"Isa y el Padre"
Isa vivía encerrada en su mundo interior. Soñaba despierta con príncipes valientes, doncellas encerradas y olvidadas de su padre, con caballeros de relucientes armaduras que luchaban contra fieros dragones y enemigos malvados que maltrataban a las desvalidas princesitas de largas cabelleras rubias.
Cuando hacía algo mal, Isa temía que en un momento u otro su padre la regañara y le impusiera algún castigo.
Jamás ocurrió. Todo el peso de la casa y las resposabilidades las descargaba él sobre los hombros
de la madre. En cierta manera era un padre ausente.
Isa, inconscientemente, suponía que no era lo bastante
importante para su padre ni siquiera para ser castigada.
Pasaron los años y siguió encerrada en su mundo fantástico añorando no sabía qué: algo intangible, obscuro, sin nombre.
Leía y leía con pasión todo lo que caía en sus manos
y estudiaba con ahínco. Toda su historia pasada hacía
que se sintiera insegura e insignificante.
En clase de ......., conoció al tutor de su asignatura.
Era éste un hombre mayor que se ocupó de ella desde
el primer momento. La corregía constantemente hasta en lo más mínimo, amable pero exijente.
Con el tiempo, Isa se enamoró perdidamente de él. Soñaba con verle, estar a su lado, oír su voz aunque
fuera para ser regañada. Le miraba arrobada, sin quitarle los ojos de encima. Lo que más le llamadba la atención
de él eran sus manos. Por alguna razón desconocida, se sentía hipnotizada por ellas.
Un día, en su despacho, al ír a despedirse, se encontró
muy cerca de él, tan cerca que casi se tocaban. Le miró
a los ojos mientras insinuaba un beso en sus labios entreabiertos. En un momento eterno, pareció que él quisiera besarla. No lo hizo y la despidió hasta el siguiente día.
Confusa, la muchacha se fué a su casa soñando.
La sorpresa fué tremenda cuando, unos días después, recibió una llamada telefónica de él invitándola a merendar esa tarde. Aceptó. Se acicaló como mejor supo
y acudió a la cita con la sangre galopando por sus venas.
Hablaba él y ella escuchaba embobada. Pasaron una hora juntos que pasó como en un suspiro. Al despedirse, él se
inclinó hacia ella y la besó en los labios. Atónita y felíz,
Isa tomó el autobús hacia su casa, confusa, soñando.
Los tres días que transcurrieron hasta que de nuevo se
encontró en su despacho, no tuvo más pensamientos que
para aquel beso. Sorprendida, se encontró entre los brazos de quien la estaba besando apasionadamente, sin
pronunciar una sola palabra. Correspondió con todo el amor acumulado sin considerar la diferencia de edad
ni el estatus de cada uno.
A partír de aquel momento, se vieron con frecuencia, primero en lugares públicos y más tarde en su casa.
Allí, siguieron consejos y regañinas como una continuación de las tutorías.
Pasaba el tiempo y él no parecía satisfecho con los progresos de Isa. A medida que pasaban los días, sus
críticas y regaños eran más frecuentes. Le notaba cada
vez más enfadado.
En vista de que Isa no respondía a las espectativas de él,
harto de contemporizar, muy enfadado, la atrajo con fuerza hacia sí, y sin advertirla, comenzó a azotarla sobre
sus rodillas con aquellas manos que ella tanto adoraba.
No solo no se resistió, sino que pudo notar cómo se excitaba ante aquellos azotes. Sintiéndose felíz de que alguien se ocupara de ella, aquellos azotes le sabían a gloria. No le dolían. O le dolían de una forma extraña.
Entretanto, él seguía azotándola y amonestándola.
Creyendo que los azotes no surtían efecto, se quitó el cinturón y restallándolo en el aire, lo estrelló sobre el
culo de Isa, quién recibió el castigo estóica y apasionadamente.
A partir de aquél momento, las tardes en su despacho o en su casa, se convirtieron en una mezcla de azotainas,
besos, abrazos, caricias y amor mútuo.
El autor no sabe cuanto durò este idilio ni como acabó la historia, eso sí, deseando que fuera larga y fructífera.
F I N
Jano.
Cuando hacía algo mal, Isa temía que en un momento u otro su padre la regañara y le impusiera algún castigo.
Jamás ocurrió. Todo el peso de la casa y las resposabilidades las descargaba él sobre los hombros
de la madre. En cierta manera era un padre ausente.
Isa, inconscientemente, suponía que no era lo bastante
importante para su padre ni siquiera para ser castigada.
Pasaron los años y siguió encerrada en su mundo fantástico añorando no sabía qué: algo intangible, obscuro, sin nombre.
Leía y leía con pasión todo lo que caía en sus manos
y estudiaba con ahínco. Toda su historia pasada hacía
que se sintiera insegura e insignificante.
En clase de ......., conoció al tutor de su asignatura.
Era éste un hombre mayor que se ocupó de ella desde
el primer momento. La corregía constantemente hasta en lo más mínimo, amable pero exijente.
Con el tiempo, Isa se enamoró perdidamente de él. Soñaba con verle, estar a su lado, oír su voz aunque
fuera para ser regañada. Le miraba arrobada, sin quitarle los ojos de encima. Lo que más le llamadba la atención
de él eran sus manos. Por alguna razón desconocida, se sentía hipnotizada por ellas.
Un día, en su despacho, al ír a despedirse, se encontró
muy cerca de él, tan cerca que casi se tocaban. Le miró
a los ojos mientras insinuaba un beso en sus labios entreabiertos. En un momento eterno, pareció que él quisiera besarla. No lo hizo y la despidió hasta el siguiente día.
Confusa, la muchacha se fué a su casa soñando.
La sorpresa fué tremenda cuando, unos días después, recibió una llamada telefónica de él invitándola a merendar esa tarde. Aceptó. Se acicaló como mejor supo
y acudió a la cita con la sangre galopando por sus venas.
Hablaba él y ella escuchaba embobada. Pasaron una hora juntos que pasó como en un suspiro. Al despedirse, él se
inclinó hacia ella y la besó en los labios. Atónita y felíz,
Isa tomó el autobús hacia su casa, confusa, soñando.
Los tres días que transcurrieron hasta que de nuevo se
encontró en su despacho, no tuvo más pensamientos que
para aquel beso. Sorprendida, se encontró entre los brazos de quien la estaba besando apasionadamente, sin
pronunciar una sola palabra. Correspondió con todo el amor acumulado sin considerar la diferencia de edad
ni el estatus de cada uno.
A partír de aquel momento, se vieron con frecuencia, primero en lugares públicos y más tarde en su casa.
Allí, siguieron consejos y regañinas como una continuación de las tutorías.
Pasaba el tiempo y él no parecía satisfecho con los progresos de Isa. A medida que pasaban los días, sus
críticas y regaños eran más frecuentes. Le notaba cada
vez más enfadado.
En vista de que Isa no respondía a las espectativas de él,
harto de contemporizar, muy enfadado, la atrajo con fuerza hacia sí, y sin advertirla, comenzó a azotarla sobre
sus rodillas con aquellas manos que ella tanto adoraba.
No solo no se resistió, sino que pudo notar cómo se excitaba ante aquellos azotes. Sintiéndose felíz de que alguien se ocupara de ella, aquellos azotes le sabían a gloria. No le dolían. O le dolían de una forma extraña.
Entretanto, él seguía azotándola y amonestándola.
Creyendo que los azotes no surtían efecto, se quitó el cinturón y restallándolo en el aire, lo estrelló sobre el
culo de Isa, quién recibió el castigo estóica y apasionadamente.
A partir de aquél momento, las tardes en su despacho o en su casa, se convirtieron en una mezcla de azotainas,
besos, abrazos, caricias y amor mútuo.
El autor no sabe cuanto durò este idilio ni como acabó la historia, eso sí, deseando que fuera larga y fructífera.
F I N
Jano.
Comentario:
Esta del Nabo la historia es decir horrenda





