Paradigma tecnológico
¡Ay el paradigma tecnológico! Quizá me sienta tan cercano a este paradigma por lo vagas que son las cosas que decimos y hacemos habitualmente. Concretamente en esta carrera, Pedagogía, por la experiencia que tengo… Cuánta palabra, cuánto regocijo en la diversidad de conceptos muchas veces irracionales o ambiguos, cuánto tiempo perdido en el camino… Creo que este paradigma, al menos hoy día, es el que más falta nos hace. Creo que tendríamos que acercarnos un poco más al mundo de las ciencias, al lenguaje claro, simple y universal de las matemáticas, al razonamiento puro y duro de la lógica y del sentido común. No hablo de abandonar los otros paradigmas, pero creo que éste se merece un empujoncito. Creo que la tecnología es una pieza clave para resolver problemas, para tener los pies en el suelo, para no escondernos detrás de principios o conceptos muy bonitos pero muchas veces vacíos de contenido. De nuevo parece claro que la interdisciplinariedad es necesaria, al menos, para compartir las diferentes formas de pensar y analizar que se derivan de los diferentes paradigmas.
Democracia cultural
Hace unos días, en Semana Santa, estuve de vacaciones en un pueblecito de Cantabria. Este pueblo, hace unas fiestas una vez al año, en agosto. Hace unos años, las fiestas apenas eran conocidas, pero un año empezó a hacerse cargo un maestro de la localidad y las fiestas empezaron a ganar más y más prestigio. Llegaron a tener vuelta ciclista, torneo profesional de bolos, buenas orquestas… Sin embargo hace 3 años, un grupo de personas criticaron al maestro diciendo que se quedaba con dinero, éste abandonó el proyecto y se ocuparon otros, que a su vez hicieron lo que quisieron. A éstos sucedieron otros que siguieron en la misma dinámica y hoy día las fiestas (así como cualquier actividad del pueblo) corren serio peligro de desaparecer.
Hace unos días estaba pensando en qué se podría hacer para que las fiestas vuelvan a ser lo que eran, y me di cuenta de que por muy buenas que fueran las intenciones de los organizadores, volverían a surgir los mismos problemas: críticas, falta de transparencia, abandono… Lo único que se me ocurrió que podría funcionar es hacer democracia cultural, lograr que el pueblo se involucre, que exista una participación democrática en las propuestas y decisiones. Sin darme cuenta, había caído en una de las funciones de la Pedagogía Social: la animación sociocultural. Me resultaba muy familiar la explicación de cultura popular que se daba el otro día en clase: el valor de las relaciones cara a cara. La gente del pueblo tiene muchas cosas buenas, pero hay tanta falta de comunicación… El deporte nacional es callar las cosas a la cara y decirlas por detrás, buscar problemas en lugar de soluciones, destruir con críticas en lugar de construir con aportaciones… El hecho de ver que existe un área de la Pedagogía Social dedicada a esto me dio esperanza de que se pueda llegar a conseguir y ánimo para intentarlo. Y al pensar en ello, creí ver algo más: que este tejido social va a generar una mejor convivencia, una mejor calidad de vida y que la implicación ciudadana no es sólo causa de la participación en las decisiones, sino consecuencia de ella. Es decir, que la propia cultura participativa, a medida que se va integrando paulatinamente, va a generar un ambiente y una motivación para implicarse incluso por parte de aquellas personas que nunca se lo hubieran planteado. Y aún hay una cosa más que me impulsa a intentar este proyecto: probar que, al menos en un ámbitos reducido, las personas somos capaces de implicarnos y vivir mejor en un sistema en el que tomamos parte de las decisiones que nos afectan (democracia ideal) que en otro sistema en el que elegimos a una o varias personas para que tomen las decisiones que ellos consideren oportunas (democracia actual).
Hace unos días estaba pensando en qué se podría hacer para que las fiestas vuelvan a ser lo que eran, y me di cuenta de que por muy buenas que fueran las intenciones de los organizadores, volverían a surgir los mismos problemas: críticas, falta de transparencia, abandono… Lo único que se me ocurrió que podría funcionar es hacer democracia cultural, lograr que el pueblo se involucre, que exista una participación democrática en las propuestas y decisiones. Sin darme cuenta, había caído en una de las funciones de la Pedagogía Social: la animación sociocultural. Me resultaba muy familiar la explicación de cultura popular que se daba el otro día en clase: el valor de las relaciones cara a cara. La gente del pueblo tiene muchas cosas buenas, pero hay tanta falta de comunicación… El deporte nacional es callar las cosas a la cara y decirlas por detrás, buscar problemas en lugar de soluciones, destruir con críticas en lugar de construir con aportaciones… El hecho de ver que existe un área de la Pedagogía Social dedicada a esto me dio esperanza de que se pueda llegar a conseguir y ánimo para intentarlo. Y al pensar en ello, creí ver algo más: que este tejido social va a generar una mejor convivencia, una mejor calidad de vida y que la implicación ciudadana no es sólo causa de la participación en las decisiones, sino consecuencia de ella. Es decir, que la propia cultura participativa, a medida que se va integrando paulatinamente, va a generar un ambiente y una motivación para implicarse incluso por parte de aquellas personas que nunca se lo hubieran planteado. Y aún hay una cosa más que me impulsa a intentar este proyecto: probar que, al menos en un ámbitos reducido, las personas somos capaces de implicarnos y vivir mejor en un sistema en el que tomamos parte de las decisiones que nos afectan (democracia ideal) que en otro sistema en el que elegimos a una o varias personas para que tomen las decisiones que ellos consideren oportunas (democracia actual).





