LUCIA.
Relato de Jano.Durante cuatro años, desde los 18, había soportado las Infidelidades de Mario, su pareja. Cansada de la situación, harta de perdonar y volver a perdonar, una vez y otra, siempre con su promesa de no repetirlo, Lucía le dejó plantado y trató de reanudar su vida por otros derroteros, sola.
El detonante fue que, cuando se decidió a hacerle partícipe de sus fantasías íntimas él, airadamente, le dirigió los peores epítetos de que fue capaz.
Lucía soñaba con que él le propinara una azotaina de vez en cuando: era su anhelo secreto y que mantenía como tal desde que le conoció. Solo la necesidad y la deseperanza guardada durante los últimos cuatro años, hizo que se confesara a él. El resultado no pudo ser peor; ante aquél aluvión de insultos, la joven decidió dar por terminada la relación.
Ella, que le había perdonado toda clase de infidelidades, no entendía que él no accediera a sus deseos o, al menos, no se aviniera a discutirlo amistosamente.
Con lágrimas en los ojos, recogió algunas de sus pertenencias, llamó a su hermana y le pidió asilo momentáneo.
De nuevo llorando, abandonó la casa donde había transcurrido su vida en aquel tiempo.
Ya instalada en la casa de su hermana, pensó en su futuro y decidió que tenía que hacer algo para ganarse la vida. Su trabajo como auxiliar administrativo en una empresa, de 8 a 15 no era lo más apropiado. Se enteró de la convocatoria a una oposición del Estado, bien remunerada y con perspectivas de ascenso. Decidió presentarse ya que reunía las condiciones precisas.
Dado que llevaba tiempo sin estudiar y que los temas eran muchos y difíciles, comprendió que debía buscar ayuda.
Hizo averiguaciones y supo de un profesor especializado en la preparación de oposiciónes.
Llamó al número de teléfono que le habian proporcionado y concertó una cita para el día siguiente. La voz de la persona que la atendió era de una mujer: la dirección, de una calle cercana al Museo del Prado, zona de las más elegantes de Madrid.
Llena de esperanza, se acicaló cuidadosamente: pantalón gris claro, camisa blanca, chaqueta tipo sastre y zapatos de tacón alto. El pelo, recogido en una larga “cola de caballo”. Carmín en los labios y una discreta sombra de ojos.
Aproximándose la hora de la cita, tomó el metro hasta la estación de Banco de España (Cibeles) y bajó andando por el Paseo del Prado hasta llegar a la calle y al número que le habían sido indicados.
Se encontró ante un edificio de principios del siglo XX, señorial, con un gran portal flanqueado por dos grandes puertas de hierro forjado y una mullida alfombra roja cubriendo toda la entrada. Caminando por ella, accedió al ascensor de madera labrada y cristales. Abrió la puerta,--también de hierro forjado--, y subió hasta el segundo piso. Llamó al timbre y esperó. Tras unos pocos segundos, la puerta se abrió:
una mujer de unos cuarenta años, embutida en un ajustado vestido negro, delantal blanco y cofia del mismo color, le hizo pasar y, tras enterarse de quién era le pidió que la siguiera por el ancho corredor alfombrado y flanqueado por numerosas estatuillas de bronce y varias cornucopias.
Lucía la observaba mientras caminaba tras ella: se trataba de una mujer alta, de pelo negro y espléndidas caderas que movía acompasadamente al andar sobre sus zapatos de altos tacones.
Después de algunos pasos, la mujer llamó discretamente a una puerta y, al recibir el permiso, la abrió y anunció la visita de Lucía. Con un ademán la invitó a pasar.
Cuando hubo entrado, Lucía se encontró en una gran habitación en la que había varias mesas de caoba, armarios de la misma madera, alfombras rojas y, al fondo, una mesa de despacho ante un ventanal con cortinas de terciopelo y, tras la cual, se encontraba un hombre de unos 50 años, delgado, pelo entrecano y patillas plateadas. Se levantó para recibir a la joven. Su estatura era más que mediana: vestía un traje negro que hacía juego con su rostro severo. Indicó a Lucía un sillón frente a sí y, tras sentarse ella, también él tomó asiento.
Después de escuchar las pretensiones de la muchacha, con voz profunda, bien modulada dijo:
--“Señorita: antes de aceptarla como alumna, he de decirle mis condiciones.”
Impresionada por el escenario y la presencia del hombre, Lucía asintió con la cabeza.
--“Bien: la vestimenta de mis alumnos es muy importante para mí. La puntualidad, la estricta obediencia y el esfuerzo también lo son.
Lo primero: no podrá venir vestida con pantalón. Siempre con falda. No deberá maquillarse de ningún modo y el pelo irá recogido. ¿Me va entendiendo?—“
Lucía afirmó con la cabeza.
--“Sigo: las faltas de puntualidad, los errores, la indisciplina, o el incumplimiento de las reglas sobre la vestimentas, serán sancionadas debidamente—“
Lucía se movía inquieta ¿Qué querría decir el hombre con lo de sancionar sus posibles faltas? No obstante, asintió levemente. Lo que sabía del profesor por las referencias recibidas sobre él, era que el número de aprobados de sus alumnos en las convocatorias ascendía a un 90%. No podía permitirse poner objeciones y sí aceptar las condiciones impuestas.
--“Esas son mis reglas además del pago de las clases.
Si no está de acuerdo éste es el momento de decirlo. Una vez que haya aceptado deberá cumplirlas o nuestra relación quedará cancelada en caso de no hacerlo a mi entera satisfacción. ¿Sí, acepta? En ese caso, todos los lunes, miércoles y viernes a las 17,30 la quiero ver aquí con los ejercicios que yo le daré.Mañana es viernes, así es que hasta mañana.”--
Se levantó y acompañó a Lucía hasta la puerta, donde le tendió la mano y la despidió.
En el pasillo, misteriosamente, apareció la mujer como si supiera de antemano que ella iba a salir. La llevó hasta la puerta de salida y allí a la despidió con una ligera inclinación de cabeza.
Caminando por el Paseo hacia la entrada del metro, Lucía iba poniendo en orden sus pensamientos. No sabía bien a que se referiría el profesor con lo de los castigos. ¿Acaso le impondría deberes extraordinarios como en el colegio? Era tal su necesidad de aprobar aquella oposición que aceptaría casi cualquier cosa o esfuerzo que se le impusiera.
Pasaron dos semanas. Las cosas se desenvolvían bastante bien: a veces, recibía una regañina y gestos de desaprobación por parte de él. Hasta el momento no había recibido ningún castigo: supuso que las amenazas iban encaminadas a que ella hiciera el máximo esfuerzo.
Un lunes, llegó con los ejercicios sin terminar. La noche del sábado se fue de marcha con su hermana y sus amigas: se acostó ya entrada la mañana del domingo y durmió casi hasta lo noche. En consecuencia, no había tenido tiempo de hacerlos.
Cuando llegó el momento de entregarlos y no poder hacerlo, el profesor, airado, le dijo:
--“¿Cómo se atreve a venir sin los ejercicios hechos?”—
--“No me ha dado tiempo de hacerlos”—contestó Lucía.
“—Desde el viernes que salió de aquí hasta hoy han pasado casi 72 horas y no ha tenido tiempo ¿Eh? Esta es una falta que no puedo pasar por alto. Con otras he sido demasiado benévolo, pero con ésta no. Apoye el pecho y las manos sobre esa mesa libre de papeles y manténgase inclinada hasta que yo le diga.”—
Sin salir de su asombro, Lucía vaciló un momento antes de cumplir la orden pero, ante la dura mirada del hombre que lanzaba fuego por los ojos, obedeció con una extraña sensación en el cuerpo y la mente.
Dio un respingo cuando sintió en su culo el golpe de un objeto contundente. Sin poder evitarlo, se levantó bruscamente y vio al hombre con una regla en las manos de unos 50cm. de larga y 5 de ancha.
Con una fuerza insospechada, él la obligó a agacharse de nuevo y, ante las protestas de la joven, impasible, sin una palabra, siguió azotándola.
--“ Ya le dije mis condiciones el primer día. Ahora debe cumplir su compromiso. Estará toda la hora de la clase en esa posición y, cada 15 m. recibirá 10 golpes con la regla hasta la hora de irse. Si no lo acepta, puede irse ahora mismo: pero no vuelva.”—
Lucía no se movió. Recibió los reglazos que aún faltaban y se mantuvo quieta. Entretanto su cerebro
No paraba de dar vueltas a la situación; por un lado, por primera vez se habian hecho realidad sus fantasías: por otro le parecía que la situación era bastante extraña y que, si la aceptaba pasivamente podría parecer raro y su dignidad quedaría mermada. Trató de levantarse pero la voz del hombre le hizo cambiar de opinión con una orden tajante.
--“ Quieta o se marcha”—
No se movió. Extrañas sensaciones recorrían su cuerpo
Al rato, efectivamente, la regla volvió a hacer impacto en su dolorido culo que ardió con otros 10 golpes.
Siguió sin moverse y sintiendo sus carnes al rojo.
Antes de terminar la hora, como él había dicho, recibió los 20 restantes.
En un estado de gran excitación, después de recibir las consiguientes reprimendas y advertencias para el futuro por parte del profesor, Lucía salió de la casa.
Ya en el vagón del metro se dio cuenta de que una cierta humedad mojaba sus muslos. Volvió a pensar que alguien, seguramente sin saberlo, había hecho realidad sus fantasías. Confió en que aquello se repitiera con frecuencia.
Llegada a la casa, se encerró en su habitación y, frenéticamente, llevándose las manos a la entrepierna, bajándose el panty, se masturbó recordando la azotaina recibida.
El miércoles, en lugar de los pantys se puso un exiguo tanga, medias ajustadas a los muslos y una falda muy corta. Llegó con los ejercicios hechos aunque con 5 m. de retraso.
Él la recibió con una mirada fría y le advirtió de su impuntualidad.
--“ Al final de la clase le haré pagar retraso”--
Lucía se estremeció de la cabeza a los pies, un hormigueo recorría su vientre y el culo le ardía anticipadamente, expectante.
Transcurrieron 45 m., tras los cuales, él ordenó a la joven que se inclinara sobre la mesa. Con una ligera vacilación, ella obedeció y, al jacerlo, tuvo la seguridad de que algo más que sus piernas se mostraba.
Si mediar palabra, él se afanó en golpear con la regla las carnes femeninas sin, al parecer, percatarse del espectáculo que ofrecía la joven en semejante postura y por el corto tamaño de la falda.
En ésta ocasión no fueron 10 los golpes propinados sino 30, tras los cuales la recriminó por su falta y, despues de ello, comenzó a azotarla de nuevo hasta un total de 40.
--“Siento tener que adoptar éstas medidas, pero es necesario que aprenda a tener disciplina y a obedecerme. Le recuerdo que se lo dije al principio. Usted me obliga a ello.”--
Entretanto, con suavidad, subió su falda y, también suavemente acarició el enrojecido culo de la muchacha. Ella se estremeció: la caricia calmaba el escozor.
Al poco, se retiró de ella y, acercándose a la mesa, pulsó un timbre. Inmediatamente se presentó la mujer.
--“Traiga una palangana con agua y hielo y una toalla pequeña”—
Sin decir palabra, la mujer salió y volvió enseguida conlo pedido.
Lucía seguía en la misma posición reclinada sobre la mesa y las nalgas casi al aire.
--“Humedezca la toalla y aplíquela sobre ella”
Así lo hizo . En tanto, Lucía, agradecida por el tratamiento, pero confusa no sabía que pensar de la situación.
La mujer sabía de éstas escenas y no parecía sorprenderla. El culo de la chica disfrutaba del frío.
Al poco, sonó la voz del hombre: --“Ya basta. Pueden irse las dos”—
La mujer salió y Lucía, con la cara arrebolada, se arregló la falda tapando su desnudez y, recogiendo sus cosas se despidió con la mirada baja.
Salió a la calle. Llovía. A ella no parecía importarle. Andaba deprisa y el agua escurría por su cara como si fueran lágrimas, pero en su interior, otra tormenta se cernía. Su vientre hervía de deseos incontenibles encendido de pasión .
En el metro, ausente de todo lo que la rodeaba, apretando su carpeta contra el pecho, no se había dado cuenta de que alguien le estaba acariciando el culo. Al fin, la luz se hizo en su cerebro. Un joven que estaba a su lado con aire inocente que miraba al infinito la estaba sobando las nalgas por encima de la falda. Dudando si montar un escándalo o aceptarlo, optó por lo último. Aquello hizo que aumentara más si cabía su excitación. Haciendo que no se daba cuenta, ella, a su vez, se oprimió el pubis con la mano que le quedaba libre. Llegó a su estación dejando al muchacho en un estado de más que probable exaltación erótica no menor que en el que ella se encontraba.
Llegado que hubo a su casa no pudo por menos que descargar su carga sexual con la mano, la almohada, y el mango de un cepillo
Pasaron los días y Lucía siempre encontraba alguna forma de recibir una azotaina. Su profesor la regañaba constantemente y la azotaba con gran dedicación.
Al castigo seguían caricias y más agua y más hielo . Ocasionalmente, algo abultaba el pantalón del hombre. Nunca se pasó a mayores.
Lucía salía casi todos los días de la clase en un estado de permanente exaltación erótica , con un fuego interior que apagaba como podía en la intimidad de su dormitorio.
EPÍLOGO.
Cuando se presentó al examen, iba tan bien preparada que lo aprobó sin la menor dificultad.
Volvió a sus clases con el profesor para preparar otra oposición, que aprobó con nota. Despues vendrían otras cada vez más importantes y, por tanto, más difíciles.
En Madrid, a 1 de Mayo de 2.005
JANO.





