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Relatos de Spanking Mandados por Colaboradores
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"El Castigo"
Por Morgana
La correa cayó sobre su trasero una y otra vez. Ella apretaba los dientes y se asía con fuerza a la cama para no moverse. Deseaba acariciarse las nalgas para aliviar, aunque solo fuera un poco la quemazón, pero no se atrevía a moverse ni un centímetro. Lo más que podía hacer era contraer los músculos de las nalgas: cualquier otro movimiento le traería nuevos castigos de manera inmediata, así que se esforzaba por permanecer inmóvil.

Los azotes se espaciaban, pero no cesaban y, cuando ya creía que había terminado, de nuevo sentía el golpe que le hacía temblar y estremecerse una vez más.

Sentía arder las nalgas cada vez más intensamente y no tenía duda sobre el color que ofrecía su culo, pero sabía que todavía no era bastante. Le habían ofrecido una buena azotaina y la iba a tener.

Sus gemidos aumentaban en frecuencia y volumen. Al principio había intentado no emitir ningún sonido para no ofrecer esta satisfacción añadida a su castigador. Luego había empezado a gemir pensando que conseguiría ablandarle, pero ya había llegado el punto en que gritaba porque no podía evitarlo. Notaba la garganta seca y comenzaba a faltarle la respiración. Pero el castigo no se detenía: lo único que
conseguía era que los azotes fueran cada vez más espaciados, produciéndole un falso alivio al hacerle concebir esperanzas de que por fin se había acabado. Pero lo que conseguía era que le daba tiempo a sentir todo el dolor del golpe antes de que llegase el siguiente. Casi prefería los golpes todos seguidos, porque llegaba, de esa manera, a insensibilizarse y ya no los sentía, pero si eran espaciados no podía permitirse ese alivio.

Por fin cesaron los azotes, pero ya no sabía si era una nueva prueba y permaneció inmóvil sintiendo los latidos de su trasero y todo el calor acumulado por la azotaina.

Sentía la palpitación del trasero y una cierta humedad en su sexo.

Tímidamente, una de sus manos trató de acercarse a las nalgas para acariciarlas cuando un nuevo correazo la detuvo en seco y le arrancó un gemido. Recibió media docena de azotes más por haberse atrevido a moverse sin permiso: cuando estos cesaron sintió una mano acariciar sus nalgas con tanta suavidad como dureza había experimentado antes.

El alivio fué inmediato y una sensación de frescor le recorrió el trasero, llegando a provocarle escalofríos de placer que también le hicieron gemir.

Una mano experta le acarició el sexo hasta llevarla al máximo estallido del placer. Luego se permitieron unos minutos de descanso.

Encendió un cigarrillo y, mientras lo iba fumando tuvo que escuchar la lista de sus errores, reales o inventado, así como un cúmulo de amenazas sobre lo que iba a suceder en los días siguientes. Se le había encontrado culpable de negligencia y un sin fin de cosas más, todas las cuales debían ser corregidas con la máxima severidad. También se le dijo aun no todo era culpa suya, sino de quién lo había permitido con su tolerancia. Aún así, se iba a incrementar la exigencia porque, ya se sabe, corregir un defecto es mucho más difícil cuando hay malos hábitos adquiridos que cuando se enseña algo por primera vez y ella había tenido la mala suerte de que no se la enseñase correctamente, así que, había que ser mucho más severo y constante en las correcciones para obtener buenos resultados.

Empezó a temblar cuando oyó todo lo que le esperaba. Iba a ser un control absoluto sobre su vida, sus actos y hasta sus pensamientos. El tono de voz no dejaba dudas sobre la seriedad de quien estaba
hablando.

Tras un silencio incómodo, ella empezó a protestar pro, cada protesta era contestada con nuevas exigencias: si no estaba de acuerdo con un castigo, él lo aumentaba: si no aceptaba una obligación se le aumentaba el castigo y se le añadían castigos suplementarios en caso de desobediencia. Antes de que pudiera asimilar todo lo que estaba oyendo, fue informada de que su culo había empezado a adquirir su color habitual y, puesto que aquella tarde estaba dedicada a castigar sus impertinencias, no debía permanecer en ningún momento sin sentir los efectos de la corrección, así que debí colocarse en la posición adecuada para poder llevarla a cabo.

Ella gimió e intentó protestar, pero una mano férrea la obligó a darse la vuelta y dejar expuesta su parte más vulnerable. También se le informó de un incremento en el número de azotes por haber intentado resistirse. Esto último casi daba igual porque no le habían informado de cuantos tendría que aguantar antes de que le dieran un descanso.

El resto de la tarde fue una repetición de lo anterior con alternancias de castigos y recompensas, de azote y de placer, de dolor y de gusto.

Cuando por fin se quedó sola, corrió a un espejo para comprobar el estado de su trasero que, efectivamente, era lamentable, lo que le llevó a pensar que aquello era demasiado y que no tenía por que aguantarlo. Sin embargo, obedientemente, tomó una hoja de papel y un bolígrafo para hacer el ejercicio de redacción que le había impuesto para aquella noche.

Se sentó encima de un cojín, cuidadosamente, para evitar el roce con su piel sensibilizada y, tras pensar unos instantes, comenzó a escribir a partir de la frase que le había sido ordenado como comienzo.

"La correa cayó sobre su trasero una y otra vez......"
No