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Maldita Srta. Ming...
Sólo amamos aquello que no poseemos por completo.
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Todos los textos están registrados. Fotografía: Srta. Ming por Srta. Ming
Sindicación
 
LA MADRE FELINA
A menudo recuerdo la imagen de mi madre paseando por la calle junto a la gata Lola. La gata Lola con la correa al cuello, y la correa de la gata Lola atada a la mano de mi madre. Entonces yo era tan pequeña como para no saber lavarme la cabeza por mí misma y era tan mayor como para saber que cuando se te cae un diente son los padres los que, aprovechando tu sueño, meten su mano bajo la almohada y te dejan aquello que tanto valor parece adquirir cuando te haces definitivamente mayor -si es eso posible-.

Aunque la gata Lola y mi madre tenían demasiadas cosas en común, había una gran diferencia entre ellas dos: a mi madre le gustaba acompañar sus vestidos con unos vertiginosos zapatos de tacón y a la otra le gustaba mojarse las patas al caminar sobre cualquier charco. Podría decirse que existía una tremenda contradicción entre la apariencia y la realidad de ambas. Una tan aparentemente terrenal queriendo tocar el cielo y la otra tan, a simple vista, inaccesible deseando siempre estar tan unida a la tierra. A menudo la gente de la calle le hacía comentarios a mi madre respecto a estos paseos gatunos. Recuerdo sus risas y sus explicaciones, casi justificaciones, acerca de que el único motivo para no pasear a un gato radica únicamente en que casi nadie lo hace. Era para ella casi una necesidad.

Me gustaba verlas moverse. Era entonces, en esos momentos en los que lo que veía dejaba de formar parte de un universo ajeno y a mí me parecía estar viviendo una experiencia -de algún modo- trascendente, cuando dejaban de interesarme los columpios; los toboganes, los otros niños y hasta yo misma. Sólo había espacio para la madre. Sólo había espacio para la gata. Dos en una, dos tan distintas.

En ocasiones observo a mi gato y recuerdo todo aquello. Lo observo en la intimidad de nuestra casa, nunca fuera de ella, porque mi gato y yo no somos, ni podremos ser jamás, dos en uno.

Somos demasiado distintos.

 
LA SOLEDAD INVOLUNTARIA
Un nuevo y poco sofisticado menú. Nada debe quedar en el plato, asomar la cabeza y ver su reflejo en él. Una infusión reparadora ayudará a poner cada cosa en su sitio. Cuchillos, vasos y tenedores que ocupan su lugar en el mundo. Un mundo recogido en esta cocina. Restos de comida preparados para ser llevados al más allá, a la nada. Ambas se mueven en silencio, víctimas elegidas de una inercia demasiadas veces repetida, demasiadas veces conocida. La inercia de lo cotidiano. Objetos pulcramente preparados para un futuro asalto.

Es la hora del descanso, del tránsito entre la acción y el sueño. Al fin se acomodan en el sofá y es entonces cuando la mujer enciende el televisor y sintoniza su serial favorito, aquél que habla de amores, de poder y de sueños. Aquél que habla de cualquier cosa importante a un ritmo tan exagerado que suena casi irreal. Frenetismo de sobremesa. La niña se quita los zapatos y se estira colocando los pies sobre la falda de su abuela. Le pregunta sobre esos personajes, sobre el por qué de tantas cosas que… a la mujer no le apetece contestar. La niña sigue hablando, su mirada en el techo, ríe y se pone de rodillas. Es, a partir de ese momento, cuando sus movimientos empiezan a ralentizarse. Existen para ella pocas situaciones más desesperantes que la de sentir miedo. Miedo a cosas triviales y, hasta cierto punto absurdas. Miedo a cosas reales, aunque indefensas; lejanas, pero al mismo tiempo cotidianas. Sabía que podría desprenderse con relativa facilidad del más querido de sus tesoros, y, en cambio, del todo imposible iba a resultarle regalar, con el mayor de los deseos, su miedo. Miedo irracional, miedo universal. Miedo propio. La niña se acerca a la abuela ya dormida y la mira de cerca. El aire que ambas desechan se entremezcla y desaparece. Acerca su mano y la mueve ante la cara de la que sueña, pero sin llegar a ella. No hay respuesta. Se asusta y vuelve la cabeza hacia atrás: los amores, el poder y los sueños siguen su curso irreal. Se impacienta. Acerca de nuevo la mano a la cara de la abuela, ahora la tiene tan cerca que puede levantar uno de sus párpados. Se repite de forma mecánica y casi
acompasada, hasta que la mujer despierta. Ésta se enfada y la increpa, le pide tranquilidad. La niña nerviosa vuelve a su sitio. No pasa demasiado rato cuando se encuentra volviendo a la otra a la realidad, una vez más. Sigue teniendo miedo. Miedo a lo irreal, miedo al sueño ajeno, miedo a quedarse sola. Una repetición repetida hasta la extenuación. La mujer se da por vencida y se levanta enfadada. La niña sonríe, su mundo ha vuelto a ponerse en marcha. Quizá sólo hasta mañana.