(XV) ...EL BOSQUE CADUCIFOLIO EN SI
Fragmento del diario de Paulovsky. Pescador de Peces:
El rio está completamente helado. Sólo un hilillo de agua se mueve allá en el centro, pero cualquiera se acerca a verlo en detalle. He perdido la brújula, las galletas saladas y el infiernillo, pero ¿para que quiero el infiernillo si no se donde está el café? Tal vez se lo llevó el señor oso mientras yo dormía la siesta del carnero. Le agradezco, en ese caso que se llevará el café y no a mí.
Es hora de comer, pero no tengo infiernillo,y me da un poco de asco comerme el tocino crudo. Tiene pelos gordos, de cerdo, creo. Aun no estoy tan hambriento.
Miro la brújula. El norte está ahí, detrás del chopo (suponiendo que aquello sea un chopo). ¿Y qué? Porque ahora que lo pienso eso me serviría de algo si yo supiese en que dirección se encuentra mi cabaña. Pero no lo sé. Pero de ese problema me ocuparé cuando tenga que volver.
Miro al suelo y veo mis botas despeluchadas. Y pienso que pude ser alguien en Moscú. Pude haberme dedicado a algo que se me diese bien. Casi pude conducir un autobús. Ya me veía agarrado a mi enorme volante, y llevando a guapas moscovitas de acá para allá. Y me imaginaba que intentaban dirigirme la palabra, y yo, todo digno les señalaba el cartel:
NO HABLEN AL CONDUCTOR
(Y menos en ruso, que el tío es de Córdoba)
Pero no, suspenso.
Encuentro un trozo de río que el invierno olvidó helar, y discretamente para que no me vea, lanzo el sedal y me siento a esperar. Y así, inopinadamente, tomé esta decisión sobre mi nueva vida de pescador solitario.
“Seré pescador de lo primero que pesque, es decir si pesco un salmón seré pescador de salmones, y si pesco una carpa de carpas. Pero...¿Y si pesco un bagre? De bagres. Vámonos de bagres...jajaja. “
Así, esperando que picara un salmón, que es mucho mas digno que cualquier carpa o bagre, empiezo a oir una suave música de flauta detrás de mi. Me doy la vuelta, sin soltar la caña, y veo a un kazajo detrás de mí, sujetando una travesera entre sus sucios dedos, pero ejecutando una maravillosa pieza. Que me era extrañamente familiar.
Espero pacientemente a que termine, y , cuando lo hace, le pregunto:
-¿Cómo se llama la pieza que has tocado?, me suena.
- Se llama “El bosque caducifolio”. ¿Quieres que toque otra?
- Pues no. Me vas a espantar la pesca.
- La otra se llama “Xiringüelu Vienés”, el “Xiringüelu lo toco en La.
- ¿Y el bosque caducifolio?
- El bosque caducifolio en SI.
El rio está completamente helado. Sólo un hilillo de agua se mueve allá en el centro, pero cualquiera se acerca a verlo en detalle. He perdido la brújula, las galletas saladas y el infiernillo, pero ¿para que quiero el infiernillo si no se donde está el café? Tal vez se lo llevó el señor oso mientras yo dormía la siesta del carnero. Le agradezco, en ese caso que se llevará el café y no a mí.
Es hora de comer, pero no tengo infiernillo,y me da un poco de asco comerme el tocino crudo. Tiene pelos gordos, de cerdo, creo. Aun no estoy tan hambriento.
Miro la brújula. El norte está ahí, detrás del chopo (suponiendo que aquello sea un chopo). ¿Y qué? Porque ahora que lo pienso eso me serviría de algo si yo supiese en que dirección se encuentra mi cabaña. Pero no lo sé. Pero de ese problema me ocuparé cuando tenga que volver.
Miro al suelo y veo mis botas despeluchadas. Y pienso que pude ser alguien en Moscú. Pude haberme dedicado a algo que se me diese bien. Casi pude conducir un autobús. Ya me veía agarrado a mi enorme volante, y llevando a guapas moscovitas de acá para allá. Y me imaginaba que intentaban dirigirme la palabra, y yo, todo digno les señalaba el cartel:
NO HABLEN AL CONDUCTOR
(Y menos en ruso, que el tío es de Córdoba)
Pero no, suspenso.
Encuentro un trozo de río que el invierno olvidó helar, y discretamente para que no me vea, lanzo el sedal y me siento a esperar. Y así, inopinadamente, tomé esta decisión sobre mi nueva vida de pescador solitario.
“Seré pescador de lo primero que pesque, es decir si pesco un salmón seré pescador de salmones, y si pesco una carpa de carpas. Pero...¿Y si pesco un bagre? De bagres. Vámonos de bagres...jajaja. “
Así, esperando que picara un salmón, que es mucho mas digno que cualquier carpa o bagre, empiezo a oir una suave música de flauta detrás de mi. Me doy la vuelta, sin soltar la caña, y veo a un kazajo detrás de mí, sujetando una travesera entre sus sucios dedos, pero ejecutando una maravillosa pieza. Que me era extrañamente familiar.
Espero pacientemente a que termine, y , cuando lo hace, le pregunto:
-¿Cómo se llama la pieza que has tocado?, me suena.
- Se llama “El bosque caducifolio”. ¿Quieres que toque otra?
- Pues no. Me vas a espantar la pesca.
- La otra se llama “Xiringüelu Vienés”, el “Xiringüelu lo toco en La.
- ¿Y el bosque caducifolio?
- El bosque caducifolio en SI.
(XIV) YO HE PASTOREADO VACAS Y SÉ DE LO QUE HABLO, EN CIERTO MODO (FIN)
Dejé de llorar cuando alcancé el fondo del pozo anímico. Pero, aunque tras el llanto reparador me sentí mejor, no se me escapaba que los problemas seguían en el mismo estado que antes de llorar. Vaca Dos seguía tranquilamente tumbada, y seguía lloviendo. Y además yo tenía un pie mojado.
Me puse a horcajadas sobre ella, con la esperanza lejana de que recordase a sus ancestros salvajes, se encabritase e intentara arrojarme de su grupa, así al menos tendría que levantarse. En realidad lo que hizo fue morder un poco de hierba. La espoleé, aunque sin espuelas. Y no hubo manera. No respondía a los estímulos caballares.
- ¿Qué te pasa, muchacho?
Quien así me habló no era precisamente un hada madrina, era un noble campesino con su bigote y su colilla reglamentaria apagada de papel amarillento. Llevaba un largo impermeable a modo de poncho, pero la cara la tenía mojada. Yo ansiaba tanto una buena ayuda, que no hice preguntas.
- La vaca se ha escapado.
- ¿La vaca se ha escapado?
- Es del señor José
- ¿Es del señor José?
- Si. La tengo que llevar arriba (En ese momento desmonté)
- ¿Arriba?
- Si, arriba, allí está Paquito, esperándola.
- ¿Está esperándola Paquito?
- ¿Cómo puedo levantarla?
- ¿Levantarla?.....
En ese momento el noble campesino (aunque algo sordo), miró al cielo y me contestó desde la honda sabiduría de su oficio.
-.....y yo que sé. No tengo ni idea.
- Pero usted ¿no es ganadero?
- Yo soy mecánico, chaval. Pero dale una patada...
Y se dio media vuelta y se fue. Vi su figura alejarse, no ya entre la niebla, que no había, sino carretera abajo, y confundiéndose, quizá, con el paisaje mojado.
Y no me dio tiempo a pensar nada más, antes de que el paisano, volviese corriendo...
- ¿Te da igual una vaca que otra?
- ¿Eh?
- Es que por allí suben siete vacas. Vienen caminando, así que ya están todas de pie. Pasa de esa.
Miré por encima de su hombro, y me di cuenta, de que eran Tres, Cuatro, Cinco, Seis, Siete, Ocho y Nueve. Como no era yo muy expresivo no salté de gozo, pero a cambio salí corriendo, creo que a abrazarlas. Pero cuando llegué a la carretera, donde todas seguían a Tres, que llevaba el cencerro, no sé, me dio corte empezar a repartir abrazos. Y sólo las saludé:
- ¿Qué pasa, chicas? ¿Dónde os habíais metido?
- Bueno, que yo me voy-dijo el mecánico.
- Menudo susto me habíais dado, majas.
- ..en fin que yo me voy a ir yendo, si no me necesitas..-insistió el mecánico
- Vámonos hacia arriba, chicas, nos están esperando.
- ...tengo la partida además....
El milagro se iba completando, Dos se puso en pie y se unió rápidamente a nosotros. Éramos un alegre rebaño, caminando al son de la música del mecánico, al que dejamos atrás diciendo:
- De modo, que señores, voy a ir bajando, je, je....
En la subida, el grave cencerro marcaba paradójicamente nuestro alegre caminar al encuentro de mi íntimo Paquito, que sí, que tenía sus cosas, pero era noble. Pero yo tenía la sensación de que todo iba a ir yendo bien, y la única cosa que me inquietaba era el paradero de Uno, a la que verdaderamente yo había abandonado, aunque eso sí, en la dirección correcta. Casi no me lo creía cuando divisé su trasero en la lejanía. Que el pelotón la atrapase era cuestión de tiempo.
Reconozco que ella se esforzaba en la escapada, pero la verdad, es que Tres, cencerro en ristre tiraba del grupo, como si le fuese la vida en ello. Uno no tenía ninguna posibilidad, y tras una estéril agonía, Uno cayó en las redes del grupo. Y, a la vez, para, rematar el día de los milagros, salió el Sol.
Todos juntos caminando bajo el Sol. Y yo casi cantaba. Misión cumplida. En la euforia me vino a la mente (no se por qué) la famosa frase:
-¡Fuuuuriaaaa! Es la voz de Joe, el único que sabe montarlo.
Paquito estaba sentado, apoyado, masticando un tallo. No se volvió con el sonido del cencerro, ni cuando yo empecé a gritar
- ¡Paquito, Paquito! ¡Vengo con todas!
Y esperé que se levantara para darme un abrazo. No lo hizo. Lo que hizo fue quedarse sentado y mirarme durante un rato...y decirme:
- No veas si has tardado.¿no?
- ¿Qué? Encima....
- Son vacas, tío, no gacelas, He estado aquí media tarde aburrido, joder.
- Oye, que no es tan fácil.
- Paquito, vete a la mierda.
- Oye no te mosquees, a ver si no se van a poder decir las cosas.
- Bueno, me tengo que ir.
- Espera, que ya nos vamos juntos.¡kuok, kuok!
Empezamos a caminar, y nos seguían las vacas, y Paquito seguía dándome la paliza:
- Se llama crítica constructiva, y es para que mejores. Si no sabes hacer bien algo pues hay que decírtelo. Y así mejoras, tontito.
Yo estaba rabioso, y el hecho de no haberle podido decir lo que se merecía, no sé bien por qué, si por pena , si por amistad, si porque yo era tonto perdido,..la acidez me quemaba por dentro y sólo quería vomitarla. Si seguía acumulando rabia, lo iba a tener que matar, quizá clavándole su propia muleta en el esternón.
Perro Paquito.
Paquito llevaba un jersey
- ¿Sabes cuánto me costo?
- No, ni idea.
- Adivina
- Ni idea
- Pero di un número
- Que no, que da igual.
- No tengo ni idea
- ¡Que lo digas!
- Es que no entiendo de eso
- ¡Pero dilo!
- Seiscientas mil pesetas
- ¡Hala seiscientas mil pesetas! ¿Cómo va a costar eso un jersey?
- Ya te digo que ni idea
- Cuatro mil pesetas, me costo.
- Ah. Que bárbaro.
La amistad, ese bonito sentimiento, había caducado entre nosotros.
Pero, posiblemente a Paquito le daba algo de pena, porque me agarró por el pescuezo y me quiso girar la cabeza, hacia un prado cercano.
- ¡Mira, fresas silvestres!
Yo no ví nada.
- Ah sí.
- Vamos. Que nos las hemos ganado.
- Si es que yo tengo prisa...
Nos acercamos allí, sin miedo de que se escapasen las vacas, porque el tiempo se había estabilizado, y nos sentamos a comer fresas. Y echamos un buen rato comiendo sin hablar. Hasta que escuchamos una voz a nuestra espalda.
- Qué..¿Están buenas las fresas?
Le miramos, y vimos que era el clásico paisano de campo, sin nada que hacer, que buscaba charla desesperadamente.
- Sí señor, si. –Contestó Paquito.
Yo me callé. Y seguí zampando.
- ¿Y que va a decir el dueño?
- ¿Qué dueño, si son silvestres?
- ¿Silvestres? ¡¡Hijos de puta!! ¡¡Son mías!!
Y el paisano, una vez dijo esto, se arrancó blandiendo un bastón de nudos que no habíamos visto ni nada. Quería arremeter contra nosotros. Y lo hizo.
Mientras yo huía, vi como el sujeto atizaba un estacazo en el lomo de Paquito. Y luego otro. Y Paquito no podía ni levantarse y seguía recibiendo y el otro le decía:
- ¡Cabrón te voy a partir por la mitad!- Y luego mirándome a mí continuó:
- ¡Y tu, espérate, que ahora voy contigo!
Que fué la consigna que yo necesitaba, para salir corriendo carretera abajo. Me acordé de lanzar un besito a las vacas al pasar por su lado, y abandoné a Paquito para siempre, bajo el rítmico golpear del paisano.
Nunca volví a ver a ninguno de los dos.
Me puse a horcajadas sobre ella, con la esperanza lejana de que recordase a sus ancestros salvajes, se encabritase e intentara arrojarme de su grupa, así al menos tendría que levantarse. En realidad lo que hizo fue morder un poco de hierba. La espoleé, aunque sin espuelas. Y no hubo manera. No respondía a los estímulos caballares.
- ¿Qué te pasa, muchacho?
Quien así me habló no era precisamente un hada madrina, era un noble campesino con su bigote y su colilla reglamentaria apagada de papel amarillento. Llevaba un largo impermeable a modo de poncho, pero la cara la tenía mojada. Yo ansiaba tanto una buena ayuda, que no hice preguntas.
- La vaca se ha escapado.
- ¿La vaca se ha escapado?
- Es del señor José
- ¿Es del señor José?
- Si. La tengo que llevar arriba (En ese momento desmonté)
- ¿Arriba?
- Si, arriba, allí está Paquito, esperándola.
- ¿Está esperándola Paquito?
- ¿Cómo puedo levantarla?
- ¿Levantarla?.....
En ese momento el noble campesino (aunque algo sordo), miró al cielo y me contestó desde la honda sabiduría de su oficio.
-.....y yo que sé. No tengo ni idea.
- Pero usted ¿no es ganadero?
- Yo soy mecánico, chaval. Pero dale una patada...
Y se dio media vuelta y se fue. Vi su figura alejarse, no ya entre la niebla, que no había, sino carretera abajo, y confundiéndose, quizá, con el paisaje mojado.
Y no me dio tiempo a pensar nada más, antes de que el paisano, volviese corriendo...
- ¿Te da igual una vaca que otra?
- ¿Eh?
- Es que por allí suben siete vacas. Vienen caminando, así que ya están todas de pie. Pasa de esa.
Miré por encima de su hombro, y me di cuenta, de que eran Tres, Cuatro, Cinco, Seis, Siete, Ocho y Nueve. Como no era yo muy expresivo no salté de gozo, pero a cambio salí corriendo, creo que a abrazarlas. Pero cuando llegué a la carretera, donde todas seguían a Tres, que llevaba el cencerro, no sé, me dio corte empezar a repartir abrazos. Y sólo las saludé:
- ¿Qué pasa, chicas? ¿Dónde os habíais metido?
- Bueno, que yo me voy-dijo el mecánico.
- Menudo susto me habíais dado, majas.
- ..en fin que yo me voy a ir yendo, si no me necesitas..-insistió el mecánico
- Vámonos hacia arriba, chicas, nos están esperando.
- ...tengo la partida además....
El milagro se iba completando, Dos se puso en pie y se unió rápidamente a nosotros. Éramos un alegre rebaño, caminando al son de la música del mecánico, al que dejamos atrás diciendo:
- De modo, que señores, voy a ir bajando, je, je....
En la subida, el grave cencerro marcaba paradójicamente nuestro alegre caminar al encuentro de mi íntimo Paquito, que sí, que tenía sus cosas, pero era noble. Pero yo tenía la sensación de que todo iba a ir yendo bien, y la única cosa que me inquietaba era el paradero de Uno, a la que verdaderamente yo había abandonado, aunque eso sí, en la dirección correcta. Casi no me lo creía cuando divisé su trasero en la lejanía. Que el pelotón la atrapase era cuestión de tiempo.
Reconozco que ella se esforzaba en la escapada, pero la verdad, es que Tres, cencerro en ristre tiraba del grupo, como si le fuese la vida en ello. Uno no tenía ninguna posibilidad, y tras una estéril agonía, Uno cayó en las redes del grupo. Y, a la vez, para, rematar el día de los milagros, salió el Sol.
Todos juntos caminando bajo el Sol. Y yo casi cantaba. Misión cumplida. En la euforia me vino a la mente (no se por qué) la famosa frase:
-¡Fuuuuriaaaa! Es la voz de Joe, el único que sabe montarlo.
Paquito estaba sentado, apoyado, masticando un tallo. No se volvió con el sonido del cencerro, ni cuando yo empecé a gritar
- ¡Paquito, Paquito! ¡Vengo con todas!
Y esperé que se levantara para darme un abrazo. No lo hizo. Lo que hizo fue quedarse sentado y mirarme durante un rato...y decirme:
- No veas si has tardado.¿no?
- ¿Qué? Encima....
- Son vacas, tío, no gacelas, He estado aquí media tarde aburrido, joder.
- Oye, que no es tan fácil.
- Paquito, vete a la mierda.
- Oye no te mosquees, a ver si no se van a poder decir las cosas.
- Bueno, me tengo que ir.
- Espera, que ya nos vamos juntos.¡kuok, kuok!
Empezamos a caminar, y nos seguían las vacas, y Paquito seguía dándome la paliza:
- Se llama crítica constructiva, y es para que mejores. Si no sabes hacer bien algo pues hay que decírtelo. Y así mejoras, tontito.
Yo estaba rabioso, y el hecho de no haberle podido decir lo que se merecía, no sé bien por qué, si por pena , si por amistad, si porque yo era tonto perdido,..la acidez me quemaba por dentro y sólo quería vomitarla. Si seguía acumulando rabia, lo iba a tener que matar, quizá clavándole su propia muleta en el esternón.
Perro Paquito.
Paquito llevaba un jersey
- ¿Sabes cuánto me costo?
- No, ni idea.
- Adivina
- Ni idea
- Pero di un número
- Que no, que da igual.
- No tengo ni idea
- ¡Que lo digas!
- Es que no entiendo de eso
- ¡Pero dilo!
- Seiscientas mil pesetas
- ¡Hala seiscientas mil pesetas! ¿Cómo va a costar eso un jersey?
- Ya te digo que ni idea
- Cuatro mil pesetas, me costo.
- Ah. Que bárbaro.
La amistad, ese bonito sentimiento, había caducado entre nosotros.
Pero, posiblemente a Paquito le daba algo de pena, porque me agarró por el pescuezo y me quiso girar la cabeza, hacia un prado cercano.
- ¡Mira, fresas silvestres!
Yo no ví nada.
- Ah sí.
- Vamos. Que nos las hemos ganado.
- Si es que yo tengo prisa...
Nos acercamos allí, sin miedo de que se escapasen las vacas, porque el tiempo se había estabilizado, y nos sentamos a comer fresas. Y echamos un buen rato comiendo sin hablar. Hasta que escuchamos una voz a nuestra espalda.
- Qué..¿Están buenas las fresas?
Le miramos, y vimos que era el clásico paisano de campo, sin nada que hacer, que buscaba charla desesperadamente.
- Sí señor, si. –Contestó Paquito.
Yo me callé. Y seguí zampando.
- ¿Y que va a decir el dueño?
- ¿Qué dueño, si son silvestres?
- ¿Silvestres? ¡¡Hijos de puta!! ¡¡Son mías!!
Y el paisano, una vez dijo esto, se arrancó blandiendo un bastón de nudos que no habíamos visto ni nada. Quería arremeter contra nosotros. Y lo hizo.
Mientras yo huía, vi como el sujeto atizaba un estacazo en el lomo de Paquito. Y luego otro. Y Paquito no podía ni levantarse y seguía recibiendo y el otro le decía:
- ¡Cabrón te voy a partir por la mitad!- Y luego mirándome a mí continuó:
- ¡Y tu, espérate, que ahora voy contigo!
Que fué la consigna que yo necesitaba, para salir corriendo carretera abajo. Me acordé de lanzar un besito a las vacas al pasar por su lado, y abandoné a Paquito para siempre, bajo el rítmico golpear del paisano.
Nunca volví a ver a ninguno de los dos.
(XIV) YO HE PASTOREADO VACAS Y SÉ DE LO QUE HABLO, LO JURO (III)
No recuerdo que entre mis antepasados hubiera algún indio rastreador, así que me sorprendió mucho divisar a la primera vaca, apenas cincuenta metros por delante de mí, trotando a lo tonto. Yo tenía planeado caminar lentamente en cuanto hubiera perdido de vista a Paquito, pero el trote estúpido de la vaca me obligó a caminar un poco más deprisa.
- ¡Kuok, kuok!
Entonces me miró (Y quiero explicar esto: La vaca mira. Es el único animal que mira, que cuando te mira, sabes que te está mirando.) Y aceleró un poquito más.
- ¡Kuok, kuok!
Yo corrí descaradamente. Y cuando estaba por tocar su grupa, un trueno airado rasgó el aire. Y entonces vaca uno rompió a galopar. No sabía que las vacas podían galopar, pero desde aquel momento, y durante todo el resto de mi vida nadie podría negármelo nunca.
- Kuok, hija de puta, kuok.-murmuré desesperado
Y a continuación una lluvia helada, del grifo de la fría, contribuyó a poner aquel día en el cuaderno de los “dios, pero que dia”, en el capítulo “que se acabe ya”. Perdí el rastro de vaca uno, tras una curva cerrada, yo resbalé, y entonces me dí cuenta de que lo de darse la vuelta no era un hecho aislado, era una maldita costumbre, al menos entre las vacas de don José. Así que al trazar la curva lo mejor que supe, me dí de morros con los belfos húmedos de vaca uno. Ella ni se inmutó, sino que me arrolló y siguió carretera arriba en dirección a Paquito, que se suponía que estaba por ahí esperándola, si es que no le había partido un rayo (que ojalá que sí).
Pensé: “Allá te va, Paquito, toréala, que para eso tienes una muleta”.
Sin duda vaca dos me reservaba más trabajo, pero lo reciente del éxito con vaca uno, me había inoculado una dosis de ánimo muy aprovechable. De modo que, aunque bajo la lluvia, que ya no parecía tan fría, seguí mi caminar lento, pero infatigable en busca de vaca dos. Y recordé el viejo proverbio: “No quieras recuperar a vaca tres antes que a vaca dos”. Y llegué a la conclusión de que era cierto, y aun hice más , decidí olvidarme de vaca tres, hasta que no encontrara a vaca dos. Y volví a pensar, mientras las gotas de lluvia que resbalaban por mi barbilla se mezclaba con las migas de pan del bocata foie-grass de la merienda, y se formaba una pasta pegajosa, y pensé: “Tampoco vayas a querer recuperar la vaca cuatro antes que la tres, tontolaba”. Y era verdad, ni la tres antes que la dos, ni la cuatro antes que la tres.
Vaca dos estaba tumbada bajo la lluvia, en un prado redondo-triangular. Lo hacía, según siempre se ha dicho, para tener la tripa seca. Conocí mucha gente que se admiraba de la inteligencia de la vaca, al tumbarse para mantener su tripa seca, cuando llovía. A mi, la verdad, no me parecía para tanto (“Ni tampoco la cuatro antes que la dos, bobo”)
-¡Kuok, kuok!
Me miró dulcemente mientras me acercaba. Me miró directamente al alma. Pero no intentó levantarse.
- Vamos, cariño, nadie va a hacerte ningún daño. Al menos no, mientras yo esté contigo. (esto era de adorno, sabía que sobraba que te cagas)
La agarré suavemente del cuerno derecho, le devolví la mirada, con mi mirada lenta de pringao triste y pensé:
- ¿Cómo hago yo ahora para levantar a la mierda de la vaca?
“Nunca la vaca cinco antes que la cuatro”. Pero no era eso. No me quise resistir más a la solución que se me venía a la mente. Tenía que darle con un palo. Era eso. Pero no era tan fácil. Allí no había palos. Había hierba o piedras, pero tampoco podía tirarle una piedra, porque la tenía que guiar.
- Te me levantas y te me vas donde el Paquito, vaca dos.
Antes de darle un palmetazo con mi propia mano, probé la solución mágica que funciona con los perros, y lo hice con toda la fé del mundo:
- ¡Busca, busca zapatilla!
Y tiré mi adidas rom derecha delante de ella.
- ¡Busca, busca!
Vaca dos me miró con pena.
Y yo seguía corriendo a su alrededor, en zigzag, recogiendo la zapatilla y tirándola otra vez. Hasta que me resbalé y me hice daño en el culo.
Y entonces lloré amargamente.
(Continuará, pero no voy a ir una por una al final encuentro a algunas juntas, no os preocupéis)
- ¡Kuok, kuok!
Entonces me miró (Y quiero explicar esto: La vaca mira. Es el único animal que mira, que cuando te mira, sabes que te está mirando.) Y aceleró un poquito más.
- ¡Kuok, kuok!
Yo corrí descaradamente. Y cuando estaba por tocar su grupa, un trueno airado rasgó el aire. Y entonces vaca uno rompió a galopar. No sabía que las vacas podían galopar, pero desde aquel momento, y durante todo el resto de mi vida nadie podría negármelo nunca.
- Kuok, hija de puta, kuok.-murmuré desesperado
Y a continuación una lluvia helada, del grifo de la fría, contribuyó a poner aquel día en el cuaderno de los “dios, pero que dia”, en el capítulo “que se acabe ya”. Perdí el rastro de vaca uno, tras una curva cerrada, yo resbalé, y entonces me dí cuenta de que lo de darse la vuelta no era un hecho aislado, era una maldita costumbre, al menos entre las vacas de don José. Así que al trazar la curva lo mejor que supe, me dí de morros con los belfos húmedos de vaca uno. Ella ni se inmutó, sino que me arrolló y siguió carretera arriba en dirección a Paquito, que se suponía que estaba por ahí esperándola, si es que no le había partido un rayo (que ojalá que sí).
Pensé: “Allá te va, Paquito, toréala, que para eso tienes una muleta”.
Sin duda vaca dos me reservaba más trabajo, pero lo reciente del éxito con vaca uno, me había inoculado una dosis de ánimo muy aprovechable. De modo que, aunque bajo la lluvia, que ya no parecía tan fría, seguí mi caminar lento, pero infatigable en busca de vaca dos. Y recordé el viejo proverbio: “No quieras recuperar a vaca tres antes que a vaca dos”. Y llegué a la conclusión de que era cierto, y aun hice más , decidí olvidarme de vaca tres, hasta que no encontrara a vaca dos. Y volví a pensar, mientras las gotas de lluvia que resbalaban por mi barbilla se mezclaba con las migas de pan del bocata foie-grass de la merienda, y se formaba una pasta pegajosa, y pensé: “Tampoco vayas a querer recuperar la vaca cuatro antes que la tres, tontolaba”. Y era verdad, ni la tres antes que la dos, ni la cuatro antes que la tres.
Vaca dos estaba tumbada bajo la lluvia, en un prado redondo-triangular. Lo hacía, según siempre se ha dicho, para tener la tripa seca. Conocí mucha gente que se admiraba de la inteligencia de la vaca, al tumbarse para mantener su tripa seca, cuando llovía. A mi, la verdad, no me parecía para tanto (“Ni tampoco la cuatro antes que la dos, bobo”)
-¡Kuok, kuok!
Me miró dulcemente mientras me acercaba. Me miró directamente al alma. Pero no intentó levantarse.
- Vamos, cariño, nadie va a hacerte ningún daño. Al menos no, mientras yo esté contigo. (esto era de adorno, sabía que sobraba que te cagas)
La agarré suavemente del cuerno derecho, le devolví la mirada, con mi mirada lenta de pringao triste y pensé:
- ¿Cómo hago yo ahora para levantar a la mierda de la vaca?
“Nunca la vaca cinco antes que la cuatro”. Pero no era eso. No me quise resistir más a la solución que se me venía a la mente. Tenía que darle con un palo. Era eso. Pero no era tan fácil. Allí no había palos. Había hierba o piedras, pero tampoco podía tirarle una piedra, porque la tenía que guiar.
- Te me levantas y te me vas donde el Paquito, vaca dos.
Antes de darle un palmetazo con mi propia mano, probé la solución mágica que funciona con los perros, y lo hice con toda la fé del mundo:
- ¡Busca, busca zapatilla!
Y tiré mi adidas rom derecha delante de ella.
- ¡Busca, busca!
Vaca dos me miró con pena.
Y yo seguía corriendo a su alrededor, en zigzag, recogiendo la zapatilla y tirándola otra vez. Hasta que me resbalé y me hice daño en el culo.
Y entonces lloré amargamente.
(Continuará, pero no voy a ir una por una al final encuentro a algunas juntas, no os preocupéis)