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Relatos de Spanking Mandados por Colaboradores
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Tercer relato de Jano

Ana tiene 14 años y, recientemente ha quedado huérfana. Jaime, el hermano menor de su madre ha venido para llevarla consigo a su casa en el norte, un edificio de dos plantas flanqueado por dos torres y alejado del pueblo más cercano algunos kilómetros donde vive solo con una criada.

Una vez instalada la niña en una de las habitaciones del piso superior, pasados unos días Jaime contrata una maestra educada en Inglaterra para la instrucción de la niña.

Transcurridas unas semanas el tío interrogó a la mujer sobre los progresos de su sobrina.

--No pone mucha atención en las clases, es desobediente y muy terca--

--Utilice los métodos que considere necesarios pero, no vuelva a darme otro informe semejante--dijo Jaime.--. Ya sabe a qué me refiero. No pienso soportar en mi casa ni la menor indisciplina, no solo de ella sino de usted. En caso contrario, seré yo quien tome medidas.

Al día siguiente, Sara, -la maestra, - habló a la niña en los siguientes términos:

--A partir de ahora, las cosas van a cambiar radicalmente. Tengo plenos poderes de tu tío para educarte, tanto si quieres como si no. O lo haces de buen grado o habré de utilizar métodos que no van a gustarte ni un poco. He de convertirte en una señorita educada y respetuosa cueste lo que cueste. Por las buenas o por las malas. ¿Ves esta regla? Más te vale que no la utilice en tí.--

Sin saber a que se refería su profesora, Ana se estremeció. Durante unos pocos días trató de portarse mejor.

Una mañana, tras varios intentos para que Ana dejara de hacer tonterías, Sara, desesperada, tomó de un brazo a la niña y, tumbándola sobre sus propias rodillas pese a sus protestas y pataleos, descargó sobre sus nalgas a través de la falda la regla que sostenía con la mano derecha. Fueron diez reglazos secos que arrancaron lágrimas y lamentos de la sorprendida Ana.

--Esto te enseñará a obedecer y estudiar en condiciones. Si no es así la misma escena se repetirá las veces que yo considere oportuno. De tí depende. Si tengo que educarte en la forma que lo hicieron conmigo lo vas a lamentar.--

Mientras escuchaba esto, Ana, llorosa, se restregaba las nalgas a través de la falda.

Pasaron los días. En varias ocasiones y , como su comportamiento no era el adecuado, probó la regla e, incluso, una zapatilla.

Una noche, cuando la niña estaba acostada, Jaimé llamó a Sara a la biblioteca y, el informe que recibió, nada satisfactorio, le enfureció.

En tono cortante dijo a la maestra:

--Confío en que no me obligue a tomar mis propias medidas. Le advierto que, si no consigue educar a mi sobrina, será usted quien pague las consecuencias con mis propias manos sobre sus carnes. Usted se encarga de la educación de mi sobrina y yo me encargaré de la de ambas. Queda avisada.--

Al día siguiente, nada más bajar a la biblioteca donde se desarrollaban las clases, Sara, sin más preámbulos, atrajo hacia sí a la niña y, levantando sus faldas hasta la cintura, si hacer caso de las protestas de Ana, con amenazas futuras, golpeó sus nalgas con la mano y con la regla hasta cincuenta veces.

--No estoy dispuesta a que tu tío me castigue por tu culpa. Tu culo va a recibir castigos continuamente y te ataré a la pata de una mes para que medites. Te vas a acostar todas la noches con el culo bien caliente.--

Ese mísmo día y tras la clase de inglés, encolerizada por el comportamiento de Ana,la vapuleó concienzudamente apoyándola sobre la mesa, azotándola sobre las nalgas desnudas que iban tomando un intenso color carmesí.

--Y, aunque es temprano, la niña se va a la cama sin merendar ni cenar con el culo bien caliente.¿Entendido?--

A partir de esa tarde, Ana trataré de complacer en todo a Sara pero, inexplicablemente, sin resultado. Sara, insensible a las súplicas de la niña, parecía haberse aficionado y no cesaba de azotarla al menor pretexto e, incluso sin él.

La niña, desconcertada, soñaba por las noches con las palizas. Un día, sin previo aviso, Jaime preguntó a la pequeña sobre sus progresos y al comprobar, según su criterio, que no había adelantado lo suficiente, mandó a la pequeña a su habitación, castigada. Enfrentándose con la maestra le dijo:

--Señorita, estoy muy decepcionado. Las deficiencias en la educación de mi sobrina las va a pagar usted con creces.--

Sin más, tumbándola sobre sus rodillas pese al pataleo y las negativas, descargó veinte sonoros palmetazos sobre su trasero.

--Esto se repetirá tantas veces como yo considere necesario. Puede irse.—

El vientre de Sara bullía en un calor que le embargaba toda y apenas sentía el dolor de los golpes. Aquello actualizó sus recuerdos del colegio donde ella había estudiado y los castigos a que había sido sometida encontrándose con unos deseos que ya creía olvidados y que le hicieron sentir la misma excitación que en épocas pasadas.

Llegó a acostumbrarse a los castigos que, incluso, esperaba impaciente el recibirlos. Pasaron los meses. Sara azotaba a Ana, Jaime a Sara.

A partir de cierto momento, Sara azota a Ana, Jaime a Sara y Jaime a Ana. No pasaba día en que alguna de las dos recibiera un torbellino de nalgadas. A veces las dos juntas. A pesar de que los estudios de Ana marchaban excepcionalmente bien.

Jano.
No