Institución para señoritas.
Por JanoInstitución para señoritas.
Dorsey, Inglaterra
Finales del sigloXIX
Exterior. Día
En la puerta de entrada, Mr. Erick, director del centro, escucha a lo lejos el galope de los caballos batiendo sus cascos sobre el camino de tierra. Acercándose, se divisa ya la carroza que se acerca velozmente. Cuado ésta llega frente al edificio, de ella desciende un hombre alto de pelo cano vestido totalmente de negro, desde la alta chistera hasta los relucientes botines. Le sigue una joven damita cuyos dorados bucles caen en cascada sobre sus hombros, solo cubiertos por un pequeño sombrero grís.
El hombre estrecha la mano de Mr. Erick a la vez que le presenta a su nieta de nombre Sara. Le explica que la joven ha perdido a sus padres y él, por varias razones, no puede hacerse cargo de ella por el momento. Así pues,se ve en la obligación de dejarla en sus manos para seguir su educación, en la confianza de que sabrán hacerlo de la forma más adecuada.
Ultimados los detalles con el director del centro, el hombre, tras una palmadita en la espalda de la joven, se
despide y sube a la carroza que se eleja con rapidéz.
Mr. Erick, sonriendo amigablemente a Sara, le indica el camino hacia el interior del imponente edificio. La lleva al enorme comedor, donde se encuentran ya sentadas a la mesa para comer, un numeroso grupo de muchachas de entre 14 y 18 años que miran expectantes la entrada de Sara y el director. Este, con voz de bajo profundo, la presenta como una nueva condiscípula, y le ofrece uno de los asientos vacíos, no sin advertile que, después de la comida, deberá pasarse por su despacho para ser informada de las normas que rigen en la institución.
Con la mirada baja y sabiéndose observada por todas, Sara se sienta en el borde de la silla, muy derecha y en silencio. En su cabeza se atropellan los pensamientos.
Aún no ha asimilado la muerte de sus padres en un accidente de tren. La llegada a este centro la llena de zozobra, aunque la gentil acogida del director le hace abrigar esperanzas de una estancia agradable.
Como le ha sido indicado, al terminar la comida, pregunta cómo llegar al despacho de dirección en donde, una vez llegada, es informada con gesto amable pero escuetamente de las normas. Estas son muy simples:corrección en todo momento, aplicación en los estudios,puntualidad exacta para todo y respeto a tutores y condiscípulas. Asimismo, en su habitación, compartida con otra alumna, orden absoluto y limpieza.
El director, seguido de Sara y una criada que lleva la maleta de ésta, se dirijen a la habitación que le ha sido asignada y que utilizará quién sabe cuanto tiempo para bién o para mal con una compañera a quién todavía no conoce. Allí se queda guardando sus pertenencias en un armario, al fín , sola. Los pensamientos de Sara siguen alborotando su cerebro sin darle tregua. ¿Cual será su futuro? ¿Cómo trascurrirá su vida de aquí en adelante.
Estas y otras muchas preguntas la llenan de incertidumbre.
Pasan los días y, pese a algunos tropiezos, vá acostumbrándose al lugar. Su compañera de habitación,
una morenita vivaracha de aspecto saludable, es muy buena compañera y dulce. El resto de las alumnas parecen haberla acogido con agrado.
La vida de Sara trascurre plácidamente sin los terrores que la acometían a su llegada.
Sólo una sombra: su impuntualidad y un cierto desorden de los que había sido reprendida en varias ocasiones amablemente pero con seriedad.
De vez en cuando, alguna alumna era llamada al despacho del director, desde donde trascendían ruidos como de golpes mientras ella permanecía allí. Preguntó a su compañera de habitación, llamada Mary, quién se mostraba remisa en contestar, qué eran aquellos ruidos, sin recibir ninguna respuesta satisfactoria.
Intrigada, en cierta ocasión en que aquellos ruidos se estaban produciendo, sigilosamente se acercó a la puerta del despacho y, mirando por el ojo de la cerradura,-bastante grande por cierto-, se sorprendió ante la escena que se estaba produciendo en su interior. El director, con una gran regla en la mano y en presencia de una de las profesoras, estaba golpeando a una joven con las faldas levantadas y doblado el cuerpo que se apoyaba en el brazo de un sillón de cuero marrón. Ella pataleaba en tanto era azotada y gemía blandamente. Los azotes se sucedían siempre al mismo ritmo cayendo sobre sus nalgas solo defendidas por sus bragas blancas interpuesta entre sus carnes y la inmisericorde regla. Absorta como estaba presenciando la escena, Sara no se había percatado de que alguien se estaba acercando. Se trataba de la profesora de lengua, quien, dándole un golpecito en la espalda, le hizo notar su presencia.
Sorprendida y asustada, Sara se puso en pié. Ante su sorpresa, sin una palabra, la profesora, tras llamar a la puerta, entró arrastrándola de un brazo hacia el interior del despacho. Allí contó al director lo sucedido. La sonrisa amable de Mr. Erick que ella tan bien recordaba, había dado paso a un gesto adusto y una miradas reprobadoras hacia la que parecía haber empequeñecido por la situación en que se encontraba.
Sin una palabra y haciendo a un lado a la otra chica, en presencia de todos, sujetándola fuertemente, la hizo inclinarse sobre el sillón y, pese a sus protestas, le pidió a la profesora que pusiera a la vista, totalmente sin ropa de cintura para abajo, el cuerpo de Sara. Ella lo hizo entre protestas de la joven. A la vez que la ponían en esa posición, la tutora la sujetaba con gran fuerza para que no se moviera, y el director le recordaba las muchas veces que había sido amonestada por sus faltas sin mayores consecuencias. Se le habían permitido muchas cosa sin llegar a castigarla. Ahora, había colmado la paciencia de todos y recibiría el castigo merecido.
La regla, certera y hábilmente manejada por Mr. Erick, comenzó a caer inmisericorde sobre el culo de Sara
haciéndola botar y gritar dolorida. La regla no cesaba de golpear las redondas nalgas cubriéndolas paulatinamente de un subido color rojo. Cada diez palmetazos, había unos segundos de descanso. El dolor, la vergüenza de estar en aquella situación ante tantos espectadores que no dejaban de mirar, hacían que las lágrimas corrieran por las mejillas de Sara como un río incontenible.
Los reglazos continuaban al mismo ritmo: diez, descanso, otros diez, descanso y así sin parar. Sara había perdido la cuenta en cincuenta y tantos y de eso hacía mucho tiempo. En cada descanso, era acusada de fisgona, descuidada, impuntual. Y aquello se había acabado. De ahora en adelante sería vigilada constantemente y, a la más mínima falta, sería castigada con la regla y otros utensilios aún más eficaces según fuera esa falta. Cuando aquello acabó después de una eternidad, Sara fue despedida con la orden de recluirse en su habitación hasta nuevo aviso. Ya en su cuarto, sola, acariciándose las nalgas, comprobó que además del dolor, el castigo le estaba produciendo en aquellos momentos un extraña sensación que no sabía como definir, pero que sí sentía en lo profundo de su ser.
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