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Maldita Srta. Ming...
Sólo amamos aquello que no poseemos por completo.
Acerca de
Todos los textos están registrados. Fotografía: Srta. Ming por Srta. Ming
Sindicación
 
La imagen reencontrada
Esta noche tengo una cita con un amigo. Es un amigo en el sentido más estricto del término. No es para mí un punto de referencia al que acudir en algunos de esos momentos en los que me siento mal, pero sí al que acudir cuando me siento realmente bien. Entre nosotros jamás ha habido ninguna historia de tipo amoroso, al menos no consumada. Aunque bien cierto es que, entre los dos, se encuentra siempre latente una suave tensión sexual. Quizá porque ambos somos vanidosos o, quién sabe, porque nos gusta que así sea, egos aparte.
Es posible que estas palabras fueran escritas de modo distinto si en vez de hoy, las hubiera escrito mañana.

Esta noche tengo una cita con un amigo, así que he decidido aplicarme una sesión de belleza casera antes de encontrarme con él. He llenado la bañera con sales de baño de aromas marinos y me he aplicado mascarillas faciales, corporales y capilares. Una vez limpia, y secada a conciencia, me he dirigido al sofá -lugar ideal para múltiples operaciones- y he separado los dedos de mis pies con tissues; listos así para ser bien arreglados y cubiertos de color rojo pasión. Es el mejor color para cubrir el cuerpo, de los pies a la cabeza; de forma evidente, o casi invisible, qué más da. Tantas veces me pregunto de qué sirve constatar de forma exterior nuestros deseos… ¿Necesidad de un grado superior de auto-convencimiento, deseos reales convertidos absurdamente en ridículas compulsiones? A saber…
Una vez hube terminado de arreglarme las uñas de los pies tuve que esperar un rato a que éstas se secasen. Presa de mi habitual nerviosismo acentuado, por qué no decirlo, por ese encuentro nocturno, comencé a mover de sitio algunos de los objetos que se encontraban encima de la mesa que tenía delante de mí. Ojeé algunas de las notas olvidadas en papeles sueltos, abrí mi monedero para ver si tendría que acercarme a un cajero automático, encendí un par de cigarrillos y cogí uno de los libros que allí tenía apilados. No sé qué me impulsó a coger uno de mis preferidos, releído en más de una ocasión. Lo abrí por la primera página y allí, entre los brazos de “La Mujer Rota”, encontré al que fue mi primer amor, retratado en una foto de hace más de treinta años. En la imagen, sacada en una playa al atardecer y con una breve montaña al fondo, se le ve a él: el pelo revuelto, vestido de una sola pieza, dando sus primeros pasos sin transmitir ni un ápice inseguridad, bajo esa apariencia de determinación -que le acompañaría por el resto de su vida-. Parece mentira que el rasgo más característico de una persona se encuentre intacto a través de tantos y tantos años. Es posible que uno vaya modificando ciertas actitudes, a medida que avanza por esta suerte de carrera de obstáculos que es la vida, pero constatar esa ausencia de movimiento en ese detalle me ha hecho pensar en que es bastante
probable que uno no se desprenda jamás del caparazón que le protege del peligro externo.

Después de quedarme varios minutos observando la pose de valentía de ese antiguo compañero, junto al que yo misma aprendí a dar mis primeros pasos en los afilados mundos del des/amor, me di cuenta de que se me estaba haciendo demasiado tarde.
Me vestí a toda prisa y en menos de veinte minutos estaba en casa de mi amigo. Nos saludamos, brindamos con vino y, estábamos a punto de comenzar el primer plato cuando, de repente, volvió a mi cabeza aquella imagen. ¿Pretendía acaso sabotearme la cena?, ¿conservaba también ese poder después de tanto tiempo? Fue cosa de segundos, tan sólo eso.

¿De si habría empezado a escribir esta breve historia de forma distinta de no haberla comenzado antes de la cena?, que cada cual saque sus propias conclusiones -si es que así lo quieren-; mi anfitrión, la imagen reecontrada y yo, ya conocemos la respuesta.

 
MUJERES
Recuerdo haber sentido, desde mi más temprana infancia, una especial admiración hacia las mujeres. El primer recuerdo al respecto se remonta a una tarde en la que mi madre yacía, apoyada su cabeza en el borde de la bañera; deslumbrantemente desnuda, cubierta de agua y de espuma que, al balancearse, semejaban acariciarla sólo como a un amante demasiado atrevido le estaría permitido hacerlo. Mis ojos, que no sobrepasaban en altura a la cerradura de la puerta, parecían tener como única finalidad el placer en la cuidada observación de ese universo femenino. A partir de aquella imagen novedosa para mí, comenzaron también unos torpes juegos particulares que tardaron excesivo tiempo en llevarme a algún lugar concreto. Era más bien una mezcla de goce, nerviosismo, excitación y sentimiento de culpa. Llegaba a disfrutar, a pesar de ser presa continua de la sensación de que un ser superior pudiera estar observándome y de que el castigo posterior llegaría a ser inevitable. Aprovechaba entonces esos momentos en los que mi madre se lavaba cuidadosamente, ajena a mi curiosa mirada. Aunque había, sin lugar a dudas, un lugar destacado entre mis preferencias para aquellos, a mi expectante modo de ver siempre demasiado breves, instantes en los que mi madre iba cubriendo su cuerpo antes de marcharse a trabajar. Yo me entregaba al elegante espectáculo tumbado en la cama mientras charlaba animadamente con ella, intentando disimular mi interés ante ese ritual constante. Le hablaba de cosas banales e incluso perdía a menudo el hilo de la conversación; pero mi fama de niño distraído me salvaba siempre de ser descubierto. Ella siempre comenzaba a vestirse llevando el pelo recogido en un moño sujeto por un par de palillos de madera, largos y oscuros. Su cuerpo, entre la cama y la ventana por la que penetraban los últimos minutos de luz solar, la hacían aparecer indefinida, cual silueta casi espectral, pero femenina. Siempre tan femenina. Primero se deshacía de la toalla, arrojándola normalmente a la esquina de su cuarto e inmediatamente se acercaba al primer cajón de su cómoda, de donde sacaba la ropa interior; de un sistemático color negro. Se colocaba el sostén, repitiendo invariablemente el mismo gesto una vez abrochado: sus manos debajo de cada pecho, sopesándolos y colocándolos a su vez para, acto seguido, agarrar los tirantes, volviendo a soltarlos al segundo. Después les tocaba el turno al liguero y a las bragas; breves, transparentes y sensuales. Pero mi momento favorito, qué duda cabe, era cuando se sentaba en la silla, ofreciéndome su perfil. Alzaba una pierna, posando su maravilloso pie en algún lugar imaginario y deslizaba así cada uno de sus panties hasta el muslo. Podría haberme quedado horas observándola mientras ella repetiría una y mil veces la misma operación. Pero pronto me sacaba de mi ensoñación, levantándose agitadamente para coger cualquiera de sus vestidos, al que remataba con unos altísimos y casi inquisitivos zapatos de tacón.

De ese modo, fui un mero espectador durante años y años, hasta que mi madre dejó de vestirse de esa manera y yo decidí -obviamente, no por tal motivo- empezar una nueva vida por mi cuenta.

En cuanto alcancé cierta seguridad en mi trato con las mujeres, aprovechaba de nuevo cualquier momento de intimidad femenina en mis amantes para volver a poner en marcha mis mecanismos de satisfacción visual. Ninguna de ellas respondió satisfactoriamente a mis deseos de ser objeto de revisión en esos pasajes tan, aparentemente, banales y cotidianos. Algunas de ellas me tomaban por enfermo, otras actuaban como si no hubieran oído nada. Mantuve dos relaciones con mujeres que sí parecían estar dispuestas y, sobre todo en el caso de una de ellas, disfrutar con ello. Pero mi alegría duró poco: la primera tuvo que mudarse a otra ciudad y con la otra rompí al conocer sus sistemáticas infidelidades.

De pronto, un nuevo mundo se abrió ante mí cuando, accidentalmente, acudí una noche, junto a unos compañeros de trabajo, a un cabaret situado en la calle Mercurio. Después de pasar una noche bastante amena - el espectáculo aun siendo algo vulgar tenía su parte divertida- y tras haber ingerido más de dos, tres y cuatro copas, acabé en una de las habitaciones del último piso del local, junto a una joven de procedencia eslava. Su cuerpo era de apariencia lechosa, cientos de lunares se repartían por él y sus hombros eran anchos, demasiado anchos. Su pelo cobrizo tapaba unos pechos casi inexistentes y era sigilosa en sus movimientos. Prácticamente no hablaba y fue esa actitud la que me animó a ordenarle que no se me acercase, a confesarle que mi único deseo se limitaba a observarla mientras ella se quitaba la ropa para volver a ponérsela después. Una y otra vez, y vuelta a empezar.
A esa mujer de pocas palabras le siguieron muchas más. De todo tipo: gordas, rubias, de detandura perfecta, altas, de nariz afilada, de rasgos inquietantes, de ojos claros, orientales, mujeres de espalda estrecha, con pecho altivo, piernas esbeltas, risueñas, miopes, fumadoras, de cabello corto, arrogantes, delicadas, de ojos claros, sumisas, viejas…
Todo tipo de mujeres. Mujeres femeninas, mujeres que sabían vestirse tan perfectamente bien como desvertirse después.

 
RITUAL NOCTURNO
Hace demasiadas noches que no puede dormir. Se acuesta, lee, se quita las gafas, pone la alarma del despertador a una hora a la que sabe que nunca se levanta pero a la que sabe que le gustaría levantarse. Apaga la luz. Apaga la luz y entonces reconoce el silencio y entonces se da cuenta que olvidó matar el silencio. Su mirada se diluye en la oscuridad y ésta le recuerda que olvidó su lucha diaria contra ella. Enciende la luz porque puede hacerlo cuantas veces quiera. Vuelve a levantarse, se acerca al televisor, pone cualquier canal donde no anuncien esos productos para ponerse en forma que tanto la irritan, le quita la voz y la programa para que ella misma se despida sin ayuda de intermediarios. Se agacha y pone algo de música suave que le sea favorable. Suave. Vuelve a su habitación, se acuesta y entonces deja la luz encendida. Se tumba boca arriba, como si se encontrase tomando el sol, pero sin sol y sin bikini. Ahora intenta relajarse, respira hondo, piensa en la casa del bosque, en que alguien la estará esperando en cualquier parte, en música. Por ejemplo. Su conciencia empieza a danzar sin grandes aspavientos. Quizá sea una pluma cayendo del cielo. Es posible que no esté en su cama sino en un gran velero surcando los mares que rodean cualquier isla, cuando las islas aún eran islas y no escupitajos de un mapa ajeno. Abre la puerta. Es capaz de pasar sin llamar. No es capaz de entrar sin antes observar. Su corazón se deshace dentro de la olla presión, se diluye y ve cómo un hombre le pone un pañuelo, un reloj de arena y un buitre con anzuelo en el lugar que antes ocupaba su corazón. A veces latía con precisión. Se siente lejos de las ventanas y, aunque sabe perfectamente que están cerradas, no quiere darse cuenta que alguien está moviendo las cortinas. No quiere darse cuenta, pero es ya demasiado tarde. Tarde y sin el reloj de arena contando estériles segundos a toda velocidad. Siguen moviéndose
como si de olas de mar se tratase, olas de un mar vertical. Intenta
incorporarse sin conseguirlo, parece que al traspasar el umbral alguien le colgó al cuello una losa de mil doscientos kilos. Se puede leer: SUBCONSCIENTE EN FASE DE REPARACIÓN. Que pasen, vean y lean.
El peso es infinito. Lo vuelve a intentar sin obtener resultado que pase de cero. Echa otra mirada rápida a las cortinas, intuye la respiración asistida por control remoto al otro lado, pero, una vez más, olvidó el mando a distancia al lado del televisor. Su valor está listo para escalar y desaparece por las paredes de su habitación. Coge el pañuelo, el reloj de arena y el buitre con anzuelo, los pone ante el altar, se arrodilla ante ellos y les ruega, por lo más sagrado, que no la dejen sola. Y aunque pare ellos no es tarde, la miran, sonríen lascivamente, susurran entre ellos, disparan hacia el techo y marchan en procesión. Por dentro, o por fuera, qué importará. Mantiene los pies en la nevera, los dedos no esconden sus ojos medio tapados para no ver. Es demasiado tarde. Alguien se acerca, tanto tiempo perdido en la lejanía. Ella intenta levantarse, darse la vuelta, ser absorbida por su cama; en esa cama sólo encuentra pelos de gato, almohadones y sábanas rojas. Ni rastro de agujeros. Empezar a gritar sería un alivio así que, abre el catálogo de acciones de la noche: ni rastro de gritos. Podría pedir el libro de reclamaciones, a fin de cuentas el catálogo de acciones de la noche venía con garantía "tres meses". Ella sabe que no es el momento. No hay tiempo, ni agujeros, ni cortinas que perder. Todo está demasiado cerca, a pesar de que al empezar a caminar se sentía tan lejos de las ventanas. Se acuerda de su abuela y de los cuadros de la virgen y de los crucifijos que decoraban la casa donde pasó gran parte de su niñez. Y, de pronto, las cabezas de payaso asomando en las paredes por donde el valor se alejó, no sin antes hacer apuestas con éstos acerca de la posibilidad de hacerla llorar en lugar de hacerla reír. Eso nunca fue apostar sino jugar sobre seguro. Qué poco valor tiene el mismo valor. Ve, sin enfrentarse a espejo alguno, cómo su boca deja de tener apariencia de fresa, se vuelve de labios finos, de un blanco casi ofensivo. Ha llegado el momento: grita. Grita fuerte y se levanta, arrastrando la losa que reza: SUBCONSCIENTE EN FASE DE REPARACIÓN.