito desde lo alto, cuando yo bajaba asqueado de la vida por el marrón que me había caído:
- ¿podrías ir un poco más deprisa?
Y entonces el pensamiento maligno salió de mi cabeza sin querer
- Cojo de los cojones....
(Continuará)
- ¿Se han dado la vuelta? ¿Se han dado la vuelta?
Él venía preguntando. Yo me rebelé porque me parecía una pregunta estúpida, y porque me pareció un listo, el Paquito, adivinándolo todo.
- ¿Se han dado la vuelta? ¿Se han dado la vuelta?
- Si, se han dado la vuelta. Si se han dado la vuelta
- ¡Mierda!
A mi me pareció que se estaba haciendo el listo con tanto aspaviento. ¿Qué pasaba con que se hubieran dado la vuelta? ¿Sería un problema de las supersticiones evangélicas de José? “Cuando las vacas se den la vuelta, será muy jodido” “Paquito, avísame cuando las vacas se den la vuelta”. O tal vez era una leyenda del pueblo, en el sentido de que un gigante se iba a despertar encolerizado, si notaba que encima de su nariz (el monte) un reducido grupo de vacas se había dado la vuelta....
- ¿Y?
- ¡Que va a haber tormenta, gilipollas!
- Tu más gilipollas.
No comprendía que ahora nos desviáramos del importantísimo problema de las vueltas de las vacas, con el asunto de la tormenta.
Probablemente gracias al mentalismo, no tuve que preguntar.
- Si va a haber tormenta, las vacas salen corriendo.
Y esa frase fue como un pistoletazo de salida. Las vacas salieron corriendo, como había vaticinado el listo, y además era una carrera desaforada (Un caballero no debe practicar ninguna de estas tres cosas; la carrera desaforada, el incesto, y los bailes regionales) una carrera de supervivencia.
No tardamos mucho en ver como las vacas desparecían carretera abajo.
- Van hacia el establo ¿verdad? Por instinto...
- No, eso son los caballos.
- Permanecerán siempre juntas...
- No eso son las ovejas....
En todo caso, yo era un testigo de una desgracia, no su víctima. Su víctima era el tonto de Paquito. Y la desgracia era grande, porque no podía presentarse ante su padre con 0 vacas. Ni siquiera con una o dos tenian que estar las...
- ¿Cuántas vacas eran?
- Son nueve vacas.
..tenian que estar las nueve vacas. Su padre le daría una buena paliza, a pesar de su evangélico hieratismo. Tal vez incluso le dijera “me cago en tu puta madre”, o algo así.
- Me tienes que hacer un favor muy grande.
- Es que no puedo...me tengo que ir dentro de dos horas a casa y...
- ..si eres mi amigo me lo tienes que hacer, a lo mejor lo solucionamos en menos de dos horas....
- A ver ¿qué es?
- Tienes que ir a buscarlas
- ¡¡¡¿A las vacas!!!? ¿Y yo que sé donde están?
- Están por los prados al borde de la carretera, se van parando.
- Pero yo no puedo.. a ver ¿qué hago con ellas?
- Las vas recogiendo, coño. De verdad que no es tan difícil, si en diez minutos estás aquí con ellas, yo no puedo ir por la pierna. Sólo las tienes que ir llamando y las subes, las tienes que decir asÍ: ¡Kuok Kuok!
-......Está bien....a ver que puedo hacer.
Fui caminando carretera abajo, con la languidez propia del que va sin ganas y jodido, a su destino asqueroso.
Oí la voz de Paquito desde lo alto, cuando yo bajaba asqueado de la vida por el marrón que me había caído:
- ¿podrías ir un poco más deprisa?
Y entonces el pensamiento maligno salió de mi cabeza sin querer
- Cojo de los cojones....
(Continuará)
(XIV) YO HE PASTOREADO VACAS Y SE DE LO QUE HABLO (I)
¡Basta! Ya no puedo ocultarlo por más tiempo...A Paquito le faltaba una pierna. De pequeño le atropelló un camión. Tenía 3 años. Ya está dicho, así que no quiero distracciones ni lágrimas a destiempo. Paquito contaba 12 años. Cuando ocurrieron los hechos, objeto de este relato, ya lo tenía superado. A mi ya no me daba pena, y a él tampoco.
El padre de Paquito, José, era protestante, del ala evangelista, lo cual probablemente era lo normal en Hamburgo, o en Nüremberg, pero en Gorlondón, Palencia, era de una originalidad tan grande que alguien que no fuera de su círculo íntimo, no podría nunca llegar a saber si José era egoísta, o pendenciero o bebedor, o mujeriego o elocuente. Simplemente se decía que era evangelista. Y eso ya era suficiente ser.
Todos los días del verano quedábamos Paquito y yo para ir al pastoreo. Para él era una costumbre, una rutina, como para Glaría presionar en el centro del campo. Pero para mí, chico urbano de los 70, pastorear era una novedad extraordinaria. Por eso yo me lo tomaba con entusiasmo y él con suficiencia profesional, pero claro, habría que verlo a él transbordando en Guzmán el Bueno ¿no te jode?
Subíamos a un prado que se situaba todo orgulloso en la falda de un monte lleno de peñascos magmáticos. En realidad yo no tenía claro si íbamos donde querían las vacas o donde queríamos nosotros. (La vieja muleta de madera de Paquito resonaba contra el asfalto, y nos marcaba una boga de travesía cómoda para las vacas, y cómoda para mí.)
Sólo dos cosas; la proverbial inteligencia de las vacas, y el variable clima (aquí tenemos un microclima...) de la comarca pudieron desencadenar lo que con el tiempo se conoció como “¡Hala!”.
Ocho vacas, pues en fila india, subiendo por la vieja carretera hacia el prado altanero, y dos ufanos muchachos, que las conducían. (Por cierto, no he comentado que los cencerros añadían un rítmico contrapunto a la boga, pero no importa, da igual)
La independencia de los bovinos, nos permitía a Paquito y a mi, ir hablando de nuestras cosas:
- Si te encuentras un caramelo en el suelo no te lo comas, es droga, y te mueres a los cinco años.
- Ah. Hace unos días me encontré unos caramelillos y me los comí.
- Pues te vas a morir dentro de cinco años.
- Ah.
- Mi hermano está en la cárcel.
- ¿eh?
- Mi hermano está en la cárcel.
- No lo he visto en todo el verano
- Es que está en la cárcel.
- Por eso no lo he visto. ¿Qué hizo?
- ¡Nada! ¿Me oyes? ¡Nada!
- Ah.
- No me vuelvas a preguntar nunca lo que hizo. ¿vale?
- Vale.
Arreciaba el viento, y era un poco frío, para la época. Quizá era el microclima de las narices.
- Se confundieron.
- Se confundieron, claro.
- Si me vuelves a preguntar lo que hizo, no volveré a ser tu amigo.
- Nunca voy a preguntarte lo que hizo.
- Es que no hizo nada.
- Nada de nada.
Se notaba mucho la cuesta. A Paquito le costaba mucho sostener el ritmo, pero como estaba cabreado, no se sabe bien por qué, aceleró. (¡Ploc, ploc!) Y las vacas, tan listas, también aceleraron. A lo mejor seguían el ritmo de su muleta.
- Pregúntame lo que hizo.
- Que no que no, que me da igual.
- ¡Pregúntamelo!
- No.
- Si no me lo preguntas no seré tu amigo.
- Vale. ¿Qué hizo?
- Nada era broma, no está en la cárcel, está en la mili.
- ¡En la mili!
- Ya ha disparado.
- ¿A alguien?
- No, imbécil, a una diana. En la mili no se dispara a la gente.
- Me parece que a algunos sí.
- A nadie.
- ¿Y tu que sabes?
- De verdad que eres tonto.
A Paquito ninguna duda le parecía razonable.
- Te dejo la muleta si quieres.
Me gustaba usarla, pero solo un rato, porque me daba un poco de pena que él avanzase a la pata coja. Se me clavaba mucho en el sobaco, a pesar de que tenía un acolchamiento todo desgastado.
- Duele. (yo siempre hacía ese inteligente comentario)
- Sí. Al principio duele, pero luego te acostumbras.
Le devolví la muleta a Paquito.
- Vamos a ir deprisa que nos sacan ventaja.
Era cierto. Las vacas estaban protagonizando la escapa del día, y sólo ví el culo de la última, desapareciendo tras una curva.
- ¿Quieres que corra?
- No, no hace falta, ahora las alcanzamos.
(Continuará)
El padre de Paquito, José, era protestante, del ala evangelista, lo cual probablemente era lo normal en Hamburgo, o en Nüremberg, pero en Gorlondón, Palencia, era de una originalidad tan grande que alguien que no fuera de su círculo íntimo, no podría nunca llegar a saber si José era egoísta, o pendenciero o bebedor, o mujeriego o elocuente. Simplemente se decía que era evangelista. Y eso ya era suficiente ser.
Todos los días del verano quedábamos Paquito y yo para ir al pastoreo. Para él era una costumbre, una rutina, como para Glaría presionar en el centro del campo. Pero para mí, chico urbano de los 70, pastorear era una novedad extraordinaria. Por eso yo me lo tomaba con entusiasmo y él con suficiencia profesional, pero claro, habría que verlo a él transbordando en Guzmán el Bueno ¿no te jode?
Subíamos a un prado que se situaba todo orgulloso en la falda de un monte lleno de peñascos magmáticos. En realidad yo no tenía claro si íbamos donde querían las vacas o donde queríamos nosotros. (La vieja muleta de madera de Paquito resonaba contra el asfalto, y nos marcaba una boga de travesía cómoda para las vacas, y cómoda para mí.)
Sólo dos cosas; la proverbial inteligencia de las vacas, y el variable clima (aquí tenemos un microclima...) de la comarca pudieron desencadenar lo que con el tiempo se conoció como “¡Hala!”.
Ocho vacas, pues en fila india, subiendo por la vieja carretera hacia el prado altanero, y dos ufanos muchachos, que las conducían. (Por cierto, no he comentado que los cencerros añadían un rítmico contrapunto a la boga, pero no importa, da igual)
La independencia de los bovinos, nos permitía a Paquito y a mi, ir hablando de nuestras cosas:
- Si te encuentras un caramelo en el suelo no te lo comas, es droga, y te mueres a los cinco años.
- Ah. Hace unos días me encontré unos caramelillos y me los comí.
- Pues te vas a morir dentro de cinco años.
- Ah.
- Mi hermano está en la cárcel.
- ¿eh?
- Mi hermano está en la cárcel.
- No lo he visto en todo el verano
- Es que está en la cárcel.
- Por eso no lo he visto. ¿Qué hizo?
- ¡Nada! ¿Me oyes? ¡Nada!
- Ah.
- No me vuelvas a preguntar nunca lo que hizo. ¿vale?
- Vale.
Arreciaba el viento, y era un poco frío, para la época. Quizá era el microclima de las narices.
- Se confundieron.
- Se confundieron, claro.
- Si me vuelves a preguntar lo que hizo, no volveré a ser tu amigo.
- Nunca voy a preguntarte lo que hizo.
- Es que no hizo nada.
- Nada de nada.
Se notaba mucho la cuesta. A Paquito le costaba mucho sostener el ritmo, pero como estaba cabreado, no se sabe bien por qué, aceleró. (¡Ploc, ploc!) Y las vacas, tan listas, también aceleraron. A lo mejor seguían el ritmo de su muleta.
- Pregúntame lo que hizo.
- Que no que no, que me da igual.
- ¡Pregúntamelo!
- No.
- Si no me lo preguntas no seré tu amigo.
- Vale. ¿Qué hizo?
- Nada era broma, no está en la cárcel, está en la mili.
- ¡En la mili!
- Ya ha disparado.
- ¿A alguien?
- No, imbécil, a una diana. En la mili no se dispara a la gente.
- Me parece que a algunos sí.
- A nadie.
- ¿Y tu que sabes?
- De verdad que eres tonto.
A Paquito ninguna duda le parecía razonable.
- Te dejo la muleta si quieres.
Me gustaba usarla, pero solo un rato, porque me daba un poco de pena que él avanzase a la pata coja. Se me clavaba mucho en el sobaco, a pesar de que tenía un acolchamiento todo desgastado.
- Duele. (yo siempre hacía ese inteligente comentario)
- Sí. Al principio duele, pero luego te acostumbras.
Le devolví la muleta a Paquito.
- Vamos a ir deprisa que nos sacan ventaja.
Era cierto. Las vacas estaban protagonizando la escapa del día, y sólo ví el culo de la última, desapareciendo tras una curva.
- ¿Quieres que corra?
- No, no hace falta, ahora las alcanzamos.
(Continuará)
(XIII) FUI CÓMPLICE DE UN CRIMEN ...(El desenlace)
Caí rendido sobre la cama. Cuenca, Sevilla, Mazarrón y Barbastro, resoplaban soñando con bellas conquenses, sevillanas, mazarronen.., er..y tías de Barbastro. Yo no podía dormirme aún, porque no encontraba alivio a mi situación. El subteniente Yan no era un enemigo cualquiera, no era como si ofendes al coronel, que te mete seis meses en la preve y punto. La venganza de Yan podía ser inconmensurable, qué se yo..., atroz. Desproporcionada, ea, desproporcionada.
Tristán, Pascual, Gatogordo y el subteniente Yan daban vueltas persiguiéndose en un círculo perfecto dentro de mi cabeza. Resultaba divertida la imagen. Pero al poco tiempo Tristán atajaba por medio del círculo y le mordía en la cabeza al felino. Luego todo volvía a empezar. A pesar de que estaba preocupado me acordé de la famosa copla (que no sé de quien era):
Tengo una gata de angora
Que es una cosa divina
Pepe saca la minina,
Que la vea la señora
Pero me reía en plan macabro, porque estaba más preocupado que un calamar. Era esa risa fría que te da el agobio.
Y de repente se hizo de día.
Y, pasó una semana. (Bueno, es que pasó sin detenerse, sin pensar en detenerse) Y muy poco a poco, muy lentamente, empecé a ver a Yan como un ser humano, con ligeras imperfecciones. No es un tipo tan listo, después de todo, no se ha dado ni cuenta.
Y pasó otra semana...y ví que Yan seguía en la inopia, y me reí de mi mismo por pensar que el tío tenía poderes, es más, bien mirado era más estúpido que la media.
Para cuando transcurrió un mes, me había tranquilizado tanto, que maullaba cuando aparecía Yan. Yan el tontito, Yan el despistado que tiene gatos y no sabe cuántos. Pobre Yan, ¿no sabe cuantos gatos tiene? Miau, miau Yan, ¿le apetece una lata de sardinas MIAU, mi subteniente? Si a los gatos de Yan le quitas uno, que está enterrado en el jardincillo tras la piscina porque se lo ha cargado Tristán....¿Cuántos gatos quedan? Yan no sabe.
MI subteniente quiero hacer un aleGATO. León es maraGATO.
Durante el período del servicio, tuve mis recaídas, claro. Por ejemplo, cuando se rumoreó que iban a hacer obras en el jardincillo de la piscina, entonces todo el miedo me vino de repente, y lo hablé con Pascual , que con sus dulces palabras me tranquilizó:
- Bah.
Luego hubo una época en que me dio por pensar que teníamos que haber dicho la verdad inmediatamente, porque entonces el culpable había sido Tristán, y ahora éramos Pascual y yo también, por haber ocultado el asunto. Luego, durante dos semanas, me pareció que Tristán era muy capaz de desenterrar lo que quedara del puñetero gatogordo.
Tuve días mejores y peores, con tendencia a la mejoría, pero durante el tiempo que duró la mili, siempre me quedó una ligera sensación de culpa, y un cierto temor residual a Yan.
El mismo día que me licencié, tuve que darle la mano a Yan, para despedirme de él. Y yo no hacía más que pensar que me iba a decir algo o a arrestarme justo el último día.
- Adiós buena suerte..¿Donde está mi gato, cabrón?
Pero no lo hizo. Sólo se me quedó mirando, y yo, en cada gesto suyo, creía ver una especie de:
- No te creas que no me voy a vengar, demonio blanco, mis escorpiones tienen tu retrato.
Pero me licencié. Y Yan pasó a ser un recuerdo ligeramente persistente. Y pasó un año, y pasaron dos. Y Yan sólo se me aparecía como un recuerdo lejano. Y pasaron tres.
Ayer, quince años después, pensé que soy tonto. Tantos años de recuerdo estúpido, y el chino no se ha vengado ni nada. Y luego se me apareció otra vez, muy pesado, pero brillante
- ¿Qué no me he vengado? Quince años acordándote de mi, te parece poco?
Tristán, Pascual, Gatogordo y el subteniente Yan daban vueltas persiguiéndose en un círculo perfecto dentro de mi cabeza. Resultaba divertida la imagen. Pero al poco tiempo Tristán atajaba por medio del círculo y le mordía en la cabeza al felino. Luego todo volvía a empezar. A pesar de que estaba preocupado me acordé de la famosa copla (que no sé de quien era):
Tengo una gata de angora
Que es una cosa divina
Pepe saca la minina,
Que la vea la señora
Pero me reía en plan macabro, porque estaba más preocupado que un calamar. Era esa risa fría que te da el agobio.
Y de repente se hizo de día.
Y, pasó una semana. (Bueno, es que pasó sin detenerse, sin pensar en detenerse) Y muy poco a poco, muy lentamente, empecé a ver a Yan como un ser humano, con ligeras imperfecciones. No es un tipo tan listo, después de todo, no se ha dado ni cuenta.
Y pasó otra semana...y ví que Yan seguía en la inopia, y me reí de mi mismo por pensar que el tío tenía poderes, es más, bien mirado era más estúpido que la media.
Para cuando transcurrió un mes, me había tranquilizado tanto, que maullaba cuando aparecía Yan. Yan el tontito, Yan el despistado que tiene gatos y no sabe cuántos. Pobre Yan, ¿no sabe cuantos gatos tiene? Miau, miau Yan, ¿le apetece una lata de sardinas MIAU, mi subteniente? Si a los gatos de Yan le quitas uno, que está enterrado en el jardincillo tras la piscina porque se lo ha cargado Tristán....¿Cuántos gatos quedan? Yan no sabe.
MI subteniente quiero hacer un aleGATO. León es maraGATO.
Durante el período del servicio, tuve mis recaídas, claro. Por ejemplo, cuando se rumoreó que iban a hacer obras en el jardincillo de la piscina, entonces todo el miedo me vino de repente, y lo hablé con Pascual , que con sus dulces palabras me tranquilizó:
- Bah.
Luego hubo una época en que me dio por pensar que teníamos que haber dicho la verdad inmediatamente, porque entonces el culpable había sido Tristán, y ahora éramos Pascual y yo también, por haber ocultado el asunto. Luego, durante dos semanas, me pareció que Tristán era muy capaz de desenterrar lo que quedara del puñetero gatogordo.
Tuve días mejores y peores, con tendencia a la mejoría, pero durante el tiempo que duró la mili, siempre me quedó una ligera sensación de culpa, y un cierto temor residual a Yan.
El mismo día que me licencié, tuve que darle la mano a Yan, para despedirme de él. Y yo no hacía más que pensar que me iba a decir algo o a arrestarme justo el último día.
- Adiós buena suerte..¿Donde está mi gato, cabrón?
Pero no lo hizo. Sólo se me quedó mirando, y yo, en cada gesto suyo, creía ver una especie de:
- No te creas que no me voy a vengar, demonio blanco, mis escorpiones tienen tu retrato.
Pero me licencié. Y Yan pasó a ser un recuerdo ligeramente persistente. Y pasó un año, y pasaron dos. Y Yan sólo se me aparecía como un recuerdo lejano. Y pasaron tres.
Ayer, quince años después, pensé que soy tonto. Tantos años de recuerdo estúpido, y el chino no se ha vengado ni nada. Y luego se me apareció otra vez, muy pesado, pero brillante
- ¿Qué no me he vengado? Quince años acordándote de mi, te parece poco?
(XIII) FUI CÓMPLICE DE UN CRIMEN Y NO ME IMPORTA DECIRLO.(Segunda Parte)
Tengo la fuerza de la verdad. Estoy con ella. Así, no puedo inventarme una secuencia lógica de hechos, aunque sí puedo contar lo que vi. Y luego añadir lo que no vi, pero con meras suposiciones.
Vi la cabeza del gato obeso dentro de la boca abierta de Tristán, vi cerrarse la boca de Tristán, y vi como la cabeza del gato cedía. Se oyó un crujido y el gato se extendió por un momento, y luego su cuerpo quedó colgando de un diente de Tristán, que sacudió la cabeza para quitárselo y el cuerpo del gato salió despedido y aterrizó a unos tres metros. Muerto, por completo. Tristán soltó (y podéis no creelo, pero os advierto que vi al noble Rurik aplastar una cucaracha con la pata y acercar la nariz para alejarla de un soplido) como un escupitajo de asco.
Todo aquello sucedió en un instante. Y fue tan rápido que Pascual casi ni se dio cuenta, y mucho menos hubiera podido evitarlo. Pero claro, ahí en medio del patio, del solitario patio, aquella mañana de Sábado, yacía uno de los gatos del taimado, asiático, frío, chinao y vengativo Yan. Que estaría en su casa, completamente desnudo cubierto de escorpiones acojonados.
Pascual dirigió antes de lo que pensábamos las operaciones. Lo primero que hizo fue salir corriendo.
- ¡Pascual! ¿Dónde vas?
No me contestó, pero Tristán salió corriendo detrás de él, pasando por encima del gato. Yo me quedé cerca del gato, pero adoptando una nada fácil pose interpretativa tal que me permitiera decir aquello de:
- ¿Un gato muerto? ¿Dónde?
Pero no hizo falta, porque Pascual y Tristán llegaron enseguida, con una sábana. Una tercera figura, me parece que era el Tortas (cabo Furriel, corría detrás de ellos)
- ¿Quieres que te meta? Pues pírate.
Eso le dijo Pascual al Furriel, y el tío sin ni siquiera detener su carrera se pegó media vuelta y se fue. Como si hubiera metido un gol, para entendernos. Después se dirigió a mi:
- Corre, saca un Land Rover del garaje, y tráelo aquí.
Eso era fácil incluso para mí. Como cabo de autos no tenía que hacer nada ilegal. Cuando llegué todo motorizado, Pascual ya había envuelto el cuerpo desgalichado del felino en una sabana cuartelera, la que le había mangado al furri. Hizo lo que se esperaba, arrojar el bulto en la caja del Land Rover, subirse a mi lado y decirme en tono imperativo:
- ¡Al cuarto de herramientas!
Y luego añadió a modo de información, por si me interesaba:
- A Tristán le está lavando Cartagena. Es de toda confianza.
Como era de esperar Pascual recogió una pala del cuarto de herramientas, y, en cuanto a mí, por mi propio sentido común llegué a la conclusión de que íbamos a enterrar al gato gordo, gordo y gordo, en secreto. Pero, pensando un poco aquel plan tenía mucho peligro. Por ejemplo ¿Qué iba a hacer Yan, cuando se diera cuenta de que faltaba uno de sus gatos? ¿Lo daría por desaparecido sin más? ¿Estaría ahora mismo viéndonos con los ojos del espíritu, desnudo en su casa? ¿Estaría hora mismo viéndonos con los ojos del espíritu, vestido tan solo con un polo azul celeste, en su casa? ¿Estaría ahora mismo viéndonos con los ojos del espíritu, ataviado con un traje regional tudelano, en su casa? Le trasladé mis inquietudes a Pascual, aunque resumiendo:
- Esto no me gusta nada.
Pascual, después de meditar mi propuesta me dijo que tirara para el jardincillo de detrás de la piscina. Y os puedo decir, que aunque parezca fácil y lo hayamos visto tantas veces en las películas, en realidad cavar una tumba aunque sea de gato obeso mórbido, es un coñazo, que te lleva un par de horas, sudas y te enfrías, y más si es por la noche. Y ya el Sol, tan tímido se había escondido detrás de las cocheras, había rielado tontamente en el mar de juguete de la piscina y se había retirado sin más. Miedo de Yan, seguro.
Las cosas planeadas nunca se acaban. ¡¡Nunca!!. Una vez enterrados gato y sábana, y disimulado el enterramiento, todavía tuve que pegarle una lavadita al Land Rover, para quitar los restos y las manchas ocres de..¡puaj! Y no fue todo, con la oscuridad reinando, aun tuvimos ánimo para fregotear un poco el suelo del patio, donde había tenido lugar el jueguecillo inocente de Tristán.
(ya veréis que desenlace)
Vi la cabeza del gato obeso dentro de la boca abierta de Tristán, vi cerrarse la boca de Tristán, y vi como la cabeza del gato cedía. Se oyó un crujido y el gato se extendió por un momento, y luego su cuerpo quedó colgando de un diente de Tristán, que sacudió la cabeza para quitárselo y el cuerpo del gato salió despedido y aterrizó a unos tres metros. Muerto, por completo. Tristán soltó (y podéis no creelo, pero os advierto que vi al noble Rurik aplastar una cucaracha con la pata y acercar la nariz para alejarla de un soplido) como un escupitajo de asco.
Todo aquello sucedió en un instante. Y fue tan rápido que Pascual casi ni se dio cuenta, y mucho menos hubiera podido evitarlo. Pero claro, ahí en medio del patio, del solitario patio, aquella mañana de Sábado, yacía uno de los gatos del taimado, asiático, frío, chinao y vengativo Yan. Que estaría en su casa, completamente desnudo cubierto de escorpiones acojonados.
Pascual dirigió antes de lo que pensábamos las operaciones. Lo primero que hizo fue salir corriendo.
- ¡Pascual! ¿Dónde vas?
No me contestó, pero Tristán salió corriendo detrás de él, pasando por encima del gato. Yo me quedé cerca del gato, pero adoptando una nada fácil pose interpretativa tal que me permitiera decir aquello de:
- ¿Un gato muerto? ¿Dónde?
Pero no hizo falta, porque Pascual y Tristán llegaron enseguida, con una sábana. Una tercera figura, me parece que era el Tortas (cabo Furriel, corría detrás de ellos)
- ¿Quieres que te meta? Pues pírate.
Eso le dijo Pascual al Furriel, y el tío sin ni siquiera detener su carrera se pegó media vuelta y se fue. Como si hubiera metido un gol, para entendernos. Después se dirigió a mi:
- Corre, saca un Land Rover del garaje, y tráelo aquí.
Eso era fácil incluso para mí. Como cabo de autos no tenía que hacer nada ilegal. Cuando llegué todo motorizado, Pascual ya había envuelto el cuerpo desgalichado del felino en una sabana cuartelera, la que le había mangado al furri. Hizo lo que se esperaba, arrojar el bulto en la caja del Land Rover, subirse a mi lado y decirme en tono imperativo:
- ¡Al cuarto de herramientas!
Y luego añadió a modo de información, por si me interesaba:
- A Tristán le está lavando Cartagena. Es de toda confianza.
Como era de esperar Pascual recogió una pala del cuarto de herramientas, y, en cuanto a mí, por mi propio sentido común llegué a la conclusión de que íbamos a enterrar al gato gordo, gordo y gordo, en secreto. Pero, pensando un poco aquel plan tenía mucho peligro. Por ejemplo ¿Qué iba a hacer Yan, cuando se diera cuenta de que faltaba uno de sus gatos? ¿Lo daría por desaparecido sin más? ¿Estaría ahora mismo viéndonos con los ojos del espíritu, desnudo en su casa? ¿Estaría hora mismo viéndonos con los ojos del espíritu, vestido tan solo con un polo azul celeste, en su casa? ¿Estaría ahora mismo viéndonos con los ojos del espíritu, ataviado con un traje regional tudelano, en su casa? Le trasladé mis inquietudes a Pascual, aunque resumiendo:
- Esto no me gusta nada.
Pascual, después de meditar mi propuesta me dijo que tirara para el jardincillo de detrás de la piscina. Y os puedo decir, que aunque parezca fácil y lo hayamos visto tantas veces en las películas, en realidad cavar una tumba aunque sea de gato obeso mórbido, es un coñazo, que te lleva un par de horas, sudas y te enfrías, y más si es por la noche. Y ya el Sol, tan tímido se había escondido detrás de las cocheras, había rielado tontamente en el mar de juguete de la piscina y se había retirado sin más. Miedo de Yan, seguro.
Las cosas planeadas nunca se acaban. ¡¡Nunca!!. Una vez enterrados gato y sábana, y disimulado el enterramiento, todavía tuve que pegarle una lavadita al Land Rover, para quitar los restos y las manchas ocres de..¡puaj! Y no fue todo, con la oscuridad reinando, aun tuvimos ánimo para fregotear un poco el suelo del patio, donde había tenido lugar el jueguecillo inocente de Tristán.
(ya veréis que desenlace)
(XIII) FUI CÓMPLICE DE UN CRIMEN Y NO ME IMPORTA DECIRLO.
Pascual, cabo primero, no sabía jugar al ajedrez ni al mus ni al parchís, no tenía conocimientos de física, ni de filosofía, no leía los periódicos, y no veía programas de la tele en los que saliera gente sentada.
Y sin embargo tenía una apasionante profesión: “Amaestrador de perros antidroga”. En el cuartel, esto de los perros antidroga estaba organizado así; Pascual recibía un perro, lo entrenaba, y...hasta que durase. Cuando el perro faltaba (que en gloria esté...) se volvía a empezar y listo.
Estos perros sólo obedecían a Pascual, caminaban junto a él, ladraban junto a él, de manera que el perro de turno y Pascual formaban un equipo indivisible. Y aunque tú le chasqueases los dedos con toda simpatía, no hacía ni puto caso.
El perro de esta historia, que luego sirvió a la patria por largos años se llamaba Tristán.
Por otro lado estaba el taimado Subteniente Yan. Era, claro, de origen asiático, y cada uno tenía su versión de por qué un chino estaba en el ejército español.
- Se metió en la legión y como era muy valiente ascendió rápido
- Es de inteligencia, por eso está en el ejército.
- No es chino, es que estaba en un atasco y se cabreó, entonces cambió el viento y se le quedó toda chiná la cara.
- ¿Quién tiene un cigarro?
Lo cierto es que Yan era español, solo que de origen y aspecto filipino. Pero ya sabemos que lo oriental tiene leyenda, y en este caso la leyenda le servía para tener asegurado el respeto y temor de sus subordinados (Como Pascual y yo), y ciertos privilegios ante sus superiores. Sobre todo en lo que respeta a los animales de compañía. El Subteniente Yan tenía el cuartel sembrado con sus animales de compañía. En primer lugar una banda de gatos; sólo tenía nombre uno Matilde “Mitxi” La Tuerta, que era tuerta. Los demás eran gatos anónimos y no se sabía su número exacto, aunque se dice que Yan los tenía bautizados con nombres asiáticos y los conocía a todos. También estaban los pavos. Seguramente eran siete u ocho. Tampoco tenían nombre que supiéramos, y, aunque eran comestibles con toda probabilidad, nadie que se sepa, había osado robar uno. Los pavos al igual que los gatos correteaban en total libertad, y tenían preferencia de paso. Y después, se decía que Yan tenía en su casa una colección de reptiles, quelonios y arácnidos, de lo más siniestra.
El pobre Tristán, por otro lado, tenía un hobby de lo más insano. Cuando los muchachos estaban jugando al baloncesto, Pascual se ponía a mirar el partido, y el pobre Tristán se ponía debajo de la canasta, que carecía de red, es decir que el balón, cuando entraba, gracias a Dios no muchas veces, caía a plomo sobre la nariz del desgraciado perro, que siempre estornudaba tras el impacto, pero que se quedaba allí, a la espera de otro pelotazo.
Esta costumbre tan tonta e incomprensible desde el punto de vista de el ser humano, y también desde el punto de vista de la tropa, acabó por estropear el olfato del noble animal, que empezó a no detectar sustancias prohibidas y cigarros de la alegría, lo que le valió un plus de cariño, si es que era posible, de parte de la clase de tropa.
Como el animal no era ya muy efectivo, Pascual le daba largos paseos, para que al menos no engordase, como los gatos de Yan, que eran gordos, gordos.
A Pascual no le queríamos, ni le odiábamos. Aunque era un sacrificio, la verdad, cuando te pedía que le acompañases en el paseo diario con Tristán. Resultó que aquel día yo estaba libre de servicio, y no se me ocurrió a tiempo ninguna excusa creíble. Resignado, y con esa suave satisfacción que da la seguridad de que en algún lugar alguien te está anotando los puntos que marcas al no ser mezquino, comenzamos a pasear cruzando el patio. Yan estaba en su casa, y seguramente celebrando extrañas ceremonias con sus reptiles, con sus quelonios, con sus arácnidos.
Nada había que inquietase el paseo, ni siquiera el dulzón y orondo gato, perteneciente a la colección de Yan, que se nos cruzaba en aquel instante.
Yo no conozco bien la definición exacta de instante. No puedo recordar exactamente como fue la secuencia de hechos. O todo fue muy rápido, o metí mi desgastada bota en un agujero blanco, y me vi trasladado repentinamente a otra dimensión, para luego volver en el instante crucial, yo que sé. Es más podría inventarme una buena secuencia de hechos lógicos, pero..¿Dónde dejaría eso el poder de la verdad?
¿dónde? ¿dónde? ¿dónde?
(Continúa pronto)
Y sin embargo tenía una apasionante profesión: “Amaestrador de perros antidroga”. En el cuartel, esto de los perros antidroga estaba organizado así; Pascual recibía un perro, lo entrenaba, y...hasta que durase. Cuando el perro faltaba (que en gloria esté...) se volvía a empezar y listo.
Estos perros sólo obedecían a Pascual, caminaban junto a él, ladraban junto a él, de manera que el perro de turno y Pascual formaban un equipo indivisible. Y aunque tú le chasqueases los dedos con toda simpatía, no hacía ni puto caso.
El perro de esta historia, que luego sirvió a la patria por largos años se llamaba Tristán.
Por otro lado estaba el taimado Subteniente Yan. Era, claro, de origen asiático, y cada uno tenía su versión de por qué un chino estaba en el ejército español.
- Se metió en la legión y como era muy valiente ascendió rápido
- Es de inteligencia, por eso está en el ejército.
- No es chino, es que estaba en un atasco y se cabreó, entonces cambió el viento y se le quedó toda chiná la cara.
- ¿Quién tiene un cigarro?
Lo cierto es que Yan era español, solo que de origen y aspecto filipino. Pero ya sabemos que lo oriental tiene leyenda, y en este caso la leyenda le servía para tener asegurado el respeto y temor de sus subordinados (Como Pascual y yo), y ciertos privilegios ante sus superiores. Sobre todo en lo que respeta a los animales de compañía. El Subteniente Yan tenía el cuartel sembrado con sus animales de compañía. En primer lugar una banda de gatos; sólo tenía nombre uno Matilde “Mitxi” La Tuerta, que era tuerta. Los demás eran gatos anónimos y no se sabía su número exacto, aunque se dice que Yan los tenía bautizados con nombres asiáticos y los conocía a todos. También estaban los pavos. Seguramente eran siete u ocho. Tampoco tenían nombre que supiéramos, y, aunque eran comestibles con toda probabilidad, nadie que se sepa, había osado robar uno. Los pavos al igual que los gatos correteaban en total libertad, y tenían preferencia de paso. Y después, se decía que Yan tenía en su casa una colección de reptiles, quelonios y arácnidos, de lo más siniestra.
El pobre Tristán, por otro lado, tenía un hobby de lo más insano. Cuando los muchachos estaban jugando al baloncesto, Pascual se ponía a mirar el partido, y el pobre Tristán se ponía debajo de la canasta, que carecía de red, es decir que el balón, cuando entraba, gracias a Dios no muchas veces, caía a plomo sobre la nariz del desgraciado perro, que siempre estornudaba tras el impacto, pero que se quedaba allí, a la espera de otro pelotazo.
Esta costumbre tan tonta e incomprensible desde el punto de vista de el ser humano, y también desde el punto de vista de la tropa, acabó por estropear el olfato del noble animal, que empezó a no detectar sustancias prohibidas y cigarros de la alegría, lo que le valió un plus de cariño, si es que era posible, de parte de la clase de tropa.
Como el animal no era ya muy efectivo, Pascual le daba largos paseos, para que al menos no engordase, como los gatos de Yan, que eran gordos, gordos.
A Pascual no le queríamos, ni le odiábamos. Aunque era un sacrificio, la verdad, cuando te pedía que le acompañases en el paseo diario con Tristán. Resultó que aquel día yo estaba libre de servicio, y no se me ocurrió a tiempo ninguna excusa creíble. Resignado, y con esa suave satisfacción que da la seguridad de que en algún lugar alguien te está anotando los puntos que marcas al no ser mezquino, comenzamos a pasear cruzando el patio. Yan estaba en su casa, y seguramente celebrando extrañas ceremonias con sus reptiles, con sus quelonios, con sus arácnidos.
Nada había que inquietase el paseo, ni siquiera el dulzón y orondo gato, perteneciente a la colección de Yan, que se nos cruzaba en aquel instante.
Yo no conozco bien la definición exacta de instante. No puedo recordar exactamente como fue la secuencia de hechos. O todo fue muy rápido, o metí mi desgastada bota en un agujero blanco, y me vi trasladado repentinamente a otra dimensión, para luego volver en el instante crucial, yo que sé. Es más podría inventarme una buena secuencia de hechos lógicos, pero..¿Dónde dejaría eso el poder de la verdad?
¿dónde? ¿dónde? ¿dónde?
(Continúa pronto)
(XII) EL ORANGUTÁN BESUCÓN CON SU TRIPITA DE CUERO.
Yo siempre había sido enemigo de los monos. Entiéndase bien esto, era enemigo de los monos en el mismo grado que de los perros de pelo corto. ¿Por qué era yo enemigo de los perros de pelo corto? Porque, aunque sea inconscientemente, se pasean por la casa con sus bolas bamboleantes a la vista de todo el mundo, ...y todo el rato. De modo que cada vez que yo aparecía por casa de un amigo que tenía el clásico ejemplar musculoso de perro de pelo corto, y, aunque yo no quisiera terminaba fijándome en el bamboleo eterno de sus pelotas. Y, yo al fin y al cabo solo estaba un ratito, pero me imaginaba a mi amigo todo el día hipnotizado con las bolas peladas y sucias del doberman. Así que terminé por respetar el hábitat de los perros de pelo corto, pero sin admitirlos en mi casa.
Con los monos me pasó algo parecido. El problema era la mirada. ¿cómo miran los monos? ¿eh?. Miran echándote en cara que son solo monos. Como si los demás tuviéramos la culpa. Los monos pequeños verdaderamente tienen un deje humilde en la mirada, como de base de la pirámide de depredadores, pero en los grandes primates, como gorilas, orangutanes e incluso en algunos medianos como chimpancés y mandriles (recuerdo aquel dicho...más feo que una almorrana en el culo de un mandril), esa mirada es de franco rencor.
Pero eso no me cayeron nunca bien los monos.
Hasta ese día.
Ya llevaba un par de horas en el zoo, había estado visitando a los delfines e incluso había intentado obligarles a seguir mi dedo índice, aunque el resto del público había arruinado el proyecto, porque se distraían. Después pasé por donde las grandes aves; el majestuoso cóndor, el misterioso halcón, el hierático milano, el vulgar pollo amarillo, (ah, no que eso es la pitanza de los otros, siempre ha habido clases) Y, claro, los grandes felinos, tanto de la seca sabana, como los pumas del desierto, y, cómo no, los grandes primates, y entre ellos, en su pequeña morada de metacrilato, el triste orangután de la tripita de cuero.
Si, tenía gesto triste, el granuja, pero no fue eso lo que me conmovió. Se columpiaba dulcemente, con una mano se agarraba a la cuerda del columpio, y con la otra sujetaba una manzana desordenadamente mordida. Y esto tampoco me conmovió.
A cada impulso su cara quedaba a escasos milímetros del metacrilato, ¿Y sabéis lo que hacía entonces, cuando su carita fea estaba tan cerca de la pared transparente de su celda? No os lo vais a creer. Le pegaba un besazo a la pared. Con sus labios gordos y peludos. Le pegaba un besazo ruidoso y húmedo de padre y señor mío. Y esto lo hizo una vez, y dos y tres. Y yo justo delante de él. Y cuatro y cinco y seis, y yo delante de él. Y lo hizo continuamente, y me tenía hipnotizado. Y seguía, y yo ahí.
Y yo no sé por qué lo hacía. No es la causa lo que me gustó, fue el acto en sí.
¿Qué importa el por qué?
Con los monos me pasó algo parecido. El problema era la mirada. ¿cómo miran los monos? ¿eh?. Miran echándote en cara que son solo monos. Como si los demás tuviéramos la culpa. Los monos pequeños verdaderamente tienen un deje humilde en la mirada, como de base de la pirámide de depredadores, pero en los grandes primates, como gorilas, orangutanes e incluso en algunos medianos como chimpancés y mandriles (recuerdo aquel dicho...más feo que una almorrana en el culo de un mandril), esa mirada es de franco rencor.
Pero eso no me cayeron nunca bien los monos.
Hasta ese día.
Ya llevaba un par de horas en el zoo, había estado visitando a los delfines e incluso había intentado obligarles a seguir mi dedo índice, aunque el resto del público había arruinado el proyecto, porque se distraían. Después pasé por donde las grandes aves; el majestuoso cóndor, el misterioso halcón, el hierático milano, el vulgar pollo amarillo, (ah, no que eso es la pitanza de los otros, siempre ha habido clases) Y, claro, los grandes felinos, tanto de la seca sabana, como los pumas del desierto, y, cómo no, los grandes primates, y entre ellos, en su pequeña morada de metacrilato, el triste orangután de la tripita de cuero.
Si, tenía gesto triste, el granuja, pero no fue eso lo que me conmovió. Se columpiaba dulcemente, con una mano se agarraba a la cuerda del columpio, y con la otra sujetaba una manzana desordenadamente mordida. Y esto tampoco me conmovió.
A cada impulso su cara quedaba a escasos milímetros del metacrilato, ¿Y sabéis lo que hacía entonces, cuando su carita fea estaba tan cerca de la pared transparente de su celda? No os lo vais a creer. Le pegaba un besazo a la pared. Con sus labios gordos y peludos. Le pegaba un besazo ruidoso y húmedo de padre y señor mío. Y esto lo hizo una vez, y dos y tres. Y yo justo delante de él. Y cuatro y cinco y seis, y yo delante de él. Y lo hizo continuamente, y me tenía hipnotizado. Y seguía, y yo ahí.
Y yo no sé por qué lo hacía. No es la causa lo que me gustó, fue el acto en sí.
¿Qué importa el por qué?





