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GRANDES DOCUMENTALES
Que frío, que desprovisto de visión parcial. Tan solo hechos.
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No diré nada más acerca de mi. No soy interesante.
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(XXVII) ASCENSO AL MONTE NITAKKA (Parte III-Cumbia Karamé nikkata)
El cansancio no hacía mella en Sato Grün, a pesar de que ya llevaba un buen rato de carrera. Y, aunque no era un perro zapatillista ni perseguidor de palos volantes, sí que sabía lo suficiente como para darse cuenta de que aunque no notase el cansancio en aquel momento, acabaría por pagar todo junto aquel exceso.

De modo que corrió más despacio.

El cambio de ritmo actuó como un despertador de esos que proyectan la hora en el techo (pero cualquier otro despertador hubiera logrado el mismo efecto, lo confieso), despertando sus sensaciones. Un despertador de sensaciones, es lo que quiero decir. Y ahí fue cuando Sato Grün se dio cuenta de que la libertad tenía un precio. Ya no tenía el cazo de carne con arroz lavado, que le preparaba el señor Klohedas, ni, y eso era más grave, agua. Un perro necesita agua y comida para vivir. Mis pulgas por un mendrugo (cumbia karamé Nikkata). Mis pulgas por un cochino mendrugo (cumbia karamé nikkata sai).

No estaba acostumbrado a comer basura, incluso en el corredor de la muerte, el pan duro se lo daban con café, es más, a veces con trozos de algun tipo de carne. Pero nunca basura. Sato Grün aprovechó la inercia para saltar y llevarse por delante el cubo de basura orgánica, y un montón de olores saltaron a su fosa nasal. Unos buenos y otros menos, pero todos nutritivos.

Al menos comió. Ya sólo quedaba beber, para aguantar unas horas sin agobiarse. Eso no era tan fácil. Hacía meses que no llovía en la ciudad, y no había charcos por la calle. Una bonita razón para agobiarse. Por suerte su instinto no era tan perezoso como él. De modo que le sugirió la idea de saltar alguna pequeña valla de jardín y beber del bebedero de otro perro, eso sí, a escondidas. No hacían ninguna falta los conflictos. Dicho y hecho, saltó la primera valla que le vino a la mente.

Un cuarto de segundo después la volvió a saltar, pero esta vez hacia fuera. Un enorme perrazo le esperaba con gesto de conflicto. (¿No sería más bien un Dragón?) Y se vio por la calle como si no hubiese pasado nada. Y de esa manera tan cuca (Ya sabéis andando rápido, pero sin correr) que vienen los golpes de suerte, se le vino uno bien contundente. Un camión de esos que limpian las calles con agua a chorro le venía por detrás. De manera que solo tuvo que sentarse como cuando Klohedas le decía ¡sit!. Y esperar a que el camión pasase por su lado.

Desgraciadamente el conductor era un hombre educado, y, cuando vió que Sato Grün estaba sentado en la acera, cortó el chorro, y el pobre perro se quedó sin beber. Sato Grün, puro instinto, echó a correr hacia el camión y se puso a la altura del chorro, confiando en hallarse en un angulo muerto, y que el conductor le diera al chorro al no verle. Pero fue tan tonto, que por un momento le distrajo un ligero olor a goma del pelo de alumna de Historia Medieval del Sumo (I), y cuando se volvió a encender el chorro le pilló distraído y se asustó y salió corriendo hacia la acera, y se chocó con algo humanamente blando.

- Pero..¿Qué...?

Y ese algo humanamente blando y que hacía preguntas que no terminaba, le agarró por las patas traseras, momento que aprovechó Sato Grün para lamentar no ser un caballo para poder arrearle una coz. Porque no podía morderle, puesto que el señor Klohedas se lo había prohibido con tanto afán, que el pobre perro se había acostumbrado a que morder era algo malo, y sencillamente no podía.

Pero podía agitarse. Así que se agitó.

Pero no podía soltarse. Así que no se soltó.

- ¡Es un perro! ¡Es un perro!

Lo humanamente blando era, como se podía suponer, la mendiga profesional Akee. Mujer de 52 años, con canas, sin tacones, con churretes por la cara, sin dinero, con carrito de supermercado. A Sato Grün, a riesgo de parecer finolis, aquella especie de humana sin ningún encanto aparente no le gustó.

- Y bien finolis que parece. Tengo yo más garrapatas que él. ¿Querrás beber, bonito?

Y claro que quiso, una cosa era conservar ciertos escrúpulos, y otra cosa dejar pasar la oportunidad de apagar una sed tan intensa. Sato Grün bebió con glotonería, y decidió quedarse a vivir, de momento, con la mendiga.

Ya más adelante se ocuparía del tema de la libertad.

(Habrá un final sorprendente, hablo en serio)
 
Comentario:
¡Si, hombre, más auutentico! Eos si que no. Yo no borro tus comentarios, lo que sucede es que seguramente pones palabras ofensivas (carajo, ridiela) y actúa el censor ese antispam. Será eso ¿no?
 
Comentario:
Yo ya había comentado aquí, Buch, ¿por qué borras mis comentarios? ¿Para que no se den cuenta de que soy mucho más gracioso que tú? Eso no es noble, ni digno de un Leonés.
En fin, Sato Grün me parece, repito, un mendrugo de perro, aparte de infiel y caprichoso. Porque no era tan difícul beber, Buch, tío, reconócelo.
la mendiga, sin en cambio, me cae de puta madre, valga la ordinariez.
Me gustan tus historias, a pesar de que intentes, por todos los medios a tu alcance (afortunadamente para mí esos medios son escasos) parecerte a mí.
Busca tu propio estilo, amigo, bucea en tu interior y tu yo más auténtico, más genuino, aparecerá y créeme: nos gustará a todos.
¿Estamos?
 
Comentario:
Depende del ser humano. Pero la clave está en que en realidad es un perro. Precioso, eso, sí, y no he dicho que con una mirada amarilla muy interesante, Mari.
 
Comentario:
Final sorprendente e inesperado?

Esa sensación de "soy libre, pero ahora me las tengo que arreglar" debe ser un poco difícil de manejar al principio. Menos mal que es perro, sabrá hacerlo mejor que un ser humano, digo yo...
No