"Descalzo docente es a dolorido trasero, como la educación inflexible es a la rebeldía incorregible"
Por Neftali:
Por la mañana cuando felizmente me preparaba para cumplir con mis nobles obligaciones de docencia, descubrí con enfado mis zapatos arruinados por el spray. Es obvio que se trata de una travesura más de mis incorregibles pupilas. Como el deber está antes que la comodidad o mi dignidad misma, me presenté en el salón, con mi traje habitual, pero sin más protección para mis plantas que mi propia piel. La risa de mis alumnas no se hizo esperar, pero… había algo más en esas risas, parecía que sus carcajadas se mezclaban indisolublemente con una especie de grito triunfal, la expresión de ellas no era de desconcierto, más bien de satisfacción, a caso por una broma suya cuyo éxito había sobrepasado sus propias expectativas. Verlas tan felices es increíblemente conmovedor, puedo decirles que me sentí feliz de haber sido ocasión de que tuvieran un rato de esparcimiento, y si por mi hubiera sido, me hubiera integrado a su pequeña fiesta. Pero como ya les dije, el deber, ese odioso deber que hay que cumplir a toda costa.
Mi calidad de profesor me obliga a buscar y encontrar a la responsable para aplicarle su correspondiente castigo. Pero yo no hice las reglas, no estoy de acuerdo con ellas y sin embargo debo acatar esa regla maldita. La alegría de mis alumnas por poco logra arrancarme una sonrisa, pero yo la reprimí, supongo que no lo notaron. Con voz enérgica y mostrando un enojo que no sentía exclamé:
- ¡Muy bonito!, que gratificante descubrir que la vista de su profesor descalzo es motivo de diversión para ustedes. Ahora vamos a realizar algo que les parecerá todavía más entretenido.
Me dirigí al cajón de mi escritorio y sustraje de él una norme y gruesa tabla de madera, de esas que llaman padle. Al instante la algarabía se convirtió en un mortal silencio, los labios caídos de mis alumnas evidenciaban su temor y la atmósfera alegre se tornó en un espeso aterrador.
- ¿Quién arruinó mis zapatos con spray?, ¿Fuiste tú Pathy? ¡Respondan! no me hagan enojar todavía más. ¿O es que por una quieren pagar todas?
Tenían mucho miedo, la temperatura debió bajar para ellas porque su tembloteo las hacía parecer gelatinas. En eso Rosario (tengo que reconocerlo, mintiendo, pero con mucho valor) se puso de pie y preguntó:
- Por qué da por hecho que fue alguna de nosotras, en la clase de matemáticas, todo se demuestra, y yo le pido que me muestre la evidencia contundente e irrefutable de las injustas imputaciones que nos inflinge.
- Verás Rosario, en matemáticas también es válido establecer la veracidad de una afirmación, demostrando la falsedad de su negación. Y un pequeño ejercicio de lógica formal, elimina todas las posibles alternativas, dejando como única posible y por tanto la correcta, que la culpable tiene que ser estudiante de esta escuela. Ustedes habrán de señalarme a la responsable así tenga que arrancarles la delación a palos.
Pero Rosario es perspicaz, y sabiendo a lo que se atenía se atrevió a contestar:
- Usted es un racionalista clásico, tiene mucha fe en sus reglas de inferencia, pero se niega a recurrir, quizá por considerarlo innecesario, o quizá por falta de capacidad, a la evidencia física. Muéstreme las pruebas concretas de su acusación, y no quiera confundirme con su "lógica" falaz. Con ese padle en su mano, ¡claro que obtendrá la confesión que desee!, pero yo lo reto a que pruebe con evidencia fáctica y no mental, que tiene bases para acusarnos.
Los ojos de mis alumnas brillaban, se daban perfecta cuenta que su amiga se imponía en la contienda y le mostraban su apoyo dibujando una sonrisa en sus rostros. La atmósfera nuevamente se había transformado, ahora nuevamente parecía que respiraban las fragancias de la victoria.
- Pequeña Rosario, mientes y lo sabes, sin embargo tienes valor. Pero las reglas de la escuela insisten en descalificar tu valentía cambiándole el nombre por el de insolencia, en lo personal preferiría cultivar y ese carácter desafiante y ese espíritu subversivo, pero las odiosas reglas me lo prohíben. No por los zapatos, sino por tu sola osadía de haberme refutado, tengo la obligación de castigarte. Por favor, no lo hagas mas duro y ya sin protestar, ten la amabilidad de venir aquí al frente.
Rosario escondió la cabeza entre sus hombros, es evidente que sintió miedo por el castigo que se avecinaba, no obstante no tardó en levantar su frente. Con sus ojos me advertía que había vencido en el terreno de los argumentos, su sola mirada me recordó enfáticamente mi derrota durante todo el camino, desde su banca hasta el pizarrón. No tomó la actitud de alguien que fuera a recibir su justo castigo, para nada se le veía humillada más bien caminaba como una especie de héroe a punto de ser martirizada.
- Bien Rosario (dije cuando estuvo junto a mí) debes apoyar ambas manos en el escritorio, después de que tu falda y ropa interior estén en el suelo.
Rosario cerró los ojos, y comenzó a dar un profundo respiro mientras sus manos acudían a su trasero para frotarlo un poco antes del castigo. Cuando terminó de expeler todo el aire que había tomado en ese largo respiro, sus dedos ya deslizaban el cierre de su falda, instantes después la prenda cayó al suelo y un segundo después, se unió a ella su ropa interior. Ya inclinada sobre el escritorio comencé a dar golpes con la tabla sobre mi mano, y ella se estremeció.
- Voy castigarte y muy fuerte, además serás tú quien proporcione la evidencia fáctica que tanto pedías. El castigo no parará hasta que hayas denunciado a la autora de la travesura que me obligó a presentarme descalzo, así mismo deberás indicarme de donde tomar la evidencia concreta que respalde tu acusación.
- Ya no tiene que buscar más, la autora de la broma soy yo.
- Quien te ayudó.
- Nadie.
- ¿Dónde están las latas vacías de spray?... (un rato de silencio) Veo que no tienes respuesta, o será que no quieres delatar a tu cómplice, ya lo harás, el dolor te hará confesarlo, te lo aseguro. En eso la voz de Marie irrumpió en el aula.
- Basta, fui yo quien planeó y ejecutó la broma, Rosario es inocente. (dijo al tiempo que mostraba su mochila abierta para dejar ver las latas vacías de spray)
- Rosario es culpable de cubrirte, de mentirme con descaro y encima de refutarme con cinismo e insolencia. Espera de pie desde tu lugar, tu turno para ser azotada.
Un ensordecedor alarido sorprendió a todos. Sin previo aviso, después de haber hablado con Marie, me había dado vuelta para azotar el relajado trasero de Rosario, no se lo esperaba, por eso gritó tanto, los siguientes azotes fueron más rápidos, el sonido de la tabla estrellándose contra sus nalgas era de lo más escandaloso y la intensidad de rojo que iluminaba sus nalgas iba en aumento. ¿Cuanto más podrán enrojecer? Me preguntaba. Antes de iniciar yo mismo consideraba injusto el castigo, mas lo ejecutaba porque era mi obligación hacerlo, pero en el flagrar de la azotaina solo pienso en hacer el castigo lo más doloroso posible, me gusta oírla gritar, adoro el sonido de sus gemidos y de su nariz succionando los líquidos que le fluyen a causa del llanto, me gusta ver sus contorneos entre cada golpe y sus deditos queriendo rasguñar el escritorio sobre el cual está apoyada, me encanta como tensa todo su cuerpo cuando el dolor se propaga por toda su anatomía mientras escucho los fascinantes alaridos que emite su garganta. Por eso cada golpe tiene que ser más fuerte que el anterior, debo tomar todo el impulso que me sea posible y transmitirle al paddle todas mis energías. ¿Cómo, así tan rápido llegamos a los 30 azotes?, me pareció muy poco tiempo, quiero más. ¡Pobre Rosario, veo que quedó muy lastimada, no es justo que ella tenga que pasar un mal rato para que yo me divierta, pero después de todo no fue por eso que la castigué, yo solo cumplía con mi deber y si por esto experimente alguna satisfacción, no tengo ninguna culpa en ello, fue algo completamente inevitable e involuntario.
- Este castigo nos lastima a ambos Rosario, yo quisiera dejarte ir, pero los azotes que acabas de recibir fueron tan solo por haberme desafiado con insolencia y cinismo. Te falta todavía el castigo por tu complicidad en la travesura del spray.
Recargué la tabla en la pared y tomé una larga y flexible vara de mi escritorio. Treinta azotes serían suficientes para matar su afición por ese tipo de bromas. Será muy duro, pero debo ser severo, no porque sea mi obligación, sino porque quiero que le duela, por un instante seré franco con migo mismo y admitiré que me interesa verla sufrir.
- Estos 30 azotes son por tu complicidad en la broma de Marie, esto habrá de aniquilar tu placer insano por ver a tu profesor descalzo, después de esto no volverás a refocilarte.
Posé mi mirada sobre Marie, ella era la siguiente y por lo mismo había seguido con especial atención el castigo Rosario, estaba pasmada cualquiera diría que los azotes también le habían dolido a ella.
El primero de los azotes con la vara no se hizo esperar, el silbido de la vara que precedía a cada azote tensaba toda su piel y en seguida venía la explosión de dolor. Ese llanto y esos gritos son música para mis oídos, la uniformidad de rojo que cubría su piel se arruinó en un instante, el rojo que dejaba la vara se imponía al resto de color haciendo añicos la simetría original. Al término del castigo daba la impresión de que una malla roja abrazaba la redondez de sus preciosas nalgas.
Lo siguiente ya no tiene justificación, había redimido todas sus culpas pero me resultaba imposible desaprovechar el calor de sus nalgas, deseaba sentirlo en mi mano. Ni siquiera el verla llorar desconsoladamente logró conmoverme, tomé la silla frente a mi escritorio y la coloqué donde no tuviera estorbos enfrente.
- Ven Rosario, ya falta poco, te prometo que te será leve.
Levanté mi mano en todo lo alto y descargué sobre su castigado trasero una copiosa lluvia de nalgadas, me había prometido a mi mismo que me detendría pronto pero de nueva cuenta, el flagrar de la azotaina se apoderó de mí y no pude controlarme. La nalguee hasta que el ardor en mi palma fue insoportable. Recuerdo que sus nalgas estaban bien ablandaditas el contacto de mi mano con ellas era arrobador, era como aterrizar mi palma sobre una superficie cálida y suave, con razón no quería detenerme, la placible sensación era indescriptible.
- He terminado contigo Rosario, pensaba mandarte al rincón mientras castigo a Marie, pero he decidido que tomes asiento, ven te ayudaré a llegar a tu lugar.
Rosario se reincorporó y pude ver su rostro jadeante y mojado por las lágrimas y el sudor, se veía hermosa con sus cabellos húmedos y algo desordenados por la misma humedad. A través de sus ojos vidriosos pude comprobar que en su seno no albergaba ningún rencor, lo cual me hizo sentir un poco culpable. La acompañe hasta su lugar y me refocilé en la contemplación de su dificultoso caminar, y después de su trabajoso sentar. Acaricié un par de veces su cabello y me dirigí a terminar mi labor.
FIN
Por la mañana cuando felizmente me preparaba para cumplir con mis nobles obligaciones de docencia, descubrí con enfado mis zapatos arruinados por el spray. Es obvio que se trata de una travesura más de mis incorregibles pupilas. Como el deber está antes que la comodidad o mi dignidad misma, me presenté en el salón, con mi traje habitual, pero sin más protección para mis plantas que mi propia piel. La risa de mis alumnas no se hizo esperar, pero… había algo más en esas risas, parecía que sus carcajadas se mezclaban indisolublemente con una especie de grito triunfal, la expresión de ellas no era de desconcierto, más bien de satisfacción, a caso por una broma suya cuyo éxito había sobrepasado sus propias expectativas. Verlas tan felices es increíblemente conmovedor, puedo decirles que me sentí feliz de haber sido ocasión de que tuvieran un rato de esparcimiento, y si por mi hubiera sido, me hubiera integrado a su pequeña fiesta. Pero como ya les dije, el deber, ese odioso deber que hay que cumplir a toda costa.
Mi calidad de profesor me obliga a buscar y encontrar a la responsable para aplicarle su correspondiente castigo. Pero yo no hice las reglas, no estoy de acuerdo con ellas y sin embargo debo acatar esa regla maldita. La alegría de mis alumnas por poco logra arrancarme una sonrisa, pero yo la reprimí, supongo que no lo notaron. Con voz enérgica y mostrando un enojo que no sentía exclamé:
- ¡Muy bonito!, que gratificante descubrir que la vista de su profesor descalzo es motivo de diversión para ustedes. Ahora vamos a realizar algo que les parecerá todavía más entretenido.
Me dirigí al cajón de mi escritorio y sustraje de él una norme y gruesa tabla de madera, de esas que llaman padle. Al instante la algarabía se convirtió en un mortal silencio, los labios caídos de mis alumnas evidenciaban su temor y la atmósfera alegre se tornó en un espeso aterrador.
- ¿Quién arruinó mis zapatos con spray?, ¿Fuiste tú Pathy? ¡Respondan! no me hagan enojar todavía más. ¿O es que por una quieren pagar todas?
Tenían mucho miedo, la temperatura debió bajar para ellas porque su tembloteo las hacía parecer gelatinas. En eso Rosario (tengo que reconocerlo, mintiendo, pero con mucho valor) se puso de pie y preguntó:
- Por qué da por hecho que fue alguna de nosotras, en la clase de matemáticas, todo se demuestra, y yo le pido que me muestre la evidencia contundente e irrefutable de las injustas imputaciones que nos inflinge.
- Verás Rosario, en matemáticas también es válido establecer la veracidad de una afirmación, demostrando la falsedad de su negación. Y un pequeño ejercicio de lógica formal, elimina todas las posibles alternativas, dejando como única posible y por tanto la correcta, que la culpable tiene que ser estudiante de esta escuela. Ustedes habrán de señalarme a la responsable así tenga que arrancarles la delación a palos.
Pero Rosario es perspicaz, y sabiendo a lo que se atenía se atrevió a contestar:
- Usted es un racionalista clásico, tiene mucha fe en sus reglas de inferencia, pero se niega a recurrir, quizá por considerarlo innecesario, o quizá por falta de capacidad, a la evidencia física. Muéstreme las pruebas concretas de su acusación, y no quiera confundirme con su "lógica" falaz. Con ese padle en su mano, ¡claro que obtendrá la confesión que desee!, pero yo lo reto a que pruebe con evidencia fáctica y no mental, que tiene bases para acusarnos.
Los ojos de mis alumnas brillaban, se daban perfecta cuenta que su amiga se imponía en la contienda y le mostraban su apoyo dibujando una sonrisa en sus rostros. La atmósfera nuevamente se había transformado, ahora nuevamente parecía que respiraban las fragancias de la victoria.
- Pequeña Rosario, mientes y lo sabes, sin embargo tienes valor. Pero las reglas de la escuela insisten en descalificar tu valentía cambiándole el nombre por el de insolencia, en lo personal preferiría cultivar y ese carácter desafiante y ese espíritu subversivo, pero las odiosas reglas me lo prohíben. No por los zapatos, sino por tu sola osadía de haberme refutado, tengo la obligación de castigarte. Por favor, no lo hagas mas duro y ya sin protestar, ten la amabilidad de venir aquí al frente.
Rosario escondió la cabeza entre sus hombros, es evidente que sintió miedo por el castigo que se avecinaba, no obstante no tardó en levantar su frente. Con sus ojos me advertía que había vencido en el terreno de los argumentos, su sola mirada me recordó enfáticamente mi derrota durante todo el camino, desde su banca hasta el pizarrón. No tomó la actitud de alguien que fuera a recibir su justo castigo, para nada se le veía humillada más bien caminaba como una especie de héroe a punto de ser martirizada.
- Bien Rosario (dije cuando estuvo junto a mí) debes apoyar ambas manos en el escritorio, después de que tu falda y ropa interior estén en el suelo.
Rosario cerró los ojos, y comenzó a dar un profundo respiro mientras sus manos acudían a su trasero para frotarlo un poco antes del castigo. Cuando terminó de expeler todo el aire que había tomado en ese largo respiro, sus dedos ya deslizaban el cierre de su falda, instantes después la prenda cayó al suelo y un segundo después, se unió a ella su ropa interior. Ya inclinada sobre el escritorio comencé a dar golpes con la tabla sobre mi mano, y ella se estremeció.
- Voy castigarte y muy fuerte, además serás tú quien proporcione la evidencia fáctica que tanto pedías. El castigo no parará hasta que hayas denunciado a la autora de la travesura que me obligó a presentarme descalzo, así mismo deberás indicarme de donde tomar la evidencia concreta que respalde tu acusación.
- Ya no tiene que buscar más, la autora de la broma soy yo.
- Quien te ayudó.
- Nadie.
- ¿Dónde están las latas vacías de spray?... (un rato de silencio) Veo que no tienes respuesta, o será que no quieres delatar a tu cómplice, ya lo harás, el dolor te hará confesarlo, te lo aseguro. En eso la voz de Marie irrumpió en el aula.
- Basta, fui yo quien planeó y ejecutó la broma, Rosario es inocente. (dijo al tiempo que mostraba su mochila abierta para dejar ver las latas vacías de spray)
- Rosario es culpable de cubrirte, de mentirme con descaro y encima de refutarme con cinismo e insolencia. Espera de pie desde tu lugar, tu turno para ser azotada.
Un ensordecedor alarido sorprendió a todos. Sin previo aviso, después de haber hablado con Marie, me había dado vuelta para azotar el relajado trasero de Rosario, no se lo esperaba, por eso gritó tanto, los siguientes azotes fueron más rápidos, el sonido de la tabla estrellándose contra sus nalgas era de lo más escandaloso y la intensidad de rojo que iluminaba sus nalgas iba en aumento. ¿Cuanto más podrán enrojecer? Me preguntaba. Antes de iniciar yo mismo consideraba injusto el castigo, mas lo ejecutaba porque era mi obligación hacerlo, pero en el flagrar de la azotaina solo pienso en hacer el castigo lo más doloroso posible, me gusta oírla gritar, adoro el sonido de sus gemidos y de su nariz succionando los líquidos que le fluyen a causa del llanto, me gusta ver sus contorneos entre cada golpe y sus deditos queriendo rasguñar el escritorio sobre el cual está apoyada, me encanta como tensa todo su cuerpo cuando el dolor se propaga por toda su anatomía mientras escucho los fascinantes alaridos que emite su garganta. Por eso cada golpe tiene que ser más fuerte que el anterior, debo tomar todo el impulso que me sea posible y transmitirle al paddle todas mis energías. ¿Cómo, así tan rápido llegamos a los 30 azotes?, me pareció muy poco tiempo, quiero más. ¡Pobre Rosario, veo que quedó muy lastimada, no es justo que ella tenga que pasar un mal rato para que yo me divierta, pero después de todo no fue por eso que la castigué, yo solo cumplía con mi deber y si por esto experimente alguna satisfacción, no tengo ninguna culpa en ello, fue algo completamente inevitable e involuntario.
- Este castigo nos lastima a ambos Rosario, yo quisiera dejarte ir, pero los azotes que acabas de recibir fueron tan solo por haberme desafiado con insolencia y cinismo. Te falta todavía el castigo por tu complicidad en la travesura del spray.
Recargué la tabla en la pared y tomé una larga y flexible vara de mi escritorio. Treinta azotes serían suficientes para matar su afición por ese tipo de bromas. Será muy duro, pero debo ser severo, no porque sea mi obligación, sino porque quiero que le duela, por un instante seré franco con migo mismo y admitiré que me interesa verla sufrir.
- Estos 30 azotes son por tu complicidad en la broma de Marie, esto habrá de aniquilar tu placer insano por ver a tu profesor descalzo, después de esto no volverás a refocilarte.
Posé mi mirada sobre Marie, ella era la siguiente y por lo mismo había seguido con especial atención el castigo Rosario, estaba pasmada cualquiera diría que los azotes también le habían dolido a ella.
El primero de los azotes con la vara no se hizo esperar, el silbido de la vara que precedía a cada azote tensaba toda su piel y en seguida venía la explosión de dolor. Ese llanto y esos gritos son música para mis oídos, la uniformidad de rojo que cubría su piel se arruinó en un instante, el rojo que dejaba la vara se imponía al resto de color haciendo añicos la simetría original. Al término del castigo daba la impresión de que una malla roja abrazaba la redondez de sus preciosas nalgas.
Lo siguiente ya no tiene justificación, había redimido todas sus culpas pero me resultaba imposible desaprovechar el calor de sus nalgas, deseaba sentirlo en mi mano. Ni siquiera el verla llorar desconsoladamente logró conmoverme, tomé la silla frente a mi escritorio y la coloqué donde no tuviera estorbos enfrente.
- Ven Rosario, ya falta poco, te prometo que te será leve.
Levanté mi mano en todo lo alto y descargué sobre su castigado trasero una copiosa lluvia de nalgadas, me había prometido a mi mismo que me detendría pronto pero de nueva cuenta, el flagrar de la azotaina se apoderó de mí y no pude controlarme. La nalguee hasta que el ardor en mi palma fue insoportable. Recuerdo que sus nalgas estaban bien ablandaditas el contacto de mi mano con ellas era arrobador, era como aterrizar mi palma sobre una superficie cálida y suave, con razón no quería detenerme, la placible sensación era indescriptible.
- He terminado contigo Rosario, pensaba mandarte al rincón mientras castigo a Marie, pero he decidido que tomes asiento, ven te ayudaré a llegar a tu lugar.
Rosario se reincorporó y pude ver su rostro jadeante y mojado por las lágrimas y el sudor, se veía hermosa con sus cabellos húmedos y algo desordenados por la misma humedad. A través de sus ojos vidriosos pude comprobar que en su seno no albergaba ningún rencor, lo cual me hizo sentir un poco culpable. La acompañe hasta su lugar y me refocilé en la contemplación de su dificultoso caminar, y después de su trabajoso sentar. Acaricié un par de veces su cabello y me dirigí a terminar mi labor.
FIN





