R. 5 (Crónica de un polvo anunciado)

Efectivamente, al llegar a la puerta de su casa, R. me dio un beso y se marchó.
-¿Nos vemos antes de que te vayas, no? Dijo al abrir la puerta del zaguán.
-Claro –respondí, titubeando entre las dos sílabas de esa palabra.
Al llegar a casa estaba feliz y desconcertado, borracho de feromonas e incertidumbre. Al despertar al día siguiente andaba con resaca emocional, conseguí su número y le envié el correspondiente SMS.
-¿Puedo escribirte? Prometo no llegar al acoso.
-No sólo puedes, debes… contestó ella; tras esa hora de espera que parecen haber impuesto las mujeres en el protocolo de mensajería móvil.
-Knock, knock –le escribí de manera escueta, tras un día aguantándome las ganas.
-Menos mal que por fin me acosas. Tengo un cumple esta tarde, me escapo pronto y nos vemos a las 21:00… ok? –contestó R. con resolución.
Cenamos en el Vino Mío y a la salida, tras esos besos extraños de los segundos encuentros, me llevó a su casa sin más dilaciones. Tomamos cerveza y nos desnudamos en el sofá. Sus pechos breves, su cuerpo de náufrago esbelto, su pubis negro, recortado y desafiante… pero sobre todo su culo, un culo duro y espontáneo… Follamos de manera agreste, primero en el cuero del tresillo, con su tacto seco, y luego en el raso edulcorado de su cama, para contrastar. Tomó las riendas todo el tiempo y no me dejó introducir otra cadencia que no fuera la de los gatos, y aunque no me suele gustar el sexo irreflexivo hasta que no conozco bien a mi compañera de baile, me lo pasé como los indios.
No dormí, ni dejé dormir. Di vueltas toda la noche, hasta que tuve que irme a trabajar.
Volvimos a quedar justo antes de irme de Málaga. Yo le llevé Las Correcciones y ella traía preparado el discurso de la amistad. No la dejé pronunciarlo. Dos días después, borré su número de la agenda del móvil en el área de servicio de Villalpando (Zamora).
R. (y van cuatro)

Estaba muy cabreado. Durante dos semanas anduve odiando todo aquello que me recordara a esos ultracuerpos llenos de estrógenos. Me había empezado a ilusionar con R. y que la cosa no fuera como yo esperaba, fue el colofón de seis meses de desencuentros con el género femenino.
A todo esto, me llamaron para venirme a Asturias. Estuve dos semanas terminando de cerrar mi antiguo trabajo y moviendo mis restos mortales de Málaga a Sevilla y de Sevilla a Cádiz. Un día S. me llamó para cenar en su casa de Torremolinos. Antes de llevarme de vuelta a casa, fuimos a recoger a su novia que andaba de “aquelarre” con las amigas… Y allí estaba ella otra vez.
Vio que andaba molesto e intentó conciliarse. Flora Davis estuvo presente todo el tiempo. Ella con el gesto proyectaba un indudable: “Me caes tan bien, ¿quieres ser mi amigo y sólo mi amigo? Y yo respondía con el ceño: “Una mierda, me sobran amigas, me faltan amantes”. Pero todo quedó en lenguaje sugerido, lo único que dije en la lengua de Cervantes fue un: “Me voy a vivir a Gijón, dejo esta Málaga del caos”. Ella cambió el semblante, pude ver cierta premura en sus ojos y rápidamente contestó: “Habrá que hacerte algo de despedida ¿Qué te parece una fiesta de la corbata el próximo domingo?”.
Estaba claro que el marcharme, me había hecho ganar puntos y se había replanteado lo de tener sexo conmigo.
La noche anterior de la fiesta me bebí medio Cádiz y acabé a las 8 de la mañana en casa de P.. A las 10 me levanté con la cabeza metida en salmuera. En tiempo record llegue a San Fernando, cogí la maleta, el autobús de Málaga, el tren a Torremolinos y conseguí llegar a tiempo a la fiesta… Todo ello era síntoma inequívoco de amor.
Los chicos y chicas vestían corbatas de sus padres puestas de cualquier forma, excepto ella que llevaba la corbata más elegante de todas; bueno y yo que llevaba una corbata pintada a mano y comprada en Londres (una pijada estupenda que me había regalado E.). Sonaba Fito y otros pestiños para progres de grado medio y menos de 35 años. Nosotros hablamos de literatura beatnik, de los Pixies, de Jane´s Addiction y de un montón de grupos de mi generación que ella no tenía por qué conocer y mucho menos admirar. Bebimos y después de varios movimientos torpes por mi parte, nos besamos en el sofá durante horas. ¡Qué a gusto! Aún así, sabía que esa noche no iba a pasar a más. Su tacto sereno, me decía claramente que aunque había llegado a la última pantalla, esa noche no iba a ser capaz de matar al monstruo grande.
Camarón is not dead

La leyenda del tiempo
No la he podido ver, sólo hay cuatro copias y todas me quedan lejos (Barcelona, Madrid, Valencia y Cádiz). Tratándose de Iñaki seguro que está bien, tiene talento y talante; sabe dirigir y sabe lo que quiere. Os recomiendo que vayáis. Es más, os ruego que vayáis y me la contéis, ya que yo no tengo manera… Y si la peli no responde a vuestras expectativas, tened por seguro de que el director es una excelente persona. Iñaki, felicidades atrasadas por el estreno.
R. (tercera parte)

Sí, me fui. Ya sé que hice el gilipollas, no hace falta que me digáis algo que es de cajón. No hubiera podido aguantar allí con toda esa gente pseudoconocida, hablando de colocones pretéritos, mientras se les ponía cara de bobos setosos… Además, estaba seguro de que la volvería a ver muy pronto y… ¡Qué coño! A mí también me gusta hacerme el interesante.
Sólo pasaron cinco días, coincidimos a la salida del Lechuga , cenando con C. (quién por cierto, también quería efe con R.). Ella fue breve y se limitó a invitarnos a su fiesta de cumpleaños. C., que es un caballero, me cedió el paso y dijo que no iría.
Allí me presenté con el regalo de S. y mío, “Píldoras Azules”… La fiesta, parecía el plató de un programa de la RAI: parejas aireando sus sábanas, comida italiana y música de Rafaela Carrá. Nos llevamos todo el tiempo de miradas furtivas hasta que finalmente nos fuimos a la calle. El ambiente en el NYX se enrareció más aún. Cuando intentaba acercarme se ponía arisca, cada quince minutos hacía el amago de irme, pero S. me decía que tuviera paciencia, que andaba rara porque lo acababa de dejar con el novio. Llegamos al Spectra y nos quedamos solos mientras los demás fumaban hachís fuera. Se puso muy nerviosa; estúpida diría yo… De pronto se fue del local y yo me cansé de andar detrás… Llamé a C. y me fui con él al Warhol a mojar mi misoginia en Ron con Cocacola…
R. (segunda parte)

Las palabras exactas fueron Alan Moore… Bueno, puede que sea un poco grandilocuente hablar de Moore, pero no era ni lo suficientemente pedante, ni lo suficientemente intrascendente, como para que se pusiera en marcha mi sistema inmunológico, algo así como la bisectriz entre los puntos del segmento que va de James Joyce a Arévalo.
Ella me vio leyendo un cómic, se me acercó y nos llevamos un rato hablando de frikilandia entre salchichas, costillas, chorizos y brochetas de pollo. Luego se fue con sus amigos para hacerse la interesante, yo me acerqué con la excusa de dar la vuelta a los pinchitos y en esa persecución nos vimos un rato.
S. estaba incómodo por algo y de buenas a primera dijo que se iba… Los planes del resto era comerse unas setas y jugar ser personajes de Heidi a la psicodélica, por lo que decidí volverme en el coche de S… Cuando estaba dando la ronda de besos de despedida, ella me dijo: “Siempre te vas, estoy empezando a odiarte”
Desamor sobre ruedas
Esta mañana venía en la bici camino del trabajo y esta canción salió de mi mp3 a inundar mi subconsciente, como la canción de Verano Azul.

A veces sí, a veces no
Hoy te he vuelto a ver
Y he vuelto a sentir
Que soy una mierda
Y me quiero morir.
Viajo dos años atrás
Buscando un poco de felicidad
Mi vida va mal
Todo lo que me pasa
No es normal
No es real
Cuando apareces te quiero a veces
No sé si lo siento o sólo lo pienso
Cuando apareces te quiero a veces
No sé si me miento o sólo es un cuento
A mi alrededor
Pasó el perdón,
Volvió el rencor, oh no!!
Tu cara ya no me dice nada
Tu labia es demasiado espontánea
Mi vida va mal
Todo lo que me pasa
No es normal
No es real
Cuando apareces te quiero a veces
No sé si lo siento o sólo lo pienso
Cuando apareces te quiero a veces
No sé si me miento o sólo es un cuento

A veces sí, a veces no
Hoy te he vuelto a ver
Y he vuelto a sentir
Que soy una mierda
Y me quiero morir.
Viajo dos años atrás
Buscando un poco de felicidad
Mi vida va mal
Todo lo que me pasa
No es normal
No es real
Cuando apareces te quiero a veces
No sé si lo siento o sólo lo pienso
Cuando apareces te quiero a veces
No sé si me miento o sólo es un cuento
A mi alrededor
Pasó el perdón,
Volvió el rencor, oh no!!
Tu cara ya no me dice nada
Tu labia es demasiado espontánea
Mi vida va mal
Todo lo que me pasa
No es normal
No es real
Cuando apareces te quiero a veces
No sé si lo siento o sólo lo pienso
Cuando apareces te quiero a veces
No sé si me miento o sólo es un cuento
R. (primera parte)

La primera vez que vi a R. fue en una de mis visitas relámpago a Málaga, en una fiesta que daban S. y B., unos amigos comunes. Había que ir disfrazado de músico de rock... y con lo mamarracho gaditano que soy, lo que me puse fue un patético disfraz de No Me pises Que llevo Chanclas que me agencié en dos segundos en una tienda de los veinte duros (pamela, bermudas, camisa de flores y chanclas). R. iba vestida de músico de Kiss, tenía 24 añitos y estaba realmente buena. Se la veía guapísima pese a las tres capas de pintura plástica que llevaba en la cara. Yo me fijé un rato en su culo, ella se fijó en tres de mis comentarios y en una mención a Bauhaus, casualmente su grupo favorito. Aún así, no le hice mucho caso, porque por entonces andaba pillado con H., a la que iba a ver el día siguiente. La algarabía se acabó, todos se fueron a drogarse por ahí y yo me quedé en casa de S., luchando con las taquicardias del Red Bull.
Bastaron dos días para que H. se cansara de mis excesos y me mandara a la mierda. Tras una tarde de llantos de quinceañera y dos semanas de curro y calor, volví a Málaga a pasar un fin de semana. Intenté que mis amigos me hicieran coincidir con R., pero ella ya estaba con alguien y parecía ir en serio, por lo que la borré de la lista de personas con IOPF (Índice Óptimo de Probabilidad de Follar).
Seis meses más tarde, el monstruo de la calle Larios me volvió a secuestrar y me vi otra vez trabajando en Málaga. No tardé en coincidir con R. en una barbacoa. Como buen niño caprichoso que no había conseguido el caramelo cuando quería, ya me había enfurecido y le había otorgado a ella el prejuicio de tontita guapa y cultureta, de las que aburren al mundo con su fundamentalismo ilustrado. Bastaron dos palabras suyas para que me lo desmontara todo...





