SEÑORAS RESPETABLES
Hay mujeres que abren sus piernas
con más facilidad que
sus bolsos,
¿o es al revés?
El trabajo es sencillo:
regar las plantas,
hacerse la manicura,
decirle a la “chica” cómo limpiar el horno,
susurrar a diario “te amo” cuando saben que no saben amar.
Pero, ¿qué importará?,
A fin de cuentas… las putas son las otras.
¿En efectivo o con tarjeta, señor?
MIEDO
Joe se encontraba en la sala de juegos. Así llamaba él, de forma irónica, a la sala donde los enfermos podían pasar los ratos libres. Era una gran habitación, pintada de blanco de principio a fin, y en cuyo interior, varias mesas redondas rodeadas de inofensivas sillas de plástico constituían el único mobiliario. Numerosas cajas con puzzles y juegos, revistas y un pequeño televisor a lo alto, en la esquina de una de las paredes, hacían el resto. Joe palpó el bolsillo de su camisa, sacó un pitillo y lo encendió. Miró a través de la única ventana que se encontraba en la sala. Qué gran absurdo que cuiden tanto el jardín para gente que no va a saber apreciarlo -murmuró para sus adentros-. Y es que en ese momento, dos jardineros se encargaban de recortar las flores de los rosales. Las rosas eran blancas. Son bonitas -pensó Joe-.
- Sabes bien que sólo tienes permitido fumar con la condición de que lo hagas fuera, Joe -le recordó una de las enfermeras-. Y es que él era el único del hospital al que le estaba permitido fumar. Haberse librado de la cárcel bien valía el tener que pasar frío cuando quería fumarse un cigarrillo. Aquél invierno estaba siendo mucho más duro de lo normal -pensó Joe cerrando la ventana por la que había lanzado la colilla-. Esa mañana el frío era casi metálico, y eso que hacía sol…
Se dio la vuelta y permaneció apoyado al lado de la ventana con sus enormes manos metidas en ambos bolsillos del pantalón. Bueno, todo en él era enorme. Era lo que cualquiera habría llamado: un hombre corpulento. Su pelo fino, de color ceniza, estaba perfectamente peinado hacia atrás. Jamás había sido persona descuidada en su aspecto y tampoco iba a serlo por el hecho de estar ahí metido. Igual que había seguido meticulosamente con el cumplimiento de uno de sus pasatiempos preferidos: la lectura. Prácticamente cada semana le pedía a uno de los cuidadores que le sacase un par de libros de la biblioteca. Tenía preferencia por las novelas policíacas.
Joe observó con atención a Linda. Linda era una mujer bonita, demasiado bonita teniendo en cuenta la cantidad de años que llevaba encerrada en aquél maldito lugar. Y demasiado bonita también para llevar tantos años viviendo bajo un estado maníaco depresivo que la había llevado a intentar quitarse la vida en varias ocasiones. Era una especie de fantasma de mirada perdida, con la que era imposible toparse, puesto que siempre, y sin excepción, su mirada estaba dirigida a algún punto del suelo. Sentado a la derecha de Linda se encontraba Mike, un anciano que no sabía lo que era utilizar un váter y que tan pronto pasaba de la euforia más cargante al llanto más desgarrador. El bueno de Mike… qué mal olía. Qué jodida es la vejez de por sí, pero si encima estás loco…-observó Joe-. El resto, apiñados bajo el televisor; gritaban, reían histéricamente y hacían comentarios soeces sobre la mujer que aparecía en pantalla. Alejado del resto, igual que siempre, estaba D. D era un chico joven, no llegaba ni a los treinta y sufría de esquizofrenia profunda. A menudo tenían que encerrarle, atándole para inyectarle un veneno que le dejaba dormido durante un par de días. Cuando despertaba parecía seguir dormido por unos días más. No hablaba con nadie, le ponía nervioso.
Joe sonrió, se colocó la camisa por dentro del pantalón y se encaminó hacia donde estaba D. Éste, al verle llegar empezó a mover los codos, dando golpes contra la pared, como si tratase de levantar vuelo. Una de las enfermeras lanzó una mirada reprobatoria a Joe y, alzando la voz, le dijo:
- Joe, no empecemos, ya sabes cómo se pone. Si buscas otro lío tendré que tomar medidas serias. Y no hablo en broma. Recuerda lo que pasó la última vez, así que haz el favor de dejarle en paz.
Joe sonrió, pidiéndole tranquilidad. Sólo quería comentar con él el partido del día anterior. Nada más.
- Tú mismo, a la mínima… -sentenció la enfermera separando las revistas viejas de las más recientes-.
D. seguía aleteando con los codos mientras miraba hacia el lado contrario al que se encontraba Joe.
- ¿Te gustó el partido de ayer, D.?
D. no contestó.
- Apuesto el dedo de una mano a que te hubiera encantado ser deportista, ¿me equivoco, D.? Dime. ¿No sabes hablar? Contesta: ¿te hubiera gustado ser deportista, D.? A mí sí, pero habría elegido un deporte de más acción aun, sí, habría elegido el boxeo, por ejemplo. Me encantan los combates de boxeo, me encanta ver a dos personas dejándose el pellejo mientras el resto observa con atención. No me dirás que no es excitante, D. Ver cómo se destozan la cara, la nariz, el hígado. Se dejan el hígado, sí señor. Pero me da que tú no habrías sido un buen boxeador. Eres demasiado miedoso y para ser boxeador hay que tenerlos bien puestos. Estarás de acuerdo conmigo en eso, ¿no? Bueno, parece que la niña se ha comido la lengua con el desayuno de esta mañana. Pues nada, como pareces no tener lengua tendré que irme a conversar con alguien que me haga más caso que tú -Joe clavó la mirada en D., que seguía con la cabeza apoyada de lado en la pared, y se alejó, dirigiéndose de nuevo junto a la ventana-.
Los jardineros habían terminado su trabajo por esa mañana. Quizá estuviera bien dar un paseo por el patio. Se acercó a la enfermera y le preguntó si podía salir a tomar un rato el aire. De pronto sintió cómo alguien se acercaba por detrás, le agarraba del pelo y lo zarandeaba de un lado a otro de la habitación. Cuando consiguió zafarse se dio cuenta de que D. estaba fuera de sí, y empezaba a gritar palabras sin sentido. Joe sonrió y le animó a que se acercase a él de nuevo, enseñándole los puños y dando pequeños saltitos, como si en un ring se encontrase. Las enfermeras gritaban e intentaban detenerle y los demás enfermos formaron un círculo; muchos de ellos gritaban también.
A los pocos segundos la alarma de emergencias comenzaba a sonar en todo el edificio. D. se lanzó contra Joe y ambos cayeron en el suelo, enzarzándose en una áspera pelea que finalizaba a los pocos minutos, cuando varios enfermeros lograban separarlos.
- Su comportamiento ha sido detestable. No entiendo cómo no le da vergüenza atacar así a los demás. Una de las enfermeras me ha informado de que fue advertido antes de que todo ocurriera. Esta vez tendremos que tomar medidas drásticas -avisó el director del centro, tras la mesa de su despacho-.
- Muy bien, hagan lo que tengan que hacer, yo sólo pretendía hablar con el chico; no veo qué hay de malo en ello.
- No me tome por idiota, que nos conocemos. Vamos a tener que incomunicarle. Por favor, llévenselo -ordenó a los cuidadores que se encontraban detrás de Joe-.
Anduvieron largo rato, recorrieron los pasillos del hospital. No se oía ni una voz. Finalmente llegaron a una puerta, se detuvieron frente a ella, uno de los hombres eligió una llave de un repleto manojo de llaves, abrió y le invitó a entrar. Era una celda sin ventanas, compuesta por una cama y una mesilla baja. Joe se tumbó sobre la cama y sonrió. A los pocos minutos estaba sumergido en un profundo sueño. Soñó que cruzaba la puerta. Soñó que le dejaban marchar.
LA PARTIDA
A Ainhoa
Nos he recordado incontables veces,
sentadas la una al lado de la otra,
fundidas de tristeza,
alojadas en aquél coche
escupido por la lluvia que, feroz,
buscaba su razón de ser.
Embalses que, por enteros,
habrían colmado sus expectativas,
y justificado su existencia de por vida
si hubieras llorado todo el dolor que a
tu alma afligía.
Y yo sintiéndome diminuta,
invisible, casi cobarde,
sin poder hacer más
que agarrar con firmeza delicada
tu mano fina y asustada ante la vida.
Mirando hacia al frente,
siguiendo al autómata parabrisas;
asustada yo también,
asustada ante la vida,
ante nosotras,
ante el dolor,
ante la imposibilidad de evitar lo inevitable.
Pero aquella tarde, aunque incómoda,
formó parte también de nuestra partida,
de la partida que un día, sin saber muy bien por qué,
decidimos jugar juntas.
LIMPIEZA
Esta mañana,
mientras me cepillaba los dientes,
he sentido algo parecido a
un pequeño disparo en el corazón.
He mirado al espejo,
y en lugar de ver mi rostro en él,
lo único que he logrado observar han sido
cientos de cristales enrojecidos, envueltos en vísceras.
Vísceras sobresaltadas por lo estético del choque.
He continuado con mi limpieza.





