SORPRESA TE DA LA VIDA.
Por Jano:
Hacía días que se sentaba frente a mí en la mesa de estudio de la biblioteca. Aparecía diariamente con su rápido andar, moviendo airosamente su corta falda tableada llevando abrazados contra su pecho varios libros y carpetas. Nuestras miradas se cruzaban por un breve instante.
Mi atención se apartaba de los apuntes de clase para estar pendiente de sus más ligeros movimientos. Una idéa me obsesionaba: quería verle las piernas pero no me atrevía a dar el paso. El paso era, hacer que se me caía algo al suelo para tratar de ahondar con la mirada en el interior de sus muslos. La sola idéa erizaba el vello de mi nuca.
Contra toda ética, avergonzado y dubitativo, pero ansioso, dejé caer el lápiz y me asomé al espectaculo maravilloso de sus piernas. Ante mi sorpresa, ella separó las rodillas permitiendome acechar hasta el fondo, quedando extasiado ante la visión de sus muslos.
Al sentarme de nuevo, la miré; nada en su expresión, atenta a su trabajo, denotaba que se hubiera dado cuenta de mi acción.
Si antes me sentía atraido hacia ella, ahora estaba obsesionado.
Durante algunos dís no me atreví a repetir la hazaña. Solo la admiraba absorta en su trabajo. Solo de tarde en tarde, nuestras miradas se cruzaban: las mías, ansiosas; las suyas, indescifrables.
En cierta ocasión en que abandonaba su puesto, la seguí.Casi me tropecé con ella en el vestíbulo donde estaba encendiendo un cigarrillo. Haciéndome el indiferente, pero sin dejar de mirarla de reojo, también yo prendí fuego al mío.
Avancé un tímido inicio de conversación que fué respondido, aunque con una media sonrisa burlona. Haciendo acopio de valor, la invité a tomar un café en el bar de al lado y que me sorprendió aceptando.Después decharlar un rato y de enterarnos de nuestros nombres y ocupaciones, volvimos a nuestros puestos de estudio.
Sin pararme ante ninguna consideración, dejé caer una pequeña regla al suelo y, al asomarme al obscuro objeto de mi deseo, asombrado, ví como de nuevo separaba sus piernas permitiéndome ver su exigua braguita que enseñaba más que ocultaba. No quería levantarme ,hipnotizado por aquella excitante visión.Cuando al fín conseguí apartar mis ojos de aquel punto y levantarme, lo hice en un estado de exaltación dificil de explicar.
Cuando se levantó para irse, la seguí precipitadamente, Ya en la calle, me lancé al vacío invitándola a visitar mi estudio de pintor y mis cuadros. Aceptó. Me quedé clavado al suelo por la sorpresa. No me lo podía creer.Me advirtió de que no podría quedarse más de una hora o poco más.
Una vez en el estudio, nervioso, le ofrecí una copa mientras veía mis pinturas.
En un momento de la conversación, me preguntó si yo había visto "Historia de O" y leido Justine, de Sade. Ante mi contestación afirmativa, me preguntó por mi opinión respecto a ellas. Confesé que me gustaron y me excitaron: que mi fantasía, nunca puesta en práctica, era azotar a una mujer. Tras una breve vacilación, mirando al suelo, me contestó que su fantasía, tampoco realizada nunca, era lo contrario; que alguien la azotara.
Un largo silencio siguió a nuestras palabras.
Al fín, armándome de valor, le sugerí que podíamos iniciarnos juntos y realizar nuestras fantasías.
Tardó en contestarme hasta que, en voz baja y sin mirarme, aceptó.
Sin saber por donde empezar, le dije que se levantara y se diera la vuelta hacia la pared. Sobre la falda ,tímidamente,le lancé la mano cinco o seis veces.(tan nervioso estaba que perdía la cuenta). Ella callaba y ni se movía. Aumenté ligeramnete la fuerza de los azotes, a lo que ella respondíó proyectando sus caderas hacia mí.Supuse que, no solo no le molestaba, sino que le gustaba. Animado y perdiendo el temor, sacudí su culo con más fuerza. Su única respuesta fuéron una serie de gemidos.
Cansado de azotarla en esa incómoda posición, la tumbé sobre el sofá sin una protesta por su parte.
Seguí azotando con fuerza y velocidad creciente. Poco a poco, su falda iba ascendiendo hacia la cintura mostrando sus hermosos muslos. Un poco más y las breves braguitas blancas quedaron al descubierto, dejándome admirado de la redondez de su protuberante culo.
A la vista de aquellas preciosas nalgas mi excitación llegó a un punto máximo. Las bragas, por pequeñas dejaban ver dos globos que, poco a poco, tomaban un tono rosado al principio y rojo intenso más tarde.
Sus gemidos se repetían en una cadencia semejante a la de los azotes. A cada golpe que se abatía sobre las casi desnudas nalgas, se sucedía un gemido. Ni una protesta. Yo no sabía cual sería el límite de su capacidad agonística. La mano me ardía y la excitación por llevar a cabo mi, nuestras,
fantaasias, me pedían buscar otro elemento de castigo. Dentro de mi bisoñez en tales lides,se me ocurrió quitarme el cinturón, el cual, al salir de sus presillas, hizo un ruido de látigo al restallar en el aire. Por primera vez, levantó los ojos hacia mí, y ví reflejad en su cara asombro y un brillo extraño.
Sin más, comencé a golpear aquellos maravillosos globos casi con saña. Uno tras otro estallaban los azotes del cinturón silbando en el aire, haciendo que toda ella se contorsionara sobre el sofá, tapándose la boca con las manos para apagar el ruido de sus gritos, pero sin protestar.
Harto ya del cinturón y con las manos descansadas, se me ocurrió sentarme y arrastrarla sobre mis rodillas. Ya en esa posición, bajé sus bragas hasta las rodillas dejando a la vista la totalidad de su sexo y la estriada entrada del ano. Creí perder el sentido ante aquella visión y, perdiendo el temor de inferir un gran daño, abofeteé aquella perfección, roja ya al máximo, de su culo tentador.
La hora que me había concedido en principio se convirtió en dos horas y media en que los golpes caían y caían sin apenas pausas. La parte alta de los muslos también habían recibido algunos impactos y mostraban las señales rojas de los azotes.
Cuando me cansé de la mano y ya perdido el temor y el pudor de aquella situación, enardecido por mi propia excitación y su aceptación sin aparentes condiciones, acudí a una regla de gruesa madera de haya que allí tenía y continué la sesión con suma dedicación y, por que no decirlo, inmenso placer.
Nunca pensé que mis fantasías pudieran hacerse realidad.
La sesión acabó en la cama.
Esta fue la primera vez de muchas que siguieron, quizás no tan intensas pero siempre enriquecedoras de nuestras fantasías realizadas aunque secretas.
Jano.
Hacía días que se sentaba frente a mí en la mesa de estudio de la biblioteca. Aparecía diariamente con su rápido andar, moviendo airosamente su corta falda tableada llevando abrazados contra su pecho varios libros y carpetas. Nuestras miradas se cruzaban por un breve instante.
Mi atención se apartaba de los apuntes de clase para estar pendiente de sus más ligeros movimientos. Una idéa me obsesionaba: quería verle las piernas pero no me atrevía a dar el paso. El paso era, hacer que se me caía algo al suelo para tratar de ahondar con la mirada en el interior de sus muslos. La sola idéa erizaba el vello de mi nuca.
Contra toda ética, avergonzado y dubitativo, pero ansioso, dejé caer el lápiz y me asomé al espectaculo maravilloso de sus piernas. Ante mi sorpresa, ella separó las rodillas permitiendome acechar hasta el fondo, quedando extasiado ante la visión de sus muslos.
Al sentarme de nuevo, la miré; nada en su expresión, atenta a su trabajo, denotaba que se hubiera dado cuenta de mi acción.
Si antes me sentía atraido hacia ella, ahora estaba obsesionado.
Durante algunos dís no me atreví a repetir la hazaña. Solo la admiraba absorta en su trabajo. Solo de tarde en tarde, nuestras miradas se cruzaban: las mías, ansiosas; las suyas, indescifrables.
En cierta ocasión en que abandonaba su puesto, la seguí.Casi me tropecé con ella en el vestíbulo donde estaba encendiendo un cigarrillo. Haciéndome el indiferente, pero sin dejar de mirarla de reojo, también yo prendí fuego al mío.
Avancé un tímido inicio de conversación que fué respondido, aunque con una media sonrisa burlona. Haciendo acopio de valor, la invité a tomar un café en el bar de al lado y que me sorprendió aceptando.Después decharlar un rato y de enterarnos de nuestros nombres y ocupaciones, volvimos a nuestros puestos de estudio.
Sin pararme ante ninguna consideración, dejé caer una pequeña regla al suelo y, al asomarme al obscuro objeto de mi deseo, asombrado, ví como de nuevo separaba sus piernas permitiéndome ver su exigua braguita que enseñaba más que ocultaba. No quería levantarme ,hipnotizado por aquella excitante visión.Cuando al fín conseguí apartar mis ojos de aquel punto y levantarme, lo hice en un estado de exaltación dificil de explicar.
Cuando se levantó para irse, la seguí precipitadamente, Ya en la calle, me lancé al vacío invitándola a visitar mi estudio de pintor y mis cuadros. Aceptó. Me quedé clavado al suelo por la sorpresa. No me lo podía creer.Me advirtió de que no podría quedarse más de una hora o poco más.
Una vez en el estudio, nervioso, le ofrecí una copa mientras veía mis pinturas.
En un momento de la conversación, me preguntó si yo había visto "Historia de O" y leido Justine, de Sade. Ante mi contestación afirmativa, me preguntó por mi opinión respecto a ellas. Confesé que me gustaron y me excitaron: que mi fantasía, nunca puesta en práctica, era azotar a una mujer. Tras una breve vacilación, mirando al suelo, me contestó que su fantasía, tampoco realizada nunca, era lo contrario; que alguien la azotara.
Un largo silencio siguió a nuestras palabras.
Al fín, armándome de valor, le sugerí que podíamos iniciarnos juntos y realizar nuestras fantasías.
Tardó en contestarme hasta que, en voz baja y sin mirarme, aceptó.
Sin saber por donde empezar, le dije que se levantara y se diera la vuelta hacia la pared. Sobre la falda ,tímidamente,le lancé la mano cinco o seis veces.(tan nervioso estaba que perdía la cuenta). Ella callaba y ni se movía. Aumenté ligeramnete la fuerza de los azotes, a lo que ella respondíó proyectando sus caderas hacia mí.Supuse que, no solo no le molestaba, sino que le gustaba. Animado y perdiendo el temor, sacudí su culo con más fuerza. Su única respuesta fuéron una serie de gemidos.
Cansado de azotarla en esa incómoda posición, la tumbé sobre el sofá sin una protesta por su parte.
Seguí azotando con fuerza y velocidad creciente. Poco a poco, su falda iba ascendiendo hacia la cintura mostrando sus hermosos muslos. Un poco más y las breves braguitas blancas quedaron al descubierto, dejándome admirado de la redondez de su protuberante culo.
A la vista de aquellas preciosas nalgas mi excitación llegó a un punto máximo. Las bragas, por pequeñas dejaban ver dos globos que, poco a poco, tomaban un tono rosado al principio y rojo intenso más tarde.
Sus gemidos se repetían en una cadencia semejante a la de los azotes. A cada golpe que se abatía sobre las casi desnudas nalgas, se sucedía un gemido. Ni una protesta. Yo no sabía cual sería el límite de su capacidad agonística. La mano me ardía y la excitación por llevar a cabo mi, nuestras,
fantaasias, me pedían buscar otro elemento de castigo. Dentro de mi bisoñez en tales lides,se me ocurrió quitarme el cinturón, el cual, al salir de sus presillas, hizo un ruido de látigo al restallar en el aire. Por primera vez, levantó los ojos hacia mí, y ví reflejad en su cara asombro y un brillo extraño.
Sin más, comencé a golpear aquellos maravillosos globos casi con saña. Uno tras otro estallaban los azotes del cinturón silbando en el aire, haciendo que toda ella se contorsionara sobre el sofá, tapándose la boca con las manos para apagar el ruido de sus gritos, pero sin protestar.
Harto ya del cinturón y con las manos descansadas, se me ocurrió sentarme y arrastrarla sobre mis rodillas. Ya en esa posición, bajé sus bragas hasta las rodillas dejando a la vista la totalidad de su sexo y la estriada entrada del ano. Creí perder el sentido ante aquella visión y, perdiendo el temor de inferir un gran daño, abofeteé aquella perfección, roja ya al máximo, de su culo tentador.
La hora que me había concedido en principio se convirtió en dos horas y media en que los golpes caían y caían sin apenas pausas. La parte alta de los muslos también habían recibido algunos impactos y mostraban las señales rojas de los azotes.
Cuando me cansé de la mano y ya perdido el temor y el pudor de aquella situación, enardecido por mi propia excitación y su aceptación sin aparentes condiciones, acudí a una regla de gruesa madera de haya que allí tenía y continué la sesión con suma dedicación y, por que no decirlo, inmenso placer.
Nunca pensé que mis fantasías pudieran hacerse realidad.
La sesión acabó en la cama.
Esta fue la primera vez de muchas que siguieron, quizás no tan intensas pero siempre enriquecedoras de nuestras fantasías realizadas aunque secretas.
Jano.





