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GRANDES DOCUMENTALES
Que frío, que desprovisto de visión parcial. Tan solo hechos.
Acerca de
No diré nada más acerca de mi. No soy interesante.
Sindicación
 
(XVIII) ORGULLO VACUNO (Primera Parte)
El lado inexplicable del mundo está formado por una colección de cosas que no tienen ningún sentido. O a lo mejor lo tienen, pero uno se agota antes de encontrarlo.

Hay una parte del mundo, al norte de cierto paralelo, que no quiero mencionar, y al oeste de un meridiano gris, donde todo era muy razonable, hace algún tiempo, y el personal no tenía que perder el tiempo buscando razones a las cosas. Todo sucedía según lo esperado. El viento, soplaba únicamente en los días ventosos, el sol, solo lucía en los días soleados, pero sobre todo, en la granja de vacas lecheras de la raza “culona asturiana” solo nacían vacas lecheras culonas asturianas.

Hasta aquella vez, claro.


- ¡Lentini está de parto! ¡Venid, venid! ¡Lentini está de parto!

Lentini fue un jugador del Milan que se peinaba como el sastrecillo valiente, y que se dio una gutia con un Porsche Bla bla blá, por correr a toda leche con una rueda de esas de recambio que son como de bicicleta , no sé si me explico. Pero no era este Lentini el que estaba de parto. Quien estaba de parto era la vaca Lentini. Y se llamaba así porque era muy tranquila, y el ordeñador era un cachondo, y se creía gracioso. Y hacía como que hablaba en italiano, pero lo hacía mal...y...uf, a mi me caía fatal. Estábamos con Guillermo, el niño.

- ¡Lentini está de parto! ¡Venid, venid! ¡Lentini está de parto!
- ¡Clop! (Colleja) Como vuelvas a gritar de esa manera te doy un soplamocos que te enteras...el niño los cojones. ¿qué es lo que pasa?
- Que Lentini está de parto, Don Matías. Lentini está de parto. Me ha dicho el señor Muñoz que se lo avise.
- ¿Que me avises? ¡Pero si yo nunca voy a los partos!
- Yo no sé Don Matías....me dijo que le avisara....
- Está bien. Lárgate. ¡Clop!

Don Matías corrió al establo, porque en el fondo pensaba que si Muñoz se había atrevido a ordenar que le avisaran, el asunto no era baladí. Cagando rayos, pues, el amigo Matías se llegó al establo.

- ¿Qué pasa?

Y quiero que entendáis que hizo la pregunta en un tono como de “Y más te vale que lo que pase sea gordo de verdad”.

- Que qué pasa dice...que qué pasa

Lentini estaba tumbada de medio lado. Un poco desobediente, y también temblando, un ternero miraba hacia Muñoz, con los ojos hacia arriba y la cara hacia abajo. El ternero salió disparado hacia Muñoz, se enredó en sus propias patas y cayó de morros. Se volvió a levantar, no tan fácilmente como se dice, se volvió a arrancar hacia Muñoz y se volvió a caer. Y se volvió a levantar, y esta vez Muñoz tuvo que pararlo con la mano. Y al mismo tiempo le dijo a Don Matías.

- Esto es lo que pasa. Don Matías. Esto es lo que pasa.

Pero como estaba parando al ternero con la mano, y el ternero tenía más fuerza que equilibrio, pues el pobre Muñoz jadeaba mientras contestaba a Don Matías.

- ¿Y “esto” que se supone que es?
- ¡Que este ternero es muy raro, Don Matías! ¿No lo ve?
- Ah, ¿Y qué tiene de raro, si se puede saber? Yo no le veo nada raro, Muñoz.
- Pero ¿No ha visto la mala uva que se gasta, Don Matías, no lo ha visto?


Lentini se levantó, y el ternero dejó de empujar la mano de Muñoz, se dio media vuelta y se amorró a la ubre de su madre. Muñoz se tomó un respiro.

- Ternero loco, Don Matías. Nunca había visto una cosa igual. ¿lo capamos?
- No, te vamos a capar a ti, animal. ¡Capar a un pobre bicho que no tiene ni tres horas! Me voy.
- Lo matamos, entonces, total es un macho, lo íbamos a sacrificar igual.
- Este no podemos, me lo compran en Zamora, que necesitan un macho.
- No como éste, éste está loco, Don Matías. Créame.

Don Matías echó un vistazo al ternero, y vio con cierta ternura como el animalillo se alimentaba de la preciosa pinta que era su madre. Lentini.

- Tú si que estás loco, Muñoz.


Y mirando fijamente al jato, dijo antes de darse media vuelta: Te llamarás Ángel. Pero de mote te pondremos “Salmonete”.

Aparte de todo este lío, deseo manifestar que un camión de tamaño medio recorría una carretera comarcal a unos cincuenta kilómetros de la explotación ganadera. A bordo, dos personas que se amaban. Pachi e Irina. Él donostiarra, ella de Bucarest.

(Continuará)
 
(XVII) ¡CRUSTÁCEO, POR FIN!!(Tercera Parte-A Fedarges)
Tal vez mi manera de ver las cosas aquella semana en la que don Ignacio fue destruido, estaba influida por sucesos anteriores. Yo estaba un poco deprimido, y ya no solo por mi oportunidad perdida de ingresar en el equipo de los aprovechables para la sociedad, sino por otro hecho aun más lamentable, que había ocurrido en clase de Filosofía. Aunque a simple vista pudiera parecer que el buen Dios se había excedido conmigo en cuanto a la belleza física, otorgándome una exótica y rara belleza viril, y que ahí se iba a acabar todo, y que ya estaba bien, pues como digo, todo lo contrario, continuó volcando las más insospechadas virtudes sobre mi persona. Me dio lo que llaman “gol”, este tío tiene gol, y una memoria más que estimable. Así pues guapetón, sin pensármelo dos veces a la hora de chutar a puerta, y poco olvidadizo, había asistido hacía un mes o así, a una escena conmovedora. Era examen oral de filosofía, Fedarges en la pizarra, y el Garduña, le pregunta:

- ¿Qué es Derecho?

Y Fedarges, como un rayo breve y cegador

- Lo justo.

Y el Garduña todo emocionado le dijo:

- Señores, ésta es la cuestión, nada de respuestas largas, y rodeos estúpidos, la definición por antonomasia. Perfecto Fedarges, ya no te voy a hacer más preguntas, tienes un 10.


La mañana misma de la destrucción de D. Ignacio, el que estaba en la pizarra era yo. Y joder, pegué un brinco de cojones cuando el Garduña me hizo la pregunta, cuya respuesta yo recordaba:

- ¿Qué es Derecho?
- Lo justo.

Y me quedé ahí parado dispuesto a recibir mi ración de lametones del Garduña. Él se me quedó mirando, (supuse que para elegir bien el tono del discurso laudatorio), y me dijo:

- ¿ Y eso es todo? ¿No se te ocurre nada más?


Me quedé planchado y le llamé hijoputa un millón de veces, y me cagué en sus muertos y todo (En mi pensamiento, claro). Me puso un 3.


Así que en el recreo previo a la clase de latín, yo tenía un profundo e incómodo desasosiego. Estaba tristón, coño.

Por eso cuando se me acercó el plasta de Rogelio Morales, como para contarme un secreto, no le presté mucha atención. Aunque reconozco, que cuando se sacó del bolsillo del abrigo un cangrejo vivo, captó mi interés:

- Que , ¿pero qué, qué haces? ¿Qué haces?
- Lo que te he dicho que mi madre ha comprado cangrejos en la pescadería y estaban vivos, y he salvado a éste. Hay que ponerle nombre.
- ¿Y por qué lo has salvado?
- Me miró.
- ¿Qué te miró?
- Me miró directo a los ojos. Los otros no, los otros solo sacaban burbujitas por la boca, pero este me miró. Así que lo salvé del arroz.
- Pero ¿qué vas a hacer con él?
- ¿Hacer? Hacer nada, ahí está ¿sabes?
- Pero ¿Va a ser tu mascota o algo? ¿sabes si puede vivir fuera del agua?
- No, no lo sé.
- Pero ahora hay latín.
- Ya, pero lo tengo todo pensado. Lo voy a atar con un hilo y lo voy a dejar colgando de la ventana, y si hay problemas pues lo suelto. Y como hay césped abajo, pues seguramente no se matará.
- Pero son dos pisos, que abajo están los de primero de egb.
- Ya, pues que se joda. Yo he hecho lo que he podido.

Me deshice de Morales por completo. Porque Morales cansaba lo suyo. Charlé un rato con Martí, hasta que empezó a presumir de su hermano piloto, y, como una liberación infernal, sonó la sirena. (liberación, liberación, infernal, infernal...)

La clase de D. Ignacio empezó con un ritmo demoledor, cinco cafres fueron laminados a golpe de declinación en cinco minuto. Ese día D. Ignacio seguramente tenía ardor de estómago, porque estuvo especialmente duro con los muchachos, condenándolos a un futuro de esperanzas vanas y supervivencia difícil en barrios conflictivos, y tal. Después, otros cinco cafres fueron pasados por la piedra sin piedad, y de nuevo una dureza inusitada en las palabras de D. Ignacio. El nervio ya se extendía por la clase y la amenaza sombría de la ira, pendía sobre nuestras cabezas. Por suerte era el turno de los sabios, que nos sacarían las castañas del fuego.

- ¡Puig!

Todos nos relajamos. Puig se lo sabe.

- Declíname miles
- Miles, miles, militis
- ¿COMOOOOOO?
- ¿Milines?


Oh,oh....resonó en la clase. Puig no se lo sabe. Le cayó la peor bronca que se recordaba hasta entonces. Pero es que el record no le duró más que los quince segundos que tardó en preguntarle a Romero otra declinación, y Romero, que no debía fallar, falló.

Y lo peor fue que la última y gran esperanza blanca. El erudito Fedarges, también falló.

Entonces D. Ignacio, guiñando un poco el ojo, y con el rostro congestionado nos empezó a meter una bulla espectacular. Además, bulla colectiva para que nadie se pudiese defender. Empezó a amenazar con sanciones disciplinarias, expulsiones inmediatas, suspensos de oficio. Desgranó su irresisteible cabreo, sujetando a duras penas su temblor de manos, en un, no obstante, impecable discurso, con un espontáneo crescendo, que terminaba en una pregunta retórica en un tono agudísimo:

- ¿Queréis saber para que servís vosotros?


Y, nosotros , no queríamos saberlo ni de coña. Como nadie respondió repitió la pregunta, hasta hacernos dudar de si en verdad era o no retórica:

- ¿Sabeis para que servís vosotros?

- ¡Ploc ploc!- Sonó la puerta interrumpiendo el brillante alegato.

- ¡¡Adelante!!

Y ahí fue donde la cosa se puso verdaderamente surrealista. Un mico de primero de egb, atravesó a paso lento toda la clase hasta que llegó a la altura de D. Ignacio. Y le dijo algo en voz tan baja que nosotros no pudimos oirla.

D. Ignacio dijo inteligentemente...

- ¿Eh?
- .........
- ¿Qué dices de un cangrejo?
- ........
- ¿Qué?
- Señor, que hay un cangrejo colgando desde esta clase, y está pegando golpes contra la ventana de primero C. Me ha dicho D. Ramiro que suba a decírselo que si pueden recoger el cangrejo.
- Pero ¿qué? ¿cómo un cangrejo? ¿recoger un cangrejo?

Pero D. Ignacio, quizá por falta de surrealismo vivido, no era capaz de entender lo que le decía el pobre niño. Y por más que el niño repetía el concepto, el otro no daba crédito, y así sucedió que D. Ignacio empezó a quedar como un tonto, porque todos entendíamos lo del cangrejo (ya, lo sabíamos de antes, vale, pero no era tan difícil de todos modos) menos él. Y al final nos decíamos, que si que de Latín sabría un montón, pero de inteligencia andaba justito.....

Al niño lo echó con malos modales, sin darle crédito en absoluto. Sin embargo el niño decía la verdad. Esta torpeza de D. Ignacio le hizo perder gran parte de nuestro respeto y también el de primero de egb. Y estuvo una temporada arrastrando su maltrecho prestigio por las aulas, hasta que se rindió.

Ah, y otra cosa. Un cangrejo no resiste una caída libre desde un segundo piso. Por lo menos Manolito no lo resistió.

Besos