A finales de 1985, Matt Groening, conocido en los EEUU por su tira de cómic 'Life in Hell' ('La vida en el Infierno'), esperaba sentado en la antesala del despacho de James L. Brooks, reputado director de cine ('La fuerza del cariño', 'Mejor... imposible') y, sobre todo, inteligente productor de televisión, con éxitos a sus espaldas como la serie 'Lou Grant'. Brooks le había hecho una oferta para adaptar 'Life in Hell' -irónica visión del mundo de los jóvenes, protagonizada por un conejo y una pareja de homosexuales idénticos- a la televisión. Groening decide que no quiere ceder los derechos de sus personajes y, en 15 minutos, mientras espera, esboza una familia típica de clase media americana: padre gordo, calvo, con pinta de aburrido; madre delgada, con una imposible melena azul apuntando al cielo; un chico de unos diez años, cara de pillo y pelo de punta; una niña de rostro angelical, cinta en el pelo y vestidito rosa; y un bebé con el chupete siempre en la boca. Todos son de color mostaza. Brooks acepta el cambio, ilusionado por la posibilidad de entrar en el mundo de la animación con la misma fuerza crítica que aplicaba a sus series con actores reales, y la maquinaria se pone a trabajar.Unos meses después, el 19 de abril de 1987, la familia debuta dentro del 'Show de Tracey Ullmann', en una serie de 'sketches' de dos minutos de duración. Tras un especial de Navidad, emitido el 17 de diciembre de 1989, 'Los Simpson' obtiene su propia serie, de episodios de media hora, que comienza a emitirse el 14 de enero de 1990, Diecisiete años después, hay poca gente que no conozca a Homer, Marge, Bart, Lisa y Maggie Simpson.
Se ha escrito mucho sobre los factores que explican el éxito de esta serie de animación, que cuenta con un único precedente -ya superado en cuanto a duración en antena-, los famosos 'Picapiedra'. De hecho, hay bastantes coincidencias entre ambas creaciones: en los dos casos estamos ante un retrato, visto con humor, de la familia tradicional; los dos padres de familia (Pedro y Homer) tienen por costumbre meter la pata y beber cerveza; las dos madres (Vilma y Marge) son abnegadas amas de casa y el vínculo que genera algo de cordura dentro del hogar. Pero las diferencias son más evidentes que los parecidos y, así, donde antes había ingenuidad, algo típico de la época, pero también de todo producto dirigido al público infantil, ahora hay ironía y acidez. Como dice Luís Alberto de Cuenca, gran aficionado a la serie, "es una síntesis entre la animación tradicional, la de 'Los Picapiedra', y el espíritu 'underground' del 'Gato Fritz', de Harvey Kurtzmann. Es un auténtico hito en la historia del 'cartoon', que estaba necesitada de un revulsivo". Félix Romeo, escritor y presentador del magazine cultural 'La mandrágora', de La 2, busca el referente en la figura de Tex Avery, pionero en lo de usar los dibujos animados para romper con los códigos previstos: es el creador, junto a Chuck Jones, de los populares Porky y el Pato Lucas, pero también, en solitario, de la serie 'El loco mundo de Tex Avery' y de versiones semieróticas de cuentos populares. Nada que ver con lo que se espera de una serie infantil. y es que 'Los Simpson' no buscan la aquiescencia de los niños -que también la tienen-, sino abrirse al público adolescente, que es el que decide qué programas siguen en antena, y cuáles pasan a mejor vida.
¿Por qué el público ha optado por 'Los Simpson? Por diversas causas. Por una parte, debido a su comentado humor irónico, con toques concretos de auténtica mala intención, como cuando, en un episodio, la familia descubre que tiene unos nuevos vecinos: la familia Bush (el padre del actual presidente y su esposa). Durante todo el episodio, y por culpa de Bart -"el niño protestón contra el mundo adulto, heredero directo de la tradición de Daniel el Travieso", en palabras de Jesús Cuadrado, autor del 'Atlas español de la cultura popular'-, George Bush no deja de pelearse con Homer Simpson. El episodio termina con la mudanza de George y Barbara, que ceden su casa a Gerald Ford (otro ex presidente, pero demócrata) y señora, quienes no tardan en hacerse amigos de la familia Simpson. El mensaje es diáfano, pero además hay que tener en cuenta el antecedente de que el propio Bush, cuando era presidente, había proclamado a los cuatro vientos su disgusto con esa serie que hablaba tan mal de la familia americana.
Esta es una de las principales aportaciones de 'Los Simpson' al medio televisivo, el haber recogido un formato de gran tradición en la cultura americana, la 'sitcom' -'comedia de situación': series de unos 30 minutos por episodio, con dos o tres escenarios, habitualmente la oficina y el hogar familiar-, y crear algo nuevo, que nunca suena a ya visto, con tan sólo haber dotado a los argumentos de un sentido de la ironía y de la autocrítica prácticamente inéditos en la televisión hasta entonces. No es de extrañar que, en los sectores más conservadores de la sociedad americana, la serie hiciese saltar chispas. Y sus creadores, claro está, más que satisfechos: toda polémica genera audiencia, que luego se mantiene si el producto es bueno y conecta con su público. Un público muy amplio, que va desde los niños de 4 años a los adultos de más de 50: los porcentajes de audiencia en España indican que, en ese rango de edades, la serie es vista por más del 25% de los espectadores, casi tres millones de personas, superando incluso el 60% entre los niños de hasta 15 años. Y eso, a pesar de la poca seriedad con que Antena 3 programa los episodios, repitiendo capítulos una y otra vez, llegando incluso a emitir un mismo episodio dos veces en la misma semana; y siempre, sea un episodio repetido o de estreno, cortando las cortinillas con los títulos de crédito -a pesar de que en cada episodio son diferentes, e incluyen un gag-. Con esto, "se rompe el concepto de serial, y además, se elimina la posibilidad de considerar una serie como un producto creativo o artístico, puesto que para un "niño los dibujos no los hace nadie, al ir sin firma", sostiene Jesús Cuadrado. A pesar de todo, el público sigue fiel a la serie: prefiere ver 'Los Simpson', aunque sea en malas condiciones, a no poder hacerlo -de hecho, con la instalación de la Fox (que es la propietaria de los derechos de la serie) en España, dentro de las plataformas de televisiónd de pago, el espectador que quiera y pueda tiene una opción más para ver la serie, que es emitida en orden cronológico y con la opción de oír las voces originales en inglés-.
Según Luís Alberto de Cuenca, uno de los factores del arraigo de 'Los Simpson' entre un público tan diverso es el hecho de que hoy en día "los niños se hacen mayores antes, pero llegan a adultos después, son más tiempo adolescentes y por ello pierden más tarde el gusto por estas cosas, si lo pierden". Es decir, que el público adolescente, el perseguido por la productora, es más amplio de lo que en principio podría suponerse. Pero también es verdad que Groening y Brooks no se centran en exclusiva en satisfacer las expectativas de los jóvenes. Una de las claves argumentales de la serie es su metaficción. 'Los Simpson', a lo largo de su trayectoria, ha ido incluyendo una ingente cantidad de referencias a obras de la cultura popular, como medio de llegar al gag, pero también de conectar con un público que recuerda -y por ello agradece- la película, libro o programa de televisión caricaturizados en la serie. Uno de los más conocidos es el episodio anual que, con motivo de la fiesta de Halloween, recrea clásicos del cine de terror, muchos de ellos de los años cincuenta y sesenta, con el título de 'Especial Noche de Brujas: la casa árbol del terror'. Es de suponer que el público infantil ni se entera de la referencia, pero aun así disfrutan del humor con el que los guionistas se toman el cine de terror. Y es que, ante todo, 'Los Simpson' triunfan por su gran sentido del humor. Fans y especialistas coinciden en este punto, y así, Javier, estudiante de arquitectura de 26 años, comenta que sigue la serie porque "son cachondos, con mala leche y diferentes, no son los típicos dibujos para niños"; o en palabras de Lorenzo Díaz, sociólogo y autor de 'La televisión en España', estamos ante "una serie heterodoxa, transgresora, que retrata la familia occidental de manera irreverente, con sus contradicciones, con un discurso poco convencional". Es decir, que los guionistas no olvidan en ningún momento que, aunque la crítica social o las referencias culturales están muy bien, lo esencial es el humor, que la cosa tenga gracia. Y a la hora de hacer reír, uno de los personajes se eleva por encima de los demás: Homer Simpson, fidedigno retrato del padre que reparte su tiempo entre el trabajo, ir al bar con los amigos y ver fútbol -en este caso, americano- en la tele. El secreto de su éxito es, según Antonio, licenciado en Matemáticas de 24 años, que "utiliza muy poco el cerebro pero, cuando lo hace, es peor". O en palabras de Sandra, licenciada en Pedagogía de 23 años, "Homer es el que propicia las situaciones más cómicas. Se rige por el absurdo". Este éxito es fácil de demostrar: es el personaje del que más productos se venden, según Alberto Simón, gerente de Elektra Cómics, una tienda del centro de Madrid en la que las tazas, camisetas, lápices e incluso estores o cortinas de baño con motivos de los Simpson se venden a ritmo constante -no sólo en periodos de vacaciones, que suelen ser los más propicios-, y sobre todo a un público de entre 20 y 30 años. Aun así, la cantidad de productos relacionados con la serie es lo suficientemente amplia para que cualquier fan pueda hacerse con un recuerdo de su personaje favorito: desde bollería industrial hasta cómics -que edita el propio Matt Groening en su sello Bongo Comics y que en España publica Ediciones B-, pasando por perfumes para niños, accesorios de móviles y, por supuesto, juegos para ordenador. En total, 41 empresas tienen licencia en España para distribuir productos de la marca 'Simpson', una vez que Copyright Promotions, el agente de la Twentieth Century Fox en España, decidiese limitar el número de cesiones para no saturar el mercado.
Y es que el mercado es atractivo: durante los diez primeros años de emisión, el 'merchandising' de 'Los Simpson' ha aportado unos 1140 millones de euros a sus creadores. Sólo en España, en un año, se estima que las ventas superan los 18 millones de euros. Todo un negocio, teniendo en cuenta el coste de producción de cada episodio, que supera los 1,8 millones de dólares. La cifra puede sorprender -una película española tiene ese presupuesto, de media-, pero es que hay que tener en cuenta que cada capítulo tiene un tiempo de producción de entre seis y nueve meses, y un equipo de más de 300 personas. Cada episodio pasa por diferentes fases, desde la elaboración del guión, para el que la productora cuenta con un equipo compuesto por 14 guionistas que elaboran el argumento, desarrollan los diálogos y deciden los 'chistes ocultos' -que son los que sólo pueden verse congelando la imagen en un vídeo; cada episodio lleva varios de este tipo- que van a incluir. Todo esta fase supone unos tres meses de trabajo. A continuación, se graban los diálogos, para lo que entran a trabajar los actores que prestan su voz a los personajes. Los productores dejan libertad a estos actores para incluir frases de cosecha propia, lo que puede provocar cambios en el guión definitivo. Cuando éste queda cerrado, se realiza un 'storyboard' -un cómic a lápiz, con las indicaciones técnicas de realización- a partir del cual, tras ser aprobado por productores y guionistas, la empresa Film Roman realiza una primera animación en blanco y negro que recibe el nombre de 'Animatic'. Durante las siguientes 11 semanas, se elabora la animación definitiva, a la que sólo resta aplicar el color. Esta tarea la realiza una empresa de Corea, que termina cada episodio en unos dos meses. Por último, de nuevo en Los Angeles, se añade la música y se completa el trabajo de postproducción. Evidentemente, se trabaja con varios episodios al mismo tiempo. Una última fase del proceso tiene lugar en los diferentes países que tienen los derechos de emisión. En aquellos con idioma no inglés (la serie se emite en 70 lenguas), hay que esperar el tiempo suficiente para completar el doblaje de cada temporada antes de poder disfrutar de los episodios. La Fox vende los derechos de emisión a 75 países -y a multitud de cadenas de cable estadounidenses, que reemiten los episodios antiguos-, con lo cual la costosa producción queda amortizada, tanto por estos derechos de emisión, como por las licencias para vender los productos con la efigie de Bart, Homer y el resto de los personajes.
No es de extrañar el éxito del 'merchandising' de la serie, similar al de los populares personajes de la Warner -Bugs Bunny y el Pato Lucas, por ejemplo-, que son las estrellas del público en este tipo de productos, porque uno de los mayores aciertos de Groening es el diseño estético de los personajes, que se sale totalmente de la dulce imagen Disney, sin perder nada de la simpatía que se presupone en un dibujo animado. La línea redondeada de todos los personajes, el color mostaza, que hace que el dibujo se recuerde hasta por quienes sólo han visto un episodio de la serie pero, ante todo, una expresividad fuera de lo común -vean qué caras ponen, y hasta dónde llegan sus lenguas cuando gritan-, que además está en perfecta consonancia con el espíritu iconoclasta de la serie, hacen de los personajes unos muñecos muy atractivos para el fan; y no sólo eso, porque además han creado escuela. Series como 'South Park' -la hermana pequeña, más corrosiva aún, de 'Los Simpson'-, 'Ren y Stimpy', 'Vaca y Pollo', 'El laboratorio de Dexter' o 'Futurama', el último producto de Matt Groening, es difícil que hubiesen sido emitidas de no ser por el éxito de la familia de Springfield, de la que recogen el espíritu del 'todo vale' y la estética feísta, pero cuidada hasta el último detalle. Incluso el cine está empezando a fijarse en este nuevo estilo de retrato familiar. 'Happiness' (1.998), de Todd Solonz -probablemente, el más inspirado a la hora de romper los esquemas del público, tanto en esta película como en su anterior trabajo, 'Bienvenidos a la casa de muñecas', en las que no deja ningún tópico familiar sano, pero manteniendo la estética de las teleseries: éste es su gran acierto-, 'La tormenta de hielo' (1998), del oscarizado Ang Lee, o 'American Beauty' (1999), de Sam Mendes, que arrasó en los Premios de la Academia de Hollywood, son ejemplos de un cine que hace unos años hubiera tenido difícil ver la luz, al menos fuera de los circuitos del cine independiente. Tanto en televisión como en cine, parece que los gustos van cambiando, quizás gracias al éxito de 'Los Simpson'.
Autor: Miguel Ángel Blanco.
Publicado en el año 2000 en el foro de Dreamers (Comic a gritos)
me encantan los simpsons
chido flog..
LuLii