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Maldita Srta. Ming...
Sólo amamos aquello que no poseemos por completo.
Acerca de
Todos los textos están registrados. Fotografía: Srta. Ming por Srta. Ming
Sindicación
 
EL BESO

Todos somos modelados y remodelados por aquellos que nos han querido, y aunque ese amor pueda pasar, no somos sino su resultado... Un resultado que muy probablemente ellos no reconocen y que nunca es exactamente lo que pretendieron.

 
La música se desliza hacia mí

Espere señor. ¿Para qué lado queda casa?
Ellos apagaron la luz
Y la sombra se mueve en la esquina.
No hay señales en este cuarto,
Cuatro mujeres, de más de ochenta,
Cada una con pañales.
La la la, oh… la música se desliza hacia mí,
Y puedo sentir la melodía que tocaban
La noche en que me dejaron
En este instituto privado sobre la colina.

Imagínenlo. Una radio sonando
Y todos aquí estaban locos.
Me gustó y bailé en un círculo.
La música se derrama sobre la razón
Y, de una manera divertida
La música ve más que yo.
Quiero decir que se acuerda mejor;
Recuerda la primer noche aquí.
Estaba el sofocante frío de Noviembre,
Hasta las estrellas estaban adheridas al cielo
Y esa luna demasiado brillante,
Pasando a través de los barrotes para pegarme
Con un canto en la cabeza.
He olvidado todo el resto.

Me atan a esta silla a las 8 A.M.
Y no hay señales que indiquen el camino,
Sólo la radio, sonando para ella misma
Y la canción que recuerda
Más que yo. Oh, la la la
Esta música se desliza hacia mí.
La noche en que llegué bailé en un círculo
Y no tuve miedo.
¿Señor?



 
NUEVA WEB EN PREPARACIÓN

www.srtaming.com

 
DESEADA MONOTONIA NAVIDEÑA

El tiempo simula ser elástico e interminable.

Bellas mujeres que nunca nadie vio cara a cara
publicitan fragancias,
prometiendo triunfo a cambio de unas cuantas monedas.
Niños al borde de la esquizofrenia
superponen sus pedidos
ante la continua oferta de viajes hacia la felicidad.
Mujeres, cubiertos de negro sus cráneos bien pensantes -se supone-,
remueven los frutos de cáscara chamuscada
que paseantes ociosos tragan entre compra y compra.

Y luces, sobre todo luces.

La calle se exhibe artificialmente bella y triste,
cual estrella de cine a punto de ser devorada
por extrañas mezclas narcóticas,
sin lograr soportarse a sí misma…

En el reducido círculo familiar
(la madre, la hermana y la niña pequeña)
se mueven apresuradas porque
aunque paradójicamente parece que,
el tiempo vacacional ofrece relajo,
hay demasiados temas por finiquitar.
La madre le dice a la niña pequeña que vigile el horno,
la misión de la niña es hundir un largo palillo metálico
en el puding de escórpora.
Cuando éste salga sin restos,
entonces deberá apagar el horno.
La mayor es la encargada de ir a por las bebidas,
no importa que vaya cargada;
por algo es la mayor.
La madre corre al mercado
-abierto hasta última hora de la tarde-
a buscar algo que se pone en la ensalada,
pero sólo de vez en cuando.

En cuanto se cierra la puerta,
la niña camina hasta la cocina.
Odia esa cocina y odia las cosas que ha visto
en esa cocina.
Antes de abrir el horno se fija
en la pequeña cucaracha,
mínima,
atrapada entre el horno y el plástico que
soporta los mandos de la cocina.
Saca la bandeja e introduce el palillo.
Aún sale mojado.

Se va al baño, se observa en el espejo.
Camina desmandada hasta el cuarto de su madre
y saca del armario
el pequeño cesto blanco con alguna ropa interior:
ligueros, medias, bragas y más ligueros.
Se tumba sobre la cama cubriéndose con todo aquello.
Y sueña con ser una actriz famosa, vestida de fiesta.
Una actriz igual de bonita que su madre,
pero no con sus deseos
sino con los de ella misma
y con sus estudiados movimientos.

La cama de su madre huele bien, huele a su madre.

Deja la estancia, colocando antes cada objeto en su lugar,
dirigiéndose, de nuevo, hacia la cocina.

Suena el teléfono y vuelve a la habitación.
Un tío paterno que nunca llama,
preguntando insistentemente por la madre.
“Si mi madre no está tienes que decirme lo que ocurre.”
El pobre hombre se niega hasta que ya no puede negarse más:
“Tu Padre ha Muerto.”
“Ah, vale, perfecto.”
Cuelga el teléfono
y se tumba de nuevo sobre la cama
pero esta vez no se imagina como una actriz
esta vez sólo se fija en lo blanca que es la habitación.

 
UN FIN DE SEMANA ENCANTADOR

El teléfono sonó mucho más tarde de lo acostumbrado.
La mujer, descalza sobre la moqueta,
embadurnaba de crema su cara frente al espejo.
El baño, a pesar de estar dentro del cuarto,
le quedaba demasiado lejos,
así que tuvo que delegar en su marido,
aunque era ella la que solía contestar habitualmete a Todas las llamadas.
Era Alfredo, quieren invitarnos a pasar el próximo fin de semana en su casa de la playa.
Qué alegría -observó ella colgando su bata en el gancho de la puerta-, tampoco podía llamar más tarde, ¿no?
El hombre se encogió de hombros,
apagó la lamparita de su mesilla y se sumergió bajo la manta.

Llenaron el maletero del coche con dos bolsas de viaje.
Llevaban demasiado tiempo queriendo cambiarlo porque…
no tenían hijos, pero sí maletas y
sobre todo a ella
le gustaba viajar con bastante equipaje.
Emprendieron camino mientras la mujer se quejaba,
en voz baja,
acerca de tener que seguir a los anfitriones
hasta el lugar de destino.
Prefería ir a su aire -decía sentada con un ramo flores (listo para ser ofrecido) sobre su regazo-.
Para algo sirven los mapas.
Maldito fin de semana…

Al llegar a la casa se saludaron efusivamente,
colocando torpemente las maletas
en el primer lugar que les vino bien
tratando de no parecer apresurados.
No se trata de quién eres sino de quién pareces ser.
Palabras de admiración
recorriendo cada una de las estancias.
Hasta el acabado de los suelos es importante
cuando nada te espera en el cielo.

Algo más relajados
pasaron el fin de semana entre
periódicos deportivos,
barbacoas,
botellas de cerveza a punto de estallar del frío,
sol,
olor a crema protección 36
y pensamientos.

Lo hemos pasado genial.
Y nosotros también.
A ver si volvemos pronto.
Sin duda, esto hay que repetirlo cuanto antes.
(Qué hombres tan hombres.)

De vuelta a casa el camino se dividía en dos coches.
En el que salió primero la mujer decía:
¿Pero qué se creerá esa furcia?, ¿que por tener lo que tiene es mejor que yo?
El hombre callaba y conducía,
ella pasaba la vista de un objeto a otro a través de la ventanilla.

En el otro coche, la mujer decía:
Lo he pasado genial este fin de semana,
tenemos que quedar con ellos más a menudo.
Son encantadores. Y ella es una buena mujer.

Es la una de la madrugada, voy a dormir casi seis horas.
Lo he pasado bien. La verdad es que son estupendos.
Mientras él pensaba, la mujer embadurnaba de crema su cara.
Las pisadas sobre la moqueta se aproximaron.

- Buenas noches- dijo él.
- Adiós, cariño- respondió ella.

 
FILOSOFIA ALCOHOLIZADA

Unos amigos me presentaron
a un chico en una fiesta,
un chico muy agradable,
eso sí... algo pusilánime.

Su filosofía de vida era:
El viento te llevará adónde tengas que llegar.
Yo le dije que sí, claro.
Pero…
tras unas cuantas copas, le solté:

"No esperes a que el viento sea el que te lleve a ninguna parte, porque hay días sin viento y es posible que te quedes anclado en una esquina y cuando quieras darte cuenta ya no haya forma de salir de ella."

El se acercó a la ventana y tomó aire.

Mientras… yo me puse otra copa.

 
ABUSO IMPROCEDENTE

En el coche.
Ella era una adolescente
de lo más sugerente;
su pelo largo,
su boca deseosa y deseada.

El llegó y metió
la mano entre las piernas de ella.
Miré dos veces, o tres.
Y lo vi.
Mi padre sobre la pierna de mi
querida hermana.

¿Esto se supone que es la vida?

 
RAYMOND CARVER

Es curioso.
Hace años que leo a mi escritor favorito
pero hoy, después de tantos años,
he buscado su foto en internet.
Y ha aparecido.

Yo le imaginaba muy delgado,
con cara de neurótico -a lo Martin Amis-,
ciertas arrugas provocadas por el uso (abuso para los abstemios) del alcohol.
Y me aparece él,
con cara de lechoncito complicado
a punto de ser introducido
en el horno.
A veces solo,
a veces acompañado de la que fuera
su Mujer.
Nada de talento aparente.
Apariencias.

Talento tuvo, de sobra.
¿Apariencias?


 
PENSAMIENTOS

Aquellos que sienten necesidad de revivir el pasado continuamente
no tienen presente,
Aquellos que insisten en hacer cábalas acerca de su futuro
no tienen presente.

¿Entonces qué es el presente?
Fugacidad, inquietud, acción.

 
CREPUSCULO

Dejó su casa como el atleta deja atrás la línea de salida
mientras yo me despojaba de mi ropa poco brillante
decidiendo que lo más adecuado para celebrar su cuarenta y cinco cumpleaños
era esperarle con mi bata rojo-ofensivo y nada más.
Poco que ocultar, y menos mis deseos.
Dejé la puerta entreabierta. No hay nada como penetrar sabiendo que
uno es bien recibido…
Más tarde comimos, brindamos doscientas veces
no siendo capaces de darnos cuenta de que
el mundo existía más allá de nuestra mesa.

Al volver a casa me tendí en el suelo,
mi ropa interior adherida a mi deseo
y mi deseo adherido también, pero a él,
jurando que le amaba (lo más curioso es que era cierto).
Las cortinas aun corridas,
la potente luz casi crepuscular invadiendo en presencia.
sentada sobre su cuerpo,
sus brazos como raíces que me atrapaban,
manteniéndome firme en la tierra
y pensando que aquello debía ser lo más próximo
a la felicidad de lo que uno puede estar.

 
CANCION DE CUNA PARA FRANCES ELENA FARMER (O LA MUJER NARCOTIZADA)

El mundo está lleno de perdedores,
y cuando digo “perdedores” no me refiero a nada que tenga que ver con la ausencia de éxito en lo laboral,
cuando me refiero a “perdedores”
me refiero a aquellos seres frustrados,
incapaces de vivir sus propias vidas con deseo,
seres capaces de hundir una vida tan bonita como la tuya, mi querida Frances Elena Farmer.
Entiéndelo, las cuentas no les salen con mujeres como tú.

¿Cómo soportar que una mujer les ponga en su sitio por el simple hecho de ser inteligente, bella y talentosa al mismo tiempo?
Demasiado para ellos, créeme. Se les pone dura, pero se sienten amenazados. Y tanto tú como yo sabemos que el miedo puede con los muertos vivientes.

No imaginas cuánto me gustaría saber qué pasaba por tu mente mientras conducías, absolutamente alcoholizada, por las interminables carreteras americanas;
faros apagados, ojos encendidos.
La policía siempre anda detrás y en América creen hacer bien su trabajo.
Basura distribuida en contenedores adecuados.
Y tú les correspondiste con lo que ellos merecían: escribiendo “mamona” como ocupación en el impreso de ingreso carcelario.
Qué bien sienta limpiarse el culo con la autoridad, ¿verdad?
Y es que interpretar a Shakespeare se te quedaba corto, mi querida Frances Elena Farmer;
algo tenías que hacer con tanto mundo interior…

Cuando tú morías yo no había sido diseñada, ni remotamente pensada,
pero aunque no hayamos coincidido en espacio, ni en tiempo
-otro error de esta absurda vida -
sé que me hubiera tomado alguna que otra copa contigo,
los hubiéramos puesto a parir
para escapar corriendo desnudas de cintura para arriba,
de nuevo por las interminables carreteras americanas.
Y hubiera acariciado tu pelo fino,
ése que adornaba una mente incapaz de ser presa dentro de una camisa de fuerza
y te habría leído mis poemas sentadas en algún rincón de la clínica donde te abandonaste,
rodeadas de gente incapaz de comprender cómo funciona el mundo.
Gente como tú, gente como yo… mi querida Frances Elena Farmer.

 
VIAJE A MARTES O A VENUS

Entra en mi habitación y siéntate,
dispuesta a contarme en qué pensabas ayer antes de acostarte.
Date media vuelta,
y calla, sobre todo, calla.
Me gusta verte iluminada
por la blanca luz que nos llevará a Marte,
o a dónde queramos
porque… por algo estamos aquí.

Me gusta saber que tardaste
más de lo que pensabas que podrías tardar
en vestirte así para mí,
exclusivamente para mí;
frenética ante el paso del tiempo,
sabiendo que te esperaba
y tú… sin saber cuál era la elección adecuada.

Ahora estás aquí, a mi lado,
durmiendo a las cinco de la tarde
mientras beso tu nuca delicada
y repaso cada parte de tu ausente cuerpo;
mientras me pregunto cuántos amantes
habrán habitado tu entrepierna.

Es hora de irse.

Mi vida cotidiana espera
y tu chute de adrenalina diario también.
Pero, antes de irnos, dame un abrazo de los que ahogan.
Seguiría amándote, seguiría cuidándote,
seguiría pegándote,
pero es demasiado tarde.
A ti te espera tu noria
y a mí mi familia.

Nos veremos el martes que viene.

 
MUNDOS REDONDOS

Cuando nos hayamos ido,
quebrados ante la determinación de lo inevitable
y giremos por esa esquina
por la que no será la primera vez que giremos,
pero que aun y así nos parezca la primera,
la única,
la peor,
la más dolorosa,
entonces nos daremos cuenta de que
aquellos pensamientos insoportables
que se hacían soportables por el mero hecho de saberlos lejanos
y ser un simple ejercicio de masoquismo conjunto entre ruegos y risas,
tenían que materializarse,
Debían materializarse.

Cuando nos hayamos ido,
entonces nos daremos cuenta de que,
al igual que uno siempre acaba marchándose
de la casa de un amigo a la que es invitado,
al igual que los libros que comenzamos a leer con predisposición curiosa
y vamos devorando
a medida que acarician las misteriosas teclas de nuestro interior
y en cierta forma sufrimos cuando leemos “FIN”,
Tú y Yo giraremos por esa esquina
y será entonces cuando tengamos la certeza de que las calles
siempre tienen esquinas,
y que de poco sirve querer imaginar mundos redondos.

 
UN MIERCOLES DE ENERO
Dedicado al Conde Abismo...


Entre mendigos abandonados en el suelo,
machacados, ásperos, fríos;
olvidados por los miles de autómatas que
los esquivan sin tan siquiera percibir su presencia.

Como colillas a punto de extinguirse, como colillas en movimiento.

Entre comentarios pornográficos sobre vidas ajenas,
sexo contado sin haber sido solicitado,
putas y putos que son capaces de enseñarnos hasta el water de su piso
comprado con el dinero ganado en cualquier concurso de mierda,
todo a cambio de una buena dosis de egolatrismo de la más barata calaña.
¿Debe ser excitante que te reconozca el panadero de un barrio que no es el tuyo?

Como si las heces tuvieran conciencia, pero no pudor.

Entre enrevesados caminos, rutas trazadas con la paciencia
del que es capaz de trazar planes porque no tiene problema
en actuar e ir contra su persona, en abrirse bien de piernas
por cuatro billetujos de esos que podrían deshacerse
y desaparecer para siempre bajo la lluvia.
Habitualmente se trata de dinero.

Como si te ofrecieran una buena suma si consigues salir indemne después de
conducir durante un buen rato por la autopista, a toda hostia,
Y en dirección contraria, claro.

Entre todo esto… uno se levanta un miércoles cualquiera
y se lleva una gran sorpresa y se da cuenta de que aún hay personas
que saben bien cómo esquivar la mierda. Porque les es ajena.

 
EL EXTRAÑO

Casi cada tarde la misma historia.
Esta vez su madre le ordena que
vaya a comprar leche,
así que coge el dinero
mientras oye, como casi cada tarde,
la misma advertencia:
“Ni se te ocurra perder el dinero”.

Sale de casa,
deben ser las ocho porque el librero
anda recogiendo sus revistas y periódicos.
Saluda a la vecina rubia del dálmata
mientras espera a que el semáforo se ponga en verde,
poniendo el ojo en el bar de la esquina,
apretando fuerte su puño con el billete dentro.

La tienda, a poca distancia de su casa,
es algo más vieja que los dueños,
una pareja de ancianos tan arrugados como si llevasen
cien años sumergidos en agua.
Liquida el recado y se despide.

De vuelta a casa,
contenta de no haber olvidado nada por el camino,
recuerda que tiene que presentar una redacción
para el día siguiente
y que trata sobre “Tu verano ideal”;
qué cosas tan raras piden estando aún en invierno…

De pronto siente un brazo que la rodea por los hombros,
a su lado, un vecino del barrio al que alguna vez ha visto
pero con el que nunca ha hablado.
Éste le pregunta sobre adónde se dirige,
de dónde viene,
cuántos Años tiene,
mientra su mano baja y baja
hasta posarse en lo que algún día será un pecho.
Contestando cosas sin sentido
mientras el corazón se le escapa por la boca
sigue caminando junto al extraño,
junto a su ancho cuerpo
vestido de cintura para abajo
de pantalones de pana gruesa color verde,
del mismo color que sus ojos,
a los que sólo se atrevió a mirar años después de todo aquello.
Y la mano caliente por debajo del jersey
rozando en círculos concéntricos
cada vez más intensos.
“Tengo que irme” dijo medio llorando.

Y se alejó corriendo.

Nunca le dijo nada a su madre
y siguió haciendo los recados.

 
LA MALETA

Aquella mañana despertó deseando que
la realidad formase parte del sueño.
Pero al volver su mirada hacia él,
tendido al otro lado de la cama,
al observar cómo su pelo lacio
tapaba de mala manera los ojos
hinchados de tanto llanto,
se dio cuenta de que no,
de que nada de lo sucedido había sido un sueño.

Se levantó en silencio,
se aseó en silencio,
se vistió en silencio,
llenó la maleta en silencio
y se marchó en silencio.

Al salir de la casa
caminó hasta el bar más bullicioso de la zona,
pidió un café
y esperó en silencio.

 
VIOLENCIA

De vez en cuando tus gritos asaltan mi recuerdo
como puñales
que hacen brotar la sangre de mi bajo vientre,
e intento virar mi pensamiento
hacia algo bonito que no llega,
en una especie de dolor obligatorio.

Y se suceden aquellas imágenes
que me fuerzan a recordarte
encontrándote con la maldad
más despiadada en forma de autoridad.
Desprovista del que debió haber sido
un bonito camino de niña tierna
hacia un futuro quizá menos bonito.
Cargada hasta el infinito de basura que no te correspondía,
Desnuda, sola como un gato en la calle,
chillando bajo el agua fría,
cargando con tu sintomático insomnio
al que yo no alcanzaba a dar sentido,
porque no lo tenía.
Sólo tenía causas
y motivos de sobra.

Después de todo eso,
cuando apareces de esa forma en mi pensamiento,
y siento mi cuerpo temblar en una gigantesca naúsea
que odia los recuerdos,
me pregunto
si no será ésa la forma en que
saldo la cuenta en la que pesa mi “debe”

A pesar de todo me siento culpable.

 
AMOR A LOS 14

Nos repartíamos entre mi habitación,
los reservados de las discotecas
y los descampados.

El mecanismo era distinto:
en casa tenía tiempo de apoyar
mi cabeza sobre su pecho desnudo
y sin vello
y soñar con el más feliz devenir
que una estúpida pueda imaginar.
Sumergidos entre las cuatro paredes
de las que colgaban los descuidados posters
de mi amada cantante favorita,
quien nos observaba sonriente,
como dando su visto bueno.

En la discoteca la cosa era más típica,
todos hacíamos lo mismo,
aunque unos llegábamos más lejos que otros.
Por entonces yo era abstemia.

Estirada sobre la tierra desigual
del descampado,
como abandonada en una cuneta,
yo le decía que me sentía protagonista
de una película porno cualquiera,
a lo que él contestaba,
metiendo su cuerpo en mi boca,
que de eso se trataba:
De actuar como en una porno movie.
Y a mí me gustaba,
quizá porque él me amaba,
quizá porque pocas horas antes
soñaba junto a él sobre la cama,
quizá porque entonces yo ya sabía lo que quería.

 
UN HOMBRE, UNA TARDE, UN HELADO

Jodida niñez,
teniendo que pedir permiso hasta para ir al baño.
Eso lo sabías incluso entonces,
cuando eras tan inocente como
para creer que todos eran buenos.
Si hubieras sabido lo que ahora sabes
les habrías mandado al infierno,
lo que está más que claro es que no hubieras
acudido a aquella cita obligada.

La primera imagen que
de él quedó en tu cabeza fue la de
un hombre medio harapiento,
hippie y tranquilo.
Nada que ver con el retrato que
durante toda la vida tu madre insistió en hacer de él:
Barba de alambre,
Dinero, infidelidades
y drogas alucinógenas.
Por no hablar de otras cosas…
A contraluz,
apoyado en el ventanal del salón
hablando con tu madre,
ella tan tensa como de costumbre.
Les viste hablar de perfil
justo al llegar a casa
al regresar de la escuela
hacia la que siempre tuviste sentimientos contradictorios.

Frenaste tu paso,
la pesada cartera en el suelo
aplastándote los pies
y la boca tan abierta como seca.
Mira cariño, te presento a tu padre.
Y en ese mismo momento te diste cuenta de que
nunca te habías planteado que existiera verdaderamente.
Y entonces le tuviste delante
y no era una broma,
ni una estampa familiar lejana;
estaba de pie, frente a ti,
sonriendo con cara de:
“Aquí no ha pasado NADA”.

Rebuscó en su maleta y te ofreció un regalo
que anticipó tu coquetería en diez años.
Las niñas no llevan bolsos de mujer,
¿o es que acaso no sabe ni qué edad tengo?
Tu madre, siempre tan viva,
sugirió que os reunierais para hablar de vuestras cosas.

A solas.

¿Pero qué son “nuestras cosas” si ni nos conocemos?
Pero callaste,
dejando tu casa
como quien deja la Ropa
en la silla de la consulta del doctor.

 
EL VIAJE

Aquél prometía ser otro vulgar día cualquiera,
cuyo punto de partida había sido abrir el cajón
y cubrir su cuerpo
con lo primero que encontró,
así,
al azar.

Se dirigió hacia la estación,
incómoda en su propio cuerpo,
incómoda ante las miradas que,
con algún que otro problema,
se encargaba de esquivar.
Como salvar el culo en un campo repleto de minas.

El vagón sin un alma,
excepto la de ella,
y la del sol que la acosaba a través de la ventana;
empujada hacia un destino
al que no le hubiera importado no llegar.
El traqueteo del tren siempre la excitaba.
Era entonces cuando gustaba de recurrir a imágenes
con las que se desahogaba en menos de
Dos minutos.
Y, de pronto, sorpresa:
un hombre situado entre vagón y vagón,
ausente,
observando el camino
que marchaba a mayor velocidad que la vida misma.
Desechó las bellas imágenes,
posando su mirada fijamente sobre aquél desconocido,
un hombre de pueblo, nada atractivo.
Introdujo su mano entre sus piernas y
a los pocos minutos
el trabajo estuvo hecho.
Un Desconocido.
Olió su mano,
sonrió,
y disfrutó del sol acariciando su rostro.

 
SEÑORAS RESPETABLES

Hay mujeres que abren sus piernas
con más facilidad que
sus bolsos,
¿o es al revés?

El trabajo es sencillo:
regar las plantas,
hacerse la manicura,
decirle a la “chica” cómo limpiar el horno,
susurrar a diario “te amo” cuando saben que no saben amar.

Pero, ¿qué importará?,
A fin de cuentas… las putas son las otras.

¿En efectivo o con tarjeta, señor?

 
MIEDO

Joe se encontraba en la sala de juegos. Así llamaba él, de forma irónica, a la sala donde los enfermos podían pasar los ratos libres. Era una gran habitación, pintada de blanco de principio a fin, y en cuyo interior, varias mesas redondas rodeadas de inofensivas sillas de plástico constituían el único mobiliario. Numerosas cajas con puzzles y juegos, revistas y un pequeño televisor a lo alto, en la esquina de una de las paredes, hacían el resto. Joe palpó el bolsillo de su camisa, sacó un pitillo y lo encendió. Miró a través de la única ventana que se encontraba en la sala. Qué gran absurdo que cuiden tanto el jardín para gente que no va a saber apreciarlo -murmuró para sus adentros-. Y es que en ese momento, dos jardineros se encargaban de recortar las flores de los rosales. Las rosas eran blancas. Son bonitas -pensó Joe-.

- Sabes bien que sólo tienes permitido fumar con la condición de que lo hagas fuera, Joe -le recordó una de las enfermeras-. Y es que él era el único del hospital al que le estaba permitido fumar. Haberse librado de la cárcel bien valía el tener que pasar frío cuando quería fumarse un cigarrillo. Aquél invierno estaba siendo mucho más duro de lo normal -pensó Joe cerrando la ventana por la que había lanzado la colilla-. Esa mañana el frío era casi metálico, y eso que hacía sol…

Se dio la vuelta y permaneció apoyado al lado de la ventana con sus enormes manos metidas en ambos bolsillos del pantalón. Bueno, todo en él era enorme. Era lo que cualquiera habría llamado: un hombre corpulento. Su pelo fino, de color ceniza, estaba perfectamente peinado hacia atrás. Jamás había sido persona descuidada en su aspecto y tampoco iba a serlo por el hecho de estar ahí metido. Igual que había seguido meticulosamente con el cumplimiento de uno de sus pasatiempos preferidos: la lectura. Prácticamente cada semana le pedía a uno de los cuidadores que le sacase un par de libros de la biblioteca. Tenía preferencia por las novelas policíacas.

Joe observó con atención a Linda. Linda era una mujer bonita, demasiado bonita teniendo en cuenta la cantidad de años que llevaba encerrada en aquél maldito lugar. Y demasiado bonita también para llevar tantos años viviendo bajo un estado maníaco depresivo que la había llevado a intentar quitarse la vida en varias ocasiones. Era una especie de fantasma de mirada perdida, con la que era imposible toparse, puesto que siempre, y sin excepción, su mirada estaba dirigida a algún punto del suelo. Sentado a la derecha de Linda se encontraba Mike, un anciano que no sabía lo que era utilizar un váter y que tan pronto pasaba de la euforia más cargante al llanto más desgarrador. El bueno de Mike… qué mal olía. Qué jodida es la vejez de por sí, pero si encima estás loco…-observó Joe-. El resto, apiñados bajo el televisor; gritaban, reían histéricamente y hacían comentarios soeces sobre la mujer que aparecía en pantalla. Alejado del resto, igual que siempre, estaba D. D era un chico joven, no llegaba ni a los treinta y sufría de esquizofrenia profunda. A menudo tenían que encerrarle, atándole para inyectarle un veneno que le dejaba dormido durante un par de días. Cuando despertaba parecía seguir dormido por unos días más. No hablaba con nadie, le ponía nervioso.

Joe sonrió, se colocó la camisa por dentro del pantalón y se encaminó hacia donde estaba D. Éste, al verle llegar empezó a mover los codos, dando golpes contra la pared, como si tratase de levantar vuelo. Una de las enfermeras lanzó una mirada reprobatoria a Joe y, alzando la voz, le dijo:

- Joe, no empecemos, ya sabes cómo se pone. Si buscas otro lío tendré que tomar medidas serias. Y no hablo en broma. Recuerda lo que pasó la última vez, así que haz el favor de dejarle en paz.

Joe sonrió, pidiéndole tranquilidad. Sólo quería comentar con él el partido del día anterior. Nada más.

- Tú mismo, a la mínima… -sentenció la enfermera separando las revistas viejas de las más recientes-.

D. seguía aleteando con los codos mientras miraba hacia el lado contrario al que se encontraba Joe.

- ¿Te gustó el partido de ayer, D.?

D. no contestó.

- Apuesto el dedo de una mano a que te hubiera encantado ser deportista, ¿me equivoco, D.? Dime. ¿No sabes hablar? Contesta: ¿te hubiera gustado ser deportista, D.? A mí sí, pero habría elegido un deporte de más acción aun, sí, habría elegido el boxeo, por ejemplo. Me encantan los combates de boxeo, me encanta ver a dos personas dejándose el pellejo mientras el resto observa con atención. No me dirás que no es excitante, D. Ver cómo se destozan la cara, la nariz, el hígado. Se dejan el hígado, sí señor. Pero me da que tú no habrías sido un buen boxeador. Eres demasiado miedoso y para ser boxeador hay que tenerlos bien puestos. Estarás de acuerdo conmigo en eso, ¿no? Bueno, parece que la niña se ha comido la lengua con el desayuno de esta mañana. Pues nada, como pareces no tener lengua tendré que irme a conversar con alguien que me haga más caso que tú -Joe clavó la mirada en D., que seguía con la cabeza apoyada de lado en la pared, y se alejó, dirigiéndose de nuevo junto a la ventana-.

Los jardineros habían terminado su trabajo por esa mañana. Quizá estuviera bien dar un paseo por el patio. Se acercó a la enfermera y le preguntó si podía salir a tomar un rato el aire. De pronto sintió cómo alguien se acercaba por detrás, le agarraba del pelo y lo zarandeaba de un lado a otro de la habitación. Cuando consiguió zafarse se dio cuenta de que D. estaba fuera de sí, y empezaba a gritar palabras sin sentido. Joe sonrió y le animó a que se acercase a él de nuevo, enseñándole los puños y dando pequeños saltitos, como si en un ring se encontrase. Las enfermeras gritaban e intentaban detenerle y los demás enfermos formaron un círculo; muchos de ellos gritaban también.

A los pocos segundos la alarma de emergencias comenzaba a sonar en todo el edificio. D. se lanzó contra Joe y ambos cayeron en el suelo, enzarzándose en una áspera pelea que finalizaba a los pocos minutos, cuando varios enfermeros lograban separarlos.

- Su comportamiento ha sido detestable. No entiendo cómo no le da vergüenza atacar así a los demás. Una de las enfermeras me ha informado de que fue advertido antes de que todo ocurriera. Esta vez tendremos que tomar medidas drásticas -avisó el director del centro, tras la mesa de su despacho-.

- Muy bien, hagan lo que tengan que hacer, yo sólo pretendía hablar con el chico; no veo qué hay de malo en ello.

- No me tome por idiota, que nos conocemos. Vamos a tener que incomunicarle. Por favor, llévenselo -ordenó a los cuidadores que se encontraban detrás de Joe-.

Anduvieron largo rato, recorrieron los pasillos del hospital. No se oía ni una voz. Finalmente llegaron a una puerta, se detuvieron frente a ella, uno de los hombres eligió una llave de un repleto manojo de llaves, abrió y le invitó a entrar. Era una celda sin ventanas, compuesta por una cama y una mesilla baja. Joe se tumbó sobre la cama y sonrió. A los pocos minutos estaba sumergido en un profundo sueño. Soñó que cruzaba la puerta. Soñó que le dejaban marchar.


 
LA PARTIDA

A Ainhoa


Nos he recordado incontables veces,
sentadas la una al lado de la otra,
fundidas de tristeza,
alojadas en aquél coche
escupido por la lluvia que, feroz,
buscaba su razón de ser.
Embalses que, por enteros,
habrían colmado sus expectativas,
y justificado su existencia de por vida
si hubieras llorado todo el dolor que a
tu alma afligía.

Y yo sintiéndome diminuta,
invisible, casi cobarde,
sin poder hacer más
que agarrar con firmeza delicada
tu mano fina y asustada ante la vida.
Mirando hacia al frente,
siguiendo al autómata parabrisas;
asustada yo también,
asustada ante la vida,
ante nosotras,
ante el dolor,
ante la imposibilidad de evitar lo inevitable.

Pero aquella tarde, aunque incómoda,
formó parte también de nuestra partida,
de la partida que un día, sin saber muy bien por qué,
decidimos jugar juntas.


 
LIMPIEZA

Esta mañana,
mientras me cepillaba los dientes,
he sentido algo parecido a
un pequeño disparo en el corazón.
He mirado al espejo,
y en lugar de ver mi rostro en él,
lo único que he logrado observar han sido
cientos de cristales enrojecidos, envueltos en vísceras.
Vísceras sobresaltadas por lo estético del choque.

He continuado con mi limpieza.

 
La Coleccionista
Siendo niña conocí a una mujer
de piel blanca, pelo azabache
y boca de cereza.
A esa preciosidad le encantaba jugar a los dados,
pero en lugar de dados
lanzaba al aire todos aquellos corazones
que a su paso iba encontrando.

Le gustaba coleccionar barras de labios
con las que maquillaba su corazón
mientras soñaba un futuro apartado de todo eso.

Reía distraída,
aunque su fondo feroz era capaz de liberarse
a través de las finas separaciones que velaban por sus dientes.
Y todo a su alrededor se detenía,
y la observaba,
presa del poder servido
y abandonado acto después,
en la triste bandeja de motivos orientales.

Desconozco qué habrá sido de aquella mujer.
Es posible que ni los corazones,
las barras de labios, los dados,
ni sus sueños de futuros poco inciertos
lograsen que su piel blanca,
su pelo azabache,
o su boca de cereza
le hicieran soportable tanta espera.
 
Preguntas
Algunas veces me gusta recostarme aquí,
en este prado salpicado,
como por azar,
de espigas seducidas por un Sol descarado.
Y es, cuando me encuentro aquí,
el momento en el que recuerdo a mi Abuela decir:
“Niña, algún día lo entenderás todo”.

No se trata de ensuciar su credibilidad con reproches,
claro que no,
principalmente porque casi no presté atención a
cómo se ponía en marcha ese mecanismo absurdo.
Intento ir a mi Aire.

El tema va de ignorancia,
y de ganas de darle una patada a esa ignorancia.
Porque entiendo pocas cosas.

No sé por qué murieron dos parejas de peces con un par de días de diferencia.
Flotaban ausentes en mi pecera.
Tampoco entiendo por qué no puedo recordar con claridad
la cara de todos los hombres que me hablaron antes de dormir.
Ni el motivo de ser zurda en lugar de ser diestra.

¿Lo sabes tú?

Él se marchó perdiéndose el crecimiento de mis pechos.

¿Lo entiendes tú?
Porque yo no acierto a comprender nada por ahora,
o casi nada.

Esta noche volverá a cerrarse la puerta,
dejando afuera millones de preguntas para las que pocos tienen respuesta.
Y, si mi abuela tenía una respuesta…
¿por qué no la dejo escrita en su testamento, a modo de posdata al menos?

¿Lo sabes tú?


 
LA MADRE FELINA
A menudo recuerdo la imagen de mi madre paseando por la calle junto a la gata Lola. La gata Lola con la correa al cuello, y la correa de la gata Lola atada a la mano de mi madre. Entonces yo era tan pequeña como para no saber lavarme la cabeza por mí misma y era tan mayor como para saber que cuando se te cae un diente son los padres los que, aprovechando tu sueño, meten su mano bajo la almohada y te dejan aquello que tanto valor parece adquirir cuando te haces definitivamente mayor -si es eso posible-.

Aunque la gata Lola y mi madre tenían demasiadas cosas en común, había una gran diferencia entre ellas dos: a mi madre le gustaba acompañar sus vestidos con unos vertiginosos zapatos de tacón y a la otra le gustaba mojarse las patas al caminar sobre cualquier charco. Podría decirse que existía una tremenda contradicción entre la apariencia y la realidad de ambas. Una tan aparentemente terrenal queriendo tocar el cielo y la otra tan, a simple vista, inaccesible deseando siempre estar tan unida a la tierra. A menudo la gente de la calle le hacía comentarios a mi madre respecto a estos paseos gatunos. Recuerdo sus risas y sus explicaciones, casi justificaciones, acerca de que el único motivo para no pasear a un gato radica únicamente en que casi nadie lo hace. Era para ella casi una necesidad.

Me gustaba verlas moverse. Era entonces, en esos momentos en los que lo que veía dejaba de formar parte de un universo ajeno y a mí me parecía estar viviendo una experiencia -de algún modo- trascendente, cuando dejaban de interesarme los columpios; los toboganes, los otros niños y hasta yo misma. Sólo había espacio para la madre. Sólo había espacio para la gata. Dos en una, dos tan distintas.

En ocasiones observo a mi gato y recuerdo todo aquello. Lo observo en la intimidad de nuestra casa, nunca fuera de ella, porque mi gato y yo no somos, ni podremos ser jamás, dos en uno.

Somos demasiado distintos.

 
LA SOLEDAD INVOLUNTARIA
Un nuevo y poco sofisticado menú. Nada debe quedar en el plato, asomar la cabeza y ver su reflejo en él. Una infusión reparadora ayudará a poner cada cosa en su sitio. Cuchillos, vasos y tenedores que ocupan su lugar en el mundo. Un mundo recogido en esta cocina. Restos de comida preparados para ser llevados al más allá, a la nada. Ambas se mueven en silencio, víctimas elegidas de una inercia demasiadas veces repetida, demasiadas veces conocida. La inercia de lo cotidiano. Objetos pulcramente preparados para un futuro asalto.

Es la hora del descanso, del tránsito entre la acción y el sueño. Al fin se acomodan en el sofá y es entonces cuando la mujer enciende el televisor y sintoniza su serial favorito, aquél que habla de amores, de poder y de sueños. Aquél que habla de cualquier cosa importante a un ritmo tan exagerado que suena casi irreal. Frenetismo de sobremesa. La niña se quita los zapatos y se estira colocando los pies sobre la falda de su abuela. Le pregunta sobre esos personajes, sobre el por qué de tantas cosas que… a la mujer no le apetece contestar. La niña sigue hablando, su mirada en el techo, ríe y se pone de rodillas. Es, a partir de ese momento, cuando sus movimientos empiezan a ralentizarse. Existen para ella pocas situaciones más desesperantes que la de sentir miedo. Miedo a cosas triviales y, hasta cierto punto absurdas. Miedo a cosas reales, aunque indefensas; lejanas, pero al mismo tiempo cotidianas. Sabía que podría desprenderse con relativa facilidad del más querido de sus tesoros, y, en cambio, del todo imposible iba a resultarle regalar, con el mayor de los deseos, su miedo. Miedo irracional, miedo universal. Miedo propio. La niña se acerca a la abuela ya dormida y la mira de cerca. El aire que ambas desechan se entremezcla y desaparece. Acerca su mano y la mueve ante la cara de la que sueña, pero sin llegar a ella. No hay respuesta. Se asusta y vuelve la cabeza hacia atrás: los amores, el poder y los sueños siguen su curso irreal. Se impacienta. Acerca de nuevo la mano a la cara de la abuela, ahora la tiene tan cerca que puede levantar uno de sus párpados. Se repite de forma mecánica y casi
acompasada, hasta que la mujer despierta. Ésta se enfada y la increpa, le pide tranquilidad. La niña nerviosa vuelve a su sitio. No pasa demasiado rato cuando se encuentra volviendo a la otra a la realidad, una vez más. Sigue teniendo miedo. Miedo a lo irreal, miedo al sueño ajeno, miedo a quedarse sola. Una repetición repetida hasta la extenuación. La mujer se da por vencida y se levanta enfadada. La niña sonríe, su mundo ha vuelto a ponerse en marcha. Quizá sólo hasta mañana.

 
La imagen reencontrada
Esta noche tengo una cita con un amigo. Es un amigo en el sentido más estricto del término. No es para mí un punto de referencia al que acudir en algunos de esos momentos en los que me siento mal, pero sí al que acudir cuando me siento realmente bien. Entre nosotros jamás ha habido ninguna historia de tipo amoroso, al menos no consumada. Aunque bien cierto es que, entre los dos, se encuentra siempre latente una suave tensión sexual. Quizá porque ambos somos vanidosos o, quién sabe, porque nos gusta que así sea, egos aparte.
Es posible que estas palabras fueran escritas de modo distinto si en vez de hoy, las hubiera escrito mañana.

Esta noche tengo una cita con un amigo, así que he decidido aplicarme una sesión de belleza casera antes de encontrarme con él. He llenado la bañera con sales de baño de aromas marinos y me he aplicado mascarillas faciales, corporales y capilares. Una vez limpia, y secada a conciencia, me he dirigido al sofá -lugar ideal para múltiples operaciones- y he separado los dedos de mis pies con tissues; listos así para ser bien arreglados y cubiertos de color rojo pasión. Es el mejor color para cubrir el cuerpo, de los pies a la cabeza; de forma evidente, o casi invisible, qué más da. Tantas veces me pregunto de qué sirve constatar de forma exterior nuestros deseos… ¿Necesidad de un grado superior de auto-convencimiento, deseos reales convertidos absurdamente en ridículas compulsiones? A saber…
Una vez hube terminado de arreglarme las uñas de los pies tuve que esperar un rato a que éstas se secasen. Presa de mi habitual nerviosismo acentuado, por qué no decirlo, por ese encuentro nocturno, comencé a mover de sitio algunos de los objetos que se encontraban encima de la mesa que tenía delante de mí. Ojeé algunas de las notas olvidadas en papeles sueltos, abrí mi monedero para ver si tendría que acercarme a un cajero automático, encendí un par de cigarrillos y cogí uno de los libros que allí tenía apilados. No sé qué me impulsó a coger uno de mis preferidos, releído en más de una ocasión. Lo abrí por la primera página y allí, entre los brazos de “La Mujer Rota”, encontré al que fue mi primer amor, retratado en una foto de hace más de treinta años. En la imagen, sacada en una playa al atardecer y con una breve montaña al fondo, se le ve a él: el pelo revuelto, vestido de una sola pieza, dando sus primeros pasos sin transmitir ni un ápice inseguridad, bajo esa apariencia de determinación -que le acompañaría por el resto de su vida-. Parece mentira que el rasgo más característico de una persona se encuentre intacto a través de tantos y tantos años. Es posible que uno vaya modificando ciertas actitudes, a medida que avanza por esta suerte de carrera de obstáculos que es la vida, pero constatar esa ausencia de movimiento en ese detalle me ha hecho pensar en que es bastante
probable que uno no se desprenda jamás del caparazón que le protege del peligro externo.

Después de quedarme varios minutos observando la pose de valentía de ese antiguo compañero, junto al que yo misma aprendí a dar mis primeros pasos en los afilados mundos del des/amor, me di cuenta de que se me estaba haciendo demasiado tarde.
Me vestí a toda prisa y en menos de veinte minutos estaba en casa de mi amigo. Nos saludamos, brindamos con vino y, estábamos a punto de comenzar el primer plato cuando, de repente, volvió a mi cabeza aquella imagen. ¿Pretendía acaso sabotearme la cena?, ¿conservaba también ese poder después de tanto tiempo? Fue cosa de segundos, tan sólo eso.

¿De si habría empezado a escribir esta breve historia de forma distinta de no haberla comenzado antes de la cena?, que cada cual saque sus propias conclusiones -si es que así lo quieren-; mi anfitrión, la imagen reecontrada y yo, ya conocemos la respuesta.

 
MUJERES
Recuerdo haber sentido, desde mi más temprana infancia, una especial admiración hacia las mujeres. El primer recuerdo al respecto se remonta a una tarde en la que mi madre yacía, apoyada su cabeza en el borde de la bañera; deslumbrantemente desnuda, cubierta de agua y de espuma que, al balancearse, semejaban acariciarla sólo como a un amante demasiado atrevido le estaría permitido hacerlo. Mis ojos, que no sobrepasaban en altura a la cerradura de la puerta, parecían tener como única finalidad el placer en la cuidada observación de ese universo femenino. A partir de aquella imagen novedosa para mí, comenzaron también unos torpes juegos particulares que tardaron excesivo tiempo en llevarme a algún lugar concreto. Era más bien una mezcla de goce, nerviosismo, excitación y sentimiento de culpa. Llegaba a disfrutar, a pesar de ser presa continua de la sensación de que un ser superior pudiera estar observándome y de que el castigo posterior llegaría a ser inevitable. Aprovechaba entonces esos momentos en los que mi madre se lavaba cuidadosamente, ajena a mi curiosa mirada. Aunque había, sin lugar a dudas, un lugar destacado entre mis preferencias para aquellos, a mi expectante modo de ver siempre demasiado breves, instantes en los que mi madre iba cubriendo su cuerpo antes de marcharse a trabajar. Yo me entregaba al elegante espectáculo tumbado en la cama mientras charlaba animadamente con ella, intentando disimular mi interés ante ese ritual constante. Le hablaba de cosas banales e incluso perdía a menudo el hilo de la conversación; pero mi fama de niño distraído me salvaba siempre de ser descubierto. Ella siempre comenzaba a vestirse llevando el pelo recogido en un moño sujeto por un par de palillos de madera, largos y oscuros. Su cuerpo, entre la cama y la ventana por la que penetraban los últimos minutos de luz solar, la hacían aparecer indefinida, cual silueta casi espectral, pero femenina. Siempre tan femenina. Primero se deshacía de la toalla, arrojándola normalmente a la esquina de su cuarto e inmediatamente se acercaba al primer cajón de su cómoda, de donde sacaba la ropa interior; de un sistemático color negro. Se colocaba el sostén, repitiendo invariablemente el mismo gesto una vez abrochado: sus manos debajo de cada pecho, sopesándolos y colocándolos a su vez para, acto seguido, agarrar los tirantes, volviendo a soltarlos al segundo. Después les tocaba el turno al liguero y a las bragas; breves, transparentes y sensuales. Pero mi momento favorito, qué duda cabe, era cuando se sentaba en la silla, ofreciéndome su perfil. Alzaba una pierna, posando su maravilloso pie en algún lugar imaginario y deslizaba así cada uno de sus panties hasta el muslo. Podría haberme quedado horas observándola mientras ella repetiría una y mil veces la misma operación. Pero pronto me sacaba de mi ensoñación, levantándose agitadamente para coger cualquiera de sus vestidos, al que remataba con unos altísimos y casi inquisitivos zapatos de tacón.

De ese modo, fui un mero espectador durante años y años, hasta que mi madre dejó de vestirse de esa manera y yo decidí -obviamente, no por tal motivo- empezar una nueva vida por mi cuenta.

En cuanto alcancé cierta seguridad en mi trato con las mujeres, aprovechaba de nuevo cualquier momento de intimidad femenina en mis amantes para volver a poner en marcha mis mecanismos de satisfacción visual. Ninguna de ellas respondió satisfactoriamente a mis deseos de ser objeto de revisión en esos pasajes tan, aparentemente, banales y cotidianos. Algunas de ellas me tomaban por enfermo, otras actuaban como si no hubieran oído nada. Mantuve dos relaciones con mujeres que sí parecían estar dispuestas y, sobre todo en el caso de una de ellas, disfrutar con ello. Pero mi alegría duró poco: la primera tuvo que mudarse a otra ciudad y con la otra rompí al conocer sus sistemáticas infidelidades.

De pronto, un nuevo mundo se abrió ante mí cuando, accidentalmente, acudí una noche, junto a unos compañeros de trabajo, a un cabaret situado en la calle Mercurio. Después de pasar una noche bastante amena - el espectáculo aun siendo algo vulgar tenía su parte divertida- y tras haber ingerido más de dos, tres y cuatro copas, acabé en una de las habitaciones del último piso del local, junto a una joven de procedencia eslava. Su cuerpo era de apariencia lechosa, cientos de lunares se repartían por él y sus hombros eran anchos, demasiado anchos. Su pelo cobrizo tapaba unos pechos casi inexistentes y era sigilosa en sus movimientos. Prácticamente no hablaba y fue esa actitud la que me animó a ordenarle que no se me acercase, a confesarle que mi único deseo se limitaba a observarla mientras ella se quitaba la ropa para volver a ponérsela después. Una y otra vez, y vuelta a empezar.
A esa mujer de pocas palabras le siguieron muchas más. De todo tipo: gordas, rubias, de detandura perfecta, altas, de nariz afilada, de rasgos inquietantes, de ojos claros, orientales, mujeres de espalda estrecha, con pecho altivo, piernas esbeltas, risueñas, miopes, fumadoras, de cabello corto, arrogantes, delicadas, de ojos claros, sumisas, viejas…
Todo tipo de mujeres. Mujeres femeninas, mujeres que sabían vestirse tan perfectamente bien como desvertirse después.

 
RITUAL NOCTURNO
Hace demasiadas noches que no puede dormir. Se acuesta, lee, se quita las gafas, pone la alarma del despertador a una hora a la que sabe que nunca se levanta pero a la que sabe que le gustaría levantarse. Apaga la luz. Apaga la luz y entonces reconoce el silencio y entonces se da cuenta que olvidó matar el silencio. Su mirada se diluye en la oscuridad y ésta le recuerda que olvidó su lucha diaria contra ella. Enciende la luz porque puede hacerlo cuantas veces quiera. Vuelve a levantarse, se acerca al televisor, pone cualquier canal donde no anuncien esos productos para ponerse en forma que tanto la irritan, le quita la voz y la programa para que ella misma se despida sin ayuda de intermediarios. Se agacha y pone algo de música suave que le sea favorable. Suave. Vuelve a su habitación, se acuesta y entonces deja la luz encendida. Se tumba boca arriba, como si se encontrase tomando el sol, pero sin sol y sin bikini. Ahora intenta relajarse, respira hondo, piensa en la casa del bosque, en que alguien la estará esperando en cualquier parte, en música. Por ejemplo. Su conciencia empieza a danzar sin grandes aspavientos. Quizá sea una pluma cayendo del cielo. Es posible que no esté en su cama sino en un gran velero surcando los mares que rodean cualquier isla, cuando las islas aún eran islas y no escupitajos de un mapa ajeno. Abre la puerta. Es capaz de pasar sin llamar. No es capaz de entrar sin antes observar. Su corazón se deshace dentro de la olla presión, se diluye y ve cómo un hombre le pone un pañuelo, un reloj de arena y un buitre con anzuelo en el lugar que antes ocupaba su corazón. A veces latía con precisión. Se siente lejos de las ventanas y, aunque sabe perfectamente que están cerradas, no quiere darse cuenta que alguien está moviendo las cortinas. No quiere darse cuenta, pero es ya demasiado tarde. Tarde y sin el reloj de arena contando estériles segundos a toda velocidad. Siguen moviéndose
como si de olas de mar se tratase, olas de un mar vertical. Intenta
incorporarse sin conseguirlo, parece que al traspasar el umbral alguien le colgó al cuello una losa de mil doscientos kilos. Se puede leer: SUBCONSCIENTE EN FASE DE REPARACIÓN. Que pasen, vean y lean.
El peso es infinito. Lo vuelve a intentar sin obtener resultado que pase de cero. Echa otra mirada rápida a las cortinas, intuye la respiración asistida por control remoto al otro lado, pero, una vez más, olvidó el mando a distancia al lado del televisor. Su valor está listo para escalar y desaparece por las paredes de su habitación. Coge el pañuelo, el reloj de arena y el buitre con anzuelo, los pone ante el altar, se arrodilla ante ellos y les ruega, por lo más sagrado, que no la dejen sola. Y aunque pare ellos no es tarde, la miran, sonríen lascivamente, susurran entre ellos, disparan hacia el techo y marchan en procesión. Por dentro, o por fuera, qué importará. Mantiene los pies en la nevera, los dedos no esconden sus ojos medio tapados para no ver. Es demasiado tarde. Alguien se acerca, tanto tiempo perdido en la lejanía. Ella intenta levantarse, darse la vuelta, ser absorbida por su cama; en esa cama sólo encuentra pelos de gato, almohadones y sábanas rojas. Ni rastro de agujeros. Empezar a gritar sería un alivio así que, abre el catálogo de acciones de la noche: ni rastro de gritos. Podría pedir el libro de reclamaciones, a fin de cuentas el catálogo de acciones de la noche venía con garantía "tres meses". Ella sabe que no es el momento. No hay tiempo, ni agujeros, ni cortinas que perder. Todo está demasiado cerca, a pesar de que al empezar a caminar se sentía tan lejos de las ventanas. Se acuerda de su abuela y de los cuadros de la virgen y de los crucifijos que decoraban la casa donde pasó gran parte de su niñez. Y, de pronto, las cabezas de payaso asomando en las paredes por donde el valor se alejó, no sin antes hacer apuestas con éstos acerca de la posibilidad de hacerla llorar en lugar de hacerla reír. Eso nunca fue apostar sino jugar sobre seguro. Qué poco valor tiene el mismo valor. Ve, sin enfrentarse a espejo alguno, cómo su boca deja de tener apariencia de fresa, se vuelve de labios finos, de un blanco casi ofensivo. Ha llegado el momento: grita. Grita fuerte y se levanta, arrastrando la losa que reza: SUBCONSCIENTE EN FASE DE REPARACIÓN.