UNA DE COCINITAS
UNA DE “COCINITAS”
La verdad, la cocina no es lo mío. No es que se me dé especialmente mal pero lo hago por obligación y no por devoción, qué se le va a hacer. Mis recetas son de esas que no salen en los recetarios porque la gente se las sabe de memoria. Me manejo bien con la tortilla (en general) y los estofados son mi “plato estrella”. El conejo a la cazuela me sale gustoso y las lentejas con chorizo están moderadamente sabrosas. Pero como no tengo afición por la cocina no me siento en la necesidad imperiosa de aprender recetas innovadoras para mi repertorio culinario (escaso, aunque no exento de recursos, todo hay que decirlo). Las recetas, por lo general, me las ha pasado mi madre por teléfono y están garrapateadas en una libreta llena de mugre –manchas de aceite y otras frituras- que guardo en un rincón de la cocina. Y me pregunto yo ¿para qué os cuento eso? Pues resulta que hoy, mientras fregaba los platos, me he acordado de una tonta anécdota y he pensado “pues mira, la cuelgo en el blog”. Total, si al fin y al cabo, lo leo yo solita.
La anécdota es de hace bastantes años. Intenté hacer unas albóndigas con salsa. Nunca supe donde estaba el fallo, si las albóndigas estaban “fuera de la fecha de consumo recomendado” o la salsa era mucho más útil como aceite de motor. El caso es que él se las comió sin rechistar mientras yo, después de un primer bocado repugnante, jugueteaba con el tenedor entre la salsa mirando a las musarañas. Nunca supe si aquello fue amor o falta de paladar.
Una cosa que nadie me puede echar en cara: reconozco cuando algo que he cocinado yo es incomestible. Soy la primera en tirarlo a la basura.
NOTA: Hoy hubiera tocado hablar de Halloween, de la Noche de Difuntos o algún tema relacionado, pero supongo que sería demasiado obvio. Otro día os hablo de Jack el rey del mal (que está cansado de hacer tanto mal)
La verdad, la cocina no es lo mío. No es que se me dé especialmente mal pero lo hago por obligación y no por devoción, qué se le va a hacer. Mis recetas son de esas que no salen en los recetarios porque la gente se las sabe de memoria. Me manejo bien con la tortilla (en general) y los estofados son mi “plato estrella”. El conejo a la cazuela me sale gustoso y las lentejas con chorizo están moderadamente sabrosas. Pero como no tengo afición por la cocina no me siento en la necesidad imperiosa de aprender recetas innovadoras para mi repertorio culinario (escaso, aunque no exento de recursos, todo hay que decirlo). Las recetas, por lo general, me las ha pasado mi madre por teléfono y están garrapateadas en una libreta llena de mugre –manchas de aceite y otras frituras- que guardo en un rincón de la cocina. Y me pregunto yo ¿para qué os cuento eso? Pues resulta que hoy, mientras fregaba los platos, me he acordado de una tonta anécdota y he pensado “pues mira, la cuelgo en el blog”. Total, si al fin y al cabo, lo leo yo solita.
La anécdota es de hace bastantes años. Intenté hacer unas albóndigas con salsa. Nunca supe donde estaba el fallo, si las albóndigas estaban “fuera de la fecha de consumo recomendado” o la salsa era mucho más útil como aceite de motor. El caso es que él se las comió sin rechistar mientras yo, después de un primer bocado repugnante, jugueteaba con el tenedor entre la salsa mirando a las musarañas. Nunca supe si aquello fue amor o falta de paladar.
Una cosa que nadie me puede echar en cara: reconozco cuando algo que he cocinado yo es incomestible. Soy la primera en tirarlo a la basura.
NOTA: Hoy hubiera tocado hablar de Halloween, de la Noche de Difuntos o algún tema relacionado, pero supongo que sería demasiado obvio. Otro día os hablo de Jack el rey del mal (que está cansado de hacer tanto mal)
¿CHIPS PRODIGIOSOS?
Hace unos días, escuché con estupor en las noticias que han “inventado” un chip que será muy útil para tenernos a todos controlados. Estoy hablando del “chip personal”. Parece que en un principio, este chip está destinado a casos muy concretos y que sería de utilización sanitaria más que otra cosa. Enfermos crónicos, personas que han recibido un transplante, etc. lo llevarían para sentirse protegidos y tener su expediente clínico a mano en cualquier emergencia. Hasta aquí, más o menos bien, siempre y cuando su uso se limite a auxiliar a estas personas en caso de necesidad.
Pero los rumores corren y se desatan, y ya se habla de que el chip servirá para controlarnos en el futuro cual secundarios en algún “remake” de película de ciencia-ficción serie B. A mi estas cosas me dan repelús. La imagen de Arnold Schwarzenegger sacándose un huevo de palomo por la nariz, mientras se cubre la cabeza con una toalla estilo “acabo de salir de la ducha, cariño”, me viene a la memoria que ni pintada.
Es posible que algunos de nosotros no veamos generalizado el implante del chip en la población mundial –o por lo menos en los ciudadanos de a pie-. Puede que sí, puede que no. Pero preferiría no verlo. Y que tampoco lo vean ni mis hijos ni mis nietos.
También he escuchado –y el repelús ha sido doble- que podría servir para controlar la inmigración, insertándole el cacharro ese a quien tenga a bien cruzar ciertas fronteras. Supongo que es hasta cierto punto normal que se controle la inmigración, el flujo de personas que cruzan fronteras, pero hasta ese extremo me parece demencial. Pero ya son demenciales las colas para poder conseguir el permiso de residencia…
Y lo más del momento: jóvenes que solicitan el chip por Internet porque mola mucho más que llevar un piercing. No contentos con llevar el cuerpo más tatuado que Popeye (aunque, en realidad el pobre sólo llevaba unas anclitas muy discretas en los bíceps) y cargar con toda la “ferralla” habida y por haber en partes visibles –y no tan visibles- de la anatomía, ahora quieren más.
Hasta hace poco, yo pensaba que los chips personales eran más bien caninos –y gatunos-. Y siempre he tenido la impresión que el 90% de los animales –con dueño- que decoran nuestras calles todos los días, lo más que llevan es una chapita colgada del cuello. Si la llevan.
¿Estamos ante el Gran Hermano tecnológico del siglo XXI? Prefiero las broncas, en vivo y en directo, de los Habitantes de la Casa.
Recordad: La realidad siempre supera a la ficción.
Pero los rumores corren y se desatan, y ya se habla de que el chip servirá para controlarnos en el futuro cual secundarios en algún “remake” de película de ciencia-ficción serie B. A mi estas cosas me dan repelús. La imagen de Arnold Schwarzenegger sacándose un huevo de palomo por la nariz, mientras se cubre la cabeza con una toalla estilo “acabo de salir de la ducha, cariño”, me viene a la memoria que ni pintada.
Es posible que algunos de nosotros no veamos generalizado el implante del chip en la población mundial –o por lo menos en los ciudadanos de a pie-. Puede que sí, puede que no. Pero preferiría no verlo. Y que tampoco lo vean ni mis hijos ni mis nietos.
También he escuchado –y el repelús ha sido doble- que podría servir para controlar la inmigración, insertándole el cacharro ese a quien tenga a bien cruzar ciertas fronteras. Supongo que es hasta cierto punto normal que se controle la inmigración, el flujo de personas que cruzan fronteras, pero hasta ese extremo me parece demencial. Pero ya son demenciales las colas para poder conseguir el permiso de residencia…
Y lo más del momento: jóvenes que solicitan el chip por Internet porque mola mucho más que llevar un piercing. No contentos con llevar el cuerpo más tatuado que Popeye (aunque, en realidad el pobre sólo llevaba unas anclitas muy discretas en los bíceps) y cargar con toda la “ferralla” habida y por haber en partes visibles –y no tan visibles- de la anatomía, ahora quieren más.
Hasta hace poco, yo pensaba que los chips personales eran más bien caninos –y gatunos-. Y siempre he tenido la impresión que el 90% de los animales –con dueño- que decoran nuestras calles todos los días, lo más que llevan es una chapita colgada del cuello. Si la llevan.
¿Estamos ante el Gran Hermano tecnológico del siglo XXI? Prefiero las broncas, en vivo y en directo, de los Habitantes de la Casa.
Recordad: La realidad siempre supera a la ficción.
MONJA JAMON MOLA MOGOLLÓN
Este sería uno de los "slogans" de un fanzine "petardo" que ronda por Barcelona y que llevo leyendo desde su número -6. Si, habéis leído bien, es "menos 6", ya que los perpetradores de esta pequeña publicación - Monja-Jamón- decidieron que su fanzine tuviera fecha de caducidad, después de una larga experiencia dentro del mundo fancinero y del cómic alternativo.
El otro día pasamos por Arkham y nos encontramos con un flamante número -3 dedicado a los gemelos. La sensación, una vez leído, es que esta gente se lo curra bien para sacar información de debajo de las piedras. Todo el fanzine es un compendio de artículos escritos por los tres perpetradores: Monja, Jamón y -no podía faltar- la Becaria. ¡Vaya triunvirato! Humor petardo, sarcástico y cosas sacadas del baúl de los recuerdos. Son capaces de rescatar del olvido series y otras cosas de cuando yo peinaba trenzas (y hace algo de eso) y, de paso, hacerte sonreír un rato. Son capaces de pasar por el cedazo de la crítica y el humor a todo el que se ponga a tiro. Son políticamente incorrectos y divertidos. Gracias a ellos descubrí lo que era el "tuning" (reconozco que no estaba nada informada) o he acabado viendo una película que, por "motu propio", jamás hubiera alquilado en el videoclub (léase "Zoolander"). O sea, que información combinada con buen humor y cierta mala leche serían los ingredientes básicos de esta alocada publicación de "fotocopias" (aunque bastante buenas) que estos chavales se curran con mucha vocación.
El número -3 tiene reportajes inolvidables y algunas frases que ya pasarán a ser "históricas". Un pequeño repaso no hará daño a nadie ¿verdad?
- Monjas legendarias. Rescatando a Lina Morgan y sus gemelas, entre otras cosas.
- El top chungo por supuesto va de gemelos: desde las famosas mamás de gemelos a los cuarenta, pasando por los hermanos Matamoros, hasta rescatar a las Virtudes, gemelas patilleras como ellos las llaman.
- Queremos que vuelva... los jóvenes castores. Toda una joya para el recuerdo. Sí, lo reconozco, yo fui socia de Don Miki :-)
- Yo quiero un tebeo... somos chicos de menta (bueno, el título es "Somos chicos promiscuos"). Un analisis en profundidad del manga con un diagrama de personajes para que nadie se pierda entre caritas tan parecidas. Todo un arte reconocer quién es quién.
- En el apartado de cine hacen un recorrido por la filmografía de los gemelos de la pequeña y gran pantalla, desde la ya mítica "Tú a Londres y yo a California" donde hacía doblete Halley Mills hasta rememorar aquella indescriptible película de gemelos totalmente distintos que protagonizaban el amigo Arnold y Danny de Vitto. Después de este artículo sabrás más que nadie sobre cómo hacer una peli de gemel@s.
- Olsenmanía. Si alguna vez viste a las mellizas Mary Kate y Ashley Olsen en la pequeña pantalla, no te pierdas el reportaje.
Y una frase para la posteridad (pie de foto del mini reportaje sobre la piratería): "María Jiménez luchando contra la piratería sin carnet de conducir apisonadoras y con dos litros de más".

El otro día pasamos por Arkham y nos encontramos con un flamante número -3 dedicado a los gemelos. La sensación, una vez leído, es que esta gente se lo curra bien para sacar información de debajo de las piedras. Todo el fanzine es un compendio de artículos escritos por los tres perpetradores: Monja, Jamón y -no podía faltar- la Becaria. ¡Vaya triunvirato! Humor petardo, sarcástico y cosas sacadas del baúl de los recuerdos. Son capaces de rescatar del olvido series y otras cosas de cuando yo peinaba trenzas (y hace algo de eso) y, de paso, hacerte sonreír un rato. Son capaces de pasar por el cedazo de la crítica y el humor a todo el que se ponga a tiro. Son políticamente incorrectos y divertidos. Gracias a ellos descubrí lo que era el "tuning" (reconozco que no estaba nada informada) o he acabado viendo una película que, por "motu propio", jamás hubiera alquilado en el videoclub (léase "Zoolander"). O sea, que información combinada con buen humor y cierta mala leche serían los ingredientes básicos de esta alocada publicación de "fotocopias" (aunque bastante buenas) que estos chavales se curran con mucha vocación.
El número -3 tiene reportajes inolvidables y algunas frases que ya pasarán a ser "históricas". Un pequeño repaso no hará daño a nadie ¿verdad?
- Monjas legendarias. Rescatando a Lina Morgan y sus gemelas, entre otras cosas.
- El top chungo por supuesto va de gemelos: desde las famosas mamás de gemelos a los cuarenta, pasando por los hermanos Matamoros, hasta rescatar a las Virtudes, gemelas patilleras como ellos las llaman.
- Queremos que vuelva... los jóvenes castores. Toda una joya para el recuerdo. Sí, lo reconozco, yo fui socia de Don Miki :-)
- Yo quiero un tebeo... somos chicos de menta (bueno, el título es "Somos chicos promiscuos"). Un analisis en profundidad del manga con un diagrama de personajes para que nadie se pierda entre caritas tan parecidas. Todo un arte reconocer quién es quién.
- En el apartado de cine hacen un recorrido por la filmografía de los gemelos de la pequeña y gran pantalla, desde la ya mítica "Tú a Londres y yo a California" donde hacía doblete Halley Mills hasta rememorar aquella indescriptible película de gemelos totalmente distintos que protagonizaban el amigo Arnold y Danny de Vitto. Después de este artículo sabrás más que nadie sobre cómo hacer una peli de gemel@s.
- Olsenmanía. Si alguna vez viste a las mellizas Mary Kate y Ashley Olsen en la pequeña pantalla, no te pierdas el reportaje.
Y una frase para la posteridad (pie de foto del mini reportaje sobre la piratería): "María Jiménez luchando contra la piratería sin carnet de conducir apisonadoras y con dos litros de más".
JUAN SALVADOR Y UNA GAVIOTA (FINAL)
Al mediodía salió a comprar. El medio kilo de sardinas casi había desaparecido y Juan Salvador fue en busca de más, aprovechando la mañana libre para hacer algunas compras que tenía pospuestas para el sábado por la mañana. También se paró en una tienda de animales para comprar, ¡qué capricho!, una camita acolchada, como la que le ponen a los gatos. Pensó que la gaviota estaría más cómoda que sobre el suelo.
Entró en el piso cargado con todas sus recién adquiridas posesiones y se dirigió de inmediato hacia la salita, para enseñárselas a su amiga, a la que casi ya consideraba casi como de la familia. Cual no fue su sorpresa cuando descubrió que la salita estaba vacía y que en el suelo oscuro de gres lo único que quedaba como testimonio de la presencia de la gaviota era un blanquecino montón de guano.
Juan Salvador siempre había estado solo. Solo a pesar de vivir con una madre enferma y enojadiza, que Dios tenga en su seno, solo a pesar de vivir en una ciudad de millón y medio de habitantes. Más solo que la una a pesar de trabajar en la oficina de una multinacional. Y hoy, aún más solo.
Se asomó al balcón, oteando el cielo en busca de una silueta familiar. Las golondrinas volaban muy alto, chillando y cazando insectos. Varias palomas trajinaban arriba y abajo, sobre el pavimento de la plazoleta. Dos o tres gaviotas cruzaron el cielo brevemente pero ninguna parecía ella, Gaviota.
Juan Salvador pasó muy mala noche y tuvo que volver a excusarse en el trabajo. Pero tuvo que tomar una decisión antes de que la soledad, que siempre le había parecido compañera, se convirtiera en una losa demasiado pesada para su ya cansada alma.
"Un gatito, eso es... A los gatos les encanta el pescado".
Barcelona, 2 de julio de 2003
Entró en el piso cargado con todas sus recién adquiridas posesiones y se dirigió de inmediato hacia la salita, para enseñárselas a su amiga, a la que casi ya consideraba casi como de la familia. Cual no fue su sorpresa cuando descubrió que la salita estaba vacía y que en el suelo oscuro de gres lo único que quedaba como testimonio de la presencia de la gaviota era un blanquecino montón de guano.
Juan Salvador siempre había estado solo. Solo a pesar de vivir con una madre enferma y enojadiza, que Dios tenga en su seno, solo a pesar de vivir en una ciudad de millón y medio de habitantes. Más solo que la una a pesar de trabajar en la oficina de una multinacional. Y hoy, aún más solo.
Se asomó al balcón, oteando el cielo en busca de una silueta familiar. Las golondrinas volaban muy alto, chillando y cazando insectos. Varias palomas trajinaban arriba y abajo, sobre el pavimento de la plazoleta. Dos o tres gaviotas cruzaron el cielo brevemente pero ninguna parecía ella, Gaviota.
Juan Salvador pasó muy mala noche y tuvo que volver a excusarse en el trabajo. Pero tuvo que tomar una decisión antes de que la soledad, que siempre le había parecido compañera, se convirtiera en una losa demasiado pesada para su ya cansada alma.
"Un gatito, eso es... A los gatos les encanta el pescado".
Barcelona, 2 de julio de 2003
HOY APARCO A JUAN SALVADOR
Démonos un descanso, ya regresará el lunes (o el martes). Hoy me apetece hablar de alguna cosilla que he visto y leído.
Estaba yo cotilleando en el blog de Mónica y descubrí que en Barcelona se puede transitar en cueros. Todo ciudadano tiene derecho a ir en cueros. ¡Sí, señor! Nada tengo en contra de cualquier movimiento o asociación nudista, pero no sé si eso de ir en cueros por la city es algo práctico. Para empezar, va fatal no tener un bolsillo a mano. ¿Dónde guardas el pañuelo ese en el que acabas de estornudar? Si la chaqueta no tiene bolsillo, siempre puedes apañártelas, guardándolo en la manga del jersey. Pero, claro, si practicas el nudismo urbano, tampoco puedes contar con eso. Reconozco que yo sin bolsillos no me arreglo bien. Supongo que el ir sin "textiles" sobre la piel puede ser agradable durante el veranito, pero en mitad de diciembre no sé yo, que aunque en Barcelona los inviernos son "templados", con 8º no salgo sin la parka bien abrochada.
En fin, que a mi me parece muy bien que la gente tenga derecho a ir con o sin ropa pero a la práctica lo veo un poco incómodo.
De todos modos ya hay mucha gente que ha optado por enseñar las braguitas o los calzoncillos y nadie se espanta. Eso me recuerda que hace un par de semanas me fijé en un chico que llevaba los pantalones realmente colgando precariamente de unas delgadísimas caderas. Y no pude dejar de pensar que no entendía como no se le caían hasta los tobillos. Debe ser todo un arte conseguir que se queden ahí. Y esos chicos que veo diariamente con el "skate" arriba y abajo, ¿cómo consiguen no tropezarse con el fondillo de los pantalones?
Bueno, otro día debatiré temas más serios.
Estaba yo cotilleando en el blog de Mónica y descubrí que en Barcelona se puede transitar en cueros. Todo ciudadano tiene derecho a ir en cueros. ¡Sí, señor! Nada tengo en contra de cualquier movimiento o asociación nudista, pero no sé si eso de ir en cueros por la city es algo práctico. Para empezar, va fatal no tener un bolsillo a mano. ¿Dónde guardas el pañuelo ese en el que acabas de estornudar? Si la chaqueta no tiene bolsillo, siempre puedes apañártelas, guardándolo en la manga del jersey. Pero, claro, si practicas el nudismo urbano, tampoco puedes contar con eso. Reconozco que yo sin bolsillos no me arreglo bien. Supongo que el ir sin "textiles" sobre la piel puede ser agradable durante el veranito, pero en mitad de diciembre no sé yo, que aunque en Barcelona los inviernos son "templados", con 8º no salgo sin la parka bien abrochada.
En fin, que a mi me parece muy bien que la gente tenga derecho a ir con o sin ropa pero a la práctica lo veo un poco incómodo.
De todos modos ya hay mucha gente que ha optado por enseñar las braguitas o los calzoncillos y nadie se espanta. Eso me recuerda que hace un par de semanas me fijé en un chico que llevaba los pantalones realmente colgando precariamente de unas delgadísimas caderas. Y no pude dejar de pensar que no entendía como no se le caían hasta los tobillos. Debe ser todo un arte conseguir que se queden ahí. Y esos chicos que veo diariamente con el "skate" arriba y abajo, ¿cómo consiguen no tropezarse con el fondillo de los pantalones?
Bueno, otro día debatiré temas más serios.
JUAN SALVADOR Y UNA GAVIOTA (III)
Lo que más le costó a Juan Salvador fue acercarse lo suficiente para dejar aquella cena tardía a la gaviota. Le daba un miedo atroz que, en vez de comerse los pescaditos, se decidiera por uno de sus dedos. Pero la gaviota no hizo amago de moverse y espero paciente hasta que él acercó plato y cuenco a una distancia prudencial. Entonces el animal se levantó sobre sus dos patas, gruesas y anaranjadas, dio dos o tres pasitos y se zampó la primera sardina. Juan Salvador se quedó observándola hasta que la gaviota se terminó el contenido del plato y volvió a sentarse en el suelo, en su actitud de empollar un huevo.
"¿Y ahora qué?" se dijo, restregándose los ojos que ya se le cerraban de puro cansancio. Y es que eran las tres de la madrugada y él nunca se quedaba pasadas las once. Contemplando a la gaviota, Juan Salvador se quedó dormido en el sofá.
A la mañana siguiente Juan Salvador se levantó y descubrió que eran las tantas. Se levantó de un salto y fue hacia el dormitorio cuando se percató de la presencia de la gaviota. Casi la pisa, porque el animal se había acercado hasta el sofá y dormitaba tranquila junto a una de las zapatillas de Juan Salvador.
Con cuidado tomó las dos zapatillas y sin hacer ruido se encaminó al baño, porque sentía la vejiga llena a reventar. Luego llamó a la oficina. Buscó, antes de marcar, una excusa. Decidió que una gastroenteritis, aunque no fuera muy creíble, sería el mejor pretexto para faltar aquella mañana. Tampoco se le ocurrió nada más.
Mientras desayunaba, la gaviota se desperezó, abriendo sus alas imponentes y tirando esta vez el jarrito de porcelana de la tía Enriqueta, que en paz descanse. Luego, con su andar patoso, se acercó a la mesa y reclamó algo de comida. Juan Salvador fue en busca de más sardinas para su compañera.
"Te voy a tener que poner un nombre" le dijo a la gaviota, que engullía los pescados uno tras otro sin apenas hacer una pausa. "Aunque no sé si eres chico o chica" Y Juan Salvador se rió de su tonta ocurrencia.
"¿Y ahora qué?" se dijo, restregándose los ojos que ya se le cerraban de puro cansancio. Y es que eran las tres de la madrugada y él nunca se quedaba pasadas las once. Contemplando a la gaviota, Juan Salvador se quedó dormido en el sofá.
A la mañana siguiente Juan Salvador se levantó y descubrió que eran las tantas. Se levantó de un salto y fue hacia el dormitorio cuando se percató de la presencia de la gaviota. Casi la pisa, porque el animal se había acercado hasta el sofá y dormitaba tranquila junto a una de las zapatillas de Juan Salvador.
Con cuidado tomó las dos zapatillas y sin hacer ruido se encaminó al baño, porque sentía la vejiga llena a reventar. Luego llamó a la oficina. Buscó, antes de marcar, una excusa. Decidió que una gastroenteritis, aunque no fuera muy creíble, sería el mejor pretexto para faltar aquella mañana. Tampoco se le ocurrió nada más.
Mientras desayunaba, la gaviota se desperezó, abriendo sus alas imponentes y tirando esta vez el jarrito de porcelana de la tía Enriqueta, que en paz descanse. Luego, con su andar patoso, se acercó a la mesa y reclamó algo de comida. Juan Salvador fue en busca de más sardinas para su compañera.
"Te voy a tener que poner un nombre" le dijo a la gaviota, que engullía los pescados uno tras otro sin apenas hacer una pausa. "Aunque no sé si eres chico o chica" Y Juan Salvador se rió de su tonta ocurrencia.
JUAN SALVADOR Y UNA GAVIOTA (II)
Llamó por teléfono al servicio de animales perdidos del ayuntamiento. Una señorita de voz agradable le atendió pero no pudo ayudarle. "¿La gaviota está extraviada?" "Pues no sé, pero se coló en mi casa". "En ese caso no podemos ayudarle, somos del servicio de animales extraviados, lo siento caballero". Juan Salvador colgó.
Después de cenar un frugal ágape, Juan Salvador quiso sentarse en el sofá para terminar de leerse el periódico. La gaviota estaba a una distancia prudencial y no parecía interesada en moverse, así que Juan Salvador se sentó en el mullido sofá, se puso las gafas de leer y extendió el periódico sobre sus rodillas. De todas formas, le resultaba difícil concentrarse pues sus ojos se desviaban constantemente hacia el pájaro, quizá por comprobar si se había movido. Pero el ave no parecía tener intención de ir a ningún sitio. Y sus ojos amarillos, de mirada penetrante, seguían clavados en Juan Salvador, al que no perdía de vista ni un instante.
Estaba por irse a dormir, ya que los ojos apenas se le mantenían abiertos, cuando le asaltó un sentimiento desconocido: se preocupó por si el animal podría sentir sed o hambre. "¿Qué debían comer aquellos bichos?". Solucionó la papeleta buscando la palabra gaviota en el diccionario enciclopédico que aquel vendedor le había endosado a cambio de veintitrés cómodos plazos. "G, ga, gaveta... ¡gaviota!". Comen pescado fue la conclusión de su pesquisa. "Supongo que será crudo" pensó mientras iba hacia la cocina. Había medio kilo de sardinas en la nevera que había comprado el día anterior en el mercado. ¿Tendría que limpiarlas y quitarles las espinas? Supuso que las gaviotas, que tomaban su sustento del mar no serían muy remilgadas en ese sentido. Colocó media docena de sardinas en un plato de plástico y llenó un cuenco con agua del grifo.
Después de cenar un frugal ágape, Juan Salvador quiso sentarse en el sofá para terminar de leerse el periódico. La gaviota estaba a una distancia prudencial y no parecía interesada en moverse, así que Juan Salvador se sentó en el mullido sofá, se puso las gafas de leer y extendió el periódico sobre sus rodillas. De todas formas, le resultaba difícil concentrarse pues sus ojos se desviaban constantemente hacia el pájaro, quizá por comprobar si se había movido. Pero el ave no parecía tener intención de ir a ningún sitio. Y sus ojos amarillos, de mirada penetrante, seguían clavados en Juan Salvador, al que no perdía de vista ni un instante.
Estaba por irse a dormir, ya que los ojos apenas se le mantenían abiertos, cuando le asaltó un sentimiento desconocido: se preocupó por si el animal podría sentir sed o hambre. "¿Qué debían comer aquellos bichos?". Solucionó la papeleta buscando la palabra gaviota en el diccionario enciclopédico que aquel vendedor le había endosado a cambio de veintitrés cómodos plazos. "G, ga, gaveta... ¡gaviota!". Comen pescado fue la conclusión de su pesquisa. "Supongo que será crudo" pensó mientras iba hacia la cocina. Había medio kilo de sardinas en la nevera que había comprado el día anterior en el mercado. ¿Tendría que limpiarlas y quitarles las espinas? Supuso que las gaviotas, que tomaban su sustento del mar no serían muy remilgadas en ese sentido. Colocó media docena de sardinas en un plato de plástico y llenó un cuenco con agua del grifo.
JUAN SALVADOR Y UNA GAVIOTA (I)
De regreso del trabajo, Juan Salvador se encontró con una gaviota en su sala de estar. Era un espécimen rollizo, de plumaje blanco brillante. Estaba en mitad de la sala, tranquilamente en actitud de empollar.
Juan Salvador se acercó con cautela. No tenía mano con los animales y aquel bicho enorme poseía un pico que podía arrancarle un dedo de la mano sin proponérselo demasiado. La gaviota movió su cabecita blanca, siguiendo los movimientos de Juan Salvador, sin dejar de fijar unos ojos amarillos en la figura gris del hombre.
Este, tras recobrarse de la sorpresa inicial, miró hacia el balcón abierto. Hacía tanto calor que era la única forma de mantener la casa mínimamente fresca, de lo contrario, al regresar, aquello parecía un horno. Pero jamás, por mucho que escuchaba los chillidos agudos de las gaviotas revoloteando entre las basuras del mercado, había imaginado que pudiera colarse una en su casa. Un día se posó una paloma en la barandilla del balcón y aquello le pareció todo un acontecimiento.
Con el periódico de la mañana, que aún cargaba para poder leer las noticias deportivas, hizo un amago de asustar al animal y obligarle a regresar por donde había venido. Pero lo único que consiguió fue que la gaviota abriera sus enormes alas blancas, terminadas en plumas grises, las agitara en mitad del salón y tirara la palmatoria de su madre, que cayó y se hizo añicos.
Rebuscó en los armarios de la alacena. Recordaba haber guardado una bolsa con frutos secos que podría serle de ayuda. Luego, caminando lo más apartado posible del animal, colocó algunas avellanas y almendras sobre el gris pavimento de piedra del balcón. Pero la gaviota no se inmutó y continuó allí quieta, con su mirada imperturbable clavada en Juan Salvador.
Juan Salvador se acercó con cautela. No tenía mano con los animales y aquel bicho enorme poseía un pico que podía arrancarle un dedo de la mano sin proponérselo demasiado. La gaviota movió su cabecita blanca, siguiendo los movimientos de Juan Salvador, sin dejar de fijar unos ojos amarillos en la figura gris del hombre.
Este, tras recobrarse de la sorpresa inicial, miró hacia el balcón abierto. Hacía tanto calor que era la única forma de mantener la casa mínimamente fresca, de lo contrario, al regresar, aquello parecía un horno. Pero jamás, por mucho que escuchaba los chillidos agudos de las gaviotas revoloteando entre las basuras del mercado, había imaginado que pudiera colarse una en su casa. Un día se posó una paloma en la barandilla del balcón y aquello le pareció todo un acontecimiento.
Con el periódico de la mañana, que aún cargaba para poder leer las noticias deportivas, hizo un amago de asustar al animal y obligarle a regresar por donde había venido. Pero lo único que consiguió fue que la gaviota abriera sus enormes alas blancas, terminadas en plumas grises, las agitara en mitad del salón y tirara la palmatoria de su madre, que cayó y se hizo añicos.
Rebuscó en los armarios de la alacena. Recordaba haber guardado una bolsa con frutos secos que podría serle de ayuda. Luego, caminando lo más apartado posible del animal, colocó algunas avellanas y almendras sobre el gris pavimento de piedra del balcón. Pero la gaviota no se inmutó y continuó allí quieta, con su mirada imperturbable clavada en Juan Salvador.
BookCrossing
Si acabas de aterrizar por aquí y no sabes que debe significar esta palabra, te lo cuento. BookCrossing es algo así como un movimiento de lectura, una biblioteca global en la que los libros viajan de un lector al otro de la forma -a veces- más imprevista. Los libros se liberan en cualquier lugar (la mesa de un bar, el asiento de un cine, la sala de espera del dentista, el banco de un parque, etc. etc.) y los encuentra quien -supongo- está destinado a recogerlos. A veces los libros se pierden en el olvido, caen en manos de alguien que no tiene interés en BookCrossing y los hace desaparecer en la estanteria de su casa. A veces los libros terminan en el contenedor de papel para reciclar. A veces los recoge un perro y los rompe en mil pedacitos. A veces permanecen en el lugar hasta que un chaparrón los convierte en un amasijo de pasta de papel. A veces... Pero algunas veces los recoge un aficionado a la lectura. Los lee con cariño. Entra en la página web de BookCrossing y, ya sea registrándose como usuario o de forma anónima, deja su impresión, su comentario breve, una sonrisa, una desilusión o lo que sea que aquel libro significó para este/a lector/a. Y ese es el propósito de BookCrossing.
Si encuentras en algún lugar de tu ciudad un libro con una etiqueta que tiene un librito amarillo que corre, cógelo, léelo y entra en BookCrossing. Probablemente no te arrepentirás, salvo porque es totalmente adictivo (como leer).
Y si quieres ver mi estantería en BC, pincha aquí
Si encuentras en algún lugar de tu ciudad un libro con una etiqueta que tiene un librito amarillo que corre, cógelo, léelo y entra en BookCrossing. Probablemente no te arrepentirás, salvo porque es totalmente adictivo (como leer).
Y si quieres ver mi estantería en BC, pincha aquí
HOY, UNA FRASE
"La experiencia no es lo que te sucede,
sino lo que haces con lo que te sucede".
Aldous Huxley (1894-1963)
novelista, ensayista, crítico y poeta inglés.
sino lo que haces con lo que te sucede".
Aldous Huxley (1894-1963)
novelista, ensayista, crítico y poeta inglés.
UN VIAJE MOVIDITO
Viajo a menudo, por motivos de trabajo, a Bruselas, y eso quiere decir coger aviones con cierta frecuencia. No me gusta volar pero ¡qué remedio! Me lo trato de tomar con calma y siempre espero llegar sano y salvo. Una vez más volvía a Barcelona, después de un intenso y cansado seminario. Para que el rato pasara más rápido, saqué el libro de relatos que me había prestado una compañera de trabajo. Estaba muy interesado en la lectura cuando comenzó el follón. Abandonando por un instante el libro, me giré para ver qué pasaba allí detrás. Un hombre discutía con dos auxiliares de vuelo. De repente, el hombre, empujándolos, se puso a correr por el estrecho pasillo, seguido por los dos hombres. Segundos más tarde el avión dio un salto y comenzó a bajar de forma pronunciada. No es necesario que diga que todos nos asustamos. El libro se me cayó al suelo, perdiéndose bajo los asientos delanteros. Cuando todo se calmó, no pude saber qué había sucedido. Y tampoco pude conocer el final de aquel relato. Porque el libro, aunque intenté encontrarlo antes de bajar, no estaba por ninguna parte. Quizás algún viajero aburrido lo encontró y disfrutará de un rato de entretenimiento con su lectura.
De “minirelatos sobre lectura”. Originalmente escrito en catalán para un concurso.
De “minirelatos sobre lectura”. Originalmente escrito en catalán para un concurso.
HOY NO ES MI DÍA DE SUERTE
El sistema no funcionaba. Y mi nave se dirigía sin control hacia aquel satélite frío y oscuro. Me metí dentro del traje presurizado y me acomodé en el módulo de protección. El impacto sería duro y más me valía tomar todas las precauciones posibles, aunque probablemente no podría hacer funcionar la baliza de rescate y, en cualquier caso, nadie llegaría con tiempo suficiente para encontrarme con vida.
Todo se desarrolló con rapidez. El choque contra el suelo resultó devastador y la nave se partió en dos. Mi cuerpo salió catapultado. Caí desmadejado en el polvoriento suelo. Me alegré de que las estrellas me acompañaran. Moriría bajo un inmenso manto sideral. Lástima que aquel maldito asteroide eligiera aterrizar en el mismo lugar que yo.
Todo se desarrolló con rapidez. El choque contra el suelo resultó devastador y la nave se partió en dos. Mi cuerpo salió catapultado. Caí desmadejado en el polvoriento suelo. Me alegré de que las estrellas me acompañaran. Moriría bajo un inmenso manto sideral. Lástima que aquel maldito asteroide eligiera aterrizar en el mismo lugar que yo.
CONCEPTOS (ESTA NOCHE EN LA DOS)
“Esos ojos detrás del cristal
son dos negros cautivos jugando al mal”
Semilla negra – Radio Futura.
Mientras veía el telenoticias, este mediodía, se me ocurrió que un buen tema para hoy, sería hablar de Radio Futura, del disco que han sacado con la colaboración de otros artistas y mi implicación en este tema (como fan, claro, que en lo de cantar tengo menos futuro que escribiendo). Y me fastidió un poco comprobar que, efectivamente, el tiempo no pasa en balde, y que a poco que te despistes han pasado casi veinte años de cuando éramos jóvenes (en años, no de espíritu)…
Entonces he pensado: “A ver ¿hablo de Radio Futura o hablo de hacerse mayor? ¿Cobraré la pensión el día de mañana? ¿Cómo serán los jubilados de mi quinta? ¿Viejos roqueros? ¿Jugarán al dominó o se dedicarán a montar karaokes en los casales de la tercera edad, imitando a Santiago Auserón, Tino Casal, Miguel Ríos y otras glorias de nuestro cancionero, de cuando estábamos “enamorados de la moda juvenil”?
Pues no. Caminando desde el metro, me ha dado por pensar en Tomàtic, el tomate telefónico, con gafas de sol, del programa de los Súpers (para los que no veáis TV3, decir que es algo así como la “Zona Disney” o “el Club Megatrix”, pero distinto). Los Súpers (es decir, socios del Club Super3) pueden hacer peticiones a Tomàtic.
“Hola Tomàtic, soy el Súper 124587120. Me gustaría ver como se aparean los elefantes africanos. Gracias Tomàtic”; (tut-tut-tut…).
Y entonces, el dichoso tomate de las ray-ban le endosa al pobre crío un vídeo en el que aparece el elefante del zoo (al que ya le hacen falta unos cuantos liftings), comiéndose un puñado de cacahuetes. Luego que digan que los niños de hoy en día tienen conceptos equivocados :-)
Bromas aparte, personalmente me da mucha rabia, porque algunos de los vídeos que piden los chavales son bastante facilones y se podían esforzar un poco más en buscarlos.
son dos negros cautivos jugando al mal”
Semilla negra – Radio Futura.
Mientras veía el telenoticias, este mediodía, se me ocurrió que un buen tema para hoy, sería hablar de Radio Futura, del disco que han sacado con la colaboración de otros artistas y mi implicación en este tema (como fan, claro, que en lo de cantar tengo menos futuro que escribiendo). Y me fastidió un poco comprobar que, efectivamente, el tiempo no pasa en balde, y que a poco que te despistes han pasado casi veinte años de cuando éramos jóvenes (en años, no de espíritu)…
Entonces he pensado: “A ver ¿hablo de Radio Futura o hablo de hacerse mayor? ¿Cobraré la pensión el día de mañana? ¿Cómo serán los jubilados de mi quinta? ¿Viejos roqueros? ¿Jugarán al dominó o se dedicarán a montar karaokes en los casales de la tercera edad, imitando a Santiago Auserón, Tino Casal, Miguel Ríos y otras glorias de nuestro cancionero, de cuando estábamos “enamorados de la moda juvenil”?
Pues no. Caminando desde el metro, me ha dado por pensar en Tomàtic, el tomate telefónico, con gafas de sol, del programa de los Súpers (para los que no veáis TV3, decir que es algo así como la “Zona Disney” o “el Club Megatrix”, pero distinto). Los Súpers (es decir, socios del Club Super3) pueden hacer peticiones a Tomàtic.
“Hola Tomàtic, soy el Súper 124587120. Me gustaría ver como se aparean los elefantes africanos. Gracias Tomàtic”; (tut-tut-tut…).
Y entonces, el dichoso tomate de las ray-ban le endosa al pobre crío un vídeo en el que aparece el elefante del zoo (al que ya le hacen falta unos cuantos liftings), comiéndose un puñado de cacahuetes. Luego que digan que los niños de hoy en día tienen conceptos equivocados :-)
Bromas aparte, personalmente me da mucha rabia, porque algunos de los vídeos que piden los chavales son bastante facilones y se podían esforzar un poco más en buscarlos.
APODOS
En tiempo pretéritos, allá en la época cuando yo aún estudiaba, los apodos (y no me refiero a seres sin pies), también conocidos como “alias”, se los daban a los malhechores de las novelillas de misterio juveniles (Johnnie, alias “El mangante”) y a los chorizos del barrio, que estiraban bolsos a las abuelas desde una vespa o desde la ventanilla de un seiscientos. Incluso, dentro de la ley, era algo que más bien se aplicaba a cantantes (“La Faraona”), futbolistas (“el Buitre”) u otros personajes famosos. También eran comúnmente utilizados, entre la gente de a pie, para colocarle nombres graciosos -o no tanto-, y muchas veces con cierto cariz despectivo, a personajes curiosos o a compañeros de clase. Pero a estos los llamábamos “motes”. En los pueblos, casi todo el mundo tenía un mote, incluso algunos eran prácticamente heredados de padres a hijos.
Hoy en día, con la llegada de las nuevas tecnologías, el mote, alias o apodo se ha reconvertido. Tanto que incluso tiene un nuevo nombre: “nick” que es una abreviatura de “nickname”. Sólo tenemos que darnos una vuelta por cualquier foro de Internet para ver que incluso inventarse un “nick” comienza a ser difícil. Los hay de todos los tipos inimaginables.
A veces me sorprendo a mi misma, al darme cuenta que no sé el nombre –digamos- legal de la persona a quien me dirijo y que para mi esa persona y su nick ya son inseparables e intransferibles.
Hoy en día, con la llegada de las nuevas tecnologías, el mote, alias o apodo se ha reconvertido. Tanto que incluso tiene un nuevo nombre: “nick” que es una abreviatura de “nickname”. Sólo tenemos que darnos una vuelta por cualquier foro de Internet para ver que incluso inventarse un “nick” comienza a ser difícil. Los hay de todos los tipos inimaginables.
A veces me sorprendo a mi misma, al darme cuenta que no sé el nombre –digamos- legal de la persona a quien me dirijo y que para mi esa persona y su nick ya son inseparables e intransferibles.
¡MENUDAS PRENDAS!
- ¡Haga el favor de soltarlo! - chilló la enfurruñada señora de la blusa granate, sin soltar la manga del jersey de angorina que segundos antes había rescatado del montón de prendas de saldo.
- ¡Yo lo vi primero! ¡Suéltelo usted! - le respondió con otro chillido su interlocutora, una señora alta y delgada, aferrada a la otra manga del que comenzaba a ser un deformado jersey de angorina.
Entre bufidos de rabia e improperios, continuó la disputa. “Que si es mío”, “Que claro que no”. “Que yo lo vi primero”, “Que usted que se ha creído”. Forcejeando a costa de la prenda, el centro de atención de todas las miradas, las dos mujeres comenzaron a sudar con los rostros enrojecidos. El jersey se deterioraba por momentos entre las rapaces manos. Hasta que su resistencia llegó al límite. Alzándose en el aire, como impulsado por una brisa invisible, el jersey de angorina se reveló:
- Señoras, ni suyo ni de nadie. ¡Ea! Ya he tenido bastante.
Y, sin más, se desprendió de las ávidas y sorprendidas manos de un tirón, saltó del montón de ropa de saldo, todo a mil, y se escabulló entre los colgadores y expositores. Una columna caprichosa de todo tipo de prendas de vestir le siguió a través de los pasillos, secundando la decisión.
***
Desde aquel lunes aciago, no hay rebajas. Las prendas se han declarado en huelga, arrastrando en sus reivindicaciones a otros sectores comerciales. No habrá segundas rebajas. Por no haber, ni semana blanca.
7 de enero de 2001
- ¡Yo lo vi primero! ¡Suéltelo usted! - le respondió con otro chillido su interlocutora, una señora alta y delgada, aferrada a la otra manga del que comenzaba a ser un deformado jersey de angorina.
Entre bufidos de rabia e improperios, continuó la disputa. “Que si es mío”, “Que claro que no”. “Que yo lo vi primero”, “Que usted que se ha creído”. Forcejeando a costa de la prenda, el centro de atención de todas las miradas, las dos mujeres comenzaron a sudar con los rostros enrojecidos. El jersey se deterioraba por momentos entre las rapaces manos. Hasta que su resistencia llegó al límite. Alzándose en el aire, como impulsado por una brisa invisible, el jersey de angorina se reveló:
- Señoras, ni suyo ni de nadie. ¡Ea! Ya he tenido bastante.
Y, sin más, se desprendió de las ávidas y sorprendidas manos de un tirón, saltó del montón de ropa de saldo, todo a mil, y se escabulló entre los colgadores y expositores. Una columna caprichosa de todo tipo de prendas de vestir le siguió a través de los pasillos, secundando la decisión.
***
Desde aquel lunes aciago, no hay rebajas. Las prendas se han declarado en huelga, arrastrando en sus reivindicaciones a otros sectores comerciales. No habrá segundas rebajas. Por no haber, ni semana blanca.
7 de enero de 2001
Deseo
No podía dormir. Hacía demasiado calor. Salí al balcón. Era una noche sin Luna. Una estrella fugaz cruzó el cielo y pedí un deseo. Oí un ruido y me giré, encontrándose mi mirada con dos ojos brillantes. Un cuerpo de ébano camuflado en la oscuridad, una sonrisa radiante que me deslumbró. Un cuerpo desnudo bañado en gotitas de sudor. Sin palabras me despojó del camisón. Los labios oscuros buscaron mis pechos, las manos ávidas se apoderaron de mi cuerpo. Sentí el palpitante miembro junto a mi ingle, turgente, hinchado. Luego lo sentí dentro de mí, incandescente.
Desde aquella noche he vuelto a salir todas las noches al balcón. Pero ya no hay estrellas fugaces a las que pedir nuevamente el mismo deseo. Y nada me dice que no fue un simple sueño.
Desde aquella noche he vuelto a salir todas las noches al balcón. Pero ya no hay estrellas fugaces a las que pedir nuevamente el mismo deseo. Y nada me dice que no fue un simple sueño.
MIRANDA SE VA DE PARRANDA (Y FINAL)
El sueco dejaba escapar unos quedos quejidos mientras apoyaba las dos manos sobre la cabeza morena de Miranda guiándola en su cometido. Cuando el rubiales terminó, Miranda apoyó la cabeza en aquel regazo desconocido, sin saber qué ocurriría a continuación. Seguramente la dejaría tirada una vez satisfecho, pero como él no se movía, ella se quedó quietecita, con la esperanza de que sólo estuviera recuperándose. Y aunque esperaba lo peor, a pesar de su optimismo, el sueco la cogió por las axilas al poco, la sentó a horcajadas sobre su nuevamente turgente miembro y Miranda, sin podérselo creer, cabalgó un buen rato hasta que un grito se le escapó de la garganta. Alguien les tiró un zapato desde una ventana anónima mientras ambos jadeaban apurando las últimas gotas de excitación.
Como la noche era joven y el sueco parecía no tener prisa y sí una energía para dar y vender, se fueron al hotel de Miranda. En las penumbras de la habitación, ahora más ligeros de ropa que en el parque, Miranda aprendió que el Kamasutra debía haberse quedado corto para Sven, que ése era el nombre del nórdico –y la única palabra sueca que Miranda aprendería-. Aquel vikingo de cuerpo lampiño y vello dorado, parecía, además, incansable. Uno tras otro, batió todos los records, de resistencia, potencia y experiencia, ante la mirada atónita y el rostro arrebolado de Miranda. Llas manos de Sven se aprendieron el cuerpo de Miranda de memoria y Miranda no recordaría jamás unos labios más apasionados que los de aquel amante imprevisto que había encontrado.
A la mañana siguiente, cuando Miranda se levantó, el hombretón aún dormida a pierna suelta sobre la sábana arrugada, demostrando que ni una noche de “dale que dale” podía con sus reservas. Si a Miranda, que lo miraba embelesada, le hubieran dicho que no era humano se lo hubiera creído y le habría dado lo mismo.
No se despidieron. Sven se marchó silenciosamente mientras Miranda se duchaba. Tampoco le volvió a ver en la discoteca ni en sus inmediaciones. Pero le había dado tanto en una noche, que Miranda, aunque le hubiera gustado volver a tocar el cielo con los dedos, se sintió muy afortunada.
Regresó a la ciudad con una alegría y unas energías tales que ninguna de sus amigas podía creer. Adelgazó sin proponerselo en pocos meses y al verano siguiente regresó a aquella ciudad junto al mar. Esta vez, estrenó su piercing nuevo, resplandeciente en su ombligo 0% libre de grasa. Ligó y mucho. Pero, a pesar de todo, el recuerdo de aquella noche se quedó grabado a fuego en su memoria. Y es que Sven era mucho Sven.
Este relato forma parte del bookring "Politicamente incorrect@" iniciado por Txaxi.
Como la noche era joven y el sueco parecía no tener prisa y sí una energía para dar y vender, se fueron al hotel de Miranda. En las penumbras de la habitación, ahora más ligeros de ropa que en el parque, Miranda aprendió que el Kamasutra debía haberse quedado corto para Sven, que ése era el nombre del nórdico –y la única palabra sueca que Miranda aprendería-. Aquel vikingo de cuerpo lampiño y vello dorado, parecía, además, incansable. Uno tras otro, batió todos los records, de resistencia, potencia y experiencia, ante la mirada atónita y el rostro arrebolado de Miranda. Llas manos de Sven se aprendieron el cuerpo de Miranda de memoria y Miranda no recordaría jamás unos labios más apasionados que los de aquel amante imprevisto que había encontrado.
A la mañana siguiente, cuando Miranda se levantó, el hombretón aún dormida a pierna suelta sobre la sábana arrugada, demostrando que ni una noche de “dale que dale” podía con sus reservas. Si a Miranda, que lo miraba embelesada, le hubieran dicho que no era humano se lo hubiera creído y le habría dado lo mismo.
No se despidieron. Sven se marchó silenciosamente mientras Miranda se duchaba. Tampoco le volvió a ver en la discoteca ni en sus inmediaciones. Pero le había dado tanto en una noche, que Miranda, aunque le hubiera gustado volver a tocar el cielo con los dedos, se sintió muy afortunada.
Regresó a la ciudad con una alegría y unas energías tales que ninguna de sus amigas podía creer. Adelgazó sin proponerselo en pocos meses y al verano siguiente regresó a aquella ciudad junto al mar. Esta vez, estrenó su piercing nuevo, resplandeciente en su ombligo 0% libre de grasa. Ligó y mucho. Pero, a pesar de todo, el recuerdo de aquella noche se quedó grabado a fuego en su memoria. Y es que Sven era mucho Sven.
Este relato forma parte del bookring "Politicamente incorrect@" iniciado por Txaxi.
MIRANDA SE VA DE PARRANDA (2º PARTE)
Después de una cena frugal en el restaurante del hotel, se subió a cambiar a la habitación. Una falda corta y negra y aquel top que aún no había estrenado enseñaban suficiente carne pero sin excesos superfluos. La regatera de sus pechos aún turgentes se mostraba atrevida por el escote bajo del top que cubría, eso sí, discretamente la barriga. Si no le diese tanto miedo entrar en un quirófano y su cuenta corriente no fuera tan precaria, quizá se hubiese atrevido a liposuccionarse hasta el último gramo de grasa de su cuerpo. Pero le faltaba valentía y liquidez. Con la ilusión que le haría llevar orgullosa un piercing en el ombligo… se tendría que conformar con no mostrar ostentosamente el flotador que tenía por cintura.
La discoteca escogida estaba hasta los topes y las luces cambiantes, el ambiente enrarecido y las sombras la marearon un poco al principio. Además, no se había atrevido a ponerse las lentillas, por la irritación que el humo le causara, y, por supuesto, no estaba dispuesta a ponerse las gafas para ir de ligue. Eso limitaba su cambio de visión y dificultaba el reconocimiento previo de cualquier moscón a una distancia prudencial. Aunque, a decir verdad, ya le iba bien que se le acercaran todos los moscones que quisieran. A falta de pan…
Con un cubata en la mano se sentó en un taburete de la barra que quedó libre. Trató de colocarse en una pose seductora, bebiendo a sorbitos del vaso alto.
Los jóvenes se abrían paso hacia la abarrotada barra sin miramientos si necesitaban apartarla y algún que otro empujón puso en peligro su precario equilibrio sobre el taburete. La sonrisa se le fue agriando hasta que un chico la llamó “señora” – eso sí, muy educadamente-, y la sonrisa se le borró por completo.
Se animó a bailar un rato pero los torsos bronceados y las barriguitas increiblemente planas y desnudas de sus compañeras de pista la desanimaron. ¿Cómo iba a competir con semejantes especímenes de femme fatale? Abandonó y se cobijó, sintiéndose perdida, en un rinconcito, con el segundo cubata de la noche. Dejó de buscar con la mirada culitos y torsos musculados para encerrarse en sí misma. Cuando regresaba de pedir el cuarto cubata, un hombre se le acercó. Sólo quería fuego, que le pidió por gestos, pero Miranda se empeñó en darle conversación. Claro que aquel vikingo de ojos claros y cabellos pajizos no entendía ni papa y se hizo el sueco… porque era sueco, evidentemente. Miranda, que estaba algo más que achispada por entonces, decidió que no iba a dejarle escapar sin lucha y, sin pensarselo dos veces, deslizó su mano libre sobre la abultada cremallera del ajustado pantalón.
Si alguien hubiera estado, cámara en mano, grabando el rostro nórdico de aquel tipo, habría conseguido un documental precioso de expresiones faciales. Lo primero fueron sus ojos, que se abrieron como platos. Luego abrió la boca formando una “o” de sorpresa, que fue convirtiéndose en una sonrisa divertida. Las pupilas pasaron de la sorpresa a la picardía y, el rubicundo rostro, poco a poco, fue tomando una expresión declaradamente traviesa. Tomó a Miranda de la mano y se la llevó al exterior de la discoteca. Después de dejarse sellar la mano por el portero del local, la condujo, sin decir esta boca es mía, hasta un jardincillo débilmente iluminado que se cobijaba entre altos edificios de apartamentos. Encontró un rincón más oscuro que el resto, se desabrochó los pantalones, se sentó en el banco e invitó a Miranda a arrodillarse entre sus piernas. Miranda precisamente no era eso lo que andaba buscando, pero se aplicó en el asunto, utilizando su don de lenguas y la mano derecha.
P.D. Mañana el final.
La discoteca escogida estaba hasta los topes y las luces cambiantes, el ambiente enrarecido y las sombras la marearon un poco al principio. Además, no se había atrevido a ponerse las lentillas, por la irritación que el humo le causara, y, por supuesto, no estaba dispuesta a ponerse las gafas para ir de ligue. Eso limitaba su cambio de visión y dificultaba el reconocimiento previo de cualquier moscón a una distancia prudencial. Aunque, a decir verdad, ya le iba bien que se le acercaran todos los moscones que quisieran. A falta de pan…
Con un cubata en la mano se sentó en un taburete de la barra que quedó libre. Trató de colocarse en una pose seductora, bebiendo a sorbitos del vaso alto.
Los jóvenes se abrían paso hacia la abarrotada barra sin miramientos si necesitaban apartarla y algún que otro empujón puso en peligro su precario equilibrio sobre el taburete. La sonrisa se le fue agriando hasta que un chico la llamó “señora” – eso sí, muy educadamente-, y la sonrisa se le borró por completo.
Se animó a bailar un rato pero los torsos bronceados y las barriguitas increiblemente planas y desnudas de sus compañeras de pista la desanimaron. ¿Cómo iba a competir con semejantes especímenes de femme fatale? Abandonó y se cobijó, sintiéndose perdida, en un rinconcito, con el segundo cubata de la noche. Dejó de buscar con la mirada culitos y torsos musculados para encerrarse en sí misma. Cuando regresaba de pedir el cuarto cubata, un hombre se le acercó. Sólo quería fuego, que le pidió por gestos, pero Miranda se empeñó en darle conversación. Claro que aquel vikingo de ojos claros y cabellos pajizos no entendía ni papa y se hizo el sueco… porque era sueco, evidentemente. Miranda, que estaba algo más que achispada por entonces, decidió que no iba a dejarle escapar sin lucha y, sin pensarselo dos veces, deslizó su mano libre sobre la abultada cremallera del ajustado pantalón.
Si alguien hubiera estado, cámara en mano, grabando el rostro nórdico de aquel tipo, habría conseguido un documental precioso de expresiones faciales. Lo primero fueron sus ojos, que se abrieron como platos. Luego abrió la boca formando una “o” de sorpresa, que fue convirtiéndose en una sonrisa divertida. Las pupilas pasaron de la sorpresa a la picardía y, el rubicundo rostro, poco a poco, fue tomando una expresión declaradamente traviesa. Tomó a Miranda de la mano y se la llevó al exterior de la discoteca. Después de dejarse sellar la mano por el portero del local, la condujo, sin decir esta boca es mía, hasta un jardincillo débilmente iluminado que se cobijaba entre altos edificios de apartamentos. Encontró un rincón más oscuro que el resto, se desabrochó los pantalones, se sentó en el banco e invitó a Miranda a arrodillarse entre sus piernas. Miranda precisamente no era eso lo que andaba buscando, pero se aplicó en el asunto, utilizando su don de lenguas y la mano derecha.
P.D. Mañana el final.
PIROPOS
La primera vez, maldita la gracia que te hace que te llamen “señora”, pero al final te congracias por la situación porque te lo ha dicho un chavalín de diez años que llegaba tarde al cole y… ¿Cómo veíamos nosotros a los treintañeros cuando teníamos su edad? Pues tan mayores como nuestros padres… o sea que debían ser “señoras” y “señores”. Eran básicamente “viejos” desde nuestra juvenil perspectiva.
Pero cuando la cosa llega a mayores, ya no es tan fácil congraciarse con la idea. Porque resulta que el “señora” te lo endosa el chavalín, pero con diez años más y afeitándose la barba. O sea, que de chavalin nada.
Como le pasó a mi amiga el otro día que le echaron un piropo. El piropeador en cuestión debía estar en la veintena y a mi amiga le hubiera hecho ilusión eso de que le echaran flores, a no ser porque el pobre, para estropearlo, añadió un “señora” delante del “guapa”. Ahora mi amiga es una “señora guapa” y aún se siente afortunada porque la vez anterior la piropeó un abuelete que los ochenta ya no los cumplía y que sólo faltó que se quitara la boina a su paso. Gajes de la edad ;-)
P.D. Mañana la segunda parte de Miranda.
Pero cuando la cosa llega a mayores, ya no es tan fácil congraciarse con la idea. Porque resulta que el “señora” te lo endosa el chavalín, pero con diez años más y afeitándose la barba. O sea, que de chavalin nada.
Como le pasó a mi amiga el otro día que le echaron un piropo. El piropeador en cuestión debía estar en la veintena y a mi amiga le hubiera hecho ilusión eso de que le echaran flores, a no ser porque el pobre, para estropearlo, añadió un “señora” delante del “guapa”. Ahora mi amiga es una “señora guapa” y aún se siente afortunada porque la vez anterior la piropeó un abuelete que los ochenta ya no los cumplía y que sólo faltó que se quitara la boina a su paso. Gajes de la edad ;-)
P.D. Mañana la segunda parte de Miranda.
MIRANDA SE VA DE PARRANDA (1º PARTE)
Mientras contemplaba las nubes con los párpados entornados, tumbada en la hamaca de la piscina, Miranda oyó una voz masculina y desvió la vista. Su mirada se posó golosa sobre la visión de un culito varoníl enfundado en un bañador rojo.
A todo el mundo le había contado que necesitaba unos días de relajación y de soledad. Pero en realidad no tenía ningunas ganas de estar sola y su mirada se extraviaba a menudo, de forma discreta, al escuchar cerca una voz masculina.
Miranda se acercaba peligrosamente a los cuarenta, sentía que le sobraban diez kilos para tener el peso ideal y últimamente tenía la impresión de que sólo suscitaba interés entre aquellos que poseían la tarjeta rosa. Lo que la había decidido a realizar aquel viaje fue el piropo –saleroso y todo lo que quieras- de un caballero nonagenario que se quitó la boina a su paso.
Eso no podía ser. Cierto que estaba algo rellenita y que desde hacía algún tiempo había pasado de pedir la talla M a resignarse con una G, cuando no con una XL. Pero aún se sentía joven, los pechos no le colgaban flácidos hasta el ombligo, conservaba el cutis terso y los kilitos de más estaban relativa y equitativamente esparcidos por su anatomía.
De regreso de la piscina se detuvo ante el espejo del dormitorio. Se miró de frente y de perfil, intentando ser lo más objetiva pero indulgente posible. Pues sí, la barriga sobresalía un poco sobre la línea del bikini y tenía cartucheras… También algo de piel de naranja, sí, y alguna que otra fea vena varicosa había aparecido inexorable en la aún suave piel de sus muslos rellenitos. Pero tenía la esperanza de que aún existieran hombres a los que les gustan las mujeres con carne sobre los huesos. ¿O no existían? Esperaba que fuera así o estaba perdida.
Se enfundó un alegre vestidito escotado y decidió sentarse en alguna terracita a comer. Como mínimo podría despacharse a gusto admirando a los yogurcitos que pasaban por el paseo. Aunque no era eso lo que realmente buscaba. Los yogurcitos estaban bien para mirárselos, pero aunque excitantes, los encontraba demasiado tiernos para su gusto. Sentía predilección por los maduritos cuarentones de sienes plateadas. ¿Potencia o experiencia? Si se podía tener todo, mejor que mejor. Pero puesta a escoger, Miranda se quedaba con la experiencia. Que lo suyo no era la enseñanza y le gustaban los hombres con la lección aprendida. Para ella, el anticlimax era señalarle a un hombre, mientras estaban en faena, qué le gustaba que le hicieran y qué no. Siempre había apreciado unas manos hábiles.
De cuarentones de buen ver pasaron unos cuantos. Todos ellos acompañados de la mujer y una caterva de críos. Miranda se preguntaba si quedaría alguno libre para ella, sintiéndose un poco triste ante el posible y minúsculo porcentaje.
Por la tarde, se dedicó a visitar el centro comercial cercano al hotel. Estaba atestado de hombres de todas las edades, y todos acompañados, es decir con compañía femenina. Salió de allí con un par de bolsas y una sensación agridulce. En realidad, se dijo, he venido en busca de un buen polvo y lo que me llevaré será un nuevo guardarropa.
Se sentó en un banco del jardín del complejo a meditar, con las bolsas entre las piernas, preguntándose si todo su esfuerzo no sería en vano. Pero no, no se estaba esforzando en lo más mínimo. ¿Cómo iba a ligar si iba de compras o se quedaba en la piscina?. Esa noche debería ir a algún club nocturno o discoteca donde los solteros harían exactamente lo que ella: ir de caza.
A todo el mundo le había contado que necesitaba unos días de relajación y de soledad. Pero en realidad no tenía ningunas ganas de estar sola y su mirada se extraviaba a menudo, de forma discreta, al escuchar cerca una voz masculina.
Miranda se acercaba peligrosamente a los cuarenta, sentía que le sobraban diez kilos para tener el peso ideal y últimamente tenía la impresión de que sólo suscitaba interés entre aquellos que poseían la tarjeta rosa. Lo que la había decidido a realizar aquel viaje fue el piropo –saleroso y todo lo que quieras- de un caballero nonagenario que se quitó la boina a su paso.
Eso no podía ser. Cierto que estaba algo rellenita y que desde hacía algún tiempo había pasado de pedir la talla M a resignarse con una G, cuando no con una XL. Pero aún se sentía joven, los pechos no le colgaban flácidos hasta el ombligo, conservaba el cutis terso y los kilitos de más estaban relativa y equitativamente esparcidos por su anatomía.
De regreso de la piscina se detuvo ante el espejo del dormitorio. Se miró de frente y de perfil, intentando ser lo más objetiva pero indulgente posible. Pues sí, la barriga sobresalía un poco sobre la línea del bikini y tenía cartucheras… También algo de piel de naranja, sí, y alguna que otra fea vena varicosa había aparecido inexorable en la aún suave piel de sus muslos rellenitos. Pero tenía la esperanza de que aún existieran hombres a los que les gustan las mujeres con carne sobre los huesos. ¿O no existían? Esperaba que fuera así o estaba perdida.
Se enfundó un alegre vestidito escotado y decidió sentarse en alguna terracita a comer. Como mínimo podría despacharse a gusto admirando a los yogurcitos que pasaban por el paseo. Aunque no era eso lo que realmente buscaba. Los yogurcitos estaban bien para mirárselos, pero aunque excitantes, los encontraba demasiado tiernos para su gusto. Sentía predilección por los maduritos cuarentones de sienes plateadas. ¿Potencia o experiencia? Si se podía tener todo, mejor que mejor. Pero puesta a escoger, Miranda se quedaba con la experiencia. Que lo suyo no era la enseñanza y le gustaban los hombres con la lección aprendida. Para ella, el anticlimax era señalarle a un hombre, mientras estaban en faena, qué le gustaba que le hicieran y qué no. Siempre había apreciado unas manos hábiles.
De cuarentones de buen ver pasaron unos cuantos. Todos ellos acompañados de la mujer y una caterva de críos. Miranda se preguntaba si quedaría alguno libre para ella, sintiéndose un poco triste ante el posible y minúsculo porcentaje.
Por la tarde, se dedicó a visitar el centro comercial cercano al hotel. Estaba atestado de hombres de todas las edades, y todos acompañados, es decir con compañía femenina. Salió de allí con un par de bolsas y una sensación agridulce. En realidad, se dijo, he venido en busca de un buen polvo y lo que me llevaré será un nuevo guardarropa.
Se sentó en un banco del jardín del complejo a meditar, con las bolsas entre las piernas, preguntándose si todo su esfuerzo no sería en vano. Pero no, no se estaba esforzando en lo más mínimo. ¿Cómo iba a ligar si iba de compras o se quedaba en la piscina?. Esa noche debería ir a algún club nocturno o discoteca donde los solteros harían exactamente lo que ella: ir de caza.
THE EYRE AFFAIR
THE EYRE AFFAIR
Jasper Fforde
“… I was born on a Thursday, hence my name. My brother was born on a Monday and they called him Anton – go figure. My mother was called Wednesday but was born on a Sunday- I don’t know why –and my father had no name at all- his identity and existence had been scrubbed by the ChronoGuard after he went rogue. To all intents and purposes he didn’t exist at all. It didn’t matter. He was always Dad to me…”
Thursday Next
A life in SpecOps
(Cap. 9 “The Next family”
¿Chronoguardias en los años 80 que controlan las fluctuaciones del tiempo? ¿Un hombre que es capaz de paralizar los segundos con su propio rostro? ¿Un peligroso criminal capaz de controlar la mente? ¿Lombrices que se alimentan de preposiciones? Pues sí, todo eso y mucho más. “The Eyre Affair” es una ucronía divertida, desenfadada y cargada de guiños literarios, que puede muy bien encuadrarse dentro del género de la ciencia-ficción. Una ciencia-ficción algo gamberra, llena de humor, quizá algo irreverente, pero que, sin duda, contiene el grado de “sentido de la maravilla” necesario para poder hacerse un huequito honroso en el género.
La novela parte desde unos años ochenta, en la Gran Bretaña, en los que todo es ligeramente diferente a como lo conocemos. Su protagonista, Thursday Next, es una agente de policía “literaria”, una LiteraTec, cuyas características físicas y psicológicas parecen inspirarse tanto en la detective de Sue Grafton, Kinsey Milhoune, como en personajes algo más frívolos como podría ser Bridget Jones. Entorno a ella, y siempre en primera persona, girará una historia en la que se entremezcla la investigación policial con la ciencia-ficción, la literatura clásica con la fatídica realidad de una guerra de Crimea que aún colea gracias a los muchos intereses que la mantienen… todo regado con una buena dosis de humor.
Thursday Next es una mujer con un pasado que aún le duele de vez en cuando, que tiene las ideas bastante claras y que durante diez años ha sido fiel a sus principios de independencia a toda costa. Trabaja en un departamento de las SpecOps a la caza y captura de falsificadores y ladrones de obras literarias. Pero todo va a cambiar y va a tenérselas que ver con un buen puñado de problemas: para comenzar con el terrible Acheron Hades, el tercer criminal más buscado del planeta y que defiende la maldad a capa y espada; su madre, empeñada en que siente la cabeza; un ex novio, antiguo compañero en la guerra de Crimea, que aún no la ha olvidado; y la prometida de su ex novio, que está dispuesta a apartarla del camino aunque sea a codazos. Si a todo eso le sumamos el robo de un manuscrito original de Dickens, “Martín Chuzzlewit”, y el de un invento revolucionario del abuelo de Thursday, Mycroft Next, bautizado como “el portal de prosa”, nos encontramos ante un argumento al rojo vivo. Agitemos el cóctel y añadamos fervientes admiradores de la obra de Shakespeare, o proselitistas empeñados en demostrar que sólo era un actor-fachada y que era otro quien escribió sus obras, todos empeñados en su cruzada particular; agujeros en el tiempo que se lo tragan todo; Chronoguardias que nadie sabe qué edad tienen, personajes que escapan de sus novelas… Un cóctel explosivo.
La novela, a fecha de hoy, no está publicada en castellano, y cuenta ya con dos secuelas de las aventuras de Thursday Next: “Lost in a good book” y “The well of lost plots”. Muy recomendable, tanto si has leído el libro (o libros) como si te ha picado la curiosidad, es visitar la página del autor, en la que hay de todo un poco, hasta fotos de ese pasado alternativo: www.jasperfforde.com
Diciembre 2003
Jasper Fforde
“… I was born on a Thursday, hence my name. My brother was born on a Monday and they called him Anton – go figure. My mother was called Wednesday but was born on a Sunday- I don’t know why –and my father had no name at all- his identity and existence had been scrubbed by the ChronoGuard after he went rogue. To all intents and purposes he didn’t exist at all. It didn’t matter. He was always Dad to me…”
Thursday Next
A life in SpecOps
(Cap. 9 “The Next family”
¿Chronoguardias en los años 80 que controlan las fluctuaciones del tiempo? ¿Un hombre que es capaz de paralizar los segundos con su propio rostro? ¿Un peligroso criminal capaz de controlar la mente? ¿Lombrices que se alimentan de preposiciones? Pues sí, todo eso y mucho más. “The Eyre Affair” es una ucronía divertida, desenfadada y cargada de guiños literarios, que puede muy bien encuadrarse dentro del género de la ciencia-ficción. Una ciencia-ficción algo gamberra, llena de humor, quizá algo irreverente, pero que, sin duda, contiene el grado de “sentido de la maravilla” necesario para poder hacerse un huequito honroso en el género.
La novela parte desde unos años ochenta, en la Gran Bretaña, en los que todo es ligeramente diferente a como lo conocemos. Su protagonista, Thursday Next, es una agente de policía “literaria”, una LiteraTec, cuyas características físicas y psicológicas parecen inspirarse tanto en la detective de Sue Grafton, Kinsey Milhoune, como en personajes algo más frívolos como podría ser Bridget Jones. Entorno a ella, y siempre en primera persona, girará una historia en la que se entremezcla la investigación policial con la ciencia-ficción, la literatura clásica con la fatídica realidad de una guerra de Crimea que aún colea gracias a los muchos intereses que la mantienen… todo regado con una buena dosis de humor.
Thursday Next es una mujer con un pasado que aún le duele de vez en cuando, que tiene las ideas bastante claras y que durante diez años ha sido fiel a sus principios de independencia a toda costa. Trabaja en un departamento de las SpecOps a la caza y captura de falsificadores y ladrones de obras literarias. Pero todo va a cambiar y va a tenérselas que ver con un buen puñado de problemas: para comenzar con el terrible Acheron Hades, el tercer criminal más buscado del planeta y que defiende la maldad a capa y espada; su madre, empeñada en que siente la cabeza; un ex novio, antiguo compañero en la guerra de Crimea, que aún no la ha olvidado; y la prometida de su ex novio, que está dispuesta a apartarla del camino aunque sea a codazos. Si a todo eso le sumamos el robo de un manuscrito original de Dickens, “Martín Chuzzlewit”, y el de un invento revolucionario del abuelo de Thursday, Mycroft Next, bautizado como “el portal de prosa”, nos encontramos ante un argumento al rojo vivo. Agitemos el cóctel y añadamos fervientes admiradores de la obra de Shakespeare, o proselitistas empeñados en demostrar que sólo era un actor-fachada y que era otro quien escribió sus obras, todos empeñados en su cruzada particular; agujeros en el tiempo que se lo tragan todo; Chronoguardias que nadie sabe qué edad tienen, personajes que escapan de sus novelas… Un cóctel explosivo.
La novela, a fecha de hoy, no está publicada en castellano, y cuenta ya con dos secuelas de las aventuras de Thursday Next: “Lost in a good book” y “The well of lost plots”. Muy recomendable, tanto si has leído el libro (o libros) como si te ha picado la curiosidad, es visitar la página del autor, en la que hay de todo un poco, hasta fotos de ese pasado alternativo: www.jasperfforde.com
Diciembre 2003
Remember Giaccobe
No me preguntéis porque, pero hoy, de golpe, sin aviso y a traición, me ha saltado al cuello una cancioncilla que, en los años 80 de mi adolescencia, sonaba en todos los programas de radio y en la mayoría de fiestas –más o menos ñoñas- que se montaban donde se podían, desde la habitación de casa hasta el cuarto trastero del parking de la torre del Maresme donde íbamos a pasar los meses de verano con la familia y el perro.
Dicho todo esto, ya sabéis que yo iba a fiestas más o menos ñoñas, que veraneaba en la costa del Maresme y que, evidentemente, tenía perro. Pero no, lo del can era para dar un poco de colorido folklórico al tema estival.
De esta canción, otrora popular, del repeinado Sandro Giaccobe (del que nadie debía acordarse hasta que los de la sala Imperator lo trajeron como “artista invitado”), sólo me acuerdo de una pegadizo –y pegajoso- estribillo que decía algo así como:
<“… yo me he dejado llevar por mi cuerpo
y me he comportado como un ser humano.
Lo siento mucho, la vida es así,
No la he inventado yo…”
Imaginaros lo terrible que es ir canturreando por lo bajini el dichoso estribillo, aunque hay peores opciones. El caso es que obsesionada porque no había forma de desterrarla de mi repertorio, me he puesto a analizar el contenido machista de ese pequeño retazo de la canción. Probablemente sabérsela toda puede aún ser más perjudicial para la salud.
Y así, a modo de comentario de texto, he llegado a algunas conclusiones.
La canción nos narra un típico episodio de chico conoce chica, chico se enrolla con la amiga (de la chica) y luego, le suelta la confesión (a la primera chica) en clave de sol, prometiéndole que, a pesar de que a la que se estaba beneficiando era a la amiga (de la chica), en realidad él no veía más que su rostro (¡ya le vale!) y que, claro, como es un hombre, el cuerpo se le revelaba y él se comporta como cualquier hijo de vecino. C’est la vie, como diría un francés. Aunque él lo dice en español –con meloso acento italiano- que lo entendemos muy clarito: “La vida es así”. Y para que la cosa aún tenga mucho más delito, se defiende diciendo, sin escrúpulos que “no la ha inventado” él.
Lo malo de todo esto es que, posiblemente, si la confesión fuera al revés y el engañado novio el que tuviera que aguantar la cornamenta, las actitudes serían muy distintas. Los hombres se dejan llevar por sus instintos, como seres humanos que son. Las mujeres, por lo general, estamos cargadas de una “mala leche” impresionante, y cuando una se acuesta con su mejor amigo (de él), no lo hace porque el cuerpo la traiciona y son cosas que pasan. ¡No! En fin, me ahorro poner por escrito la lista de adjetivos que la muchacha acabará teniendo en su currículum sentimental, porque tampoco es cuestión de ponernos a decir tacos.
En otros casos, el despechado nos preguntará: “¿Y cómo es él?” Por lo menos resulta menos peligroso. Pero ya sería otra historia.
Dicho todo esto, ya sabéis que yo iba a fiestas más o menos ñoñas, que veraneaba en la costa del Maresme y que, evidentemente, tenía perro. Pero no, lo del can era para dar un poco de colorido folklórico al tema estival.
De esta canción, otrora popular, del repeinado Sandro Giaccobe (del que nadie debía acordarse hasta que los de la sala Imperator lo trajeron como “artista invitado”), sólo me acuerdo de una pegadizo –y pegajoso- estribillo que decía algo así como:
<“… yo me he dejado llevar por mi cuerpo
y me he comportado como un ser humano.
Lo siento mucho, la vida es así,
No la he inventado yo…”
Imaginaros lo terrible que es ir canturreando por lo bajini el dichoso estribillo, aunque hay peores opciones. El caso es que obsesionada porque no había forma de desterrarla de mi repertorio, me he puesto a analizar el contenido machista de ese pequeño retazo de la canción. Probablemente sabérsela toda puede aún ser más perjudicial para la salud.
Y así, a modo de comentario de texto, he llegado a algunas conclusiones.
La canción nos narra un típico episodio de chico conoce chica, chico se enrolla con la amiga (de la chica) y luego, le suelta la confesión (a la primera chica) en clave de sol, prometiéndole que, a pesar de que a la que se estaba beneficiando era a la amiga (de la chica), en realidad él no veía más que su rostro (¡ya le vale!) y que, claro, como es un hombre, el cuerpo se le revelaba y él se comporta como cualquier hijo de vecino. C’est la vie, como diría un francés. Aunque él lo dice en español –con meloso acento italiano- que lo entendemos muy clarito: “La vida es así”. Y para que la cosa aún tenga mucho más delito, se defiende diciendo, sin escrúpulos que “no la ha inventado” él.
Lo malo de todo esto es que, posiblemente, si la confesión fuera al revés y el engañado novio el que tuviera que aguantar la cornamenta, las actitudes serían muy distintas. Los hombres se dejan llevar por sus instintos, como seres humanos que son. Las mujeres, por lo general, estamos cargadas de una “mala leche” impresionante, y cuando una se acuesta con su mejor amigo (de él), no lo hace porque el cuerpo la traiciona y son cosas que pasan. ¡No! En fin, me ahorro poner por escrito la lista de adjetivos que la muchacha acabará teniendo en su currículum sentimental, porque tampoco es cuestión de ponernos a decir tacos.
En otros casos, el despechado nos preguntará: “¿Y cómo es él?” Por lo menos resulta menos peligroso. Pero ya sería otra historia.





