<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><rdf:RDF xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/" xmlns:ti="http://purl.org/rss/1.0/modules/textinput/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:co="http://purl.org/rss/1.0/modules/company/" xmlns:rdf="http://www.w3.org/1999/02/22-rdf-syntax-ns#" xmlns="http://purl.org/rss/1.0/"><channel rdf:about="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/rss20.xml"><title><![CDATA[Relatos de Spanking Mandados por Colaboradores]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/rss20.xml]]></link><description><![CDATA[&#32;]]></description><dc:publisher><![CDATA[Publisher]]></dc:publisher><dc:creator><![CDATA[creator]]></dc:creator><dc:rights><![CDATA[rights]]></dc:rights><dc:date><![CDATA[12/12/2004]]></dc:date><sy:updatePeriod><![CDATA[hour]]></sy:updatePeriod><sy:updateFrequency><![CDATA[123]]></sy:updateFrequency><sy:updateBase><![CDATA[BASE]]></sy:updateBase><items><rdf:Seq><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_34.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_33.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_31.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_30.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_29.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_28.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_27.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_26.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_25.htm"/><rdf:li resource="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_24.htm"/></rdf:Seq></items></channel><item rdf:about="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_34.htm"><title><![CDATA[Vota por SpankChile Cuentos en 20Blogs]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_34.htm]]></link><description><![CDATA[<a href="http://www.20minutos.es/premios_20_blogs/votar/1575/1/" target="_blank"><img src="http://www.20minutos.es/i/vot03.gif" border=0></a>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_33.htm"><title><![CDATA[¿Has notado que no hay cuentos nuevos?]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_33.htm]]></link><description><![CDATA[¿Has notado que no hay cuentos nuevos? Paciencia, los cuentos no serán <br/>publicados hasta haber finalizado en concurso y haber entregados los premios a <br/>los participantes así que ten un poco de calma que a principios de mayo te <br/>inundaremos con nuevos y entretenidos cuentos.<img src="http://www.imgnets.com/upload/bounce1.gif"><br/>&#9;&#9;&#9;</font></p><br/>&#9;&#9;&#9;<p align="justify"><font face="Arial" color="#800000">Recuerda que <br/>&#9;&#9;&#9;el plazo termina el 30 de julio, así que si aún no mandas hazlo <br/>&#9;&#9;&#9;AHORA enviando tus relatos a <a href="mailto:spank_chile@yahoo.es"><br/>&#9;&#9;&#9;spank_chile@yahoo.es</a> y/o a <a href="mailto:spankchile@gmail.com"><br/>&#9;&#9;&#9;spankchile@gmail.com</a>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_31.htm"><title><![CDATA[II Concurso de Cuentos de SpankChile]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_31.htm]]></link><description><![CDATA[BASES DEL CONCURSO <br/><br/>Webs Afiliadas:<br/>"SpankChile" http://geo51.com/spankchile/<br/>"Relatos de Azotes" http://www.azotes.blogia.com/  mail: spankoblog@yahoo.es <br/><br/> La web "Relatos de azotes" se suma al II concurso de cuentos de SpankChile pasando a formar parte de la organización y jurado.<br/><br/>  ¿Tu también quieres sumar tu web al concurso de cuentos? Mándanos un mail a spank_chile@yahoo.es<br/><br/>II Concurso de Cuentos<br/><br/>Premios:<br/><br/> A todos los que participen 1 video corto y una galería de fotografías (Obviamente NO publicados con anterioridad en spankchile), los que serán enviados antes de la premiación.<br/><br/>1º Lugar <br/><br/>Premio una película de spank, más 100MB en videos cortos,  más 50MB en fotografías<br/><br/>2º Lugar <br/><br/> Premio 100MB en videos cortos más 50MB en fotografías<br/><br/>3º Lugar <br/><br/> Premio 50MB en videos cortos  más 50MB en fotografías<br/><br/> Menciones<br/><br/> 10MB en Fotografías y un video corto<br/><br/> Plazo para enviar los relatos :<br/><br/> 30 de Julio, plazo ampliado del 15 de junio al 30 de julio (razones técnicas)<br/><br/> Forma de envío de los relatos:<br/><br/>Mail al grupo http://es.groups.yahoo.com/group/spankchile/ (necesitas estar inscrito) <br/><br/>O directamente a spank_chile@yahoo.es con copia a spankoblog@yahoo.es o a  spankchile@gmail.com con copia a spankoblog@yahoo.es <br/><br/>* Los cuentos serán publicados en http://geo51.com/spankchile_cuentos y en    http://www.azotes.blogia.com/]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_30.htm"><title><![CDATA[LA ABADESA]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_30.htm]]></link><description><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/files/hg23417.jpg" alt="" border="0" width="450" height="360"/><br/>Por Jano<br/><br/>Hoy, 12 de Octubre del año del Señor de 1.492, reinando sus Católicas Majestades Dña. Isabel y D. Fernando, la anciana Abadesa, tras larga y penosa enfermedad , habiendo  recibido los Santos Sacramentos y la Extremaunción, ha entregado su alma al Supremo Hacedor.<br/><br/>                                                ------------------------------<br/>Esa noche, las hermanas  velaron  y rezaron por su querida madre abadesa que había pasado a mejor vida.<br/><br/>A la mañana siguiente, Fray Onésimo ofició la misa de réquiem acompañada  por los cánticos de todas las hermanas y, en su homilía, ensalzó las virtudes de la difunta madre.<br/><br/>Pasado un día de rezos, como exigían las reglas, se reunieron a votar para nombrar nueva abadesa todas las hermanas,-- exceptuando  las novicias--..<br/><br/>En ello estaban cuando llegó un emisario del Arzobispo con una misiva. En ella, se leía lo siguiente:<br/><br/>          "Queridas hijas en Cristo nuestro Señor:<br/>          Conocido el fallecimiento de nuestra hija,<br/>          Sor Lucía del Justo Nombre de Jesús, he<br/>          decidido  que sea nombrada Madre<br/>          Abadesa del convento  mi sobrina Sor Inés<br/>          que se presentará allí en la mañana del <br/>          domingo después de maitines.<br/>          Confiando en vuestra obediencia y caridad, <br/>          quedad con Dios nuestro Señor y con mi <br/>          bendición.                                 <br/><br/>                           Firma y sello ut supra. <br/><br/>El asombro se dibujó en las caras de las hermanas: <br/>era harto irregular aquella imposición. Las Reglas de la Orden establecían claramente las normas que  regulaban el nombramiento de la nueva abadesa. Sin embargo, el mandato no admitía interpretación ni discusión alguna. Debían  acatarla sin la menor vacilación o discrepancia: el obispo ordenaba y debía ser obedecido.<br/><br/>Como anunciaba la carta de Su Ilustrísima, la mañana del domingo, después de maitines, en una severa carroza negra, llegó Sor Inés: envuelta en su blanca capa.<br/><br/>Se dirigió a la entrada del convento donde se encontraban todas las hermanas, incluidas las novicias, esperando su llegada. Fue recibida con deferencia y acompañada hasta la celda destinada a ella.<br/><br/>El asombro y cierto enojo se reflejaba en sus rostros;<br/><br/>Sor Inés, que  no tendría más allá de los 21 años ,  con  ojos en los que se reflejaba un cierto temor, no dejaba de mirar a uno y otro lado como buscando donde esconderse.<br/><br/>La dejaron sola en la celda y se retiraron murmurando contra aquella imposición tan absurda.<br/><br/>Sor Inés, sin fuerzas para pensar en la tarea impuesta por su tío y a la que trató de negarse sin éxito,  se acostó a descansar aunque solo fueran unos minutos.<br/><br/>                                                    ----------------------------<br/>Pasaron varias semanas y aquello era peor de lo que se había temido.<br/><br/>l Las monjas no hacían caso a sus indicaciones; ni siquiera las novicias. <br/><br/>Cada domingo, Fray Onésimo pasaba por el convento para oír las confesiones de  las que lo habitaban. Sor Inés no le decía nada del tormento que estaba pasando.  Al fin y al cabo, en la confesión no tenía porque hablar de ello puesto que no se trataba de pecados o faltas suyas.<br/><br/>Alguna noche de insomnio, paseando por el corredor, escuchaba risas y murmullos apagados<br/><br/>que trascendían las puertas de algunas celdas. Inquieta, no sabía que pensar de aquello.  <br/><br/>Aún pasaron dos semanas más cuando se atrevió a contarle al fraile lo que ocurría y lo referente a los ruidos que escuchaba algunas noches en las celdas de las monjas. <br/><br/>Él la amonestó severamente por soltar las riendas de la situación y no saber manejar a sus hermanas. Ella era quién debía mantener el <br/>orden y la disciplina en el convento y hacer cumplir las reglas con todo rigor. En cuanto a los ruidos nocturnos no sabía qué pensar: Sor Inés debería vigilar y enterarse de lo que  en las celdas ocurría a unas horas en que todo debería estar en  silencio. Ella  prometió que así lo haría y le informaría de lo que descubriera.<br/><br/> Noche tras noche, procurando no hacer ruido, paseaba arriba y abajo por el pasillo, aguzando el oído para tratar de enterarse de lo que ocurría en el interior de las celdas de donde procedían los sonidos.<br/><br/>Algunas veces, oía risas apagadas y murmullos; otras, jadeos que no sabía identificar.<br/><br/>Seguían pasando los días y no avanzaba  en su investigación.<br/><br/>Todos los domingos,  Fray Onésimo le preguntaba por sus averiguaciones a lo que ella contestaba que, desde el corredor, no conseguía saber que ocurría en el interior de las celdas.<br/><br/>Además, no solo era eso: la abadesa le confió que no lograba hacerse obedecer.<br/><br/> Cada monja iba por su lado, holgazaneando, durmiéndo en los rezos, robando en la cocina, yendo desaliñadas e incluso, riñendo entre ellas por el asunto más baladí.<br/><br/>Fray Onésimo se enfurecía y le recriminaba su falta de autoridad que, por todo lo oído, redundaba en perjuicio de la buena marcha de la comunidad. A él le preocupaba todo: la falta de disciplina de las monjas y lo que pasaba en las celdas durante la noche. Ordenó, irritado, a Sor Inés que tomara medidas en todos los sentidos o se lo comunicaría a su tío el Arzobispo. Incluso, le ordenó que entrara en alguna de aquellas celdas de las que procedían los sonidos y se enterara directamente de lo que allí ocurría. Tenía autoridad para hacerlo en beneficio de la comunidad. No debería dejar pasar ni un día más  sin averiguarlo. Ella asintió y prometió hacerlo.<br/><br/>Sin valor para cumplir su promesa, aún pasaron varios días hasta que, haciendo acopio de valor, la noche del sábado entró sin aviso en una de las celdas.<br/><br/> Lo que presenció le heló la sangre  y a punto estuvo de caer al suelo desvanecida por la impresión. Dos novicias, totalmente desnudas, intercambiaban besos mientras se azotaban  mutuamente en las nalgas y la espalda con las manos y unas cuerdas entre risas hasta que se dieron cuenta de la presencia de Sor Inés.<br/><br/>Sorprendidas por  la abadesa, las dos jóvenes trataban sin éxito de tapar su desnudez.<br/><br/>En tanto, Sor Inés, petrificada, no daba crédito a lo que acababa de presenciar. Sin reaccionar, seguía allí, sujetando la puerta con una mano y sin dejar  de mirar la escena como hipnotizada.  <br/><br/>Al fin, pudo articular unas palabras que le sonaron como dichas por otra persona:  salían de sus labios atropellada e incoherentemente<br/><br/> Las amenazó con la condenación eterna, con proclamarlo a los cuatro vientos, con  decírselo al Arzobispo para que fueran expulsadas. Les ordenó que se acostaran advirtiéndoles que se tomarían medidas contra ellas.<br/><br/>Abrió otras puertas y, horrorizada, encontró escenas similares. Novicias y monjas, desnudas o semidesnudas, se abrazaban, se besaban, se manoseaban, se lamían,  hurgaban los sitios más recónditos de sus cuerpos,.. <br/><br/>Trastornada, enfebrecida, encolerizada, abrió violentamente las puertas de todas las celdas y a grandes voces ordenó a las mujeres que salieran al pasillo tal como estaban.<br/><br/>De su celda, Sor Inés tomó las disciplinas que usaba para purgar sus pecados y, avanzando por el pasillo, golpeaba con ellas a todas las que, a  ambos lados, arrimadas a las paredes,  encontraba a su paso, sin sus hábitos o con ellos tratando de taparse. <br/><br/>Cuando se fue calmando, no sin antes haber azotado a muchas de ellas, ordenó que cada una se encerrara en su  celda.<br/><br/>Una vez que el pasillo quedó vacío y en silencio, Sor Inés se encerró en la suya. Las manos le temblaban y un calor desconocido, unas sensaciones nunca sentidas le recorrían la espalda<br/><br/>Y, en suma, todo el cuerpo entero. Con la boca abierta notaba el temblor de sus labios.<br/><br/>Su cabeza era un caos, un torbellino de emociones encontradas. Algo insólito no sentido nunca le atormentaba: algo que no sabía definir.<br/><br/>Se acostó vestida con el hábito, temblando desde la punta de los pies hasta la nuca.<br/><br/>Las escenas vistas, el recuerdo de ella misma azotando sin piedad a sus hermanas se cruzaban por su imaginación desbocada. Escalofríos le recorrían la columna vertebral y el temblor no abandonaba su cuerpo ni su espíritu.<br/><br/>No comprendía cómo había podido llegar a tales extremos, aunque las faltas de sus hermanas fueran tan graves. <br/><br/>Una laxitud nunca sentida se apoderó de ella.<br/><br/>El sueño la venció al fin. Cayó en un sopor y los sueños, como un vendaval de emociones, poblaron su espíritu. Se veía de nuevo azotando a monjas y novicias sin discriminación y disfrutando de ello. La escena le producía cosquilleos y espasmos en el vientre.<br/><br/>Al fin, las imágenes se diluyeron en su cerebro y cayó en un profundo sueño reparador.<br/>                                                 -----------------------------<br/> A la mañana siguiente, domingo, Sor Inés encabezó la fila para el rezo de maitines con una extraña sensación en su cuerpo y su mente.<br/><br/>Tras ella, monjas y novicias, avanzaban en silencio, cabizbajas. Ninguna de ellas levantó la cabeza durante los rezos en la capilla.<br/><br/>Fray Onésimo,  oyó en confesión a las monjas. Cuando le llegó el turno a la abadesa, le preguntó si había averiguado algo a lo que contestó que no, sintiéndose culpable por la mentira. Nada había sucedido digno de mención. <br/><br/>Llegado el momento de la comunión, Sor Inés, le hizo una seña al fraile como que se encontraba indispuesta para recibirla.<br/><br/>                                      -----------------------------------------<br/>A partir de aquella noche, la Abadesa fue obedecida en todo lo que mandaba durante un tiempo. Ella mantenía ante el fraile que nada ocurría ya que había tomado  las riendas de la comunidad: no se oía nada por las noches y todo empezaba a marchar de la mejor manera.<br/><br/> Sus hermanas iban aseadas, estaban atentas a los rezos y no habían vuelto a discutir. No tenía motivos de queja y se sentía satisfecha.<br/>                                                 --------------------------<br/>Pasaron los días y una noche, la abadesa salió al pasillo. De una de las celdas salían risas y gemidos de nuevo: balbuceos, como quejidos, jadeos.<br/><br/> Abrió la puerta con firmeza y encontró juntas a dos monjas tumbadas en la litera, semi desnudas, abrazadas una sobre otra, besándose y acariciando sus cuerpos. Les obligó a salir de la celda y llamó al resto de las hermanas. Todas se colocaron a ambos lados del pasillo con la espalda apoyada en la pared.<br/><br/>Algunas salían de la celda de otras, a medio vestir. A las primeras que sorprendió, les ordenó que, tal como estaban, sin ropa, se colocaran en el centro. Mandó a las que no estaban decentemente vestidas que se pusieran también junto a las primeras.<br/><br/>Sin vacilar un punto, se dirigió a su propia celda de la que volvió con las disciplinas en la mano  agitándolas en el aire. Dijo a las infractoras,--ocho en total --, que se colocaran frente a frente, juntas. <br/><br/>Avanzando por el pasillo, primero una fila y más tarde la otra, fue recorriendo una a una a las monjas y novicias, azotando sus culos, uno a uno veinte veces. <br/><br/>Mientras esto hacía, extrañas sensaciones le acometían; una a modo de satisfacción invadía su cuerpo y su mente, dándose cuenta de que <br/><br/>algo en la acción de los azotar   a sus hermanas le producía un gran placer: se regodeaba con el color que iban adquiriendo sus traseros por efecto de los azotes.<br/><br/>                                                        ---------------------<br/>De tiempo en tiempo, la escena se repetía con variantes.<br/><br/>Sor Inés se hizo de un pequeño látigo y una regla de dura madera de haya que utilizaba a su entera discrección sin que en la grey se alzara  voz alguna de protesta.<br/><br/>En ocasiones, cuando el castigo era en presencia de todas las monjas, algunas risas ahogadas se escuchaban por parte de las más jóvenes.  <br/><br/>Otras veces, el castigo se producía en la intimidad de la celda de Sor Inés. Después de azotar con firmeza a las infractoras, le rendía la <br/><br/>ternura y las abrazaba, las besaba y acariciaba su enrojecido culo mientras ellas descansaban la cabeza sobre su pecho,  llorando blandamente. <br/><br/>Cuando el castigo era en privado, prefería hacerlo solo con la mano. <br/><br/>La paz reinaba en el convento y se veían resplandecer los rostros de la mayoría. <br/><br/>Durante el día, se ocupaban con diligencia en la cocina, en el huerto, haciendo dulces, etc. <br/><br/>En la noche, las idas y venidas de unas celdas a otras, eran más que frecuentes. Los castigos se sucedían casi a diario. Siempre había alguna que había cometido una pequeña falta y Sor Inés sospechaba que  lo hacían a propósito. <br/><br/>No faltaban las visitas a la celda de la propia Abadesa donde se escuchaban los mismos sonidos que en las otras.<br/><br/>                                               ----------------------------<br/>A Fray Onésimo, jamás le dijo  nada de lo que pasaba entre aquellas paredes. Solo le contaba lo bien que marchaban las cosas. A esto, el felicitaba a la Abadesa por haber encauzado a las hermanas y lograr la paz y el bienestar para ellas, y  para el convento a mayor gloria de Dios.<br/>    <br/>                                               ----------------------------<br/>La Abadesa llegó a  una provecta edad antes de rendir cuentas ante su Creador con el cariño y la devoción de sus hermanas.<br/><br/>                                                          F I N<br/><br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_29.htm"><title><![CDATA[LUCIA.]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_29.htm]]></link><description><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/files/hg04614.jpg" alt="" border="0" width="500" height="380"/>Relato de Jano.<br/>Durante cuatro años, desde los 18, había soportado las Infidelidades de Mario, su pareja. Cansada de la situación, harta de perdonar y volver a perdonar, una vez y otra, siempre con su promesa de no repetirlo, Lucía le dejó plantado y trató de reanudar su vida por otros derroteros, sola.<br/><br/>El detonante fue que, cuando se decidió a hacerle partícipe de sus fantasías íntimas él, airadamente, le dirigió los peores epítetos de que fue capaz.<br/>Lucía soñaba con que él le propinara una azotaina de vez en cuando: era su anhelo secreto y que mantenía como tal desde que le conoció. Solo la necesidad y la deseperanza guardada durante  los últimos cuatro años, hizo que se confesara a él. El resultado no pudo ser peor; ante aquél aluvión de insultos, la joven decidió dar por terminada la relación.<br/><br/>Ella, que le había perdonado toda clase de infidelidades, no entendía que él no accediera a sus deseos o, al menos, no se aviniera a discutirlo amistosamente.<br/><br/>Con lágrimas en los ojos, recogió algunas de sus pertenencias, llamó a su  hermana y le pidió asilo momentáneo.<br/><br/>De nuevo llorando, abandonó la casa donde había transcurrido su vida en aquel tiempo.<br/><br/>Ya instalada en la casa de su hermana, pensó en su futuro y decidió que tenía que hacer algo para ganarse la vida. Su trabajo como auxiliar administrativo en una empresa, de 8 a 15 no era  lo más apropiado. Se enteró de la convocatoria a una oposición  del Estado, bien remunerada y con perspectivas de ascenso. Decidió presentarse ya que reunía las condiciones precisas.<br/><br/>Dado que llevaba tiempo sin estudiar y que los temas eran muchos y difíciles, comprendió que debía buscar ayuda.<br/><br/>Hizo averiguaciones y supo de un profesor especializado en la preparación de  oposiciónes.<br/><br/>Llamó al número de teléfono que le habian proporcionado y concertó una cita para el día siguiente. La voz de la persona que la atendió era de una mujer:  la dirección,  de una calle cercana al Museo del Prado, zona de las más elegantes de Madrid.<br/><br/>Llena de esperanza, se acicaló cuidadosamente: pantalón gris claro, camisa blanca, chaqueta tipo sastre y zapatos de tacón alto. El pelo, recogido en una larga “cola de caballo”. Carmín en los labios y una discreta sombra de ojos.<br/><br/>Aproximándose la hora de la cita, tomó el metro hasta la estación de Banco de España (Cibeles) y bajó andando por el Paseo del Prado hasta llegar a la calle y al número que le habían sido indicados. <br/><br/>Se encontró ante un edificio de principios del siglo XX, señorial, con un gran portal flanqueado por dos grandes puertas de hierro forjado y una mullida alfombra roja cubriendo toda la entrada. Caminando por ella, accedió al ascensor de madera labrada y cristales. Abrió la puerta,--también de hierro forjado--, y subió hasta el segundo piso. Llamó al timbre  y esperó. Tras unos pocos segundos, la puerta se abrió:<br/><br/>una mujer de unos cuarenta años, embutida en un ajustado vestido negro, delantal blanco y cofia del mismo color, le hizo pasar y, tras enterarse de quién era le pidió que la siguiera por el ancho corredor  alfombrado y flanqueado por numerosas estatuillas de bronce y varias cornucopias.<br/><br/>Lucía la observaba mientras caminaba tras ella: se trataba de una mujer alta, de pelo negro y espléndidas caderas que movía acompasadamente al andar sobre sus zapatos de altos tacones.<br/><br/>Después de algunos pasos, la mujer llamó discretamente a una puerta y, al recibir el permiso, la abrió y anunció la visita de Lucía. Con un ademán la invitó a pasar.<br/><br/>Cuando hubo entrado, Lucía se encontró en una gran habitación en la que había varias mesas de caoba, armarios de la misma madera, alfombras rojas y, al fondo, una mesa de despacho ante un ventanal con cortinas de terciopelo y, tras la cual, se encontraba un hombre de unos 50 años, delgado, pelo entrecano y patillas plateadas. Se levantó para recibir a la joven. Su estatura era más que mediana: vestía un traje negro que hacía juego con su rostro severo. Indicó a Lucía un sillón frente a sí y, tras sentarse ella, también él tomó asiento.<br/><br/>Después de escuchar las pretensiones de la muchacha, con voz profunda, bien modulada dijo:  <br/><br/>--“Señorita: antes de aceptarla como alumna, he de decirle mis condiciones.”<br/><br/>Impresionada por el escenario y la presencia del hombre, Lucía asintió con la cabeza.<br/><br/>--“Bien: la vestimenta de mis alumnos es muy importante para mí. La puntualidad, la estricta obediencia y el esfuerzo también lo son.<br/><br/> Lo primero: no podrá venir vestida con pantalón. Siempre con falda. No deberá maquillarse de ningún modo y el pelo irá recogido. ¿Me va entendiendo?—“<br/><br/>Lucía afirmó con la cabeza.<br/><br/>--“Sigo: las faltas de puntualidad, los errores, la indisciplina, o el incumplimiento de las reglas sobre la vestimentas, serán sancionadas debidamente—“<br/><br/>Lucía se movía inquieta ¿Qué querría decir el hombre con lo de sancionar sus posibles faltas? No obstante, asintió levemente. Lo  que sabía del profesor  por las referencias recibidas sobre él, era que el número de aprobados de sus alumnos en las convocatorias ascendía a un 90%. No podía  permitirse poner objeciones y sí aceptar las condiciones impuestas.<br/><br/>--“Esas son mis reglas además del pago de las clases.<br/><br/>Si no está de acuerdo éste es el momento de decirlo. Una vez que haya aceptado deberá cumplirlas o nuestra relación quedará cancelada en caso de no hacerlo a mi entera satisfacción. ¿Sí, acepta? En ese caso, todos los lunes, miércoles y viernes a las 17,30 la quiero ver aquí con los ejercicios que yo le daré.Mañana es viernes, así es que hasta mañana.”--<br/><br/>Se levantó y acompañó a Lucía hasta la puerta, donde le tendió la mano y la despidió.<br/><br/>En el pasillo, misteriosamente, apareció la mujer como si supiera de antemano que ella iba a salir. La llevó hasta la puerta de salida y allí a la despidió con una ligera inclinación de cabeza.<br/><br/>Caminando por el Paseo hacia la entrada del metro, Lucía iba poniendo en orden sus pensamientos. No sabía bien a que se referiría el profesor con lo de los castigos. ¿Acaso le impondría deberes extraordinarios como en el colegio? Era tal su necesidad de aprobar aquella  oposición que aceptaría casi cualquier cosa o esfuerzo que se le impusiera.<br/><br/>Pasaron dos semanas. Las cosas se desenvolvían bastante bien: a veces, recibía una regañina y gestos de desaprobación por parte de él. Hasta el momento no había recibido ningún castigo: supuso que las amenazas iban encaminadas a que ella hiciera el máximo esfuerzo.<br/><br/>Un lunes, llegó con los ejercicios sin terminar. La noche del sábado se fue de marcha con su hermana y sus amigas: se acostó ya entrada la mañana del domingo y durmió casi hasta lo noche. En consecuencia, no había tenido tiempo de hacerlos.<br/><br/>Cuando llegó el momento de entregarlos y  no poder hacerlo, el profesor, airado, le dijo:<br/><br/>--“¿Cómo se atreve a venir sin los ejercicios hechos?”—<br/><br/>--“No me ha dado tiempo de hacerlos”—contestó Lucía.<br/><br/> “—Desde el viernes que salió de aquí hasta hoy han pasado casi 72 horas y no ha tenido tiempo ¿Eh? Esta es una falta que no puedo pasar por alto. Con otras he sido demasiado benévolo,  pero con ésta no. Apoye el pecho y las manos sobre esa mesa libre de papeles y manténgase inclinada hasta que yo le diga.”—<br/><br/>Sin salir de su asombro, Lucía  vaciló un momento antes de cumplir la orden pero, ante la dura mirada del hombre que lanzaba fuego por los ojos, obedeció con una extraña sensación en el cuerpo y la mente.<br/><br/>Dio un respingo cuando sintió en su culo el golpe de un objeto contundente. Sin poder evitarlo, se levantó bruscamente y vio al hombre con una regla en las manos de unos 50cm. de larga y 5 de ancha. <br/><br/>Con una fuerza insospechada, él la obligó a agacharse de nuevo y, ante las protestas de la joven, impasible, sin una palabra, siguió azotándola.<br/><br/>--“ Ya le dije mis condiciones el primer día. Ahora debe cumplir su compromiso. Estará toda la hora de la clase en esa posición y, cada 15 m. recibirá 10 golpes con la regla hasta la hora de irse. Si no lo acepta, puede irse ahora mismo: pero no vuelva.”—<br/> <br/>Lucía no se movió. Recibió los reglazos que aún faltaban y se mantuvo quieta. Entretanto su cerebro<br/><br/>No paraba de dar vueltas a la situación; por un lado, por primera vez se habian  hecho realidad sus fantasías: por otro le parecía que la situación era bastante extraña y que,  si la aceptaba pasivamente podría parecer raro y su dignidad quedaría mermada. Trató de levantarse pero la voz del hombre le hizo cambiar de opinión con una orden tajante.<br/><br/>--“ Quieta o se marcha”—<br/><br/>No se movió. Extrañas sensaciones recorrían su cuerpo <br/><br/>Al rato, efectivamente, la regla volvió a hacer impacto en su dolorido culo que ardió con otros 10 golpes.<br/><br/>Siguió sin moverse y sintiendo sus carnes al rojo.<br/><br/>Antes de terminar la hora, como él había dicho, recibió los 20 restantes.<br/><br/>En un estado de gran excitación, después de recibir las consiguientes reprimendas y advertencias para el futuro por parte del profesor, Lucía salió de la casa.<br/><br/>Ya en el vagón del metro se dio cuenta de que una cierta  humedad mojaba sus muslos. Volvió a pensar que alguien, seguramente sin saberlo, había hecho realidad sus fantasías. Confió en que aquello se repitiera con frecuencia. <br/><br/>Llegada a la casa, se encerró en su habitación y, frenéticamente, llevándose las manos a la entrepierna, bajándose  el panty, se masturbó recordando la azotaina recibida.<br/><br/>El miércoles, en lugar de los pantys se puso un exiguo tanga,  medias ajustadas a los muslos y una falda muy corta. Llegó con los ejercicios hechos aunque con 5 m. de retraso.<br/><br/>Él la recibió con una mirada fría y le advirtió de su impuntualidad.  <br/><br/>--“ Al final de la clase le haré pagar retraso”--<br/><br/>Lucía se estremeció de la cabeza a los pies, un hormigueo recorría su vientre y el culo le ardía anticipadamente, expectante.<br/><br/>Transcurrieron 45 m., tras los cuales, él ordenó a la joven que se inclinara sobre la mesa. Con una ligera vacilación, ella obedeció y, al jacerlo, tuvo la seguridad de que algo más que sus piernas se mostraba. <br/><br/>Si mediar palabra, él se afanó en golpear con la regla las carnes femeninas sin, al parecer, percatarse del espectáculo que ofrecía la joven en semejante postura y por el corto tamaño de la falda.<br/><br/>En ésta ocasión no fueron 10 los golpes propinados sino 30, tras los cuales la recriminó por su falta y, despues de ello, comenzó a azotarla de nuevo hasta  un total de 40.<br/><br/>--“Siento tener que adoptar éstas medidas, pero es necesario que aprenda a tener disciplina y a obedecerme. Le recuerdo que se lo dije al principio. Usted me obliga a ello.”--<br/><br/>Entretanto, con suavidad, subió su falda y, también suavemente acarició el enrojecido culo de la muchacha. Ella se estremeció: la caricia calmaba el escozor.<br/><br/>Al poco, se retiró de ella y, acercándose a la mesa, pulsó un timbre. Inmediatamente se presentó la mujer.<br/><br/>--“Traiga una palangana con agua y hielo y una toalla pequeña”—<br/><br/>Sin decir palabra, la mujer salió y volvió enseguida conlo pedido.<br/><br/>Lucía seguía en la misma posición reclinada sobre la mesa y las nalgas casi al aire.<br/><br/>--“Humedezca la toalla y aplíquela sobre ella”<br/><br/>Así lo hizo  . En tanto,  Lucía,  agradecida por el tratamiento, pero confusa no sabía que pensar de la situación.<br/><br/>La mujer sabía de éstas escenas y no parecía sorprenderla. El culo de la chica disfrutaba del frío.<br/><br/>Al poco, sonó la voz del hombre: --“Ya basta. Pueden irse las dos”—<br/><br/>La mujer salió y Lucía, con la cara arrebolada, se arregló la falda tapando  su desnudez y, recogiendo sus cosas se despidió con la mirada baja.<br/><br/>Salió a la calle. Llovía. A ella no parecía importarle. Andaba deprisa y el agua escurría por su cara como si fueran lágrimas, pero en su interior, otra tormenta se cernía. Su vientre hervía de deseos incontenibles encendido de pasión . <br/><br/>En el metro, ausente de todo lo que la rodeaba, apretando su carpeta contra el pecho, no se había dado cuenta de que alguien le estaba acariciando el culo. Al fin, la luz se hizo en su cerebro. Un joven que estaba a su lado con aire inocente que miraba al infinito la estaba sobando las nalgas por encima de la falda. Dudando si montar un escándalo o aceptarlo, optó por lo último. Aquello hizo que aumentara más si cabía su excitación. Haciendo que no se daba cuenta, ella, a su vez, se oprimió el pubis con la mano que le quedaba libre. Llegó a su estación dejando al muchacho  en un estado de más que probable exaltación erótica no menor que en el que ella se encontraba. <br/><br/>Llegado que hubo a su casa no pudo por menos que descargar su carga sexual con la mano, la almohada, y el mango de un cepillo<br/><br/>Pasaron los días y Lucía siempre encontraba alguna forma de recibir una azotaina. Su profesor la regañaba constantemente y la azotaba con gran dedicación.<br/><br/>Al castigo seguían caricias y más agua y más hielo . Ocasionalmente, algo abultaba el pantalón del hombre. Nunca se pasó a mayores. <br/><br/>Lucía salía casi todos los días de la clase en un estado de permanente exaltación erótica , con un fuego interior que apagaba como podía en la intimidad de su dormitorio.<br/><br/>EPÍLOGO.<br/><br/>Cuando se presentó al examen, iba tan bien preparada que lo aprobó sin la menor dificultad.  <br/>Volvió a sus clases con el profesor para preparar otra oposición, que aprobó con nota. Despues vendrían otras cada vez  más importantes y, por tanto, más difíciles.<br/><br/>En Madrid, a 1 de Mayo de 2.005<br/><br/>JANO.]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_28.htm"><title><![CDATA[ADELA]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_28.htm]]></link><description><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/files/yodeescolar.jpg" alt="" border="0" width="236" height="359"/>Por Jano:<br/>Cuando abrió la puerta de la habitación,su sobrina Adela, sin más ropa que una exigua camiseta que apenas le cubría la cintura y  dejando a la vista su culo,  moreno por el sol, amplio y respingón que  mostraba sin tener conciencia de su presencia. Le sorprendió lo que estaba haciendo: montada a horcajadas sobre el brazo del sillón , se movía adelante y atrás frotándose sobre él, con un movimiento que no dejaba lugar a dudas sobre su intención.<br/>Excitado por el espectáculo y a la vez irritado por tan desvergonzada actitud, airadamente se dirigió a la jovencísima Adela exigiendole que parara. Ella pareció no oírle y siguió con el vaivén. En vista de que no le hacía caso, él, brúscamente, sacó rápidamente su cinturón que chasqueó en el aire y, sin explicaciones ni avisos, lo abatió sobre las expuestas nalgas, dejando rojas señales alargadas sobre ellas.<br/>Ella, al primer cintazo, trató de eludir el castigo sin éxito. La mano de su tío la sujetó fuertemente al sillón;  mientras, no cesaba de descargar un latigazo tras otro sobre aquel corazón de sandía en que se estaba convirtiendo el culo de la joven. <br/>El cinturón cruzaba el aire con un silbido amenazador antes<br/>de estrellarse ora sobre un lado, ora sobre el otro, alternando. <br/>Las protestasy gritos de Adela fueron dando lugar a suaves gemidos cada vez que el cinturón hacía impacto en sus carnes. Aparentemente, con la intención de evadirse del castigo, su cuerpo volvió a moverse de forma convulsiva de atrás hacia adelante frotando su entrepierna contra el brazo del sillón. Al observar aquella maniobra, su tío aumentó la fuerza y frecuencia de los azotes, ante  lo cual, ella, por toda respuesta, incrementó la velocidad  de  sus movimientos.<br/>La escena pareció  quedar suspendida en el tiempo. El tío, más excitado que enfadado con ella, sin embargo, no paraba de descargar golpes sobre aquél culo al que no dejaba de mirar como hipnotizado.<br/>En tanto, Adela se aferraba al brazo del sillón, incluso con las uñas clavadas en él sin dejar de frotarse. El resto del cuerpo subía y bajaba al ritmo de los azotes.<br/>Ninguno de los dos parecía prestar atención al tiempo transcurrido desde que empezara el castigo.<br/>Repentinamente, ella cayó desplomada sobre el sillón. Asustado, su tío dejó de golpear pensando que se habría desmayado; cuando intentó levantarla, Adela se le abrazó con fuera al cuello mientras le besaba apasionadamente en los labios.<br/>Lo que sucedió a continuación, pertenece a la intimidad de sobrina y tío.<br/>Aquello fué "El Comienzo de una gran amistad" (Casablanca)<br/> <br/>JANO.]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_27.htm"><title><![CDATA[AL GALOPE]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_27.htm]]></link><description><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/files/rams_scan0021.jpg" alt="" border="0" width="248" height="332"/>Por Rams:<br/>"Me dijeron hace meses que la competencia serla intensa. Alertaron a mis padres sobre la dedicacirn que requerirla esta pr`ctica. Se escogir el mejor caballo de la comarca, la montura m`s fina, todos los implementos fueron hechos a mi medida y gusto. Con exquisito lujo se bordaron mis chaquetillas y pantalones de montar, las botas fueron fabricadas por un artista en talabarterla traldo expresamente a la viqa. Mis instructores llegaban evaluados positivamente por sus logros previos, y eran despedidos a la menor falla que presentara mi exhibicirn...<br/>                 Asl pash medio aqo y una docena de habilidosos entrenadores desfilaron por los arcos de salida, con la cabeza gacha y un cheque de finiquito. Pap` estaba al borde de la quiebra, los gastos aumentaban en la medida que pretendla tener satisfechos a los inversionistas, los rancheros, la servidumbre y a cualquier pobre pelafustan que se sintiera afectado por mi comportamiento. El escazo rendimiento de las vides acentuaba el negro humor que se cernla sobre los envejecidos hombros de mi madre. Las canas desarrolladas por ambos en los yltimos 40 dlas no dejaban de asombrarme. Pero yo era una chica arrogante que aspiraba al Premio Nacional de Equitacirn, por lo que no me detenla en contemplaciones por demasiado tiempo. Estaba muy ocupada leyendo novelitas rosa y comiendo chocolatines a escondidas, ya que el sobrepeso mlo era factor determinante en los saltos de Chamberlain<br/>              <br/>             Una noche, de vuelta del teatro de variedades al que solla ir con mis amistades escolares, me encontrh con 2 seqoras de aspecto europeo charlando en la salita, mientras que mam` les servia th al chofer que tantas otras veces habla conducido la entrada de mis educadores frustrados .. pero algo olla diferente ahora. Nadie me presentr adecuadamente, 4 pares de ojos se posaron risueqamente en mi boca manchada de sorbete de chocolate, provoc`ndome un incontrolable sonrrojo.<br/> <br/>- A partir de maqana ellas se haré cargo de ti, hijita - dijo papa extraqamente conmovido<br/>- Sera mejor que te acuestes, querida, mañana ser duro ... necesitaras estar descanzada<br/> <br/>        Quize responder que ya era yo mayor para decidir a que hora me dormla, parecla que esperaban eso las mujeres, entonces (srlo por llevar la contra) subl las escaleras apresuradamente sin despedirme siquiera. Arriba la mucama ocultr el rostro y ahogr un ruido que casi puedo asegurar era una risa. En mi berger habla un horario e instructivo detallado de actividades desde la madrugada a la puesta de sol empezando de !!!?hoy mismo?!!!<br/> <br/>        Naturalmente desconocl la validez del papeleo aquel, tras echarlos a mi basurero decidl fumarme los restos de la hierba que me quedaban del paseito con mis ex-compaqeras. Dispensada de los molestos deberes escolares, inclusive exmida de asistir a clases o de rendir ex`menes, mi vida era la fantasla soqada de las muchachas y m`s de una vez se haclan repetir mis hazaqas de testarudez o las insolencias que era capaz de soltarle al m`s encumbrado de los potentados de la regirn. Y me daba piteadas de cigarrillos "especiales" cuando la historia amenazaba con volverse monrtona, en la creencia que estimulaban mi memoria. Estaba enfuruqada sl q me hice un pitillo y absorvl lo que m`s pude de humo... Supongo que me marih muy fuerte porque desperth aletargada con unos rayitos de sol pincelando mis p`rpados. No alcanzh a caer dormida cuando varios brazos me levantaron y vistieron agilmente. Torpemente fui a dar a las caballerizas, me morla de sueqo. <br/> <br/>- Se nos encomendr hacer de usted lo que ha pedido insistentemente a su familia: una ganadora<br/>- Si, bueno, okey, empiezen el lunes, damas, ahorita me voy a tomar una siesta p...<br/> <br/>              Jamás termine la frase. Una me jala la ropa hasta dejarme a culo descubierto, distintas personas se enlazaron para encaramarme a la fuerzaobre Chamberlaln. Desnuda de  la cintura para abajo efectuh un trotecillo flojo intentando escapar, pero !no podla zafarsme de las nuevas tutoras !  <br/> <br/>- Al galope , al galope - me declan una y otra vez mientas azuzaban con la fusta mi trasero]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_26.htm"><title><![CDATA[Tercer relato de Jano]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_26.htm]]></link><description><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/files/hg01409.jpg" alt="" border="0" width="640" height="512"/><br/>Ana tiene 14 años y, recientemente ha quedado huérfana. Jaime, el hermano menor de su madre ha venido para llevarla consigo a su casa en el norte, un edificio de dos plantas flanqueado por dos torres y alejado del pueblo más cercano algunos kilómetros donde vive solo con una criada.<br/><br/>Una vez instalada la niña en una de las habitaciones del piso superior, pasados unos días Jaime contrata una maestra educada en Inglaterra para la instrucción de la niña.<br/><br/>Transcurridas unas semanas el tío interrogó a la mujer sobre los progresos de su sobrina.<br/><br/> --No pone mucha atención en las clases, es desobediente y muy terca--<br/><br/> --Utilice los métodos que considere necesarios pero, no vuelva a darme otro informe semejante--dijo Jaime.--. Ya sabe a qué me refiero. No pienso soportar en mi casa ni la menor indisciplina, no solo de ella sino de usted. En caso contrario, seré yo quien tome medidas.<br/><br/> Al día siguiente, Sara, -la maestra, - habló a la niña en los siguientes términos:<br/><br/>--A partir de ahora, las cosas van a cambiar radicalmente. Tengo plenos poderes de tu tío para educarte, tanto si quieres como si no. O lo haces de buen grado o habré de utilizar métodos que no van a gustarte ni un poco. He de convertirte en una señorita educada y respetuosa cueste lo que cueste. Por las buenas o por las malas. ¿Ves esta regla? Más te vale que no la utilice en tí.--<br/><br/> Sin saber a que se refería su profesora, Ana se estremeció. Durante unos pocos días trató de portarse mejor. <br/><br/>Una mañana, tras varios intentos para que Ana dejara de hacer tonterías, Sara, desesperada, tomó de un brazo a la niña y, tumbándola sobre sus propias rodillas pese a sus protestas y pataleos, descargó sobre sus nalgas a través de la falda la regla que sostenía con la mano derecha. Fueron diez reglazos secos que arrancaron lágrimas y lamentos de la sorprendida Ana.<br/><br/> --Esto te enseñará a obedecer y estudiar en condiciones. Si no es así la misma escena se repetirá las veces que yo considere oportuno. De tí depende. Si tengo que educarte en la forma que lo hicieron conmigo lo vas a lamentar.--<br/><br/> Mientras escuchaba esto, Ana, llorosa, se restregaba las nalgas a través de la falda.<br/><br/>Pasaron los días. En varias ocasiones y , como su comportamiento no era el adecuado, probó la regla e, incluso, una zapatilla.<br/><br/> Una noche, cuando la niña estaba acostada, Jaimé llamó a Sara a la biblioteca y, el informe que recibió, nada satisfactorio, le enfureció.<br/><br/>En tono cortante dijo a la maestra:<br/><br/> --Confío en que no me obligue a tomar mis propias medidas. Le advierto que, si no consigue educar a mi sobrina, será usted quien pague las consecuencias con mis propias manos sobre sus carnes. Usted se encarga de la educación de mi sobrina y yo me encargaré de la de ambas. Queda avisada.--<br/><br/> Al día siguiente, nada más bajar a la biblioteca donde se desarrollaban las clases, Sara, sin más preámbulos, atrajo hacia sí a la niña y, levantando sus faldas hasta la cintura, si hacer caso de las protestas de Ana,  con amenazas futuras, golpeó sus nalgas con la mano y con la regla hasta cincuenta veces.<br/><br/> --No estoy dispuesta a que tu tío me castigue por tu culpa. Tu culo va a recibir castigos continuamente y te ataré a la pata de una mes para que medites. Te vas a acostar todas la noches con el culo bien caliente.--<br/><br/> Ese mísmo día y tras la clase de inglés, encolerizada por el comportamiento de Ana,la  vapuleó concienzudamente apoyándola sobre la mesa, azotándola sobre las nalgas desnudas que iban tomando un intenso color carmesí.<br/><br/> --Y, aunque es temprano, la niña se va a la cama sin merendar ni cenar con el culo bien caliente.¿Entendido?--<br/><br/> A partir de esa tarde, Ana  trataré de complacer en todo a Sara pero, inexplicablemente, sin resultado. Sara, insensible a las súplicas de la niña, parecía haberse aficionado y no cesaba de azotarla al menor pretexto e, incluso sin él. <br/><br/>La niña, desconcertada, soñaba por las noches con las palizas. Un día, sin previo aviso, Jaime preguntó a la pequeña sobre sus progresos y al comprobar, según su criterio, que no había adelantado lo suficiente, mandó a la pequeña a su habitación, castigada. Enfrentándose con la maestra le dijo:<br/><br/> --Señorita, estoy muy decepcionado. Las deficiencias en la educación de mi sobrina las va a pagar usted con creces.--<br/><br/> Sin más, tumbándola sobre sus rodillas pese al pataleo y las negativas, descargó veinte sonoros palmetazos sobre su trasero.<br/><br/> --Esto se repetirá tantas veces como yo considere necesario. Puede irse.—<br/><br/>El vientre de Sara bullía en un calor que le embargaba toda y apenas sentía el dolor de los golpes. Aquello actualizó sus recuerdos del colegio donde ella había estudiado y los castigos a que había sido sometida encontrándose con unos deseos que ya creía olvidados y que le hicieron sentir la misma excitación que en épocas pasadas.<br/><br/>Llegó a acostumbrarse a los castigos que, incluso, esperaba impaciente el recibirlos. Pasaron los meses. Sara azotaba a Ana, Jaime a Sara.<br/><br/>A partir de cierto momento, Sara azota a Ana, Jaime a Sara y Jaime a Ana. No pasaba día en que alguna de las dos recibiera un torbellino de nalgadas. A veces las dos juntas. A pesar de que los estudios de Ana marchaban excepcionalmente bien.<br/><br/>Jano.]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_25.htm"><title><![CDATA[CARTA A UNA AMIGA]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_25.htm]]></link><description><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/files/miaparaweb.jpg" alt="" border="0" width="164" height="212"/> Por Jano<br/>Querida amiga:<br/>     Como ya sabes por mi última carta, la paz no brillaba en mi matrimonio. Pese a que mi marido es un dechado de paciencia, un diablillo interno me empujaba a menudo para que se la pusiera a prueba. Cuanto más le atacaba, más retraido y alejado le notaba. Raramente me hacía frente<br/>y en esas raras ocasiones, después de la discusión, se encerraba en su despacho durante horas.<br/>     En realidad, por mucho que lo meditaba, no conseguía saber qué pasaba en mi interior para portarme de forma desconsiderada con alguien que me quería y a quién yo correspondía en el fondo de mi corazón.<br/>     No todo era negativo; nuestra actividad sexual era aceptable, e incluso muy satisfactoria,--curiosamente--, cuando habíamos tenido una discusión fuerte a lo largo del día (fuerte desde mi lado: él no solía responderme)<br/>     Como te decía, por mucho que buceaba en mis motivaciones para actuar de aquella forma con él, no sabía cuales eran las causas de mi actitud. Sí sabía, que todas nuestras desavenencias procedían de mis malas formas para con mi marido.<br/>Pasaban los días y los meses y la relación iba empeorando casi por minutos. Él, cada vez mas encerrado en sí mismo; yo, cada vez mas nerviosa y<br/>agresiva.<br/>                     - - - - - - - - - - - <br/>     Estando de visita en casa de mi amiga Ana ,--a la que tu debes recordar de nuestros tiempos de Instituto --, hice un descubrimiento asombroso. Mientras ella charlaba con el resto de las chicas, mi afición, casi compulsiva por la lectura, me llevó ante las estanterías donde Ana tenía sus muchos libros y revistas. Mis ojos se fijaron en un grueso tomo en cuyo lomo se podía leer "Enciclopedia del SM". El título me intrigó ¿Qúe era aquello de SM?. Lo abrí: en sus páginas encontré muchos dibujos, historietas, narraciones y fotografías sobre niñas, mujeres y alguna de hombres siendo sometido y sometidas, azotados y azotadas con la mano y otros instrumentos. La lectura y la visión de aquello, hizo que algo como una nube me rodeara y una excitación sin precedentes se apoderara de todo mi ser. A medida que pasaba las páginas, mi calentura subía. (Te cuento ésto por la gran confianza que nos une). Noté, desconcertada, que por mis piernas discurría el líquido que ya antes había empapado las bragas.<br/>¿Qué me estaba pasando?. Repentinamente, me vinieron  a la memoria escenas soñadas o en duermevela durante mis años de la pubertad y en las cuales, niñas o niños, eran azotados sobre las rodillas de adultos con el culo bién expuesto: aquellas ensoñaciones culminaban en lo que ahora sé eran los primeros aunque pequeños orgasmos.<br/>    Ante aquellos recuerdos y la visión de los castigos mostrados en la enciclopedia, mi estado era el de una elevada calentura. Dejando el libro en la estantería, pero con sus imágenes grabadas en mi memoria, fuí al cuarto de baño y....(fué así, te lo confieso), me masturbé frenética y lárgamente.<br/>     Antes de terminar la reunión, apartando a Ana de las demás, le pedí<br/>que me prestara el libro, a lo que accedió guiñándome un ojo. Buscó una bolsa y me la entregó con una pícara sonrisa dibujada en su rostro sin ningún comentario. "Ya me lo devolverás" --me dijo-- "No hay prisa"<br/>                  - - - - - - - - - - - - - <br/> <br/>Al regresar a casa y comprobar que estaba sola, encendida como seguía estando, fuí al dormitorio y, allí, con<br/>una almohada entre las piernas, consegui cinco orgasmos  maravillosos leyendo y viendo aquellas imágenes.<br/>                   - - - - - - - - - - -<br/> <br/>Repentinamente, dscubrí cual era el diablillo que me impelía a mantener aquella estúpida y beligerante actitud con mi marido. Lo que anhelaba, sin ser consciente de ello,  era recibir en mi cuerpo aquellos que me parecían deliciosos azotes.<br/>     Tenía que trazar un plan.  Puse varios indicadores de papel entre diferentes  páginas, --las más explícitas --, y dejé el libro  "descuidadamente" sobre la mesa de centro en el salón. Me puse aquella camisa blanca y la minifalda tableada de cuadros rojos y negros ( ya sabes:   las faldas escocesas ): una que guardaba como recuerdo de mis años de colegio y que apenas podía abrochar. Me había pedido mi marido que me vistiera de esa forma en numerosas ocasiones, lo que había supuesto que yo me pusiera con él como una fiera.<br/>     Esperé pacientemente a que él llegara sentada ante el televisor. Mi mente no estaba para lo que había en la pantalla; otros eran mis intereses.<br/>     Pasada media hora, que se me hizo interminable, mi marido llegó y le saludé. Al verme así vestida, se quedó parado a la entrada del salón con cara de asombro.<br/> <br/>     Mis piernas cruzadas, mostraban toda su longitud hasta casi, casi, la cadera. Hice como que no me percataba de su actitud de asombro y me levanté para cambiar de canal manualmente (lo que me obligó a agacharme y enseñar el culo apenas cubierto por unas bragas blancas, también de mi época de adolescente)<br/>     Le dejé alli con su expresión asombrada y me fuí a la cocina a prepararme un gin-tonic, procurando, durante el trayacto, mover las caderas más de lo acostumbrado.<br/>     Me tomé un buen rato en la preparación de la bebida. Cuando al fín<br/> volví, él estaba ojeando el libro: me miró con gesto interrogativo. A su pregunta muda, le contesté que me había gustado y lo había pedido prestado.<br/>     "Esto es lo que te está haciendo falta a tí desde hace mucho tiempo y no me he atrevido a hacer por respeto, pero que ha pasado por mi cabeza miles de veces debido a tu forma de comportarte. No me he atrevido .......hasta ahora. En adelante, cada vez que me montes un numerito de los tuyos, vas a saber lo que es  bueno"<br/> <br/>     Se le veía alterado como no le había visto nunca. Le provoqué, le insulté, le dije todo lo que se me ocurrió. Con sus ojos despidiendo chispas, vino hacia mí y me dió una bofetada.  <br/>     "Es la última vez que me haces  ésto. Se acabó. "<br/> <br/>     No bién acababa de decirlo, me agarró de un brazo y me tumbó sobre el sofá. A continuación, con toda tranquilidad, sin alterarse ahora, comenzó a estrellar su mano en mi trasero sin pausa,  metódicamente,<br/>a ritmo de metrónomo, no muy fuerte al principio, pero, paulatinamente,  aumentando la fuerza de los impactos. Por alguna razón por mí desconocida, no hice la menor señal de rebelarme. <br/>Los azotes dolían pero, a medida que se multiplicaban, el dolor dejaba paso a un cierto placer desconocido hasta  el momento. Me levantó del sillón y me puso de pié, frente a él. Desabrochó su cinturón y, sacándolo bruscamente, lo hizo restallar en el aire antes de sujetarme por una muñeca y colocarme sobre sus piernas. Me quitó<br/>las bragas de un tirón, las envió lejos y comenzó a descargar cintazos sobre mi desnudo culo. En aquella  posición notaba el gran bulto  de su sexo  contra ni vientre desnudo.<br/>     Aquella situación era un tanto surrealista: la agresora habitual que era yo, no se resistía en tanto que, el agredido, me estaba sacudiendo bién sacudida. Era como si hubieran cambiado los papeles ( y así era, en efecto)<br/>Toda resistencia tiene un límite y, las lágrimas afloraron a mis ojos, mansas, dulces. En mí se produjo una catársis.<br/>Algo se rompió en mi interior. Una gran paz se apoderaba de mí. El dejó de azotarme, me levantó con dulzura y  secó mis lágrimas con besos y caricias. Me besó dulce y largamente.<br/>No recuerdo bién que dijo, pero fué algo así.<br/> <br/>     "¿Esto te duele? Y, todo el tiempo   que me has estado martirizando,      ¿crees que ha sido justo? Todo lo      he soportado por amor. Espero que      eso haya terminado para siempre"<br/> <br/>     Entretanto, me acariciaba yo mi maltrecho culo y le juraba que "nunca más".      La sesión acabó en nuestro dormitorio, sin haber comido ,pero  alimentándonos de los frutos del amor.<br/>                 - - - - - - - - - - - - - - <br/>     Jamás cumplí mi juramento, pero él sí su promesa. Cada vez que trataba de molestarle, el cinturón, la mano y  otros útiles que se fueron añadiendo, amén de ser castigada frente a la pared, o de rodillas y otras lindezas, eran el fín de toda discusión (no sin que despues hiciéramos una incursión al dormitorio).<br/>     Desde aquel día, somos felices y cada uno tiene lo que quiere.<br/>     Te dejo: El está a punto de llegar y quiero jugar un rato. <br/>     Con el cariño de siempre, tu amiga felíz, <br/> <br/>JANA.<br/>P.s. Espero tu respuesta y tu parecer lo antes posible. Vale.<br/> <br/>]]></description></item><item rdf:about="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_24.htm"><title><![CDATA[Me llamo Ana y tengo 36 años.]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/c_24.htm]]></link><description><![CDATA[<img src="http://blogs.ya.com/spankchilecuentos/files/1920_2s.jpg" alt="" border="0" width="125" height="200"/>Mi compañero sabe lo que me excitan los azotes y , una o varias veces por semana tengo una buena sesión  con mano, zapatilla, regla y otros.<br/><br/>Mis sentimientos ante tal situación son ambivalentes. Lo disfruto, aunque con una cierta sensación de que eso no es normal.<br/>Todo empezó cuando tenía quince años y me encontraba interna en un colegio de Inglaterra cercano a Escocia, en un edificio imponente situado en plena campiña. En él, estudiábamos y vivíamos más de cien chicas de entre 12 y 18 años.<br/><br/> Hacía poco más de un mes que había comenzado mi primer curso en la institución. Por más esfuerzos que hacía, quizás por la tristeza de encontrarme sin mis padres por primera vez, no conseguía seguir el ritmo de mis compañeras con las consiguientes regañinas del profesor, hombre de unos cuarenta años, severo y poco dado a confianzas.<br/><br/>Aunque en aquella época ya estaban prohibidos los castigos corporales, tenía conocimiento de que alguna alumna había recibido una azotaina por alguna razón. Por eso, cuando un día él me ordenó que fuera a su despacho donde hablaría conmigo, me eché a temblar.<br/><br/> Por aquel tiempo, mi cabeza estaba llena de imágenes y pensamientos eróticos y me masturbaba frecuentemente con la mano o cualquier objeto que sirviera a mis propósitos.<br/><br/> Llamé a la puerta del despacho y, cuando entré después de recibir el permiso, le encontré en el centro de la habitación con una regla en  una mano y golpeando suavemente la otra. La visión de aquel utensilio, hizo que me estremeciera de los piés a la cabeza. Inmediatamente me reconvino por mi falta de atención y aprovechamiento. Por ello, dijo, debería castigarme. El movimiento de la regla entre sus manos me mantenía como hipnotizada. Obedecí maquinalmente la orden de apoyarme inclinada sobre la mesa de escritorio. Lentamente, sin dejar de regañarme, subió la falda del uniforme hasta la cintura, dejando  a la vista mis braguitas de algodón.<br/><br/>En un primer momento se dedicó a acariciarme el culo hasta que llegó el primer palmetazo que me hizo dar un respingo. Después de un buen número de golpes me ordenó que me tumbara sobre sus piernas. Sin fuerzas para negarme lo hice. En tal posición comenzó a golpearme con la mano y, el dolor me obligaba a apretarme contra su regazo donde, poco a poco notaba crecer un bulto. Este hecho hacía que, a pesar de los azotes me fuera excitando hasta el punto de notar como se mojaban mis bragas. Hasta tal punto me encontraba excitada que, inexplicablemente, esperaba impaciente el siguiente azote.<br/><br/> Al ver que no me resistía o porque así lo quería, aumentó la intensidad y la velocidad de los azotes. Me bajó las bragas hasta las rodillas y lo mismo azotaba que amasaba o pellizcaba mi culo.<br/><br/> Había perdido la conciencia del tiempo que llevaba así  cuando me dijo que me levantara y vistiera en un tono de voz entrecortado. Al ponerme en pié, pude ver una enorme mancha en su pantalón.<br/><br/> Corrí a mi dormitorio y, con el concurso de una almohada me masturbé frenéticamente hasta alcanzar un tremendo orgasmo.<br/><br/> Desde aquella primera  vez los castigos se sucedían casi a diario con la misma secuencia más o menos.<br/><br/> Algunas veces no comenzaba el castigo hasta pasado un tiempo en que me obligaba a estar de cara a la pared con la falda recogida en la cintura<br/><br/>En cierta ocasión, cuando cumpliendo órdenes llegué a su despacho, me encontré allí con dos alumnas de un curso superior.<br/><br/>"quiero que estas niñas presencien tu castigo para que sepan a qué atenerse"<br/><br/>Fué terrible cuando hube de ponerme sobre sus rodillas con el culo en pompa y las bragas en los tobillos. En esta ocasión empleó una correa ancha que estrellaba dolorosamente sobre mi culo. Cuando terminó la sesión mis sensaciones eran, por un lado, de pudor ante la situación y, por otro lado, la excitación era mayor que otras veces por la presencia de las otras chicas.<br/><br/>"Acercaos y mirad que rojo tiene el culo y lo caliente que está".<br/><br/> Con la cara roja y los ojos bajos, salí disparada  hacia mi habitación, donde me masturbé furiosamente.<br/><br/> Tras rememorar aquellos momentos, espero la llegada de mi compañero para provocarle y recibir una gran azotaina que calme la excitación que siento en este momento.<br/><br/>He de tener alguna falta real o imaginaria que justifique la paliza.<br/><br/>No sé si podré aguantar hasta que él llegue en el estado que me encuentro.<br/><br/> Besos.   Jano.]]></description></item></rdf:RDF>
