"La obediencia y los azotes"
La había citado en un bar a las diez en punto de la mañana con instrucciones.
--Irás en el autobús. Sin sujetador ni bragas. Medias blancas hasta medio muslo, con elástico. Blusa blanca de cuello redondo abrochada hasta el cuello y muy fina. Falda escocesa tableada: azul y negra. Corta. Zapato negro plano. Si el autobús va muy lleno te rozarás con el que esté más cerca pensando en mí. Eso te costará un castigo suplementario, pero debes hacerlo y no mentirme cuando te pregunte. Permitirás que te acaricie sin protestar: eso te costará otro castigo complementarioa los que ya tengo pensado infligirte. Si no estás mojada cuando te toque yo para comprobarlo, supondrá un aumento de azotes. Todo el tiempo, desde que salgas de tu casa hasta que nos veamos, irás pensando en mí, en mis manos y lo que con ellas le haré a tus nalgas.
A las diez y cuarto, aparecí en el bar donde ella y estaba sentada en una silla frente a una mesa, con las piernas bien juntas y una expresión que denotaba el estado de excitación en que se encontraba: los ojos brillantes; la boca entreabierta y los labios secos.
Al verme, una tímida sonrisa se dibujó en su cara. No me preguntó por qué llegaba tarde.
Pedí dos cafés (ella no había pedido nada), no sin antes darle un largo beso en los labios que me correspondían.
Le pregunté si había obedecido mis instrucciones. Si en el autobús alguien le había tocado, a lo que contestó afirmativamente con un gesto de la cabeza. Entonces, sin preocuparme de si alguien podía vernos, introduje la mano entre sus piernas obligándola a separarlas. Allí, en el vértice, mis dedos quedaron mojados de sus humores.
Con un gesto, le indiqué que nos íbamos. En las escaleras de mi casa, le hice subir delante de mí levantándole la falda para acariciarle el culo y comprobar su estado de excitación.
Una vez en el interior de mi piso, me senté en un sillón y le ordené que se quedara en pié frente a mí. Le pregunté por las sensaciones que había tenido desde que salió de casa y lo ocurrido en el autobús. Se había acercado a un joven quién, al notarla tan cerca, como el que no quiere la cosa, comenzó a tocarla. Así ocurrió todo el trayecto hasta que llegara a la parada. Cuando descendió, echó una breve mirada al joven quien, para entonces mostraba la cara enrojecida. Todo ello,-me confesó- , pensando en mí.
A pesar de habérselo pedido yo, me indigné y se lo dije. Ella debía haberse resistido. Me dio un ataque de celos y, sin más , tirando de sus brazos, la apoyé sobre mis rodillas y, subiéndole la falda, la azoté enérgicamente ese culo que tanto me gustaba. A medida que descargaba la mano, su piel iba adquiriendo un tono rosado. A la vez, la excitación se iba apoderando de mí. Más y más azotes y color de sus nalgas iba cambiando del rosa pálido al rojo intenso. La mano me ardía pero seguía golpeando sin piedad. Cuando quise darme cuenta, llevaba más de media hora zurrándola entre gemidos y pataleos.
Hice que se pusiera en pié y ví como asomaban unas lágrimas de sus ojos.
No obstante mi enfado, no pude por menos que besarla y acariciarla, no sin decirle que aún no había acabado su castigo. La mano con la que acaricié entre las piernas,volvió a mojarse. Mucho.
Con un hilo de voz me preguntó que por que la pegaba si había cumplido órdenes mías. Le contesté que, a pesar deello, su deber era negarse , aunque tal actitud conllevara un castigo.
Entretanto, habíamos llegado al dormitorio. Primero le quité la falda y después la blusa, quedando totalmente desnuda excepto las medias y los zapatos que se quitó inmediatamente. La tumbé sobre la cama sobre un almohadón colocado bajo su vientre. Me quité el cinturón y pasé otra media hora larga azotándola ceremoniosamente. El culo ya no tenía capacidad de ponerse más rojo. Había llegado a su máximo posible.
Como de costumbre, el final de la sesión fué.....todo lo buena que podía esperarse de nosotros.
FIN
--Irás en el autobús. Sin sujetador ni bragas. Medias blancas hasta medio muslo, con elástico. Blusa blanca de cuello redondo abrochada hasta el cuello y muy fina. Falda escocesa tableada: azul y negra. Corta. Zapato negro plano. Si el autobús va muy lleno te rozarás con el que esté más cerca pensando en mí. Eso te costará un castigo suplementario, pero debes hacerlo y no mentirme cuando te pregunte. Permitirás que te acaricie sin protestar: eso te costará otro castigo complementarioa los que ya tengo pensado infligirte. Si no estás mojada cuando te toque yo para comprobarlo, supondrá un aumento de azotes. Todo el tiempo, desde que salgas de tu casa hasta que nos veamos, irás pensando en mí, en mis manos y lo que con ellas le haré a tus nalgas.
A las diez y cuarto, aparecí en el bar donde ella y estaba sentada en una silla frente a una mesa, con las piernas bien juntas y una expresión que denotaba el estado de excitación en que se encontraba: los ojos brillantes; la boca entreabierta y los labios secos.
Al verme, una tímida sonrisa se dibujó en su cara. No me preguntó por qué llegaba tarde.
Pedí dos cafés (ella no había pedido nada), no sin antes darle un largo beso en los labios que me correspondían.
Le pregunté si había obedecido mis instrucciones. Si en el autobús alguien le había tocado, a lo que contestó afirmativamente con un gesto de la cabeza. Entonces, sin preocuparme de si alguien podía vernos, introduje la mano entre sus piernas obligándola a separarlas. Allí, en el vértice, mis dedos quedaron mojados de sus humores.
Con un gesto, le indiqué que nos íbamos. En las escaleras de mi casa, le hice subir delante de mí levantándole la falda para acariciarle el culo y comprobar su estado de excitación.
Una vez en el interior de mi piso, me senté en un sillón y le ordené que se quedara en pié frente a mí. Le pregunté por las sensaciones que había tenido desde que salió de casa y lo ocurrido en el autobús. Se había acercado a un joven quién, al notarla tan cerca, como el que no quiere la cosa, comenzó a tocarla. Así ocurrió todo el trayecto hasta que llegara a la parada. Cuando descendió, echó una breve mirada al joven quien, para entonces mostraba la cara enrojecida. Todo ello,-me confesó- , pensando en mí.
A pesar de habérselo pedido yo, me indigné y se lo dije. Ella debía haberse resistido. Me dio un ataque de celos y, sin más , tirando de sus brazos, la apoyé sobre mis rodillas y, subiéndole la falda, la azoté enérgicamente ese culo que tanto me gustaba. A medida que descargaba la mano, su piel iba adquiriendo un tono rosado. A la vez, la excitación se iba apoderando de mí. Más y más azotes y color de sus nalgas iba cambiando del rosa pálido al rojo intenso. La mano me ardía pero seguía golpeando sin piedad. Cuando quise darme cuenta, llevaba más de media hora zurrándola entre gemidos y pataleos.
Hice que se pusiera en pié y ví como asomaban unas lágrimas de sus ojos.
No obstante mi enfado, no pude por menos que besarla y acariciarla, no sin decirle que aún no había acabado su castigo. La mano con la que acaricié entre las piernas,volvió a mojarse. Mucho.
Con un hilo de voz me preguntó que por que la pegaba si había cumplido órdenes mías. Le contesté que, a pesar deello, su deber era negarse , aunque tal actitud conllevara un castigo.
Entretanto, habíamos llegado al dormitorio. Primero le quité la falda y después la blusa, quedando totalmente desnuda excepto las medias y los zapatos que se quitó inmediatamente. La tumbé sobre la cama sobre un almohadón colocado bajo su vientre. Me quité el cinturón y pasé otra media hora larga azotándola ceremoniosamente. El culo ya no tenía capacidad de ponerse más rojo. Había llegado a su máximo posible.
Como de costumbre, el final de la sesión fué.....todo lo buena que podía esperarse de nosotros.
FIN
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