Apuntes a ras de suelo II
Al bajar distraídamente la cabeza, dejando vagar mi mirada sin ningún objetivo, la realidad pareció transformarse ligeramente y ante mis ojos apareció una visión –¿visión? quizá sólo recuerdos apoderándose de mi consciente.
Me di cuenta de que mi mirada estaba fija en nuestras piernas –las rodillas juntas, chico frente a chica para aprovechar el espacio, los pies contorsionados en busca de un hueco libre– nuestros cuerpos intentaban adaptarse a los duros asientos con la costumbre del tiempo, un par de codos apoyados en el marco de la ventanilla. Curiosamente la conversación banal entró en un estado aparte, una subclase de nimiedad, aquella que se emplea con alguien con quien convives, modificando casi imperceptiblemente los temas y los modos, quizá adoptando temas y modos propios, internos al grupo, marcando nuestros lazos de unión.
Al notar el descenso de velocidad automáticamente me incorporé y busqué a través del cristal el nombre de la estación; parpadeé, y al abrir de nuevo los ojos fui capaz de ver grupos de jóvenes con grandes mochilas, parejas de rubios y sonrosados lugareños, acentos desconocidos y nombres impronunciables.
Volví a parpadear y todo desapareció; una oscura estación en obras escondía un rojo cartel con su nombre, podía deletrear Cantoblanco, entendía las voces a mi alrededor y mis pertenencias cabían en un simple bolso en mi hombro. Desengañada me dejé caer en el respaldo del asiento –me recibe el terciopelo sintético de siempre, las rodillas vuelven a entrechocarse– pero cuando miré los ojos que había frente a los míos entendí que no todo había sido irreal.
Alcobendas
27/11/04
Me di cuenta de que mi mirada estaba fija en nuestras piernas –las rodillas juntas, chico frente a chica para aprovechar el espacio, los pies contorsionados en busca de un hueco libre– nuestros cuerpos intentaban adaptarse a los duros asientos con la costumbre del tiempo, un par de codos apoyados en el marco de la ventanilla. Curiosamente la conversación banal entró en un estado aparte, una subclase de nimiedad, aquella que se emplea con alguien con quien convives, modificando casi imperceptiblemente los temas y los modos, quizá adoptando temas y modos propios, internos al grupo, marcando nuestros lazos de unión.
Al notar el descenso de velocidad automáticamente me incorporé y busqué a través del cristal el nombre de la estación; parpadeé, y al abrir de nuevo los ojos fui capaz de ver grupos de jóvenes con grandes mochilas, parejas de rubios y sonrosados lugareños, acentos desconocidos y nombres impronunciables.
Volví a parpadear y todo desapareció; una oscura estación en obras escondía un rojo cartel con su nombre, podía deletrear Cantoblanco, entendía las voces a mi alrededor y mis pertenencias cabían en un simple bolso en mi hombro. Desengañada me dejé caer en el respaldo del asiento –me recibe el terciopelo sintético de siempre, las rodillas vuelven a entrechocarse– pero cuando miré los ojos que había frente a los míos entendí que no todo había sido irreal.
Alcobendas
27/11/04





