Capítulo 5
Pasaron toda la tarde en el despacho, entre cafés y papeles, ordenando toda la información y material que José Antonio había logrado reunir. El congreso tendría lugar en otra universidad, y Lena se interesó por el resto de conferenciantes.
- Ni siquiera lo sé -respondió José Antonio con sinceridad- Solo me han dicho mi tema y que tengo dos horas.
- Es una locura.
- Lo sé, pero me lo pidió un viejo amigo y le debía un favor.
Lena se encontraba muy cómoda trabajando con él y, como le había ocurrido la vez anterior, a su lado se sentía más una amiga que una alumna. Era un hombre inteligente y brillante pero, sobre todo, le gustaba porque parecía ver más allá de su físico y no la trataba como si fuese estúpida.
Cuando finalmente consiguieron aclararse y dejar todo preparado para la exposición, ambos estaban agotados. José Antonio se asomó a la venta y comprobó que empezaba a anochecer, y ni siquiera se había preocupado por si Lena tenía otros planes.
- Deberías irte -dijo mirando el reloj- Ya me has ayudado bastante, muchísimas gracias.
- No hay de qué -contestó la chica- Y no te preocupes, no tengo prisa.
Le costaba creer que no tuviese mejores planes, pero la verdad es que nunca la veía hablando con nadie y, a juzgar por lo que había comentado alguna vez, vivía sola. Estaba seguro de que, tras ese hueco en su mirada, había mucho sufrimiento que Lena se empeñaba en ocultar y camuflar con alegría.
- ¿Te apetece tomar algo? -propuso a la chica- Conozco un bar aquí cerca que te gustaría.
- Tendrás mucho que hacer.
- Es lo mínimo que puedo hacer después de tu ayuda.
Lena sonrió, asintió con la cabeza y cogió su bolso, y siguió a José Antonio hasta el aparcamiento, donde cada uno cogió su coche y la chica le siguió hasta el bar. Por un momento, se le pasó por la cabeza la idea de que alguien que les viese pudiera pensar mal, pero hacía tiempo que Lena había aprendido a vivir sin preocuparse más que por lo importante.
- Ni siquiera lo sé -respondió José Antonio con sinceridad- Solo me han dicho mi tema y que tengo dos horas.
- Es una locura.
- Lo sé, pero me lo pidió un viejo amigo y le debía un favor.
Lena se encontraba muy cómoda trabajando con él y, como le había ocurrido la vez anterior, a su lado se sentía más una amiga que una alumna. Era un hombre inteligente y brillante pero, sobre todo, le gustaba porque parecía ver más allá de su físico y no la trataba como si fuese estúpida.
Cuando finalmente consiguieron aclararse y dejar todo preparado para la exposición, ambos estaban agotados. José Antonio se asomó a la venta y comprobó que empezaba a anochecer, y ni siquiera se había preocupado por si Lena tenía otros planes.
- Deberías irte -dijo mirando el reloj- Ya me has ayudado bastante, muchísimas gracias.
- No hay de qué -contestó la chica- Y no te preocupes, no tengo prisa.
Le costaba creer que no tuviese mejores planes, pero la verdad es que nunca la veía hablando con nadie y, a juzgar por lo que había comentado alguna vez, vivía sola. Estaba seguro de que, tras ese hueco en su mirada, había mucho sufrimiento que Lena se empeñaba en ocultar y camuflar con alegría.
- ¿Te apetece tomar algo? -propuso a la chica- Conozco un bar aquí cerca que te gustaría.
- Tendrás mucho que hacer.
- Es lo mínimo que puedo hacer después de tu ayuda.
Lena sonrió, asintió con la cabeza y cogió su bolso, y siguió a José Antonio hasta el aparcamiento, donde cada uno cogió su coche y la chica le siguió hasta el bar. Por un momento, se le pasó por la cabeza la idea de que alguien que les viese pudiera pensar mal, pero hacía tiempo que Lena había aprendido a vivir sin preocuparse más que por lo importante.





