" A Rosy ya las rojeces le crecían"
Por Jano" A Rosy ya las rojeces le crecían" (Parafraseando a Garcilaso de la Vega en un soneto)
Al salir de su casa, ya él la estaba esperando en su auto. Cuando entró en él, vió que su cara no presagiaba nada bueno. se había retrasado 10 minutos y eso no le gustaba nada.
Un sudor frío corrió por su espalda pensando en las consecuencias de su retraso. No sería perdonada y sí castigada. Rosy sabía, conocía la manera en que la reprendería y, más allá de toda duda, la forma en que debería pagar su falta.
Sin una palabra, él arrancó el motor y condujo el auto hasta un lugar transitado por poca gente. De vez en cuando, junto a ellos pasaba alguna persona paseando: apenas se fijaban en ellos.
Con voz calmada pero imperiosa, él le dio a Rosy una seca orden:" levántate la falda y quítate todo: bragas, pantys, ....todo". Mientras ella obedecía en silencio, él, con un chasquido, extrajo su cinturón del pantalón. Aquél sonido estremeció a Rosy: sabía lo que se le venía encima. "Ponte de rodillas en el asiento y la falda sujeta a la cintura"
La cara de la muchacha se cubrió de rubor: pese a los cristales tintados, el interior del vehículo era visible desde el exterior y, cualquiera que pasara podría verla en esa postura. No le dio tiempo a más consideraciones; "Por cada minuto que has tenido de retraso, recibirás 10 azotes. Serán 100 en total y deberás contarlos uno por uno en voz alta" No bien dicho esto, el cinturón comenzó a estrellarse sobre sus nalgas; al principio, sin gran violencia pero, a medida que se sucedían, la fuerza de los golpes aumentaba. Su culo debería estar adquiriendo un subido tono rojizo y el escozor era cada vez mayor.
Rosy gemía y contaba en voz alta. "uno,...dos,...tres,.......Mientras, veía como un paseante miraba asombrado la escena. Curiosamente, aparte de le vergüenza que sentía, notaba que, añadido al extraño placer que sentía por los azotes, la aparición de aquel observador, el encontrarse casi denuda frente al viandante, le hacía sentirse muy excitada: notaba cómo su entrepierna se iba humedeciendo y sus gemidos, más que de dolor, eran como el ronroneo de un gato agradecido por las caricias de su amo.
Terminado el castigo, él arrancó de allí dejando al hombre que miraba con cara de asombro y quién sabe qué sentimientos contradictorios.
Ya en casa, como un gesto de perdón, él la hizo tumbar en la cama desnuda y, dulcemente, acarició despacio aquellos globos enrojecidos y calientes por la azotaina.
Después, después ya no sé que pasó ¿O sí?
JANO.





