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LA ABADESA

Por Jano

Hoy, 12 de Octubre del año del Señor de 1.492, reinando sus Católicas Majestades Dña. Isabel y D. Fernando, la anciana Abadesa, tras larga y penosa enfermedad , habiendo recibido los Santos Sacramentos y la Extremaunción, ha entregado su alma al Supremo Hacedor.

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Esa noche, las hermanas velaron y rezaron por su querida madre abadesa que había pasado a mejor vida.

A la mañana siguiente, Fray Onésimo ofició la misa de réquiem acompañada por los cánticos de todas las hermanas y, en su homilía, ensalzó las virtudes de la difunta madre.

Pasado un día de rezos, como exigían las reglas, se reunieron a votar para nombrar nueva abadesa todas las hermanas,-- exceptuando las novicias--..

En ello estaban cuando llegó un emisario del Arzobispo con una misiva. En ella, se leía lo siguiente:

"Queridas hijas en Cristo nuestro Señor:
Conocido el fallecimiento de nuestra hija,
Sor Lucía del Justo Nombre de Jesús, he
decidido que sea nombrada Madre
Abadesa del convento mi sobrina Sor Inés
que se presentará allí en la mañana del
domingo después de maitines.
Confiando en vuestra obediencia y caridad,
quedad con Dios nuestro Señor y con mi
bendición.

Firma y sello ut supra.

El asombro se dibujó en las caras de las hermanas:
era harto irregular aquella imposición. Las Reglas de la Orden establecían claramente las normas que regulaban el nombramiento de la nueva abadesa. Sin embargo, el mandato no admitía interpretación ni discusión alguna. Debían acatarla sin la menor vacilación o discrepancia: el obispo ordenaba y debía ser obedecido.

Como anunciaba la carta de Su Ilustrísima, la mañana del domingo, después de maitines, en una severa carroza negra, llegó Sor Inés: envuelta en su blanca capa.

Se dirigió a la entrada del convento donde se encontraban todas las hermanas, incluidas las novicias, esperando su llegada. Fue recibida con deferencia y acompañada hasta la celda destinada a ella.

El asombro y cierto enojo se reflejaba en sus rostros;

Sor Inés, que no tendría más allá de los 21 años , con ojos en los que se reflejaba un cierto temor, no dejaba de mirar a uno y otro lado como buscando donde esconderse.

La dejaron sola en la celda y se retiraron murmurando contra aquella imposición tan absurda.

Sor Inés, sin fuerzas para pensar en la tarea impuesta por su tío y a la que trató de negarse sin éxito, se acostó a descansar aunque solo fueran unos minutos.

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Pasaron varias semanas y aquello era peor de lo que se había temido.

l Las monjas no hacían caso a sus indicaciones; ni siquiera las novicias.

Cada domingo, Fray Onésimo pasaba por el convento para oír las confesiones de las que lo habitaban. Sor Inés no le decía nada del tormento que estaba pasando. Al fin y al cabo, en la confesión no tenía porque hablar de ello puesto que no se trataba de pecados o faltas suyas.

Alguna noche de insomnio, paseando por el corredor, escuchaba risas y murmullos apagados

que trascendían las puertas de algunas celdas. Inquieta, no sabía que pensar de aquello.

Aún pasaron dos semanas más cuando se atrevió a contarle al fraile lo que ocurría y lo referente a los ruidos que escuchaba algunas noches en las celdas de las monjas.

Él la amonestó severamente por soltar las riendas de la situación y no saber manejar a sus hermanas. Ella era quién debía mantener el
orden y la disciplina en el convento y hacer cumplir las reglas con todo rigor. En cuanto a los ruidos nocturnos no sabía qué pensar: Sor Inés debería vigilar y enterarse de lo que en las celdas ocurría a unas horas en que todo debería estar en silencio. Ella prometió que así lo haría y le informaría de lo que descubriera.

Noche tras noche, procurando no hacer ruido, paseaba arriba y abajo por el pasillo, aguzando el oído para tratar de enterarse de lo que ocurría en el interior de las celdas de donde procedían los sonidos.

Algunas veces, oía risas apagadas y murmullos; otras, jadeos que no sabía identificar.

Seguían pasando los días y no avanzaba en su investigación.

Todos los domingos, Fray Onésimo le preguntaba por sus averiguaciones a lo que ella contestaba que, desde el corredor, no conseguía saber que ocurría en el interior de las celdas.

Además, no solo era eso: la abadesa le confió que no lograba hacerse obedecer.

Cada monja iba por su lado, holgazaneando, durmiéndo en los rezos, robando en la cocina, yendo desaliñadas e incluso, riñendo entre ellas por el asunto más baladí.

Fray Onésimo se enfurecía y le recriminaba su falta de autoridad que, por todo lo oído, redundaba en perjuicio de la buena marcha de la comunidad. A él le preocupaba todo: la falta de disciplina de las monjas y lo que pasaba en las celdas durante la noche. Ordenó, irritado, a Sor Inés que tomara medidas en todos los sentidos o se lo comunicaría a su tío el Arzobispo. Incluso, le ordenó que entrara en alguna de aquellas celdas de las que procedían los sonidos y se enterara directamente de lo que allí ocurría. Tenía autoridad para hacerlo en beneficio de la comunidad. No debería dejar pasar ni un día más sin averiguarlo. Ella asintió y prometió hacerlo.

Sin valor para cumplir su promesa, aún pasaron varios días hasta que, haciendo acopio de valor, la noche del sábado entró sin aviso en una de las celdas.

Lo que presenció le heló la sangre y a punto estuvo de caer al suelo desvanecida por la impresión. Dos novicias, totalmente desnudas, intercambiaban besos mientras se azotaban mutuamente en las nalgas y la espalda con las manos y unas cuerdas entre risas hasta que se dieron cuenta de la presencia de Sor Inés.

Sorprendidas por la abadesa, las dos jóvenes trataban sin éxito de tapar su desnudez.

En tanto, Sor Inés, petrificada, no daba crédito a lo que acababa de presenciar. Sin reaccionar, seguía allí, sujetando la puerta con una mano y sin dejar de mirar la escena como hipnotizada.

Al fin, pudo articular unas palabras que le sonaron como dichas por otra persona: salían de sus labios atropellada e incoherentemente

Las amenazó con la condenación eterna, con proclamarlo a los cuatro vientos, con decírselo al Arzobispo para que fueran expulsadas. Les ordenó que se acostaran advirtiéndoles que se tomarían medidas contra ellas.

Abrió otras puertas y, horrorizada, encontró escenas similares. Novicias y monjas, desnudas o semidesnudas, se abrazaban, se besaban, se manoseaban, se lamían, hurgaban los sitios más recónditos de sus cuerpos,..

Trastornada, enfebrecida, encolerizada, abrió violentamente las puertas de todas las celdas y a grandes voces ordenó a las mujeres que salieran al pasillo tal como estaban.

De su celda, Sor Inés tomó las disciplinas que usaba para purgar sus pecados y, avanzando por el pasillo, golpeaba con ellas a todas las que, a ambos lados, arrimadas a las paredes, encontraba a su paso, sin sus hábitos o con ellos tratando de taparse.

Cuando se fue calmando, no sin antes haber azotado a muchas de ellas, ordenó que cada una se encerrara en su celda.

Una vez que el pasillo quedó vacío y en silencio, Sor Inés se encerró en la suya. Las manos le temblaban y un calor desconocido, unas sensaciones nunca sentidas le recorrían la espalda

Y, en suma, todo el cuerpo entero. Con la boca abierta notaba el temblor de sus labios.

Su cabeza era un caos, un torbellino de emociones encontradas. Algo insólito no sentido nunca le atormentaba: algo que no sabía definir.

Se acostó vestida con el hábito, temblando desde la punta de los pies hasta la nuca.

Las escenas vistas, el recuerdo de ella misma azotando sin piedad a sus hermanas se cruzaban por su imaginación desbocada. Escalofríos le recorrían la columna vertebral y el temblor no abandonaba su cuerpo ni su espíritu.

No comprendía cómo había podido llegar a tales extremos, aunque las faltas de sus hermanas fueran tan graves.

Una laxitud nunca sentida se apoderó de ella.

El sueño la venció al fin. Cayó en un sopor y los sueños, como un vendaval de emociones, poblaron su espíritu. Se veía de nuevo azotando a monjas y novicias sin discriminación y disfrutando de ello. La escena le producía cosquilleos y espasmos en el vientre.

Al fin, las imágenes se diluyeron en su cerebro y cayó en un profundo sueño reparador.
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A la mañana siguiente, domingo, Sor Inés encabezó la fila para el rezo de maitines con una extraña sensación en su cuerpo y su mente.

Tras ella, monjas y novicias, avanzaban en silencio, cabizbajas. Ninguna de ellas levantó la cabeza durante los rezos en la capilla.

Fray Onésimo, oyó en confesión a las monjas. Cuando le llegó el turno a la abadesa, le preguntó si había averiguado algo a lo que contestó que no, sintiéndose culpable por la mentira. Nada había sucedido digno de mención.

Llegado el momento de la comunión, Sor Inés, le hizo una seña al fraile como que se encontraba indispuesta para recibirla.

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A partir de aquella noche, la Abadesa fue obedecida en todo lo que mandaba durante un tiempo. Ella mantenía ante el fraile que nada ocurría ya que había tomado las riendas de la comunidad: no se oía nada por las noches y todo empezaba a marchar de la mejor manera.

Sus hermanas iban aseadas, estaban atentas a los rezos y no habían vuelto a discutir. No tenía motivos de queja y se sentía satisfecha.
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Pasaron los días y una noche, la abadesa salió al pasillo. De una de las celdas salían risas y gemidos de nuevo: balbuceos, como quejidos, jadeos.

Abrió la puerta con firmeza y encontró juntas a dos monjas tumbadas en la litera, semi desnudas, abrazadas una sobre otra, besándose y acariciando sus cuerpos. Les obligó a salir de la celda y llamó al resto de las hermanas. Todas se colocaron a ambos lados del pasillo con la espalda apoyada en la pared.

Algunas salían de la celda de otras, a medio vestir. A las primeras que sorprendió, les ordenó que, tal como estaban, sin ropa, se colocaran en el centro. Mandó a las que no estaban decentemente vestidas que se pusieran también junto a las primeras.

Sin vacilar un punto, se dirigió a su propia celda de la que volvió con las disciplinas en la mano agitándolas en el aire. Dijo a las infractoras,--ocho en total --, que se colocaran frente a frente, juntas.

Avanzando por el pasillo, primero una fila y más tarde la otra, fue recorriendo una a una a las monjas y novicias, azotando sus culos, uno a uno veinte veces.

Mientras esto hacía, extrañas sensaciones le acometían; una a modo de satisfacción invadía su cuerpo y su mente, dándose cuenta de que

algo en la acción de los azotar a sus hermanas le producía un gran placer: se regodeaba con el color que iban adquiriendo sus traseros por efecto de los azotes.

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De tiempo en tiempo, la escena se repetía con variantes.

Sor Inés se hizo de un pequeño látigo y una regla de dura madera de haya que utilizaba a su entera discrección sin que en la grey se alzara voz alguna de protesta.

En ocasiones, cuando el castigo era en presencia de todas las monjas, algunas risas ahogadas se escuchaban por parte de las más jóvenes.

Otras veces, el castigo se producía en la intimidad de la celda de Sor Inés. Después de azotar con firmeza a las infractoras, le rendía la

ternura y las abrazaba, las besaba y acariciaba su enrojecido culo mientras ellas descansaban la cabeza sobre su pecho, llorando blandamente.

Cuando el castigo era en privado, prefería hacerlo solo con la mano.

La paz reinaba en el convento y se veían resplandecer los rostros de la mayoría.

Durante el día, se ocupaban con diligencia en la cocina, en el huerto, haciendo dulces, etc.

En la noche, las idas y venidas de unas celdas a otras, eran más que frecuentes. Los castigos se sucedían casi a diario. Siempre había alguna que había cometido una pequeña falta y Sor Inés sospechaba que lo hacían a propósito.

No faltaban las visitas a la celda de la propia Abadesa donde se escuchaban los mismos sonidos que en las otras.

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A Fray Onésimo, jamás le dijo nada de lo que pasaba entre aquellas paredes. Solo le contaba lo bien que marchaban las cosas. A esto, el felicitaba a la Abadesa por haber encauzado a las hermanas y lograr la paz y el bienestar para ellas, y para el convento a mayor gloria de Dios.

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La Abadesa llegó a una provecta edad antes de rendir cuentas ante su Creador con el cariño y la devoción de sus hermanas.

F I N

 
LUCIA.
Relato de Jano.
Durante cuatro años, desde los 18, había soportado las Infidelidades de Mario, su pareja. Cansada de la situación, harta de perdonar y volver a perdonar, una vez y otra, siempre con su promesa de no repetirlo, Lucía le dejó plantado y trató de reanudar su vida por otros derroteros, sola.

El detonante fue que, cuando se decidió a hacerle partícipe de sus fantasías íntimas él, airadamente, le dirigió los peores epítetos de que fue capaz.
Lucía soñaba con que él le propinara una azotaina de vez en cuando: era su anhelo secreto y que mantenía como tal desde que le conoció. Solo la necesidad y la deseperanza guardada durante los últimos cuatro años, hizo que se confesara a él. El resultado no pudo ser peor; ante aquél aluvión de insultos, la joven decidió dar por terminada la relación.

Ella, que le había perdonado toda clase de infidelidades, no entendía que él no accediera a sus deseos o, al menos, no se aviniera a discutirlo amistosamente.

Con lágrimas en los ojos, recogió algunas de sus pertenencias, llamó a su hermana y le pidió asilo momentáneo.

De nuevo llorando, abandonó la casa donde había transcurrido su vida en aquel tiempo.

Ya instalada en la casa de su hermana, pensó en su futuro y decidió que tenía que hacer algo para ganarse la vida. Su trabajo como auxiliar administrativo en una empresa, de 8 a 15 no era lo más apropiado. Se enteró de la convocatoria a una oposición del Estado, bien remunerada y con perspectivas de ascenso. Decidió presentarse ya que reunía las condiciones precisas.

Dado que llevaba tiempo sin estudiar y que los temas eran muchos y difíciles, comprendió que debía buscar ayuda.

Hizo averiguaciones y supo de un profesor especializado en la preparación de oposiciónes.

Llamó al número de teléfono que le habian proporcionado y concertó una cita para el día siguiente. La voz de la persona que la atendió era de una mujer: la dirección, de una calle cercana al Museo del Prado, zona de las más elegantes de Madrid.

Llena de esperanza, se acicaló cuidadosamente: pantalón gris claro, camisa blanca, chaqueta tipo sastre y zapatos de tacón alto. El pelo, recogido en una larga “cola de caballo”. Carmín en los labios y una discreta sombra de ojos.

Aproximándose la hora de la cita, tomó el metro hasta la estación de Banco de España (Cibeles) y bajó andando por el Paseo del Prado hasta llegar a la calle y al número que le habían sido indicados.

Se encontró ante un edificio de principios del siglo XX, señorial, con un gran portal flanqueado por dos grandes puertas de hierro forjado y una mullida alfombra roja cubriendo toda la entrada. Caminando por ella, accedió al ascensor de madera labrada y cristales. Abrió la puerta,--también de hierro forjado--, y subió hasta el segundo piso. Llamó al timbre y esperó. Tras unos pocos segundos, la puerta se abrió:

una mujer de unos cuarenta años, embutida en un ajustado vestido negro, delantal blanco y cofia del mismo color, le hizo pasar y, tras enterarse de quién era le pidió que la siguiera por el ancho corredor alfombrado y flanqueado por numerosas estatuillas de bronce y varias cornucopias.

Lucía la observaba mientras caminaba tras ella: se trataba de una mujer alta, de pelo negro y espléndidas caderas que movía acompasadamente al andar sobre sus zapatos de altos tacones.

Después de algunos pasos, la mujer llamó discretamente a una puerta y, al recibir el permiso, la abrió y anunció la visita de Lucía. Con un ademán la invitó a pasar.

Cuando hubo entrado, Lucía se encontró en una gran habitación en la que había varias mesas de caoba, armarios de la misma madera, alfombras rojas y, al fondo, una mesa de despacho ante un ventanal con cortinas de terciopelo y, tras la cual, se encontraba un hombre de unos 50 años, delgado, pelo entrecano y patillas plateadas. Se levantó para recibir a la joven. Su estatura era más que mediana: vestía un traje negro que hacía juego con su rostro severo. Indicó a Lucía un sillón frente a sí y, tras sentarse ella, también él tomó asiento.

Después de escuchar las pretensiones de la muchacha, con voz profunda, bien modulada dijo:

--“Señorita: antes de aceptarla como alumna, he de decirle mis condiciones.”

Impresionada por el escenario y la presencia del hombre, Lucía asintió con la cabeza.

--“Bien: la vestimenta de mis alumnos es muy importante para mí. La puntualidad, la estricta obediencia y el esfuerzo también lo son.

Lo primero: no podrá venir vestida con pantalón. Siempre con falda. No deberá maquillarse de ningún modo y el pelo irá recogido. ¿Me va entendiendo?—“

Lucía afirmó con la cabeza.

--“Sigo: las faltas de puntualidad, los errores, la indisciplina, o el incumplimiento de las reglas sobre la vestimentas, serán sancionadas debidamente—“

Lucía se movía inquieta ¿Qué querría decir el hombre con lo de sancionar sus posibles faltas? No obstante, asintió levemente. Lo que sabía del profesor por las referencias recibidas sobre él, era que el número de aprobados de sus alumnos en las convocatorias ascendía a un 90%. No podía permitirse poner objeciones y sí aceptar las condiciones impuestas.

--“Esas son mis reglas además del pago de las clases.

Si no está de acuerdo éste es el momento de decirlo. Una vez que haya aceptado deberá cumplirlas o nuestra relación quedará cancelada en caso de no hacerlo a mi entera satisfacción. ¿Sí, acepta? En ese caso, todos los lunes, miércoles y viernes a las 17,30 la quiero ver aquí con los ejercicios que yo le daré.Mañana es viernes, así es que hasta mañana.”--

Se levantó y acompañó a Lucía hasta la puerta, donde le tendió la mano y la despidió.

En el pasillo, misteriosamente, apareció la mujer como si supiera de antemano que ella iba a salir. La llevó hasta la puerta de salida y allí a la despidió con una ligera inclinación de cabeza.

Caminando por el Paseo hacia la entrada del metro, Lucía iba poniendo en orden sus pensamientos. No sabía bien a que se referiría el profesor con lo de los castigos. ¿Acaso le impondría deberes extraordinarios como en el colegio? Era tal su necesidad de aprobar aquella oposición que aceptaría casi cualquier cosa o esfuerzo que se le impusiera.

Pasaron dos semanas. Las cosas se desenvolvían bastante bien: a veces, recibía una regañina y gestos de desaprobación por parte de él. Hasta el momento no había recibido ningún castigo: supuso que las amenazas iban encaminadas a que ella hiciera el máximo esfuerzo.

Un lunes, llegó con los ejercicios sin terminar. La noche del sábado se fue de marcha con su hermana y sus amigas: se acostó ya entrada la mañana del domingo y durmió casi hasta lo noche. En consecuencia, no había tenido tiempo de hacerlos.

Cuando llegó el momento de entregarlos y no poder hacerlo, el profesor, airado, le dijo:

--“¿Cómo se atreve a venir sin los ejercicios hechos?”—

--“No me ha dado tiempo de hacerlos”—contestó Lucía.

“—Desde el viernes que salió de aquí hasta hoy han pasado casi 72 horas y no ha tenido tiempo ¿Eh? Esta es una falta que no puedo pasar por alto. Con otras he sido demasiado benévolo, pero con ésta no. Apoye el pecho y las manos sobre esa mesa libre de papeles y manténgase inclinada hasta que yo le diga.”—

Sin salir de su asombro, Lucía vaciló un momento antes de cumplir la orden pero, ante la dura mirada del hombre que lanzaba fuego por los ojos, obedeció con una extraña sensación en el cuerpo y la mente.

Dio un respingo cuando sintió en su culo el golpe de un objeto contundente. Sin poder evitarlo, se levantó bruscamente y vio al hombre con una regla en las manos de unos 50cm. de larga y 5 de ancha.

Con una fuerza insospechada, él la obligó a agacharse de nuevo y, ante las protestas de la joven, impasible, sin una palabra, siguió azotándola.

--“ Ya le dije mis condiciones el primer día. Ahora debe cumplir su compromiso. Estará toda la hora de la clase en esa posición y, cada 15 m. recibirá 10 golpes con la regla hasta la hora de irse. Si no lo acepta, puede irse ahora mismo: pero no vuelva.”—

Lucía no se movió. Recibió los reglazos que aún faltaban y se mantuvo quieta. Entretanto su cerebro

No paraba de dar vueltas a la situación; por un lado, por primera vez se habian hecho realidad sus fantasías: por otro le parecía que la situación era bastante extraña y que, si la aceptaba pasivamente podría parecer raro y su dignidad quedaría mermada. Trató de levantarse pero la voz del hombre le hizo cambiar de opinión con una orden tajante.

--“ Quieta o se marcha”—

No se movió. Extrañas sensaciones recorrían su cuerpo

Al rato, efectivamente, la regla volvió a hacer impacto en su dolorido culo que ardió con otros 10 golpes.

Siguió sin moverse y sintiendo sus carnes al rojo.

Antes de terminar la hora, como él había dicho, recibió los 20 restantes.

En un estado de gran excitación, después de recibir las consiguientes reprimendas y advertencias para el futuro por parte del profesor, Lucía salió de la casa.

Ya en el vagón del metro se dio cuenta de que una cierta humedad mojaba sus muslos. Volvió a pensar que alguien, seguramente sin saberlo, había hecho realidad sus fantasías. Confió en que aquello se repitiera con frecuencia.

Llegada a la casa, se encerró en su habitación y, frenéticamente, llevándose las manos a la entrepierna, bajándose el panty, se masturbó recordando la azotaina recibida.

El miércoles, en lugar de los pantys se puso un exiguo tanga, medias ajustadas a los muslos y una falda muy corta. Llegó con los ejercicios hechos aunque con 5 m. de retraso.

Él la recibió con una mirada fría y le advirtió de su impuntualidad.

--“ Al final de la clase le haré pagar retraso”--

Lucía se estremeció de la cabeza a los pies, un hormigueo recorría su vientre y el culo le ardía anticipadamente, expectante.

Transcurrieron 45 m., tras los cuales, él ordenó a la joven que se inclinara sobre la mesa. Con una ligera vacilación, ella obedeció y, al jacerlo, tuvo la seguridad de que algo más que sus piernas se mostraba.

Si mediar palabra, él se afanó en golpear con la regla las carnes femeninas sin, al parecer, percatarse del espectáculo que ofrecía la joven en semejante postura y por el corto tamaño de la falda.

En ésta ocasión no fueron 10 los golpes propinados sino 30, tras los cuales la recriminó por su falta y, despues de ello, comenzó a azotarla de nuevo hasta un total de 40.

--“Siento tener que adoptar éstas medidas, pero es necesario que aprenda a tener disciplina y a obedecerme. Le recuerdo que se lo dije al principio. Usted me obliga a ello.”--

Entretanto, con suavidad, subió su falda y, también suavemente acarició el enrojecido culo de la muchacha. Ella se estremeció: la caricia calmaba el escozor.

Al poco, se retiró de ella y, acercándose a la mesa, pulsó un timbre. Inmediatamente se presentó la mujer.

--“Traiga una palangana con agua y hielo y una toalla pequeña”—

Sin decir palabra, la mujer salió y volvió enseguida conlo pedido.

Lucía seguía en la misma posición reclinada sobre la mesa y las nalgas casi al aire.

--“Humedezca la toalla y aplíquela sobre ella”

Así lo hizo . En tanto, Lucía, agradecida por el tratamiento, pero confusa no sabía que pensar de la situación.

La mujer sabía de éstas escenas y no parecía sorprenderla. El culo de la chica disfrutaba del frío.

Al poco, sonó la voz del hombre: --“Ya basta. Pueden irse las dos”—

La mujer salió y Lucía, con la cara arrebolada, se arregló la falda tapando su desnudez y, recogiendo sus cosas se despidió con la mirada baja.

Salió a la calle. Llovía. A ella no parecía importarle. Andaba deprisa y el agua escurría por su cara como si fueran lágrimas, pero en su interior, otra tormenta se cernía. Su vientre hervía de deseos incontenibles encendido de pasión .

En el metro, ausente de todo lo que la rodeaba, apretando su carpeta contra el pecho, no se había dado cuenta de que alguien le estaba acariciando el culo. Al fin, la luz se hizo en su cerebro. Un joven que estaba a su lado con aire inocente que miraba al infinito la estaba sobando las nalgas por encima de la falda. Dudando si montar un escándalo o aceptarlo, optó por lo último. Aquello hizo que aumentara más si cabía su excitación. Haciendo que no se daba cuenta, ella, a su vez, se oprimió el pubis con la mano que le quedaba libre. Llegó a su estación dejando al muchacho en un estado de más que probable exaltación erótica no menor que en el que ella se encontraba.

Llegado que hubo a su casa no pudo por menos que descargar su carga sexual con la mano, la almohada, y el mango de un cepillo

Pasaron los días y Lucía siempre encontraba alguna forma de recibir una azotaina. Su profesor la regañaba constantemente y la azotaba con gran dedicación.

Al castigo seguían caricias y más agua y más hielo . Ocasionalmente, algo abultaba el pantalón del hombre. Nunca se pasó a mayores.

Lucía salía casi todos los días de la clase en un estado de permanente exaltación erótica , con un fuego interior que apagaba como podía en la intimidad de su dormitorio.

EPÍLOGO.

Cuando se presentó al examen, iba tan bien preparada que lo aprobó sin la menor dificultad.
Volvió a sus clases con el profesor para preparar otra oposición, que aprobó con nota. Despues vendrían otras cada vez más importantes y, por tanto, más difíciles.

En Madrid, a 1 de Mayo de 2.005

JANO.
 
ADELA
Por Jano:
Cuando abrió la puerta de la habitación,su sobrina Adela, sin más ropa que una exigua camiseta que apenas le cubría la cintura y dejando a la vista su culo, moreno por el sol, amplio y respingón que mostraba sin tener conciencia de su presencia. Le sorprendió lo que estaba haciendo: montada a horcajadas sobre el brazo del sillón , se movía adelante y atrás frotándose sobre él, con un movimiento que no dejaba lugar a dudas sobre su intención.
Excitado por el espectáculo y a la vez irritado por tan desvergonzada actitud, airadamente se dirigió a la jovencísima Adela exigiendole que parara. Ella pareció no oírle y siguió con el vaivén. En vista de que no le hacía caso, él, brúscamente, sacó rápidamente su cinturón que chasqueó en el aire y, sin explicaciones ni avisos, lo abatió sobre las expuestas nalgas, dejando rojas señales alargadas sobre ellas.
Ella, al primer cintazo, trató de eludir el castigo sin éxito. La mano de su tío la sujetó fuertemente al sillón; mientras, no cesaba de descargar un latigazo tras otro sobre aquel corazón de sandía en que se estaba convirtiendo el culo de la joven.
El cinturón cruzaba el aire con un silbido amenazador antes
de estrellarse ora sobre un lado, ora sobre el otro, alternando.
Las protestasy gritos de Adela fueron dando lugar a suaves gemidos cada vez que el cinturón hacía impacto en sus carnes. Aparentemente, con la intención de evadirse del castigo, su cuerpo volvió a moverse de forma convulsiva de atrás hacia adelante frotando su entrepierna contra el brazo del sillón. Al observar aquella maniobra, su tío aumentó la fuerza y frecuencia de los azotes, ante lo cual, ella, por toda respuesta, incrementó la velocidad de sus movimientos.
La escena pareció quedar suspendida en el tiempo. El tío, más excitado que enfadado con ella, sin embargo, no paraba de descargar golpes sobre aquél culo al que no dejaba de mirar como hipnotizado.
En tanto, Adela se aferraba al brazo del sillón, incluso con las uñas clavadas en él sin dejar de frotarse. El resto del cuerpo subía y bajaba al ritmo de los azotes.
Ninguno de los dos parecía prestar atención al tiempo transcurrido desde que empezara el castigo.
Repentinamente, ella cayó desplomada sobre el sillón. Asustado, su tío dejó de golpear pensando que se habría desmayado; cuando intentó levantarla, Adela se le abrazó con fuera al cuello mientras le besaba apasionadamente en los labios.
Lo que sucedió a continuación, pertenece a la intimidad de sobrina y tío.
Aquello fué "El Comienzo de una gran amistad" (Casablanca)

JANO.
 
AL GALOPE
Por Rams:
"Me dijeron hace meses que la competencia serla intensa. Alertaron a mis padres sobre la dedicacirn que requerirla esta pr`ctica. Se escogir el mejor caballo de la comarca, la montura m`s fina, todos los implementos fueron hechos a mi medida y gusto. Con exquisito lujo se bordaron mis chaquetillas y pantalones de montar, las botas fueron fabricadas por un artista en talabarterla traldo expresamente a la viqa. Mis instructores llegaban evaluados positivamente por sus logros previos, y eran despedidos a la menor falla que presentara mi exhibicirn...
Asl pash medio aqo y una docena de habilidosos entrenadores desfilaron por los arcos de salida, con la cabeza gacha y un cheque de finiquito. Pap` estaba al borde de la quiebra, los gastos aumentaban en la medida que pretendla tener satisfechos a los inversionistas, los rancheros, la servidumbre y a cualquier pobre pelafustan que se sintiera afectado por mi comportamiento. El escazo rendimiento de las vides acentuaba el negro humor que se cernla sobre los envejecidos hombros de mi madre. Las canas desarrolladas por ambos en los yltimos 40 dlas no dejaban de asombrarme. Pero yo era una chica arrogante que aspiraba al Premio Nacional de Equitacirn, por lo que no me detenla en contemplaciones por demasiado tiempo. Estaba muy ocupada leyendo novelitas rosa y comiendo chocolatines a escondidas, ya que el sobrepeso mlo era factor determinante en los saltos de Chamberlain

Una noche, de vuelta del teatro de variedades al que solla ir con mis amistades escolares, me encontrh con 2 seqoras de aspecto europeo charlando en la salita, mientras que mam` les servia th al chofer que tantas otras veces habla conducido la entrada de mis educadores frustrados .. pero algo olla diferente ahora. Nadie me presentr adecuadamente, 4 pares de ojos se posaron risueqamente en mi boca manchada de sorbete de chocolate, provoc`ndome un incontrolable sonrrojo.

- A partir de maqana ellas se haré cargo de ti, hijita - dijo papa extraqamente conmovido
- Sera mejor que te acuestes, querida, mañana ser duro ... necesitaras estar descanzada

Quize responder que ya era yo mayor para decidir a que hora me dormla, parecla que esperaban eso las mujeres, entonces (srlo por llevar la contra) subl las escaleras apresuradamente sin despedirme siquiera. Arriba la mucama ocultr el rostro y ahogr un ruido que casi puedo asegurar era una risa. En mi berger habla un horario e instructivo detallado de actividades desde la madrugada a la puesta de sol empezando de !!!?hoy mismo?!!!

Naturalmente desconocl la validez del papeleo aquel, tras echarlos a mi basurero decidl fumarme los restos de la hierba que me quedaban del paseito con mis ex-compaqeras. Dispensada de los molestos deberes escolares, inclusive exmida de asistir a clases o de rendir ex`menes, mi vida era la fantasla soqada de las muchachas y m`s de una vez se haclan repetir mis hazaqas de testarudez o las insolencias que era capaz de soltarle al m`s encumbrado de los potentados de la regirn. Y me daba piteadas de cigarrillos "especiales" cuando la historia amenazaba con volverse monrtona, en la creencia que estimulaban mi memoria. Estaba enfuruqada sl q me hice un pitillo y absorvl lo que m`s pude de humo... Supongo que me marih muy fuerte porque desperth aletargada con unos rayitos de sol pincelando mis p`rpados. No alcanzh a caer dormida cuando varios brazos me levantaron y vistieron agilmente. Torpemente fui a dar a las caballerizas, me morla de sueqo.

- Se nos encomendr hacer de usted lo que ha pedido insistentemente a su familia: una ganadora
- Si, bueno, okey, empiezen el lunes, damas, ahorita me voy a tomar una siesta p...

Jamás termine la frase. Una me jala la ropa hasta dejarme a culo descubierto, distintas personas se enlazaron para encaramarme a la fuerzaobre Chamberlaln. Desnuda de la cintura para abajo efectuh un trotecillo flojo intentando escapar, pero !no podla zafarsme de las nuevas tutoras !

- Al galope , al galope - me declan una y otra vez mientas azuzaban con la fusta mi trasero
 
ENTRENEMIENTO
Por Jano:

Enfundada en su kimono blanco, hace ejercicios de elasticidad sobre el tatami separando sus piernas en un ángulo de 180º. Mira a su entrenador con aire desafiante inmersa en su propio enfado. Algo ha dicho él que no le ha gustado.

Comienza la clase y, poco a poco, en distintos momentos, su expresiva cara denota a las claras su descontento por las órdenes recibidas.

Está en la primera fila como corresponde a su condición de cinturón negro, donde sus expresiones no pasan desapercibidas al entrenador.

A medida que el tiempo pasa, su irritación y enfado aumentan, hasta el punto de que, contra todas las normas, lo manifiesta en voz alta.
Por toda respuesta, él desata su largo cinturón y, con un movimiento de va y ven, lo estrella en el culo de Ada. Esta, dando un respingo, se dirige al hombre de forma airada.

Un nuevo latigazo se estrella en su cuerpo haciéndola saltar. A éste le siguen otro y otro ante la mirada expectante del resto de los participantes en la clase. No es la primera vez que esta escena ocurre, bien con Ada como protagonista, bien con otros.

Ante las insistentes protestas de Ada que no ceja en su actitud agresiva, deja a cargo del entrenamiento a uno de sus ayudantes y, sujetándola con fuerza se la lleva al cuarto contiguo donde se encuentra guardado el potro de gimnasia. Allí, la obliga a ponerse sobre el aparato, no sin antes, y a pesar de la resistencia, bajar su pantalón hasta las rodillas.

Sin preocuparse por el ruido que pueda llegar a los otros, con el cinturón doblado, y siempre sin articular una sola palabra, lo descarga con firmeza sobre las nalgas desnudas de Ada quién, indefensa ante la mayor fuerza del entrenador, patalea y se retuerce sin parar. El sigue descargando el cinturón sobre el ya enrojecido culo de la joven sin hacerse eco de sus quejas e incluso amenazas.

Poco a poco, los esfuerzos de Ada por zafarse del castigo dan lugar a gemidos y a frotar una pierna contra la otra.

Cuando vuelven a la sala de entrenamiento, Ada aparece con la cara roja de vergüenza y acariciándose disimuladamente el culo.

El resto de la clase transcurre sin más quejas.

Al finalizar, el entrenador (su amante) y Ada entran en el coche de él, donde continúa la paliza que tan bién merecida tenía por su insubordinación y mal ejemplo para sus compañeros, con el culo bién expuesto a lo azotes e, incluso, a la mirada curiosa de los paseantes.

Lo cierto era que, Ada disfrutaba de éstas situaciones que ella misma provocaba, sabiendo cual era el resultado final : su culo, al rojo vivo.

Ya en casa, los azotes eran sustituidos por caricias y orgasmos múltiples de ella entre gemidos de placer y miradas apasionadas.

Yo, el entrenador.
 
CARTA A UNA AMIGA
Por Jano
Querida amiga:
Como ya sabes por mi última carta, la paz no brillaba en mi matrimonio. Pese a que mi marido es un dechado de paciencia, un diablillo interno me empujaba a menudo para que se la pusiera a prueba. Cuanto más le atacaba, más retraido y alejado le notaba. Raramente me hacía frente
y en esas raras ocasiones, después de la discusión, se encerraba en su despacho durante horas.
En realidad, por mucho que lo meditaba, no conseguía saber qué pasaba en mi interior para portarme de forma desconsiderada con alguien que me quería y a quién yo correspondía en el fondo de mi corazón.
No todo era negativo; nuestra actividad sexual era aceptable, e incluso muy satisfactoria,--curiosamente--, cuando habíamos tenido una discusión fuerte a lo largo del día (fuerte desde mi lado: él no solía responderme)
Como te decía, por mucho que buceaba en mis motivaciones para actuar de aquella forma con él, no sabía cuales eran las causas de mi actitud. Sí sabía, que todas nuestras desavenencias procedían de mis malas formas para con mi marido.
Pasaban los días y los meses y la relación iba empeorando casi por minutos. Él, cada vez mas encerrado en sí mismo; yo, cada vez mas nerviosa y
agresiva.
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Estando de visita en casa de mi amiga Ana ,--a la que tu debes recordar de nuestros tiempos de Instituto --, hice un descubrimiento asombroso. Mientras ella charlaba con el resto de las chicas, mi afición, casi compulsiva por la lectura, me llevó ante las estanterías donde Ana tenía sus muchos libros y revistas. Mis ojos se fijaron en un grueso tomo en cuyo lomo se podía leer "Enciclopedia del SM". El título me intrigó ¿Qúe era aquello de SM?. Lo abrí: en sus páginas encontré muchos dibujos, historietas, narraciones y fotografías sobre niñas, mujeres y alguna de hombres siendo sometido y sometidas, azotados y azotadas con la mano y otros instrumentos. La lectura y la visión de aquello, hizo que algo como una nube me rodeara y una excitación sin precedentes se apoderara de todo mi ser. A medida que pasaba las páginas, mi calentura subía. (Te cuento ésto por la gran confianza que nos une). Noté, desconcertada, que por mis piernas discurría el líquido que ya antes había empapado las bragas.
¿Qué me estaba pasando?. Repentinamente, me vinieron a la memoria escenas soñadas o en duermevela durante mis años de la pubertad y en las cuales, niñas o niños, eran azotados sobre las rodillas de adultos con el culo bién expuesto: aquellas ensoñaciones culminaban en lo que ahora sé eran los primeros aunque pequeños orgasmos.
Ante aquellos recuerdos y la visión de los castigos mostrados en la enciclopedia, mi estado era el de una elevada calentura. Dejando el libro en la estantería, pero con sus imágenes grabadas en mi memoria, fuí al cuarto de baño y....(fué así, te lo confieso), me masturbé frenética y lárgamente.
Antes de terminar la reunión, apartando a Ana de las demás, le pedí
que me prestara el libro, a lo que accedió guiñándome un ojo. Buscó una bolsa y me la entregó con una pícara sonrisa dibujada en su rostro sin ningún comentario. "Ya me lo devolverás" --me dijo-- "No hay prisa"
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Al regresar a casa y comprobar que estaba sola, encendida como seguía estando, fuí al dormitorio y, allí, con
una almohada entre las piernas, consegui cinco orgasmos maravillosos leyendo y viendo aquellas imágenes.
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Repentinamente, dscubrí cual era el diablillo que me impelía a mantener aquella estúpida y beligerante actitud con mi marido. Lo que anhelaba, sin ser consciente de ello, era recibir en mi cuerpo aquellos que me parecían deliciosos azotes.
Tenía que trazar un plan. Puse varios indicadores de papel entre diferentes páginas, --las más explícitas --, y dejé el libro "descuidadamente" sobre la mesa de centro en el salón. Me puse aquella camisa blanca y la minifalda tableada de cuadros rojos y negros ( ya sabes: las faldas escocesas ): una que guardaba como recuerdo de mis años de colegio y que apenas podía abrochar. Me había pedido mi marido que me vistiera de esa forma en numerosas ocasiones, lo que había supuesto que yo me pusiera con él como una fiera.
Esperé pacientemente a que él llegara sentada ante el televisor. Mi mente no estaba para lo que había en la pantalla; otros eran mis intereses.
Pasada media hora, que se me hizo interminable, mi marido llegó y le saludé. Al verme así vestida, se quedó parado a la entrada del salón con cara de asombro.

Mis piernas cruzadas, mostraban toda su longitud hasta casi, casi, la cadera. Hice como que no me percataba de su actitud de asombro y me levanté para cambiar de canal manualmente (lo que me obligó a agacharme y enseñar el culo apenas cubierto por unas bragas blancas, también de mi época de adolescente)
Le dejé alli con su expresión asombrada y me fuí a la cocina a prepararme un gin-tonic, procurando, durante el trayacto, mover las caderas más de lo acostumbrado.
Me tomé un buen rato en la preparación de la bebida. Cuando al fín
volví, él estaba ojeando el libro: me miró con gesto interrogativo. A su pregunta muda, le contesté que me había gustado y lo había pedido prestado.
"Esto es lo que te está haciendo falta a tí desde hace mucho tiempo y no me he atrevido a hacer por respeto, pero que ha pasado por mi cabeza miles de veces debido a tu forma de comportarte. No me he atrevido .......hasta ahora. En adelante, cada vez que me montes un numerito de los tuyos, vas a saber lo que es bueno"

Se le veía alterado como no le había visto nunca. Le provoqué, le insulté, le dije todo lo que se me ocurrió. Con sus ojos despidiendo chispas, vino hacia mí y me dió una bofetada.
"Es la última vez que me haces ésto. Se acabó. "

No bién acababa de decirlo, me agarró de un brazo y me tumbó sobre el sofá. A continuación, con toda tranquilidad, sin alterarse ahora, comenzó a estrellar su mano en mi trasero sin pausa, metódicamente,
a ritmo de metrónomo, no muy fuerte al principio, pero, paulatinamente, aumentando la fuerza de los impactos. Por alguna razón por mí desconocida, no hice la menor señal de rebelarme.
Los azotes dolían pero, a medida que se multiplicaban, el dolor dejaba paso a un cierto placer desconocido hasta el momento. Me levantó del sillón y me puso de pié, frente a él. Desabrochó su cinturón y, sacándolo bruscamente, lo hizo restallar en el aire antes de sujetarme por una muñeca y colocarme sobre sus piernas. Me quitó
las bragas de un tirón, las envió lejos y comenzó a descargar cintazos sobre mi desnudo culo. En aquella posición notaba el gran bulto de su sexo contra ni vientre desnudo.
Aquella situación era un tanto surrealista: la agresora habitual que era yo, no se resistía en tanto que, el agredido, me estaba sacudiendo bién sacudida. Era como si hubieran cambiado los papeles ( y así era, en efecto)
Toda resistencia tiene un límite y, las lágrimas afloraron a mis ojos, mansas, dulces. En mí se produjo una catársis.
Algo se rompió en mi interior. Una gran paz se apoderaba de mí. El dejó de azotarme, me levantó con dulzura y secó mis lágrimas con besos y caricias. Me besó dulce y largamente.
No recuerdo bién que dijo, pero fué algo así.

"¿Esto te duele? Y, todo el tiempo que me has estado martirizando, ¿crees que ha sido justo? Todo lo he soportado por amor. Espero que eso haya terminado para siempre"

Entretanto, me acariciaba yo mi maltrecho culo y le juraba que "nunca más". La sesión acabó en nuestro dormitorio, sin haber comido ,pero alimentándonos de los frutos del amor.
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Jamás cumplí mi juramento, pero él sí su promesa. Cada vez que trataba de molestarle, el cinturón, la mano y otros útiles que se fueron añadiendo, amén de ser castigada frente a la pared, o de rodillas y otras lindezas, eran el fín de toda discusión (no sin que despues hiciéramos una incursión al dormitorio).
Desde aquel día, somos felices y cada uno tiene lo que quiere.
Te dejo: El está a punto de llegar y quiero jugar un rato.
Con el cariño de siempre, tu amiga felíz,

JANA.
P.s. Espero tu respuesta y tu parecer lo antes posible. Vale.

 
LA PLAYA SANTA MARÍA
Por Rocío.

El siguiente relato esta basado en hechos reales, se ha cambiado los nombres de las personas para proteger su intimidad.

El sábado fuimos un grupo de amigas a la casa de playa de mi amiga Carolina de la universidad. A las 7 am pase a recoger a dos amigas, Lita de 23 años como yo su hermanita Ady de 14 que tambien venía con nosotras. Su mamá al despedirse me dijo, mirando sobre todo a Ady:

- Rocío cuídamelas por favor, y tu Ady hasle caso en todo a Rocío ahh , si no ya sabes.

Lo dijo muy seria y las chicas y yo tomamos una custer para reuirnos con el resto en el point de donde en la cherokee de Martha nos fuimos a la casa de playa de Carolina situada en el distrito de Santa María.

En Santa María, todo pasó sin novedad, almorzamos y ya en la tarde, al borde de la piscina tumbada en mi toalla, charlando con Ruth, mi mejor amiga y compañera de clase me percaté que, aunque había varias chiquillas jugando por ahí, ninguna era Ady, precisamente la que me habían encargado, felizmente Lita andaba por ahí así que le pregunté:

- Y Ady?

Lita, como cualquier hermana mayor no se preocupó en lo más mínimo y encogiéndose de hombros dijo:
- No sé. Quizá haya ido acá no más, a San Bartolo, como una prima vive ahí.

Lo dijo como si tal cosa y si bien la playa San Bartolo estaba cerca no pertenecía al distrito mismo y si se había marchado o había caminado mucho o algún taxi la habría llevado, se me vinieron a la mente la imagen de la actriz peruana Leslie Steward atacada en las playas del sur de Lima por Aldo Valle y le pedí a Lita que le envíe un mensajito e texto desde su celular para confirmar, pero Lita me dijo que ya no tenía saldo, así que tuve yo que enviarle una notita a su cellphone desde el mío: “donde estas?”. A los dos minutos la niña contestó : “Me vine un toque a San Bartolo, a la casa de mi prima, regreso en una hora.” Entonces le escribí: “Estas sóla con tu prima? Quienes más estan ahí?.”. Ella escribió unos minutos después: “Estamos con mis tíos, mi prima y un pata”.
Le contesté : “Pórtate bien, si no te castigo ahh”

A la hora me percaté que aún no venía, a las dos horas apareció. Llevaba un pareo y restos de arena ya seca en toda la piel. Le pregunté si almorzó y dijo sí y percibí un leve olor a cerveza. Era obvio que no estaba borracha pero no tiene edad para tomar así que le pregunté:

- Has estado tomando?
- Sólo un poco, es que me invitó mi pata.
- Como te portaste?
- Mal, muy mal… terminé agarrando con él, nunca más tomo.
- Pero que te pasa? No puedes largarte así no más con cualquiera, tomar y besarlo! Entra a la cocina y tomate un jugo, pero luego subes al cuarto.

No dijo nada y entró.

Un rato después subí al cuarto del segundo piso, era donde íbamos a dormir, pero aún era temprano.

- Bien señorita…- le dije.
- Bien que? – preguntó.
- Voy a tener que castigarte.
- A mi porque?
- Ahh todavía lo preguntas…
- Que me vas a hacer?

Me senté en la cama y me palmee un muslo diciéndole:

- Inclínate.
Abrió los ojos y musitó suavemente un no, pero igual la jalé y la puse en mis rodillas:

- Ya oiste a tu mamá, si no te portas bien, te cae.
- No, no, por favor.
- Guarda silencio – le dije mientras desataba su pareo y la sujetaba por la cintura y entonces empecé -. Toma (taz) toma (taz) (taz) (taz).
- Ay… no.
- No grites, debería darte vergüenza lo que has hecho. Toma (taz) toma (taz) (taz) (taz).
- No, no, me duele.
- Pues está muy mal tomar a tu edad, (taz) (taz) (taz). entiendes? (taz) (taz) (taz).
- Sí, si entiendo, pero sólo fue un poquito.
- Pues (taz) (taz) no vi que tan poquito (taz) (taz) (taz) y ya habrá tiempo para eso, por ahora no, (taz) (taz) (taz). entiendes? (taz) (taz) (taz).
- Sí, si entiendo, ya para, ya no lo vuelvo a hacer.
- Y ese chico (taz) (taz) (taz) es tu enamorado?
- No, es mi amigo.
- Pues (taz) (taz) (taz), está mal besar a los amigos, entiendes? (taz) (taz) (taz).
- Sí, si entiendo, ya no lo vuelvo a hacer, me duele.

La dejé parase y ella se quedó miando el suelo.

- Espero que hayas aprendido la lección. Más tarde vamos a jugar Pictionary, baja si deseas.
- Ahh, si, yo…. Bajo.

Y me fui.
 
Tercer relato de Jano

Ana tiene 14 años y, recientemente ha quedado huérfana. Jaime, el hermano menor de su madre ha venido para llevarla consigo a su casa en el norte, un edificio de dos plantas flanqueado por dos torres y alejado del pueblo más cercano algunos kilómetros donde vive solo con una criada.

Una vez instalada la niña en una de las habitaciones del piso superior, pasados unos días Jaime contrata una maestra educada en Inglaterra para la instrucción de la niña.

Transcurridas unas semanas el tío interrogó a la mujer sobre los progresos de su sobrina.

--No pone mucha atención en las clases, es desobediente y muy terca--

--Utilice los métodos que considere necesarios pero, no vuelva a darme otro informe semejante--dijo Jaime.--. Ya sabe a qué me refiero. No pienso soportar en mi casa ni la menor indisciplina, no solo de ella sino de usted. En caso contrario, seré yo quien tome medidas.

Al día siguiente, Sara, -la maestra, - habló a la niña en los siguientes términos:

--A partir de ahora, las cosas van a cambiar radicalmente. Tengo plenos poderes de tu tío para educarte, tanto si quieres como si no. O lo haces de buen grado o habré de utilizar métodos que no van a gustarte ni un poco. He de convertirte en una señorita educada y respetuosa cueste lo que cueste. Por las buenas o por las malas. ¿Ves esta regla? Más te vale que no la utilice en tí.--

Sin saber a que se refería su profesora, Ana se estremeció. Durante unos pocos días trató de portarse mejor.

Una mañana, tras varios intentos para que Ana dejara de hacer tonterías, Sara, desesperada, tomó de un brazo a la niña y, tumbándola sobre sus propias rodillas pese a sus protestas y pataleos, descargó sobre sus nalgas a través de la falda la regla que sostenía con la mano derecha. Fueron diez reglazos secos que arrancaron lágrimas y lamentos de la sorprendida Ana.

--Esto te enseñará a obedecer y estudiar en condiciones. Si no es así la misma escena se repetirá las veces que yo considere oportuno. De tí depende. Si tengo que educarte en la forma que lo hicieron conmigo lo vas a lamentar.--

Mientras escuchaba esto, Ana, llorosa, se restregaba las nalgas a través de la falda.

Pasaron los días. En varias ocasiones y , como su comportamiento no era el adecuado, probó la regla e, incluso, una zapatilla.

Una noche, cuando la niña estaba acostada, Jaimé llamó a Sara a la biblioteca y, el informe que recibió, nada satisfactorio, le enfureció.

En tono cortante dijo a la maestra:

--Confío en que no me obligue a tomar mis propias medidas. Le advierto que, si no consigue educar a mi sobrina, será usted quien pague las consecuencias con mis propias manos sobre sus carnes. Usted se encarga de la educación de mi sobrina y yo me encargaré de la de ambas. Queda avisada.--

Al día siguiente, nada más bajar a la biblioteca donde se desarrollaban las clases, Sara, sin más preámbulos, atrajo hacia sí a la niña y, levantando sus faldas hasta la cintura, si hacer caso de las protestas de Ana, con amenazas futuras, golpeó sus nalgas con la mano y con la regla hasta cincuenta veces.

--No estoy dispuesta a que tu tío me castigue por tu culpa. Tu culo va a recibir castigos continuamente y te ataré a la pata de una mes para que medites. Te vas a acostar todas la noches con el culo bien caliente.--

Ese mísmo día y tras la clase de inglés, encolerizada por el comportamiento de Ana,la vapuleó concienzudamente apoyándola sobre la mesa, azotándola sobre las nalgas desnudas que iban tomando un intenso color carmesí.

--Y, aunque es temprano, la niña se va a la cama sin merendar ni cenar con el culo bien caliente.¿Entendido?--

A partir de esa tarde, Ana trataré de complacer en todo a Sara pero, inexplicablemente, sin resultado. Sara, insensible a las súplicas de la niña, parecía haberse aficionado y no cesaba de azotarla al menor pretexto e, incluso sin él.

La niña, desconcertada, soñaba por las noches con las palizas. Un día, sin previo aviso, Jaime preguntó a la pequeña sobre sus progresos y al comprobar, según su criterio, que no había adelantado lo suficiente, mandó a la pequeña a su habitación, castigada. Enfrentándose con la maestra le dijo:

--Señorita, estoy muy decepcionado. Las deficiencias en la educación de mi sobrina las va a pagar usted con creces.--

Sin más, tumbándola sobre sus rodillas pese al pataleo y las negativas, descargó veinte sonoros palmetazos sobre su trasero.

--Esto se repetirá tantas veces como yo considere necesario. Puede irse.—

El vientre de Sara bullía en un calor que le embargaba toda y apenas sentía el dolor de los golpes. Aquello actualizó sus recuerdos del colegio donde ella había estudiado y los castigos a que había sido sometida encontrándose con unos deseos que ya creía olvidados y que le hicieron sentir la misma excitación que en épocas pasadas.

Llegó a acostumbrarse a los castigos que, incluso, esperaba impaciente el recibirlos. Pasaron los meses. Sara azotaba a Ana, Jaime a Sara.

A partir de cierto momento, Sara azota a Ana, Jaime a Sara y Jaime a Ana. No pasaba día en que alguna de las dos recibiera un torbellino de nalgadas. A veces las dos juntas. A pesar de que los estudios de Ana marchaban excepcionalmente bien.

Jano.
 
Tercer relato de Jano (continuación)
Un día, inesperadamente, Jaime le dijo a la niña:
--Ven aquí--
Ana, sorprendida, se acercó lentamente a su tío. Este, con gesto sombrío, habló así:
--Tengo malos informes de tí continuamente y a pesar delos castigos míos y de tu maestra, sigues igual. Tengo que pensar seriamente en qué hacer contigo. Tienes en ésta casa todo aquello que puedes desear y, a pesar de ello no respondes adecuadamente. Desde mañana mismo, llevarás un cuaderno, como un diario pero que yo leeré habitualmente y en el que está obligada a escribir cada cosa que hagas mal, por pequeña que esta sea. En función de la falta,-que espero esté reflejada minuciosa y verazmente,-obtendrás el castigo que yo estime acorde a dicha falta.

Todas las noches, después de cenar me lo enseñarás y veremos que consecuencias te traen. Si en alguna ocasión no hay anotaciones, preguntaré a tu maestra y, si ésta me comunica alguna anomalía, el castigo será doble y te acostarás bien caliente.—

Ana se sentía realmente asustada, pero no se atrevió a decir palabra alguna.

--Ahora puedes retirarte a tus habitaciones y meditar en lo que te he dicho. Es todo por hoy. Vaya usted con ella, dijo a Sara que había escuchado todo con la mirada baja.—
--Estoy harta de tí y de que me castiguen por tus faltas. Ahora iremos a tu habitación y te daré una paliza que no olvidarás en mucho tiempo.

No, no hagas gestos ni intentes rebelarte. Te voy a poner las cosas claras y vas a saber lo que es bueno. Eres una niña mal criada, muy terca y con malas artes. Te voy a enseñar a obedecer y a no dejarme en mal lugar ante tu tío. Entra,.....desnúdate,......ponte de rodillas sobre esa silla y apoyada en el respaldo. Si no obedeces será peor.—

Atemorizada y con un mohín pero para evitar males mayores obedece, se desnuda de cintura para abajo y apoya las rodillas sobre la silla siguiendo las instrucciones recibidas.

¡Zas!, la regla sobre su culo desnudo. Uno, dos,.....veinte. -¿Vas a obedecer?. No te oigo. (Cambio a la zapatilla). La zapatilla cae repetidamente sobre ambas nalgas dejando marcas de color escarlata sobre ellas. ¿Contestas a lo que te pregunto? Más alto, mala niña.--

Ana solo afirma con la cabeza y esto irrita de tal manera a Sara que, enrojecida ella misma por el esfuerzo y la indignación, arremete contra el culo infantil, descargando con gran fuerza la zapatilla que, por la violencia de los golpes, se le escapa de la mano. La recoge y sigue el encadenamiento de golpes. Sara, a medida de que transcurre el tiempo nota que se va excitando. El ruido de la paliza se escucha en todo el caserón. Al fin, con voz quejumbrosa y los ojo arrasados por las lagrimas, promete portarse bien. Acabado el castigo, Ana se acaricia el culo con ambas manos.

Enfurecida, con el rostro enrojecido y excitada, se dirige a la biblioteca, donde está Jaime. Airadamente le dice:

--No es justo que me castigue a mí por las faltas de su sobrina. (Ante el silencio de Jaime ella va aumentando el tono de su voz y mostrándose más agresiva) Estoy harta de su sobrina y de que usted me castigue.--

Por toda respuesta, él se levanta y, en un tono de vos que no admite réplica, le dice:

--Señorita: suba inmediatamente a su habitación y espere a que yo llegue. No le tolero que me hable así y, por tanto, voy a castigarla adecuadamente. Si esto no le gusta y cuando suba no tiene el vestido recogido hasta la barbilla para recibir su merecido, entenderé que renuncia a su empleo y mañana mismo le doy la liquidación y puede hacer su maleta para marcharse inmediatamente.--

Tras un momento de duda y apoyándose alternativamente en uno y otro pié, Sara baja la cabeza, vuelve la espalda y, curiosamente excitadísima, sube a su dormitorio y espera cumpliendo las instrucciones que le han sido dadas.

Una mezcla de temor a perder el empleo que tanta falta le hace y la excitación que siente entre las piernas la mantienen inmóvil junto a la cama.

Media hora más tarde, el señor hace su aparición blandiendo una fusta en el aire haciéndola silbar amenazadoramente. La visión de aquel objeto hace que un escalofrío recorra la espalda de Sara y lo mire con los ojos muy abiertos.
--Túmbese en la cama.--ordena Jaime.

Cumplida la orden, una lluvia de fustazos caen como granizo sobre las nalgas de la mujer solo protegidas por las bragas.

Sara se siente atemorizada, dolorida, avergonzada e indefensa aunque a la vez, llena de fuego interior y profusamente mojada en la entrepierna.

Después de un incontable número de golpes y un tiempo que a ella se le hace interminable, Jaime, mientras se dirige a la puerta le dice:

--Que sea la última vez que me habla en ese tono. Hasta mañana y que descanse.

Caliente por dentro y por fuera, Sara toma una toalla mojada que presiona sobre su culo para atemperar el dolor insoportable. Después......
Jano.
 
MI NUEVA FAMILIA

Por Fernando:

Nunca hubiese creído encontrarme habiendo formado una nueva familia y siendo tan feliz. Si me lo hubiesen dicho que la armonía entre mis fantasías más oscuras y una perfecta vida burguesa se iba a establecer en estos años de mi vida, hubiese contestado que me estaban hablando de otra persona.

Cuando bordeaba la cincuentena, mi matrimonio de toda la vida con Amalia acabó de hundirse. Ya venía haciendo aguas desde hace años, me atrevería a decir que desde hace lustros, nuestra interesante vida bohemia del comienzo se fue haciendo una densa rutina de reproche y rencores. La puntilla final la dieron ciertos problemas económicos derivados de mi decisión de trabajar menos horas, dejar de ser la locomotora financiera de esa relación y tratar de disfrutar un poco más del tiempo libre. Nuestra separación me causó mucha amargura y mucho dolor. Pese a que la pasión se quedó encallada en la década de los ochenta, el afecto era enorme y más de veinte años de vida en común pesan.

Después de un tiempo conocí, por motivos de trabajo a una mujer, Ana, que me devolvió el interés por relacionarme afectivamente con alguien. Solo me quedaban unos pocos amigos de toda la vida que no tomaron partido en la ruptura.

Ana fue entrando en mi vida muy suavemente, primero como amiga, luego como algo más, mientras yo iba saliendo de mi ensimismamiento. Realmente fue ella quien tomó la iniciativa un día que salimos juntos y depositó un casto beso en mis labios. Una cosa fue llevando a la otra y pese a la diferencia notable de edad de más de 15 años la relación pasó a ser algo más. Nos encontramos bien el uno con el otro y Ana me introdujo en su familia. Su madre, aunque muy mandona, una mujer inteligente y activa y su padre el típico buenazo. Ana es hija única, siendo su familia muy unida y pudiente económicamente. Ana está divorciada desde hace muchos años. Tiene dos hijas, Diana de 16 años y Mara de 14,

Fue pasando el tiempo y la relación se fue haciendo más y más cercana. Con Ana comencé a vivir una gran tranquilidad, solamente perturbada por las preocupaciones que ella sufría que tenían como fuente la conducta de sus hijas y las tonterías que hacía su exmarido. Sobre este último, Cristian, percibí de forma fría y casi de inmediato que es el típico niñato rico inmaduro y – en resumen – el perfecto cantamañanas.

Ana y yo decidimos, hará cosa de poco más de un año, ir a vivir juntos, por lo que me trasladé a su magnífico piso y pude alquilar el mío una vez se hubo marchado Amalia. Nos casamos hace exactamente 8 meses y medio.

Los primeros tiempos de convivencia fueron un poco complicados, nos tuvimos que ir adaptando el uno al otro y todo esto con Diana y Mara, dos adolescentes encantadoras pero muy desorientadas. Mimadas, indisciplinadas y siempre tanteando los límites de su madre y, por extensión, los míos.

Ana es una mujer con las ideas muy claras, una profesional independiente que no solo tiene un gran patrimonio inmobiliario y financiero sino que gracias a su impresionante Currículum Vitae se gana estupendamente la vida con su trabajo, una mujer con carácter, delgada, elegante, bien vestida con un incisivo toque de clase.

Al principio nuestra vida sexual no fue demasiado satisfactoria para mí. Ana, según me dijo tenía muy poca experiencia ya que, a parte de su marido – al cual dudo si incluir o no - solo han pasado 3 hombres por su cama contándome a mí... Solo conserva buenos recuerdos de un amante que luego del torpe de su marido supo rendirle los debidos tributos amorosos. Sin embargo Ana estaba muy contenta y muy feliz en este aspecto conmigo, no soy el autor del kamasutra pero me gusta hacer disfrutar a una mujer y me las apaño bien para hacer feliz a mi compañera de cama si me lo propongo.

Yo estaba acostumbrado a mantenerme en lo más profundo y oscuro del armario spanko en mi anterior matrimonio, ya que Amalia era feminista primitiva y el spanking lo podía interpretar, claro está, como una humillación de la mujer frente al varón dominante, etc., etc. y no osé exhibir mis fantasías y anhelos como spanker. Esta actividad solo se había limitado a alguna experiencia esporádica con alguna amante ocasional y en los últimos años al bendito mundo Internet.

En todo caso Ana me aseguraba desde un principio ser muy feliz a mi lado en todos los sentidos.

El problema que nos atenazaba era el comportamiento de las llamadas “niñas” que ya no eran tales. Dos adolescentes muy diferentes entre ellas pero con el denominador común de un padre bastante lelo y todas las tonterías de las chicas ricas de colegio elitista.

Diana es delgada, menuda, morena un tanto anoréxica, reservada, muy secundaria en sus reacciones, ávida lectora, muy técnica para hacer todas sus cosas y con unos hermosos ojos negros misteriosos. Viste como una top model. Es capaz de desplegar frialdad, cinismo y toda la indiferencia que haga falta. Mara en cambio, parece mayor que Diana, es rubia, alta, llena de curvas, extrovertida, deportista, sonriente, desordenada, diabólicamente seductora y muy encantadora.

Estas chicas han crecido en la teoría y práctica de la explotación de la situación de divorcio de los padres sin un límite, salvo algún esporádico bufido de Ana. Yo creo que desde un principio les caí bien a ambas, sin hacer gran cosa para ello pero procurando no hacer nada para caerles mal.

Muy rápidamente en mi nueva familia se fueron estableciendo nuevos equilibrios. Podemos decir que se produjo una reasignación de los papeles de cada uno. Ana aseguraba el altísimo nivel económico y social en el que nos movíamos, yo aportaba la figura del hombre adulto y experto y las chicas estaban a la expectativa. Esta expectativa era muy activa pues en todo momento tanteaban los límites de tolerancia de la nueva pareja, hasta que un día llamaron del colegio que se había montado un tremendo enredo en el cual ambas habían sido sorprendidas fumando porros con otros chicos, con lo que uno de ellos, noviete de Diana, resultó expulsado del colegio por haber traído el hashich. Cuando Ana se enteró se puso como una furia y las castigó sin ir a esquiar dos fines de semana en plena temporada, si bien el castigo les resbaló como tal, ese medio mes fue una etapa insoportable para la convivencia. El castigo fue peor para nosotros que para ellas. Ana sufrió mucho esos fines de semana.

Yo me mantuve al margen hasta que un día Ana me pidió formalmente que tomase cartas en el asunto de la educación de las chicas. Yo que no tuve hijos de mi anterior matrimonio le dije que tenía menos experiencia que ella pero que lo intentaría.

Mantuvimos una conversación de pareja muy seria y Ana, una mujer tan valiente y tan desenvuelta en su trayectoria habitual, estalló en su desesperación e impotencia con estas hijas tan indisciplinadas y me pidió que pusiese orden en la casa. Yo le pregunté por los métodos y hasta dónde quería que llegase. Ella casi me dejó estupefacto cuando me dijo que les diese azotes si no entendían otro lenguaje. A partir de aquí tuvimos una seria conversación familiar que las chicas se tomaron con cierta sorna y displicencia.

Una semana después, un viernes, fueron a la fiesta de una amiga y quedaron en volver sobre las 12 y media o una, a más tardar, pues cual sería nuestra sorpresa cuando ya eran las dos de la mañana y no habían vuelto.

Llamamos a casa de la amiga de Diana y nos comunicaron que la fiesta había terminado hacía rato pero que ellas no habían asistido. Las llamamos mil veces por los teléfonos móviles que ambas poseen, nada, el buzón de voz. Casi a las tres, cuando ya pensábamos llamar a la policía y a todos los hospitales de la ciudad, llegaron con alguna copa de más, muchas risas y en plan burla hacia nosotros.

Ana les dijo que esto no podía ser y que las cosas habían cambiado, la discusión fue subiendo de tono y yo entré con una postura muy inflexible. Les hice ver de una forma muy seria que esto no podía continuar así, que las cosas habían cambiado y les recordé nuestra conversación. Ellas, especialmente Diana, seguían en actitud desafiante, habían estado bebiendo claras con unos amigos y dando unas vueltas en su coche. La discusión fue subiendo de tono hasta que yo les dije:

- Esto se acabó, jovencitas, si no entendéis las cosas como personas adultas las entenderéis como niñas por lo que os voy a dar unos azotes en el culo

Ellas pasaron de la actitud burlona poco a poco primero a la incredulidad y después a la perplejidad. Esto a mí me estaba causando enormes tensiones interiores, ya que por una parte estaba en mi papel de hombre de la casa que ejerce la autoridad que mi esposa Ana me había transferido sobre sus hijas y por otra parte, y vosotros me comprenderéis perfectamente, soy un spanker y esta situación me resultaba excitante, por más que intentase negármelo a mí mismo.

En eso estábamos cuando me encontré con Diana con su corta faldita tendida sobre mis rodillas. No era el momento de echarme atrás, Ana estaba pendiente de mí. Cuando le levanté la falda hasta la cintura protestó muy airadamente y apareció un tanga blanco de una lencería de tal lujo que, una jefa del departamento de estudios del mejor banco del país no podría permitírselo, de todas formas se lo bajé hasta las rodillas dejando al descubierto sus posaderas. Diana imploraba y suplicaba que “eso no” refiriéndose a que la privase de su última protección, pero inevitablemente quedó con su pompis al aire, Ana miraba fascinada pero aprobando con su gesto la escena y en la cara de Mara se reflejaba que la cosa iba en serio.

Comencé a azotar con mi mano, creedme que es pesada, a Diana primero de forma relativamente suave para in crescendo ir aumentando la cadencia e intensidad del castigo, que iba acompañado de duras recriminaciones. Creo que fueron unos 40 o 50 los azotes que le propiné, el hecho es que al principio no quiso demostrar nada pero luego le caían las lágrimas por la cara a medida que sus nalgas enrojecían. Ana le dijo:

- Diana, ahora te quitas la falda y las braguitas y te pones de cara a la pared hasta que Fernando te permita irte a tu habitación

El espectáculo de la soberbia Diana en tacones, con su top de fiesta, sin ropa de cintura para abajo y con el culete enrojecido por el castigo fue verdaderamente digno de verse. La princesita de la casa había sido destronada. Sin embargo algo de sumisión y docilidad comenzaba a verse reflejaba en su nueva actitud.

Luego le tocó el turno a Mara, que como no podía ser de otra forma, intentó negociar que se le dejaran las blancas braguitas de algodón puestas y reducir el número de azotes alegando que no había sido idea suya y que había bebido muy poco.

Mara se resistía como una lagartija y ¡se reía! Y también lloraba. Yo me atrevería a decir que disfrutaba de la azotaina... al final ella misma se quitó la falta y las braguitas y se puso junto a su hermana, con el culete más ostensiblemente enrojecido dada la palidez de su tez.

Así estuvieron hasta las cinco de la mañana. Y esta escena se repitió varias veces pues ellas parecían provocar las situaciones para llegar a este extremo. Pero poco a poco se volvieron más obedientes y mejoraron en todas sus actitudes siendo muy cariñosas con su madre y conmigo también muy apegadas a mi persona.

Poco después, en nuestra casa de la Costa Brava se produjo un incidente nuevo en nuestra particular guerra. En casa estaban como invitados a pasar gran parte del verano David de 15 años, primo hermano de las chicas por parte de padre y Sarai de 17, una bonita chica chilena del colegio compañera de Diana. Los cuatro bajaban casi a diario a la playa y, puesto que las pautas de disciplina habían mejorado espectacularmente, gozaban de la libertad de salir por las noches y llegar más allá de las 2 de la madrugada, siempre y cuanto su madre y yo supiésemos en donde estaban y se llevasen los teléfonos móviles.

Sin embargo, quizás envalentonadas por la presencia de Sarai y David una mañana hicieron algo que tenían absolutamente prohibido, alquilaron motos náuticas. Su madre y yo creemos que son peligrosas y que perturban el medio ambiente rompiendo la paz de la playa con sus excesivos decibelios. Lo que Diana y Mara no pudieron prever es que yo escrutaba con mis poderosos binoculares la playa con fines inconfesables como ver un bonito topless o algún bello trasero apretado por un bikini y me percaté que habían alquilado un par de motos y estaban saltando olas tan contentas.

Cuando volvieron los cuatro para la hora de la comida, las chicas fueron interpeladas y de forma muy descarada Diana contestó con un cierto tono de chulería con las consiguientes risitas de Mara, en apenas un segundo Ana y yo nos miramos y sentimos al unísono que todo esto nos recordaba a épocas superadas y en el instante siguiente decidí actuar tirando por la calle de en medio.

Les espeté,

- Parece que volvemos a las andadas, habíamos quedado que nada de motos náuticas!
- Os pensáis que soy tonto ¿o que me chupo el dedo?
- Ahora os vais a enterar y será aquí, en el jardín delante de vuestro primo y de vuestra amiga que os voy a zurrar en el culo como a unas crías pequeñas

Ellas, protestaron vivamente al ver que yo no me detenía ante nada, ni siquiera en que había dos invitados en la casa que observaban atónitos la escena que se estaba desarrollando.

Esto duró solo unos instantes pues ordené a Diana bajarse el bañador hasta la mitad de los muslos y tenderse sobre mis rodillas. Protestó y se permitió palabras hirientes pero le advertí que todo sería peor si plantaba cara. Finalmente lo hizo y comencé a azotarla con una parsimonia y tranquilidad asombrosa, le obligué a contar los azotes y dar las gracias por cada uno, fueron unos 30. Con el bañador como lo tenía la hice colocarse de espaldas a todos nosotros mirando la zona del parrillero.

De inmediato le tocó el turno a Mara, siempre es más agradable azotar a Mara ya que su culete es redondo, duro y muy blanco. Yo mismo le bajé el bikini aún mojado y procedía a azotarla sistemáticamente. En medio de los azotes les dije a sus invitados que como se pusiesen tontos ellos también cobrarían, que no me costaba nada hablar con sus padres y sugerirlo.

Mara quedó expuesta mientras comíamos al lado de su hermana con el bañador por las rodillas y el trasero tatuado con mis manos.

Ana estaba de buen humor y los chicos invitados no decían ni pío.

A partir de aquí las sesiones de castigo se hicieron más esporádicas y las chicas cada vez fueron siendo más y más dóciles.

Muchas cosas cambiaron en nuestra familia. A mí me parecía insólito que un método tan tradicional como los azotes funcionase tan bien en el siglo XXI. Ana comenzó a disfrutar de una placidez y una tranquilidad de espíritu muy grande. Yo sentí que tenía un lugar en mi nueva familia. La armonía y el equilibrio reinan en nuestro hogar.

Mis pulsiones spanko, pese a un cierto conflicto interior, ya que por una parte me excitaba tremendamente azotar a Diana y Mara y me atrevería a decir que era recíproco y por otra estaba cumpliendo mi cometido en el pacto familiar, por lo tanto mis oscuros anhelos se veían canalizadas en una situación socialmente aceptada. Todo eran contradicciones en mi espíritu.

En un momento dado sufrí tanto con estas dudas que incluso, pese a no ser practicante, hablé con un sacerdote amigo de mi familia, un antiguo cura-obrero y misionero, a quien le expliqué la situación y él me dijo que si todos eran más felices, cosa que pudo constatar las veces que vino a comer a casa, y yo había triunfado sobre esos pensamientos con las chicas, esos castigos estaban justificados mientras no se convirtieran en práctica habitual sin excepcional y muy justificada. El buen cura me proporcionó una paz interior que yo necesitaba para dejar de debatirme en mis oscuras tribulaciones, Eso me tranquilizó mucho la conciencia.

Un efecto secundario fue que también mi vida sexual con Ana, que hasta el momento salvo la no práctica del spanking, no se podría calificar como vainilla, mejoró espectacularmente. Y esta es la parte quizás más sorprendente de este relato.

Un buen día en nuestro dormitorio hablando de los castigos que había aplicado a las niñas, como ella insistía en llamar a las mujeres que ya tenía por hijas, me dijo que ella nunca había recibido ese tipo de castigos. Si conocieseis al bueno de su padre lo entenderíais perfectamente. Quien ponía los límites en su casa de pequeña era la madre y por su fuerte carácter y determinación le resultaba innecesario recurrir al castigo físico. Y, Ana me decía que por no haber tenido esas vivencias, que le producía una gran curiosidad vivir la experiencia que había transformado a sus hijas, mientras me lo decía yo casi no me atrevía a respirar. También me dijo que quería vivir lo mismo que sus hijas y que no era por celos que me lo comentaba.

Finalmente se decidió y me preguntó que si yo me atrevería a proporcionarle unos buenos azotes en las nalgas. Yo no daba crédito a lo que oía, pero a pesar de que el corazón me batía al menos al doble de su velocidad de crucero, procuraba aparentar calma. Hasta tuve la sangre fría de hacerme el remolón y que ella – ya muy mimoso – me lo pidiese casi rogándolo.

-Papi, como me decía entre cariñosa y burlona, he sido una niña mala: castígame, porfa!

Cuando por fin accedí, bendita hipocresía, ella tuvo el buen gusto de cambiarse los pantalones que llevaba puestos por una faldita muy corta, creo que también se cambió la ropa interior y se puso un top muy cortito que, gracias a su tipo tan esbelto, podía lucir estupendamente, para secreta envidia de alguna de sus más viperinas amigas.

La coloqué sobre mis rodillas, levanté con una lentitud de ritual primitivo su falda, deslicé sus braguitas blancas hasta abajo del todo y comencé, primero muy suave, a azotar su culete virgen de palmadas. Cuando aceleré los golpes pretendía zafarse e interponía sus manos ente mi poderosa palma y su ya enrojecido trasero, pero yo solo me detendría si escuchaba la palabra “Stop” , que era la que habíamos pactado como medio de seguridad, no haciendo caso ni a sus ruegos ni a su llanto.

El hecho es que le di una buena azotaina y le dejé el culete rojo como un tomate y pensé al ver la reacción cromática que de alguien tuvo que heredar la piel tan blanca Mara. Luego la tendí sobre el secreter en una postura más forzada que separando sus nalgas permitía una visión más íntima de sus encantos más ocultos y reanudé mi tarea de forma constante y sistemática.

Al final, cuando di por acabada la azotaina, ella me dijo que le ardía mucho y si no le aplicaba una crema nutritiva, de esas de 130 € el bote de 50 gramos que se apilan por docenas en su mesita de noche, cosa que comencé a hacer de inmediato. Le apliqué una generosa ración sobre su delicioso culito colorado que fui extendiendo de forma parsimoniosa por toda la superficie afectada y zonas anexas.

Todo esto tuvo en ella y en mi un efecto afrodisíaco de auténticos megatones de potencia. Tuvimos la mejor sesión de sexo desde que nos conocimos, para mí que hasta entonces me había mantenido frío o cuando mucho tibio, tal vez después de una sesión de azotes con las chicas, fue una excitación que parecía envolverme en todo el calor del trópico para terminar en increíbles explosiones simultáneas de placer. No es que hiciéramos algo especial o que tuviésemos una práctica que antes no hubiésemos tenido, creo que lo habíamos probado en materia de sexo estándar prácticamente todo, lo que ocurrió es como si nuestro motor sexual hubiese pasado de estar alimentado por un par de pilas de 1,5 Volts, todo lo alcalinas que se quiera, a enchufarse directamente a una línea trifásica de 380 V.

A partir de entonces estos juegos, se convirtieron en habituales e incluso añadimos muchos incentivos como el paddle y el cepillo y, más tarde, a través de un club que había en Internet, conocimos a otra pareja muy simpática que alguna vez los practicaba con nosotros. Si bien ahora casi no azotaba nunca a las chicas puesto que su conducta era cada vez más madura y cariñosa con Ana y conmigo, algunas imágenes de los azotes que les había proporcionado se quedaron a vivir para siempre junto a mis fantasmas preferidos.

Fernando
fer forever2004@yahoo.es
 
Me llamo Ana y tengo 36 años.
Mi compañero sabe lo que me excitan los azotes y , una o varias veces por semana tengo una buena sesión con mano, zapatilla, regla y otros.

Mis sentimientos ante tal situación son ambivalentes. Lo disfruto, aunque con una cierta sensación de que eso no es normal.
Todo empezó cuando tenía quince años y me encontraba interna en un colegio de Inglaterra cercano a Escocia, en un edificio imponente situado en plena campiña. En él, estudiábamos y vivíamos más de cien chicas de entre 12 y 18 años.

Hacía poco más de un mes que había comenzado mi primer curso en la institución. Por más esfuerzos que hacía, quizás por la tristeza de encontrarme sin mis padres por primera vez, no conseguía seguir el ritmo de mis compañeras con las consiguientes regañinas del profesor, hombre de unos cuarenta años, severo y poco dado a confianzas.

Aunque en aquella época ya estaban prohibidos los castigos corporales, tenía conocimiento de que alguna alumna había recibido una azotaina por alguna razón. Por eso, cuando un día él me ordenó que fuera a su despacho donde hablaría conmigo, me eché a temblar.

Por aquel tiempo, mi cabeza estaba llena de imágenes y pensamientos eróticos y me masturbaba frecuentemente con la mano o cualquier objeto que sirviera a mis propósitos.

Llamé a la puerta del despacho y, cuando entré después de recibir el permiso, le encontré en el centro de la habitación con una regla en una mano y golpeando suavemente la otra. La visión de aquel utensilio, hizo que me estremeciera de los piés a la cabeza. Inmediatamente me reconvino por mi falta de atención y aprovechamiento. Por ello, dijo, debería castigarme. El movimiento de la regla entre sus manos me mantenía como hipnotizada. Obedecí maquinalmente la orden de apoyarme inclinada sobre la mesa de escritorio. Lentamente, sin dejar de regañarme, subió la falda del uniforme hasta la cintura, dejando a la vista mis braguitas de algodón.

En un primer momento se dedicó a acariciarme el culo hasta que llegó el primer palmetazo que me hizo dar un respingo. Después de un buen número de golpes me ordenó que me tumbara sobre sus piernas. Sin fuerzas para negarme lo hice. En tal posición comenzó a golpearme con la mano y, el dolor me obligaba a apretarme contra su regazo donde, poco a poco notaba crecer un bulto. Este hecho hacía que, a pesar de los azotes me fuera excitando hasta el punto de notar como se mojaban mis bragas. Hasta tal punto me encontraba excitada que, inexplicablemente, esperaba impaciente el siguiente azote.

Al ver que no me resistía o porque así lo quería, aumentó la intensidad y la velocidad de los azotes. Me bajó las bragas hasta las rodillas y lo mismo azotaba que amasaba o pellizcaba mi culo.

Había perdido la conciencia del tiempo que llevaba así cuando me dijo que me levantara y vistiera en un tono de voz entrecortado. Al ponerme en pié, pude ver una enorme mancha en su pantalón.

Corrí a mi dormitorio y, con el concurso de una almohada me masturbé frenéticamente hasta alcanzar un tremendo orgasmo.

Desde aquella primera vez los castigos se sucedían casi a diario con la misma secuencia más o menos.

Algunas veces no comenzaba el castigo hasta pasado un tiempo en que me obligaba a estar de cara a la pared con la falda recogida en la cintura

En cierta ocasión, cuando cumpliendo órdenes llegué a su despacho, me encontré allí con dos alumnas de un curso superior.

"quiero que estas niñas presencien tu castigo para que sepan a qué atenerse"

Fué terrible cuando hube de ponerme sobre sus rodillas con el culo en pompa y las bragas en los tobillos. En esta ocasión empleó una correa ancha que estrellaba dolorosamente sobre mi culo. Cuando terminó la sesión mis sensaciones eran, por un lado, de pudor ante la situación y, por otro lado, la excitación era mayor que otras veces por la presencia de las otras chicas.

"Acercaos y mirad que rojo tiene el culo y lo caliente que está".

Con la cara roja y los ojos bajos, salí disparada hacia mi habitación, donde me masturbé furiosamente.

Tras rememorar aquellos momentos, espero la llegada de mi compañero para provocarle y recibir una gran azotaina que calme la excitación que siento en este momento.

He de tener alguna falta real o imaginaria que justifique la paliza.

No sé si podré aguantar hasta que él llegue en el estado que me encuentro.

Besos. Jano.
 
Cuento
Cuento de Jano

"P" tiene los pechos pequeños, nacarados como el resto de la piel y terminados en dos puntas rosadas. El cuerpo es pequeño, bien formado por hermosas líneas curvas y las nalgas prietas, casi respingonas. Su sexualidad, inagotable. En ocasiones, irritante por lo protestona. Muchas veces me había contenido para no propinarle unos buenos azotes. Hasta que un día, no hace mucho, me soliviantó de tal manera que no pude por menos de amenazarla con dárselos si no abdicaba de su actitud mirándola fíjamente y con aire adusto. Un relámpago, un brillo desacostumbrado en sus ojos me sorprendió. Siguió con la misma actitud que me pareció intencionadamente provocativa.

Sin más, sujetándola de un brazo, la tumbé sobre mis rodillas y, a pesar de sus gemidos y protestas, descargué mi mano sobre sus nalgas no menos de veinte veces.

Mientras la golpeaba pensé que íbamos a tener una buena trifulca y, tal vez, la separación.

Para mi sorpresa, en lugar de enfadarse o insultarme, con los ojos llorosos se abrazó a mi. Sorprendido, la acaricié suavemente tratando de consolarla y, al mismo tiempo, tratando de justificar la azotaina como consecuencia de su actitud.

Acariciando sus piernas bajo la falda, mi mano llegó a un punto donde la encontré húmeda. De éste hecho y de su reacción, deduje que los azotes le habían excitado y que todo el tiempo me había estado provocando, cosa que más tarde admitió, para llegar a este punto. Despues..

Tomé buena nota y aprovechaba cualquier ocasión para azotarla cumplidamente.

A través del tiempo he ido,-hemos ido-.utilizando diversa variantes. En ocasiones, le obligo a llevar un cuaderno en el que ha de anotar las faltas que, a mi juicio, son punibles según un riguroso baremo.

Según mis órdenes escribe relatos y sus propias fantasías para mutuo disfrute. También yo le escribo relatos y ambos nos hacen obtener "recompensa" de ellos. Transcribo uno que puede servir de orientación.

Son la 11h. en casa de "A" suena el teléfono. La voz de "J" llega a sus oidos.

-Hola: a las dos y cinco en punto deberás estar en ....Comeremos juntos. Vístete con falda amplia y sin nada debajo excepto medias hasta medio muslo; camisa cerrada hasta el cuello, traslúcida que no transparente; sin sujetador; abrigo y zapatos de aguja. Ya sé que a ti no te gusta, pero a mí sí. La mesa está reservada y, si no he llegado que será lo más probable, me esperas. Haz notar al camarero la hora a la que llegas para que yo sepa si has obedecido,

Tienes hora y media para dejar todo en orden; las camas perfectamente hechas, sin una sola arruga. Y así, todo. Si hay algún fallo...ya sabes lo que te espera. Eso es todo (Clic)

Por la columna de "A" corre un escalofrío. El no bromea. Ella sabe a qué atenerse. Debe darse prisa aunque, también sabe que "algo" fallará y él lo detectará. Conoce sus preferencias a la hora del castigo; sobre todo, el maldito y horrible cepillo del pelo que le mantiene el culo rojo durante horas y duele incluso con el roce de la ropa y al sentarse

Piensa; ¿y si al salir, un golpe de viento le abre el abrigo y le levanta la falda?. Su cara se arrebola con solo la idea . El lo sabe y por eso lo hace, para ver si se niega y tener un motivo más para castigarla.

Está excitada. La eterna dicotomía.

Las dos y cuatro minutos. Pide la mesa. Hace notar la hora de llegada al camarero. Por si acaso.

Tras una tensa espera de quince minutos el aparece tranquilo. Se inclina y la besa largamente en los labios.

¿ Hace mucho que esperas? Le mataría, por cínico, pero le informa.

La comida transcurre en agradable conversación. De tiempo en tiempo:

-¿Habrás cumplido las instrucciones, ¿No?
-Los pezones se te marcan en la blusa.
-¿No estarás mojando la falda?
-Cuidado, no vayas a derramar el vino.
-.............

Lo dice como sin darle importancia ,paro sabiendo lo nerviosa que "A" se pone con estas frases.

-¿Hacia mucho viento por la calle?
-¿Muchas apreturas en el autobús?
-............

La comida se está convirtiendo en una auténtica tortura para ella. Es cierto que está húmeda y teme que al levantarse deba darse prisa en ponerse el abrigo.

En casa, inspección. El polvo, bien. La cama presenta unas casi imperceptibles arrugas. Con un gesto brusco, él la deshace totalmente.

-Hazla de nuevo. Esta vez, perfectamente. Cuando termines y yo lo apruebe, te pondrás de cara a la pared durante quince minutos, con el culo al aire sin quitarte ni los zapatos ni las medias. Cuando pase ese tiempo, te tumbarás sobre la cama y esperarás el castigo.

Así lo cumple. Los cintazos se estrellan contra su culo de manera inmisericorde, obligándola a morderse los labios para no emitir ningún sonido.

Le arden los glúteos y, ni siquiera sabe cuanto durará el castigo-

-Además de otras cosas has llegado un minuto antes de la hora. Esa no era la orden.

Los cintazos y las palmadas se suceden sin interrupción. Debe tener el culo rojo como un tomate. De vez en cuando, alguna advertencia para el futuro.

Al fín, el castigo cesa. El la abraza con mimo y ella llora en su regazo.

Jano
 
UNA AVENTURA EXTRA LABORAL
Por Roca Spanker:
Posee aun el don de generar calor en los hombres, su risa alegre y fácil su rápido doble sentido y su permanente juego al limite de lo permitido la hacia una ventura interesante. Su nombre que importa pero su supuesto cartel de Diosa en la cama en la época de juventud y su permanente desafío a los demás en ese ámbito me llevo a buscar la aventura. Fue luego de una comida de la empresa en que a modo de broma me desafío durante un baile y yo le dije ok espérame en tal lugar al llegar sin más que una sorprendida cara, me dijo si quieres lo dejamos para otro día ante lo cual me burle como quieras yo sabia que eras pura historia me acerque y percibí su temblor la bese fuertemente sin permitirle más que corresponder luego le dije ¿será? y cuando tomaba rumbo a mi casa se arrepintió de lo que hoy ya es parte de ella.

Esa noche fue el inicio de una no muy corta relación, una relación basada solo en un buen sexo para mi y en un mutuo aprender de fantasías para ambos. En resumen esa noche fue una buena noche pero lo especial vino después.

Una tarde un cambio de actividades en uno de esos cursillos que se suele mandar del trabajo nos permitió solo mirarnos y decirnos vamos, rápidamente enfilamos hacia un motel ya hacia un tiempo no teníamos una intimidad más completa, su desempeño en el curso no estaba siendo el mejor yo haciendo uso de esto bromee y le dije te haz ganado una paliza te estas avergonzando y a nuestra empresa también. Tienes que ponerle más ganas me escuchas, ella no escuchaba ya que su boca me había encontrado, gemí y empecé a desnudarme mis pantalones y boxer solo terminaron de caer y salir luego al sacar mi corbata un rápido pensamiento me despertó, seguí retándola con una idea fija en mi mente recibiría su castigo por su falta de entrega y desmotivación al curso, sin embargo mi cuerpo me indicaba que yo solo tendría un poco de tiempo más la cabeza amoratada e hinchada de mi pene también lo indicaba, no le daría el placer pues le encantaba tragar (creo que todavía le encanta) la pare bese y solo tuve que comenzar a desnudarla sus manos ayudaron bastante.

Mi boca busco su sexo y al encontrarlo una de mis manos busco la corbata, luego subí besándola y suavemente amarre sus manos al sentir el apriete del nudo abrió sus ojos le sonreí y la bese , mi boca bajo tome uno de sus pies y luego de dar una vuelta a el con la corbata tense, amarrando con su manos y otro pie; no era un gran nudo pero le restaba un 80% de movilidad volví a su sexo roce mis diente en su ya hinchado clítoris la penetre y comencé un lento movimiento cuando ya tomaba ritmo mis ojos se clavaron en mi pantalón baje simulando darle placer oral. Cogí mi cinturón sin que ella lo percibiese la volví a penetrar con rápidos movimientos cuando su respiración ya era lo bastante agitada me salí y tomando sus pies y haciéndolos hacia su cuerpo el cinturón cayo no grito, lo que me extraño y enfureció el segundo y tercero sonaron mucho más fuerte y su cuerpo lo sintió luego una rápida sesión de correazos cortos y un llanto infantil e inaudible pude percibir, el reto comenzaba y se espaciaron los correazos.

¿Vas a dar más? Silencio un hubo respuesta PLAS; PLAF . ¿Vas a dar más? Si te daré todo lo que quieras PLAS; PLAF, PLAS . Tonta en el curso PLAS; PLAF; PLAS ¿Puedes ser mejor cierto? Snif si PLAS
¿Entonces que harás? Pondré más atención PLAS, PLAS pero no me pegues más
Participar más eso es lo que quiero que hagas ¡¡entendiste!! , Sí.

Esto es para que nos se te olvide y una lluvia de correazos nuevamente inundo su trasero, luego mi lengua comenzó a suavizar escalofríos decía le recorrían y su orgasmo llego al sentir mi húmeda boca con su húmedo sexo en esa humedad mi sexo se hundió para acabar sobre sus nalgas quienes no agradecieron el ardor que les pude causar pero si agradeció su dueña el momento vivido, nuevamente posando sus labios en mi sexo una vez desatada.
Solo queda decir que le molesto sentarse al día siguiente y el curso lo aprobó destacándose lo cual le significo una celebrada noche pero eso es otra historia .
 
" A Rosy ya las rojeces le crecían"
Por Jano

" A Rosy ya las rojeces le crecían" (Parafraseando a Garcilaso de la Vega en un soneto)
Al salir de su casa, ya él la estaba esperando en su auto. Cuando entró en él, vió que su cara no presagiaba nada bueno. se había retrasado 10 minutos y eso no le gustaba nada.
Un sudor frío corrió por su espalda pensando en las consecuencias de su retraso. No sería perdonada y sí castigada. Rosy sabía, conocía la manera en que la reprendería y, más allá de toda duda, la forma en que debería pagar su falta.
Sin una palabra, él arrancó el motor y condujo el auto hasta un lugar transitado por poca gente. De vez en cuando, junto a ellos pasaba alguna persona paseando: apenas se fijaban en ellos.
Con voz calmada pero imperiosa, él le dio a Rosy una seca orden:" levántate la falda y quítate todo: bragas, pantys, ....todo". Mientras ella obedecía en silencio, él, con un chasquido, extrajo su cinturón del pantalón. Aquél sonido estremeció a Rosy: sabía lo que se le venía encima. "Ponte de rodillas en el asiento y la falda sujeta a la cintura"
La cara de la muchacha se cubrió de rubor: pese a los cristales tintados, el interior del vehículo era visible desde el exterior y, cualquiera que pasara podría verla en esa postura. No le dio tiempo a más consideraciones; "Por cada minuto que has tenido de retraso, recibirás 10 azotes. Serán 100 en total y deberás contarlos uno por uno en voz alta" No bien dicho esto, el cinturón comenzó a estrellarse sobre sus nalgas; al principio, sin gran violencia pero, a medida que se sucedían, la fuerza de los golpes aumentaba. Su culo debería estar adquiriendo un subido tono rojizo y el escozor era cada vez mayor.
Rosy gemía y contaba en voz alta. "uno,...dos,...tres,.......Mientras, veía como un paseante miraba asombrado la escena. Curiosamente, aparte de le vergüenza que sentía, notaba que, añadido al extraño placer que sentía por los azotes, la aparición de aquel observador, el encontrarse casi denuda frente al viandante, le hacía sentirse muy excitada: notaba cómo su entrepierna se iba humedeciendo y sus gemidos, más que de dolor, eran como el ronroneo de un gato agradecido por las caricias de su amo.
Terminado el castigo, él arrancó de allí dejando al hombre que miraba con cara de asombro y quién sabe qué sentimientos contradictorios.
Ya en casa, como un gesto de perdón, él la hizo tumbar en la cama desnuda y, dulcemente, acarició despacio aquellos globos enrojecidos y calientes por la azotaina.
Después, después ya no sé que pasó ¿O sí?
JANO.
 
NACIMIENTO DE UN SPANKER
Por Jano:

Nos amábamos: sin embargo, mi vida con Raquel era un pequeño infierno. Su carácter irascible hacía que, en ocasiones, me contuviera para no responder con unas bofetadas. Mi natural respeto por las personas y el hecho de que fuera más alta y fuerte que yo, todo unido, me impedían hacerlo.
Gracias a que las relaciones íntimas (salvo algún "dolor de cabeza" esporádico), son satisfactorias y se muestra dulce y participativa, y que, indudablemente nos queremos, la vida transcurre ceptablemente bien. Con ocasión de uno de los malos días, conversé con un amigo intimo y le hice participe de mi situación. Su respuesta me dejó boquiabierto. "Dale unos buenos azotes" " Lo has intentado todo sin éxito. Quizás eso lo arregle"
Cuando nos despedimos y caminando hacia casa, mi mente no cesaba de darle mil vueltas a sus palabras. ¿Me atrevería a cometer tal acción? ¿Sría capaz de semejante cosa? ¿Cómo? ¿Se revolvería como una fiera y sería yo el que recibiera el castigo? Estas y otras muchas preguntas golpeaban mi cerebro como un tornado. Algo extraño en mí hizo que Raquel me preguntara si me pasaba algo, a lo que respondí, moviendo la cabeza, que nada. Al día siguiente por la tarde, se enfureció conmigo por una tontería .La sangre comenzó a subirme a la cabeza. Una nube roja se puso ante mis ojos y, sin ensarlo dos veces, me lancé sobre ella derribándola sobre un gran sillón que teníamos en el salón. Aprovechando su asombro y vacilación, hecho un energúmeno, sacando fuerzas de quién sabe donde, conseguí darle la vuelta y montarme a horcajadas sobre su espalda. Como un loco, comencé a disparar mi mano contra su generoso culo. No me preocupaba que el ruido de la azotaina llegara a oídos de los vecinos. Me estaba vengando de seis años de aceptación y silencio.
Cuando dejé de azotarla, me percaté de que, en todo el tiempo que había recibido la zurra, en ningún momento había ella tratado de zafarse ni defenderse. Asombrado, me levanté dejándola libre.
Se levantó lentamente acariciándose el trasero por encima de la
ropa. Me miró con una expresión extraña y se lanzó a abrazarme y llenarme de besos. Extrañado, pero contento, respondí a sus muestras de amor, satisfecho de su reacción y mi valor. Mas tarde, me confesó que todas las discusiones del pasado, habían sido para provocarme y que llegáramos a ese punto. Desde ese momento, la vida entre nosotros fue un constante idilio. No pasa día sin que Raquel reciba su buena ración de azotes con motivo o sin él. Casi siempre acabamos como es de suponer, abrazados estrechamente y....
Ese día nació un spanker oculto

F I N
 
SORPRESA TE DA LA VIDA.
Por Jano:

Hacía días que se sentaba frente a mí en la mesa de estudio de la biblioteca. Aparecía diariamente con su rápido andar, moviendo airosamente su corta falda tableada llevando abrazados contra su pecho varios libros y carpetas. Nuestras miradas se cruzaban por un breve instante.

Mi atención se apartaba de los apuntes de clase para estar pendiente de sus más ligeros movimientos. Una idéa me obsesionaba: quería verle las piernas pero no me atrevía a dar el paso. El paso era, hacer que se me caía algo al suelo para tratar de ahondar con la mirada en el interior de sus muslos. La sola idéa erizaba el vello de mi nuca.

Contra toda ética, avergonzado y dubitativo, pero ansioso, dejé caer el lápiz y me asomé al espectaculo maravilloso de sus piernas. Ante mi sorpresa, ella separó las rodillas permitiendome acechar hasta el fondo, quedando extasiado ante la visión de sus muslos.

Al sentarme de nuevo, la miré; nada en su expresión, atenta a su trabajo, denotaba que se hubiera dado cuenta de mi acción.

Si antes me sentía atraido hacia ella, ahora estaba obsesionado.

Durante algunos dís no me atreví a repetir la hazaña. Solo la admiraba absorta en su trabajo. Solo de tarde en tarde, nuestras miradas se cruzaban: las mías, ansiosas; las suyas, indescifrables.

En cierta ocasión en que abandonaba su puesto, la seguí.Casi me tropecé con ella en el vestíbulo donde estaba encendiendo un cigarrillo. Haciéndome el indiferente, pero sin dejar de mirarla de reojo, también yo prendí fuego al mío.

Avancé un tímido inicio de conversación que fué respondido, aunque con una media sonrisa burlona. Haciendo acopio de valor, la invité a tomar un café en el bar de al lado y que me sorprendió aceptando.Después decharlar un rato y de enterarnos de nuestros nombres y ocupaciones, volvimos a nuestros puestos de estudio.

Sin pararme ante ninguna consideración, dejé caer una pequeña regla al suelo y, al asomarme al obscuro objeto de mi deseo, asombrado, ví como de nuevo separaba sus piernas permitiéndome ver su exigua braguita que enseñaba más que ocultaba. No quería levantarme ,hipnotizado por aquella excitante visión.Cuando al fín conseguí apartar mis ojos de aquel punto y levantarme, lo hice en un estado de exaltación dificil de explicar.

Cuando se levantó para irse, la seguí precipitadamente, Ya en la calle, me lancé al vacío invitándola a visitar mi estudio de pintor y mis cuadros. Aceptó. Me quedé clavado al suelo por la sorpresa. No me lo podía creer.Me advirtió de que no podría quedarse más de una hora o poco más.

Una vez en el estudio, nervioso, le ofrecí una copa mientras veía mis pinturas.

En un momento de la conversación, me preguntó si yo había visto "Historia de O" y leido Justine, de Sade. Ante mi contestación afirmativa, me preguntó por mi opinión respecto a ellas. Confesé que me gustaron y me excitaron: que mi fantasía, nunca puesta en práctica, era azotar a una mujer. Tras una breve vacilación, mirando al suelo, me contestó que su fantasía, tampoco realizada nunca, era lo contrario; que alguien la azotara.

Un largo silencio siguió a nuestras palabras.

Al fín, armándome de valor, le sugerí que podíamos iniciarnos juntos y realizar nuestras fantasías.

Tardó en contestarme hasta que, en voz baja y sin mirarme, aceptó.

Sin saber por donde empezar, le dije que se levantara y se diera la vuelta hacia la pared. Sobre la falda ,tímidamente,le lancé la mano cinco o seis veces.(tan nervioso estaba que perdía la cuenta). Ella callaba y ni se movía. Aumenté ligeramnete la fuerza de los azotes, a lo que ella respondíó proyectando sus caderas hacia mí.Supuse que, no solo no le molestaba, sino que le gustaba. Animado y perdiendo el temor, sacudí su culo con más fuerza. Su única respuesta fuéron una serie de gemidos.

Cansado de azotarla en esa incómoda posición, la tumbé sobre el sofá sin una protesta por su parte.

Seguí azotando con fuerza y velocidad creciente. Poco a poco, su falda iba ascendiendo hacia la cintura mostrando sus hermosos muslos. Un poco más y las breves braguitas blancas quedaron al descubierto, dejándome admirado de la redondez de su protuberante culo.

A la vista de aquellas preciosas nalgas mi excitación llegó a un punto máximo. Las bragas, por pequeñas dejaban ver dos globos que, poco a poco, tomaban un tono rosado al principio y rojo intenso más tarde.


Sus gemidos se repetían en una cadencia semejante a la de los azotes. A cada golpe que se abatía sobre las casi desnudas nalgas, se sucedía un gemido. Ni una protesta. Yo no sabía cual sería el límite de su capacidad agonística. La mano me ardía y la excitación por llevar a cabo mi, nuestras,
fantaasias, me pedían buscar otro elemento de castigo. Dentro de mi bisoñez en tales lides,se me ocurrió quitarme el cinturón, el cual, al salir de sus presillas, hizo un ruido de látigo al restallar en el aire. Por primera vez, levantó los ojos hacia mí, y ví reflejad en su cara asombro y un brillo extraño.

Sin más, comencé a golpear aquellos maravillosos globos casi con saña. Uno tras otro estallaban los azotes del cinturón silbando en el aire, haciendo que toda ella se contorsionara sobre el sofá, tapándose la boca con las manos para apagar el ruido de sus gritos, pero sin protestar.

Harto ya del cinturón y con las manos descansadas, se me ocurrió sentarme y arrastrarla sobre mis rodillas. Ya en esa posición, bajé sus bragas hasta las rodillas dejando a la vista la totalidad de su sexo y la estriada entrada del ano. Creí perder el sentido ante aquella visión y, perdiendo el temor de inferir un gran daño, abofeteé aquella perfección, roja ya al máximo, de su culo tentador.

La hora que me había concedido en principio se convirtió en dos horas y media en que los golpes caían y caían sin apenas pausas. La parte alta de los muslos también habían recibido algunos impactos y mostraban las señales rojas de los azotes.

Cuando me cansé de la mano y ya perdido el temor y el pudor de aquella situación, enardecido por mi propia excitación y su aceptación sin aparentes condiciones, acudí a una regla de gruesa madera de haya que allí tenía y continué la sesión con suma dedicación y, por que no decirlo, inmenso placer.

Nunca pensé que mis fantasías pudieran hacerse realidad.

La sesión acabó en la cama.

Esta fue la primera vez de muchas que siguieron, quizás no tan intensas pero siempre enriquecedoras de nuestras fantasías realizadas aunque secretas.

Jano.
 
"Las tres morillas"
"Tres morillas me enamoran en Jaén Axa, Fátima y Marién"

Tres morillas tan garridas,
fueron a coger olivas,
y encontráronlas cogidas en Jaén
Axa y Fátima y Marien.

Tres morillas tan garridas
iban a coger olivas
y hallábanlas cogidas
en Jaén.
Axa y Fátima y Marién.

Y hallábanlas cogidas,
y tornaban desmaídas
y las colores perdidas
en Jaén,
Axa y Fátima y Marién.

Tres morillas tan lozanas,
tres morillas tan lozanas
iban a coger manzanas
a Jaén,
Axa y Fátima y Marién.
(Poéma anónimo)

Las tres morillas se encaminaban a Jaén cuando se encontraron a Florián, Florín y Florestán, tres fornidos labriegos de buena planta.
Preguntáronle a las mozas qué hacían por aquellos pagos. A ello,les respondieron que iban a coger olivas a Jaén.

--Pero, no necesitais ir hasta allí para cogerlas -- dijo Florián. Muy cerca de aquí se encuentra un olivar grande del que podéis tomar las que deseéis--
--No son esas la clase de olivas que nosotras buscamos-- contestó Mariém entre risas.
--Venid con nosotros hasta el olivar que, tal vez allí, con nosotros, encontréis las que buscáis-- contestó Florestán, tambien con risas.
Se animaron las morillas a seguir con aquellos simpáticos galanes hastaa donde decían.
El corto camino hasta el olivar, lo aderezaron con bromas y requiebros. Los ojos de los hombres brillaban iluminados por la belleza de las jóvenes. Tampoco ellas parecían indiferentes al gracejo y la apostura de los hombres.
Una vez en el olivar, Florín sacó de su zurrón nueces, almendras, jamón y pan que ofreció a las muchachas. Florestán aportó una gran bota de vino.
Sentáronse sobre el suelo y dieron buén fin de todo.
Poco a poco, ellos fueron tomando confianza para acercar sus manos a los cuerpos morenos de las muchachas. Con risas y mohínes, ellas se dejaban tocar o no: les permitían acercarse, se alejaban, corrían o caían al suelo como cansadas.
Los hombres, enardecidos, cada vez eran más osados en sus intentos: una mano a un pecho; otra a las caderas........
Ellas se reían pero no permitían incursiones a lugares más recónditos y secretos de sus cuerpos.
En el paroxismo de su deseo, los jóvenes hacian esfuerzos por tumbarse junto a ellas sin éxito alguno.
Las mozas forcejeaban entre risas y protestas.
Enfurecidos y ardiendo, los jóvenes no cejaban en su empeño: ora arriba, ora abajo, cada uno a su manera trataban de reducirlas.
Poco a poco, pese a la negativa de