Continuación de la continiación de "Knocking on heaven´s door..."

d) El pasajero tonto:
Este tipo de pasajero es el típico que no se entera de nada, le tienes que decir cinco veces aquello de que en puerta de embarque se le volverá a pedir el carnet ("¿quéee?, ¿quéee?); te pregunta los porqués de todo, intenta que le cuelen 15 kgs como equipaje de mano, cuando está terminantemente prohibido por su peligrosidad (si se le llegara a caer a alguien en la cabeza allá arriba en el avión...). Llevan botellas de vino en el equipaje que facturan (tampoco se puede) y no comprenden que se las hagas sacar. Te hacen mil preguntas ("¿a qué hora sale el avión?", "¿y no lleva retraso?", "¿por dónde se embarca?", "¿a qué hora llegaremos a destino?", etc...), al tiempo que intentas concentrarte en facturarle correctamente, de manera que retrasan al máximo la dichosa facturación.
En cuanto al tema de la Primera clase, bueno, hay que decir que para esta gente es un mundo. Les da por ir haciendo la cola antes de que los mostradores se abran, por lo que claro, cuando les dices que por favor no hagan cola en el mostrador de AVANT, no les sienta nada bien (en vuelos regulares siempre se abre un mostrador de primera clase, el primero de la derecha en concreto, en el que por supuesto, no se puede permitir que se formen colas, ya que el pasajero de AVANT paga por algo. Entonces, mientras no va llegando ningún pasajero de la preferente, se dice al resto de pasajeros de las otras colas, que puede pasar el estrictamente "siguiente" de la susodicha cola, ¡Y OTRA VEZ SE VIENEN TODOS PARA TU COLA! Tú les repites que no, "He dicho el siguiente inmediato de la cola, señores"; a lo que ellos te responden con quejas del tipo: "¿ahora sí, ahora no?"
¡ES QUE NO ENTIENDEN NADA!
(El otr día, una muchachita, cuando al fin le tocaba verdaderamente a ella, me dijo: "Pues ahora no me da la gana" "NO, NO VOY EN PRIMERA CLASE, VOY EN TERCERA". Claro, no hace falta decir que nos reimos de ella mis compañeros, el touroperador y la que suscribe.
Sin duda alguna, cuando terminas de facturar a este tipo de pasajeros, te dan ganas de decirles: "- Sí, ya sabemos como van a llegar a Sevilla, pero, ¿hasta Lepe cómo se lo piensan montar?
FIN (ahora sí)
PRIMERA PELEA EN EL CURRO

Asunto: Al Richi, que se le pasaron 4 pasajeros a los que no cortó la tarjeta de embarque, y a alguien tenía que echarle las culpas.
A favor de él:Vale, podría haber caído en la cuenta de que tal vez la otra compañera, D, tardaría en llegar tras cerrar la facturación (cosa que era poco probable) y, en lugar de pasármelo tan bien como me lo paso en remoto, despidiendo a los pasajeros, haber subido a echarle una mano.
A favor mío:Desde la primera vez que me tocó asistir en jardinera, se me dijo que yo me quedara abajo, vigilando que el pasaje no se desparrame. Por más que el "jardinero" (señor que conduce la jardinera) también estuviera por ahi, no forma parte de su trabajo el controlar a los pasajeros.
Forma de solucionarlo:Cuatro gritos en plan desahogo (uy, me he quedado bien a gusto), peticiones de menos prepotencia, please y cogida de manía definitiva al Richi (es que él trabajó en Aibiria, claro.)
En fin, el trabajo es así...
/Continuación de "Knocking on heaven´s door" o correcto por puerta, Mery.

c) LA LOCA:
Esta acude a facturar, por ejemplo, con un gorrión enjaulado. Por más que se le explique que "Espaner" sólo permite volar con perros o gatos, ella no lo comprende (ni siquiera le interesa) e intenta hacer lo posible por convencerte (como si servidora creara las normas de la compañía). Para más inri, acude a falta de quince minutos para el cierre de facturación, que es exactamente, el tiempo del que dispone para deshacerse del dichoso pájaro, o para que decida si le merece más la pena quedarse en tierra con su mascota. En el último minuto, la buena mujer continúa en las mismas, ya que "Aibiria" (compañía que sí le permitió traerse al pajarraco a la isla), le pide 300 euros por que vuelen ella y "Piolín"; mientras tanto, la touroperadora se desentiende y ella, la pasajera, no es capaz de liberar a "Willy" (o como quiera que se llamara el bicho). Entonces es cuando se desquicia del todo la mujer, la mente se le nubla y te comenta que va a meter el pajarillo en el bolso de mano, comentario que desearías no haber escuchado nunca.
Al final, la facturas haciendo oidos sordos a sus absurdas ideas, mientras no puedes evitar imaginar a la señora en el avión, abriendo la cremallera de su bolso de viaje para que el ave respire un poco, al tiempo que éste, consigue escapar armando la "marimorena" a bordo. Si encima, hay mala suerte (que a veces la hay), "Piolín" consigue llegar a la cabina del piloto, posándose en algún mando clave y causando una tremenda catástrofe (Dios no lo quiera).
Por tanto, en la puerta de embarque, la vuelves a preguntar qué es lo que hizo con su mascotilla, a lo que ella te responde, cómo no, que lo ha regalado...
Lo más cómico de todo: Imaginarse la cara de los vigilantes de seguridad al ver el esqueleto de un pajarillo en el interior de uno de las bolsos de equipaje de mano, en el momento en que la loca pasa los controles.
*****Continuará...*****
"Knocking on heaven´s door", o "correcto por puerta, Mery"
Porque últimamente me pagan por jugar a hacer de San Pedro, eso sí, uniformada, con idiomas, guapeada y con tacones y pendientes de perlas... Siento que tengo la obligación de relatarles algunos detalles de mi tan curioso trabajo.
Sí, no se sorprendan de que me compare con San Pedro, ya que él, se supone que está a las puertas del cielo, decidiendo quién entra y quién no; mientras nosotras, las azafatas o personal de tierra, facturamos a los pasajeros para permitirles, en el posterior embarque, subir allá arriba, a "los cielos". Y sí, llegado el momento o la circunstancia, estamos capacitadas para decidir quién vuela y quién no vuela. Aunque a veces, (las menos), de lo que verdaderamente nos dan ganas, es de mandarlos al infierno, o directamente al cuerno.
Si bien, la mayoría del pasaje lo constituyen personas educadas y simpáticas, que te agradecen abiertamente tu amabilidad, te sonríen o regalan algún piropo sano e inofensivo, no se puede eludir el hecho de que viajar en avión ya no es lo que era, ya que los trayectos aereos cada están cada día al alcance de más bolsillos, perdiéndose por el camino la exclusividad y categoría de las que poseía el pasajero de antaño.
Si me propusiera hacer un listado de los pasajeros, digamos, molestos, nos encontraríamos con:
a) EL LISTO:
Éste lo sabe todo de aviones, sin duda, más que tú (bueno, yo todavía no es que sepa tanto). Éste te pregunta si el avión es un MD o un Airbus, al tiempo que les explica los detalles de las configuraciones de dichos tipos de aviones a sus amiguitos, te exije salida de emergencia, sea o no sea el candidato idóneo a ocupar dicho puesto y no te deja concentrarte en tu trabajo con tanta charla...
b) EL LIGÓN:
Te sonríe más de la cuenta, intenta que la facturación se alargue más de lo necesario, haciéndote preguntitas, mientras la mujer soporta el tirón a su lado, más que estoicamente.
Una vez en la puerta de embarque, la mayor cercanía te permite oler el tufillo a alcohol que desprende.
Frases típicas:"Qué alta eres, en el mostrador no se apreciaba (a ver, señor, si estaba sentada...)"; "bueno, adios, hasta luego ¿eh?, que hasta luegooooo (esa "o" se le queda colgada porque no termina de bajar por el dichoso finger. Es como si esperara a que bajaras con ellos al avión, para así poderle atender también a bordo).
(Hay que decir que lo del alcohol es un poco peligroso en un avión. Éste último podía haberse quedado sin volar.)
CONTINUARÁ...
ISLAS DE AMOR HENCHIDAS, por Alberto

"Islas de amor henchidas
emergen frente a los muelles
de un viejo corazón
endurecido por el paso de los años.
Luces que a lo lejos
añoran antiguas claridades
olvidadas entre las negruras
del imposible túnel del tiempo.
Vientos de norte que disipan
calores de otras tiernas edades
pero marcan con su impulso
otros caminos, otras razones.
Frescas aguas de primavera
que, paso a paso, van llegando
tras disfrutar del estío
a las orillas del invierno del mar.
Nunca un corazón fué tan frío
como para no abrirse a la llamada
que, aúnque fuera en viento tardío,
llegó a la costa de su alma.
Olas de sorprendida tibieza
disuelven las níveas sienes
de quien, a pesar del tiempo,
contempla el amor de frente.
Sorpresa y amor en uno,
sin tormentosas pasiones,
que nieguen su razón primera
a dos grandes corazones.
Islas de amor henchidas
emergen en el mar de mi cariño
y hacen sonreir nuevamente
mi corazón, cómo el de un niño."
Alberto
Este es un poema que me dedicaron el otro día en un foro literario que acostumbro a frecuentar. Obviamente me gustó tanto, que pedí permiso al dueño para poder colgarlo aquí.
Muchas gracias Alberto.
Aquella música
Esa música armoniosa a la par que enérgica le traía recuerdos. Ángela era incapaz de distinguir si tales recuerdos eran gratos o dejaban de serlo; tal vez no fuera ni buenos ni malos recuerdos, sino que recuerdos ambiguos; tal vez tal vez sólo fueran recuerdos gratos, en parte, y en parte no tan gratos. De lo único que Ángela estaba segura, era de que se trataba de recuerdos y eso, a ella le encantaba.
A Ángela le gustaba el pasado, el aroma a antigüedad... No es que fuera una de esas personas que opinan aquello de "cualquier tiempo pasado fue mejor", pero sí que disfrutaba realizando el ejercicio de trasladar su mente a otros lugares y tiempos, ya fueran vividos por ella, o simplemente vividos.
A Ángela la música le traía recuerdos sensacionales.

¿A quién no le gusta tener recuerdos, sensaciones, sentir...?
Es tan sencillo como que las sensaciones nos hacen sentir vivos y los recuerdos, los recuerdos nos recuerdan que hemos vivido.
A Ángela le gustaba el pasado, el aroma a antigüedad... No es que fuera una de esas personas que opinan aquello de "cualquier tiempo pasado fue mejor", pero sí que disfrutaba realizando el ejercicio de trasladar su mente a otros lugares y tiempos, ya fueran vividos por ella, o simplemente vividos.
A Ángela la música le traía recuerdos sensacionales.
¿A quién no le gusta tener recuerdos, sensaciones, sentir...?
Es tan sencillo como que las sensaciones nos hacen sentir vivos y los recuerdos, los recuerdos nos recuerdan que hemos vivido.
"La imaginación descontrolada de Olivia Joules"
Últimamente, a pesar de que dispongo de muy poco tiempo, estoy leyendo más que nunca, probablemente debido a las horas que paso esperando guaguas y más guaguas, las horas que me quedo colgada en el aeropuerto, o simplemente, momentos en los que, sencillamente me toca esperar. Afortunadamente, en esos momentos puedo aprovechar para ir leyendo. Porque sí, yo soy de las que no sale de casa sin un libro en la mano; de las que son capaces de leer, ya sea de pie, caminando, sentada, haciendo el pino, o por pequeños ratos de cinco escasos minutos, ¡Y ESO ES UNA SUERTE!
Uno de los últimos libros que he leído (el antepenúltimo) se titula "La imaginación descontrolada de Olivia Joules". Es un libro fresco, divertido, entretenido, sin pretensiones pero con mucha imaginación.
¿Qué le vamos a hacer? A mí me gusta este tipo de libros (también leo cosas más complicadas, porque me interesan todo tipo de argumentos, géneros o temáticas). Sí, es de la escritora del DIARIO DE BRIDGET JONES, de la cual ya es el cuarto libro que leo ("El diario de Bridget Jones", "Sobreviviré", o B.J.II y "Ricos y famosos en Nambula). Tampoco creo que haya sacado más de cuatro libros esta señora tan cachonda. :)
El caso, es que si ya me sentí identificada con la pequeña Bridget, casi más identificada me he llegado a sentir con esta Olivia Joules, espía autodidacta y vocacional, con pequeñas dosis de neurosis y mucha, pero que mucha imaginación e inventiva (aunque yo de neurótica más bien poco, pero yo me entiendo).
Este personaje gusta de la tienda del espía, siempre viaja con su lata de supervivencia y su alfiler de sombrero (en caso de necesidad, le sirve para ahuyentar a un posible agresor) y es tremendamente aficionado a los hoteles.
Pero lo que más me sorprendió, fue encontrarme con un párrafo que parecía sacado directamente de mi mente, porque la escritora en cuestión, en esta parte del libro comenta algo que yo siempre pienso, incluso abandero y acostumbro a expresar. Leerlo fue como sentir que Helen Fielding me hubiera leído la mente, para que luego hablen de plagios (es evidente que la casualidad o las formas similares de pensar y expresarse existen).Es por ello, que tengo que poneros el fragmento en mi blog:
"...Según su teoría hay dos clases de mujeres: las que forman parte del equipo de las chicas* y las malas putas. Las que pertenecen al equipo de las chicas, ya pueden ser guapas, inteligentes, famosas, sexys, triunfadoras y terriblemente populares: te siguen cayendo fenomenal. las integrantes del equipo de las chicas son solidarias. Colaboran entre sí y comentan los polvos memorables para disfrute general. Las malas putas son competitivas, hacen alarde de sus virtudes, intentan rebajar a las demás para quedar bien ellas, carecen de sentido del humor y del ridículo, hacen comentarios aparentemente inocentes pero con los que pretenden que te sientas mal, les resulta insoportable no recibir la atención que creen merecer y se apartan el pelo de la cara. Los hombres no se enteran de todo esto. Creen que las mujeres se fastidian entre sí a causa de los celos y la envidia. Es bastante trágico..." Helen Fielding
Por supuesto, os recomiendo fervientemente el libro del que os acabo de hablar, el cual, considero perfecto para el caluroso veranito que estamos teniendo.
Stu.
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*Equipo de las chicas: Tiene mucha gracia, porque yo uso exactamente esa expresión, expresión que desde luego, sentía como muy mía.
Uno de los últimos libros que he leído (el antepenúltimo) se titula "La imaginación descontrolada de Olivia Joules". Es un libro fresco, divertido, entretenido, sin pretensiones pero con mucha imaginación.
¿Qué le vamos a hacer? A mí me gusta este tipo de libros (también leo cosas más complicadas, porque me interesan todo tipo de argumentos, géneros o temáticas). Sí, es de la escritora del DIARIO DE BRIDGET JONES, de la cual ya es el cuarto libro que leo ("El diario de Bridget Jones", "Sobreviviré", o B.J.II y "Ricos y famosos en Nambula). Tampoco creo que haya sacado más de cuatro libros esta señora tan cachonda. :)
El caso, es que si ya me sentí identificada con la pequeña Bridget, casi más identificada me he llegado a sentir con esta Olivia Joules, espía autodidacta y vocacional, con pequeñas dosis de neurosis y mucha, pero que mucha imaginación e inventiva (aunque yo de neurótica más bien poco, pero yo me entiendo).
Este personaje gusta de la tienda del espía, siempre viaja con su lata de supervivencia y su alfiler de sombrero (en caso de necesidad, le sirve para ahuyentar a un posible agresor) y es tremendamente aficionado a los hoteles.
Pero lo que más me sorprendió, fue encontrarme con un párrafo que parecía sacado directamente de mi mente, porque la escritora en cuestión, en esta parte del libro comenta algo que yo siempre pienso, incluso abandero y acostumbro a expresar. Leerlo fue como sentir que Helen Fielding me hubiera leído la mente, para que luego hablen de plagios (es evidente que la casualidad o las formas similares de pensar y expresarse existen).Es por ello, que tengo que poneros el fragmento en mi blog:
"...Según su teoría hay dos clases de mujeres: las que forman parte del equipo de las chicas* y las malas putas. Las que pertenecen al equipo de las chicas, ya pueden ser guapas, inteligentes, famosas, sexys, triunfadoras y terriblemente populares: te siguen cayendo fenomenal. las integrantes del equipo de las chicas son solidarias. Colaboran entre sí y comentan los polvos memorables para disfrute general. Las malas putas son competitivas, hacen alarde de sus virtudes, intentan rebajar a las demás para quedar bien ellas, carecen de sentido del humor y del ridículo, hacen comentarios aparentemente inocentes pero con los que pretenden que te sientas mal, les resulta insoportable no recibir la atención que creen merecer y se apartan el pelo de la cara. Los hombres no se enteran de todo esto. Creen que las mujeres se fastidian entre sí a causa de los celos y la envidia. Es bastante trágico..." Helen Fielding
Por supuesto, os recomiendo fervientemente el libro del que os acabo de hablar, el cual, considero perfecto para el caluroso veranito que estamos teniendo.
Stu.
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*Equipo de las chicas: Tiene mucha gracia, porque yo uso exactamente esa expresión, expresión que desde luego, sentía como muy mía.
Artículo de Juan Manuel de Prada (sobre las azafatas y sus uniformes)
"Siempre han poblado las azafatas de vuelo, en reñida competencia con las enfermeras, las más ridículas y calenturientas fantasías eróticas de la población masculina. Entre las razones que explican el sex-appeal de las azafatas, no deben descuidarse las siguientes:
I) El uniforme. Habría que recurrir a complicadas explicaciones freudianas, pero lo cierto es que los uniformes han ejercido históricamente una poderosa sugestión sobre la libídine, tanto femenina (uniformes castrenses, incluso eclesiásticos) como masculina. En el fondo de esta querencia quizá subyazca una fascinación por la autoridad, que en el hombre se adereza con sus ribetes fetichistas, a menudo lindantes con la pantomima. Paradójicamente, los uniformes empleados por las azafatas (al menos en las compañías aéreas que yo frecuento) parecen confeccionados por un modisto misógino, de tan desfasados y menesterosos.
II) La obsequiosidad en el trato. Al pasajero, acostumbrado al desdén o a la declarada beligerancia con que lo tratan las mujeres más allegadas (la hastiada esposa, la hija levantisca, la suegra gruñona, la compañera de trabajo escurridiza o directamente borde, la vecina del quinto que finge no verlo en el ascensor), le deslumbra ese simulacro de cordialidad que las azafatas instauran en el avión: saludos efusivos y hospitalarios, atenciones solícitas, sonrisas por doquier. Por supuesto, en este trato desvelado se trasluce cierta simpatía rutinaria, incluso levemente afectada, pero ya hemos dicho que la fantasía erótica masculina gusta de la pantomima. Ahora que las compañías aéreas han suprimido aquellas refacciones o tentempiés con sabor a plástico que tanto entretenían al pasaje, esta obsequiosidad se ha hecho algo más distante, pero ciertos rasgos de displicencia añaden encanto a la azafata. Digamos que su obsequiosidad resulta más atractiva cuando no es plenamente servil, cuando se adivina, bajo las maneras de terciopelo, un trasfondo erizado de púas.
III) Leyendas urbanas. Sobre azafatas y pilotos circulan leyendas urbanas que los imaginan como una casta no sometida a las reglas que rigen la existencia del común de los mortales, infractora de los usos horarios y, por supuesto, del sexto mandamiento. A nadie se le ocurre pensar que, tras un vuelo extenuante de doce horas, pilotos y azafatas lleguen reventados a su destino; por el contrario, tendemos absurdamente a creer que, incólumes a la fatiga y aureolados por esa especie de impunidad que procura el ajetreo geográfico, organizan cuchipandas en la suite más lujosa del hotel que los hospeda, bailotean hasta el amanecer en las discotecas, practican desenfrenadamente al sexo en comandita y, en definitiva, ocupan sus días libres entregados al libertinaje y la crápula. Naturalmente, una azafata con los ojos irritados constituye, para la leyenda urbana, la prueba irrefutable de sus fabulaciones; nadie considera que quizá esa irritación sea el resultado de una noche de insomnio, martirizada por el jet-lag o por el recuerdo de sus hijitos, a los que ama sobre todas las cosas y cuya ausencia sufre como la extirpación de una víscera.
IV) La proximidad de la muerte. Si la pulsión sexual es el antídoto con que exorcizamos la amenaza perpetua de la muerte, no debe extrañarnos que un viaje en avión exacerbe nuestra conciencia de peligro y nuestro anhelo de supervivencia. Así, la atracción imperiosa que las azafatas ejercen sobre el pasaje masculino puede interpretarse como una pugna desesperada contra la muerte. Montar en avión, a fin de cuentas, es como jugar a la ruleta rusa o adquirir un boleto en una tómbola macabra; de un modo más o menos inconsciente, mientras el avión se mantiene sostenido en el aire, todos, absolutamente todos (incluso los viajeros más despreocupados o curtidos en las turbulencias), pensamos en la muerte. En esas horas de inconfesado pánico, las azafatas se convierten involuntariamente en el espejo en el que reflejamos nuestras desesperadas ansias de vivir; y entonces las amamos con el mismo fervor devoto con que amamos a nuestros ángeles custodios.
Y, en fin, más allá de estas razones que acabo de sacarme de la manga para justificar mi debilidad, las azafatas es que me chiflan.
Creo que mi querencia por las azafatas nace, a la postre, de la compasión. ¿Habrá oficio más abnegado y en el que se derroche más paciencia que en el suyo? Reparemos, por ejemplo, en la sonrisa de bienvenida que nos dispensan al embarcar en el avión: una sonrisa ancha, intrépida, numerosa de dientes, a la que nunca se le funden los plomos; es posible que, a poco que nos fijemos, se nos antoje un poco maquinal o estereotipada, pero, ¿se han detenido a considerar cuán agotador tiene que resultar sonreír a doscientas personas que desfilan ante ti, borrosas e indistintas, perfectamente sustituibles por las que acaban de abandonar el avión? Y así un día tras otro, como en una parodia acelerada del eterno retorno. Sonreír al ejecutivo atosigado por la prisa, al niño destrozón y pelmazo, al zascandil que las mira con lascivia, a la señora cascarrabias (y un poco jamona) que las mira con rencor, al turista zalamero que les propone pegar la hebra, al turista hosco que casi las arrolla, al ricachón despótico que las confunde con mucamas, sonreír a diestro y siniestro, consiguiendo que la sonrisa no degenere en una mueca hastiada, debe ser más extenuante que una tabla de gimnasia sueca. Y, cuando los músculos faciales aún no se han repuesto de tanto trajín, las azafatas se transmutan en mozos de cuerda, para ayudar a los pasajeros a encajar sus bártulos en los reducidos receptáculos destinados al equipaje. No importa que las normas de aviación exijan facturar los bultos de cierta consideración, no señor. Los pasajeros siempre burlan las reglas y logran colarse en el avión con macutos que parecen esconder un cadáver (ni siquiera se han tomado la molestia de trocearlo), mochilas que amenazan con reventar las costuras, maletones más aparatosos que el baúl de la Piquer. Las azafatas, inevitablemente, acaban desarrollando una musculatura de sansones de circo.
Una vez acomodado el personal y estibados los bultos, las azafatas han de arrostrar uno de los trámites más enojosos de su oficio. La primera vez que monté en un avión, me quedé perplejo al comprobar que nadie las atendía, mientras explicaban el uso del cinturón de seguridad, la mascarilla de oxígeno y el chaleco salvavidas. Las azafatas, apostadas en el pasillo central del avión, ejecutaban una coreografía a la que nadie ?salvo yo? hacía ni puñetero caso; incluso no faltaban los mastuerzos que exhibían ostentosamente su pasotismo, intercambiando carcajadas estruendosas y manteniendo conversaciones a grito pelado que hacían ininteligibles las palabras del sobrecargo. Al principio, achaqué tamaña desfachatez a esa fatuidad tan hispánica que nos impulsa a prescindir de los consejos ya escuchados previamente; supuse que aquella jarca estaba compuesta por viajeros curtidos en la navegación aérea. Pronto, sin embargo, descubriría que también los pasajeros bisoños se desentendían de las instrucciones de las azafatas; descubriría, incluso, que eran precisamente estos bisoños quienes más alardeaban de su desinterés, ocupados en otear desde la ventanilla el amenísimo paisaje de las pistas de despegue o en manipular los botoncitos que permiten reclinar el respaldo de los asientos.
En tan embarazosa y ridícula tesitura, las azafatas, lejos de montar en cólera o declararse en huelga de brazos caídos, prosiguen inalterables su cometido, inmunes al desaliento. Siempre me ha conmovido este tesón de las azafatas, que día tras día se enfrentan, como monitoras en una excursión de párvulos, a un pasaje que se toma a chirigota sus recomendaciones y advertencias (pero que luego, a poco que arrecien las turbulencias, se acuerda de Santa Bárbara). Para premiar este heroísmo impertérrito de las azafatas, para que no flaqueen en su vocación, yo siempre procuro prestarles una atención devota, asintiendo ponderativamente a sus gestos, en plan alumno pelota que no pestañea ante las explicaciones de la profe. Como mi actitud absorta desentona con la algarabía reinante en el avión, algunas azafatas han empezado a desconfiar de mí, confundiéndome con uno de esos pervertidos que se excitan contemplando campeonatos de gimnasia rítmica, desfiles de majorettes y demás espectáculos femeninos sincronizados. Así, en mi afán de hacer más livianos sus trabajos, me estoy granjeando su animadversión. ¡Ingratas! "
Juan Manuel de Prada
I) El uniforme. Habría que recurrir a complicadas explicaciones freudianas, pero lo cierto es que los uniformes han ejercido históricamente una poderosa sugestión sobre la libídine, tanto femenina (uniformes castrenses, incluso eclesiásticos) como masculina. En el fondo de esta querencia quizá subyazca una fascinación por la autoridad, que en el hombre se adereza con sus ribetes fetichistas, a menudo lindantes con la pantomima. Paradójicamente, los uniformes empleados por las azafatas (al menos en las compañías aéreas que yo frecuento) parecen confeccionados por un modisto misógino, de tan desfasados y menesterosos.
II) La obsequiosidad en el trato. Al pasajero, acostumbrado al desdén o a la declarada beligerancia con que lo tratan las mujeres más allegadas (la hastiada esposa, la hija levantisca, la suegra gruñona, la compañera de trabajo escurridiza o directamente borde, la vecina del quinto que finge no verlo en el ascensor), le deslumbra ese simulacro de cordialidad que las azafatas instauran en el avión: saludos efusivos y hospitalarios, atenciones solícitas, sonrisas por doquier. Por supuesto, en este trato desvelado se trasluce cierta simpatía rutinaria, incluso levemente afectada, pero ya hemos dicho que la fantasía erótica masculina gusta de la pantomima. Ahora que las compañías aéreas han suprimido aquellas refacciones o tentempiés con sabor a plástico que tanto entretenían al pasaje, esta obsequiosidad se ha hecho algo más distante, pero ciertos rasgos de displicencia añaden encanto a la azafata. Digamos que su obsequiosidad resulta más atractiva cuando no es plenamente servil, cuando se adivina, bajo las maneras de terciopelo, un trasfondo erizado de púas.
III) Leyendas urbanas. Sobre azafatas y pilotos circulan leyendas urbanas que los imaginan como una casta no sometida a las reglas que rigen la existencia del común de los mortales, infractora de los usos horarios y, por supuesto, del sexto mandamiento. A nadie se le ocurre pensar que, tras un vuelo extenuante de doce horas, pilotos y azafatas lleguen reventados a su destino; por el contrario, tendemos absurdamente a creer que, incólumes a la fatiga y aureolados por esa especie de impunidad que procura el ajetreo geográfico, organizan cuchipandas en la suite más lujosa del hotel que los hospeda, bailotean hasta el amanecer en las discotecas, practican desenfrenadamente al sexo en comandita y, en definitiva, ocupan sus días libres entregados al libertinaje y la crápula. Naturalmente, una azafata con los ojos irritados constituye, para la leyenda urbana, la prueba irrefutable de sus fabulaciones; nadie considera que quizá esa irritación sea el resultado de una noche de insomnio, martirizada por el jet-lag o por el recuerdo de sus hijitos, a los que ama sobre todas las cosas y cuya ausencia sufre como la extirpación de una víscera.
IV) La proximidad de la muerte. Si la pulsión sexual es el antídoto con que exorcizamos la amenaza perpetua de la muerte, no debe extrañarnos que un viaje en avión exacerbe nuestra conciencia de peligro y nuestro anhelo de supervivencia. Así, la atracción imperiosa que las azafatas ejercen sobre el pasaje masculino puede interpretarse como una pugna desesperada contra la muerte. Montar en avión, a fin de cuentas, es como jugar a la ruleta rusa o adquirir un boleto en una tómbola macabra; de un modo más o menos inconsciente, mientras el avión se mantiene sostenido en el aire, todos, absolutamente todos (incluso los viajeros más despreocupados o curtidos en las turbulencias), pensamos en la muerte. En esas horas de inconfesado pánico, las azafatas se convierten involuntariamente en el espejo en el que reflejamos nuestras desesperadas ansias de vivir; y entonces las amamos con el mismo fervor devoto con que amamos a nuestros ángeles custodios.
Y, en fin, más allá de estas razones que acabo de sacarme de la manga para justificar mi debilidad, las azafatas es que me chiflan.
Creo que mi querencia por las azafatas nace, a la postre, de la compasión. ¿Habrá oficio más abnegado y en el que se derroche más paciencia que en el suyo? Reparemos, por ejemplo, en la sonrisa de bienvenida que nos dispensan al embarcar en el avión: una sonrisa ancha, intrépida, numerosa de dientes, a la que nunca se le funden los plomos; es posible que, a poco que nos fijemos, se nos antoje un poco maquinal o estereotipada, pero, ¿se han detenido a considerar cuán agotador tiene que resultar sonreír a doscientas personas que desfilan ante ti, borrosas e indistintas, perfectamente sustituibles por las que acaban de abandonar el avión? Y así un día tras otro, como en una parodia acelerada del eterno retorno. Sonreír al ejecutivo atosigado por la prisa, al niño destrozón y pelmazo, al zascandil que las mira con lascivia, a la señora cascarrabias (y un poco jamona) que las mira con rencor, al turista zalamero que les propone pegar la hebra, al turista hosco que casi las arrolla, al ricachón despótico que las confunde con mucamas, sonreír a diestro y siniestro, consiguiendo que la sonrisa no degenere en una mueca hastiada, debe ser más extenuante que una tabla de gimnasia sueca. Y, cuando los músculos faciales aún no se han repuesto de tanto trajín, las azafatas se transmutan en mozos de cuerda, para ayudar a los pasajeros a encajar sus bártulos en los reducidos receptáculos destinados al equipaje. No importa que las normas de aviación exijan facturar los bultos de cierta consideración, no señor. Los pasajeros siempre burlan las reglas y logran colarse en el avión con macutos que parecen esconder un cadáver (ni siquiera se han tomado la molestia de trocearlo), mochilas que amenazan con reventar las costuras, maletones más aparatosos que el baúl de la Piquer. Las azafatas, inevitablemente, acaban desarrollando una musculatura de sansones de circo.
Una vez acomodado el personal y estibados los bultos, las azafatas han de arrostrar uno de los trámites más enojosos de su oficio. La primera vez que monté en un avión, me quedé perplejo al comprobar que nadie las atendía, mientras explicaban el uso del cinturón de seguridad, la mascarilla de oxígeno y el chaleco salvavidas. Las azafatas, apostadas en el pasillo central del avión, ejecutaban una coreografía a la que nadie ?salvo yo? hacía ni puñetero caso; incluso no faltaban los mastuerzos que exhibían ostentosamente su pasotismo, intercambiando carcajadas estruendosas y manteniendo conversaciones a grito pelado que hacían ininteligibles las palabras del sobrecargo. Al principio, achaqué tamaña desfachatez a esa fatuidad tan hispánica que nos impulsa a prescindir de los consejos ya escuchados previamente; supuse que aquella jarca estaba compuesta por viajeros curtidos en la navegación aérea. Pronto, sin embargo, descubriría que también los pasajeros bisoños se desentendían de las instrucciones de las azafatas; descubriría, incluso, que eran precisamente estos bisoños quienes más alardeaban de su desinterés, ocupados en otear desde la ventanilla el amenísimo paisaje de las pistas de despegue o en manipular los botoncitos que permiten reclinar el respaldo de los asientos.
En tan embarazosa y ridícula tesitura, las azafatas, lejos de montar en cólera o declararse en huelga de brazos caídos, prosiguen inalterables su cometido, inmunes al desaliento. Siempre me ha conmovido este tesón de las azafatas, que día tras día se enfrentan, como monitoras en una excursión de párvulos, a un pasaje que se toma a chirigota sus recomendaciones y advertencias (pero que luego, a poco que arrecien las turbulencias, se acuerda de Santa Bárbara). Para premiar este heroísmo impertérrito de las azafatas, para que no flaqueen en su vocación, yo siempre procuro prestarles una atención devota, asintiendo ponderativamente a sus gestos, en plan alumno pelota que no pestañea ante las explicaciones de la profe. Como mi actitud absorta desentona con la algarabía reinante en el avión, algunas azafatas han empezado a desconfiar de mí, confundiéndome con uno de esos pervertidos que se excitan contemplando campeonatos de gimnasia rítmica, desfiles de majorettes y demás espectáculos femeninos sincronizados. Así, en mi afán de hacer más livianos sus trabajos, me estoy granjeando su animadversión. ¡Ingratas! "
Juan Manuel de Prada
Allan Mc Beal. Por Pokita
Él es un chico humilde de los suburbios bonaerenses...que lamentablemente no ha tenido cabida en el mundo de las letras...y por casualidad un dia, encontro perdida en el ciberespacio Atramentum...e ingreso a la misma para intentar suerte...pero hete aqui (va con h=? que una cofradia maldita lo esperaba para ensañarse con el...Lamentablemente se enamoro de una chica españolita ella, mas bien canaria , muy bonita, muy maja, que no le entendia ni un pito lo que ella hablaba, pero igual la idolatraba. Despues surgio Pakito un vendedor de chocolates que le dijo no se que cosa y Patricia salio a la defensiva de Allan, pues el chico de los arrabales porteños parece que estaba bueno y tenia ganas de darle, pero el niño huerfano de letras de Allan, se ofendio ante el atropello de la chica y le paro el carro en seco.
Luego la buena de Patricia decidio amigar al chocolatero con Allan y al principio tuvo exito...pero la mala de Alexia descubrio que Allan y Patricia eran la misma persona...y ahiiiiiiii, Allan salio a defender su honor. Como el, un pobre chico de barrio suburbano porteño, aprendiz de abogado que se la pasa de tribunal en tribunal iba a tener una doble personalidad.
Pide su expulsion de la web...los admintradores tomando sol en alguna playa del mediterraneo español, ajeno a todo lo que esta sucediendo en la web, hacen caso omiso a la peticion del pobre chico del suburbano porteño.
Y este ya sin poder mas, sin aliados...recurre al suicidio literario.
Pokita
(Este texto está recién sacado del foro. Lo escogí por su autenticidad y espontaneidad, a parte de porque me parece tan divertido, que me niego a que se pierda en el olvido :) ).
Gracias por prestármelo, Pokita.
Luego la buena de Patricia decidio amigar al chocolatero con Allan y al principio tuvo exito...pero la mala de Alexia descubrio que Allan y Patricia eran la misma persona...y ahiiiiiiii, Allan salio a defender su honor. Como el, un pobre chico de barrio suburbano porteño, aprendiz de abogado que se la pasa de tribunal en tribunal iba a tener una doble personalidad.
Pide su expulsion de la web...los admintradores tomando sol en alguna playa del mediterraneo español, ajeno a todo lo que esta sucediendo en la web, hacen caso omiso a la peticion del pobre chico del suburbano porteño.
Y este ya sin poder mas, sin aliados...recurre al suicidio literario.
Pokita
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Gracias por prestármelo, Pokita.






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