Intereses detrás de cada objetivo.
Para el mercado somos consumidores.
Para los bancos, clientes.
Para las televisiones, Cuota de pantalla.
En las radios nos llaman, share.
Otras veces somos telespectadores, también público.
Para los partidos políticos somos votantes.
En ocasiones se habla se habla de la población civil o el pueblo. Sin embargo, para el estado somos un numero de DNI, Hacienda nos controla a través del NIF y todos tenemos un número de la Seguridad Social.
Después de todo, ¿cuándo somos personas?. Creo que las instituciones y las multinacionales nunca piensa en personas. Así nos va.
Tomás Prieto Moraleda. Granada. (XLSemanal nº955)
La experiencia a veces puede ser muy dura.
Me estoy acordando en una ocasión hace unas semanas, algo que me impactó mucho (y sigue todavía impactándome en mi recuerdo), visitando a una prima en el hospital. No me impactó por mi prima, sino por la compañera de habitación que tenía, otra chica, con heridas leves de un accidente doméstico como me contaron tiempo después.
El caso es que nada más entrar en esa habitación de hospital, al lado de la cama de mi prima, me encontre una señora, de apariencia campechana, descuidada y algo bajita. Sentada, mirándome con una cara triste mezcla entre pena y verguenza. A su lado había una cama, bajo la custodia de esta señora, una cama con una chica, que por la edad juraría que debía ser su hija.
Lo que más me llamó la atención de todo esto, es que fijandome un rato en la chica mientras entraba, pude ver como estaba acostada de forma fetal, de lado, con las manos apoyadas en la almuhada, una mano encima de otra, fuera del alcance de las sabánas, como si llevase unas esposas imaginarias que le apretasen las muñecas y que necesitaba hacerlas descansar en la almohada. Aunque no eran esposas lo que la apretaban, sino gasas y dos apósitos, uno en cada muñeca, pegados a la piel de forma vertical.
Para mi no había ninguna duda, esa chica se quiso cortar las venas, se quiso suicidar.
Cuando lo comprendí, miré otra vez a la madre, que con su silencio y su mirada parecía confirmarmelo todo, aunque esta vez ya no me pareció ver verguenza, sino solo dolor.
Así pasé un buen rato esa mañana, callado en el otro lado de la habitación, mientras mi prima no paraba de contarme que tal la habia ido en su aventura por el hospital. Yo apenas la hacía caso, solo la escuchaba y articulaba alguna frase cuando ella paraba. Mi mente solo podía pensar en el silencio de la otra cama de la habitación, mis sentidos solo podían sentír el horror de ver a otra persona habiendo pasado por donde yo pasé, de haber fracasado donde yo también fracasé.
Y es que ese día he comprendido que el suicidio solo trae dolor, y el suicidio solo deja dolor. Es horrible desear a alguien que pase por tus peores males, y más terrible aún verlo.
Un Saludo.





