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Vestida por el mundo
Opiniones sobre aquello que leo, veo o escucho... y un cuento de vez en cuando
Acerca de
VESTIDA POR EL MUNDO ¡Bienvenidos a mi blog personal! Intentaré colgar algo cada día, artículos, comentarios de libros y, de vez en cuando, relatos. Gina Lollobrigida fue “desnuda por el mundo” (o “Desnuda frente al mundo”) en la versión fílmica de la novela de Tom T. Chamales, un libro que ha estado desde tiempos pretéritos en la librería de mis padres y que, a pesar de eso y de mi afición por la lectura, aún tengo pendiente de leer.
Sindicación

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NON JE NE REGRETTE RIEN, RIEN DE RIEN (IV)
La media hora esperando que nos recoja el pequeño bateau no se hace excesivamente larga y dos pares de docenas de personas nos desparramamos por la cubierta. No es un catamarán –como esos con focos potentes que vemos cruzar el río y, de paso deslumbrarnos- sino un barquito de madera, de una sola planta, con tres alturas de cubierta, que parece haber sobrevivido varias décadas sin una mano de pintura. Al principio nos sentamos en la popa, que está más elevada, pero finalmente nos decidimos por el centro derecha de la cubierta, que nos permite ver mejor las orillas. Total, hay tan poca gente que podríamos cambiarnos de asiento tantas veces como nos viniera en gana.
El trayecto, acompañado con un “guía” grabado en tres idiomas (francés, inglés y español) nos lleva desde el pie de la Tour Eiffel río abajo (o arriba) hasta el Pont d’Austerlitz (a la altura del Institute du Monde Arabe). Pasamos bajo el Pont de l’Alma (que mi amiga confundió con el Pont Marie al instruirnos el día antes del viaje), el de La Concorde, el Pont Royal, el famoso Pont Neuf (que de Neuf no tiene nada, ya que es el más antiguo de Paris) entre muchos otros (creo que en total pasábamos bajo 21 puentes ida y vuelta). Una vez pasado el Pont de Sully, el de l’Ille de Saint Louis y visto el Instituto del Mundo Árabe, damos la vuelta y regresamos por la orilla contraria, pasando bajo el Pont de Marie (este sí, y seguimos las instrucciones del deseo, el beso y los ojos cerrados… aunque no creemos en estas cosas). Pasamos nuevamente cerca del Louvre y del Musee d’Orsay, entre otros lugares de interés. El aire es frío navegando por el río, incluso a veces muy frío, pero hemos previsto la situación y ambos llevamos chaquetas.
El recorrido es de unos 12 kms. y dura una hora aproximadamente, dejándonos el bateau en el muelle a las 23,30 h.
Regresamos a la estación de Bir-Hakim que nos devolverá a Montmartre, vía Charles de Gaulle Etoile. Pero en vez de bajarnos en nuestra parada habitual, decidimos bajar en Blanche para ver la zona de Pigalle, que hemos esquivado hasta el momento, y ver Le Moulin Rouge de noche, con todas las luces encendidas y las colas de gente emperifollada en la puerta. El ambiente se asemeja un poco a nuestro antiguo Paral·lel, con algo de barrio chino en los rostros de algunos de los transeúntes. Regresamos andando hasta la Place de Clichy y de allí bajamos por Batignolles hasta el hotel. Son las 12,30 h. y tenemos los pies a punto de ebullición.
Y así termina nuestro segundo día en la Ciudad de la Luz.
 
JE VOUDRAIS DES CHAMPIGNONS, S’IL VOUS PLAIT!
Mi francés, todo hay que decirlo, es muy poco apañado tirando a casi inexistente, pero así y todo, nos las arreglamos bien chapurreando las cuatro palabras que habíamos conseguido retener de memoria (además de las que nos inventamos, que no es poco). Por lo menos éramos capaces de descifrar las cartas de los restaurantes mal que bien y pedir le boisson per deux.
Se aproxima la hora de la comida (12,30 h. hora local) y hay que buscar un rincón donde repostar, que tanto caminar nos ha bajado el croissant a los pies. Visitamos Nôtre Dame y nos llevamos un disgusto porque el Jorobado se ha ido de vacaciones a la Costa Azul. Hay una cola kilométrica para entrar y otra cola kilométrica y media para visitar la Saint Chapelle. Si yo no soporto ni la cola del pan… Los tours organizados nos rodean por todos los lados menos por uno, así que cruzamos hacia St. Michel (donde también hay montones de turistas) y descubrimos Le Marathón, un restaurante coquetón de aspecto anticuado, con pimientos secos colgados del techo (¿ñoras?). La “soupe d’ognion avec fromage gratiné” y el “maigret de canard au l’orange” (o sea, sopa de cebolla gratinada y pechuga de pato a la naranja) están de miedo, y mi compañero, después de una Salade Niçoise, se mete entre pecho y espalda un pedazo de gigot (pata de cordero). Ya estamos otra vez recuperados –alimenticiamente hablando- para continuar nuestro vagabundeo por la ciudad.
Regresamos a l’Ille de la Cité para ir en busca del Pt. De St. Louis, la zona residencial en la pequeña islita del mismo nombre. Hay restaurantes y tiendas chic, y muchas casitas señoriales a las que le hace falta un proyecto “Paris posa’t guapa” (los desconchones y la falta de un par de manos de pintura son bastante habituales en la mayoría de casas). Terminamos cruzando por el Pt. De Sully y allí cogemos el metro en Sully-Morland de regreso al hotel. Siendo como somos usuarios de metro y bus en Barcelona, no nos cuesta nada acostumbrarnos a la intrincada red de 15 líneas de metro de Paris, aunque, a veces, los trasbordos se hacen interminables.
Después de un buen merecido descanso en el hotel y de poner los pies en remojo (es un decir), volvemos a tomar el metro. Esta vez nos dirigimos a la estación de Bir-Hakim, cuya particularidad es que el metro cruza por una vía elevada el largo puente del mismo nombre, sobre el río. Es la estación de metro, además de la de Trocadéro, que más cerca está de la Tour Eiffel. Aquello parece un hervidero humano pero, afortunadamente, la Tour es lo suficientemente alta como para que nada le haga sombra. Mil personas esperan para tomar uno de los ascensores. Nos planteamos subir a pata (mi hermano llegó hasta el segundo piso con el coche de San Fernando y sobrevivió) pero, al final, nos lo saltamos también. El Campo de Marte parece el metro en hora punta pero, en comparación, las calles de los alrededores (que recorremos en busca de algún lugar agradable para cenar) están soñolientas. Dos restaurantes mega-caros y para de contar. Fotografiamos la Tour de frente y de perfil, desde todos los ángulos posibles e imposibles, a contraluz si hace falta. Y finalmente nos encaminamos al Palais de Chaillot desde el cual, con la luz del anochecer, la Tour Eiffel se muestra en todo su esplendor. Está comenzando a oscurecer y no tenemos ni la más remota idea de dónde vamos a cenar. Bajamos del Palais por el otro lado y nos encontramos en Trocadéro. Ninguno de los restaurantes nos hace el peso y, como ya es muy tarde, terminamos entrando en uno de los restaurantes de la famosa cadena “chinoise” (es una broma privada) que ofrece un menú a buen precio. Claro que el exquisito camarero chino nos trae una carta que parece hecha a la medida de Onassis. Discutimos nuestras opciones: salir corriendo y correr hacia la salida. Entonces se acerca el camarero y le suelto, con mi mejor francés de Marsella Norte: “S’il vos plaît, le menú écrit das la porte”. Y, entenderme, me entiende a la primera porque dos segundos y tres décimas después tenemos en nuestras manos el “menú para algo-más-pobres-que-Onassis”. En fin, todo hay que decirlo, los ravioles rellenos eran gustosos y tanto el pollo como el cerdo nos salían por las orejas al poco rato.
Regresamos nuevamente al río y la Tour Eiffel está toda iluminada como un gigantesco árbol navideño. De vez en cuando, unos destellos blanco-azulados la engalanan si cabe aún más, y los dos proyectores de la torre hacen un barrido del cielo oscuro de Paris. En una caseta junto al quay compramos los billetes para el crucero nocturno por el Sena. Hemos perdido el de las 22,00 pero hay uno media hora más tarde.
 
SOUS LE CIEL DE PARIS (PARIS 2º PARTE)
Bajo el cielo de Paris”, cantaba Edith Piaf, “El gorrión de Paris”. Y bajo el cielo, azul, de Paris iniciamos nuestro segundo día en la ciudad. Parecía que los paraguas que habíamos traído en previsión no iban ni a salir de la funda.
Nos levantamos temprano porque a las 9,30 h., en la también diminuta sala de desayunos del hotel, ya no quedaba un triste croissant al que hincarle el diente. De hecho, a partir de esa hora ya no servían desayunos.
Decididos a quemar suela, comenzamos a caminar por el Boulevard Batignolles hacia abajo, hasta la Place Gorbaux y, de allí, por el Boulevard Courcelles hasta llegar a la place de la Republique. Más o menos a esa altura está el parque de Marceau, en el que a esa hora temprana había muy poca gente, unos pocos corredores haciendo su jogging matinal y cuatro o cinco personas cruzándolo con aspecto de ir a trabajar. Y de allí hasta el Arc de Triomphe, en el que se había congregado buena parte de los turistas.
Desde allí se puede recorrer la larguísima avenida des Champs Elysees que, en su primera parte es una mezcla de Paral·lel y Paseo de Gracia, con tiendas en las que mi presupuesto no da ni para pipas (aunque dio para una carísimas pilas alcalinas, cuatro por diez euros, que al final tampoco me hicieron falta pero temía quedarme sin cámara). Dior, el Lido y otros establecimientos de renombre se alinean frente a la ancha acera. A mitad de camino a las Tuileries, el panorama cambia y las aceras se convierten en jardines que flanquean la ancha avenida. Y al final de todo, como colofón, el alto obelisco egipcio traído desde Luxor que, si la leyenda fuera cierta, sería el primer souvenir traído de tierras lejanas. “Cuando vuelvas, tráeme un obelisco pequeñito” le dijo Josefina a Napoleón. Y él, ni corto ni perezoso, se vino cargado con el más grandote que encontró, y eso sin contar con la ayuda de Obelix. A mí, que estas cosas del antiguo Egipto me pirran, me fascinó el inmenso y altísimo monolito, con su caperuza de oro y sus inscripciones. Y m lancé como posesa a fotografiarlo por todos los costados.
Cruzando la Place de la Concorde entramos en los Jardines de les Tuileries, los que llevan todo recto hasta el famoso Musee du Louvre (donde, por otra parte, la Mona Lisa fascina a los visitantes con su enigmática sonrisa). A un lado, el Carrousel, y enfrente, la archifamosa –sobre todo después de Dan Brown, o no- pirámide de cristal que da entrada al museo. Una cola de dos kilómetros y el que mi pareja ya lo había visitado, nos animó a dejarlo para otro viaje, que tiempo habrá. Así que después de pasear arriba y abajo, y hacer fotos, hicimos un mutis por la izquierda, saliendo a la rue de Rivoli y, de allí, tomando la rue St. Honore en dirección a la rue Saint Denis, en cuyo número 9 se encuentra “Le Petit Chatelet”, el café donde los Bookcrossers parisinos se reúnen una vez al mes. La zona de la rue Sant Denis, de carácter peatonal, es muy animada, con multitud de restaurantes con terraza y tiendas de ropa (a precios mucho más asequibles). No sólo visité el sótano-café donde se reúnen los “locos por los libros” de Paris –y liberé allí tres libros- sino que, además, me compré una falda preciosa a un precio escandalosamente barato (Para que luego digan que en Paris todo es carísimo).

La historia del obelisco
Algunas de mis fotos en Paris
 
LA CIUDAD DE LA LUZ – EL PRIMER DÍA
Todo fue un poco apresurado. Pero en cuestión de una semana encontramos el viaje, hicimos la reserva, nos llegó la confirmación y, un día antes de la salida, vino un mensajero con los billetes.
A bordo del Bosque de Muniellos (que era el nombre del avión de ida, que los aviones también tiene nombres) despegamos del Prat en dirección a Paris, la ciudad de la luz. Oh, mon amie!!! Mi primer viaje a Paris (sí, sí, no había ido aún…). El vuelo, sin más incidentes que unos cuantos botes, nos dejó en Orly donde nos esperaban para recogernos y llevarnos a nuestro hotel, enclavado en la colina de Montmartre.
El hotel, diminuto donde los haya, era, eso sí, pulcro y coqueto. La habitación chiquitina, el cuarto de baño diminuto, pero tampoco pensábamos pasar mucho rato en ella, era sólo el cuartel general. Lástima de las vistas, de Sena nada, una chimenea –la del aire acondicionado del hotel- y gracias.
Como, entre pitos y flautas, llegamos alrededor de las seis de la tarde (hubo un poco de retraso en el vuelo) y lo más cercano, a pata, era el Santuario del Sacré Coeur, pues allí que nos vamos. La tarde, pintada de azul, se prestaba a caminar por las empinadas calles de Montmartre, aunque, en realidad, hasta la place de Clichy no había de qué preocuparse. Mi morbosa afición a los cementerios se vio recompensada porque el cementerio de Montmartre está al alcance de la vista si subes por el puente de la rue Caulaincourt (creo no equivocarme). Allí están enterrados Degas o Dumas, y me hubiera gustado pasear entre las tumbas buscando las de estos famosos personajes. Pero no, seguimos calle arriba hasta llegar a la rue des Abesses, donde hay mucho ambiente y muchos cafés con su terracita.
Para subir al Sacré Coeur nos embarcamos en el pequeño funicular, por aquello de la novedad, que nos dejó a pie del Santuario, abarrotado de turistas (como nosotros mismos). Entramos y salimos enseguida, porque estaban dando misa. Desde el mirador del Santuario hay una hermosa vista de la ciudad. Una vez a pie de calle (es decir, funicular abajo, porque va y compramos ida y vuelta, que burros) nos dejamos tentar por las tiendas de souvenirs de la zona. Había unas boinas parisinas très chic en una de las tiendas, a 6 euros, e, inmediatamente, pensé en mi amiga S. que el año pasado quería comprarse una boina negra y, al final, se quedó sin. Unas cuantas postales para enviar durante los siguientes días a la familia y amigos, y unos vasitos de chupito para el orujo que tanto me gusta, y decidimos que, para los estándares parisinos era hora de cenar. En la rue Martyrs hay un delicioso restaurante, muy coquetón, con un carta bastante ajustada, “Au pied de Montmartre” donde cenamos a las ocho de la tarde. Hay que decir que la “escalope de dinde aux crème de champignons” estaba estupenda y que las cervezas, como en todas partes, eran lo más caro. Por supuesto, al salir aún lucía el sol en un cielo azul y teníamos la impresión de que habíamos hecho una comida tardía (lo cual, también era verdad, porque lo único que llevábamos en el estómago era el desayuno). Decidimos pasear por las empinadas calles del barrio, aprovechando, de paso, para buscar “le Moulin de la Galette”. Y caminando por el entramado de calles, nos tropezamos con una frutería en la que, por el aspecto, la fruta se compraba por piezas y no por kilos. Cual no sería nuestra sorpresa al descubrir que aquella era la frutería que sale en “Le fabuleux destin d’Amélie Poulain”. Y, claro, además de fruta, venden postales y DVDs de la peli.
Regresamos al hotel con nuestras pequeñas compras y nos dispusimos a disfrutar de la noche (que nos había ido sorprendiendo de regreso). Así que estrenamos nuestra tarjeta de metro y nos vamos a St. Michel, donde hay mucho ambiente alrededor de St. Severin. De paso que visitamos el Quay de St. Michel y vemos, a lo lejos, Nôtre Dame, también echamos un vistazo a los restaurantes de la zona para prever nuestra próxima comida.
A nuestro regreso a Batignolles, a la salida del metro, encontramos un café con mesas en la puerta y tomamos la última copa antes de regresar al hotel. El camarero nos advierte que en media hora cierran.
Y así finaliza nuestro primer día en París.
 
MODELOS ANÓNIMOS
De regreso de mis vacaciones estivales, no sé si renovada para comenzar la rutina (me cogería una semanita más), llego a casa y comienzo a revisar el puñado de fotos que hemos tomado durante todos estos días. Algunas fotos son paisajes, lugares que hemos visitado, en las que no aparecemos nosotros. Pero, en algunas, salen personas que pasaban por allí, que nunca sabrán que fueron protagonistas anónimos de nuestras imágenes para el recuerdo. Personas para las que no tenemos un nombre, para las que podemos –o no- inventar una historia y que quedarán plasmadas, por siempre jamás en 15x10. Probablemente no volveremos a ver a nuestros modelos anónimos, sólo nos cruzamos con ellos un instante, el que hay entre encuadrar la foto y dispararla.
Tampoco nosotros somos conscientes de que, para otras personas, somos parte del paisaje, parte de la imagen, sin nombre y sin historia que ellos conozcan.
***

En los próximos días espero escribir un poquito sobre nuestras vacaciones, extractar lo mejor, lo peor, lo más divertido… Durante nuestros viajes y pequeñas aventuras, he escrito diariamente una crónica de la jornada, con los lugares, detalles y anécdotas vividas. Mi moleskine, estrenada el 1 de agosto, me ha acompañado a todas partes, ha subido y bajado de aviones, ha recorrido calles y plazas, ha viajado en barco y en tren, ha visitado parajes solitarios en mitad del bosque. Y en ella he plasmado lo que, dentro de muy poco, serán recuerdos.
 
LA TORMENTA DE(L) VERANO
En Barcelona no estamos acostumbrados a padecer ni tornados ni huracanes como desgraciadamente ocurre en otros lugares. Mi hijo siente curiosidad por los tornados y pretende que yo le explique cómo es un tornado. “¿Y has visto alguno de verdad?” me pregunta mirándome con esos ojos grandes y oscuros llenos de preguntas. “Pues no, sólo en la tele”. “¿Y te gustaría ver uno de verdad?”. “Prefiero seguir viéndolos en la tele”. Entonces paso a explicarle lo tremendamente destructivo que puede ser un tornado. Él ha conocido los tornados gracias a un juego de ordenador: SimCity.
Pero no, la intención hoy no es hablar de tornados sino de la tormentaza que cayó ayer sobre Barcelona. Llevamos meses de sequía, los pantanos están a media asta –si no menos- y, de repente, amanece un día tristón y lluvioso. Estuvo lloviendo a ratos y la calle se llenó de paraguas. Resultaba casi inaudito.
Alrededor de las cinco y algo de la tarde me llegó un mensaje al móvil: “¿Te has mojado?”. Le contesté: “No, esta tarde oí tronar pero no estabas tú”. La tormenta se acercaba y comenzaba a dejarse oír.
Cuando era pequeña le tenía un miedo atroz a las tormentas. Mi padre me enseñó a localizarlas con el sencillo truco de contar los segundos. El sonido se propaga a 344 m/s, así que contra más segundos podía contar desde que veía el relámpago hasta que estallaba el trueno, más lejos se hallaba y yo más tranquila me sentía. Lo malo era cuando ocurría lo contrario. Al lado de casa, hace muchos años, había una fábrica. Frente al ventanal de la galería de mi casa se alzaba una enorme chimenea coronada por varios pararrayos. Cuando caía un rayo en la chimenea, el suelo parecía retumbar. Y yo me encerraba en mi habitación, esperando que no durara demasiado.
Ayer lo de contar no lo hice (ya he crecido y he aprendido a controlar algunos de mis miedos) pero cada vez los relámpagos y los truenos se sucedían unos tras otros casi sin darse un respiro. El día se convirtió en noche, los coches comenzaron a circular con los faros encendidos y cayó el diluvio. Llovía con ganas, aunque he visto chubascos peores, de esos que forman una cortina densa que te impide ver el edificio de enfrente (que está a doscientos metros como mucho). Hubo un instante en el que la presión atmosférica debió experimentar un bajón (supongo) y se me taparon de repente los oídos.
Recuerdo que cuando era pequeña, los mayores decían que a partir del 15 de agosto comenzaban las lluvias de verano. Ya no ocurre hoy en día. Supongo que el cambio climático ha cambiado muchas cosas que antes eran habituales. Recuerdo los chaparrones de verano, sentada en el porche de la casita donde veraneábamos, potentes y breves, que refrescaban el ambiente estival y despertaban a los caracoles de los alrededores. Después de un chaparrón de esos, a mis padres les gustaba ir a buscar caracoles y, después de la necesaria purga a la que los sometía mi madre para desbabarlos y prepararlos, teníamos caracolada, para el regocijo de mi padre y mi total indiferencia (nunca he sido capaz de probar un caracol).
Me alegré de que lloviera por muchos motivos pero, pensando en quienes el día 1 de agosto comenzaron sus vacaciones, también me supo mal por ellos. Porque la gente se pasa 11 meses esperando que lleguen las vacaciones y es decepcionante que nada más comenzarlas tengan que temer que caiga, como decía Abraracúrcix, el cielo sobre nuestras cabezas.
Pero la naturaleza no hace vacaciones y decide, a su libre albedrío, cuando toca lluvia y cuando un sol radiante.
* * *

Según mis cálculos este es el artículo (o post) número 200. Como comencé este blog a principios de octubre de 2004 (eso es hace 9 meses) eso significa una media de 22,22 artículos por mes. Podría haber hecho una marca mejor, pero últimamente me he vuelto algo perezosa. Si es que a poco que me lo proponga me disperso.
 
LOS DIOSES DEL OLIMPO
Leyendo el blog de Carboanion, me he tropezado con este test que te "averigua" que dios te correspondería. Lo cierto es que con las pocas preguntas que te hacen, parece poco probable que el test sea muy certero (¿Lo es alguno?). En todo caso, a mi me ha salido Morfeo:
"Eres como el dios griego Morfeo, el de los sueños. Crees que hay algo más ahí afuera (como Mulder) y a menudo te pierdes en pensamientos. Eres imaginativa e inteligente - no siempre lider pero usualmente la que plantea (sale, surge) con un plan. A menudo te preguntas "Que si..." y anhelas salir de la oscuridad y a través de la ventana".Precisamente hoy, con lo oscuro que está ahí afuera, no me interesa saber si hay algo más que una tormenta de tres mil pares, y creo que no anhelaré salir de la oscuridad ni saldré por la ventana, porque de hacerlo, entraré en la oscuridad (¡Dios mío, como truena!) y quedaré tal como un pollo mojado.
Creo que buscaré un rinconcito aislado y me pondré a leer un rato.
Morpheus
Morpheus


?? Which Of The Greek Gods Are You ??
brought to you by Quizilla

Para hacer el test. Hay muchos más test como este. Son en inglés.
 
SOBREVIVIRÉ
Eso es, evidentemente, lo que piensa el público después de ver la segunda parte de “El diario de Bridget Jones”. Dicen que segundas partes nunca fueron buenas y, en este caso, esa afirmación se queda corta. Los guionistas de “Bridget Jones, sobreviviré” deberían haber contraído una amnesia repentina que les impidiera escribir semejante despropósito. No se hubiera perdido nada y, en todo caso, nos hubiera quedado un recuerdo más amable de la primera parte que, a pesar de no ser nada del otro jueves, como comedia romántica funcionaba más o menos correctamente.
Cuando me leí el libro, en su día, en ningún momento me pasó por la cabeza que Bridget Jones pudiera llegar a ser una treintiañera tan zafia y cateta como la pintan aquí, ni que el personaje pudiera llegar a ser más inocente que un mejillón. Y es que Reneé Zellweger (de quien, lo siento, no tengo más referencias para saber si es una buena actriz) consigue que B.J. se convierta en una especie de hermana pequeña de Torrente pero sin mugre.
Aunque se pasan toda la película insistiendo machaconamente en el sobrepeso de B.J. (bragas XXL, primeros planos de su trasero, problemas con la ropa, etc. etc.), en realidad el problema del personaje es su catetismo y su falta de credibilidad. Si en vez de andar pisando huevos lo hiciera de forma normal –o menos afectada- y dejara de hacer muecas hasta decir basta, probablemente una tendría menos vergüenza ajena y el personaje hubiera ganado en simpatía.
Sinceramente, desde principio a fin no hay quien se trague nada y muchos menos que alguien se sienta identificado con semejante espécimen. Después de ver la película, me hago a mi misma algunas preguntas
  • ¿Cómo puede ser que una chica que ya ha pasado la barrera de los treinta, que es periodista y que vive independiente pueda ser tan preocupantemente simple? Por no decir idiota.
  • ¿Quién puede entrar en una reunión de alto nivel sin que nadie le detenga? B.J. lo hace por partida doble y no hay ni un triste bedel que la detenga antes de abrir la puerta.
  • ¿Cómo puede un abogado de mundo enamorarse de alguien que siempre le deja en ridículo allá donde va? El amor es ciego pero ¿tanto?
  • ¿Cómo puede una mujer guapa y presuntamente inteligente enamorarse de B.J. y declarársele –con beso incluido- y que haya alguien que se lo crea?
  • ¿Cómo se puede frivolizar la dureza de una cárcel tailandesa hasta el punto que llega a parecer un colegio de niñas traviesas?

Podría escribir varias páginas sacándole defectos a esta película pero ¿realmente se lo merece? Me temo que no. A pesar de que Hugh Grant siempre hace de Hugh Grant y de que Colin Firth , que por otra parte me parece un tipo atractivo, tiene la misma expresión facial aquí que en “La joven de la perla”, debieron pagarles a ambos muy bien para que aceptaran un papel en esta patochada.
Sólo reconoceré que, en algunos momentos, me reí. Pero que quede entre nosotros.
¿Quién me mandaría a mi alquilarla en DVD?