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Maldita Srta. Ming...
Sólo amamos aquello que no poseemos por completo.
Acerca de
Todos los textos están registrados. Fotografía: Srta. Ming por Srta. Ming
Sindicación
 
EL EXTRAÑO

Casi cada tarde la misma historia.
Esta vez su madre le ordena que
vaya a comprar leche,
así que coge el dinero
mientras oye, como casi cada tarde,
la misma advertencia:
“Ni se te ocurra perder el dinero”.

Sale de casa,
deben ser las ocho porque el librero
anda recogiendo sus revistas y periódicos.
Saluda a la vecina rubia del dálmata
mientras espera a que el semáforo se ponga en verde,
poniendo el ojo en el bar de la esquina,
apretando fuerte su puño con el billete dentro.

La tienda, a poca distancia de su casa,
es algo más vieja que los dueños,
una pareja de ancianos tan arrugados como si llevasen
cien años sumergidos en agua.
Liquida el recado y se despide.

De vuelta a casa,
contenta de no haber olvidado nada por el camino,
recuerda que tiene que presentar una redacción
para el día siguiente
y que trata sobre “Tu verano ideal”;
qué cosas tan raras piden estando aún en invierno…

De pronto siente un brazo que la rodea por los hombros,
a su lado, un vecino del barrio al que alguna vez ha visto
pero con el que nunca ha hablado.
Éste le pregunta sobre adónde se dirige,
de dónde viene,
cuántos Años tiene,
mientra su mano baja y baja
hasta posarse en lo que algún día será un pecho.
Contestando cosas sin sentido
mientras el corazón se le escapa por la boca
sigue caminando junto al extraño,
junto a su ancho cuerpo
vestido de cintura para abajo
de pantalones de pana gruesa color verde,
del mismo color que sus ojos,
a los que sólo se atrevió a mirar años después de todo aquello.
Y la mano caliente por debajo del jersey
rozando en círculos concéntricos
cada vez más intensos.
“Tengo que irme” dijo medio llorando.

Y se alejó corriendo.

Nunca le dijo nada a su madre
y siguió haciendo los recados.

 
LA MALETA

Aquella mañana despertó deseando que
la realidad formase parte del sueño.
Pero al volver su mirada hacia él,
tendido al otro lado de la cama,
al observar cómo su pelo lacio
tapaba de mala manera los ojos
hinchados de tanto llanto,
se dio cuenta de que no,
de que nada de lo sucedido había sido un sueño.

Se levantó en silencio,
se aseó en silencio,
se vistió en silencio,
llenó la maleta en silencio
y se marchó en silencio.

Al salir de la casa
caminó hasta el bar más bullicioso de la zona,
pidió un café
y esperó en silencio.

 
VIOLENCIA

De vez en cuando tus gritos asaltan mi recuerdo
como puñales
que hacen brotar la sangre de mi bajo vientre,
e intento virar mi pensamiento
hacia algo bonito que no llega,
en una especie de dolor obligatorio.

Y se suceden aquellas imágenes
que me fuerzan a recordarte
encontrándote con la maldad
más despiadada en forma de autoridad.
Desprovista del que debió haber sido
un bonito camino de niña tierna
hacia un futuro quizá menos bonito.
Cargada hasta el infinito de basura que no te correspondía,
Desnuda, sola como un gato en la calle,
chillando bajo el agua fría,
cargando con tu sintomático insomnio
al que yo no alcanzaba a dar sentido,
porque no lo tenía.
Sólo tenía causas
y motivos de sobra.

Después de todo eso,
cuando apareces de esa forma en mi pensamiento,
y siento mi cuerpo temblar en una gigantesca naúsea
que odia los recuerdos,
me pregunto
si no será ésa la forma en que
saldo la cuenta en la que pesa mi “debe”

A pesar de todo me siento culpable.

 
AMOR A LOS 14

Nos repartíamos entre mi habitación,
los reservados de las discotecas
y los descampados.

El mecanismo era distinto:
en casa tenía tiempo de apoyar
mi cabeza sobre su pecho desnudo
y sin vello
y soñar con el más feliz devenir
que una estúpida pueda imaginar.
Sumergidos entre las cuatro paredes
de las que colgaban los descuidados posters
de mi amada cantante favorita,
quien nos observaba sonriente,
como dando su visto bueno.

En la discoteca la cosa era más típica,
todos hacíamos lo mismo,
aunque unos llegábamos más lejos que otros.
Por entonces yo era abstemia.

Estirada sobre la tierra desigual
del descampado,
como abandonada en una cuneta,
yo le decía que me sentía protagonista
de una película porno cualquiera,
a lo que él contestaba,
metiendo su cuerpo en mi boca,
que de eso se trataba:
De actuar como en una porno movie.
Y a mí me gustaba,
quizá porque él me amaba,
quizá porque pocas horas antes
soñaba junto a él sobre la cama,
quizá porque entonces yo ya sabía lo que quería.

 
UN HOMBRE, UNA TARDE, UN HELADO

Jodida niñez,
teniendo que pedir permiso hasta para ir al baño.
Eso lo sabías incluso entonces,
cuando eras tan inocente como
para creer que todos eran buenos.
Si hubieras sabido lo que ahora sabes
les habrías mandado al infierno,
lo que está más que claro es que no hubieras
acudido a aquella cita obligada.

La primera imagen que
de él quedó en tu cabeza fue la de
un hombre medio harapiento,
hippie y tranquilo.
Nada que ver con el retrato que
durante toda la vida tu madre insistió en hacer de él:
Barba de alambre,
Dinero, infidelidades
y drogas alucinógenas.
Por no hablar de otras cosas…
A contraluz,
apoyado en el ventanal del salón
hablando con tu madre,
ella tan tensa como de costumbre.
Les viste hablar de perfil
justo al llegar a casa
al regresar de la escuela
hacia la que siempre tuviste sentimientos contradictorios.

Frenaste tu paso,
la pesada cartera en el suelo
aplastándote los pies
y la boca tan abierta como seca.
Mira cariño, te presento a tu padre.
Y en ese mismo momento te diste cuenta de que
nunca te habías planteado que existiera verdaderamente.
Y entonces le tuviste delante
y no era una broma,
ni una estampa familiar lejana;
estaba de pie, frente a ti,
sonriendo con cara de:
“Aquí no ha pasado NADA”.

Rebuscó en su maleta y te ofreció un regalo
que anticipó tu coquetería en diez años.
Las niñas no llevan bolsos de mujer,
¿o es que acaso no sabe ni qué edad tengo?
Tu madre, siempre tan viva,
sugirió que os reunierais para hablar de vuestras cosas.

A solas.

¿Pero qué son “nuestras cosas” si ni nos conocemos?
Pero callaste,
dejando tu casa
como quien deja la Ropa
en la silla de la consulta del doctor.

 
EL VIAJE

Aquél prometía ser otro vulgar día cualquiera,
cuyo punto de partida había sido abrir el cajón
y cubrir su cuerpo
con lo primero que encontró,
así,
al azar.

Se dirigió hacia la estación,
incómoda en su propio cuerpo,
incómoda ante las miradas que,
con algún que otro problema,
se encargaba de esquivar.
Como salvar el culo en un campo repleto de minas.

El vagón sin un alma,
excepto la de ella,
y la del sol que la acosaba a través de la ventana;
empujada hacia un destino
al que no le hubiera importado no llegar.
El traqueteo del tren siempre la excitaba.
Era entonces cuando gustaba de recurrir a imágenes
con las que se desahogaba en menos de
Dos minutos.
Y, de pronto, sorpresa:
un hombre situado entre vagón y vagón,
ausente,
observando el camino
que marchaba a mayor velocidad que la vida misma.
Desechó las bellas imágenes,
posando su mirada fijamente sobre aquél desconocido,
un hombre de pueblo, nada atractivo.
Introdujo su mano entre sus piernas y
a los pocos minutos
el trabajo estuvo hecho.
Un Desconocido.
Olió su mano,
sonrió,
y disfrutó del sol acariciando su rostro.