Capítulo 7
Las clases del día siguiente fueron complicadas para Lena. Intentaba no pensar en la noche anterior y convencerse a sí misma de que todo aquello era una tontería, pero su conciencia se empeñaba en aparecer sin pedir permiso.
Si se hubiesen besado o acostado juntos, posiblemente no hubiera resultado tan incómodo, pero cuando se encontró a José Antonio en la cafetería apenas fue capaz de sostenerle la mirada.
- Hola Lena -rompió el hielo- No te había visto.
- Solo vengo a por un café.
- ¿Tienes un segundo para hablar?
- Tengo clase -dijo tratando de rehuirle- En fin, si es rápido...
José Antonio se despidió de otro de los profesores y salieron hacia un pasillo tranquilo. Lena se sentó en una de las sillas negras que tanto odiaba, y esperó en silencio, sin atreverse a levantar la vista ni saber qué decir.
- No sé qué pasó ayer -comenzó a hablar él- No creo haber hecho o dicho nada para incomodarte.
- La culpa ha sido mía.
- No, Lena. Tú tampoco has hecho nada.
- Escúchame bien -pidió con gesto serio- Me gusta esto y me estoy esforzando, y no quiero que nadie lo dude ni por un segundo.
Era la primera vez que la veía tan seria, casi enfadada, y ni siquiera entendía la razón. Se había limitado a decirle cuánto valía, la maravillosa persona que era, y a demostrarle que podía contar con él como un amigo cuando lo necesitase, y entonces ella se había marchado apresuradamente.
- No quiero que seas mi amigo -habló por fin- No necesito amigos, y menos un profesor que vaya de guay.
- Todo lo que dije es lo que siento.
- Yo también, y es lo mejor.
Lena se levantó de la silla y, antes de que pudiese marcharse, José Antonio la cogió del brazo obligándola a mirarle a los ojos. Su gesto tranquilo y alegre parecía haberse transformado en furia pero, cuando sostuvo su mirada unos segundos más, la chica se echó a llorar en sus brazos.
Si se hubiesen besado o acostado juntos, posiblemente no hubiera resultado tan incómodo, pero cuando se encontró a José Antonio en la cafetería apenas fue capaz de sostenerle la mirada.
- Hola Lena -rompió el hielo- No te había visto.
- Solo vengo a por un café.
- ¿Tienes un segundo para hablar?
- Tengo clase -dijo tratando de rehuirle- En fin, si es rápido...
José Antonio se despidió de otro de los profesores y salieron hacia un pasillo tranquilo. Lena se sentó en una de las sillas negras que tanto odiaba, y esperó en silencio, sin atreverse a levantar la vista ni saber qué decir.
- No sé qué pasó ayer -comenzó a hablar él- No creo haber hecho o dicho nada para incomodarte.
- La culpa ha sido mía.
- No, Lena. Tú tampoco has hecho nada.
- Escúchame bien -pidió con gesto serio- Me gusta esto y me estoy esforzando, y no quiero que nadie lo dude ni por un segundo.
Era la primera vez que la veía tan seria, casi enfadada, y ni siquiera entendía la razón. Se había limitado a decirle cuánto valía, la maravillosa persona que era, y a demostrarle que podía contar con él como un amigo cuando lo necesitase, y entonces ella se había marchado apresuradamente.
- No quiero que seas mi amigo -habló por fin- No necesito amigos, y menos un profesor que vaya de guay.
- Todo lo que dije es lo que siento.
- Yo también, y es lo mejor.
Lena se levantó de la silla y, antes de que pudiese marcharse, José Antonio la cogió del brazo obligándola a mirarle a los ojos. Su gesto tranquilo y alegre parecía haberse transformado en furia pero, cuando sostuvo su mirada unos segundos más, la chica se echó a llorar en sus brazos.





