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LA ABADESA

Por Jano

Hoy, 12 de Octubre del año del Señor de 1.492, reinando sus Católicas Majestades Dña. Isabel y D. Fernando, la anciana Abadesa, tras larga y penosa enfermedad , habiendo recibido los Santos Sacramentos y la Extremaunción, ha entregado su alma al Supremo Hacedor.

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Esa noche, las hermanas velaron y rezaron por su querida madre abadesa que había pasado a mejor vida.

A la mañana siguiente, Fray Onésimo ofició la misa de réquiem acompañada por los cánticos de todas las hermanas y, en su homilía, ensalzó las virtudes de la difunta madre.

Pasado un día de rezos, como exigían las reglas, se reunieron a votar para nombrar nueva abadesa todas las hermanas,-- exceptuando las novicias--..

En ello estaban cuando llegó un emisario del Arzobispo con una misiva. En ella, se leía lo siguiente:

"Queridas hijas en Cristo nuestro Señor:
Conocido el fallecimiento de nuestra hija,
Sor Lucía del Justo Nombre de Jesús, he
decidido que sea nombrada Madre
Abadesa del convento mi sobrina Sor Inés
que se presentará allí en la mañana del
domingo después de maitines.
Confiando en vuestra obediencia y caridad,
quedad con Dios nuestro Señor y con mi
bendición.

Firma y sello ut supra.

El asombro se dibujó en las caras de las hermanas:
era harto irregular aquella imposición. Las Reglas de la Orden establecían claramente las normas que regulaban el nombramiento de la nueva abadesa. Sin embargo, el mandato no admitía interpretación ni discusión alguna. Debían acatarla sin la menor vacilación o discrepancia: el obispo ordenaba y debía ser obedecido.

Como anunciaba la carta de Su Ilustrísima, la mañana del domingo, después de maitines, en una severa carroza negra, llegó Sor Inés: envuelta en su blanca capa.

Se dirigió a la entrada del convento donde se encontraban todas las hermanas, incluidas las novicias, esperando su llegada. Fue recibida con deferencia y acompañada hasta la celda destinada a ella.

El asombro y cierto enojo se reflejaba en sus rostros;

Sor Inés, que no tendría más allá de los 21 años , con ojos en los que se reflejaba un cierto temor, no dejaba de mirar a uno y otro lado como buscando donde esconderse.

La dejaron sola en la celda y se retiraron murmurando contra aquella imposición tan absurda.

Sor Inés, sin fuerzas para pensar en la tarea impuesta por su tío y a la que trató de negarse sin éxito, se acostó a descansar aunque solo fueran unos minutos.

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Pasaron varias semanas y aquello era peor de lo que se había temido.

l Las monjas no hacían caso a sus indicaciones; ni siquiera las novicias.

Cada domingo, Fray Onésimo pasaba por el convento para oír las confesiones de las que lo habitaban. Sor Inés no le decía nada del tormento que estaba pasando. Al fin y al cabo, en la confesión no tenía porque hablar de ello puesto que no se trataba de pecados o faltas suyas.

Alguna noche de insomnio, paseando por el corredor, escuchaba risas y murmullos apagados

que trascendían las puertas de algunas celdas. Inquieta, no sabía que pensar de aquello.

Aún pasaron dos semanas más cuando se atrevió a contarle al fraile lo que ocurría y lo referente a los ruidos que escuchaba algunas noches en las celdas de las monjas.

Él la amonestó severamente por soltar las riendas de la situación y no saber manejar a sus hermanas. Ella era quién debía mantener el
orden y la disciplina en el convento y hacer cumplir las reglas con todo rigor. En cuanto a los ruidos nocturnos no sabía qué pensar: Sor Inés debería vigilar y enterarse de lo que en las celdas ocurría a unas horas en que todo debería estar en silencio. Ella prometió que así lo haría y le informaría de lo que descubriera.

Noche tras noche, procurando no hacer ruido, paseaba arriba y abajo por el pasillo, aguzando el oído para tratar de enterarse de lo que ocurría en el interior de las celdas de donde procedían los sonidos.

Algunas veces, oía risas apagadas y murmullos; otras, jadeos que no sabía identificar.

Seguían pasando los días y no avanzaba en su investigación.

Todos los domingos, Fray Onésimo le preguntaba por sus averiguaciones a lo que ella contestaba que, desde el corredor, no conseguía saber que ocurría en el interior de las celdas.

Además, no solo era eso: la abadesa le confió que no lograba hacerse obedecer.

Cada monja iba por su lado, holgazaneando, durmiéndo en los rezos, robando en la cocina, yendo desaliñadas e incluso, riñendo entre ellas por el asunto más baladí.

Fray Onésimo se enfurecía y le recriminaba su falta de autoridad que, por todo lo oído, redundaba en perjuicio de la buena marcha de la comunidad. A él le preocupaba todo: la falta de disciplina de las monjas y lo que pasaba en las celdas durante la noche. Ordenó, irritado, a Sor Inés que tomara medidas en todos los sentidos o se lo comunicaría a su tío el Arzobispo. Incluso, le ordenó que entrara en alguna de aquellas celdas de las que procedían los sonidos y se enterara directamente de lo que allí ocurría. Tenía autoridad para hacerlo en beneficio de la comunidad. No debería dejar pasar ni un día más sin averiguarlo. Ella asintió y prometió hacerlo.

Sin valor para cumplir su promesa, aún pasaron varios días hasta que, haciendo acopio de valor, la noche del sábado entró sin aviso en una de las celdas.

Lo que presenció le heló la sangre y a punto estuvo de caer al suelo desvanecida por la impresión. Dos novicias, totalmente desnudas, intercambiaban besos mientras se azotaban mutuamente en las nalgas y la espalda con las manos y unas cuerdas entre risas hasta que se dieron cuenta de la presencia de Sor Inés.

Sorprendidas por la abadesa, las dos jóvenes trataban sin éxito de tapar su desnudez.

En tanto, Sor Inés, petrificada, no daba crédito a lo que acababa de presenciar. Sin reaccionar, seguía allí, sujetando la puerta con una mano y sin dejar de mirar la escena como hipnotizada.

Al fin, pudo articular unas palabras que le sonaron como dichas por otra persona: salían de sus labios atropellada e incoherentemente

Las amenazó con la condenación eterna, con proclamarlo a los cuatro vientos, con decírselo al Arzobispo para que fueran expulsadas. Les ordenó que se acostaran advirtiéndoles que se tomarían medidas contra ellas.

Abrió otras puertas y, horrorizada, encontró escenas similares. Novicias y monjas, desnudas o semidesnudas, se abrazaban, se besaban, se manoseaban, se lamían, hurgaban los sitios más recónditos de sus cuerpos,..

Trastornada, enfebrecida, encolerizada, abrió violentamente las puertas de todas las celdas y a grandes voces ordenó a las mujeres que salieran al pasillo tal como estaban.

De su celda, Sor Inés tomó las disciplinas que usaba para purgar sus pecados y, avanzando por el pasillo, golpeaba con ellas a todas las que, a ambos lados, arrimadas a las paredes, encontraba a su paso, sin sus hábitos o con ellos tratando de taparse.

Cuando se fue calmando, no sin antes haber azotado a muchas de ellas, ordenó que cada una se encerrara en su celda.

Una vez que el pasillo quedó vacío y en silencio, Sor Inés se encerró en la suya. Las manos le temblaban y un calor desconocido, unas sensaciones nunca sentidas le recorrían la espalda

Y, en suma, todo el cuerpo entero. Con la boca abierta notaba el temblor de sus labios.

Su cabeza era un caos, un torbellino de emociones encontradas. Algo insólito no sentido nunca le atormentaba: algo que no sabía definir.

Se acostó vestida con el hábito, temblando desde la punta de los pies hasta la nuca.

Las escenas vistas, el recuerdo de ella misma azotando sin piedad a sus hermanas se cruzaban por su imaginación desbocada. Escalofríos le recorrían la columna vertebral y el temblor no abandonaba su cuerpo ni su espíritu.

No comprendía cómo había podido llegar a tales extremos, aunque las faltas de sus hermanas fueran tan graves.

Una laxitud nunca sentida se apoderó de ella.

El sueño la venció al fin. Cayó en un sopor y los sueños, como un vendaval de emociones, poblaron su espíritu. Se veía de nuevo azotando a monjas y novicias sin discriminación y disfrutando de ello. La escena le producía cosquilleos y espasmos en el vientre.

Al fin, las imágenes se diluyeron en su cerebro y cayó en un profundo sueño reparador.
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A la mañana siguiente, domingo, Sor Inés encabezó la fila para el rezo de maitines con una extraña sensación en su cuerpo y su mente.

Tras ella, monjas y novicias, avanzaban en silencio, cabizbajas. Ninguna de ellas levantó la cabeza durante los rezos en la capilla.

Fray Onésimo, oyó en confesión a las monjas. Cuando le llegó el turno a la abadesa, le preguntó si había averiguado algo a lo que contestó que no, sintiéndose culpable por la mentira. Nada había sucedido digno de mención.

Llegado el momento de la comunión, Sor Inés, le hizo una seña al fraile como que se encontraba indispuesta para recibirla.

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A partir de aquella noche, la Abadesa fue obedecida en todo lo que mandaba durante un tiempo. Ella mantenía ante el fraile que nada ocurría ya que había tomado las riendas de la comunidad: no se oía nada por las noches y todo empezaba a marchar de la mejor manera.

Sus hermanas iban aseadas, estaban atentas a los rezos y no habían vuelto a discutir. No tenía motivos de queja y se sentía satisfecha.
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Pasaron los días y una noche, la abadesa salió al pasillo. De una de las celdas salían risas y gemidos de nuevo: balbuceos, como quejidos, jadeos.

Abrió la puerta con firmeza y encontró juntas a dos monjas tumbadas en la litera, semi desnudas, abrazadas una sobre otra, besándose y acariciando sus cuerpos. Les obligó a salir de la celda y llamó al resto de las hermanas. Todas se colocaron a ambos lados del pasillo con la espalda apoyada en la pared.

Algunas salían de la celda de otras, a medio vestir. A las primeras que sorprendió, les ordenó que, tal como estaban, sin ropa, se colocaran en el centro. Mandó a las que no estaban decentemente vestidas que se pusieran también junto a las primeras.

Sin vacilar un punto, se dirigió a su propia celda de la que volvió con las disciplinas en la mano agitándolas en el aire. Dijo a las infractoras,--ocho en total --, que se colocaran frente a frente, juntas.

Avanzando por el pasillo, primero una fila y más tarde la otra, fue recorriendo una a una a las monjas y novicias, azotando sus culos, uno a uno veinte veces.

Mientras esto hacía, extrañas sensaciones le acometían; una a modo de satisfacción invadía su cuerpo y su mente, dándose cuenta de que

algo en la acción de los azotar a sus hermanas le producía un gran placer: se regodeaba con el color que iban adquiriendo sus traseros por efecto de los azotes.

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De tiempo en tiempo, la escena se repetía con variantes.

Sor Inés se hizo de un pequeño látigo y una regla de dura madera de haya que utilizaba a su entera discrección sin que en la grey se alzara voz alguna de protesta.

En ocasiones, cuando el castigo era en presencia de todas las monjas, algunas risas ahogadas se escuchaban por parte de las más jóvenes.

Otras veces, el castigo se producía en la intimidad de la celda de Sor Inés. Después de azotar con firmeza a las infractoras, le rendía la

ternura y las abrazaba, las besaba y acariciaba su enrojecido culo mientras ellas descansaban la cabeza sobre su pecho, llorando blandamente.

Cuando el castigo era en privado, prefería hacerlo solo con la mano.

La paz reinaba en el convento y se veían resplandecer los rostros de la mayoría.

Durante el día, se ocupaban con diligencia en la cocina, en el huerto, haciendo dulces, etc.

En la noche, las idas y venidas de unas celdas a otras, eran más que frecuentes. Los castigos se sucedían casi a diario. Siempre había alguna que había cometido una pequeña falta y Sor Inés sospechaba que lo hacían a propósito.

No faltaban las visitas a la celda de la propia Abadesa donde se escuchaban los mismos sonidos que en las otras.

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A Fray Onésimo, jamás le dijo nada de lo que pasaba entre aquellas paredes. Solo le contaba lo bien que marchaban las cosas. A esto, el felicitaba a la Abadesa por haber encauzado a las hermanas y lograr la paz y el bienestar para ellas, y para el convento a mayor gloria de Dios.

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La Abadesa llegó a una provecta edad antes de rendir cuentas ante su Creador con el cariño y la devoción de sus hermanas.

F I N

 
LUCIA.
Relato de Jano.
Durante cuatro años, desde los 18, había soportado las Infidelidades de Mario, su pareja. Cansada de la situación, harta de perdonar y volver a perdonar, una vez y otra, siempre con su promesa de no repetirlo, Lucía le dejó plantado y trató de reanudar su vida por otros derroteros, sola.

El detonante fue que, cuando se decidió a hacerle partícipe de sus fantasías íntimas él, airadamente, le dirigió los peores epítetos de que fue capaz.
Lucía soñaba con que él le propinara una azotaina de vez en cuando: era su anhelo secreto y que mantenía como tal desde que le conoció. Solo la necesidad y la deseperanza guardada durante los últimos cuatro años, hizo que se confesara a él. El resultado no pudo ser peor; ante aquél aluvión de insultos, la joven decidió dar por terminada la relación.

Ella, que le había perdonado toda clase de infidelidades, no entendía que él no accediera a sus deseos o, al menos, no se aviniera a discutirlo amistosamente.

Con lágrimas en los ojos, recogió algunas de sus pertenencias, llamó a su hermana y le pidió asilo momentáneo.

De nuevo llorando, abandonó la casa donde había transcurrido su vida en aquel tiempo.

Ya instalada en la casa de su hermana, pensó en su futuro y decidió que tenía que hacer algo para ganarse la vida. Su trabajo como auxiliar administrativo en una empresa, de 8 a 15 no era lo más apropiado. Se enteró de la convocatoria a una oposición del Estado, bien remunerada y con perspectivas de ascenso. Decidió presentarse ya que reunía las condiciones precisas.

Dado que llevaba tiempo sin estudiar y que los temas eran muchos y difíciles, comprendió que debía buscar ayuda.

Hizo averiguaciones y supo de un profesor especializado en la preparación de oposiciónes.

Llamó al número de teléfono que le habian proporcionado y concertó una cita para el día siguiente. La voz de la persona que la atendió era de una mujer: la dirección, de una calle cercana al Museo del Prado, zona de las más elegantes de Madrid.

Llena de esperanza, se acicaló cuidadosamente: pantalón gris claro, camisa blanca, chaqueta tipo sastre y zapatos de tacón alto. El pelo, recogido en una larga “cola de caballo”. Carmín en los labios y una discreta sombra de ojos.

Aproximándose la hora de la cita, tomó el metro hasta la estación de Banco de España (Cibeles) y bajó andando por el Paseo del Prado hasta llegar a la calle y al número que le habían sido indicados.

Se encontró ante un edificio de principios del siglo XX, señorial, con un gran portal flanqueado por dos grandes puertas de hierro forjado y una mullida alfombra roja cubriendo toda la entrada. Caminando por ella, accedió al ascensor de madera labrada y cristales. Abrió la puerta,--también de hierro forjado--, y subió hasta el segundo piso. Llamó al timbre y esperó. Tras unos pocos segundos, la puerta se abrió:

una mujer de unos cuarenta años, embutida en un ajustado vestido negro, delantal blanco y cofia del mismo color, le hizo pasar y, tras enterarse de quién era le pidió que la siguiera por el ancho corredor alfombrado y flanqueado por numerosas estatuillas de bronce y varias cornucopias.

Lucía la observaba mientras caminaba tras ella: se trataba de una mujer alta, de pelo negro y espléndidas caderas que movía acompasadamente al andar sobre sus zapatos de altos tacones.

Después de algunos pasos, la mujer llamó discretamente a una puerta y, al recibir el permiso, la abrió y anunció la visita de Lucía. Con un ademán la invitó a pasar.

Cuando hubo entrado, Lucía se encontró en una gran habitación en la que había varias mesas de caoba, armarios de la misma madera, alfombras rojas y, al fondo, una mesa de despacho ante un ventanal con cortinas de terciopelo y, tras la cual, se encontraba un hombre de unos 50 años, delgado, pelo entrecano y patillas plateadas. Se levantó para recibir a la joven. Su estatura era más que mediana: vestía un traje negro que hacía juego con su rostro severo. Indicó a Lucía un sillón frente a sí y, tras sentarse ella, también él tomó asiento.

Después de escuchar las pretensiones de la muchacha, con voz profunda, bien modulada dijo:

--“Señorita: antes de aceptarla como alumna, he de decirle mis condiciones.”

Impresionada por el escenario y la presencia del hombre, Lucía asintió con la cabeza.

--“Bien: la vestimenta de mis alumnos es muy importante para mí. La puntualidad, la estricta obediencia y el esfuerzo también lo son.

Lo primero: no podrá venir vestida con pantalón. Siempre con falda. No deberá maquillarse de ningún modo y el pelo irá recogido. ¿Me va entendiendo?—“

Lucía afirmó con la cabeza.

--“Sigo: las faltas de puntualidad, los errores, la indisciplina, o el incumplimiento de las reglas sobre la vestimentas, serán sancionadas debidamente—“

Lucía se movía inquieta ¿Qué querría decir el hombre con lo de sancionar sus posibles faltas? No obstante, asintió levemente. Lo que sabía del profesor por las referencias recibidas sobre él, era que el número de aprobados de sus alumnos en las convocatorias ascendía a un 90%. No podía permitirse poner objeciones y sí aceptar las condiciones impuestas.

--“Esas son mis reglas además del pago de las clases.

Si no está de acuerdo éste es el momento de decirlo. Una vez que haya aceptado deberá cumplirlas o nuestra relación quedará cancelada en caso de no hacerlo a mi entera satisfacción. ¿Sí, acepta? En ese caso, todos los lunes, miércoles y viernes a las 17,30 la quiero ver aquí con los ejercicios que yo le daré.Mañana es viernes, así es que hasta mañana.”--

Se levantó y acompañó a Lucía hasta la puerta, donde le tendió la mano y la despidió.

En el pasillo, misteriosamente, apareció la mujer como si supiera de antemano que ella iba a salir. La llevó hasta la puerta de salida y allí a la despidió con una ligera inclinación de cabeza.

Caminando por el Paseo hacia la entrada del metro, Lucía iba poniendo en orden sus pensamientos. No sabía bien a que se referiría el profesor con lo de los castigos. ¿Acaso le impondría deberes extraordinarios como en el colegio? Era tal su necesidad de aprobar aquella oposición que aceptaría casi cualquier cosa o esfuerzo que se le impusiera.

Pasaron dos semanas. Las cosas se desenvolvían bastante bien: a veces, recibía una regañina y gestos de desaprobación por parte de él. Hasta el momento no había recibido ningún castigo: supuso que las amenazas iban encaminadas a que ella hiciera el máximo esfuerzo.

Un lunes, llegó con los ejercicios sin terminar. La noche del sábado se fue de marcha con su hermana y sus amigas: se acostó ya entrada la mañana del domingo y durmió casi hasta lo noche. En consecuencia, no había tenido tiempo de hacerlos.

Cuando llegó el momento de entregarlos y no poder hacerlo, el profesor, airado, le dijo:

--“¿Cómo se atreve a venir sin los ejercicios hechos?”—

--“No me ha dado tiempo de hacerlos”—contestó Lucía.

“—Desde el viernes que salió de aquí hasta hoy han pasado casi 72 horas y no ha tenido tiempo ¿Eh? Esta es una falta que no puedo pasar por alto. Con otras he sido demasiado benévolo, pero con ésta no. Apoye el pecho y las manos sobre esa mesa libre de papeles y manténgase inclinada hasta que yo le diga.”—

Sin salir de su asombro, Lucía vaciló un momento antes de cumplir la orden pero, ante la dura mirada del hombre que lanzaba fuego por los ojos, obedeció con una extraña sensación en el cuerpo y la mente.

Dio un respingo cuando sintió en su culo el golpe de un objeto contundente. Sin poder evitarlo, se levantó bruscamente y vio al hombre con una regla en las manos de unos 50cm. de larga y 5 de ancha.

Con una fuerza insospechada, él la obligó a agacharse de nuevo y, ante las protestas de la joven, impasible, sin una palabra, siguió azotándola.

--“ Ya le dije mis condiciones el primer día. Ahora debe cumplir su compromiso. Estará toda la hora de la clase en esa posición y, cada 15 m. recibirá 10 golpes con la regla hasta la hora de irse. Si no lo acepta, puede irse ahora mismo: pero no vuelva.”—

Lucía no se movió. Recibió los reglazos que aún faltaban y se mantuvo quieta. Entretanto su cerebro

No paraba de dar vueltas a la situación; por un lado, por primera vez se habian hecho realidad sus fantasías: por otro le parecía que la situación era bastante extraña y que, si la aceptaba pasivamente podría parecer raro y su dignidad quedaría mermada. Trató de levantarse pero la voz del hombre le hizo cambiar de opinión con una orden tajante.

--“ Quieta o se marcha”—

No se movió. Extrañas sensaciones recorrían su cuerpo

Al rato, efectivamente, la regla volvió a hacer impacto en su dolorido culo que ardió con otros 10 golpes.

Siguió sin moverse y sintiendo sus carnes al rojo.

Antes de terminar la hora, como él había dicho, recibió los 20 restantes.

En un estado de gran excitación, después de recibir las consiguientes reprimendas y advertencias para el futuro por parte del profesor, Lucía salió de la casa.

Ya en el vagón del metro se dio cuenta de que una cierta humedad mojaba sus muslos. Volvió a pensar que alguien, seguramente sin saberlo, había hecho realidad sus fantasías. Confió en que aquello se repitiera con frecuencia.

Llegada a la casa, se encerró en su habitación y, frenéticamente, llevándose las manos a la entrepierna, bajándose el panty, se masturbó recordando la azotaina recibida.

El miércoles, en lugar de los pantys se puso un exiguo tanga, medias ajustadas a los muslos y una falda muy corta. Llegó con los ejercicios hechos aunque con 5 m. de retraso.

Él la recibió con una mirada fría y le advirtió de su impuntualidad.

--“ Al final de la clase le haré pagar retraso”--

Lucía se estremeció de la cabeza a los pies, un hormigueo recorría su vientre y el culo le ardía anticipadamente, expectante.

Transcurrieron 45 m., tras los cuales, él ordenó a la joven que se inclinara sobre la mesa. Con una ligera vacilación, ella obedeció y, al jacerlo, tuvo la seguridad de que algo más que sus piernas se mostraba.

Si mediar palabra, él se afanó en golpear con la regla las carnes femeninas sin, al parecer, percatarse del espectáculo que ofrecía la joven en semejante postura y por el corto tamaño de la falda.

En ésta ocasión no fueron 10 los golpes propinados sino 30, tras los cuales la recriminó por su falta y, despues de ello, comenzó a azotarla de nuevo hasta un total de 40.

--“Siento tener que adoptar éstas medidas, pero es necesario que aprenda a tener disciplina y a obedecerme. Le recuerdo que se lo dije al principio. Usted me obliga a ello.”--

Entretanto, con suavidad, subió su falda y, también suavemente acarició el enrojecido culo de la muchacha. Ella se estremeció: la caricia calmaba el escozor.

Al poco, se retiró de ella y, acercándose a la mesa, pulsó un timbre. Inmediatamente se presentó la mujer.

--“Traiga una palangana con agua y hielo y una toalla pequeña”—

Sin decir palabra, la mujer salió y volvió enseguida conlo pedido.

Lucía seguía en la misma posición reclinada sobre la mesa y las nalgas casi al aire.

--“Humedezca la toalla y aplíquela sobre ella”

Así lo hizo . En tanto, Lucía, agradecida por el tratamiento, pero confusa no sabía que pensar de la situación.

La mujer sabía de éstas escenas y no parecía sorprenderla. El culo de la chica disfrutaba del frío.

Al poco, sonó la voz del hombre: --“Ya basta. Pueden irse las dos”—

La mujer salió y Lucía, con la cara arrebolada, se arregló la falda tapando su desnudez y, recogiendo sus cosas se despidió con la mirada baja.

Salió a la calle. Llovía. A ella no parecía importarle. Andaba deprisa y el agua escurría por su cara como si fueran lágrimas, pero en su interior, otra tormenta se cernía. Su vientre hervía de deseos incontenibles encendido de pasión .

En el metro, ausente de todo lo que la rodeaba, apretando su carpeta contra el pecho, no se había dado cuenta de que alguien le estaba acariciando el culo. Al fin, la luz se hizo en su cerebro. Un joven que estaba a su lado con aire inocente que miraba al infinito la estaba sobando las nalgas por encima de la falda. Dudando si montar un escándalo o aceptarlo, optó por lo último. Aquello hizo que aumentara más si cabía su excitación. Haciendo que no se daba cuenta, ella, a su vez, se oprimió el pubis con la mano que le quedaba libre. Llegó a su estación dejando al muchacho en un estado de más que probable exaltación erótica no menor que en el que ella se encontraba.

Llegado que hubo a su casa no pudo por menos que descargar su carga sexual con la mano, la almohada, y el mango de un cepillo

Pasaron los días y Lucía siempre encontraba alguna forma de recibir una azotaina. Su profesor la regañaba constantemente y la azotaba con gran dedicación.

Al castigo seguían caricias y más agua y más hielo . Ocasionalmente, algo abultaba el pantalón del hombre. Nunca se pasó a mayores.

Lucía salía casi todos los días de la clase en un estado de permanente exaltación erótica , con un fuego interior que apagaba como podía en la intimidad de su dormitorio.

EPÍLOGO.

Cuando se presentó al examen, iba tan bien preparada que lo aprobó sin la menor dificultad.
Volvió a sus clases con el profesor para preparar otra oposición, que aprobó con nota. Despues vendrían otras cada vez más importantes y, por tanto, más difíciles.

En Madrid, a 1 de Mayo de 2.005

JANO.