SUICIDA EN EL VIADUCTO
Me llamo Marta, tengo cuarenta y cuatro años, soy profesora de matemáticas sin vocación, no tengo hijos, vivo sola. bueno, con mi perro, pero no me hace caso. No tengo demasiados amigos, por no decir ninguno, y no estoy enamorada.
Estoy sentada en la barandilla metálica del viaducto, que pasa atravesando una autopista de ocho carriles en ambos sentidos con tranco Huido, aunque escaso. Hoy es domingo, son las ocho menos diez de la mañana- La cuidad duerme, y hoy es el fin del mundo. Al menos, para mi. Voy a saltar.
Justo cuando estoy pensando en que a esta hora no vendrá el pesado de turno a convencerme de que no lo haga. que la vida es bella, que soy joven y bonita, y que todo es según el color del cristal con que se mira. veo a lo lejos llegar a cuatro mujeres caminando en fila india.
La primera es una niña de pelo liso, rubio, y aspecto timido. Me sorprendo al comprobar que no
es ninguna niña desconocida : soy yo cuando tenia ocho años.
La segunda también soy yo. pero con dieciocho años. cuando quería comerme e! mundo. La tercera también soy yo. con veintiocho años. Y la cuarta, yo con treinta y cinco. Ni siquiera me miran, se sientan todas en la barandilla del viaducto por orden cronológico, es decir, primero Marta, de ocho anos. y por último yo. Ahora somos cinco suicidas en el viaducto.
- No pretenderás irte sin nosotras - me espeta Marta, de veintiocho anos. La miro sorprendida.
- Si saltas, saltaremos todas contigo. Tú no eres la única que se va de este mundo. Nosotras no tenemos mas remedio que irnos también - dice Marta, de dieciocho.
Comprendo que tienen razón. Si yo me suicido, todo mi pasado se suicida conmigo. Ellas también van a morir. Miro a Marta de ocho años. Quería ser monja, lo recuerdo. Quería ser buena, y ayudar a los negritos de África. Quería dar su vida a los demás. Ella me mira con tristeza.
Marta, de dieciocho, me recuerda cuando mi cuarto se me quedaba pequeño, y el mundo estaba lleno de lugares que visitar, de personas que conocer. Y cada día. mi vida empezaba de nuevo. Me da pena ver que ahora va a saltar al vacío. Ese no es su estilo.
Sin embargo. Marta de veintiocho era ya mas responsable- pero también sabía lo que quería. Quería ser una mujer libre, cuidar de si misma, encontrar a un hombre que la valorase en su justa medida, tener hijos que se pareciesen a ella. Quería sentir.
Pero la Marta de treinta y cinco me recuerda a mi misma, como soy ahora. Ya no quiero ayudar a nadie, porque a mi nadie me ha ayudado. Ya no quiero comerme el mundo, me moriría de indigestión. Ya no quiero tener mas hombres a mi lado, porquecon todos me he sentido sota. Ya no quiero tener hijos que se parezcan a mi. pobres infelices. Ya no quiero vivir.
- Voy a saltar. Ya lo he decidido - les anuncio.
Miro hacia abajo. Hay unos veinte metros, así que me moriré seguro. Miro al cielo, y ni siquiera hoy e) sol ha salido a despedirme. Cierro los ojos. Es el momento.
Pero vuelvo a abrirlos, y las miro a todas, con sus ojos cerrados, con mi misma postura, y me dan pena. Ninguna quiere morirse.
Además, mi idea no era esta. Era morir sola y desamparada, y no en un vulgar suicidio colectivo en el viaducto. Ya no me apetece saltar.
Así que me levanto ante la atónita mirada de las cuatro, y les digo: - No sé vosotras, pero yo tengo hambre. ¿Queréis desayunar?.
EVA MARIA ALVAREZ SOUSA





