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GRANDES DOCUMENTALES
Que frío, que desprovisto de visión parcial. Tan solo hechos.
Acerca de
No diré nada más acerca de mi. No soy interesante.
Sindicación
 
(XXVII) ASCENSO AL MONTE NITAKKA (Parte III-Cumbia Karamé nikkata)
El cansancio no hacía mella en Sato Grün, a pesar de que ya llevaba un buen rato de carrera. Y, aunque no era un perro zapatillista ni perseguidor de palos volantes, sí que sabía lo suficiente como para darse cuenta de que aunque no notase el cansancio en aquel momento, acabaría por pagar todo junto aquel exceso.

De modo que corrió más despacio.

El cambio de ritmo actuó como un despertador de esos que proyectan la hora en el techo (pero cualquier otro despertador hubiera logrado el mismo efecto, lo confieso), despertando sus sensaciones. Un despertador de sensaciones, es lo que quiero decir. Y ahí fue cuando Sato Grün se dio cuenta de que la libertad tenía un precio. Ya no tenía el cazo de carne con arroz lavado, que le preparaba el señor Klohedas, ni, y eso era más grave, agua. Un perro necesita agua y comida para vivir. Mis pulgas por un mendrugo (cumbia karamé Nikkata). Mis pulgas por un cochino mendrugo (cumbia karamé nikkata sai).

No estaba acostumbrado a comer basura, incluso en el corredor de la muerte, el pan duro se lo daban con café, es más, a veces con trozos de algun tipo de carne. Pero nunca basura. Sato Grün aprovechó la inercia para saltar y llevarse por delante el cubo de basura orgánica, y un montón de olores saltaron a su fosa nasal. Unos buenos y otros menos, pero todos nutritivos.

Al menos comió. Ya sólo quedaba beber, para aguantar unas horas sin agobiarse. Eso no era tan fácil. Hacía meses que no llovía en la ciudad, y no había charcos por la calle. Una bonita razón para agobiarse. Por suerte su instinto no era tan perezoso como él. De modo que le sugirió la idea de saltar alguna pequeña valla de jardín y beber del bebedero de otro perro, eso sí, a escondidas. No hacían ninguna falta los conflictos. Dicho y hecho, saltó la primera valla que le vino a la mente.

Un cuarto de segundo después la volvió a saltar, pero esta vez hacia fuera. Un enorme perrazo le esperaba con gesto de conflicto. (¿No sería más bien un Dragón?) Y se vio por la calle como si no hubiese pasado nada. Y de esa manera tan cuca (Ya sabéis andando rápido, pero sin correr) que vienen los golpes de suerte, se le vino uno bien contundente. Un camión de esos que limpian las calles con agua a chorro le venía por detrás. De manera que solo tuvo que sentarse como cuando Klohedas le decía ¡sit!. Y esperar a que el camión pasase por su lado.

Desgraciadamente el conductor era un hombre educado, y, cuando vió que Sato Grün estaba sentado en la acera, cortó el chorro, y el pobre perro se quedó sin beber. Sato Grün, puro instinto, echó a correr hacia el camión y se puso a la altura del chorro, confiando en hallarse en un angulo muerto, y que el conductor le diera al chorro al no verle. Pero fue tan tonto, que por un momento le distrajo un ligero olor a goma del pelo de alumna de Historia Medieval del Sumo (I), y cuando se volvió a encender el chorro le pilló distraído y se asustó y salió corriendo hacia la acera, y se chocó con algo humanamente blando.

- Pero..¿Qué...?

Y ese algo humanamente blando y que hacía preguntas que no terminaba, le agarró por las patas traseras, momento que aprovechó Sato Grün para lamentar no ser un caballo para poder arrearle una coz. Porque no podía morderle, puesto que el señor Klohedas se lo había prohibido con tanto afán, que el pobre perro se había acostumbrado a que morder era algo malo, y sencillamente no podía.

Pero podía agitarse. Así que se agitó.

Pero no podía soltarse. Así que no se soltó.

- ¡Es un perro! ¡Es un perro!

Lo humanamente blando era, como se podía suponer, la mendiga profesional Akee. Mujer de 52 años, con canas, sin tacones, con churretes por la cara, sin dinero, con carrito de supermercado. A Sato Grün, a riesgo de parecer finolis, aquella especie de humana sin ningún encanto aparente no le gustó.

- Y bien finolis que parece. Tengo yo más garrapatas que él. ¿Querrás beber, bonito?

Y claro que quiso, una cosa era conservar ciertos escrúpulos, y otra cosa dejar pasar la oportunidad de apagar una sed tan intensa. Sato Grün bebió con glotonería, y decidió quedarse a vivir, de momento, con la mendiga.

Ya más adelante se ocuparía del tema de la libertad.

(Habrá un final sorprendente, hablo en serio)
 
(XXVII) ASCENSO AL MONTE NITAKKA (Parte II-Nitakka? O shamé Nitakka)
Klohedas quedó prendado al pasar frente al escaparate de aquel peculiar corredor de la muerte, y ver al inocente cachorro dormir dulcemente. El necesitaba a un perro para cuidar su jardín (Sobre todo por culpa de ciertos gamberros que se dedican a pisotear sus nenúfares ), y había pedido consejo a un veterinario, amigo suyo, y especialista en “Lonesome Town”, que le dijo sin dudar:

- Amigo mío, fíjate bien en que sea vivaracho, juguetón y que tenga la mirada brillante.

Pero una vez frente al escaparate, y viendo al perro roncar a todo trapo se dijo:

- Hombre, muy vivaracho no parece, muy juguetón tampoco, y con repecto a la mirada brillante, vaya usted a saber. Aunque ninguna mirada me parecerá tan brillante como la de mi dulce Mykoto.

Un aviso. Klohedas era soltero profesional y jamás había tenido nada parecido a una novia. Ésta Mykoto era una actriz muy conocida del teatro este, er...¿Yakuzza? ¿Kimono?..¡¡Kabuki!!. Kabuki, Kabuki, Kabuki. Una actriz del Kabuki, a la que Klohedas jamás conoció de cerca. Y sean dadas gracias a dios por ello, ya que, como se sabe, en el Kabuki, solo actúan hombres, de modo que esta Mykoto era un tío. Concretamente el timonel del cuatro con timonel del equipo de remo local. Mucho mas real, además que el timonel del cuatro sin timonel, que era un fantasma de cuidado. En fin, el lamentable desconocimiento de las normas del Kabuki por parte del señor Klohedas, no había tenido mayores consecuencias, afortunadamente.

Nos estamos perdiendo ¿no?

- Vale, no es vivaracho. Es más bien tipo dormilón. Pero sé que tiene que ser él. Yo le enseñaré a vigilar. Me llevo a éste.
- Si me dice el nombre se lo grabamos gratis en la correa.
- ¿El nombre de el perro?
- El nombre del perro, a no ser que usted tenga algún motivo para que el perro lleve grabado en el collar el nombre de cualquier otro. Por ejemplo el nombre del perro de un vecino, o el nombre de un cantante de rock argentino, el nombre del próximo tifón, o el nombre de su honorable prima...
- Yo creo que lo más práctico será que el perro lleve su propio nombre.
- Eso pienso yo también. Y había pensado que el perro se llamara...
- Es que yo pensaba que ya tenía nombre.
- No, aquí a los perros no les ponemos nombre. Tiene que ser usted.
- De acuerdo.

Y las cosas sucedieron de tal modo, que el pobre perro llevó toda su vida un collar con una brillante placa de metal en la que decía:

- “De acuerdo”.

Pero el autor sabe que el perro se llamó Sato Grün. Lo que no sabe es como fue que acabó llamándose así. Esto no pretende ser una explicación. Se trata de un axioma o verdad indudable a partir de la cual se demuestran las demás verdades.

El perro era listo. Pronto aprendió que su misión era cuidar del jardín y mear fuera. No le hizo falta al señor Klohedas regañar mucho al can. Y , por otro lado Sato Grün llegó a querer tanto al señor Klohedas que pronto pasaron de ser dueño y perro a socios iguales. Sato Grün cumplía con su parte del trabajo , asustando a los gamberros a base de ladridos, gruñidos y ronquidos, y el señor Klohedas mantenía un jardín colorista y hermoso en verano y recogido y compacto en invierno. Los Domingos por la tarde el señor Klohedas se sentaba en su pequeño jardín, y ensayaba “Ask me Why”, que interpretaba los Jueves en el karaoke, en voz muy bajita, a capela, mientras Sato llevaba a cabo, frenéticamente, su actividad preferida: Echar un sueñecico.

¿Qué dura menos que la felicidad? ¿Quién puede describir un relámpago?

Aquella noche Sato Grün estaba haciendo su labor de vigilancia y, os lo digo tal cual, no me adorno lo más mínimo, escuchó la llamada. ¿Qué llamada? La auténtica llamada, la de la libertad. Y, dios mío, el asunto fue de lo más sencillo. Cogió carrerilla y saltó la vallita del jardín.

Y corrió calle arriba.

Y, nosotros no podemos, pero los perros que, que tienen un olfato más sensible, el tío olió la libertad. Le pareció al principio que la libertad olía a una mezcla de pan duro y cartera vieja marrón clarito que no cierra bien. Pero luego, cuando llegó a la calle Tormes y cogió la desviación a la derecha por la plaza Sagunto, le pareció que la libertad olía a fogata encogida de invierno en la que se queman ejemplares correspondientes a ediciones agotadas de “Los intocables de Elliot Ness”.

Seguía corriendo.

(sabremos muchas más cosas en la Parte III, perdonad que os diga)

 
(XXVII) ASCENSO AL MONTE NITAKKA (Parte I-Nukamé nitakka no wohore)
Efectivamente, lo habéis adivinado. Se trata del famoso diálogo de la película “El final de la cuenta atrás”, cuando capturan al japonés y blá blá blá.

Pero no se trata de eso. El título era sólo para impregnar este inolvidable relato, de esencias japonesas. Ah, el Japón, le Japón, die Japón, the Japón, ya sabéis, la ceremonia del té, el sumo, los pequeños aparatos electrónicos, pero sobre todo...Sato Grün. El animal más fiel que imaginarse pueda.

Sato Grün era un perro. Nació en una perrera de Osaka, poco tiempo antes de que sacrificasen a su madre, una pastora alemana abandonada por sus dueños, y abandonada también por el papá de Sato, del que nunca se supo más, y del que se cree que no se va a volver a saber. Sólo en el mundo pues, Dato Grün, fue expuesto por el dueño durante los cincuenta días en los que tenía derecho a venderlo, antes de ejecutarlo y recibir la correspondiente subvención municipal en concepto de limpieza urbana.

Y la cosa se puso de lo más emocionante. Treinta días pasaron, y, a pesar de que el cachorro tenía buen aspecto y era vivaracho, y hacía gracias a los que golpeaban su jaula de la perrera, lo cierto era que a la hora de la verdad, nadie se decidía a quedárselo. Véase sino el significativo ejemplo:

- ¿Se lo queda señor?
- No.

Y véase también este otro ejemplo, no menos gráfico

- ¿Se lo queda, señora?
- No.


Y a base de señoras, señores y “noes” pasaron diez días más.

Diez días quedaban para la ejecución, cuando acertó a pasar por allí un anciano nipón, de los auténticos.

El señor Klohedas.

Cantante de “Ask me why”

Y aquí quiero explicar una cosa. Resulta que en Japón de toda la vida se han llevado los karaokes. Sin embargo allí la gente es muy orgullosa, y tienden a ensayar y ensayar, para poder cantar dignamente. Pero claro, tanto ensayar hace que nada más puedan preparar una canción para una vida. De modo que surgieron los cantantes de una canción. Eso sí, la clavaban. En concreto, el señor Klohedas llegó a ser capaz de hacerse los coros, e incluso en un par de ocasiones que iba con la voz fina, pudo llegar a hacerse la segunda voz.

El caso es que el señor Klohedas era cantante de “Ask me why”, igual que otros japoneses eran cantantes de “My Way” o de “Shoud I stay or should I go”.

Volvamos a la historia.


Pero en la siguiente parte (Continuará)


 
(XXVI) PEÑALARA, GRAN ECOSISTEMA ( 1er Cumpleaños de mi Blog)
Me duele tremendamente la desconfianza. No, no me enfado, sólo me pone triste. Y creo que desconfiáis de mi porque estoy seguro de que pensáis que sólo quiero hacerme un homenaje, exponiendo las penurias de mi ascensión a la laguna de Peñalara, para obtener el aplauso y el elogio.

No se trata de eso, amigos míos.

No se trata de eso.

No me voy a liar a contaros como me levanté a las 5 de la mañana, y desayuné un café que me quedó un pelín demasiado flojo.

- Este café me quedó flojo.

Pero ¿A quien le importa? Del mismo modo que nadie quiere saber que introduje en mi mochila un bocadillo de salchichón no rosa, y que metí una botella de una agua de moda, con sabor a limón y sin azúcar, y que para compensar esa falta de azúcar introduje dos donuts fondant, que me los merecía.

- ¡Me los merezco!, ¡Me los merezco!

¿Alguien pregunta si llegué sin más problemas a la base del monte?

- Llegué, solo que a las 10 de la mañana.
- ¡Anda!
- Me quedé dormido después de desayunar.
- ¿Y no sería que te empujaste los donuts para desayunar?
- Somos humanos. Lo hice.

Pero de todos modos, ahí estaba yo, con mis botas de goretex, mis pantalones cortos, multiaventura , mi camiseta de abrigar, y una sudadera forro polar antitérmica impermeable gris. Y con mi bastón específico de caminante.

- Con un par, señores.
- Se te va a enfriar la cabeza.
- Gorrito de lana pues. (Asturias+Símbolo celta que no conozco)

No quiero explicar que no dudé ni un instante en la base del monte, ni quiero tampoco decir que la expresión de fiereza de mi mirada, hacía patente para cualquiera que la hubiese visto, que lo iba a conseguir. (O perecería en el intento, que es lo mismo)

Tampoco es mi intención que sepáis que me crucé con una vieja gorda con blusa negra y zapatos de tacón, que no se bien que hacía por allí, y que tenía todo el aspecto de querer comerse mi bocata salchichón no rosa.

¿A quien le importa como apreté la empuñadura de mi bastón, y con qué decisión empecé a poseer a la primera cuesta? Como la hice mía...como la miré volviendo la mirada cuando la vencí, y como al volver a mirar hacia delante, me encontré con otra todavía más bestia.

- ¡Diooooooooooooooooooos, que cacho cuesta!

Y sin siquiera pensarlo la vencí También.

Pero otra, sembrada de grandes piedras que dificultaban el pisar. Menos mal que llevaba mis botas de goretex.

Siete cuestas después. (arf,arf)

Siete cuestas después la octava.

Pero no quiero contar lo de la octava, porque hubo una novena.

Y por fin la última cuesta de las narices. No quiero ni mencionar que la vencí.

No os quedéis con mi imagen sin resuello, en parte por el cansancio y en parte porque el salchichón y el pan me hacían tapón en el gaznate y me dolía mucho.

Pero que importa...¿Verdad?

Lo que importa es el ecosistema. Así que no os voy a contar que oí una voz:

- ¡Uf! Menudo paseíto, si me suda el pescuezo y todo.

Y cuando di la vuelta a una roca descubrí a una señora mayor, gorda, con una blusa negra, brillante, una falda larga a juego (sin entrar en detalle), medias y unos preciosos zapatos de tacón.

Que también había hecho la subida.


Pero, insisto, no se trata de eso. Lo que importa es el ecosistema.

Precioso, por cierto.

FIN
 
(XXV) ¿CÓMO EXPLICAR ESO? (PARTE VI- Esto debe acabar de una vez)
Inopinadamente, ante el espectáculo que se ofrecía delante de mis ojos, solté una de esas frases que luego se recuerdan toda la vida:

- ¡Vaya, pues si que...!

Lo que yo veía casi cegado por la luz de los tubos fluorescentes era ni más ni menos que una cocina. Una cocina enorme, de restaurante, con diez o doce inmensos fogones, marmitas, calderos, sartenes colgando del techo, sacos de harina, de pan rallado, de pan duro, fuentes de vidrio, una inmensa pila de fregar, lavaplatos gigantescos y potentes, una radio, una sepia (cruda) a medio trinchar encima de una tabla, la tabla propiamente dicha, un soplete de cocina, unos platos sucios apilados al lado de la pila, unos libros de recetas, y muchas cosas más que no servía para nada citar.

Podéis imaginaros mi desconcierto. Yo ya estaba loco perdido. De modo que venía a una expedición aventurera para encontrar al escorpión albino de Luis, me pasaban dos o tres cosas, y acababa en una especie de cocina. ¿Quién entiende algo?
Abandoné a la sepia con cierto dolor . (La verdad que una pasadita por la sartén no costaba nada y de todas formas aun tenía algo de hambre.)

Volví sobre mis pasos, me parecía innecesario abandonar a la sepia a su suerte, y con tres diestros cortes aquí y allá, la dejé lista para la sartén. Descolgué la que me pareció más indicada, y con un hábil movimiento encendí un fogón y le di una pasadita a la sepia. No fue mi mejor fritura, porque estaba ansioso, pero encontré medio limón en una nevera (¡Coño, Coca cola!) y una Coca Cola. Y pidiéndome a mi mismo perdón por el ansia, me papeé la sepia en medio minuto, pegando luego un buen trago de Coca Cola. Insonoricé hábilmente el subsiguiente eructo, y al darme la vuelta encontré una puerta. La puerta por la que habían entrado aquellos dos que hablaban de Mijail.

Y la abrí, con un par.

Y lo que vi me dejó loco. Y ya estaba sorprendido por el hallazgo de la cocina. Es decir, que no venía virgen a la sorpresa.

Pero aquello era demasiado. (No le hubiera venido mal un toque de alioli...)

Lo que había allí era un restaurante. (¿Cómo?)

Un restaurante. Y un restaurante bullicioso.

En la inmensa sala, había mesas redondas aquí y allá, con manteles verdes, y, unos estampados en mil colores, pero sobre todo, había gente, gente sentada en las mesas hablando, comiendo, bebiendo, limpiándose los hocicos, pidiendo vino a los camareros, había camareros propiamente dichos, incluso un maître todo empiringotado, pingüinístico, diría, sacando pecho, y caminando de prisa desde las mesas hasta soporte de las partituras, donde recogía a una incauta pareja, volvía con ellos a las mesas. Y vuelta a la partitura. Y vuelta a recoger a otra pareja. Parecía el curioso acertijo de la barca, el pastor, la oveja, el lobo, y el caníbal que siempre decía la verdad. Reconozco que fue una sorpresa para mí al descubrir que el Maître era ni más ni menos que el Náufrago.

Y bullicio, insisto.

Sé que a nadie le importan las lámparas, pero eran o muy horteras o preciosas. No sé.


Pero, todo esto con ser inesperado no lo fue tanto como el hecho de ver a Luis, a Pruden y a Irvin sentados tranquilamente en una de las mesas. Charlaban animadamente, y, lo que era peor, se reían. Traté de salir de allí, aunque fuera sin entender nada, porque mi curiosidad era limitada, pero mi orgullo no, pero pasó lo peor; Pruden me divisó y levantó su mano, gritando de modo que todo el retaurante clavó su mirada en mi. Recuerdo que pensé, al ver su boca pintada tan abierta: ¿pero se ha traído pintalabios, ésta?. Quise escabullirme, pero no hubo caso, los otros dos (Luis e Irvin) se dieron la vuelta, me miraron y me invitaron a sentarme con ellos , con grandes fiestas. Finalmente, presionado por cientos de ojos, accedí:

En cuanto me senté me di cuenta de que el ambiente era de cierta relajación, y que no estaban nerviosos en absoluto porque nuestra misión de encontrar al escorpión albino se hubiese convertido en un asunto de lo más surrealista. También me dí cuenta, aunque esto no es interesante para la historia, de que aun no habían comenzado a cenar.

- Bien. ¿Me explicáis algo?- dije yo con dignidad.
Pruden me alargó una carta del restaurante.

- Anda, lee.


Pensé que, de acuerdo, que tal vez deberíamos comer primero, aunque yo estaba un poco indigesto de la sepia que me tuve que comer medio cruda, y de la coca cola que la impulsaba de nuevo a mi gaznate, en forma de gas.

Estuve leyendo en silencio la interesante carta durante un momento, aunque desde el principio me había enamorado del arroz con langostinos. Y tras un rato de hacerme el interesante comuniqué:

- Tomaré arroz con langostinos.

Se hizo un silencio absoluto. Bueno, a lo mejor en las otras mesas seguían hablando. Irvin habló esta vez:

- Os dije que este tío era tonto, y no me creíais.

Pruden en un tono maternal que me dio por ahí dijo:

- A ver, Buch, lee el encabezamiento de la carta.
- Ah.

Y fue de esas veces que una luz cegadora te ilumina en el punto exacto. Leí.

- Resturante “El Escorpión albino”. Siga la leyenda y nos encontrará.

Y todo cuadró de una manera muy tonta, la verdad.


FIN
 
(XXV) ¿CÓMO EXPLICAR ESO? (PARTE V- Promesa rota)
Pensándolo bien, si yo permanecía acurrucado en mi esquinita de la oscuridad, no tenía por qué ser a causa de la cobardía, porque a todo esto. ¿Tenemos todos claro cual es la línea de tiza rosa que separa la cobardía de la prudencia? Porque a lo mejor lo que sucedía es que yo era de lo más prudente, prudentísimo.

En esas andaba cuando, y lo digo sin rodeos, me olió a pan. No a pan recién horneado, claro, sino a pan ya un poco rancio, pero aun era mejor que las galletas de tocino. Decidí usar la táctica de los nobles perros sabuesos: Olfatear y olfatear hasta dar con el objetivo. Lástima la puñetera oscuridad, claro. Me incorporé como pude, con un poco de miedo a darme un coscorrón con algún saliente de la boca, y empecé a caminar detrás del olor. No fue fácil, pero tras tropezar con formas rocosas sospechosamente regulares (¿Seguro que sois rocas? ¡Hum! Ya hablaremos) tropecé con un saco que estaba sentado en el suelo arremangado, como los sacos de nueces de navidad. Y dentro tenía unos deliciosos chuscos de pan duro. Y no duro incomestible, sino duro de recio, de que aun tenía dos bocados.

Hicimos el amor (¡Ah, no perdón esto es de otro relato!). Quiero decir que me senté al ladito del saco, saqué las galletas de tocino y las empecé a frotar sobre cachos de pan recio, y ¡dios mío! Eso estaba buenísimo. Y disfrutando de lo bueno, pensé: ¡Te jodes, Irvin, cucaracha!. ¡Y los demás, mierdecillas sin personalidad, también os jodéis.! Se vé que ahí me dio la euforia de empezar a estar correctamente alimentado. Y me vi poderoso, como que cogía al náufrago, le quitaba la garcilla, y le estampaba contra la pared, y le daba así y le daba por allá y el tío me suplicaba perdón perdón y yo le cogía por la solapa y levantaba mi puño omnipotente y se lo ponía en la nariz como diciendo que lo iba a dejar ko, pero luego me quedaba como quieto, y despacito depacito bajaba el puño, y le soltaba de las solapas y se caía al suelo el notas, y se pegaba un buen coscorrón humillante.

El saco ya estaba vacío. De repente (bueno, estoy seguro de que no os lo vais a creer, pero oí como una puerta que se abría), y, bueno, como un interruptor. Así que con una agilidad desconocida en mi, me metí dentro del saco y lo cerré sobre mi, echándome a rodar hacia una especie de rincón que yo ni veía ni nada, pero que intuía desde lo más hondo de mi ser.

Bueno esto sí que no os lo creeis ni de coña. Sentí a través de la tela del saco, como una potente luz de fluorescentes. Y unas inquietantes voces.

- ¿Quién apagó la luz? esto parece una cueva.
- Habrá sido Mijail, está cabreadísimo.
- ¿Por lo del Dinamo Misk?
- No, por lo del Escorpión Albino.

Un brutal estremecimiento recorrió mi espina dorsal, como el 27 recorre la castellana. ¿Dijo Escorpión Albino? Si no hubiera estado tan acojonado probablemente aquél pensamiento me habría llevado a investigar inmediatamente y , de paso, a llevarme toda la gloria. Y lo que es más importante, dejar sin ella a los ...

- Bueno, vámonos. Luego tenemos que venir a hacer la preparación. Sobre todo Mijail.
- Si, Mijail, ji, ji.

No entendí el chiste ni nada, pero si que oí una puerta abrirse y cerrarse. Pasando por alto que había una puerta en una gruta perdida, lo que si que sentí perfectamente fue el ruido de cómo se cerraba.

Estaba solo.

Salí del saco...

Y flipé de cojones.

(Continuará...)
 
(XXV) ¿CÓMO EXPLICAR ESO? (PARTE IV- ¡Huy, que aun no se acaba!)
Una vez humillado sin que encontrase yo remedio digno alguno, ni tampoco indigno, ni de ninguna clase, decidí alejarme del grupo para hacer que al cabo del tiempo tuvieran que rogarme. Encontré una piedra bien cómoda y me acurruqué fuera del alcance de su vista (de la de ellos, los cabrones), y resolví esperar allí, bien abrigadito...con un agradable calorcillo que...

Me despertó una patada algo más fuerte de la que Irvin se hubiera atrevido a darme.

- ¡Despierte! ¿Quién es usted?
- ¿Eh, pero...?

Una luz me deslumbró. Y también me deslumbró otra patada en mi grupa, por su contundencia.

- ¡Eh, vale de patadas!

Se bajó la luz, por fin y pude ver un rostro hirsuto, que no me sonaba de nada. La barba tipo Mesa (Medio del Sporting y de la Balompédica Linense, que tenía una barba que le salía de las ojeras) se abrió en una boca, de la que salió una pregunta:

- ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

Por la manera que tengo yo de pensar, se me van apareciendo razonamientos a medio hacer de manera rápida e imprecisa, y, sin que yo participe, mi espíritu toma decisiones rápidas. Recuerdo que en este caso la secuencia de pensamientos fue:

- “Náufrago, ermitaño, malas pulgas, ¿Peligroso? Flaco, le puedo, le mato, cárcel del país, novio, me lo saquen de encima, Luis Blanco, Pruden, Irvin...”

Así que lo que salió de mi boca fue:

- Somos de una expedición que...

Pero me di cuenta de que hablado, el tema sonaba ridículo, así que me decidí por otras variante de salvación.

- ¡Luis, Luis! Ahora le cuenta un poco él.
- ¿Luis? ¿Quién es Luis?
- Mis compañeros Luis, Pruden , Irvin...
- ¿Dónde están?

Me levanté para señalarlos, pero no los pude ver. Tal vez la oscuridad...

- ¡Luis!

Pero el náufrago pensó que quería agredirle, por lo alto de mi grito, y me arreó, dándome un golpe en toda la cabeza con un extraño bastón acabado en una forma semiesférica.

- ¿Pero que haces?- gemí llevándome las manos a la cabeza.
- ¡Que no grites!, que te vuelvo a dar. ¿Quién es ese Luis?
- El que le va a explicar lo que hacemos aquí...que es una expedición. Pero que ya él le dice...
- Tú no sabes hablar, claro...
- Sí que se, pero me explico fatal.
- Ah. Te explicas fatal.

Gran estrategia la del escuchimizado robinson, repetir lo que yo decía para que yo me diera cuenta de lo ridículo que sonaba.

- Pero insisto en que Luis Blanco...
- Quédate aquí y ni si te ocurra moverte...

Y blandió el extraño artefacto con el que me había sacudido en toda la pelota: Una garcilla.
El náufrago cabrón, abandonó la estancia, o lo que fuera sin linterna ni nada, aunque eso sí, sin deshacerse de la garcilla ni un momento.

Yo me quedé acurrucadito, pensando en que el náufrago se había confiado creyendo que yo era un cobardica que no se atrevería a aventurarse en la oscuridad.

¡Qué razón tenía el bandido!

(Y prometo que esto toca a su fin...)
 
(XXV) ¿CÓMO EXPLICAR ESO? (PARTE III-Inesperadamente)
Irvin, que era el más imprudente y al que le habían pitado la falta, por así decirlo, fue el primero en meterse en el lago. Llevaba la mochila cogida en alto, con la esperanza de que no se mojase. La linterna de luz azul la llevaba en la boca, y, por eso no nos extrañó nada cuando dijo:

- ¡frfjs feief!

Tampoco resultó extraño que Luis, Pruden y yo le imitásemos, no tanto en lo que dijo, sino en asir nuestras mochilas de la misma manera. Luis le siguió aguas adentro, con su linterna de luz blanca o amarillenta en la boca, y Pruden tuvo que abandonar su farolillo a la orilla del lago, porque no era ya muy práctico. Yo no tuve ningún problema con la linterna porque me la había olvidado en casa, y había sido inútil mi requerimiento de “¿Alguien tiene una linterna de sobra?”.

La temperatura del agua era desazonadora. No estaba convertida en hielo porque no le salía de los cojones, pero frío hacía más que de sobra. Gracias a Dios se conformaba con llegarnos a la cintura, de lo contrario se hubiera desatado una epidemia de pulmonía.

Indefensos, en medio del lago, como a media salida, nos hallábamos, cuando sucedió algo extraordinario. Un rumor creciente, como un derrumbe de batería de cocina mal metida en el armario cuando intentas sacar la fuente de durex que está debajo de las cazuelas y sazonar cómodamente los pimientos, comenzó a sonar en nuestros oídos. Apenas duró un segundo o segundo y medio, y después e oyó un inequívoco

- ¡Me cago en mi puta calavera!

Nos quedamos boquiabiertos del todo e incluso un poco patidifusos. Nadie quería decir nada, nadie se atrevía a opinar o a tomar una decisión. El hecho de quedarnos boquiabiertos, tuvo como consecuencia que las linternas que estaban sujetas por bocas cayeran al fondo del lago con un triste ¡plitch!, y que todo quedase a oscuras. Pruden pudo susurrar, al fin:

- ¿Que era eso, Dios mío?
- Un cagamento, creo- terció Irvin.
- Pero ¿Qué significaba? ¿Quién era?
- ¿A quien le preguntas?
- Son preguntas retóricas.
- ¡Que acojone!
- ¡Que desasosiego!
- ¿Comemos? Hay suficientes galletas de tocino.-Eso lo dije yo.
- Salgamos antes del lago. Y luego pensaremos.
- ¿Pensar? Comer ¿No?
- ¡Come tu! Cómete todas las malditas galletas, pero déjanos pensar a los demás.

Debo decir que esto me dolió. Me dolió íntimamente, en mis adentros. Irvin me trataba como a un comilón, como a alguien con el que no se puede contar, nada más que para comer. Y lo hacía con tanto convencimiento que ninguno de los otros dos, ni Pruden, ni Luis Blanco, le contradijo. Y, claro, si no defiendes a un compañero ante tal ataque, es que estás de acuerdo.

O sea que me defendí yo.

- Pues a mi por lo menos no se me cae la linterna.
- Es verdad, ni siquiera te la traes.
- Ya te he dicho que me la robaron en el tren.
- Por los cojones, chato.

Y aquello me pareció tan humillante que decidí medir mis fuerzas contra el gigantesco faltón. Y una vez medidas, me pareció que sus fuerzas eran mayores que las mías y decidí seguir argumentando, para salvar mi honor.

- Ya me habían dicho que no se podía contar contigo.

Un argumento vacío de contenido, pero relleno de auténtica basura dispersable. Difícil de contrarrestar.

- Vale. ¿Te importa irte a zampar, mientras tratamos los demás de elaborar un plan? Graciaaaas.

Eso no es sutil Se trata de un lanzazo en la tripa. ¡Que cabrón! ¡Que daño! Y luego retorciendo el mango con ese “graciaaas”, con la “a” larga.

Aunque yo no urdí la venganza, fue cruel. Más de lo que yo hubiera podido pensar. Pero aun no lo vais a saber.

Forma parte de un brillante desenlace que ya ya.

(continuará)
 
(XXV) ¿CÓMO EXPLICAR ESO? (PARTE II)
Tal y como se desarrollaban los acontecimientos no me quedaba más remedio que intervenir.

- Está bien. Me obligáis a decir a decir algo que no quiero. Blas se ha comido los víveres de todos. Por eso quiere que entremos.
- ¿Blas?
- ¿Blas?
- ¿Blas?
- Desde luego eres un cerdo, Buch.-dijo Blas, y me señaló al tiempo que decía:
- Él también ha comido.
- Si quieres puedes echar mierda encima de mí, toda la que quieras, pero no vas a conseguir que dejemos de avergonzarnos de ti.
- Eso Blas.
- Blas nos avergonzamos de ti.
- Si Blas, eres un mierda, y un cobarde.

Blas no tenía la mecha muy larga, así que reventó.

- Esta expedición es una mierda. Ahí os quedáis, calamares.

Y Blas se fue pisando del revés las huellas que dejamos a la venida. Y aun resonantes los cagamentos de Blas, decidí aprovechar el tirón para que comenzase nuestra expedición.

- Y ahora señores, podemos hacer dos cosas, o comenzamos nuestro trabajo o seguimos esperando, quien sabe, tal vez la sociedad geográfica nos dé un premio por pacientes. ¿no?
- Si
- Es Verdad
- Si.
- Si (Yo también dije “si” para reforzar”)

Y de este modo tan extraño, dio comienzo nuestra expedición. Bueno, un momento antes se me acercó Luis Blanco para decirme:

- ¿Tienes un momento?
- Para ti, Luis, tengo todo los momentos que existan.
- Verás tu dijiste: “Está bien. Me obligáis a decir a decir algo que no quiero. Blas se ha comido los víveres de todos. Por eso quiere que entremos.”
- Si. ¿Y?
- Pues que hay algo que no me cuadra. Precisamente Blas, no quería que entrásemos. El que quería eso eras tu.
- ¡Ay, mira Luis! ¿Seguimos perdiendo el tiempo con tonterías? ¿O quizá prefieres que busquemos al maldito escorpión? Yo no entiendo nada de lo que me dices, ...pero si te aburres te puedes ir a charlar con la doctora, ella tampoco te escuchará, pero está muy buena...


De un modo que no recuerdo con precisión, tipo “¿Cómo he llegado hasta aquí?”, nos encontramos en fila india , con los pies mojados, por haber vadeado el río, en la boca de la cueva. Se palpaba la tensión, por la escasez de comida. El haber tenido entre nosotros a un traidor como Blas, era algo que aun estábamos pagando. (A ver, ya hemos asumido que esa es la verdad oficial, no la liemos ahora). El único menú eran galletas de tocino, que es algo que suena muy bien a los que lo leen en las novelas, pero que es un asco. Eso sí, galletas de tocino y agua había de sobra. Se vé que no le gustaban al cabrón de Blas.


Irvin iba el primero con su linterna de luz concentrada azul, después Luis, Pruden y cerrando el pelotón yo mismo. Al principio el camino era facilón, ancho y liso, pero poco a poco, una piedra allí, un estrechamiento acá, una cuestita arriba, una cuestita abajo, una enorme bóveda ...un cacho lago de tres pares de cojones...¿Un lago? Nada nos había hecho pensar que tuviéramos que enfrentarnos a un lago. Ni lo contrario, la verdad. Y lo peor es que el lago ocupaba de pared a pared y no había forma de rodearlo.

- No hay forma de rodear este lago.-dijo Irvin deteniéndose y poniendo sus brazos en jarras, con lo que la linterna de luz azul apuntó al suelo.
- ¿Dice la leyenda algo de lagos?-pregunté a Luis.
- No específicamente. Dice:”Los valientes sortearán las dificultades”.

Pruden quiso aportar, también:

- Si alguien se hubiera traído una lancha neumática desinflada, metidita en su mochila en plan sorpresa,...
- Claro, no te jode...cortó Irvin. No hay mas remedio que vadear. Así que venga, andandito.

(Continuará...)
 
(XXV) ¿CÓMO EXPLICAR ESO? (PARTE I)
Si amiguitos. No dejemos pasar ni un segundo más. Ya voy a satisfacer vuestra curiosidad. Ya veo vuestras caritas de ansiedad. ¿Nos lo contará Buch? ¿Nos lo contará por fin? ¿Nunca lo va a contar? El sabe que nosotros sabemos.¿No?. No nos va a dejar así. Vosotros, veteranos ya sabéis de que hablo, porque nos entendemos sin hablar , sin escribir, sin gesticular, sin respirar, sin vivir....

Pero....

Al nuevo ...habrá que decirle de qué estamos hablando. ¿No?. ¿Se lo decimos? Pues venga, vosotros callaos, yo lo digo:

Quieren que les cuente como fue la expedición geozoológica al interior de las cuevas Gangrolf, en Armenia. Si, al final encontramos algún ejemplar de escorpión albino, que era lo que buscábamos desde hacía años. Esa maravilla de la biología...

Primero dejad que os presente a la tripulación de esta expedición tan exitosa:

Luis Blanco: Hombre de bien, leyendólogo insigne, es el primer hombre no nacido en Armenia, que conoce la leyenda del Escorpión Albino. “Y el hombre encontrará el escorpión albino en la cueva Gangrolf”. Conoce al dedillo el libro de la leyenda de Gangrolf, porque se dedicó durante años a escuchar al viejo Sergei, y su suegro Mijail (aun mas viejo), y muchas otras gentes del lugar, que le refirieron mil veces o más la leyenda. La leyenda que nosotros íbamos a hacer realidad.

Irvin Talimov: Experto en geología. Doctor y estudioso de las cuevas de Gangrolf. Prácticamente nuestra brújula. Conocedor de lenguas, intérprete de camboyano (esto no nos servía para nada), y caminante infatigable.

Pruden Navarro: Zoóloga que tenía la misión de reconocer y clasificar al escorpión albino en cuanto lo identificásemos. NO es que fuera a ser muy difícil de reconocer, porque era un escorpión blanco, pero quisimos asegurarnos
llevando a esta doctora tan simpática de 49 años, y de gran atractivo personal.

Blas: Cocinero. Simpático. Sabe tratar a los flamenquines.


Buch: ¿Quién lo iba a contar si no?



Llevábamos acampados cuatro días en Armenia, en las cercanías de la entrada a las cuevas, esquivando géiseres y , sobre todo esperando a que bajara el nivel del río, porque era peligroso entrar en las cuevas con tanta agua, y también porque Luis Blanco solo se había llevado una muda de calcetines gordos. El resto eran “eléctricos”. Durante aquellos días hicimos el tonto: Pruden Navarro y Luis se daban largos paseos, discutiendo de cuestiones científicas de alto calado. Irvin Talimov hablaba permanentemente por el móvil, y Blas y yo (y quiero que se valore la sinceridad) nos comíamos la comida de todos, porque había comida para un mes y un día, y estábamos muy seguros de que no íbamos a estar un mes allí esperando.

¡Como me sorprendió llegar al día 25 de espera! Me sorprendió tanto que los reuní a todos y les expuse que ya no podíamos esperar más a que el río bajase, que había que arriesgar.

- Pero ¿Por qué? ¿Por qué?
- Porque somos exploradores, no podemos estar esperando sin notarlo en nuestro ánimo. La espera tendrá un coste anímico, y ese coste llegará un momento en que sea imposible de asumir. Por mucho que baje el nivel del río...

Creo que estaban convencidos de antemano, ya que todos miraban al suelo, de esa manera, no se si me explico, con la que se mira a un líder convincente. Y, desde luego, tenía a mi favor que nadie quería ser el primero en mostrar públicamente su acojonamiento. De todas formas, todos eran valientes, excepto Blas, pero Blas estaba en el ajo del fraude alimenticio, y no creo que...

- Ni de coña. Seguro que es peligrosísimo.-dijo Blas-

Se me olvidó tener en cuenta que aparte de cobardica, Blas era imbécil. Pero lo peor es que la manifestación tuvo el efecto de quitarles a todos el miedo a manifestar sus miedos.

- Puede que Blas tenga razón.
- Hombre pues puede que sí. Desde luego peligroso es.
- Es un riesgo
- Estoy de acuerdo, es un riesgo.
- Estoy de acuerdo con estar de acuerdo, es un riesgo.
- Corroboro que es un riesgo.
- Redundo en que es un riesgo
- Riesgo hay, no cabe duda.
- Quisiera intervenir para mostrar mi apoyo a cuanto se está diciendo aquí.



(Continuará)
 
(XXIV) CRUDAMENTE: EL CONEJO. (IV- Ya se acaba, ya)
Por un momento pareció que Dimi se iba a quedar sin respuesta, pero un rayo de luz y de ingenio le permitió responder con cierta gracia:

- ¡Viyi si istí iquí il siñir bibisi!

Y se levantó, todo digno y se compuso

- ¿Qué haces con mi conejo, zorra?
- ¿Qué has dicho?
- ¡Qué qué coño estás haciendo con mi conejo!
- Ah, bueno
- ¡Zorra!

Y según lo decía, la bella campeona, hizo un giro completo, levantó una pierna esbelta envuelta en un vaquero ajustado, que le hacía un trasero inmejorable, porque la chica la verdad, cualquier cosa que se pusiera, no como otras ¿no? Que a lo mejor se ponen de tiros largos y como si no, porque en el fondo no van elegantes y lo saben. No, esta chica no era de esas, ésta se vestía de payasa, y era la payasa más bonita del mundo, y si se vestía de cosaca era la cosaca más bonita del mundo, y si se vestía de patata era la patata más bonita del mundo, y también pasa que había nacido con clase, ojito que no con dinero, digo con clase y digo bien...

Le metió lo que se llama un maguasi.(Mawasi) Y el pobre Dimis mientras caía sin sentido, pudo pensar que la cosa se estaba poniendo de lo más perjudicial para él. Le insultaban, le robaban, y finalmente le pegaban, y le podían. Y también pudo pensar: “Creo que esto era un mawasi”. Y por fin, tan solo unos minutos después de amanecer, volvió a anochecer. Al menos para él.

Sintió el rostro húmedo, aunque con un peculiar aroma a madreselva ligeramente pocha. Y oyó:

- Llamando a tonto del culo. Despierta tonto del culo...¿Tonto del culo?

Y recordó que había sido más o menos humillado por una, por una, por una, por una , ...no se atrevía ni a pensarlo. Aun le dolía. Pero habló:

- No me llamo Tonto del Culo, me llamo Dimitris.
- Tampoco mi nombre es Zorra, me llamo Úrsula.
- ¿Así que quieres robarme mi conejo? ¿Acaso te envías la CIA?
- No sé que estás diciendo, yo paso de tu mierda de conejos...
- Ya, por eso tienes sujeto a mi espécimen.
- Perdona, chato, pero esto no es un conejo, ni un espécimen, ni, mucho menos tuyo.
- Claro, claro...
- Esto es un canguro, so gilipollas.

En ese momento de la conversación, a Dim se le instaló una nubecilla entre las cejas, que es lo que en las películas de juicios llaman “duda razonable”

- Ah, si, claro. Típico de por aquí..los canguros.
- Son típicos de Australia, mi país. En este bonito país, proliferan también las agencias de viaje, una de ellas, “Viaja con tu mascota”, permite que los australianos vayamos de vacaciones con nuestras mascotas. En concreto, se puede viajar incluso a Grecia, y, se pueden visitar Granjas, mediante acuerdos con estúpidos bigotones, en estas granjas los canguros-mascota, a veces se ponen nerviosos y se escapan, y , pueden ir a parar a cualquier corral de conejos. Donde permanecen a la espera de que sus dueños – servidora- , después de pasar la noche en un bar de mala muerte, preguntando por ellos, y soportar que les entre cualquier desaprensivo, vayan a buscarlos. Que es lo que estoy haciendo ahora. ¿Has entendido algo de lo que te he explicado?
- ¡Caramba! ¿Esto es un canguro que se le había escapado?
- ¡Vaya, parece que vamos comprendiendo!
- ¿Una agencia de viajes?
- Si.
- ¿Se escapó el canguro?
- Se llama Ralph.
- Bien, en ese caso lléveselo. Adiós y disculpe.
- Disculpado. Disculpe usted el mawasi.
- Disculpado también. Buena suerte.
- Adiós, buena suerte.

Úrsula y el canguro tomaron el camino del horizonte. Hubo un momento en que parecía que alguien debía decir algo. A Dimi le pareció que podía ser la última oportunidad, y no la quiso dejar escapar:

- Así que cuando la dije a usted que la invitaba a una copa y me respondió lo de “que te pires baboso”, estaba usted de mal humor por la desparición de Ralph, y por eso me lo dijo.

Úrsula se dio la vuelta , con lo que Dimitris pudo ver una vez más su preciosa cara, pero perdió de vista su hormigónico trasero, y con la más dulce de sus sonrisas respondió:

- No, la verdad es que me resulta usted repugnante de todos modos.

Y Dim rió a grandes carcajadas para que pareciera que tenía mucha clase.

FIN
 
(XXIII) CRUDAMENTE: EL CONEJO. (III- Casi Final Wolffiano)
Dimitris, tas recibir el inesperado mensaje se dio media vuelta y con una elegante gamba se zambulló de lleno en su piscina de ouzo. No olvidó del todo a la muchacha, y suspiró entrecortadamente:

- Que te pires, baboso, Me ha dicho, que te pires baboso.

El cura ortodoxo movido por la piedad intervino:

- Disculpe, yo creo que lo que ha dicho es: “Vente de rumba, marchoso”.

También el ciclista sediento era un hombre bueno

- A mi me parece que ha dicho: El atún a la plancha me sale correoso.

Pero Dimitris ya no estaba en el debate, en absoluto. Ahora buceaba en su ouzo ajeno a la situación. Pero para no ser menos, los parroquianos también dejaron a un lado los problemas de Dim, y se dedicaron en cuerpo y alma a debatir sobre lo que había dicho la mujer más bella del mundo. (yo creo que ha dicho: Voy a misa de diez, dijo el viejo marinero...)

Dim se levantó, se tambaleó lo justo para que nadie se molestara en ayudarle y salió en dirección a su casa, a su granja. El tiempo al beber pasa más deprisa. Y faltaba una hora para el amanecer.

Entonces Dim intentó abrir la puerta de su casa. Y la llave traidora resbaló. Y volvió a resbalar al segundo intento. Entonces desistió, quizá para no gastar los tres intentos de rigor, y dando la vuelta a su casa entró saltando la empalizada de los conejos. Guardando cuidado, eso si de no pisar a ninguno, pero sin poder estar seguro, porque la luna había huido y era una noche de esas que no se ve un pimiento. Extendió las manos para que si se pegaba un topetazo la nariz no hiciese de parachoques, y , casualmente tocó unas orejas de conejo. Al principio pensó que el conejo se había subido a un poyete o similar, pero siguió tocando y resulta que desde las orejas al suelo, todo era conejo.

- ¿Todo tu eres conejo?

Pero no se creyó mucho, porque iba merluza perdido, y entró en su cuarto, con la esperanza de que aquello fuese producto de su imaginación, y que dentro de una hora aquel enigma no tuviese sentido. Y fue de esos sueños a puerta cerrada, en los que la resaca que está ahí afuera está llamando todo el rato, y uno no quiere abrirle la puerta y cuando se levanta por fin a abrir, amanece. Y ya puede pasar sin llamar. Y pasa, desde luego.

Dimi vió sus propios párpados inundados de un refulgente naranja brillante. Y fue este naranja brillante el que le deslumbró aun teniendo los ojos cerrados. ¿Cómo ver sus propios párpados desde dentro, de otro modo? La luz era hiriente, pero el sabía que abrir los ojos era peor, estar colgado de un trapecio a cien metros de altura sobre rocas puntiagudas es malo, pero soltarse es peor. Inexorablemente Dim tenía que abrir los ojos. Decidió ahorrarse el sufrimiento de pensar en ello y los abrió de inmediato. Y sólo vió luz, y pensó en los folletos de las agencias de viaje con su insistente elogio de la luminosidad de los días en Grecia, y pensó que el prefería ahora mismo unas buenas brumas británicas, o una interminable noche de seis meses de las islas del norte. También pensó un poco que el ouzo (Ese brebaje parecido al anisette, típico de Grecia) era en realidad un saco que guardaba lo peor de cada resaca.

Abrió la ventana que daba al corral de los conejos, para sentir el aire medio fresco de la mañana. Y lo que vió no tenía ningún sentido:

En primer lugar lo del enorme conejo era verdad. Ahí estaba un cacho conejo gigantesco, más grande que una persona, o casi. Pero no estaba solo; la mujer mas guapa del mundo lo sujetaba con una especie de brida y tiraba de él, intentando arrastrarlo fuera de la empalizada. Por lo que parecía, la chica no solo le había llamado baboso, cosa que dolía y mucho, sino que además estaba tratando de robarle su mayor logro: El conejo tremendo.

Dim saltó por la ventana. Pero no aterrizó correctamente. Sus piernas fallaron y rodó por la tierra sobre su hombro derecho.

- ¡Deja en paz a mi conejo! -Gritó en cuanto pudo levantarse.
- ¡Vaya, si está aquí el señor baboso!

(Continuará)