Me llamo Ana y tengo 36 años.
Mi compañero sabe lo que me excitan los azotes y , una o varias veces por semana tengo una buena sesión con mano, zapatilla, regla y otros.Mis sentimientos ante tal situación son ambivalentes. Lo disfruto, aunque con una cierta sensación de que eso no es normal.
Todo empezó cuando tenía quince años y me encontraba interna en un colegio de Inglaterra cercano a Escocia, en un edificio imponente situado en plena campiña. En él, estudiábamos y vivíamos más de cien chicas de entre 12 y 18 años.
Hacía poco más de un mes que había comenzado mi primer curso en la institución. Por más esfuerzos que hacía, quizás por la tristeza de encontrarme sin mis padres por primera vez, no conseguía seguir el ritmo de mis compañeras con las consiguientes regañinas del profesor, hombre de unos cuarenta años, severo y poco dado a confianzas.
Aunque en aquella época ya estaban prohibidos los castigos corporales, tenía conocimiento de que alguna alumna había recibido una azotaina por alguna razón. Por eso, cuando un día él me ordenó que fuera a su despacho donde hablaría conmigo, me eché a temblar.
Por aquel tiempo, mi cabeza estaba llena de imágenes y pensamientos eróticos y me masturbaba frecuentemente con la mano o cualquier objeto que sirviera a mis propósitos.
Llamé a la puerta del despacho y, cuando entré después de recibir el permiso, le encontré en el centro de la habitación con una regla en una mano y golpeando suavemente la otra. La visión de aquel utensilio, hizo que me estremeciera de los piés a la cabeza. Inmediatamente me reconvino por mi falta de atención y aprovechamiento. Por ello, dijo, debería castigarme. El movimiento de la regla entre sus manos me mantenía como hipnotizada. Obedecí maquinalmente la orden de apoyarme inclinada sobre la mesa de escritorio. Lentamente, sin dejar de regañarme, subió la falda del uniforme hasta la cintura, dejando a la vista mis braguitas de algodón.
En un primer momento se dedicó a acariciarme el culo hasta que llegó el primer palmetazo que me hizo dar un respingo. Después de un buen número de golpes me ordenó que me tumbara sobre sus piernas. Sin fuerzas para negarme lo hice. En tal posición comenzó a golpearme con la mano y, el dolor me obligaba a apretarme contra su regazo donde, poco a poco notaba crecer un bulto. Este hecho hacía que, a pesar de los azotes me fuera excitando hasta el punto de notar como se mojaban mis bragas. Hasta tal punto me encontraba excitada que, inexplicablemente, esperaba impaciente el siguiente azote.
Al ver que no me resistía o porque así lo quería, aumentó la intensidad y la velocidad de los azotes. Me bajó las bragas hasta las rodillas y lo mismo azotaba que amasaba o pellizcaba mi culo.
Había perdido la conciencia del tiempo que llevaba así cuando me dijo que me levantara y vistiera en un tono de voz entrecortado. Al ponerme en pié, pude ver una enorme mancha en su pantalón.
Corrí a mi dormitorio y, con el concurso de una almohada me masturbé frenéticamente hasta alcanzar un tremendo orgasmo.
Desde aquella primera vez los castigos se sucedían casi a diario con la misma secuencia más o menos.
Algunas veces no comenzaba el castigo hasta pasado un tiempo en que me obligaba a estar de cara a la pared con la falda recogida en la cintura
En cierta ocasión, cuando cumpliendo órdenes llegué a su despacho, me encontré allí con dos alumnas de un curso superior.
"quiero que estas niñas presencien tu castigo para que sepan a qué atenerse"
Fué terrible cuando hube de ponerme sobre sus rodillas con el culo en pompa y las bragas en los tobillos. En esta ocasión empleó una correa ancha que estrellaba dolorosamente sobre mi culo. Cuando terminó la sesión mis sensaciones eran, por un lado, de pudor ante la situación y, por otro lado, la excitación era mayor que otras veces por la presencia de las otras chicas.
"Acercaos y mirad que rojo tiene el culo y lo caliente que está".
Con la cara roja y los ojos bajos, salí disparada hacia mi habitación, donde me masturbé furiosamente.
Tras rememorar aquellos momentos, espero la llegada de mi compañero para provocarle y recibir una gran azotaina que calme la excitación que siento en este momento.
He de tener alguna falta real o imaginaria que justifique la paliza.
No sé si podré aguantar hasta que él llegue en el estado que me encuentro.
Besos. Jano.





